El chagas del mañana. Es decir, las características del posible escenario futuro de esta enfermedad crónica ocupan, en el presente, a investigadores franceses y bolivianos que trabajan para conocer más y mejor el comportamiento del vector Triatoma infestans. Esta especie del insecto conocido como vinchuca es el que transmite el parásito Trypanosoma cruzi, culpable del millón 800 mil infectados por la enfermedad en el país y de la situación de riesgo de otros tres millones 500 mil.
Simone Frederique Breniere, directora de investigación del IRD (Instituto de Investigaciones para el Desarrollo, por sus siglas en francés), comanda en La Paz al equipo de biólogos, bioquímicos y profesionales afines que siguen los pasos de las vinchucas.
Ocurre, explica Breniere, que el programa nacional de intervención, iniciado el año 2000, para eliminar el vector de las viviendas humanas, ha dado resultados positivos que se traducen en una notable reducción del número de contagios a través de la picadura de las vinchucas. Sin embargo, ahora son necesarios el control y la previsión, pues “lo que se ha podido ver acerca de la distribución de los insectos en la naturaleza, lo que se conoce como poblaciones silvestres, excede cuanto se pudo suponer”. En pocas palabras y 100 años después de haber sido descubierta la enfermedad altamente mortal, “no todo está dicho”.
Blancos señuelos
Etienne Waleckx, Renata Salas y Claudia Aliaga son parte del grupo de biólogos que sigue los pasos de las vinchucas en esta etapa llamada de posintervención. En un año de trabajo en La Paz, se ha evidenciado la presencia de colonias en los valles paceños de Mecapaca y Luribay.
Los tres jóvenes, un francés y dos bolivianas —éstas últimas formadas en la Universidad Mayor de San Andrés, entidad que es parte del proyecto—, alistan cada 15 días (hasta hace poco lo hacían semanalmente), sus implementos de persecución. A las 14.30 de un lunes emprenden viaje, de algo más de media hora, hasta Mecapaca, municipio al sur de la ciudad de La Paz.
Ya en el lugar, 50 ratones de laboratorio son preparados. Cada roedor es colocado en un frasco de plástico, con algo de aserrín y comida que debe alcanzar hasta la mañana siguiente. Una rejilla como tapa, cinta de dos caras adhesivas, y el señuelo está listo.
Uno a uno, entonces, los frascos son escondidos en la zona pedregosa sembrada de cactus, a pocos metros de viviendas y de sembradíos. Los científicos ubican sistemáticamente los 50 lugares ya marcados en anteriores visitas. El equipo se retira con el deseo de que nada les suceda a los pequeños roedores.
Similar trabajo cumplen éstos y otros biólogos a lo largo de la ecorregión de los bosques interandinos de Bolivia. En Cochabamba, otro científico francés del IRD, Francois Noireau, dirige las pesquisas en coordinación con la Universidad Mayor de San Simón (UMSS).
En un principio, las misiones salieron a buscar vectores casi intuitivamente. Cuatro ecorregiones recorridas mostraron que la de mayor riesgo es, justamente, la de los bosques interandinos. La situación se agrava hacia el sur, en el Chaco boliviano.
La experiencia con los ratones, en zonas de mayor variedad de fauna que las de La Paz, confirma que no está demás el deseo antes expresado. No pocas veces, los señuelos han sido atacados por zorros u hormigas que se devoraron a los ratones, o viboritas y hasta lagartijas que quedaron atrapadas en la banda pegajosa.
En fin. Gajes del oficio. En los pedregales de Mecapaca no hay nada que temer, salvo una lluvia intensa que podría causar la inundación del frasco y la muerte del blanco aliado de los biólogos.
Pedicure para vinchucas
El martes, el equipo parte a las 8.30 rumbo a Mecapaca para revisar los señuelos. Los guantes son indispensables para esta fase, pues no sólo existe el riesgo de una picadura, sino que es suficiente que se haga contacto con el excremento de la vinchuca para facilitar que la bacteria se instale en el organismo humano.
Etienne lo explica: no es la picadura en sí la vía de la transmisión, sino que, como el insecto defeca, las bacterias aprovechan la herida o alguna mucosa para entrar en el torrente sanguíneo.
“Sitio 1, nada”, reporta Claudia y los tres jóvenes parecen decepcionados. “Sitio 2, una y es nueva”, se entusiasman y el dato se anota en el registro de meses. El biólogo francés toma el esmalte de uñas de color rosa pálido y pinta la pata del sediento animal, para luego dejarlo ir por el agujero en el piso que es su nido.
Y así sigue el recorrido, con resultado negativo en muchos de los puntos. “Pero en el 13 nunca falla, caen muchos”, adelanta Renata. Dicho y hecho, tres bichos están atrapados: uno pequeñito, un adulto macho cuya pata delantera derecha luce un tono rosa oscuro —por tanto es un viejo conocido— y uno más de tamaño mediano. En el punto 21 se cosechan seis entre medianos y chicos, entre ellos uno pintado de rojo. En total, unos 16 vectores “que son pocos, apenas el 16% de lo que hemos encontrado la anterior visita; es posible que el frío de anoche las haya ahuyentado”, explica Etienne. Sus compañeras asienten, mientras recogen a los ratones y les proporcionan agua y comida.
A no bajar la guardia
En el laboratorio donde se concentra el equipo de La Paz, en instalaciones de Inlasa (Instituto Nacional de Laboratorios en Salud, dependiente del ministerio del ramo), la doctora Breniere argumenta: “Si queremos que las medidas para evitar contagios por el vector sean sostenibles, tenemos que pensar, una vez que se ha avanzado en eliminar a los insectos que convivían con los humanos en las viviendas, en mecanismos para impedir reinfestaciones, esta vez de vinchucas provenientes del medio ambiente”.
Tal la gran temática de la investigación: primero, conocer mejor dónde están las poblaciones naturales del vector y, luego, analizar con detalle su comportamiento. “Queremos medir el impacto, si los insectos son capaces de ingresar a las casas, cómo, en qué época del año, etc.”.
La experta francesa, especializada en epidemiología molecular, explica que un segundo paso del estudio se cumple en pueblos específicos. Así se hizo en zonas bajas del Chaco, durante dos años, y se comprobó altos niveles de reinfestación. “El análisis con herramientas moleculares nos mostró que ello obedece a poblaciones residuales. Entre las causas vimos la resistencia de una parte de los vectores a los insecticidas. También hay problemáticas relacionadas con el tipo de construcción, pues existen las que no logran conservar el insecticida que, si bien no ataca los huevos, puede matar a los insectos apenas salgan de éstos.
El chagas es una enfermedad que llega a transmitirse de madre infectada gestante a hijo y en transfusiones de sangre. Por ello, seguir la pista de las vinchucas, no bajar la guardia, es vital, dice Breniere, quien hace notar que aún falta saber qué sucede en zonas amazónicas, por ejemplo. Se necesitará más recursos para sostener y avanzar en esta misión de mantener en raya al Triatoma infestans gracias a los conocimientos de su comportamiento.
Hace 100 años fue descubierto el mal de chagas. En Bolivia, más de tres millones de personas están expuestas a contraerlo.