Con un gruñido de hastío, el jefe de familia baja del tráiler a estirar las patas tras más de una ahora de viaje. Agitando la larga melena, el exiliado “rey de la selva” mira con lo que parece asombro. Frente a él hay un terreno amplio, con pasto y un árbol. Animado por los humanos, el león se acomoda en su nueva casa. Atrás queda la jaula de cuatro por dos y medio metros del Parque de los Monos. Desde aquel 1 de septiembre de 1993, el felino es el soberano en el parque zoológico Vesty Pakos de Mallasa. Y van 16 años.
Los habitáculos del refugio de animales de la zona Sur ya no son las jaulas cúbicas, pequeñas e incómodas de la avenida Simón Bolívar. Ahora, las especies más grandes —los salvajes gatos, osos, llamas, caballos y cóndores— viven en áreas enrejadas y amplias. El Vesty Pakos cuenta con una superficie de 22,4 hectáreas, más que suficientes para albergar a los cerca de 550 individuos que allí viven.
El parque sureño es también más cálido. Mientras que en el centro de la ciudad el clima es poco adecuado para las especies tropicales —serpientes, tortugas, jaguares y leones, entre otras—, en Mallasa la temperatura puede llegar a los 22 grados centígrados.
Finalmente, la zona donde está el parque es menos poblada que las inmediaciones del parque Roosevelt. Los animales se han librado del continuo estruendo del tráfico estancado de La Paz y del griterío de las protestas. Esta calma no existía en el Parque de los Monos, tan cercano al trajinar diario de la ciudad.
Sobraban razones para que el biólogo austriaco Silvestre Pakos Sofro insistiera en el traslado de los animales. El científico sintió la necesidad de convertir la que era una simple y bastante pobre colección de fauna en un moderno zoológico.
Pakos, el visionario
Hoy, el zoológico de Mallasa es el mejor homenaje para Silvestre Pakos, más conocido como Vesty Pakos. El austriaco llegó a La Paz en la década de los 50, cuando la zona Sur de la ciudad aún mantenía su encanto silvestre.
Durante su estadía en el país, Pakos se dedicó a la fauna local, específicamente la de la zona de Obrajes. Su especialidad era la herpetología, el estudio de los reptiles. Con el tiempo adoptó la nacionalidad boliviana, además de especializarse en el manejo de animales silvestres. Trabajó durante muchos años con el zoológico de La Paz y, de hecho, fue el responsable de gestionar el traslado del centro a Mallasa.
Cuando el parque de la zona Sur abrió sus puertas, Vesty fue su primer director. Poco después, en uno de sus múltiples viajes por el área rural, el científico murió trágicamente en un accidente automovilístico. En su honor, se continuó su legado: sentar las bases para guiar al zoológico en su cambio hasta convertirlo en una institución moderna.
Mucho más que diversión
“Actualmente, los parques de este tipo tienen que cumplir con una función social y ecológica. La idea no es sólo mostrar animales extraños, sino también educar a la población y facilitar la investigación”, explica el biólogo del Zoo Miguel Molina Argandoña.
A nivel mundial, agrega Miguel, la concepción de los zoológicos cambió radicalmente. Ahora, trabajan apoyándose en cuatro pilares fundamentales: la educación de la población humana; el apoyo a la conservación de especies; la investigación científica y, por qué no, el entretenimiento.
Acto seguido, con un dejo de incomodidad, el biólogo admite que el parque de Mallasa se encarga plenamente de dos de los objetivos. “Por la falta de recursos, sólo nos podemos enfocar en educación y entretenimiento”.
En el Vesty Pakos, cada espacio tiene letreros grandes y didácticos con datos sobre los animales. Mediante estas guías, que son apoyadas por los guardafauna y voluntarios que fungen de maestros, los visitantes se informan sobre los hábitos, características y problemas de cada una de las especies. De esta forma, los monstruos vistos con miedo por la ignorancia se convierten en bellas criaturas en peligro.
