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El imperio sin el rey

Sinaloa es la cuna del narco, un territorio regido por los señores de la droga, adorados y temidos en silencio por la población.

/ 30 de marzo de 2014 / 04:00

Palacio Municipal de Badiraguato, Sinaloa. El alcalde Mario Alfonso Valenzuela, guayabera rosa, reloj corpulento, hace pasar a los visitantes. En ese preciso instante, como si alguien estuviera al tanto de los movimientos de los extraños, recibe una llamada de teléfono que viene de arriba, de la montaña, de un pueblecito de la sierra llamado La Tuna, donde nació en una fecha incierta entre 1954 y 1957 el narcotraficante más poderoso de México, Joaquín Guzmán Loera, El Chapo.

— Ahora van a tener visita, aprovecha el Alcalde para advertir de la llegada de los periodistas.

Al otro lado de la línea está el representante municipal de La Tuna; “el síndico”, como llaman a los enlaces del Ayuntamiento en los apartados ranchos de la montaña.

— Es por el tema del señor, precisa Valenzuela.

En Badiraguato, en La Tuna, en toda la sierra, a Guzmán, detenido el 22 de febrero en un hotel de playa situado a más de 300 kilómetros de aquí, le llaman simplemente El Señor.

— Cuida muy bien a la señora —continúa el alcalde en voz bien alta para que el mensaje quede claro a todo el mundo— Que no vean a doña Consuelo, no tiene caso meterla en este circo.

Valenzuela cuelga y explica por qué nadie que suba a La Tuna debe molestarla: “Padece la presión, le pegó duro la detención a la madre; a la madre de El Chapo”.

Arriba en la montaña, después de unos 70 kilómetros de recorrido, pasadas tres horas de trompicones en todoterreno y con más de 20 kilómetros finales de camino de tierra y de piedras, de curvas y de polvo y de vegetación seca, pasada también una pista de tierra acondicionada para que aterricen avionetas en medio de la montaña, al fondo en una ladera aparece La Tuna, y lo que más se ve desde lejos, aquel fortín de muros pintados de rojo, es la casa de María Consuelo Loera Pérez.

Por la cuesta de entrada a La Tuna bajan tres muchachos en moto. Todo el camino de subida a la sierra es así: paisanos circulando en motos o en quads, y el chofer del todoterreno, un empleado joven del Ayuntamiento que hace de guía a los reporteros, saludándolos al pasar haciendo la uve de la victoria. Los tres muchachos se paran y el chofer les pregunta por “el síndico”. Moverse por el territorio íntimo del cártel de Sinaloa requiere permisos.  

“El síndico” no está. Otra opción es hablar con el ministro del templo evangélico que Guzmán le puso a su madre a la entrada de su finca. Él tampoco está.

De una casa de servicio del templo sale una anciana. Dice que no sabe si la señora Consuelo está en su casa. Dice que, en realidad, ella no sabe nada porque no es de allí y apenas “anoche” llegó a La Tuna.

Hace cinco días de la detención de El Chapo. En su pueblo no quieren hablar. Mientras la anciana dice esas pocas palabras aparecen de nuevo los tres muchachos de la moto, desaparecen por la cuesta que se mete hasta la residencia de la madre de El Chapo y al rato regresan cuesta abajo. Saliendo de la zona de la casa de la señora Consuelo el todoterreno se cruza con cuatro mujeres que suben. Una de ellas accede a pararse. Dice que sí, que El Chapo nació aquí, pero que no viene desde quién sabe cuánto tiempo.

— ¿Usted lo ha visto alguna vez?

— Yo nunca, dice la mujer. Solo en Tv.

Aparte de la robusta casa de doña Consuelo, en La Tuna no hay signos externos de riqueza. La tierra es poco productiva. El chofer dice que no se puede plantar más que maíz. “Es puro cerro”. La sierra de Badiraguato forma parte del Triángulo Dorado de la Sierra Madre Occidental, que incluye zonas de los estados de Sinaloa, Chihuahua y Durango. Es una de las áreas de México con más cultivos de marihuana y de amapola. También laboratorios de drogas sintéticas.

De aquí, además de El Chapo Guzmán, son otros capos históricos del narco. La familia Beltrán Leyva; Rafael Caro Quintero, hoy fugitivo; Ernesto Fonseca Don Neto. Por el pueblo de Fonseca se pasa de camino a La Tuna. Desde la carretera se ve sobre un cerro un mausoleo blanco que el propio narco, preso desde 1985, mandó construir para que cuando muriese llevasen allí sus restos. El mausoleo tiene cuatro pilares y una bóveda, pero no tiene paredes. Según la leyenda local, la orden de Don Neto es que cuando llegue el momento deben poner su féretro en medio de ese espacio a la vista, suspendido en el aire, colgado del techo por cadenas de oro.

Más allá de detalles como éste, o como el fortín de la madre de Guzmán, el entorno es precario. Badiraguato, dice el Alcalde, es un municipio pobre. “Es la cuna del narco, pero no se beneficia de ello”. La riqueza del cártel, como la de cualquier imperio de dinero negro, es un imponderable que solo se puede conjeturar: se estima que controla más del 40% de las exportaciones de droga a Estados Unidos y que sus ingresos anuales podrían rondar, a la baja, los 3.000 millones de dólares.

A la salida del pueblo están los tres muchachos de la moto descansando fuera de una tienda de comestibles. Uno de ellos responde a la pregunta de por qué la gente del pueblo no quiere decir nada: “¿Para qué hablar?”. Debajo de la ropa le suena el rumor de un transmisor-receptor. El mutismo de La Tuna recuerda a la idea de la omertá, la ley del silencio de Sicilia. A un metro del cartel que da la bienvenida al pueblo hay un cubo voluminoso de cemento con un salmo inscrito que empieza así: “Guarda tu lengua del mal, y tus labios de hablar engaño”.

Las casas en las que se escondía Joaquín Archivaldo Guzmán Loera en Culiacán, capital de Sinaloa, conectaban directamente con los canales de desagüe pluvial que discurren por el subsuelo. El 13 de febrero la Marina, que llevaba semanas pisándole los talones y había arrestado a diez personas ligadas con el cártel, lo sitió en un chalé blanco situado frente a un colegio. Los ocho minutos que tardaron en derribar la puerta de acero que daba acceso a la estancia fueron suficientes para que Guzmán escapara. El narcotraficante accionó una compuerta hidráulica que levantaba la bañera, con una mecánica similar a la que utilizaba en los narcotúneles que conectan México y Estados Unidos, y escapó por un pasadizo. La entrada permanece precintada. Un coche lleno de adolescentes se acerca a los curiosos que merodean por la casa. “¿Qué quieren? ¿Ese güero [rubio] de ahí es gabacho?”, pregunta el copiloto. Escuchan las explicaciones y se largan quemando rueda. Los halcones son la base del cártel. Jóvenes inquietos que pasan el día controlando una zona concreta de la ciudad y transmitiendo a sus superiores todo lo que ven y oyen. Los más espabilados trepan en el escalafón y se convierten en operadores o sicarios. El Chapo, según la investigación, caminó tres kilómetros por las tuberías y desembocó en un canal de las afueras de la ciudad. Allí le esperaba alguien que lo condujo en carretera hasta la ciudad costera de Mazatlán. El trayecto dura unas dos horas. Guzmán se refugió en el apartamento 401 del edificio Miramar, un complejo de viviendas en primera línea de playa, pero las autoridades mexicanas, con tecnología de la inteligencia estadounidense, habían captado su localización a través de la señal que emitía el teléfono satelital que utilizaba. A las 06.40 del sábado 22, un escuadrón de élite de las fuerzas especiales entró en el apartamento y detuvo al narcotraficante. Estaba acompañado de un escolta, una cocinera y de Emma Coronel, su joven mujer, quien cuidaba de las dos gemelas que tenía el matrimonio, nacidas dos años antes en un hospital privado de Los Ángeles. La abrupta irrupción dejó en la sencilla estancia, alejada de los fastos que se le presuponían al jefe de jefes, una sensación de naufragio. La ropa tirada encima de la cama. Una cacerola de frijoles y unas tortillas a medio comer en la cocina. Una lámpara encendida. En la operación de detención del hombre más buscado de México, a quien se le pensaba rodeado de un ejército de fieles dispuestos a morir, no se escuchó ni un solo disparo. El último paisaje que vio El Chapo en libertad fue el de un mar que estrella sus olas contra un malecón.

Tres días después del arresto, dos chicas adolescentes se bajan de un coche y comienzan a retratarse frente al edificio beis con piscina de agua desbordante en la entrada: “Para el Facebook”. El conductor de un autobús aminora la marcha a su paso por la fachada para que los turistas extranjeros que transporta no se pierdan detalle del lugar donde detuvieron al icónico criminal. Los taxistas locales ofrecen a los visitantes el Chapo-tour por 20 dólares.

Las autoridades exhibieron a Guzmán en el hangar de la Marina en el aeropuerto de la Ciudad de México. Vestía unos pantalones Levi’s y una camisa azul.

