Ha habido al menos una docena de estrenos nacionales en lo que va del año. De tanta producción —que debe mucho al formato digital y a las nuevas generaciones de realizadores — algo bueno tenía que salir y, de hecho, bastaría Zona Sur para coronar una gestión positiva para el cine boliviano. Sin embargo, hasta ahora, no ha habido sorpresa tan grata como El ascensor, del director cruceño Tomás Bascopé. ¿Exagero?
La trama va así: Héctor Suárez (Pablo Fernández) es un exitoso ingeniero que es asaltado por Johnny (Alejandro Molina), un delincuente de poca monta y Carlos (Jorge Arturo Lora), un resentido desempleado. Rumbo a las oficinas del empresario constructor, el trío queda atrapado en un ascensor descompuesto. Es Carnaval y vienen tres días de fandango en Santa Cruz.
El ascensor se solventa en un guión inteligente que equilibra drama y comedia con maestría. Entre golpes, risas y penas, emerge el baladí juego del poder, la importancia de la amistad y la complejidad de un país que se debate en sus propios prejuicios y sus desconocimientos.
El director —este joven de 28 años, comunicador graduado en la Gabriel René Moreno y vecino del barrio 1º de Mayo— ha tenido el valor para reírse del regionalismo, del machismo, del clasismo y de muchos ismos creando personajes, que no estereotipos, para la posteridad.
Y allí está Pablo Fernández —sí, el mismo actor que interpretó al policía camba de ¿Quién mató a la llamita blanca?—, solvente y encantador en el rol de un ingeniero próspero. Jorge Arturo Lora —actor de teatro y director de la película La Promo— preciso y cabal encarnando a un empleado que en ningún momento deja de llamar “joven” al hijo de su ex jefe y un Alejandro Molina —actor orureño formado en teatro Duende— enorme y talentoso, inventando un ladronzuelo que provoca desde desopilante risa hasta profunda pena.
El guión hace el resto. Eso de retratar con un humor, de narrar, de emocionar. Y hasta le permite al director introducir imágenes ¿Guiños sutiles a El gran Lebowski, quizás la mejor comedia de los hermanos Cohen?
La película El ascensor tiene otro mérito: el de demostrar que el talento no necesita manifiestos y que se puede hacer cine de calidad que no necesariamente pretenda ser una “obra de arte”.
El ascensor es una de esas películas de las que usted sale rumiando entre risas los mejores chistes. Una brisa de aire fresco y un orgullo por el joven talento boliviano. El film ha cumplido, ahora le toca al público nacional no traicionarlo e ir al cine.