Después de asistir a la última ronda de negociaciones para la Conferencia de Naciones Unidas sobre Cambio Climático ya no tengo duda: vendrá plata a Bolivia. Somos el país más vulnerable, el más pobre y el con mayor diversidad, por tanto lo que se pierda en Bolivia será mucho y tardaríamos siglos en poder compensar la deuda de una cena a la que no nos invitaron, en la que no comimos ni las sobras, pero cuya cuenta debemos cancelar.
En resumen, para decirlo en mexicano: estamos chingados. Sin embargo, como somos un país pequeño que grita mucho, los ricos estarán dispuestos a darnos algunos millones de dólares para mitigar.
Los representantes del Gobierno boliviano dicen que no es limosna sino justicia. Los poderosos prefieren llamar “ayuda” en vez de compensación, término que sería más exacto. Pero a estas alturas del partido no nos vamos a pelear por el color del gato sino porque éste cace ratones.
Y ahora vamos al meollo: ¿qué vamos a hacer con esa platita?
Las posibilidades son varias y quizá tengamos que realizar una combinación de todas. Por una parte hay que reforestar porque eso contribuiría a mantener el medio ambiente y garantizaría agua en muchos espacios. Por otro lado, hay que prepararnos para los desastres naturales y la migración hacia las ciudades como resultados de estas catástrofes.
Habrá que poner algo de dinero también para la concientización de la gente; a ver si de una vez se acaban esos carnavales con desperdicio de agua y se arreglan las tuberías cuyo mal estado es culpable de que se desperdicie hasta un 40% de agua potable en La Paz y otras ciudades.
Otra parte del dinero puede emplearse para iniciativas que palíen un poco los efectos del cambio climático. Por ejemplo, en Perú ya se habla de pintar de blanco las cumbres no nevadas para atraer a las lluvias.
Todo eso será necesario, pero creo que la gran inversión que Bolivia debe hacer es pedir transferencia de tecnología. Eso sin olvidarse de los saberes ancestrales.
Iniciativas como la de recuperar los conocimientos de nuestros antepasados amazónicos, por medio de los camellones en el Beni, nos muestran el camino, pero deben ser complementadas por el uso masivo de los computadores en las escuelas, paso que tarde o temprano llegará y que a su vez nos plantea el desafío de pensar la pedagogía desde la computación.
Se abre, pues, un interesante espacio para analizar qué hacer con el dinero para que a la larga nos convierta en un país con menos pobreza.
Mientras tanto, convendría hacer un recuento de cuáles son los espacios más vulnerables y comenzar a charlar con las organizaciones de base. Lo de demandar a los ricos más dinero porque ellos son los verdaderos culpables de este calentamiento me parece justo e importante. Pero la cosa no puede, no debe, detenerse en el solo discurso.
Debemos ser capaces de construir nuestras propias acciones para asegurar, por ejemplo, seguridad alimentaria, ya que si hay un sector sobre el que va a caer el calentamiento global va a ser el de la agricultura.
¿Y qué me dice de la matriz energética tan cargada de gas? Pues habrá que apostar por hidroeléctricas para la energía. Eso además de industrializar el litio, prioridad número uno para dejar de depender sólo de combustibles fósiles.
Como ve, la tarea es ardua. Pero grandes emprendimientos necesitan de grandes pueblos y Bolivia podrá lograrlo.
La diferencia es que a pesar de nuestra pobreza y de nuestro atraso los bolivianos somos optimistas.
*Jaime Iturri Salmón es periodista.
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