El bigote y el pelo tintado. Lo trasladaron en un helicóptero Black hawk a una cárcel de máxima seguridad. En el trayecto le preguntaron por qué no había escapado a la sierra. Contestó que antes de subir al monte quería ver a sus niñas.

En Sinaloa los narcos son mitos, y los corridos son los relatos que los componen. Dicen en Culiacán que tras el arresto de Guzmán ya se han empezado a escribir temas actualizados de su leyenda. En un bajo de la ciudad, un compositor local que prefiere guardarse su nombre cuenta que él no ha pensado en escribir todavía sobre El Chapo. Dice que por ahora ni siquiera hay seguridad de que el individuo que capturaron y mostraron a la prensa sea él. Si tuviera certeza de que lo han arrestado, se pondría a escribir enseguida. “Trataría de hacerlo como una biografía, cuidando la letra, sin ofender a nadie. Contaría que vendió naranjas desde niño, que la primera vez que lo detuvieron, cuando le preguntaron, dijo que él era agricultor, que vendía maíz y que con eso se había comprado sus aviones. Y lo de cuando se fugó…”. Él ha actuado con su banda en muchas fiestas, hasta 18 horas seguidas, dice, con clientes especiales. —“No creo que sean albañiles a los que le tocamos”—, pero asegura que no ha tenido ocasión de tocar para Guzmán, y mucho menos allá arriba, en su pueblo de la sierra. “No, en La Tuna no. Ojalá”. El compositor, de todos modos, dice que hacer corridos de narcos no es rentable, porque lo que da dinero y fama es que las canciones salgan por la radio, y en Culiacán se prohibió desde 2011 la difusión de narcocorridos. Una norma que poco puede hacer por frenar la idolatría al narco en una región que tiene hasta un bandolero sagrado, Jesús Malverde, un supuesto salteador de caminos de principios del siglo XX que, según la leyenda, robaba a los ricos para dárselo a los pobres.

En Culiacán está su capilla principal. El martes por la noche, un fiel llegó allí para darle gracias por cuidarlo. Fernando Robles, 37 años, empresario, contó su adoración por Malverde y opinó también sobre la figura del ícono actual, El Chapo Guzmán. “No te voy a decir que es malo que lo hayan agarrado, porque con eso se está combatiendo la delincuencia, pero tampoco te voy a decir que sea bueno, porque generaba empleo y daba estabilidad a Sinaloa”.

Robles, sudando por el calor sofocante del interior del altar principal, lleno de velas encendidas por los devotos, opina que el cártel de El Chapo es un escudo que evita que entren otros cárteles de otra zonas de México, como Los Zetas, a los que supone más crueles y más dañinos para la población civil por dos de sus métodos principales de ingresos: la extorsión y el secuestro.

Al día siguiente, una manifestación de alrededor de 2.000 personas recorría las calles de Culiacán. Antes de la convocatoria corrió por las redes sociales un mensaje: el motivo es exigir la liberación del capo y héroe sinaloense. La protesta discurrió por una de las avenidas principales de la capital del Estado. A la cola avanzaban lentamente vehículos de lujo.

Al conocerse la detención de El Chapo, Élmer Mendoza (Culiacán, 1949), el escritor más representativo de la narcoliteratura, salió a la calle a escuchar qué se decía. Percibió una sensación de derrota. Caía el hombre más poderoso. ¿De dónde nace la admiración hacia una figura que puede ser tachado de pendenciero y criminal? Mendoza considera que la bravura y el desapego a la vida son características que describen el carácter sinaloense. “Se admira a los valientes, aunque sean delincuentes. El heroísmo brutal que se convierte en barbarismo. Se dice que el general Rafael Buelna, que era de aquí, se lanzaba contra los cañones con un lazo vaquero en el campo de batalla”, cuenta.

En el aparcamiento de un centro comercial donde fue asesinado Édgar Guzmán López, uno de los muchos hijos de El Chapo, hay una cruz con sus iniciales y las de otros dos muchachos que murieron en el mismo tiroteo. “Siempre los amaremos. Mayo de 2008”, se lee en una placa. La cruz está decorada con globos de helio en forma de corazón, dos latas de cerveza, una botella de whisky Buchanan’s, el favorito de los traficantes, y el estuche de una joya de Bulgari. En principio solo había una construcción con base de mármol y el crucifijo en lo alto, pero con el tiempo le colocaron dos árboles artificiales con lucecitas que se encienden automáticamente al caer la noche. Cuando se llena el recinto comercial, las seis plazas de aparcamiento que rodean la cruz siempre son las últimas en ocuparse. Ese perímetro de pruden­­cia es un perímetro de respeto, una profunda metáfora de autoridad en medio de un estacionamiento anodino. En Sinaloa, el poder no se explica con los mismos esquemas que en otros sitios. En la sierra de Badiraguato uno puede escuchar cómo se usan de manera diferente las palabras gobierno y autoridad. El gobierno son las entidades públicas. La autoridad es otra cosa: es eso que, circulando por aquellas montañas, no puedes ver pero que se sabe que está en todos los caminos. La presencia de la autoridad del cártel no está en ningún sitio y está en todos los sitios. Es un ojo que todo lo ve y que a veces se manifiesta en detalles. De la cruz del hijo de Guzmán, por ejemplo, se sabe que está vigilada por alguien las 24 horas del día. Si te pasas un buen rato observándola y te paras a tomar fotografías, el ojo se aproxima para verte mejor.

Un taxista se acerca a los mirones y frena el coche a su lado: “Hola, compas. ¿Qué andan haciendo?”.

Comprender el poder de este cártel es un ejercicio contraintuitivo. Implica la extraña operación de entender la riqueza a través de la pobreza, de ver el hilo que va de una sierra seca e inhóspita de México a las noches de ocio de Manhattan o de Los Ángeles. Tras su detención, a El Chapo Guzmán lo han definido como el CEO del cártel de Sinaloa, recurriendo al acrónimo en inglés que se usa para los ejecutivos que operan en la cumbre. Cualquiera puede entender el proceso que lleva a un joven de inteligencia extraordinaria como Mark Zuckerberg del nicho de talentos de élite de Harvard al reinado de esas sociedad virtual contemporánea que es Facebook. Pero para entender cómo El Chapo Guzmán pasó de plantar frijoles a mover cocaína por el mundo como mueve Amazon sus libros habría que ser capaz de escuchar los silencios de la sierra.

Wenceslao Gastélum Olivas, de 81 años, estuvo a punto de morir. Le detectaron un tumor pero ni él ni su familia podían pagar la intervención quirúrgica. El Chapo se enteró y se hizo cargo de la factura de la operación, que se llevó a cabo en 2011 en un hospital privado de Culiacán.

— La gente dice que El Chapo le mandaba llamar cuando estaba en la sierra porque usted le caía muy bien. ¿Es cierto?

— En camioneta me mandaban para allá a andar con ellos porque me decía doña Consuelo que yo sí aguantaba, aunque me hacían picardías. Y no me dejaban descansar los pinches plebes (jóvenes, refiriéndose a El Chapo y a sus hermanos), se subían arriba de mí y esas chingaderas. Me tuve que venir huido de allí porque no me querían dejar venir, me vine de madrugada. Me dijo doña Consuelo: “Oiga, no es por correrlo pero váyase porque El Chapo lo quiere mucho y no lo va a dejar ir”. Bajé de la sierra en avioneta [el medio con el que el cártel desciende de la sierra la droga].

— Ya ve, esos avioncitos que iban y venían, apunta la hermana de Wenceslao.

El anciano echa mano de vez en cuando de un inhalador para asmáticos. La telenovela que estaba viendo a las 21.48 del miércoles suena a todo volumen en la casita que tiene en el pueblo, cerca de una guardería. “Cuando lo conocí estaba pobrecito. A su papá, a su mamá, sembraban maíz. Era chaparro (bajito) pero ya que entró en edad parecía que había crecido. Después siguieron viniendo ellos a por mí cuando ya andaba en el movimiento del sembradío y haciendo dinero. El Chapo se subía al monte de madrugada para plantar amapola. Era un venado. Yo no esperaba que subiera hasta cosa tan grande. El plebe se aventaba a trabajar, y subió y subió a hacer cosas grandes, hasta que se entregó, casi como solo”.

Wenceslao Gastélum Olivas narra, en la noche de Badiraguato, la primera estrofa de un narcocorrido que bien podría titularse El imperio después del rey.
La sucesión de ‘El Chapo’.

La caída de El Chapo Guzmán ha abierto un proceso de sucesión en el cártel de Sinaloa en el que sus lugartenientes, Juan José Esparragoza, El Azul, e Ismael El Mayo Zambada, son los que más posibilidades tienen de hacerse con la herencia.

El Azul es un hombre discreto, con fama de muñidor de pactos. Lleva décadas en el narcotráfico y cumplió siete años de condena por delitos contra la salud entre 1986 y 1993. Su apodo se refiere al color de su piel, tan moreno que parece azul. Hijo de un ganadero, entró en la década de los 70 en la Dirección Federal de Seguridad. Esta agencia estaba infiltrada hasta el tuétano por Miguel Ángel Félix Gallardo, que percibió el potencial de El Azul y lo atrajo hacia el narco. Cuando lo metieron en la cárcel, en 1986, pasó un test psicológico que desveló trazos de una personalidad hipocondríaca, ansiosa por los detalles, poco tolerante a la frustración y al aburrimiento.