En pos de este cambio de percepción trabaja Mariana Daza von Boeck, la responsable de educación y comunicación del zoológico paceño. Para ella, ésta es la misión más importante y urgente. Los zoológicos no son un parque de diversiones. Ahora son “museos vivientes”. “Los animales no están aquí para hacer de payasos ni para que nosotros los tengamos como mascotas. Están para enseñarnos todo lo posible acerca de ellos mismos y sobre cómo podemos ayudar para que no desaparezcan”, afirma Daza.
Por ello, los colegios que visitan el Vesty Pakos cuentan con un descuento de 20 por ciento en las entradas, si comunican la excursión con diez días de anticipación. Asimismo, las universidades, principalmente la Universidad Mayor de San Andrés, mantiene acuerdos para la realización de trabajos de investigación zoológica.
No es una tarea fácil. La población paceña aún no asimila completamente la función del parque de Mallasa. “La gente viene sólo a divertirse. Son muy pocos los que quieren aprender sobre los animales”, protesta el guardafauna Ronald Zurita Arias.
Malos vecinos
Un prueba clara de la falta de interés didáctico son los animales intoxicados con comida que imprudentemente les dan los visitantes. El nutricionista del Zoo, Víctor Humérez Felipes, muestra su enojo cuando cuenta cómo los monos y osos jukumaris terminaron enfermos por consumir plástico arrojado a las jaulas.
Al señalar las bandejas de alimento que preparan los técnicos, Humérez advierte de que los animales deben tener una dieta especial. “Cada bestia se alimenta de diferente manera y ninguna consume dulces. Pero parece que la gente no entiende esto y tenemos personas que les dan chupetes a los monos y botan botellas de refresco a la fosa de los osos. Lo único que hacen es acortar el periodo de vida del animal”.
Mariana Daza también reconoce que cuesta evitar que los visitantes dejen la basura en cualquier lugar. De hecho, mientras habla con el reportero de Escape, la funcionaria interrumpe su declaración para reprender a una madre de familia. “Hay basureros, señora. No debe botar papeles en el piso”.
Muchas veces, el infractor reacciona violentamente, por lo que tiene que ser retirado de los predios del Zoo. El centro recibe un promedio de 40 ó 50 mil visitantes por mes. De éstos, alrededor de 70 por ciento son niños acompañados por sus padres.
Para evitar problemas, la administración colocó en la entrada del Vesty Pakos un letrero con todas las normas del centro. No se puede ingresar acompañado de mascotas pues el olor de los animales domésticos altera a los salvajes. Tampoco se permiten juguetes, como pelotas, que pueden entrar en las jaulas y dañar a los inquilinos. Finalmente, está prohibido manejar bicicleta o acampar en los predios.
Daza asegura que las normas tienen una buena razón de ser. “No es por locos, lo que pasa es que queremos hacer entender a la gente que éste es un lugar de aprendizaje y un refugio para víctimas”. Es que pocos animales han sido tan afectados por la mezquindad de los seres humanos como los que actualmente viven en el Vesty Pakos.
Fieras, pero víctimas
Miguel Molina recuerda que los pensionados de Mallasa vienen de dos fuentes: donaciones o rescates. “Muchos de los especímenes salvajes fueron adquiridos ilegalmente, en su momento, por personas inescrupulosas. Cuando la ‘mascotita’ creció y se volvió difícil de mantener, esta gente la trajo acá”, relata el investigador con el seño fruncido.
Otros, como los grandes leones, fueron rescatados de los circos que pasaron por el país. “Al principio las carpas los donaban a la ciudad que visitaban”, agrega.
Pero, ¿por qué se quedan en el zoológico y no los devuelven a su hábitat natural? La respuesta es contundente: “Ellos no sobrevivirían en la selva. Han pasado mucho tiempo con los hombres y no saben cómo cazar comida, o, tienen enfermedades que devastarían a sus parientes silvestres”.
Para proteger a estos desamparados, el zoológico asume un papel que va más allá de la simple enseñanza, conservación o entretenimiento. En el Vesty Pakos, el cobijar a los animales se ha convertido en una tarea más social que científica. Al mismo tiempo, regala a los paceños la posibilidad de conocer un mundo natural en las mismas alturas.