Los indígenas Ashaninka viven en la amazonía hace muchos miles de años. En esos tiempos no había fronteras. Hoy, en cambio, los separan entre peruanos, brasileños, etc. La historia que quiero contarles transcurrió en el país de José María Arguedas. A principios del siglo XX llegó hasta las tierras de la nación Ashaninka un grupo de alemanes. Uno de los migrantes era un enfermo terminal. Los amazónicos se compadecieron de él y le mostraron las virtudes curativas de la uña de gato y de la sangre de grado (en otros lugares se conoce como sangre de drago). El mal desapareció, el germánico se curó y llevó las plantas a su continente de origen. Una corporación farmacéutica hizo pastillas con esas plantas y el ex enfermo obtuvo unos buenos billetes. A cambio de su sabiduría, los Ashaninka no recibieron nada.
Antonio Brack Eggs, el más importante biólogo peruano, me contó lo anterior hace 10 años. Recuerdo que me entró una profunda pena. Pero, como demostrando que el pasado es presente, los pueblos amazónicos, hoy, en pleno siglo XXI están al borde de que sus conocimientos sean fagocitados que en buen romance significa que las corporaciones se llevarán la parte del león y a los indígenas les quedará hambre. Las plantas de las que ellos sacaban sus medicinas se convertirán en pastillas y costarán caro. De patentes ni hablar, las transnacionales no reconocen los derechos comunitarios.
Pero claro, los indígenas ya no están dispuestos a que se les siga exprimiendo, así se entiende lo vivido en la selva peruana que, por supuesto, no tiene nada que ver con cartas del presidente Morales. Si las misivas hicieran las insurrecciones, entonces todo consistiría en comprarse una computadora y listo. Pero cualquier persona con un poco de inteligencia sabe que las ideas sólo se convierten en fuego cuando la pradera está seca.
Hace mal el Presidente peruano en creer que los habitantes de su país requieren de asesoramiento externo para enfrentarse a las fuerzas del Estado. En vez de echarle la culpa a los bolivianos “infiltrados” debería releer al muy peruano Manuel Scorza y se daría cuenta que hay ríos subterráneos de muy antigua data. Ríos de indígenas que tomaron los grandes latifundios en la sierra central al mando de Agapito Robles y de Garabombo el invisible.
Lo que los indígenas amazónicos están demandando es que se les reconozca como suyas las tierras de sus antepasados, que se les permita conservar la selva, que se les reconozca por sus conocimientos, que se admita su derecho a existir como naciones con su propia lengua y su propia cosmovisión.
Estos son ya derechos universales consagrados por Naciones Unidas. Y aquí no hay agitadores que valgan.
A tiempo se ha derogado la llamada Ley de la selva (acertado nombre porque por un lado sitúa el lugar, pero por otro nos dice que ahí gana sólo el más fuerte). Ahora, es tiempo de tender puentes hacia los amazónicos y de hablar de desarrollo sustentable, de reconocimiento de derechos colectivos y de identidades. En fin, de construir un futuro diferente donde prime la verdad irrefutable de que esa tierra estaba poblada por los indígenas desde hace mucho tiempo antes de que Colón parara un huevo ante Isabel y Fernando, y de que esos pueblos no son ni salvajes ni primitivos, sino poseedores de conocimientos y saberes sin los cuales la humanidad se empobrecería.
*Jaime Iturri Salmón es periodista.
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