55 miradas de La Paz Asombro, deleite o desagrado... Desde el siglo XVI, la ciudad del Illimani ha despertado distintas emociones en sus ilustres visitantes. Un libro recoge sus testimonios.
La ciudad padece algunas destemplanzas porque la altura inimencial de esta tierra la esteriliza con los aires. Está fundada en una ladera; son desabridas sus calles; por las cuestas que tiene de subida y baxada. (...) Tendrá 500 casas de españoles y más de 1.000 de indios”. Así escribía en 1665 el sacerdote franciscano Diego de Mendoza sus primeras impresiones sobre La Paz. Y esas palabras se suman a las voces impresas de 54 otros cronistas extranjeros y bolivianos que son recogidas en el libro “La Paz vista por viajeros y autores nacionales”.
La publicación se convierte en una especie de pincel que va pintando a través de la palabra la cotidianidad de esta ciudad y de sus provincias desde el siglo XVI hasta el presente. “Este libro recoge cuantos testimonios he podido reunir del asombro, el deleite, la desazón y también el desagrado y las contradicciones de quienes visitaron La Paz en los diversos siglos de su existencia; así como las impresiones de los propios bolivianos”, explica el historiador Mariano Baptista Gumucio, quien seleccionó los textos.
El resultado de ese trabajo de hormiga muestra al lector de una forma amena y variada la historia de la ciudad y los cambios que ha sufrido para bien o para mal. Claro, siempre bajo la percepción personal de cada uno de los autores de los textos, como la del Premio Nobel de Literatura 1967, el guatemalteco Miguel Ángel Asturias.
“La voz evaporada por el ahogo y deslumbramiento, el ademán sin énfasis por la pereza migosa de la altura. Los ojos ciegos por tanta luz purísima, el que llega a La Paz experimenta la sensación del que acaba de despertar del que sale, el edén en que la asentara el buen escogedor de sitios para ciudades, que entre los conquistadores españoles los había: olfateadores de vientos, probadores de tierras y de aguas, conocedores de tempestades, imitadores de trasgos, y fueron ellos los que dieron con esta quiebra del terreno, donde todo se endulza, se suaviza; se cubre de gracia...”, anotó.
Unas hojas más allá, se refleja una queja del jefe del Partido Liberal en 1934, Juan María Zalles, ante la construcción de edificios en el actual paseo de El Prado. “Había acaso algo más poético que la Alameda de antaño que creó el genio urbanístico de Sánchez Lima y a cuya vera no había una sola casa edificada. Cinco vías ofrecían al habitual paseante sombra, verdor y quietud. Concluidas las labores diarias, grandes y niños, aristócratas y plebeyos, damas de linaje y pintorescas cholitas y aun el Jefe de Estado, recorrían las avenidas, saludando a todos, pues a todos ellos conocían. Y la falta de esta atención era tan grave, que el presidente (Aniceto) Arce provocó un conflicto estudiantil, porque un muchacho negóse a hacerlo”.
Con todo, Baptista concluye que los testimonios recogidos en el libro expresan asombro ante La Paz, “pues no hay ciudad parecida en América tanto por su curiosa topografía como por la fuerte carta de su ancestro indígena”.
El libro La Paz vista por viajeros extranjeros y autores nacionales cuenta con testimonios de personalidades. Entre ellos se hallan el científico francés Alcides D’Orbigny, la escritora estadounidense María Robinson Wright, el novelista chileno Jorge Edwards y el recién desaparecido literato uruguayo Mario Benedetti.
Entre los nacionales se hallan el ex presidente de la República Carlos Mesa, el médico y literato Rolando Costa Arduz, el periodista Carlos Serrate Reich, el poeta Fernando Diez de Medina y el historiador Roberto Prudencio Romecín, entre otros.
Cada uno de ellos retrata esta ciudad desde distintas facetas. El abogado Julio Iturri Núñez del Prado, por ejemplo, se centra en las costumbres de los jóvenes del 1900. “El cortejo lo hacían las chicas desde sus balcones del segundo piso, y los chicos delante las rejas de las casas. (...) La entrada del galán a la casa era cosa seria, si lo hacía, era previa presentación de su credencial de novio. Los bailongos las chicas sólo lo hacían el día de su cumpleaños. Los clubes nocturnos y las discotecas sólo se soñaban”, escribió.
