Israel tiene quizá la mejor oportunidad de apaciguar el Medio Oriente y convivir pacíficamente con los países árabes, en el caso de que su primer ministro, Benjamin Netanyahu, quien visita Washington desde el domingo, por tres días, no deponga acciones políticas y humanitarias que Palestina las considera intolerantes y agresivas.
Al parecer, los líderes palestinos están abiertos a un entendimiento con su vecino, por más que históricamente les sea insoportable, en los casos en que Israel deje de seguir construyendo asentamientos en Cisjordania y que, por un elemental concepto de humanitarismo, no les niegue el agua que necesitan, mientras en su área la usa hasta para mantener jardines floridos.
En la BBC de Londres se informó que los palestinos alegan que los israelíes sólo les ceden el 30% del agua que requieren, aprovechando el control que tiene de la misma en la región.
Desde un elemental concepto de optar por la paz y no por la confrontación ni los brotes armados, Israel no puede decir que los asentamientos, que no son otra cosa que seguir apoderándose de territorios en litigio, obedecen a un desarrollo inevitable.
Esta argumentación es inaceptable para la conciencia democrática y pacífica de la humanidad, porque pone en riesgo la paz internacional. El accionar de Israel tiende a semejarse a una provocación constante a los árabes, al perder de vista que en cualquier momento se puede encender la chispa de la guerra.
Si bien Israel, en todos estos años, se sintió con más poder, por contar con armas nucleares, la situación no sigue igual. Irán ahora dispone también de las mismas y, en solidaridad con su cultura y religión, muy bien puede desatar una confrontación mundial, que Israel no podrá contener. De ahí el actual malestar estadounidense con este país.