El Mayo lleva medio siglo en el negocio sin haber sido arrestado. Dos de sus hijos han sido detenidos y permanecen encarcelados en Estados Unidos. En una entrevista de 2010 de Julio Scherer, decano del periodismo de investigación mexicano, el reportero le preguntó si creía que algún día lo atraparían. “En cualquier momento”, respondió Zambada. “O nunca”. El Mayo fue un contacto clave del narco sinaloense con los proveedores colombianos de cocaína a finales de los 80. Zambada tenía hilo directo con Gonzalo Rodríguez Gacha, número dos de Pablo Escobar, líder del cártel de Medellín.

El vacío que deja El Chapo también podría ser cubierto por la siguiente generación de narcotraficantes, hijos de El Chapo y El Mayo. A diferencia de sus padres, usan las redes sociales para contar su vida de excesos. En Sinaloa también suena como posible sucesor un joven llamado Dámaso López Júnior, hijo de Dámaso López Núñez, El Licenciado, un alto cargo del sistema penitenciario de la cárcel de la que se fugó El Chapo en 2001. A su vástago le apodan Minilic.

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La tristeza Yuqui: Mujeres que sueñan con agua

Este pueblo indígena con 346 integrantes vive en la provincia Carrasco, en el trópico cochabambino. No cuenta con servicios básicos y vive estigmatizado

PUEBLO. Facetas de la cotidianidad de los Yuqui

Por Lise Josefsen Hermann

/ 7 de abril de 2021 / 12:55

Cuando llora el cielo, los Yuqui lloran con él. Cuando cae el agua de la tormenta es que se ponen tristes. La pena y los recuerdos de los muertos, que todos tienen, que todos tenemos; nuestros muertos.

“Cuando llega trueno, relámpago, agua, mi abuela llora grave. Se acuerda de mi mamá. Cuando pierden la familia, a su marido, recuerdan. Cuando hay viento, se recuerdan de todo. Cuando no tenemos a nuestros familiares a nuestro lado, algunos cuando escuchan esos truenos, lloran y cantan tristes. No pasan rápido su pena.

Cuando fallecen nuestros familiares no comemos, no queremos tomar agua, esa costumbre también tenemos”, cuenta Carmen Isategua, 35 años, excacique en la comunidad de Bía Recuaté.

Ahora un bebé en su vientre no le deja energía para la labor de autoridad que ha ejercido por cinco años.

El pueblo indígena Yuqui del trópico de Cochabamba es uno de los más pequeños en población del país con 346 personas. Sus integrantes viven principalmente en la comunidad Bia Recuaté, ubicada en la provincia Carrasco del departamento valluno a unos 260 kilómetros de la capital. Otros migraron hasta el pueblo Chimoré, que queda a unas dos horas en carro.

Su reciente cambio de una vida nómada a vivir en casas y estar en contacto con el mundo exterior llevó a este pueblo a un limbo, social y cultural. Varias generaciones de mujeres lo cuentan entre lágrimas.

Este pueblo indígena siempre ha sido conocido —y temido— por ser guerrero. Y como “Abba” (en el idioma Yuqui, Biaye, que significa “persona externa a la comunidad)”, según cuenta la excacique, es mejor no acercarse cuando hay tormenta.

“Ese momento quieren encontrar a alguien para hacerle maldad. Quieren flechar en ese momento. Antes dicen, Abba mataba a sus parientes, y algunos lo recuerdan y quieren ese momento mismo encontrar a los collas para matarlos. La gente de afuera tiene miedo a nuestra flecha, esa costumbre tenemos nosotros cuando no escuchan. Esta flecha es silenciosa le dicen, en silencio le puede matar a la gente, sin escuchar ruido. Si se muere un Yuqui tienen que morir tres collas, más o menos así es”, cuenta Isategua. 

Rosa Isategua, en la carpa de su hermana. Foto: Sara Aliaga

Banco Fie y mariposas hermosas

Una reunión comunal ha convocado Abel Iaira Guaguasu, de 35 años. No tiene un cargo oficial en la comunidad, pero es una figura principal para el pueblo, haber sido criado por los misioneros de Misión Nuevos Tribus (MNT), con sede en EEUU, que tuvo los primeros contactos con los Yuqui en los años 60 y luego, junto al Estado boliviano, en 1989 los trasladaron en avioneta a este lugar en la selva, ahora llamado Bia Recuaté. Abel nos abrió las puertas para visitar la comunidad. Ellos son precavidos y no reciben extraños.

Nuestro primer día en la comunidad, a fines de febrero, Abel convoca a todos a una reunión comunal para elegir un nuevo cacique. Sus palabras son fuertes y chocantes. “El nuevo cacique no puede estar durmiendo en la calle frente al Banco Fie. Los Yuqui venden todo. Su cuerpo, su tierra, sus amigos, hasta su alma. Cuando hay plata, todo se quiere vender”.

Cuando salimos a Chimoré entendemos lo del Banco Fie, donde vienen a cobrar su bono de solidaridad una vez al mes. Si quieres encontrar los Yuqui en el pueblo, vas al Banco Fie: duermen ahí.

Busco a Carmen la excacique en la comunidad. El tiempo y los acuerdos siguen otra lógica aquí. “Tal vez esta Carmen, creo que tal vez la he visto”, dicen algunos vecinos. No hay señal de celular para llamarla. Caminamos casi una hora bajo el sol hasta su casa. Nunca he visto tantas variedades de mariposas de todos los colores en el mismo lugar. Bía Recuaté es una mezcla entre belleza y tristeza, entre lo intenso y dormido. Carmen no está en su casa, toca esperar a que aparezca.

‘Las dos semanas más duras de mi vida’

Hace dos años la doctora Gimena Torrico entró por primera vez a Bía Recuaté. Antes otros doctores escaparon por el río o salieron en el mismo transporte que les dejaba en la comunidad. No querían estar con los Yuqui. Gimena tenía que estar dos semanas y el resto del personal de salud había salido. Estaba sola. “Fueron las dos semanas más crueles de mi vida. Siempre he sido muy fuerte y me gustaron las aventuras, viajar me encanta. Esas dos semanas me quedé sola, en esta casa donde hay muchas ratas y estaba yo sola, sola, sola.

La gente por momentos me parecía salvaje. No había luz, ni velas traje, solo mi celular al que se le acababa la batería. A veces escuchaba una canción y la apagaba para no sentirme sola. Para mí, fue muy, muy duro. ‘No voy a llorar, no me voy a desesperar’, me decía; porque si eso pasaba, no había nadie que me diese una palabra de aliento”.

Con el tiempo se adaptó: “Después dije: ‘Tengo que cambiar todo. El sol tan bello. Estos pajaritos, qué lindo’. Cuando volví, al otro mes, me adapté. Pero las primeras semanas… nunca había sufrido tanto en mi vida. Es bonito recordar, porque superé todo eso y me siento muy valiente”.

Con tanto tiempo con los Yuqui, la tristeza también le llegó a Gimena: “Lo más difícil que me pasó en mi vida fue la muerte de mi esposo. Teníamos una familia muy linda. Les digo a mis hijas: ‘Que venga lo que quiera. He empezado a aceptar todo’”.

Y no ha sido cualquier tiempo el que le ha tocado aquí. La crisis sociopolítica en Bolivia que empezó en 2019. Luego la pandemia. Derrumbes e inundaciones.

Gimena nació en Oruro, ahora vive en Cochabamba y pasa más o menos la mitad de su tiempo en Bía Recuaté con los Yuqui, a quienes los antropólogos aún consideran en estado de Contacto Inicial. Por ejemplo, está el concepto de los tiempos. No puedes decir a los Yuqui que tomen una pastilla a tal hora o tal día.

ROSTROS. Carmen Isategua junto a su sobrina Dina Guaguasuvera. Foto: Sara Aliaga

La amenaza pandémica

“Apenas nos enteramos del COVID-19, yo decía: ‘¡Este pueblo va a desaparecer!’. Porque nos han informado que con las enfermedades de base es fatal. Y aquí la mayoría tenía desnutrición, tuberculosis o anemia”. Pero no fue tan grave como la doctora temía. Hasta ahora se han registrado 23 casos positivos con este mal. 

“La tuberculosis ha matado su población cada año en gran número. Es la enfermedad de los pobres. Donde vive mucha gente no hay limpieza, la alimentación y la higiene también es muy mala. Todo eso hace que la enfermedad esté prevalente en todos sus habitantes. Es una enfermedad terrible, que en gran parte de Bolivia está erradicada, pero aquí es el pan de cada día, por el hecho del agua, que no es potable. También hay parasitosis, anemia, desnutrición y micosis”. En otras palabras, un cuadro muy complejo, un pueblo con graves problemas de salud.