La mirada crítica de esta ciudad en ese periodo la tiene el diplomático chileno que vino a Bolivia para imponer la firma del tratado de paz, Abraham Köning. “Aquí no hay leña ni carbón. Se hace de comer con taquía, que es el estiércol de la llama. En el mes pasado, a consecuencia de que los indios estaban ocupados en cosechar, hubo escasez completa de taquía y tuvimos que hacer fuego con cajones vacíos. (...) Las lavanderas tienen la ropa un mes y dos. No se dan prisa, y casi es de creer que los indios y los cholos se ponen nuestras camisas”, escribió en 1909 a Rosa.
Pedro Cieza de León (1596)
“Hay otra adoración (de los habitantes de La Paz) que se llama Hillemana (Illimani), ques una sierra alta cubierta de nieves que perpetuamente se la hacen, y así Hillemana quiere decir ‘cosa para siempre’, y desta causa los naturales la tienen en adoración. Las costumbres de la gente deste asiento y provincia es casi como las demás deste reino, porque todos de ordinario se emborrachan con una bebida que hacen del maíz, que lo mascan y muelen y echado en vasos de agua lo cuecen hasta darle su punto y queda hecho como brevaje, el cual, aunque parece simple, beben tanta cantidad, que los emborracha; y para este efecto se juntan en cuadrillas en casas particulares, haciendo unas danzas y bailes con tambores e instrumentos torpes; y es costumbre que nunca bebe ninguno destos indios la bebida sólo”.
Alcides D’Orbigny (1830)
“En ese país (Bolivia) donde todo es constante, debía también admirar el aspecto salvaje, pero grandioso del panorama que presentaba el conjunto de la quebrada de La Paz, tal vez una de las más extraordinarias del mundo, puesto que está enteramente cavada en terrenos transportados, pertenecientes a la época diluvial. La Paz en nada se parece a las otras ciudades americanas. todas las que había visto hasta entonces se parecen, más o menos, a nuestras ciudades de Europa. Río de Janeiro, Buenos Aires, Santiago, Valparaíso, reciben demasiados extranjeros para que no sea así. (...) La noticia de mi llegada (a la ciudad de La Paz) se difundió rápidamente. Era europeo y, además, traía la misión de investigar. Era suficiente para que mi aparición constituyera en un verdadero acontecimiento”.
Conde de Keyserling (1929)
“Aquí en Bolivia y en el Alto perú, se trata además de ancianidad histórica. A mi juicio, estos indios son mucho más antiguos de lo que la investigación histórica admite. ¿Por qué viven a tan insensata altura? Sin duda se refugiaron aquí arriba cuando al Este y al Oeste se hundieron en el océano continentes enteros o gigantescas islas. Esta civilización de altura en derredor del lago Titicaca me da la impresión de algo inhumano. El paisaje es más áspero que el de la Siberia septentrional; las emanaciones del mineral, paralizantes, si no asesinas, y el suelo desoladamente pobre. ¡Cuán bien se comprende aquí el culto de la sangre caliente y del oro como sol líquido e ingrávido! Estas estepas a 4.000 metros de altura, áridas y grises, descoloridas y lúgubres sobre las que se alzan montañas nevadas”.
Roberto Prudencio R. (S. XX)
“La Paz es ciertamente una ciudad de una originalidad insospechada. Está como colgada en las montañas, y se apoya en los riscos para descender a los barrancos, al lecho de los torrentes que, de las nieves eternas, irrumpen hacia los Yungas y las selvas. La Paz es ciudad de cumbres y ciudad de precipicios. Sus calles reptan, arañando las alturas, como enredaderas de piedra, o descienden, como serpientes verdes, a los valles o los despeñaderos, pasando por rincones de poesía pastoril y, en veces, por paisajes lunares. La Paz no es una ciudad: es un tejido caprichoso de villas, poblaciones, barriadas en el cañamazo de extraña topografía. Vista de las alturas, de día es un cuadro extraño y de noche es la vía láctea que se ha caído al precipicio”.
Raúl Mariaca Guillén (1987)
“Esta especie de cráter selenita en proceso de desintegración que los nativos llamamos orgullosamente el Valle de la Paz. Esta suerte de Cañón del Colorado que no alcanzó a mantener indemne su estructura geológica original y que tuvo que sostenerse con tres inmensas moles de granito cubiertas de nieve, y que se conoce también con el nombre de Chuquiago, no era ciertamente el lugar más apropiado para elegir una ciudad. Pero aquí estamos. De una aldea pequeña, se convirtió en una aldea grande, luego en una ciudad. Como Troya, pero en un periodo más breve, la aldea grande se alzó sobre la pequeña y la ciudad sobre ambas, sin que ninguna hubiera desaparecido del todo”.