DIEGO A. MANRIQUE De El País de Madrid para La Razón
This is it impresiona aunque el espectador llegue cargado de recelos. O citado a una convocatoria atípica. Sony Pictures había decretado que el documental se estrenara simultáneamente en 16 cines de todo el mundo. La película sobre la preparación de la gira imposible del desaparecido Michael Jackson se pasó a las dos de la madrugada. Sólo en China se saltaron tan imperial imposición y el filme se vio a una hora razonable.
This is it se enfrenta a la ira de un núcleo de fans, que protestan por la explotación de su pasión: el doble disco correspondiente contiene 14 éxitos de siempre; como novedades, dos versiones de la canción que le da título (la que provocó el enfado de su coautor, Paul Anka) más tres maquetas y un recitado. Sin embargo, el documental tiene sentido. Realizado por Kenny Ortega, el experimentado director de la gira, ofrece una fascinante mirada sobre los intríngulis de una gira de gama alta.
Ya es un prodigio que la película llegue cuatro meses después de la muerte del artista. Según un rótulo, se parte de grabaciones hechas para la videoteca particular del cantante, aunque el ojo suspicaz imagina insertos filmados posteriormente al fallecimiento. Tampoco ocurre nada si alguien consiguió cubrirse las espaldas, grabando los ensayos para un making off que se ha convertido finalmente en producto póstumo. La gran pregunta: ¿estaba Michael en condiciones de afrontar una tanda de 50 conciertos? Muy dudoso, visto su aspecto esquelético y su deterioro general. Sin embargo, manda sobre las tablas. Se suma a las coreografías, dirige a los músicos con lenguaje elemental. Le cuesta comunicar sus percepciones: en un momento hilarante, se lía explicando que su oído musical no coincide con su oído físico.
También está en pleno dominio de sus facultades interpretativas: le falta cuerpo en la voz, pero sabe colocarla y se atreve en esos gorgoritos tan amados de los concursantes de Operación Triunfo y similares. Trabaja con un repertorio infalible, en versiones ortodoxas y contundentes; el segmento de éxitos en Motown hubiera provocado orgasmos. El espectáculo estaba pensado para complacer y asombrar: hay acróbatas femeninas, bailarines que saltan “como impulsados por una tostadora”, una araña gigante, un brazo mecánico para moverse por encima de los espectadores, pirotecnia. Se filmaron nuevos videoclips, que se integraban en el concierto: desde una peliculita de cine negro, donde Michael es perseguido por un Humphrey Bogart homicida, a zombies del siglo XIX.
Casi todo transcurre dentro del recinto donde ensayan. No hay interferencias del exterior, sólo un sermón ecológico (“nos quedan cuatro años para arreglar el planeta”), ejemplarizado por el drama de la Amazonia: una niña que juega con una mariposa hasta que irrumpen los deforestadores, un bulldozer que se materializa sobre el escenario mientras suena Earth song. En el mundo de Michael, los malos siempre eran “los otros”: en este caso, los países pobres con urgencia de desarrollo.