Recuerdos de la vida nómada

En una hamaca de tejido encuentro a Rosa Isategua Guaguasu, de 72 años. Está junto a su hija Ana. En su familia todos sufren de tuberculosis y tosen mucho, todo el tiempo. Rosa tiene una mirada dulce y nostálgica. Recuerda el tiempo antes de Bía Recuaté. Su relato fluye entre español y Yuqui, Biaye, intentamos seguirlo. 

“He vivido al monte. Había tanta fruta para comer. Toda la gente sacaba fruta. No sufrimos para comer. La gente robaba plátano para comer. Dormimos afuera tranquilos, en hamacas nomás, no había camas. Había carne, mono, chanchos. Los hombres cazaban. Así era en el monte”.

Y a ella le llega también rápido la tristeza Yuqui y sus ojos se hunden: “Mi esposo nos ha dejado. Y mi hijo. Mi mamá, mi hermana… se fueron a la casa de Jesús. He sufrido mucho. Mi esclava también murió”.

Cuando los Yuqui vivían en la selva era común tener esclavos, como cuenta Rosa. Y los robos a los campesinos causaron conflictos, hasta muertos, tanto de yuquis como de colonos. El choque entre vivir libremente en la selva, como los Yuqui, y el concepto de propiedad privada, de los colonos, ha sido y es muy fuerte.

Rosa llegó a Bía Recuaté con su primer hijo y su esposo, dejando a los que aún viven en aislamiento voluntario. “Los bárbaros hay en el monte. Miel de abeja han sacado. ¡Estaban bien cerquita los bárbaros! Mi hijo los vio cuando se fue a bañarse en el río. Tenían una mochila para llevar plátano”. Rosa se emociona mucho hablando de sus hermanos Yuqui en el monte. Está tejiendo un bolso con un hilo hecho de fibra del árbol del ambaibo.

Con inocencia foránea pregunto quién la enseñó a tejer, esperando que hable de su familia. “Teresa, una gringa”, responde. Nos interrumpe el hijo de Rosa, que llega muy borracho y nos echa del lugar. No queremos problemas, sabemos del carácter Yuqui: nos vamos. Otro día nos encontramos con Rosa sonriente, cosechando el fruto coquino junto a otras mujeres. Será la comida del día. Aún mantienen sus costumbres de cosechadores y cazadores, su conexión con la selva que les rodea.

Niños de la comunidad jugando en un campo abierto de Bía Recuaté. Foto: Sara Aliaga

Morir de pobreza

Gimena, la doctora, también habla de “los bárbaros”. Les tiene miedo. Un informe de 2010 de la organización IWGIA (Grupo Internacional de Trabajo sobre Asuntos Indígenas) sostiene que existen Yuquis que viven en aislamiento voluntario, es decir sin contacto con el mundo exterior. En el planeta hay alrededor de 100 pueblos que viven en aislamiento voluntario, la gran mayoría en la Amazonía, sobre todo en Brasil, pero también en Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú y Bolivia.

Según un estudio de la antropóloga boliviana Ely Linares, se estima que existen unas 20 personas o entre tres y cuatro familias Yuqui que permanecen en situación de aislamiento voluntario.

La noche en esta comunidad intimida, asusta, impresiona. Una noche sueño que mis padres me iban a mandar a un orfanato, que no me podían cuidar. Era chiquitita y fue tan real, que me quedé casi con la duda. ¿Fue un sueño o un recuerdo lejano? Todo el día me quedé impregnada de un profundo dolor. “¿Había interiorizado la tristeza Yuqui?”. Estaba el sentimiento de ser abandonado, de no pertenecer.

La doctora a veces se siente frustrada porque las habitantes del pueblo no le hacen caso: “No les gusta que les llamen la atención. Pero a veces es necesario hablarles duro, sobre todo si se trata de su salud, porque se trata de su vida. No estamos hablando de otra cosa cualquiera, sino lo más importante que tiene el ser humano, que es su vida”.

Gimena cuenta cómo todo el pueblo se enojó con ella porque había muerto una señora, en la ambulancia, cuando estaba camino al hospital. Y las cosas se pusieron feas hasta que Abel llegó a defenderla. “Ese día estaba lista para irme. Me querían linchar y no era mi culpa”. El tiempo desde que llaman a una ambulancia hasta llegar a un hospital afuera es de unas cuatro horas. “Es terriblemente duro cuanto eso sucede”.

Ahora Gimena está preocupada por Carmen, que quiere tener su bebé en la casa. “Si pasa algo se puede desangrar camino al hospital y ella y su bebé pueden morir”.

También se entristece recordando cuando murió un niño con severa desnutrición y anemia. Había tratado de convencer a los padres de llevarle al hospital afuera, pero no querían y el pequeño murió. “He llorado mucho. Amaba a aquel niño muchísimo. Cuando decidí estudiar esta carrera no pensé en ganar millones, sino en que voy a ayudar a la gente, porque la gente se muere por pobre y porque no conoce. Si no tiene plata, se muere, porque no hay cómo pagar lo que cuesta sanarse. Para mí, trabajar con ellos es una bendición muy grande. He aprendido miles de cosas con ellos. Quiero que estén bien, pues. Les tomo como mi familia”, dice la doctora y relata cómo les extraña cuando está afuera, y siempre les llama para felicitarles para su cumpleaños. “Ellos no saben que tienen cumpleaños pues yo soy la única que sé de estas cosas”.

RECURSOS. El río Chimoré no solo provee su suministro de agua para consumo, sino también es su lugar de aseo y de pesca. Foto: Sara Aliaga

‘Grave desean nuestro territorio’

Un día se convocó a un trabajo comunal para limpiar el camino. Carmen tenía cita médica el mismo día por su embarazo. “Estoy preocupada. Pero es que no puedo faltar a esta cosa en la comunidad, no puedo,” explica. “Voy a pedir otra cita”.

Para la excacique es importante el plan de manejo que tienen para la protección del territorio. “Ahí los colonos nos respetan. Si no hay plan de manejo pueden entrar al golpe a nuestro territorio, grave lo desean nuestro territorio, por eso armamos el plan de manejo para que no circulen dentro, no siembren coca, digamos.” Carmen también piensa en los Yuqui en aislamiento voluntario que están viviendo dentro de estas tierras indígenas. “Hay gente, nuestros parientes mismos, gente que no conocemos, pero ellos viven dentro de nuestro territorio”.

Aparte de que el territorio provee los recursos naturales para la sobrevivencia de este pueblo, su cuidado es una forma de proteger los bosques. Según un reporte publicado por la oficina regional de la FAO para América Latina y el Caribe, los pueblos indígenas de América Latina son los mejores guardianes de los bosques de la región con tasas de deforestación hasta un 50 % más baja en sus territorios que en otros lugares.

La excacique es una mujer fuerte, se luce su espíritu Yuqui, de guerrera. No duda en pelear contra narcotraficantes u otros interesados en sus tierras. “Como autoridades ya estamos amenazados por ellos. Decían que nos van a matar, así nos amenazaban. Grave me he enfrentado con gente de afuera para que no ingresen más cosas ilícitas, grave ha sido cuando era dirigente. Por eso a veces cuando no quieren escuchar, con flechas vamos a bloquear, así es nuestra costumbre”.

Llorar como un canto

Naty Belén Guaguasu Guasu, de 15 años, está estudiando en cuarto año de secundaria en el colegio en Bía Recuaté junto a otros 79 niños y niñas. La comunidad también tiene un internado financiado por los recursos del aprovechamiento de la madera del plan de manejo de su territorio. En el internado viven unos 30 niños. Algunos son huérfanos que han perdido a sus padres en la epidemia de tuberculosis. Y también niños cuyos padres salen a trabajar afuera, que prefieren dejarlos ahí para que estén en la comunidad.

“Me siento orgullosa de ser Yuqui, ¿por qué debería tener vergüenza si aquí estoy viviendo? No hablo tanto Yuqui porque mi mamá no me enseñaba. Solo lo que he aprendido con mi abuela, quien ya se ha fallecido”, expone.

Y a la adolescente también le llega la nostalgia y el recuerdo de la muerte: “Mis dos primas fallecieron al mismo tiempo, el año pasado en un accidente en moto en la pandemia. De mi tamaño eran, Jaquelin y Nancy”, y baja la voz cuando las nombra. Los Yuqui no deben pronunciar los nombres de los muertos. “Cuando una persona fallece, toditos vienen, tienen otra forma de llorar. No puedo hacer eso. Hablan en el idioma y lloran como un canto. Mi abuelo Lorenzo llora así. Y cuando las ranas lloran, va a llover dicen”.

Mientras hablo con Naty Belén, llora el cielo, a la quinceañera le preocupa la falta de electricidad en su comunidad: “No hay luz, solo vela o linterna. También tienen que limpiar la antena, porque no hay señal”, muestra algo que parece un árbol, pero que resulta ser una antena para internet.

El miedo de perder el idioma

Dina Ie Guaguasubera, de 27 años, es la cocinera para los niños del internado. Le pregunto sobre canciones. Todas las mujeres cantan, en Biaye, temas cristianos. Incluso éstos hablan de la tristeza: “Que estés feliz y nunca triste, porque Jesús vive, no estés triste”, traducen. Aún se siente fuerte el legado que han dejado los misioneros de Misión Nuevos Tribus (MNT), que dejaron la comunidad en 2005 cuando el Gobierno boliviano retiró su permiso para trabajar con los Yuqui.

