El dinero ha causado mucho más daño al terrorismo que la Policía. Es conocido el caso de las FARC de Colombia que comenzaron siendo una guerrilla revolucionaria que proponía el socialismo y terminaron como una banda de secuestradores y narcotraficantes. Una transición parecida tuvo Sendero Luminoso en el Perú, que comenzó matando perros que representaban a los revisionistas chinos y terminó dedicado a producir cocaína en la zona conocida como VRAE (Valle de los Ríos Apurrimac y Ene) en la región amazónica.
A la última guerrilla boliviana le pasó algo similar. El Ejército Guerrillero Túpaj Katari (EGTK), en el que militó nuestro Vicepresidente, quería expulsar a los “qaras” invasores, restablecer el Kollasuyo y derrumbar hasta los cimientos de todas las estructuras, para restablecer la idílica realidad que existía aquí antes de que llegara Diego de Almagro en 1535.
Pero algo le pasó a esa guerrilla que ha cambiado mucho sus objetivos. La sospecha es que al entrar en contacto con el dinero se contagió del sucio capitalismo.
El grupo nació en 1989 y a los pocos días, en el mes de febrero, asaltó una remesa de la empresa Caracoles de 40.000 dólares y en noviembre de ese mismo año asaltó la casa de Wálter Gumucio y salió de ella con 95.000 dólares.
El año 1990 fue poco productivo. Sólo se produjo el asalto a la remesa de Cobee, con un premio de 20.000 dólares.
Al año siguiente, los guerrilleros del vicepresidente se pusieron las pilas. Dieron dos golpes que les permitieron compensar el poco ingreso generado el año anterior. Asaltaron la casa de Zenón Daza en el mes de abril y se llevaron 60.000 dólares y luego dieron, en octubre, el golpe maestro: se quedaron con 622.000 dólares de la UMSS, la universidad cochabambina.
El ingreso neto de este grupo, en tres años de trabajo, fue de 837.000 dólares.
¿En qué invirtieron este dinero los terroristas del Vicepresidente? Aparte de comprar dinamita y quizá algunos libros, el gasto no fue muy alto.
Pero el dinero, el sucio dinero, dejó una profunda huella. El hermano del vicepresidente, Raúl García Mérida, que actuaba con el nombre de guerra de Javier y tenía documentos con diferentes apellidos, adquirió costumbres burguesas.
Cuando se instaló la Asamblea Constituyente, este fiero terrorista se había convertido en un aventajado proveedor de material de escritorio. También participó en la provisión de equipos de computación y de micrófonos, a precios muy buenos, para él.
Había olvidado que al ser capturado por la Policía llegó a decir que él era un “guerrillero a tiempo completo”. Ahora era revolucionario sólo “part time”: el tiempo que le dejaban los negocios de proveedor.
La ideología revolucionaria es más llevadera con un poco de dinero. Y permite olvidar algunos detalles lamentables, como el caso de los dos aprendices de terroristas que fueron enviados a dinamitar una torre eléctrica en Panduro, entre La Paz y Oruro. Los comandantes García Linera no les explicaron a los aprendices cómo debían poner la bomba. Y los pobres la pusieron de tal manera que la torre les cayó encima, y los mató. Para los terroristas, éstos son gajes del oficio, seguramente.
La diferencia de nuestros ex terroristas respecto de los peruanos y colombianos es que no han incursionado en el narcotráfico. Por lo menos no se sabe de ello.
*Humberto Vacaflor G. es periodista.
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