Como en las películas del Viejo Oeste, 13 jinetes con sombreros al estilo cowboy, botas y pañoletas en el cuello entran a galope por la avenida principal de Santa Rosa de Mapiri. Su llegada provoca una brisa de aire fresco la tarde del martes 27 de octubre, cuando el termómetro alcanza los 38 grados centígrados.
“¡Qué grandes son!, ¿de dónde vienen?, ¿a dónde van?”, preguntan curiosos los lugareños. Antes vieron cuadratracks, después, motos; pero ésta es la primera vez que una tropa de jinetes sorprende a la localidad del municipio de Mapiri, provincia Larecaja de La Paz. Los forasteros acomodan sus animales entre las calles y las cercas colmadas por árboles frutales. El pueblo está de fiesta.
“Mapiri es parte de la Ruta del Oro; por estos lugares se transportaba el metal precioso en los tiempos del incario”, explica Nelson Hinojosa Jiménez (41). El jinete es uno de los impulsores de la cabalgata que busca recuperar y promocionar el histórico trayecto. “Queremos recorrer 177 kilómetros en siete días: desde Sorata hasta Guanay, para mostrar la belleza de la ruta con un mensaje de integración”, añade, arriba del potro llamado ‘Mavro’.
El noreste paceño tiene una larga tradición aurífera. Ya en épocas precolombinas, el oro —que abundaba en lo que hoy son los municipios de Teoponte y Guanay— viajaba hasta Sorata, puerta de las tierras altas. Según el experto en minería Jorge Espinoza, esta zona fue la mayor productora aurífera en el siglo XX.
Hoy, aunque el rico mineral escasea, sobreviven algunas minas en la provincia Larecaja. La Ruta del Oro se ha transformado en un nuevo imán para el ecoturismo.
De las nubes al trópico
Hace seis años, los empresarios Henry Dueri y José Luis Muñoz viajaron de Sorata a Guanay en motocicletas. Dueri, apasionado por los tramos de larga distancia, descubrió entonces el Camino del Oro y lo compartió con sus amigos, los aficionados a los caballos, que desde hace tres años participan en caravanas. “Sólo faltaba animarnos”, expresa Dueri desde su caballo ‘Hyatt’ que significa “vida” en idioma árabe.
El operativo de la cabalgata por la Ruta del Oro empezó hace dos meses, con la preparación de los equinos y la organización del apoyo logístico. El sábado 24 de octubre, la delegación partió sobre las ruedas de dos camiones y cuatro camionetas con destino a Sorata, a 2.777 metros de altitud. La comitiva durmió protegida por el nevado Illampu.
Al día siguiente, se inició el descenso en los coches por empinados caminos hasta arribar a la localidad de Palla Yunga sobre los 1.000 metros de altitud. El primer poblado aurífero de la zona. Allí pasaron la noche y con los primeros rayos solares del lunes 26 de octubre emprendieron la cabalgata que, preveía recorrer 40 kilómetros, en su primera jornada.
Los caballos estaban frescos y eso permitió iniciar la marcha sin pausas. Antes de llegar a Consata —la primera estación—, la comitiva ascendió al menos 200 metros de pendientes. Consata es la puerta de los bosques húmedos larecajeños.
La madrina de la laguna
Sieglinde Larricq nació al norte de Berlín (Alemania) y creció rodeada de naturaleza. Vive hace tres años en Bolivia y ésta es la primera vez que participa en una cabalgata. “Éste es mi bautizo en una caravana de siete días”, expone la rubia mientras monta a su caballo llamado ‘Apache’.
Larricq nunca olvidará la tarde del 26 de octubre. A poco de llegar a Consata, descubrió una cascada digna de un paraíso. “Sus aguas eran cristalinas, tibias y cambiaban de color. Nunca había visto algo tan hermoso”, sentencia con emoción. “No pude resistirme a ponerle un nombre y la bauticé como Turquesa”.
La caída de agua estaba bien escondida a un costado del camino carretero. El grupo avanzó, pero Larricq se quedó, primero para refrescar a su caballo y después para bañarse. “La temperatura del agua estaba perfecta, era como para quedarse durante horas”, describe en un claro español Sieglinde, convertida en la madrina de un cascada de Consata.
La tarde de ese lunes fue la más exigente de la semana. A seis kilómetros para llegar a Incachaca —la meta del día— comenzó el descenso. “Tardamos dos horas en bajar y para no cansar a los caballos los jinetes tuvimos que replegarnos”, explica Dueri, quien encabezó la tropa.
A medida que descendían, la temperatura subía. En el bosque refrescado por vertientes naturales, los cascos de los caballos devoraban metro a metro la etapa. El primer grupo llegó a las 16.00 a Incachaca. Ahí pernoctaron.
