Estudian, analizan, agitan, reclutan y renuncian al poder en pos de sus ideales. El trotskismo, aunque débil, aún agita.
Texto: Jorge Soruco Fotos: Archivo La Razón
Debutó en la militancia cuando aún estudiaba en el colegio. En su natal Potosí, José Luis Álvarez acudió a la charla de un dirigente trotskista que le impactó. Interesado, el joven asistió a más reuniones; hasta que, a comienzos de la década de los años 80, fue invitado a militar en el Partido Obrero Revolucionario (POR).
Desde su primera célula, José Luis Álvarez se sumó a la cruzada trotskista, la tendencia comunista creada por León Trotsky, que postula la revolución permanente a nivel internacional para instaurar el poder del proletariado, que se considera como un designio inevitable de la historia.
Durante más de 10 años se preparó y trabajó para el advenimiento de la dictadura del proletariado y la “llegada de un sistema social más justo”, esa revolución obrera que aún no llega.
Cual caballeros templarios, los seguidores del trotskismo, hoy como hace décadas, se comprometen a seguir estrictas reglas de conducta que impiden aprovechar la militancia para beneficio personal. Sus ganancias son de otra índole: “No hemos mejorado nuestra vida económicamente, pero sí intelectualmente, preparándonos”, evalúa José Luis.
Han pasado casi 30 años desde que José Luis Álvarez se inició en la arena política. Ese adolescente que creció como agitador es ahora dirigente del magisterio urbano. Ha visto muchos cambios en el país. De la dictadura a 27 años seguidos de democracia. Y pese a las transiciones, su ímpetu trotskista conserva su firmeza.
El llamado político
La reciente muerte de su líder Guillermo Lora ha herido al POR, que desde hace años está debilitado. Pero aunque son pocos sus militantes, el partido continúa funcionando de la misma manera que hace 60 años. La concepción comprometida de la militancia se mantiene, incluyendo la fórmula de reclutar a nuevos camaradas.
“Uno no se une así nomás”, advierte Alfonso Velarde Chávez, docente de la Universidad Mayor de San Andrés y militante de larga data. El catedrático explica que “se invita a las personas que consideramos muestran capacidad e interés en este trabajo”.
Él mismo ingresó de esta manera. Después de asistir a varias charlas sobre la ideología y objetivos del partido comunista, recibió una invitación de éste.
Por tradición, los miembros del POR acuden a reuniones de movimientos sociales, universidades y centros educativos. Allí, organizan charlas en las que difunden la ideología y teoría del partido en busca de personas que compartan esos intereses.
Fue así como Alfonso se interesó por la ideología. “Yo escuché a Guillermo Lora hablar sobre la lucha de clases en el país y la necesidad de llegar al socialismo. Sentí como si me quitaran una venda y por fin pude ver la realidad nacional, tal como es”, cuenta.
Guillermo Lora fue dirigente del POR durante 40 años y redactor de la Tesis de Pulacayo, documento clave del movimiento obrero del país, y autor de 60 tomos de la Historia del movimiento obrero en Bolivia. Fue sinónimo del trotskismo hasta su muerte, el 17 de mayo.
Las conferencias son vitales para el POR. Con ellas, los posibles aspirantes pueden conocer los objetivos trotskistas. “Cuando yo asistí a estas charlas, entendí que había una línea política que respondía a mis deseos de conseguir la igualdad entre todos los bolivianos; comprendí por qué la vida era tan dura para muchas personas”, recuerda José Luis.
Pero, el que uno sea convocado no significa que, automáticamente, entre a las filas del Partido Obrero Revolucionario. Los aspirantes deben pasar por una etapa de preparación política.
Preparándose para agitar
Para ser un futuro agitador político, el pichón de trotskista debe madurar. Esta transformación requiere de intensa preparación intelectual, la cual es conseguida gracias a la lectura constante.
“Cada uno de nosotros debe leer mucho”, dice Álvarez. No se trata de una lectura simple, sino del análisis profundo y crítico de los textos. Los militantes y novatos del POR “discutimos entre todos los libros leídos”. Cada letra, cada párrafo es diseccionado en vista de su utilidad para, como repetía Guillermo Lora, “preparar y educar a las masas”.
Lora, como en muchas otras cosas, predicaba con el ejemplo: era un lector voraz. A lo largo de su vida publicó análisis y ensayos sobre los libros que cayeron en sus manos, recuerda Alfonso.
Mediante el análisis, los estudiosos del trotskismo pueden confirmar los postulados políticos. O, en su defecto, develar el criterio “reaccionario” que impide el trabajo revolucionario de los militantes. “Todo debemos leer. Desde libros hasta los folletos. Cada texto es motivo de estudio”, afirma el dirigente del magisterio.
