Texto: Jorge Quispe • Fotos: Angel Illanes y archivo personal de Félix Chalar Miranda
Su corazón se apagó el 28 de enero de 1980 en Ginebra, cuando practicaba junto a sus hijos su otra pasión: el fútbol. Sin embargo, la presencia del multifacético artista aún se siente en las calles tupiceñas. “El maestro nunca ha muerto, porque Domínguez es el apellido de Tupiza”, expone el abogado e historiador Félix Chalar Miranda.
Alfredo Domínguez Romero fue un adelantado para su tiempo. En sus manos, la guitarra sonaba como un erke, un pinquillo, un bombo y un charango en el solo instrumental Por la Quebrada. Con los pinceles era capaz de resumir con unos trazos la vida y la muerte de los mineros.
El 2010 se cumplirán 30 años de la muerte del quinto integrante de Los Jairas, el grupo pionero en llevar la música boliviana a los escenarios, y la empresa Discolandia prepara una CD con lo mejor del potosino. En Tupiza, el homenaje a uno de sus hijos más queridos nunca ha terminado.
La plazuela de la inspiración
Bautizada en principio como Cotagaita, la plaza de la calle Tumusla es conocida ahora como Plazuela Domínguez. Entre árboles y flores, la figura de una guitarra con el rostro del compositor tupiceño domina el espacio desde una de sus esquinas.
El lugar es el favorito de los jóvenes. “Aquí vienen todos a inspirarse con la guitarra en mano”, cuenta Julio Blanco Sandino, un tupiceño de cepa. Ya sea el 28 de enero, cuando se recuerda la partida de Domínguez, o el 9 de julio, fecha de su cumpleaños, la plaza es parada obligada para quienes quieren saber más de El Pila, como lo llamaban sus amigos.
En ese sitio, siendo niño, Alfredo vendía helados y dulces artesanales que sus padres —Cesáreo y Dorotea— preparaban en casa. La familia, del que después sería uno de los mejores concertistas del país, era pobre.
En su juventud, Domínguez ayudaba al sostén familiar con la venta de caricaturas de los personajes más celebres de la ciudad, que él dibujaba. “Cada 6 de agosto exhibía sus obras en la plaza principal. Por esos años (50 y principios de los 60) más de uno se molestó con sus ocurrentes gráficos”, cuenta Sandino.
Imprimía un estilo particular a sus dibujos. El ejemplo es un cuadro que el historiador Félix Chalar guarda en su museo particular. En él, los protagonistas tupiceños además de ser satirizados aparecen con un solo ojo.
En los años 70, Domínguez se hizo famoso, además, por una exposición de grabados sobre la vida y muerte de Juan Cutipa, un minero al que luego le cantó.
Creativo y espontáneo, se inspiraba en la cotidianidad para escribir sus versos. En sus conciertos de los años 70 en La Paz, evocaba un diálogo que había sostenido en Europa con tres señoras, curiosas por saber de dónde provenía ese muchacho moreno de poncho, sombrero y abarcas. Una de ellas, al final, estuvo a punto de acertar: “Estoy segura que tú eres un indio”, le dijo y agregó: “¿Y dónde están sus plumas? Alfredo la miró y soltó con picardía: “En la aduana me han quitao señora…”. Así nació el tema: Sí, señora... soy un indio.
La tienda de los Domínguez
Hoy de la tienda sólo queda una vieja puerta de madera, un muro de adobe a punto de caerse y un techo de paja. Atrás, una antigua casa apenas se mantiene en pie en la calle Tarija, en Tupiza. El único vestigio de su pasado es una pequeña placa de metal con el número 457. Allí vivió Alfredo Domínguez junto a sus padres.
La construcción espera desde hace años una restauración que no llega. Desde hace poco, a su lado se levanta un edificio de tres pisos; de cuyo interior una joven responde al llamado de la puerta y habla del maestro. “Sabía que era un artista, nada más, pero no lo conocí”, sostiene Elsa.
Hasta sus últimos días, los padres de Domínguez atendieron la tienda, en la que lo más preciado eran los helados y los dulces de los “abuelitos”. Don Cesáreo y doña Dorotea envejecieron en esa vivienda y murieron ciegos cinco años después del fallecimiento de Alfredo en Suiza. “Eran los viejitos más conocidos de toda Tupiza”, reseña Sandino.
En muchos de los vecinos del municipio aún queda la esperanza de convertir la casa en un museo que forme parte de una ruta turística dedicada a Domínguez. Por el momento, las fotos y algunas caricaturas del artista se reparten en la galería de la Alcaldía y el domicilio de Chalar.
La tumba del indio
Los restos de Domínguez tardaron dos semanas en llegar a su pueblo natal desde Ginebra. El 11 de febrero de 1980, el cuerpo del artista fue enterrado con una conmovedora ceremonia.
Desde entonces, cada aniversario del deceso, Los Amigos de Domínguez —un grupo de artistas locales, a los que se suman algunos llegados del exterior—, cantan sobre la tumba del compositor durante toda la noche. En el 2001, el director de orquesta francés Jean Vidaillac y cerca de100 intérpretes europeos, le rindieron un homenaje.
Entre flores, el nicho de El Pila se ubica en el segundo patio del cementerio de “la joya bella de Bolivia” y está flanqueado por las tumbas de sus progenitores.
En Tupiza, la Escuela de Bellas Artes, el salón de exposiciones de la Casa de la Cultura y un festival anual, donde sólo se oye la música del compositor, llevan el nombre de Alfredo Domínguez. Los restaurantes adornan sus paredes con sus fotos y más de uno acompaña el retrato con la celebre frase: “¡Viva mi patria Bolivia carajo, aunque no haya trabajo!”.
Hace 30 años que los tupiceños no oyen el aviso. “¡Ha llegado El Pila!”, de cuando Alfredo volvía de su viajes. No es necesario. El artista sigue vivo en los muros de su vieja casa, la plazuela y sus tonadas que no dejan de sonar en Tupiza.