Estampida en Santa Rosa
Como “Marlboro cowboy de la cuadrilla” bautizaron al cubano Félix Novo López. El barbado hombre de 57 años parece sacado de la publicidad de cigarrillos. Felo, como prefiere que lo llamen, ha formado parte del equipo nacional ecuestre de Cuba, es veterinario y vive en Bolivia desde el 2001. “Cada día me sorprendo más con la belleza de éste, que es mi segundo país”, suspira y refresca a su caballo ‘Whisky’. Al lado suyo, mangos y toronjas cuelgan de árboles maduros.
Novo estuvo al frente de la Cabalgata de la Ruta del Oro en la segunda etapa, de 28 kilómetros, que debía unir a Incachaca y Santa Rosa de Mapiri. En ese tramo, los 32 grados centígrados de temperatura cobraron factura a jinetes y caballos por igual.
Los cuadrúpedos, habituados a la altura, estaban por primera vez en el trópico. En condiciones normales recorren ocho kilómetros por día; en la selva húmeda apenas llegaron a cinco. “Les dimos a los animales sales orales rehidratantes”, dice el veterinario Novo. Pese a ello, los animales no pararon de transpirar. El esfuerzo fue mayor cuando tuvieron que ascender 1.120 metros para llegar a Santa Rosa de Mapiri.
Dos meses atrás, la población había sido informada de la llegada de la caravana, pero pocos creyeron en la noticia. “Los caballos no pueden resistir una travesía desde La Paz”, habían coincidido los vecinos.
El martes 27 de octubre, el galope de comitiva fue inolvidable “Fue emocionante. Los mapireños salieron de sus casas para recibirnos. Ellos se dedican a la ganadería, pero nunca habían visto un grupo grande de caballos”, relata Félix Novo. Esa tarde, unas dos mil personas coparon las calles del pueblo para ver la llegada de la caravana.
Hinojosa, el impulsor de la iniciativa turística, habló con las autoridades del municipio. Después de conocer el objetivo de la cabalgata, los anfitriones brindaron a los jinetes agua, alimentos y un espacio para acampar.
El miércoles 28, la comitiva recorrió los 29 kilómetros que separan a Santa Rosa de Mapiri del río Merke. Los caminos pedregosos causaron problemas en las herraduras de los caballos; muchos fueron cambiados. Por la noche, ya en el campamento a orillas del río, los viajeros tuvieron que lidiar con los murciélagos que revoloteaban entre las carpas.
El río del oro ya no tiene oro
Una hora y media de cabalgata separa al río Merke del pueblo de Mapiri. La capital del municipio del mismo nombre tiene cerca de 4.500 habitantes y en sus cerros trabajan 20 cooperativas auríferas. “Ahora hay poco oro, no es como antes”, dice el vecino Andrés Aliaga al ver la caravana.
La parada fue breve porque el destino de la tercera etapa era Chimate y faltaban 50 kilómetros. Las pendientes y caminos pedregosos obligaron a la comitiva a vencer tramos arriba de los camiones. Aún sobre cuatro ruedas, la travesía se hizo cansadora debido a las serpenteadas vías. Al pasar el mediodía, la delegación llegó a la orilla del río Quri Jawira o “río del oro” en aymara.
Al descender de los camiones, ‘Apache’ se lastimó la pata trasera izquierda. El veterinario Novo aplicó una sutura a la herida. Ahí acabo el camino para el potro.
Después de un chapuzón en el río del oro, del que sólo le queda el nombre, el grupo reanudó la marcha hacia Chimate, la capital del famoso té. Dos horas después, allí, un vaso helado de infusión dio la bienvenida a la cabalgata.
Al galope a Guanay
Viernes, 30 de octubre. Penúltima etapa de recorrido entre Chimate y Puente Dinamarca. Los jinetes debían recorrer 35 kilómetros. El trayecto de pendientes pronunciadas provocó doble desgaste físico. La jornada fue larga y agotadora. Esa noche, acampanaron a orillas del río Cajuata.
Después de seis días de cabalgata, la meta estaba cerca. “Sólo faltan 35 kilómetros nada más para llegar a Guanay”, animaba a sus compañeros Hinojosa la mañana del sábado 31 de octubre.
A dos kilómetros del pueblo, lo primero que se ve es el río Cajuata. Sus orillas están copadas por buscadores de oro y antiguas dragadoras que evidencian que Guanay todavía vive de su oro.
Es la meta final de la Cabalgata que en siete días recorrió los 177 kilómetros que separan a Sorata y Guanay. El 2010, jinetes y caballos volverán a encontrarse con el reto de ampliar la ruta y llegar hasta Caranavi. Están convocados a redescubrir los caminos que ha abierto la historia del oro.