Esta conducta se reproduce con los militantes novatos. Cada semana, los interesados en unirse al POR deben estudiar varios textos, los cuales se discuten posteriormente en grupos.
Asimismo, los aspirantes deben asistir a cursos de instrucción política. Durante varias semanas, aprenden sobre los deberes de los militantes y el objetivo del partido en la Universidad Popular César Lora, que hace décadas funciona en los pabellones del Monoblock de la UMSA.
José Luis indica que esta etapa es vital para que las personas estén conscientes de lo que significa estar en el POR. “No es como entrar a un partido común. No estamos aquí para llegar al poder de cualquier forma. Estamos para servir a los obreros”.
Apostolado de la revolución
El POR es considerado en la historia política del país como el eterno opositor. Nunca llegó al poder, ni participó en elección alguna. Durante sus más de 70 años, este partido sólo trabajó para lograr el que considera el sino de toda la humanidad: la dictadura del proletariado.
“No podemos comprometernos con los burgueses”, exclama José Luis. Alfonso agrega: “Somos la conciencia de las clases trabajadoras del país”.
Entre las normas de la tienda política está la prohibición de acumular riqueza y propiedades, mediante la militancia. Tampoco se permiten los pactos para acceder al poder.
Divididos en agrupaciones denominadas células, los activistas políticos no pueden perder de vista su principal obligación: agitar y concienciar a la clase obrera para que cumpla su destino. Así lo manifestó en más de una ocasión Lora.
Alfonso recuerda que, pocos días antes de su muerte, el dirigente aconsejó a unos mineros que lo visitaban que “hagan más política en las minas”.
Las células trabajan con ese norte. Cada uno de sus miembros asume el trabajo de panfletista, de orador y de agitador que constantemente debe educarse y alertar al proletariado nacional. Estas células funcionan como “una especie de conciencia social”, cuestionando siempre los pasos de los gobiernos de turno del país. Incluso a los gobiernos de izquierda, como es el caso del MAS. De hecho, se puede decir que son “aún más críticos”.
Los maestros, a quienes representa Álvarez, creen que el gobierno de Morales no es un verdadero cambio. “Lo único que hacen es calcar mal las políticas nacionalistas que instauró el MNR. Siguen transando con los propietarios privados”, asegura.
Las diferentes células en su lucha —en las calles, en las mesas de diálogo, en los medios— por los derechos de la clase obrera se sirven de un instrumento a veces cuestionado: los trotskistas avalan la violencia. Su fundador, el teórico León Trotsky, siguiendo a Carlos Marx aseguró que “la violencia es la partera de la historia”.
Para José Luis Álvarez y Alfonso Velarde no hay otra manera que la toma del poder por las armas para cambiar el injusto sistema. “Negarse a esta realidad es ir contra lo que nos muestra la historia de la humanidad”, arguye el catedrático de la UMSA.
No faltan críticas que consideran que esta postura es obsoleta en pleno siglo XXI, cuando algunos de los ideales de igualdad trotskista se han cumplido sin el uso de las armas y mediante mecanismos democráticos.
Los que se fueron
Por las filas del POR han pasado decenas de jóvenes, que tras años de militancia han abandonado el partido por diversas razones.
Uno de ellos es el periodista Jaime Iturri, quien dejó la labor de agitación en los años 90. “La ideología trotskista ya no es válida”, opina el comunicador, para quien la sociedad ha evolucionado lo suficiente “como para que los necesitados y explotados accedan al poder sin necesidad de recurrir a la violencia armada”. No se arrepiente de sus años de militancia: “No por despertar se borra lo soñado”, afirma.
Algunos ex militantes llegaron a ocupar cargos importantes en gobiernos como el de Hugo Banzer (1997-2002) o en el actual, dirigido por Evo Morales. “Muchos son los llamados y pocos los elegidos”, evalúa serenamente Velarde, aunque una de las premisas del POR arenga: “A los traidores, al paredón”.
Hacia el futuro
El Partido Obrero Revolucionario, la otrora poderosa organización con simpatizantes en las minas, escuelas, universidades y fábricas, ha visto reducida su área de influencia en los últimos años.
Sus baluartes son el magisterio urbano de La Paz, los universitarios de Cochabamba y algunas carreras de la UMSA. Pero, incluso allí su poder se reduce.
Esto no desanima a los dirigentes. La crisis mundial de la democracia y de los gobiernos de derecha es para ellos, señal de que la revolución está cerca. “Todo sistema político falló, sólo queda el marxismo”, opina José Luis.
El estudio, la búsqueda de militantes, la lucha continúa para algunos, cada vez menos, “troskos”. A otros, les queda el recuerdo de una ideología que en los años 70 y 80 les inspiró a soñar con una revolución... que no llega.