Para muchos de mis amigos bolivianos el 1 y 2 de noviembre es día de los muertos, ellos no logran advertir diferencias entre ambos días. En México hay una diferencia sutil, el 1 es día de los muertos chiquitos —de edad— y el 2 día de los muertos grandes, de los adultos. Y ¡santo Dios! qué bellas son las ofrendas a los muertos en estas fiestas que acaban de pasar; no tienen nada que ver con los halloweenes que son un invento reciente, pero que no logra imponerse sobre las tradiciones del recuerdo de los muertos, chicos y grandes. Tan fuerte es la tradición de los muertos que creo que en algún momento se van a morir los halloweenes.
Para el caso de Bolivia, es la primera vez que siento que los muertos se imponen a los santos o a los vivos, es extraño, pero así sucede porque en general los “vivos “ suelen imponerse a todos. El 1 de noviembre es día de Todos los Santos, ojo, no es día de muertos; que quede en acta para que no molesten mis amigos. Sin embargo, y a pesar de todo, el 1 ya se pone la mesa para la llegada de los muertos y se despiden a las almas al día siguiente, el 2 de noviembre a mediodía. Este es el momento de la gula, el instante en que podemos ayudar a los muertos a comer, y hasta beber, todo lo que se ha preparado para su llegada.
El 1 y el 2 son días de las masas, no de las masas de don Guillermo Lora que en paz descanse, sino más bien de las masitas, de ésas cuyo capitán preclaro es el bizcochuelo, aunque siendo pre-claro, se hace sólo de yemas de huevo. Pero, los almirantes de Todos Santos son las t’ant’awawas, las hay de mil variedades y sabores, a cual más bonitas y sabrosas. Yo rara vez me he comido una t’ant’awawa entera, pues la que me regala mi amigo globóstegui en mi cumpleaños es de mi tamaño, y no puedo ingerir una t’ant’awawa de ese calibre, que no siendo descomunal, —pues soy petiso—, no por ello deja de ser tremenda. Entre las masas no pueden faltar los suspiros, los maicillos y las variedades de empanadas que conducen al empacho en este inicio de noviembre.
Hace algunas décadas, cuando aún no corrían vientos originarios, era un deporte salir a rezar, hasta los ateos nos convertíamos en resiris, para alcanzar algunas metas, por ejemplo, para nosotros, incluyo a mis amigos de rezos, la meta era alcanzar a llenar dos saquillos, tamaño quintalero, con todo tipo de masitas. Muchas veces lo he conseguido, en especial, cuando me unía a otros dos badulaques de ese tiempo, para salir no sólo a rezar, sino a cantar, pues cantando los “mementos” obteníamos una paga mayor de masitas. No nos gustaba rezar en los cementerios, pues ahí solían pagar con comida a ser comida en el acto, y claro, uno de chango no se iba pasar comiendo, cuando el reto era nomás llenar los dos saquillos con las masas producto de nuestros rezos y cantos. Esas han sido las veces que más cerca he estado de las masas. Un amigo despistado y poco sediento de lecturas me preguntó una vez si el texto de Zavaleta sobre las masas en noviembre tenía que ver con esta historia de los rezos para llenar con masas los dos saquillos ya mencionados. Me fue difícil explicarle que ése no era el tema, sino que lo era la política, ésa que a veces conduce a rezar, pero para que los políticos no tiren el país por la borda. En fin, que cada quien entienda como quiera, las masas en noviembre.