Más del 50% de los habitantes de la población cochabambina ha migrado a Arlington (EEUU). Hijos, padres y esposos tratan de afianzar lazos con sus remesas. Volver o partir es su dilema.
Texto: Jorge Soruco • Fotos: Fernando Cartagena
Arbieto parece un pueblo fantasma. Sus estrechas calles están abandonadas como vacías están las flamantes y grandes casas de hasta tres pisos. En la plaza, los pocos que quedan tienen la vista fija en el norte; parecen esperar a quienes migraron en busca de un mejor trabajo.
En el valle alto de Cochabamba, cerca de la mitad de la población en edad de trabajar partió en busca de otras pasturas. La mayoría, con dirección a Arlington, Virginia, en Estados Unidos (EEUU), concretamente.
El sociólogo y comunicador social Leonardo de La Torre informa que hay, aproximadamente, 500 familias arbieteñas en esa localidad de EEUU. “Arbieto es una de las poblaciones con mayor número de migrantes que van en busca de mejores ingresos y para ayudar a la familia que se queda”. De La Torre realizó una investigación en el el Programa de Investigación Estratégica en Bolivia (PIEB) sobre este fenómeno. Su trabajo es una de las bases para el documental Un día más, que se estrena este mes en La Paz.
Y es que en Arbieto, las cifras no mienten: el alcalde Crescencio Soto revela que en el censo del año 2001, la localidad tenía 10.000 habitantes. “Hoy, calculamos que es más del 50 por ciento los que han viajado”, lamenta.
“Somos tantos allá, que hasta liga de fútbol hay”, comenta José Benigno Andrade Zurita, un arbieteño de 60 años quien también trabajó en EEUU. Su conocimiento de la realidad de los migrantes es de primera mano, pues sus cinco hijos radican actualmente en el país del norte.
Los lazos se mantienen fuertes entre quienes se quedaron y los que se fueron. El mayor acceso a la tecnología de información permite que el contacto sea más fluido; pero para quien espera el regreso del ser querido, una llamada diaria no alivia la añoranza.
Familia en la distancia
Con lágrimas en los ojos, el concejal Román Belmonte, de 54 años, recuerda a sus tres hijos, todos en EEUU. “No nos gusta separarnos, sufrimos mucho, pero no lo podemos evitar”.
“Es muy duro para todos. Mire, mi cuñado está en EEUU y puedo ver lo difícil que es para todos los que tienen familia. Mi suegra sufre mucho, pero no hay otra”, coincide Blanca Salguero de Claros (51). Esta argentina, que vive en Arbieto desde hace 19 años, fue testigo de la intensa migración de la población. Ella ha visto cómo la necesidad ha obligado a sus vecinos a despedir a un hijo, un hermano, a un esposo.
Esto es lo que molesta más a Román: la falta de oportunidades le angustia tanto o más que la lejanía de sus hijos. El concejal reclama la falta de opciones en Bolivia. “Ellos no deberían haber tenido que irse del país para poder progresar”, concluye.
“Aquí no ganaban bien. Por eso es que mis hermanos y mis tíos se fueron”, concuerda Adriana Castellón Fernández (22). “Todos quisiéramos estar con la familia, pero no podemos”, agrega.
Pocos son los que tienen la suerte de ver más seguido a sus parientes. Muchos de los migrantes no se encuentran en EEUU de forma regular y si salen de ese país no pueden reingresar. “He conocido vecinos que no han visto a sus hijos en años. Están sin papeles y no pueden salir. Tienen que aguantar”, comenta Blanca.
Otros prefieren ahorrar lo más posible, aunque esto signifique no ver a sus parientes en varios años. Para estos viajeros el regresar con el dinero para la familia en el menor tiempo posible es tan importante como el contacto.
También están los que consiguieron un buen trabajo y los papeles de estadía. Estos son quienes retornan de vacaciones. Algunos, incluso, ganan lo suficiente como para pagar la visita de su familia a EEUU.
