Siempre me he preguntado si la decisión de establecer en Bolivia el 27 de mayo, fecha de una batalla, como la celebración de la maternidad ha marcado nuestro imaginario nacional con las tintas de lo que los cronistas de la historia consideraban que eran los principales atributos de “lo femenino” de la época. Una tinta indeleble que hasta ahora sigue describiendo a las mujeres principalmente como madres (en función o potenciales), batalladoras y sacrificadas hasta el absurdo.
“Todos se disputaban la dicha de poseer alguna arma. Las mujeres no querían ceder a los hombres las que habían caído en sus manos y defendían furiosamente la posesión de ellas. (...) cuando al llegar a media plaza, cerca de la fuente pública de Carlos III, oí desgarradores gritos de mujer en la esquina de Barrio Fuerte. Una joven, que apenas conservaba una parte de su basquiña negra, sin mantilla, desgarrados el jubón y la camisa, desnudos los hombros, sueltos los cabellos, luchaba allí con dos soldados desarmados, que debieron haber abandonado sus fusiles para entregarse más desembarazadamente al pillaje. La desesperación daba a la cuitada fuerzas increíbles contra sus adversarios. Sus desnudos brazos conseguían apartarlos a uno y otro lado; sus uñas desgarraban aquellas caras feroces, repugnantes y bestiales; los miserables se tapaban entonces con las manos, temiendo se les arrancara los ojos. ¡Aquélla leona era Clara, la pobre Palomita! Figuraos mi asombro y mi dolor al reconocerla ¡Qué hermosa estaba así, Dios Mío!”.
Así escribió Nataniel Aguirre, en Juan de la Rosa, memorias del último soldado de la independencia este párrafo, tan ilustrativo, que es parte de la descripción de la Batalla de la Coronilla, en Cochabamba, entonces también Villa de Oropeza, que enfrentó al pueblo llano contra el ejército español, un 27 de mayo de 1812, en una de las tantas jornadas de la larga guerra por la independencia. Goyeneche, el general a cargo de las fuerzas de la Corona, resultó victorioso.
Aparte de que Juan de la Rosa es una hermosa novela y sin duda ha contribuido con muchos elementos al imaginario de las luchas patriotas, destaca su contribución a la simbología de las mujeres bolivianas en general y de las madres en particular. Muchas veces me ha inquietado el hecho de que en nuestro país el día de las madres se conmemore en la fecha de una batalla, que además perdimos. Emblemáticamente, esa confrontación entre un ejército y un puñado de personas, entre las que se ha destacado siempre para la historia nacional, la aguerrida participación de mujeres y niños, pero desarmada. Personas valientes, pero derrotadas. Mujeres abnegadas hasta la inmolación.
¡Qué hermosa estaba! Dice de Clara el narrador, y la describe furiosa “como una leona”, pero también desesperada... y sola. El éxtasis de la narración llega en el momento en que Clara se vuela a sí misma y a los dos soldados atacantes, porque prefiere estar muerta antes que “entregar su honor”.
Frente a esa descripción es casi imposible resistir la tentación de hacer algunas asociaciones maliciosas. Por ejemplo, que la historia prefiere mujeres muertas antes que “deshonradas”; que la sociedad está dispuesta a cantarles himnos, pero no a darles condiciones para salvaguardar su seguridad. Y que el Estado les da pagos en rentas de lástima, en lugar de cumplir con los compromisos legales que les debe. ¿Será por eso que el nuevo bono se llama Juana Azurduy de Padilla? Una heroína que habiendo sido tan luchadora, murió en la miseria. ¡Ah, la pérfida historia!
*Carmen Beatriz Ruiz es comunicadora social.
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