“Mi trabajo es conseguir que los cadáveres luzcan hermosos' Adolfo Víctor Valdivia es embalsamador, además de maquillista. Hace nueve años que inició su profesión, la Tanatopraxia, y hoy atiende al menos dos cuerpos por día. Su otra afición es el canto; ya actuó en dos musicales.
EL MAQUILLAJE • Adolfo Valdivia busca el color de una base de maquillaje similar a la piel del fallecido y procede a aplicarla con un pincel. El resultado no debe ser “estrafalario”.
“Soy un maquillador. Mi habilidad es retocar, arreglar, disimular, embellecer. Lo hago a diario, al menos dos veces al día desde hace años. Y si bien a todos los seres queridos les dedico esfuerzo, pues sé que su espíritu está mirando lo que hago; el sábado 9 de mayo me temblaron las manos. Sobre la mesa de embalsamar estaba mi tía Sara. Tuve que reconstruir lo que alguien se esmeró por desfigurar con un cuchillo; tenía tantas heridas abiertas que suturé y suturé”.
Adolfo Víctor Valdivia Salgueiro, de 31 años, es el embalsamador y maquillador en la Funeraria Valdivia, empresa familiar de prestigio en la ciudad de La Paz.
“¿Otra debilidad? Los niños. Siempre me afecta cuando hay que prepararlos; es que tengo hijitos y no puedo evitar pensar que en lugar del ser querido que se me ha encomendado podría estar alguien conocido y que amo”.
Adolfo Valdivia estudió en el San Francisco College of Mortuary Science en San Francisco, California (EEUU). Su especialidad es la práctica de conservación y embalsamamiento de cadáveres: Tanatopraxia.
“Desde que tengo 15 años (1994) fui a la morgue a recoger los cadáveres para traerlos a la funeraria y no, no sentía miedo; supongo que es vocación. El año 2000 decidí estudiar para hacer un trabajo prolijo”.
En EEUU estudió un compendio completo de materias relacionadas con la muerte: Patología, Anatomía y Maquillaje. El objetivo es lograr que el fallecido esté lo más presentable posible para que lo recuerden así.
“El primer paso del proceso es ir a recoger al ser querido de un domicilio, de un hospital o de la morgue. Lo traigo a mi laboratorio y lo preparo para el lavado del cuerpo; uso champú y jaboncillo. El agua fría es necesaria, porque ayuda a que el cuerpo acepte mejor la formolización. En caso de que el paso a la otra vida se haya producido por un accidente, después del lavado procedo a suturar las heridas. En muchos casos hago reconstrucciones, porque encuentro cortes o laceraciones en el rostro que debo rellenar con cera y cubrir luego las huellas con el maquillaje”.
Adolfo lleva el nombre de su padre, del que es hijo primogénito. Además de su profesión, lo que más le gusta es cantar. De hecho, la Familia Valdivia —él, sus padres y sus hermanos— formó un quinteto exitoso en los 90.
“Es difícil trabajar con las fracturas expuestas, así que les coloco vendas... hago lo que se puede. Si el ser querido murió en un accidente muy violento, que afectó gravemente la cabeza, tengo que cubrirla con una bolsa y los familiares deciden si el cajón estará abierto o cerrado durante el velatorio”.
Adolfo Valdivia es un hombre alegre. El año pasado fue uno de los actores-cantantes del musical Moulin Rouge, en el que dio vida a Zidler, el dueño del cabaret parisino. Su esposa le acompaña en estos correteos, pues ella también tiene una voz educada.
“Para la correcta formolización del cuerpo, busco las principales arterias (carótida y/o femoral). Cuando la encuentro, hago un corte para introducir el formol; en ese momento le agradezco al cuerpo por haberme permitido encontrar su arteria. Lo terrible es cuando hay que hacer muchos cortes para encontrarla. La cantidad de formol varía de acuerdo con la altura, peso y contextura de cada persona. Cuando termina de entrar, suturo ese corte y la maquillo para que no se note. El formol es para que el cuerpo no se descomponga rápidamente. Me tomo mi tiempo para este proceso, hay que tener paciencia. Conozco de gente que inyecta el líquido en el abdomen, pero así no circula bien y el cuerpo se descompone en el velorio”.
La Funeraria Valdivia es una de las más antiguas de la ciudad, con sus 60 años de experiencia, y la que más ha innovado en la materia. No sólo ofrece las pompas fúnebres, sino el proceso profesional del embalsamado.
“Yo sé que el espíritu de las personas está presente, que sigue acompañando al cuerpo hasta que se lo entierra, y siempre tomo en cuenta eso y trato con respeto al cadáver, como si me estuviese viendo. ¿Si me indispongo? Obviamente, como todos, porque los cuerpos eliminan fluidos; hay que estar preparado para ello”.
La vena artística de Valdivia es evidente. Mucha gente en Bolivia debe recordar al niño Adolfo, el niño gordito que cantaba Chicaloma, Chicaloma, donde la saya se baila mejor, donde hay negritas como la flor.
“Puedo ver de qué forma murió la persona. Las facciones en el rostro me muestran si sufrió: algunos seres queridos tienen cara de angustia y, en cambio, otros murieron mientras dormían porque tienen facciones que te transmiten paz”.
Este año, Adolfo volvió a actuar en un musical, La última noche de Beethoven, donde alternó en el papel de Mefistófeles, el que pretendía llevarse el genio del genio, borrar sus momentos tristes, sus angustias, a cambio de su música.
“También sé si la persona tenía cáncer; sus venas se atrofian y es difícil formolizar el cuerpo. Cuando tienen algún virus, digamos sida, no me preocupo, porque el virus muere con ellos, pero sí me cuido, estoy equipado”.
De los tres hermanos Valdivia —dos varones y una mujer—, sólo él se dedica al negocio de familia.
“Cuando termino de limpiar el cuerpo, lo visto, le pongo la ropita que trajo la familia... pero hay muertos que no tienen familia, y familias que no traen ropa; por eso la funeraria tiene sus reservas: buzo y chompa; pero deben tener una muda completa. Antes de vestirlos, les hago masajes en las extremidades. La rigidez cadavérica es un entumecimiento de los músculos producido por la falta de circulación, hay que moverlos para poder vestirlos”.
Todo proceso le toma al experto una hora y media.
“Sobre el maquillaje, en el caso de las mujeres se aplica una base no estrafalaria, sino natural, un poco de rosado en los labios, un poco de chapitas y hay que ver el peinado. Los familiares pueden pedir algún cambio”.
Algunas veces, los parientes más cercanos piden entrar al laboratorio para acompañar al familiar en la preparación.
“Me dicen: Quiero estar con mi mamá o con mi hijo o con mi esposo, pero no se los permito, porque es muy fuerte”.
Ya listo, el cuerpo es colocado en el ataúd y llevado al salón de velatorio para el último adiós.
“¿Si mis hijitos saben a qué me dedico? Claro que sí, pero no permito que vengan; no, hasta que crezcan. Algunos amigos de mi hija mayor se hacen la burla porque saben que trabajo con cadáveres. A mí me pasaba lo mismo cuando era pequeño”.