Al concretarse el propósito de Comibol de industrializar el cobre que se extrae del yacimiento de Corocoro, sin transporte de por medio a lugar alguno, es todo un acontecimiento nacional.
Los avances que se habrían logrado en este sentido son ya muy plausibles, por lo que corresponde acompañarlos con los mejores augurios, pues será un paso importante en el proceso de industrializar las materias primas en el país.
Fue un acierto que el Gobierno hubiera concertado con la empresa coreana Kores la exploración y explotación de cobre con inversiones propias, las que habrían ascendido a unos 300 millones de dólares, y ahora disponer de la materia prima para aplicarle el valor agregado, que es la industrialización, aunque inicialmente sea primaria. De todos modos, es un buen avance.
La acción privada fue determinante para establecer que Corocoro podía seguir produciendo cobre, con mayor intensidad que en el pasado, después de que se la cerró porque se supuso que estaba agotada.
La cuestión radica en que el agotamiento se produjo en la explotación del subsuelo del yacimiento, como que en efecto se perforó alrededor de cien metros, donde el calor era agobiante, al extremo de que los mineros trabajan en calzoncillos, un ayudante los refrescaba con agua en forma permanente, y el tiempo de labor se reducía a unas tres a cuatro horas por turno.
Dos ejemplos vale la pena mencionar. En el agua que casi hervía en el subsuelo de Corocoro se podía cocer huevos. Además, personas con insuficiencias respiratorias se desvanecían en su interior. El aporte de la empresa Kores es que el yacimiento puede ser explotado a cielo abierto, con la adición de que el volumen de la riqueza a explotarse será cuantioso.