Durante todo el siglo XIX y en algunos países hasta bien entrado el siglo pasado, se vivió un ambiente de revoluciones y contrarrevoluciones que marcaron el panorama político de nuestra América Latina. Los gobiernos se sucedían al ritmo de ‘tomas’ que buscaban legitimar por las armas a ‘grupos salvadores’, que de paso, se apoderaban de las tierras y las minas, únicas fuentes locales de generación de riqueza. La toma del gobierno, representaba el control de las aduanas y algunos monopolios como la producción de licor o el comercio de la sal. Si escarbamos en el baúl de los recuerdos de las familias dominantes reconocidas en Latinoamérica, todas cuentan con “generales” legitimados por la historia.
Durante la segunda mitad del siglo XX, el panorama de la insurgencia cambió drásticamente. Los estados se consolidaron con el apoyo de la ONU y la OEA y los gobiernos de facto como el de Castro, Banzer o el de Pinochet, aun con soportes externos, fueron vistos con preocupación y rechazo por el mundo democrático. La toma del poder dejó de ser poco a poco, una aventura recompensada. Los movimientos armados ocurrieron entonces, como último recurso de una sociedad ante la injusticia manifiesta, al estilo de los ‘maquis’ franceses en contra de la invasión alemana. Las FARC nacen de campesinos liberales perseguidos. Las guerrillas centroamericanas no estaban dispuestas a convivir con sus dictadores locales y el Che muere por falta de una conciencia real ante la injusticia. Al mismo tiempo, y frente a la incapacidad de los estados para lidiar con la insurgencia, surge otro tipo más de movimiento armado, el de autodefensa de los grupos económicos en medio de una guerra de guerrillas. Los ejércitos privados de contras, recontras y paras surgieron casi al mismo tiempo para defender pueblos, oleoductos, siembras y ganados. ¡Ojo Juventudes y Ponchos!
Lo que nadie imaginaba era el que ante el debilitamiento natural de las ideologías de guerrilleros y contraguerrilleros acompañada por la impotencia o el apoyo de los estados, estos grupos armados mutaron, primero en héroes o ‘rambos’ rurales, luego en árbitros y jueces, más adelante en los cobradores de sus propios impuestos y, finalmente, en los amos del terror, las tierras y del narcotráfico. Todos, guerrilleros de izquierda y paramilitares se transformaron en los dueños de la vida, honra y bienes de extensas zonas y finalmente, intervinieron el poder político local. Ya enquistados no los controla nadie.
El Gobernador de Táchira, por ejemplo, se queja de que en su estado operan decenas de grupos armados, algunos de hasta medio millar de hombres que desestabilizan la frontera sin que el Estado central venezolano haga nada; son desde FARC y paramilitares, hasta Milicias Bolivarianas. Lo que no imagina el presidente Chávez en su euforia, es que por su simple naturaleza, están consolidando un Estado enquistado dentro del Estado, que pronto se le saldrá de las manos. La extorsión generalizada y las masacres punitivas se han vuelto ya cotidianas.
*Jorge Zapp es consultor internacional.
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