Pregunta: ¿Cuál es el oso bandera de esta región? Pista: “Es uno que tiene una especie de anteojos”. Respuesta: “¡Wilson!”. Daniel alude a uno de sus compañeros y provoca las risas de los niños que participan del juego; uno de ellos se acerca al bromista y le susurra: “Es el jucumari”. “Ah sí... ¡el jucumari!”, grita emocionado Daniel.
Son las cinco de la tarde en el patio de la Unidad Educativa Adrián Melgar, del municipio de Mairana en la provincia cruceña Florida. Allí, los niños del cuarto grado dejaron los cuadernos e invadieron la única cancha para aprender a través de juegos sobre medio ambiente y conservación.
“Este año se implementó el proyecto de Educación Ambiental para niños y jóvenes de Mairana. Además de juegos ecológicos, incluye visitas pedagógicas al Bosque de los Helechos Gigantes y un Ecoclub”, explica Érika Bayá, coordinadora de la iniciativa que es impulsada por la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN) y en sociedad con otras instituciones.
Magia en las “carpas verdes”
Contaminación, quirusilla, paraba frente roja, conservación... son palabras ya familiares para los niños de las comunidades circundantes al parque Amboró. “Los estudiantes de 17 escuelas de tres núcleos educativos se han familiarizado con los conceptos medioambientales mediante juegos ecológicos”, comenta Érika.
Cuando una “carpa verde” llega a una escuela, los chicos saben que es tiempo de diversión. Las actividades lúdicas, que llegan a seis, fueron creadas por maestros y guardabosques; y ellos mismos los implementan para los estudiantes de primaria. En Mairana funcionan tres carpas verdes, una para cada núcleo educativo.
Son cerca de las seis de la tarde y en la cancha unos niños discuten. “Siempre se pelean porque quieren ser la chica o el chico malo”, cuenta Bayá, mientras explica las reglas del “Embolsao”. En este juego, quien hará de “malo” se disfraza con un antifaz y una capa negra. Su misión será contaminar el medio ambiente y para ello deberá botar unas fichas donde están impresas figuras de todo tipo de basura, como cáscaras, papel y bolsas nylon.
“La idea de esta actividad es que los niños aprendan a seleccionar la basura”, explica la coordinadora mientras entrega el disfraz a una de las niñas.
En una de las esquinas de la cancha, otro grupo de escolares juega a la Rayuela del Amboró. Es el turno de Gladys, quien lanza la ficha hasta el segundo cuadro; allí se lee la palabra “quirusillas”. La pequeña salta y al recoger su ficha debe explicar a qué hace alusión este nombre. “Las quirusillas son plantas medicinales”, responde segura. Ha ganado y ahora le toca a su compañero. Con la Rayuela del Amboró, los estudiantes aprenden sobre la rica flora y fauna del parque.
“Hace dos meses que no llueve en Mairana. Es consecuencia del chaqueo, por eso creo que es importante enseñarle a los niños sobre conservación”, comenta preocupado el profesor Saúl Mustafá, que observa cómo sus alumnos se divierten en la carpa. La mayoría de las familias de Mairana se dedica al cultivo de frutas y hortalizas y, según el maestro, los comunarios se han visto afectados por la sequía.
Luego de casi hora y media de juegos, los alumnos regresan a sus hogares. Una vez vacío el establecimiento, los profesores se reúnen para evaluar la jornada de concienciación ecológica. Henry Prado, el director de la escuela, celebra. “Creo que ha habido un gran avance con los alumnos. Miren a su alrededor, casi no hay basura”.
Sendero de helechos gigantes
“Evita maltratar las plantas”. “No molestes a los animales”. “Camina por el sendero”. “Habla sin gritar”. “Entrega la basura al guía o a tu profesor”, son algunas de las recomendaciones que reciben los estudiantes que visitan el sendero pedagógico del bosque de los Helechos Gigantes, ubicado en la comunidad La Yunga de Mairana.
Son las 9.30 y niños, profesores, guías, periodistas y conservadores se alistan para ingresar al bosque. Esta vez los alumnos de la escuela de la comunidad de Mendiola, en la provincia Florida, conocerán in situ la importancia de este lugar.
Los niños son dirigidos por Efrasio y Fidel, dos de los cinco guías de la Asociación La Yunga de Turismo Responsable (Asytur). Además de guía, Fidel se dedica al cultivo de papa. “Todavía no podemos vivir del ecoturismo, recién estamos empezando”, dice. Igual sucede con Efrasio, quien es agricultor de durazno. Antes de iniciar la excursión, los alumnos y maestros reciben cartillas con información sobre la flora y fauna.
El sendero es frío y está lleno de vegetación. Durante las dos horas de recorrido, hay seis paradas pedagógicas, en cada una, varios cuadros de madera tallada exhiben mapas o informan sobre animales o plantas.
“¿Saben por qué se llama La Yunga?”, pregunta Érika. Ante el silencio de los alumnos, explica: “Se llama La Yunga a toda la región de la vertiente norte de la Cordillera Oriental, que contiene desde bosques secos hasta superhúmedos. Éste es seco y aquí está el bosque nublado, donde vamos a aprender el ciclo del agua”.
En el bosque nublado, uno olvida que está en Santa Cruz; es más: olvida que está en la época actual. Los helechos son tan grandes que transportan a un tiempo remoto y primitivo, donde en cualquier momento podrían aparecer dinosaurios. Efrasio se detiene para explicar a los niños : “Estos bosques absorben el agua de las nubes. Las plantas capturan el agua y ésta se escurre por la tierra hasta llegar a los ríos”.
La ruta está delimitada por enormes helechos, cuyas ramas parecen vestir abrigadas chompas de lana por los líquenes que las cubren. “En este sendero se ve mayormente dos especies de helechos: el macetero y el espinudo”, explica Érika. Se sabe que los helechos maceteros que miden dos metros han vivido al menos 85 años. “Según estudios, en este bosque hay plantas que nacieron en el siglo XVIII”, comenta Bayá.
En el caso del helecho espinudo, se estima que alcanza los dos metros a los 45 años. Estos datos son el punto de partida para la formulación de una serie de problemas matemáticos, que están en las cartillas y que los escolares deberán resolver en el aula.
El Ecoclub a la caza de jóvenes
“En el municipio cruceño de Samaipata existen 30 tiendas. Cada una de éstas gasta al mes cerca de dos mil bolsas nylon”, comenta Anael Chavarría. Ella es la cabeza del Ecoclub de Samaipata, un grupo de entusiastas jóvenes que a principios de año llevó adelante una investigación sobre el uso de bolsas nylon en ese lugar.
Con los resultados, los 12 jóvenes del Ecoclub iniciaron una campaña de concienciación en la población cruceña. “Queremos que la gente deje de usar bolsas nylon, por eso hemos repartido 500 bolsas de tela a la gente”, dice.
El integrante más joven del club es Fabricio Fernández. A sus siete años él ya entiende la importancia del medio ambiente. “Muchas familias y animales pueden morir si no cuidamos nuestros bosques”, asegura.
Entre las actividades que el Ecoclub realizó desde su creación, se cuenta la limpieza de la Laguna Verde del municipio de Comarapa y el pintado de viñetas con mensajes ecológicos. Ahora están a la caza de más jóvenes para que este club subsista cuando los fundadores se vayan a estudiar a la universidad.
Según Érika, se espera que, en 10 ó 15 años, los niños y jóvenes que hoy participan en este proyecto “sean adultos conscientes de la importancia de la conservación y la biodiversidad”.
En La Yunga se creó un sendero pedagógico para que los niños conozcan sobre la flora y fauna del lugar.