Por varios motivos estuve ausente de estas páginas durante varias semanas. Es saludable descubrir que a nadie le hace falta leer esta columna y que es prescindible. Pero regresé, y nadie se habría dado cuenta si no lo menciono en estas líneas. Un retorno que acontece después de nueve semanas y media —para mala suerte de los lectores—, y no de treinta años como Julio Iglesias, para desdicha de los espectáculos musicales. No obstante, esta vez no hablaré del “artista latino más exitoso” para no herir susceptibilidades y cuidar mi hígado. Me referiré a la política en tiempos de elecciones, porque aparte de ser un deporte nacional —un vicio, como dijo mi colega Ruiz en esta misma ventana— muestra detalles interesantes y divertidos. Síntomas de la democracia en “tiempos de cambio” como se acostumbra decir. Lo relevante es el predominio de una tendencia centrípeta en las estrategias electorales, en una búsqueda del votante medio, aquel grupo de electores que ven las cosas sin tomarse a pecho el asunto, sin matarse por una idea, proyecto o líder. Un grupo que vive en general en los centros urbanos y que algunos denominan clase media. A los aprendices de sociólogos, el término clase media (ni ricos, ni pobres) les suena inocuo porque no se dan cuenta que una cosa son los sectores de clase media en la ciudad de La Paz y otra en Montero. O en Cochabamba, El Alto y Tarija.
No interesa saber qué tienen en común o qué diferencia a estos grupos, sino cómo los conciben las organizaciones políticas en sus planes electoralistas. Y los conciben como algo homogéneo, porque los hacedores de campaña no distinguen los matices y lanzan spots televisivos y diseñan afiches para demostrar que su candidato no había sido tan (resentido, separatista, timorato) y que es capaz de convocar y representar a (todos los sectores sociales). Así, el primero de los slogans oficialistas: “Evo soy yo” (que reforzaba la ligazón entre el “primer Presidente indígena” y “los condenados de la tierra”) es reinventado en esta época electoral con un ambiguo: “Evo somos todos”, que diluye la diversidad social ensalzada por el discurso masista en un plural sin distinciones. Este afán se observa de manera más nítida en otra consigna: “El cambio es tuyo”, un letrero con estética a la Benettton, o ese spot qaima donde el “presidente Evo Morales” (no el hermano, ni el compañero) posa como capitán de equipo de fulbito, un team sin indígena originario campesinos. Puritita clase media. Si eso no es ir al centro, ¿qué otra cosa podría denominarse a ese mensaje, a esa intención?, para despecho de los duros del MAS y de asesores embelesados con el radicalismo verbal de Evo Morales, prácticamente mudo en ese spot televisivo. Un spot que resulta tan interesante como esa horrenda frase que colgaron en las calles cochabambinas: “El cambio avanza, Evo no se cansa”, reiterando un mensaje que no tiene como destinatario a un adversario, es decir, no busca bronca.
Mientras el oficialismo se pinta de blanco para la guerra electoral, sus adversarios lanzan sus dados y algunos son dardos. Sutileza sin querer queriendo es el rojo/amarillo de PPB con colores de bandera española en pleno proceso de “descolonización” y con un sonriente Manfred Reyes Villa hablando de eficiencia y pidiendo “un boliviano” para su campaña, quizás sabiendo que “un boliviano vale un voto”, y no me refiero a la monedita. Samuel Doria Medina, UN, candidato empresario acusado de blandengue, se lanzó al ruedo para demostrar que él también es gallito de pelea —como su ex jefe—, pero acudió al fondo negro, a la mueca agria y al grito bilioso para
desafiar al mismísimo Jefazo, provocando más sonrisas que espanto, aparte de decepcionar a potenciales electorales que valoraban su mesura. Están claras las ventajas que se obtienen si la cosa se modera. No es cuestión de tocar madera.
*Fernando Mayorga es sociólogo.
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