Se ha cometido una sucesión de errores que pudieron evitarse, que se advirtieron con preocupación, pero aún estamos a tiempo de detener algo de lo que después debamos arrepentirnos ambas naciones. Urge normalizar y fortalecer las relaciones diplomáticas con Perú.
No vamos a modificar nuestra opinión editorial que mantenemos desde el comienzo del deterioro de las relaciones diplomáticas con Perú, respecto a que el presidente Evo Morales debió ser más cauto en sus expresiones respecto a la nación vecina, y que no debió referirse, en ese tono y discurso, a sus asuntos internos y, por cierto, también, a su política internacional.
Hoy estamos en la peor situación de nuestros vínculos con Perú de los que tenemos memoria. Su embajador en Bolivia ha sido llamado a “consultas” a Lima —lo que sabemos qué significado tiene en el lenguaje diplomático—; la Cancillería nacional ha recibido la undécima nota de protesta de Torre-Tagle, y tanto el presidente Alan García como el Canciller y muchos parlamentarios han censurado al primer mandatario boliviano, si bien algunas otras personalidades lo han respaldado.
En términos diplomáticos, el intercambio de términos fue absolutamente inapropiado y fue criticado oportunamente. Otra cosa, muy diferente, es que las máximas autoridades peruanas quieran descargar toda la responsabilidad de los cruentos enfrentamientos entre policías y campesinos en Bagua (región amazónica del Perú) a la injerencia del presidente Morales. Seguramente que esos hechos de sangre, tan lamentables, iban a producirse de todas maneras, porque el gobierno de Alan García había aprobado unas normas que disgustaban a los indígenas y prueba de ello es que las está revisando.
Entonces, es bueno e hidalgo reconocer que las declaraciones del presidente Morales fueron excesivas, pero que, al mismo tiempo, la carta que envió a la reunión de pueblos indígenas realizada en Puno no pudo desatar la masacre en la que perdieron la vida 33 personas, 24 de las cuales eran miembros de la Policía. Hablar de “genocidio” no era lo que correspondía en modo alguno, pero preocuparse por la violencia que habría aplicado el Estado peruano es simplemente injerencia.
Ahora bien, no se puede forzar más la situación con Perú y lo que se debe hacer es bajar el tono de las declaraciones y simplemente no referirse más a los asuntos del país vecino. Porque si hay algo que no podríamos concebir sería que esta sucesión de yerros se torne irreversible y nos perjudique más todavía. Bolivia y Perú no pueden sostener una relación tan precaria, siendo amigos tradicionales y naciones de un mismo origen y que, en muchas etapas de su historia, han compartido un mismo destino.
Sabemos que los gobiernos son pasajeros, que en democracia cambian periódicamente, y que lo ideológico no debe imponerse sobre los intereses permanentes entre vecinos que se complementan. Si Perú está negociando activamente para incorporarse en los grandes bloques económicos mundiales, es su decisión. Y si Bolivia piensa que se la debió tomar en cuenta para cualquier determinación que involucrara a los países que componen la Comunidad Andina de Naciones (CAN), para eso están los canales diplomáticos y la inteligente forma en que debe manejarse un Servicio Exterior experimentado.
Se han cometido una sucesión de errores que pudieron evitarse, que se advirtieron con genuina preocupación, pero aún estamos a tiempo de detener algo de lo que después debamos arrepentirnos ambas naciones. Urge normalizar y fortalecer las relaciones diplomáticas con Perú y tenemos la mayor convicción de que bolivianos y peruanos lo deseamos fervorosamente.