“Era mejor mi comunidad antes. Ahora la veo muy triste. El idioma es lo que más me preocupa. Cuando era niña, mi papá y mamá me enseñaban a hablar el idioma. Y ahora hay dificultades, hasta mis hijos no saben hablar mi idioma, sí entienden, pero no hablan. Es muy importante que aprendan a hablar, porque nosotros somos poquitos y tal vez se pierda. El idioma ya nadie va a hablar. Tal vez yo me muero y mis hijos no van a saber. Si no saben, se puede perder mi idioma. Si eso pasa, es como si fuera que no vamos a existir”.

Según el Atlas de Unesco de las lenguas del mundo en peligro, el idioma Yuqui se encuentra en grave peligro de extinción. Según la antropóloga Ely Linares, de los 346 habitantes del territorio Yuqui, el 75% de la población habla la lengua biaye.

La mujer Yuqui cuenta cómo su pueblo sufre discriminación cuando va al pueblo de Chimoré. “Hablan mal de nosotros, dicen los Yuqui son cochinos, los Yuqui son flojos. Así habla la gente de afuera. Dicen cuando uno está sentado ahí comiendo: ‘¿Por qué comen en la calle, por qué no van a su casa o por qué no comen en una mesa?’. Así nos miran. Pero la gente trabaja afuera. Y comen pues, no tienen una casa; trabajan, se buscan la vida”.

En Chimoré se tiene esta percepción de los Yuqui. Un señor cuenta que en el pueblo se ha querido sacar a todos los Yuqui hace un par de años, o cómo ellos tenían relaciones sexuales en las calles, que robaban la comida del plato de la gente en el mercado; que dormían en la calle, que no respetaban las reglas de convivencia de la sociedad en el pueblo.

¿Cómo sería para los citadinos el tener que vivir como nómadas en la selva? Es difícil imaginar un cambio así en la vida. ¿Es por eso por lo que los Yuqui sienten esa tristeza? No pertenecen aquí, ni allá.

Alcohol y niñas-madre

Otro tema complejo con los pueblos en contacto inicial, como los Yuqui, es el de las adicciones, ya sea de azúcar, de medicinas, de alcohol o de drogas.

Dina cuenta que ella y su esposo tenían problemas con el alcohol desde hace menos que un año: “Cuando era chica, era bien fiestera y me gustaba tomar. Él borracho llegaba, me pegaba, feo me pegaba. ¡Yo también le pegaba con palo y todo! Pero hemos dicho: ‘Mucho estamos tomando, hay que cambiar nuestras vidas’. Nos hemos reconciliado con el Señor, tratamos de cambiar nuestras vidas. Ya no voy a las fiestas, mi marido ya no toma, y estamos tranquilos con nuestros hijos. Como medio año ya no tomamos”. 

Tienen cinco hijos; su primer hijito lo tuvo con 14 años. Algo normal en los Yuqui: las niñas-madre. Y no es raro que el padre sea de la misma familia. “Las niñas no están al cuidado de nadie, están en la calle y cualquier cosa puede pasar. Parece que en mujeres adultas lo mismo ha pasado. Algo normal. Una costumbre con ellos. Y parte de su cultura hasta que se podría decir que nos choca a nosotros. Pero es así —se preocupa la doctora—. Los hombres están con una mujer o una niña. Es triste. Hay una señora que tiene seis deditos. Otros tienen deficiencias intelectuales por estas situaciones. Sus padres son hermanos o primos. Y así hay varios casos”.

Los primeros bachilleres

Claudia Bazoalto Almaraz, de 30 años, es profesora en la primaria en Bía Recuaté. Recuerda su llegada hace más de tres años: “Verlos era algo triste. Siempre salían, no se quedaban aquí. Siempre los veía allá en el pueblo (Chimoré). Estaban queriendo olvidarse de su cultura. Los maestros hemos trabajado bastante en concientizar, en que su comunidad no debe ser olvidada, más bien debe ser valorizada, su cultura y su lengua”.

Todas las tardes la profesora va al río a bañarse y lavar ropa. Un paisaje bello, atardeceres espectaculares. Pero también lo hace por falta de servicios básicos: “Aquí faltan luz eléctrica, agua potable. Ellos todavía carecen de esto. Tienen derecho a tener energía eléctrica, de vivir cómodos. Por falta de servicios básicos emigran al pueblo; y como ven que hay luz, hay agua, entonces prefieren estar allá”.

El año pasado salieron los dos primeros bachilleres de Bía Recuaté, y fue un evento del cual toda la comunidad se sintió orgullosa. Y al verlos en el pueblo Chimoré, dicen: “Mira, ahí están nuestros bachilleres”. Es un gran logro para los Yuqui. Pero la profesora está preocupada porque hay un problema con la asistencia de las chicas a la escuela. “Las mujercitas en la etapa de adolescencia están desertando de la escuela. Piensan que ya tienen que formar familia y no es tan importante el estudio. Con sus 13 o 14 años, algunas ya están embarazadas. Eso preocupa. Tienen una mentalidad un poco perdida. Preocupa que a una edad temprana muchas han dejado de estudiar”. Claudia habla apenada de tres hermanas huérfanas que venden el cuerpo de una de ellas a los hombres en Chimoré.

La doctora también está preocupada. “Es como si las leyes no entraran acá. Parece Sodoma y Gomorra: mentira, engaño, robo, flojera, hay incesto. Hay todo esto. Hasta homicidio hay. Sí, es pesado”, dice.

 Pero no todo es incierto o desesperanzador: Irma Guasu Guaguasu, de 25 años, fue elegida como concejala Yuqui en el municipio de Puerto Villarroel.

Representando a su pueblo Yuqui, con orgullo y con un poco de nervios también, se pone su típica vestimenta tejida. Ella lucha para mejorar las condiciones de vida de su pueblo, quiere que su comunidad Bía Recuaté salga adelante. “Somos poquitos, pero ahí vamos, adelante”. La líder está gestionando para que llegue luz y agua a su comunidad.  

“Deberíamos ser orgullosos, de ser los únicos a nivel nacional. Somos los únicos Yuqui que existen. ¡No hay más! Para que pueda vivir la gente, el 100% en la comunidad, nosotros debemos tener luz y agua. Muchas veces, por eso salimos nosotros, porque no hay agua. Nos enfermamos. Digamos por tema del agua y de la luz. Ya no queremos vivir en oscuridad, como hace años, con velita hacemos nuestras tareas. Deseo que algún día llegue la luz. Eso es mi sueño, agrandar la comunidad”.

VIDA. La falta  de electricidad impide que haya educación virtual, las clases presenciales son la única opción. Foto: Sara Aliaga

Revivir en pandemia

Retornamos con Dina —la cocinera del internado—, y sus recuerdos: “Mi papá era cazador. Cazaba el mono arriba, con flecha. Tenía también escopeta. Nos traía fruta del monte, miel y carne. Buena gente era mi papá. Pero se ha muerto. Se ahogó en el río hace poco. Más bonito era todo cuando era niña, mi comunidad. Ahora los veo tristes, porque la mayoría salen. Abandonan su casa, su comunidad”.

A causa de la pandemia, muchos Yuqui regresaron a su territorio para protegerse. “Contenta paraba yo, bonito era mirarlos a ellos. Lleno en el río, todos a pescar. Comían bien. Harto pescaba mi gente, harta gente bañándose. Me sentí feliz porque toda mi gente ha venido en tiempo de pandemia”, rememora.

El sueño de Dina es que sus hijos sean profesionales: “Quiero que ayuden a la comunidad. Sueño que un día va a haber una buena carretera, que va a haber plaza aquí y tienda. Que va a mejorar la comunidad. Tienen que imaginarlo, les digo a mis hijos. Me imagino, mamá. Va a haber plaza, mamá, cuando seas abuelita”.

*Este reportaje fue realizado gracias al fondo de emergencia COVID-19 para periodistas de National Geographic

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Gustavo Urquizo Mendoza: medio siglo de librero

Este 2021, Gustavo cumple 50 años de librero. Arrancó en 1971 ayudando a su padre Rafael Urquizo, en la mítica librería/ imprenta/ editorial Juventud. Actualmente está al frente de G.U.M.

Gustavo Urquizo Mendoza

Por Ricardo Bajo H.

/ 7 de abril de 2021 / 12:39

Las librerías son el paraíso para los lectores y las lectoras. Los libreros son esos extraños/invisibles seres que en silencio nos observan, nos aconsejan y nos cuidan. El viejo oficio del librero —uno de los más grandes de este mundo— se resiste a morir y don Gustavo cumple este año medio siglo de cazador de libros. A estas alturas ha desarrollado tanto el ojo que sabe cuándo un libro será exitoso y vendido durante decenas de años y cuándo no. Gustavo Urquizo Mendoza, paceño nacido en el 52 un día después del 16 de julio, lleva la revolución de las letras corriendo por sus venas.

