Estamos hablando del tercer milenio y al término del primer decenio del siglo XXI, de nuestra era conocida. Cuando ingresábamos a este milenio, la comunidad internacional hizo un examen de conciencia y de autocrítica para reflexionar sobre el estado en que nos encontrábamos los humanos en aquel momento. La situación, bien vista, era de vergüenza, pues no podíamos jactarnos de mucho, excepción hecha de la ciencia gracias a los extraordinarios avances logrados en el siglo XX. La cosmología y la física cuántica son verdaderos motivos de orgullo mental, gracias a la primera pisamos el satélite lunar y se envían sondas a planetas lejanos que nos informan sobre sus realidades físicas y ambientales, mediante señales y fotografías de la infinitud visible. Con la segunda, que es la investigación micro, estamos a punto de descubrir el origen del mundo determinando la existencia del llamado bosón de Higgs, una partícula subatómica que es crucial para la comprensión actual de la física. Vivimos momentos estelares, pendientes de noticias del acelerador de partículas LHC-CERN situado en la frontera franco-suiza.
Mientras tanto, ¿qué pasó con la “Declaración del Milenio de las Naciones Unidas”? Los líderes mundiales se reunieron del 6 al 8 de septiembre de 2000 en la llamada Cumbre del Milenio, para saber cómo estábamos, qué hacíamos y representábamos a esas alturas de la evolución humana y qué perspectivas teníamos a futuro. Había que mirarse al espejo tratándose de cumplir mil años más de vida e hicieron bien a convocatoria del entonces secretario General, Kofi Annan. Era un momento único y simbólicamente apremiante para los 189 países miembros de entonces. Oportunidad histórica para el organismo de poder redefinir su propio papel frente a los desafíos del futuro. En lo que hace a los primeros siguientes diez años, debemos declarar nuestra decepción, pues en lo fundamental no se ha avanzado nada.
La ONU sigue como estaba y cuando se habla de reformas el Consejo de Seguridad no se mueve, ya que no quieren perder los privilegios de veto que se asignaron los vencedores de la Segunda Guerra Mundial y reconocer la nueva realidad sesenta años después. “Sólo desplegando esfuerzos amplios y sostenidos para crear un futuro común, basado en nuestra común humanidad en toda su diversidad, se podrá lograr que la mundialización sea plenamente incluyente y equitativa”, se quedó en frase lírica sin mayor aplicación real.
¿Qué ocurrió con los llamados Ocho Objetivos del Milenio que se fijaron entonces con envidiable optimismo de “construir un mundo más pacífico, próspero y justo” para “lograr la dignidad humana, la igualdad y la equidad”, fijándose el 2015 como fecha límite para conseguirlos? Por ahora, sólo los enumeramos, dejando para el lector formar juicio propio acerca de sus realizaciones, teniendo en cuenta que para septiembre del 2010 la ONU tiene prevista una reunión especial para analizar los avances que se hubieran logrado: erradicar la pobreza extrema y el hambre; educación universal; igualdad entre los géneros; reducir la mortalidad de los niños; mejorar la salud materna; combatir el VIH-Sida; sostenibilidad del medio ambiente y fomentar una asociación mundial.