Un libro de Luis Fernando Pacheco clasifica y exhibe piezas en cerámica negra provenientes de esta civilización preincaica. Hay figuras humanas, máscaras y estatuillas de animales.
Las ruinas de Tiwanaku, que ahora asemejan una ciudadela, pero que en tiempo remoto constituían parte de una civilización, ostentan ya bastantes reliquias históricas que reflejan la importancia de Bolivia en la historia de la humanidad. La rica herencia de esta cultura está plasmada en el libro Thäpykkhala Arqueología Poética, de Luis Fernando Pacheco Medrano, que clasifica y exhibe piezas en cerámica negra provenientes del Tiwanaku antiguo.
En los últimos 35 años, el ingeniero Pacheco, quien se identifica como un aficionado a la arqueología, coleccionó, de distintas maneras, esas piezas diseñadas en cerámica negra. Muchas de éstas, que se las puede tener en las manos en contraste con las monumentales piezas líticas que se conservan en Tiwanaku, fueron encontradas por campesinos del lugar debajo de tumbas.
En otros casos, estuvieron guardadas por los indígenas de la región como parte de su legado familiar. Y, por último, Luis Fernando Pacheco Medrano las consiguió en sus largos peregrinajes por repositorios de anticuarios y en colecciones privadas, nacionales y extranjeras.
El propósito del ingeniero era estudiar las piezas y descifrar sus códigos y misterios, recurriendo con asiduidad a interpretaciones astrales, fuentes de la sabiduría de los tiwanakotas.
Los ceramios negros se distinguen por su modelado, grabado y colocación de los signos que llevan, de tal modo que sus figuras y significados forman un armonioso conjunto.
La Poética Arqueológica
“Así podemos aún contemplar, no sin emoción, las facciones aguileñas de Thunupa, “Señor Dominador de las Dos Tierras, cabeza de todos los Ocho Pueblos”, que murió hace mucho, muchísimo tiempo; mostrando unos labios entreabiertos como en una sonrisa que se burlase de la muerte”, sostiene el autor en Thäpykkhala Arqueología Poética.
El libro tiene 322 páginas, en formato de 32 centímetros de largo por 25 de ancho y consta de dos partes. La primera expone explicaciones e interpretaciones de las ruinas de Tiwanaku y la segunda se dedica exclusivamente a la cerámica negra.
El arqueólogo aficionado presentó su libro y un video de casi 20 minutos para mostrar parte de las cerámicas negras que dispone —algunas prestadas de otras colecciones— en un acto realizado en el Círculo de la Unión de La Paz, el 13 de agosto.
Actualmente, el ingeniero tiene 300 piezas tiwanakotas con las que proyecta abrir un museo.
Las esculturas representan rostros, cuerpos humanos, figuras antropomórficas y otras expresiones que dan fe de un arte negro singular. Entre ellas se cuenta con la presencia de una estatuilla similar a un elefante, animal originario de otras latitudes. Igualmente, impresiona que una de las cerámicas tenga como imagen central una cruz, parecida a la cristiana.
Los orígenes de Tiwanaku
El nombre original de Tiwanaku era “Thäipykkhala”, según el cronista fray Bernabé Cobo, en un escrito suyo del siglo XVII, en el que anota que esta “designación (es) equivalente a la piedra de en medio, metafóricamente capital central del universo” (Ponce Sanginés, 1999).
En cuanto a la existencia de Tiwanaku, Arthur Posnansky sostuvo que “un terrible cataclismo desmanteló los Andes, hizo que se desbordaran las aguas del lago “Titi-kha’kha” (Titicaca) inundando toda la región y la metrópoli. Al cabo de cierto tiempo se produjo, tras el hundimiento de amplias regiones del mundo, el efecto contrario, una elevación de la zona del lago, que alejó, de forma progresiva y definitiva, las aguas de la ciudad portuaria Thäipykkhala, que antaño había albergado a los habitantes de una civilización muy avanzada y recordados en las tradiciones locales como los Whirajhochas, los Señores Dominadores”.
“El enigma de Thäipykkhala, la ciudad portuaria y religiosa, parece nacer en tiempos en que el clima era benigno y cuando era un puerto remoto en la ruta de los pueblos pasados, la Atlántida, que no descuidaban jamás la compra y venta por diversas regiones”.
La Puerta del Sol
Acerca del monumento lítico de la Puerta del Sol, Pacheco parece haber descifrado sus enigmas.
Sobre la figura central de su friso dice: “Todo indica que el vestido del semidiós —Thunupa— no es simplemente una prenda de vestir, sino una parte integral del simbolismo. Un atuendo con mangas cortas que le alcanza hasta por debajo de la rodilla, con un borde de seis figuras felinas que parecen hacer referencia a la belleza y al magnetismo, a la astucia y al coraje; son las pléyades, que en la antigüedad eran un asterismo de vital importancia para numerosas civilizaciones a lo largo del mundo”.
“Este protagonismo viene dado por ser uno de los objetos celestes que más destaca. Al ser un cúmulo de seis estrellas que brillan intensamente, visibles a simple vista, ha llamado la atención en las alturas”.
Y agrega “(…) Sin duda, gran parte de su importancia se debe al hecho de que marcaron el equinoccio de primavera hacia el año 3000 aC, coincidiendo con el nacimiento de muchas civilizaciones avanzadas”.
Al preguntársele cómo pudo descifrar éstos y otros símbolos de la Puerta del Sol, el investigador señala que lo hizo efectuando estudios históricos, analizan- do caracteres parecidos de otras culturas y observando detenidamente las pléyades, que están constituidas por seis estrellas.
Esos astros marcaban el comienzo del período de siembra, lo que revela que la agricultura es un tema muy presente en el friso de la Gran Puerta, que también tiene mucha relación con la astronomía, tomando en cuenta las constelaciones que regían en esa época.
Texto: Alberto Zuazo Nathes Fotos: Libro Thäpykkhala Arqueología Poética de Luis Fernando Pacheco Medrano