Uno puede tener medio siglo de vida y hasta algo de sobrepeso. No importa. El baile le está permitido, aún en escenario para todo público. En medio de otros danzarines y con la coreografía y el vestuario lo suficientemente cuidados, lo que el público aprecia no es tanto el volumen corporal o la pericia para los pasos o la cadencia, sino el don humano de rendirse ante la música, o de domarla, con cuerpo y alma.
En todo esto se pone uno a pensar en medio del espectáculo ¡Olé sabrosón!, a cargo de A ComPás y Club Caribe, escuelas de danza que respectivamente dirigen Yadir Vásquez y Lili Sobrino.
Niñas, jóvenes (mujeres y varones) y adultas forman el grupo humano que dio cuerpo a las danzas españolas —especialidad de A ComPás— y a las caribeñas que son la esencia del segundo grupo, en un mano a mano creativo y, por qué no, revelador de los mestizajes del cuerpo danzante.
Escuelas de baile hay muchas en la ciudad de La Paz. ¿Qué tienen éstas dos de particular? Quizás esa apertura a gente de toda edad para que pueda ejercer a plenitud su derecho a expresarse con el movimiento. Tal vez a algunas de las personas no les salga el paso a cabalidad, pero ahí está la mano del puestista que arma los cuadros para destacar las virtudes de todos y hacer que no importen los defectos de nadie. Y lo dice alguien, por si acaso, que no tiene familiar alguno en esta escuela, que se topó con ella por una invitación amiga y que terminó agradeciendo los minutos transcurridos en el teatro del colegio Calvert.
El espectáculo recurre también a los jóvenes de Viacha, municipio paceño donde A ComPás llega con el apoyo de Soboce. Allí, un centenar de andinos muchachos ensaya la jota aragonesa o las sevillanas de Andalucía. Un encuentro, dígase otra vez. Desafiante a ratos, integrador al final, sin que españoles ni latinos ni andinos cedan espacio en cuanto a cadencia, energía y sensualidad. Zapateos distintos, diferentes movimiento del talle, de las caderas, de los hombros. Pero la misma posibilidad de seducir al espectador (mención aparte merece en todo esto la maestra cubana Lili Sobrino, de extraordinaria plasticidad).
El plato fuerte está en el flamenco: una decena de cuadros que permiten entender mejor el sentido de todo cuanto se ha visto: que bailar es un placer para uno mismo y ver bailar también; y no importa si no son elencos profesionales en tanto transmitan el entusiasmo y haya una dirección coherente con el grupo, como parece que ocurre en ¡Olé sabrosón! El 29 de noviembre, más gente podrá comprobarlo en el Municipal.