Uno de estos afortunados es José Benigno. Desde hace cuatro años, el caballero arbieteño visita a sus retoños. “Cada seis meses, aproximadamente, me voy a los EEUU para ver a los chicos”.
El contacto, ya sea por teléfono o visita, es uno de los eventos más importantes de las familias de Arbieto. “Al menos una vez por semana, en la casa de mi suegra, se reúne la familia para hablar con mi cuñado”, cuenta Blanca.
No es sólo en Arbieto donde se extraña. “Mis hijos que están allá extrañan a sus amigos, a su pueblo”, asegura Román. Ana escuchó el sollozo en la voz de sus hermanos cuando hablan y Blanca fue testigo de las lágrimas de su cuñado cuando dialogó con la familia durante un visita a Bolivia.
Sin embargo, pese al dolor, hay un beneficio que todo el pueblo reconoce: las remesas ayudan a la economía del valle.
Mejorando el terruño
Incluso los más reacios a la migración, como Saturnino Yabira (40), aprecia la importancia de los ingresos. “El pueblo ha mejorado”, admite a regañadientes. Su vecina Beatriz Vallejos Orellana (37), comparte la opinión.
El Alcalde confirma que el principal beneficio de la migración son las remesas. “Llega mucha plata. Las familias han mejorado su forma de vida”.
La señal más visible son las casas. Construcciones lujosas salpican de color las estrechas callejas. Entre tradicionales edificios de adobe, las barrocas columnas llaman la atención.
“Las casas son más bonitas, más cómodas y mejores”, opina Ana Cristina. Blanca afirma: “La plata de mi cuñado es para su casa y la de su madre”, mientras que José Benigno se jacta de la tienda que sus hijos abrieron en Arbieto. Alrededor de la plaza se levantan edificios nuevos. Román informa que son de organizaciones de arbieteños en EEUU.
La arquitectura de estas casas sigue el patrón de las mansiones estadounidenses. La fachada cuenta con una puerta central y varias ventanas. Sobre la entrada principal hay un ventanal. Todo sostenido por columnas. El color no es el blanco común. El rosa, ladrillo y amarillo son la moda.
Asimismo, los jardines presentan un aire más anglosajón. Los cuadros de césped están bien cortados. Las flores ubicadas en regiones específicas, mientras que las enredaderas trepan por todo el pueblo. Esta renovación ha generado mayor movimiento económico en otras áreas. Los constructores necesitan de comida, transporte y entretenimiento.
La producción del durazno mejoró gracias a la migración. Román y De La Torre revelan que organizaciones de residentes han apoyado a proyectos de cultivo. El resultado es un fruto famoso en el país y muy buscado.
Incluso las casas vacías significan un ingreso más. Los dueños contratan vigilantes o las alquilan. Por otro lado, el Alcalde informa de una migración al revés. “Nueva gente llega a Arbieto. Muchos de los cuidadores de casas no son de acá. También vienen a trabajar en los campos”.
Pero, el bienestar no es todo. Los viajeros no trabajan en sus profesiones y enfrentan discriminación. Peor aún, la crisis dio inicio al retorno forzoso.
Futuro incierto
“Mis hijos son profesionales, pero trabajan de meseros y acomodando revistas”, reclama José Benigno. “Allá, tienes que aceptar lo que te puedan dar”. “Algunos dicen que les va muy bien, pero no paran de trabajar, no descansan y hacen de todo”, agrega Román.
Muchos fueron afectados por la crisis. “Cada día veo volver a más. Hasta mis parientes me han dicho que quieren volver, que no hay trabajo”, confiesa Beatriz. Unos llegan para saborear la recompensa de su autoexilio. Otros, a comenzar de nuevo.
No todos están seguros que puedan reacostumbrarse a vivir en Arbieto. “Ya no son los mismos, han cambiado. Ya no hablan como antes, comen otras cosas”, protesta Saturnino. Román es optimista:“Ellos regresan para bien. Nos van ayudar y demostraremos que podemos progresar”.