Un rostro proporcionado de rasgos afroamericanos —una nariz ancha y achatada, piel oscura— caracterizaba al cantante Michael Jackson, en su inicios musicales en los 70. Décadas más tarde, el artista vivió una transformación física ante los ojos de su público.
Todo comenzó en 1979. El joven agradable y talentoso en busca de popularidad y fama decide verse diferente. Sus primeros cambios comienzan con retoques en la nariz y redibujado de las cejas. Se suma un tatuaje de delineado en los párpados.
Jan Stanek, el cirujano plástico de Jackson, resumiendo la transformación dijo que el 79 el cantante se somete por primera vez a operaciones de esta naturaleza. “Se redujo el tamaño de la nariz, para que adquiera un aspecto europeo. La punta estaba más perfilada y presentaba una buena forma. Parecía menos africano, pero realzaba sus facciones”, señaló.
En los 80, la moda en el maquillaje pronunciado hizo que el cambio inicial de Michael pase desapercibido. Sin embargo, posteriores operaciones estrechan y reducen el tamaño de los orificios nasales del artista. Entonces comenzaron a notarse también los cambios en el color de su piel.
En 1987, Jackson, convertido ya en superestrella, continúa con las intervenciones quirúrgicas con un implante de mandíbula y mentón.
Cuatro años después, el intérprete tatúa el color de los labios y comienza a evidenciarse la palidez de su rostro, lo que provoca diversos comentarios.
Michael, sin embargo, en su autobiografía Moonwalk sólo admitió dos cirugías de nariz y una para ponerse un hoyuelo en la barbilla. Mientras que justificó el color blanquecino de su piel con el vitíligo, una enfermedad que causa despigmentación.
En sus últimas apariciones en público, Jackson llamó la atención con mascarillas que cubrían supuestas lesiones cutáneas. En marzo, el cantante se presentó a los medios con una nueva nariz, notablemente más fina. Michael reinventó su aspecto físico durante décadas, provocando odios, amores, pero nunca indiferencia.