¿Qué es un artista? Difícil verbalizarlo. Y de pronto, como una revelación, uno llega a saberlo.
El ovillo gigante en la puerta de la galería Nota es como el clic que activa los sentidos: algo no es como lo de todos los días.
En los muros, las fotografías. Superficie blanca y dos uniformados que se dan la mano. De sus respectivas espaldas salen las alas trenzadas por las manos que suelen trabajar los adornos de los uniformes militares. Al fondo, corazones de madera pirograbados por manos indígenas, e indígenas retratados con alas del arte plumario de la comunidad. En un apartado, un hombre que navega en las aguas del Titicaca dentro de un corazón de plástico. En el piso, un cajón y dentro imágenes en movimiento del hombre jugando con los escarabajos enjoyados de México... Todo esto, y algo más de cuanto está dispuesto en la galería, no es nuevo. Joaquín Sánchez, el hombre, el artista, ha mostrado las obras en anteriores oportunidades. Pero otra cosa es verlo todo junto...
Hay más en la planta alta y hacia allí conduce un camino de manzanas acarameladas. Es Joaquín, sin duda, que ya ha jugado con las golosinas populares.
Al final del dulce camino está Margarita, lo nuevo de Sánchez que ya está de lleno con el cine. Una mujer se confiesa desde la pantalla, abre su corazón para recordar su niñez triste, sus muñecas hechas de botella a falta del juguete infantil, del desprecio familiar a causa de la piel que le salió oscura y no blanquita como la de sus hermanas. Pero no es la historia lo que impacta, sino la forma de recogerla: Margarita, toda de blanco, siendo acicalada como una estrella de cine, alternando con el azúcar que se convierte en algodón y manzanas acarameladas llenando el espacio. Alguna verdad está entrando en uno por los ojos. ¿Qué es un artista? Quién sabe. Pero Sánchez es uno de ellos.