Por estas horas habrá de cumplirse el plazo que la OEA dio a los golpistas hondureños para restituir en el cargo al Presidente Constitucional. Lo acontecido el domingo 28 en el país centroamericano consiguió no sólo que este columnista y el Gobierno coincidieran en algo, sino que Bolivia y Estados Unidos también lo hicieran; la condena del sistema internacional (naciones y organismos) a tal hecho se entonó al unísono. Digamos, empero, que unos lo hicieron con la sobriedad que aconseja tal situación y otros, pasados de revoluciones: el impresentable Chávez en plan bélico —se dice que anda ansioso por probar sus nuevos “juguetes”, como Odorico Paraguazú lo estaba por inaugurar el cementerio del pueblo en Sucupira. Buscaba provocar la muerte para tener un cadáver que enterrar; cuando finalmente le toca estrenar el camposanto, lo hace no como alcalde, cual era su plan, sino en calidad de occiso— y el desubicado Morales planteando “entrarse” a Honduras como si se tratase de Pando.
Entrando en Honduras, me asiste el derecho a la duda razonable sobre la convicción de SE en cuanto a su repentina fiebre democrática. En su caso parece más bien una cura en salud; si algo similar le ocurriera a Alan García, ¿mostraría el mismo desbordante entusiasmo que le llevó a querer “entrarse” a una nación soberana? Por lo que me acuerdo de los días previos a lo sucedido en Tegucigalpa, Morales se andaba jactando de llevar su receta confrontacional más allá de nuestras fronteras. Si esto no es alentar la inestabilidad en el vecindario, no sé qué lo será.
Pando tiene 63.827 km² de superficie; Honduras tiene prácticamente el doble: 112.090 km². A la luz de las escenas del operativo golpista en Honduras y aquellas registradas el 16 de septiembre del 2008 en Cobija, se puede concluir que gran diferencia entre unas y otras no hay.
Si, en el orden estrictamente hipotético, Pando no fuera un departamento de Bolivia, sino un pequeño país vecino y su presidente constitucional de entonces Leopoldo Fernández, la comunidad internacional no dudaría en calificar su defenestración como un golpe de Estado —mucho más “de manual” que el de Honduras porque, tras el extrañamiento del gobernante pandino, se coloca a un monigote de uniforme— y se activarían todo tipo de mecanismos legales para restituirlo en su cargo.
Para desgracia del gobernador constitucional de Pando, el Gobierno de Bolivia está más preocupado viendo la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio. Así como una mujer no puede estar “medio embarazada”, no se puede ser demócrata a medio tiempo, de acuerdo a la circunstancia.
Hace años, cuando se produjo el golpe contra Chávez, escribí una columna titulada “Un golpe deschavetado”, aun cuando ya eran proverbiales las tropelías de este personaje contra la libertad.
Hoy hago lo propio respecto del presidente Zelaya, pero demando, también, la restitución de Fernández en la gobernación de Pando y el retiro inmediato de los golpistas al mando del gorila camionero.
*Puka Reyesvilla es docente universitario.
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