Cuando descansa, lee; cuando lee, lee catálogos; y cando pasea, se divierte frente a las estanterías de otras librerías. Su padre, don Rafael Urquizo, trabajaba como vendedor/encargado en la mítica librería Alexander de la avenida Camacho en los años 40 del siglo pasado. Cuando aprendió las buenas artes del oficio, abrió junto a su esposa, Elsa Mendoza (que trabajaba en la librería Universitaria) su propio local. Era 1948, tres años después de que lo hiciera don Werner Guttentag con Los Amigos del Libro. Su librería/editorial se llamaría Juventud e iba a publicar a grandes autores bolivianos y títulos que más de medio siglo después se siguen vendiendo como Sangre de mestizos de Augusto Céspedes o La niña de sus ojos de Antonio Díaz Villamil.

Don Rafael administró su pequeña librería (en el hotel La Paz, avenida Eliodoro Camacho esquina Colón, al lado del edificio Krsul) durante más de medio siglo. Él contactaba a los nuevos escritores y doña Elsa atendía con amabilidad y sabiduría. Las oficinas de la editorial quedaban en la plaza Murillo. El negocio arrancó importando libros de México y España, de sellos como el Fondo de Cultura Económica, Alianza, Aguilar o Sopena. El segundo y lógico paso fue imprimir. Si todo (buen) lector acaba convirtiéndose en escritor, todo librero cae en la tentación de publicar sus libros/autores/amigos favoritos. Así, don Rafael Urquizo comenzó editando folletos artesanales para colegio. “Sus primeros títulos fueron Geografía de Bolivia e Historia de Bolivia, eran encuadernaciones caseras, lo hacía con stencil, totalmente trabajo de artesano, así nació la editorial Juventud”, recuerda su hijo hoy en las oficinas de la librería-editorial G.U.M. (sus iniciales) en el barrio de Miraflores, muy cerca de la plaza Villarroel.

“Mi padre era muy político, terminó convirtiéndose en un magnífico intermediario cultural entre la emergencia de lo nacional popular y el campo y las minas. Acabó publicando a los viejos amigos que pasaban por la librería, los clientes que al inicio eran estudiantes se convirtieron luego en políticos conocidos, en escritores, en periodistas y así firmó contratos en exclusiva con hombres como Céspedes, Alipio Valencia Vega (y sus famosos tomos de Educación Cívica o de Teoría Política), Raúl Bothelo, Huáscar Cajías (y su La criminología) o Pablo Ramos. También logró reeditar a nuestros clásicos como La candidatura de Rojas de Armando Chirveches, Los mitos profundos en Bolivia de Guillermo Francovich, La Chaskañawi de Carlos Medinaceli, Juan de la Rosa de Nataniel Aguirre  o los cuentos breves, novelas cortas y poesías de la gran Adela Zamudio”, rememora su hijo.

La clave era asesorarse bien para conocer qué quería el público y don Rafael tenía buenos consejeros como Rodolfo Salamanca, Raúl Durán y algunos periodistas conocidos de la época. Décadas más tarde, Juventud llegaría a publicar también los textos más conocidos del teatro popular como Los hijos del alcohol de Raúl Salmón o Me avergüenzan tus polleras en sus tres tomos. Muchos años después, el hijo siempre estará agradecido de que el padre no le dejara en herencia coches o propiedades sino cientos de libros que hoy sigue vendiendo.

El fondo de la editorial Juventud llegó a tener y tiene más de 600 títulos, entre ellos clásicos universales como Bodas de sangre de Federico García Lorca, La Odisea de Homero, Martín Fierro de José Hernández, Contrato social de Jean Jacques Rousseau o Edipo Rey de Sófocles. De algunos títulos que se vendían en colegios de todo el país, se llegó a publicar más de 6.000 ejemplares cada año. Pero Juventud no solo publicaba autores nacionales sino que editaba libros de autores extranjeros sobre temas bolivianos como la Historia de Bolivia de Herbert Klein, hoy actualizada al año 2014. “Este libro se sigue vendiendo, está a 60 pesitos y es mejor que la historia de Carlos Mesa que es solo una cronología”, añade don Gustavo vendiendo su charque.

En 1971 y mientras estudiaba Economía en la UMSA, Urquizo Mendoza arrancó su vida librero. Su madre había muerto un año antes de cáncer de pulmón y los tres hermanos (Juan Carlos, Rafael y Gustavo, el menor) se unían al padre para dar una mano en la imprenta (los dos hermanos mayores) y en la administración. “Importábamos de la editorial Molino y luego viajábamos por todo el país ofreciendo nuestro catálogo, mi padre por Santa Cruz y Cochabamba y yo lo hacía por el sur, Sucre, Potosí, Tarija. En esa época, la gente estaba ávida de cultura y libros, no había fotocopias y el público se preocupaba por las novedades. Importabas las últimas novedades y la gente se agolpaba en las librerías e incluso te pedían títulos. Después, en los 90, los piratas lograban las novedades antes que nosotros y ahora incluso la gente pide por internet. También las universidades con sus maestrías hacían comprar, todo era original, ahora ya no”.

TRADICIÓN. La fachada del inmueble de la Empresa Editora Urquizo. Foto: Ricardo Bajo

El objetivo de los Urquizo fue sencillo: sacar ediciones baratas y económicas. Todavía hoy, en el catálogo de G.U.M. (la heredera de Juventud) se puede comprar Soledad de Bartolomé Mitres por 10 pesitos. Todavía hoy se puede luchar contra la piratería venciendo con sus propias armas: “La nueva edición de Leyendas de mi tierra de Antonio Díaz Villamil la vendo a 12 pesos y los piratas la están ofreciendo a 20 para los colegios, cuando la diferencia es poca entre la edición legal y bonita y la pirata con fallas, la gente prefiere comprar original. Pasa lo mismo con Raza de bronce. La vendo a Bs 15, he vendido ese libro toda mi vida y la piratería que quiere ganar algo por la pandemia la ofrece ahora a 20”, dice orgulloso don Gustavo.  Junto a la mesa donde charlamos, veo de reojo por 12 pesos Cómo organizar mi biblioteca del historiador José Roberto Arze, que hace días estaba de cumpleaños.

La explosión de Juventud llegó con los textos básicos para los estudiantes. ¿En qué hogar boliviano no hay libros de primaria como Flores y Kantutas de doña Pepa Martínez Sanabria? ¿O algún título de aquellas legendarias maestras como la señora Jiménez, Condarco o Scheifer? En aquel entonces, los tirajes llegaban a alcanzar los 50.000 ejemplares. Luego llegó la Reforma Educativa y los sellos/multinacionales se comieron todo el pastel.

Para aquel entonces del “boom” escolar el padre de Gustavo Urquizo ya tenía una imprenta propia en la calle Ayacucho en el edificio de los ferroviarios, fundada en 1968. Cuando en 1995 falleció por diabetes don Rafael, los tres hermanos se hicieron cargo hasta que en 2006 la empresa se disolvió y dos años después nació Librería-Editorial G.U.M. “Los saldos de los depósitos fueron repartidos en tres partes, mis hermanos se quedaron con el viejo nombre y publicaron cuatro o cinco títulos y yo fundé G.U.M. que ya tiene 230 libros editados entre reediciones, reimpresiones y nuevas obras”, cuenta don Gustavo. “Llevo vendidos en poco más de 10 años más de 60.000 libros y he reeditado Sociología del Derecho de Ramiro Villarroel, casi una quincena de los libros de Jesús Lara como Sasañan, Wichay-Uray, Llalliypacha o Ñancahuazú: sueños, también los de historia, que es una de nuestras apuestas fuertes, como los de Roberto Querejazu, Masamaclay, Guano, salitre, sangre, Llallagua o las Aclaraciones históricas sobre la Guerra del Pacífico y la del Chaco.

RECUERDO. Los padres de Gustavo, quienes abrieron la primera librería: Elsa Mendoza y Rafael Urquizo.

Don Gustavo, conocido por sus títulos clásicos, no se niega a nuevos títulos, especialmente a los de historia y derecho. “Antes mi padre y yo conocíamos a los autores, pero ahora los jóvenes prefieren a las editoriales nuevas, hay que apoyarlos a unos y otros desde el Estado, con leyes, con ventajas fiscales, con las bibliotecas públicas teniendo un presupuesto anual para adquirir la producción boliviana. Yo hace años fui a la biblioteca municipal de la Plaza del Estudiante a ofrecer mis títulos pues algunos de los libros de JuventudG.U.M. como Metal del diablo de Augusto Céspedes estaban totalmente dañados, faltaban páginas y me dijeron que no había presupuesto para eso. “Vuelva al año”, volví y tampoco. Si una biblioteca pública no tiene plata para comprar libros bolivianos, ¿en qué gasta el dinero entonces?”, reclama el veterano librero. Metal del diablo sigue a 40, por cierto. Y Nacionalismo y coloniaje de Carlos Montenegro, a 38 pesitos. ¿Y luego decimos que leer es caro?

