Cuando los trabajadores de La Razón decidieron utilizar este espacio se produjo un debate interno. En ese proceso de reflexión escuché de todo y, entre ese todo, algo que me afligió: “los periodistas no deberían escribir notas de opinión porque no sería ético”.
¿Opinar será antiético para un periodista?, me pregunté y, confieso, por unos segundos me asaltó la duda. Si opino sobre un hecho político y luego informo sobre él, ¿será ético? Si en mi opinión valoro el desempeño de una autoridad y luego informo sobre su trabajo, ¿será ético? Si opino sobre un personaje o sobre un hecho, ¿quedaré inhabilitado para informar en ambos casos?
Ciertamente se presenta un panorama algo delicado, que hasta podría poner en duda la credibilidad de los periodistas que decidan expresar sus opiniones en este espacio. Es muy probable que los actores públicos que se sientan ofendidos por la opinión de uno de ellos intenten descalificar su labor de informador.
Entonces ¿opinamos o no opinamos? La Declaración Universal de los Derechos Humanos, en su artículo 19, establece que “todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones…”.
La Convención Interamericana de los Derechos Humanos de 1969, en su artículo 13, numeral 1, señala: “Todos tienen el derecho a la libertad de pensamiento y expresión. Este derecho incluye libertad de buscar, recibir e impartir información e ideas de toda clase, sin límites, tanto oral, por escrito, impreso...”.
La Declaración Interamericana de Libertad de Expresión, en su inciso 6, determina que “Toda persona tiene derecho a comunicar sus opiniones por cualquier medio y forma…” y el primer artículo de la Ley de Imprenta define que “Todo hombre tiene el derecho de publicar sus pensamientos por la prensa, sin previa censura, salvo las restricciones establecidas por la presente ley”.
¿Algo más reciente? La Constitución aprobada este año, en su artículo 21, inciso 5, establece que los bolivianos y bolivianas tienen el derecho “a expresar y difundir libremente pensamientos u opiniones por cualquier medio de comunicación, de forma oral, escrita o visual, individual o colectiva”. Hay más, pero eso es suficiente para que quede claro que todos, incluidos periodistas, tenemos derecho a opinar.
¿Y la ética? Pues esto va de la mano de la responsabilidad y la integridad moral de cada uno.
Despojados del traje de opinadores habrá que preguntarnos si al momento de ponernos el overol de periodistas respetamos algunos principios como los que refiere el prestigioso Camilo José Cela en su manual para periodistas: decir la verdad anteponiéndola ante cualquier otra consideración, ser tan objetivo como un espejo plano, decir lo que acontece y no lo que quisiéramos que acontezca, callar antes que deformar o “aspirar al entendimiento intelectual y no al presentimiento visceral de los sucesos y las situaciones”.
Es decir que al informar prevalezca el único compromiso que debe tener todo periodista, el compromiso con la verdad y no con sus intereses personales, los de sus amigos o de sus fuentes. Si cumplimos con estos requisitos ¿Qué miedo tenemos a opinar?
*Baldwin Montero Plaza es periodista.
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