Los niños corren y saltan sorteando velas y ramos de flores en el velorio mientras los adultos ya pasaron del respetuoso cuchicheo sobre los pormenores del deceso al tono abierto con el que recuerdan las picardías del muerto. La noche avanza su sendero de sombras, y vecinas y parroquianos alargan la mano hacia el té con té, las mistelas o el carajillo y los puchos ¡La noche es joven y hay que darle trago! Mientras más tiempo pase, más solo irá quedándose el muerto, mientras la concurrencia amengüe porque se van los que vinieron de paso o por cumplir y se quedan los de más confianza, tanta, que ya andan sueltos los chismes, los chistes y hasta algunas manos solapadas en la penumbra de los rincones.
Hay muchas explicaciones sobre la forma en que las diversas culturas que conviven en nuestro país “viven la muerte”. Desde la hórrida naturalidad a que nos acostumbraron los muchos y tempranos decesos infantiles hasta la resignada obediencia de que las mujeres tienen que parir con dolor o que esta vida continúa con otra en el cielo, en la que encontraremos la felicidad por la que, en vano, fustigamos nuestros días en la tierra.
Más allá de interpretaciones de cualquier tipo, lo cierto es que en la mayoría de nuestros pagos cada día se muere un poco y morir no es nada terrible ni extraordinario; finalmente, ser difunto no es cosa del otro mundo sino muy de éste. Debe ser por eso que el día de los muertos es la única fecha en que las funerarias están cerradas, y abren, en cambio, las ferias que parten o llegan hasta los cementerios con una infinidad de tiendas, pulperías, bazares y tenderetes ofreciendo chicharrón, coronas de papel que trenzan sus eslabones morados y negros, chicha, suerte sin blanca, flores, palmas y cebollines, biscochuelos y t’ant’awawas; y no falta la vidente, capaz de leer en las palmas de tantas manos extendidas la temblorosa, fortuita respuesta a las preguntas que apenas logran articularse, porque, como ya se sabe —matrimonio y mortaja, del cielo bajan o del infierno suben.
Por acá ofrecemos a las almas caballos de masa para que vayan al trote al cielo, escaleras de colores para que suban más rápido y merengues y melcochas para endulzar su incierto camino. Por allá, un vaso de agua y una vela encendida guían a los espíritus perdidos para que dejen de vagar por el otro mundo y se acojan al consuelo de los recuerdos de quienes se quedaron en éste, por error de cálculo o de destino. Más allá, las familias se trasladan al cementerio y rodean las tumbas de sus muertos, aliviando la vigilia con algo de comer y de beber que las almas serán etéreas pero los deudos todavía tienen cuerpos que mantener. Luego las tumbas quedan adornadas y mustias como palomares vacíos.
Y si aún quedaran dudas acerca de que vida y muerte son pares, existencias mancornadas o gemelas, habrá que recordar las ofrendas de comida y bebida para los seres queridos que partieron antes que nosotros. ¿Qué rituales podrían ser más mundanos y, al mismo tiempo, más espirituales que brindar a las almas el ajicito que en esta vida les gustaba, regado abundantemente con el coctelito de su preferencia? Y como, gracias a Dios y a todos los santos, los muertos gustan y agradecen en espíritu, pero no logran menoscabo físico de los platos, en esta vida les ayudamos y así quedamos, todos llenos y felices, hasta el año que viene.
Estos ritos misericordiosos ayudan a afrontar la muerte como quien la acaricia obligándola a bajar la guardia mientras ahogamos un bramido de tristeza en la tonada con que pretendemos, en vano, domar a la bestia, pobrecito el angelito que el cielo nos quitó, pobrecita su mamita que solita se quedó.
*Carmen Beatriz Ruiz es comunicadora social.
La universidad devaluada
Cuando uno contempla a la multitud de estudiantes, (no puedo escribir estudiantos y estudiantas, como gustaría a quienes tienen la manía de precisar sin necesidad el género del sujeto) de nuestras universidades a la hora de salir de clases
A la pareja sin hijos
Después de analizar las causas de por qué las parejas dejan un tiempo (corto o largo) para planificar su familia, varios estudios han demostrado que la mayoría de las personas que se unen en matrimonio o unión libre esperan a tener un capital económico
Espejitos de colores
No pretendo descartar los proyectos, creo que son intentos válidos de la actual administración, pero debieran ser llevados y más aún anunciados, con la debida mesura.
¿Quién manipula la palabra democracia?
Cuando C. Mesa, en su columna de La Razón, sostiene que el MAS no cree en la democracia, lo dice dando por correcto un concepto de democracia que es, por decir lo menos, sólo uno de los posibles.