Don Gustavo nació en la librería de su padre y su madre. Y el primer olor que aprendió a identificar fue el de la tinta. Así recuerda sus primeras lecturas: “Mis primeros libros queridos fueron Sol y horizontes/Símbolos profanos (1930) de Man Césped Anzoleaga y Corazón: Diario de un niño (1886) del italiano Edmundo de Amicis”. Urquizo guarda un pequeño silencio y mira alrededor de su oficina/distribuidora de la calle Puerto Rico: “Mis tres hijas han estudiado Administración de Empresas, Ingeniería Química e Ingeniería de Alimentos, no sé qué van a hacer con tanto libro cuando yo no esté, ¿dónde irán a parar más de 60.000 títulos?”.  El libro no va a morir nunca, eso lo tiene claro. “No es lo mismo leer que escuchar, si lees de pequeño serás un lector toda la vida, es el único objeto que es imperecedero, aunque ahora creo que se publica demasiado”, dice pensativo.

¿Y cuál es el secreto para que el pueblo boliviano lea más? Urquizo la tiene clara: “La clave está en los colegios, no tanto en la casa. Cuando el padre y la madre llegan tarde a casa de trabajar, es bien difícil que se pongan a leer y así cunda el ejemplo. En los colegios y en los kínder hay que darles a las wawas libros, que los descubran, vean, destrocen, no importa, que vean los dibujos, que descubran las palabras. El secreto es poner el libro al alcance del niño y la niña, sembrar. Luego los profesores de Literatura tienen que lograr que a los estudiantes les guste la lectura, aunque sea obligando”.

El oficio de librero y librera sobrevive, se aferra al último clavo ardiente. Y a don Gustavo le preocupa una sola cosa: no hay renovación. “El librero de antes, el editor de antes, publicaba toda la obra de un autor, la gente compraba su mejor libro y luego se seguían editando el resto de su producción de por vida. Antes conocías al público lector, y por su consejo también sabías que debías pedir afuera, era un lector informado. Yo sigo con mi política: precios baratos, trato de no subir el costo, no tengo local propio ya, ahora solo distribuyo, la pandemia nos está haciendo mucho daño, incluso algunas librerías han cerrado. Y los colegios ahora no piden literatura boliviana, ahora hay que leer al mexicano Carlos Cuauhtémoc Sánchez”.

Sin embargo y a pesar de todo, Don Gustavo no se rinde. Tan solo tiene una preocupación: ¿dónde irán a parar sus miles y miles de libros cuando su vida termine? No lo sabe, lo único que sabe es que hasta que llegue ese momento seguirá siendo esa clase de librero que te observa, te aconseja y te cuida. Algún día/año de éstos recibirá el homenaje y reconocimiento que Bolivia tiene pendiente con él. Y con su padre y madre.

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Tarot, 22 nuevos arcanos bolivianos

El proyecto se gestó en el marco de la Bienal del Cartel BiCeBé y la intervención de la CAF en Bolivia

/ 7 de abril de 2021 / 12:32

En el siglo XVIII, la reputación de los maestros marselleses en cartas —considerados los mejores en su diseño y su lectura— encontró su cúspide con el Tarot de Marsella, que se compone, desde entonces, por el grupo de arcanos menores y el de arcanos mayores. Ambos forman un juego de 78 cartas. De esta baraja, nacida en la ciudad portuaria del sur, derivaron otros mazos de Tarot tanto en Europa y, unas décadas más tarde, como en otros continentes.

En nuestro país, hace unas semanas un grupo de 22 diseñadores dio a conocer su recomposición del clásico Tarot de Marsella: Arcanos bolivianos, en el cual personajes típicos o mitológicos nacionales conforman la serie de los arcanos mayores, recuperando las líneas bases del Tarot, pero generando nuevas lecturas y sentidos. El trabajo se realizó en el marco de la Bienal del Cartel Bolivia BICeBé, Bolivia Póster. La muestra de estas piezas fue inaugurada de forma virtual.

El yatiri, La doñita, El caporal, El chamán, El carretón, La huasca, El minero, Las Alasitas, La cholita, El vueltero, La muerte, Los kamotes, Lunita camba, El turbión, Sol Inti, El lapo, La Virgen de Urkupiña y Elay son algunos de los 22 arcanos diseñados en técnicas mixtas: dibujos en blanco y negro o a color, con tinta o acuarelas, pero todos con bases manuales y acabados con recursos propios del diseño gráfico.

El proyecto nació en 2017 por un afán personal, cuenta Hermes Peredo, diseñador  a cargo. “En aquella época tuve mis primeros pasos como tarotista y estaba fascinado con los arquetipos del Tarot de Marsella. Muchos no saben, pero los personajes que salen en el Tarot, especialmente en los arcanos mayores, están basados en la jerarquía francesa de la época. Bolivia tiene una riqueza inigualable a nivel cultural y visual, y sentía que esa riqueza merecía ser mostrada de la misma forma que la francesa”.

Dos años más tarde, el trabajo empieza a tomar forma. “Fue seleccionado para formar parte de la exhibición de ese mismo año (2019) por la Bienal. Susana Machicao fue quien creyó en el proyecto e hizo la curaduría y le dio forma, con la ayuda del ilustrador paceño Salvador Pomar. Yo estuve a cargo del proceso de conceptualización de cada arcano y su respectiva ‘bolivianización’, con la ayuda de Danitza Gómez, de Centro Almora. En conjunto con la BICeBé, se hizo la selección de los ilustradores nacionales”.

El primer paso fue conocer el contexto de cada arcano. “En cuanto se hizo la asignación de los arcanos a cada uno de los ilustradores, yo elaboré una serie de podcasts personales de cada uno para que los chicos puedan empaparse de todo lo que el personaje representa. No quería que únicamente ilustren una carta, sino que se cuestionen en el proceso y que el arcano que les tocó les despierte algo en el interior”.

En el proceso, el mayor reto se encontraba en hacer dialogar ambas cartas, la original con la reformulación. “La ‘bolivianización’ de los arquetipos no fue nada fácil. La nueva propuesta tenía que resonar estrictamente con la carta original y además tenía que tener la misma energía”.

Colorida e impactante se presenta La reina del corso, basada en la carta de La emperatriz y diseñada por Jiyiri Nieme.

“Nos habla de cuando el ser h u m a n o quiere seguir su impulso creativo”, dice Peredo. En tonos sepia y sombríos, aparece la obra de Mariano Aguilera, El tío, basada en El diablo. “Nos invita a hacer las paces con nuestras propias pasiones y deseos oscuros, y a dejar de pensar en una autoproyección”.

La bolivianita, basada en La estrella y trabajada por Peredo, exhibe a una mujer decorada por la piedra semipreciosa.

La exposición, que actualmente está montada en la CAF en La Paz y será llevada a Santa Cruz dentro de un tiempo, ha creado un contrapunto histórico: se ha generado un contraste entre dos barajas que hoy se hallan juntas, pero que mantienen o crean sus rasgos propios.

LA GRÁFICA

CARTAS. Los kamotes crea una nueva propuesta sobre El enamorado, la carta original

PERSONAJES. La Virgen de Urkupiña invita a tener fe y recuperar la devoción.

PROPUESTA. La carta principal es ‘bolivianizada’ por una nueva propuesta que busca mantener la misma energía

TÉCNICAS. Todas las cartas están trabajadas en una base manual y finalizadas con detalles de diseño gráfico

SIGNIFICADO. El tío y El diablo tienen que ver con el libre albedrío, y su sentido cambiará en función de su posición.

ORIGINAL. La emperatriz es la carta original de La reina del corso, que sugiere un cambio de rumbo

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Renacer de la iglesia Santa María de Cañaviri

La iglesia, ubicada en el macrodistrito de Zongo de La Paz, a 1.820 metros sobre el nivel del mar, data del siglo XVIII. Construida en piedra y adobe, está cubierta por un techo de paja de la zona

La iglesia Santa María de Cañaviri.

Por María José Richter

/ 31 de marzo de 2021 / 13:18

A76 kilómetros del norte de La Paz se esconde una pequeña iglesia rural e incaica que data del siglo XVIII (finales de 1700, sin fecha exacta). No solo su difícil acceso —una delgada y arenosa carretera— la oculta, sino también los altos árboles y la neblina que encierra el paisaje de la comunidad de Cañaviri, macrodistrito de Zongo. Hace unas semanas, los comunarios revivieron el asombro: vieron cómo se volvía a inaugurar su capilla, aquella que durante muchas décadas estuvo descuidada y dañada por el clima del lugar.

En el camino a Santa María Asunta, nombre de la iglesia, uno se encuentra con varios pisos ecológicos. A 4.200 metros sobre el nivel del mar, los nevados del Chacaltaya y el Huayna Potosí se hacen visibles, como también algunas de las represas paceñas. Una vez que uno llega a Cañaviri, desciende a 1.800 msnm y respira un aire húmedo. Uno de los objetivos de la restauración de esta iglesia es explotar el turismo local y añadir lugares de visita en  la comunidad.

La capilla de piedra, cubierta por  un techo de paja, fue remodelada por estudiantes y profesores de la Escuela Taller La Paz, un espacio de formación dependiente de la Secretaría Municipal de Culturas del Gobierno Autónomo (GAMLP). Los muros, los zócalos, las puertas, la iluminación, fueron algunos de los elementos retrabajados, todos bajo la idea de mantener y respetar la fisonomía arquitectónica.

Construcción civil, forja y carpintería metálica, carpintería en madera, y talla y policromía  son las disciplinas en las que los jóvenes se forman en la Escuela y en esta ocasión pusieron en práctica durante varias semanas entre 2019 y 2020, interrumpidos por los problemas sociopolíticos en una ocasión y la pandemia del COVID-19 en otra.

El proyecto, además, se extendió a las manos y obras de quienes habitan la comunidad. “El trabajo fue mancomunado, nosotros hemos puesto la piedra, la arena y la paja, ellos (los alumnos) otros materiales hasta tener todo lo necesario”, cuenta Santiago Ibáñez, secretario general de las comunidades de la región.

En 2019, los habitantes de la zona pidieron a las autoridades de La Paz ayuda para restaurar la iglesia, que en ese momento tenía fallas tanto externas como internas. Es así que el GAMLP delega la tarea a una de sus escuelas donde se forman  jóvenes restauradores.

La gráfica

La iglesia Santa María de Cañaviri. Foto: Gabriel Guzmán

La iglesia Santa María de Cañaviri. Foto: Gabriel Guzmán

REFACCIÓN. Se mantuvo la esencia arquitectónica y los elementos decorativos tanto en el exterior como en el interior. Foto: Gabriel Guzmán

Foto: Gabriel Guzmán

PARTES. Luego de la primera etapa de restauración, la torre sufrió daños importantes tras una tormenta en la zona. Foto: Gabriel Guzmán

DETALLES. El techo fue arreglado con calamina, pero recubierta por paja en el exterior y maderas en el interior. Foto: Gabriel Guzmán

Foto: Gabriel Guzmán

Recuperación arquitectónica

Los trabajos se iniciaron en 2019. “Nos comprometimos a restaurar la parte exterior, pero al llegar hicimos una evaluación y vimos que eran necesarias varias mejoras. Por lo que los alumnos de todas las áreas fueron partícipes. Los de construcción hicieron la cubierta y los muros; los de las vigas, el mantenimiento a la madera y a las puertas; los de talla se ocuparon del sagrario y del retablo de cemento; y, finalmente, forja creó los candelabros para mejorar la iluminación y el sistema eléctrico”, comenta Rolando Saravia, director de la Escuela.

Santa María Asunta es una iglesia construida con técnicas incaicas y estilo neoclásico rural. “Por su tipología de piedra se estima que es de finales del siglo XVIII. Tiene una planta renacentista del siglo XVI con una torre exenta y una sacristía a los pies del presbiterio. Esto se combina con un estilo más neoclásico rural para llegar a su estilo final”, dice Saravia.

“La capilla tiene una sola nave alargada; un atrio con una cubierta simple, muy renacentista; y la torre exenta. En formato más grande, esta arquitectura se aprecia en la iglesia de Callapa, también rural e incaica”. La iglesia colonial del Tata Santiago, ubicada en la población de Santiago de Callapa, fue construida un siglo antes que la de Cañaviri con los mismos materiales: adobe y piedra.

Para llevar a cabo el trabajo, los alumnos fueron rotando su estadía. Se quedaban 15 días en la comunidad y salían otras dos semanas para estar con sus familias. La primera etapa del proyecto, la restauración del techo y de los interiores, concluyó en 2019. “Se restauró la cubierta. Había que mantener, en primer lugar, la morfología, la piedra y la paja. Segundo, ver que no entre agua; y, finalmente, trabajar sobre el mismo sistema constructivo. Hicimos entonces un doble techo. Repusimos todo con piezas nuevas y calamina en medio de los materiales, para que no entre el agua”, explica Saravia.

“En la parte de carpintería se rehidrataron las ventanas y las puertas con aceite de linaza, pues todo estaba muy seco. Hemos cambiado el sistema eléctrico porque todo estaba cerrado por la humedad de la zona”, señala Saravia.

También se trabajó en el santuario y los elementos que lo componen. “Las piezas se hicieron en el taller, por separado. Trabajamos en equipo, así que nos dividimos todo. A la hora del montaje, llevamos todo preparado y por piezas, además de un material por si pasaba algo en el camino. Hemos respetado tanto los materiales como las características de los elementos”, dice Karina Chávez, alumna de la escuela, especializada en talla y policromía.

“Cuando fuimos a la iglesia verificamos las condiciones en las que se encontraba, tomamos fotografías y medidas e hicimos el diagnóstico del estado del retablo, nosotras como talla y policromía, los otros compañeros de construcción civil estaban haciendo el diagnóstico del resto. El primer reconocimiento fue visual, porque no teníamos todo el equipo”, añade.

Su compañera, Luz Ortiz, rescata la práctica que este trabajo les proporcionó. “Fue una experiencia muy práctica. Seguíamos introduciéndonos al tallado. Cuando llegó el momento de  trabajar sobre este proyecto, con ayuda de nuestro monitor, fuimos aprendiendo sobre los hechos y adelantamos la teoría de algunos módulos que llevamos más tarde. No teníamos permitido alterar nada, solo restaurar sobre lo que hay y conforme a lo que se ve. Fuimos restaurando según el diseño y las semejanzas de los tallados ya existentes para que no se pierda la armonía ni note la distinción temporal”.

Noche de tormenta

Una noche hacia finales de 2019 una fuerte tormenta tumbó la torre de la iglesia, que ya sufría daños estructurales. “Pensábamos arreglar todo pasando la época de lluvias en abril del año pasado, pero por la pandemia no pudimos. En noviembre hicimos un plan de ingreso. Arreglamos la torre en un trabajo que duró seis semanas”, afirma Saravia.

Además de esto y durante el tiempo de restauración, varios retos fueron apareciendo y otros ya se perfilan. “El desafío principal fue salir de la ciudad de La Paz. La logística de estar en el área rural es compleja, desde llevar el pan, la carne y que nada se descomponga”, dice. “Había que ver que los chicos estén bien, que tengan todo y que tengan cosas que hacer. Apenas llega la señal de internet”.

Frente a ello, se generó un lazo generacional. En un principio, fueron los alumnos antiguos quienes empezaron el proyecto. Con el tiempo se fueron sumando los nuevos. “Hubo mucho compañerismo entre nosotros. Nos levantábamos juntos, buscábamos qué hacer en las horas libres. Nos fuimos conociendo entre generaciones”, cuenta Álvaro Chávez, uno de los participantes en el equipo de obra civil.

Otro de los retos se plantea a futuro y es el mantenimiento del espacio. Las mejoras, por ejemplo, al entorno de la iglesia —en la que se celebran misas solamente una o dos veces al año por la falta de curas— aún están pendientes. “Es la primera iglesia que tenemos como comunidad y estamos felices de que ahora esté en buen estado, aunque todavía le faltan arreglos. El pasto, el borde, el alumbrado, los baños, estamos a medias en todo eso. Estamos prestos a trabajar en lo que venga para mejorarla”, dice Ibáñez.

Uno de los factores que más deteriora la capilla es el clima húmedo y las constantes lluvias. Ante ello, se prevé que en cinco años haya nuevas intervenciones para mantener la capilla, sobre todo la paja y la madera, comenta Saravia.

Contrapunto histórico

Santa María de Asunta fue restaurada por primera vez en 1980 y por segunda en 2007. En ambas ocasiones, y en esta última, se trató de mantener la integridad arquitectónica: piedra sobrepuesta y techo de paja de caña hueca. El año exacto de su construcción es desconocido, pero los comunarios cuentan que los religiosos católicos recorrieron estos lares desde el siglo XVII aproximadamente.

Desde el momento en que se construyó hasta ahora, la iglesia mantiene, aunque con retoques, el altar de mampostería de piedra, donde las imágenes de los santos sobresalen y las cuales son decoradas con las flores que los habitantes de la zona dejan en su visita. La sacristía también fue refaccionada por el equipo.

El valle de Zongo y su río de aguas claras decoran el paisaje que oficia de escenario de esta capilla renacentista rural, ubicada en una zona diversa compuesta por montañas, minas, represas, plantas eléctricas y variadas geografías que ahora dialogan con la arquitectura de antaño, todo esto bajo el velo de la neblina.

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Fish: Pescados, mariscos y versatilidad

Manejada en familia, Fish es una cevichería que busca brindar un preparado diferente a sus platillos

Un ceviche en Fish

Por Adrián Paredes

/ 31 de marzo de 2021 / 12:58

Somos hijos de la cuarentena”, dice el chef Gustavo Riveros, propietario de Fish, una cevichería en el corazón de San Miguel que cocina a base de pescados y mariscos, tratando de ponerle una impronta diferente al sabor de sus platos.

Como muchos otros, Riveros necesitaba un trabajo durante la pandemia y, como tantos más, sabía que la única manera de procurarse uno era convirtiéndose en el dueño de su propio emprendimiento. Y arrancó bien. Su manera de preparar el ceviche trae un sabor fresco a lo habitual en La Paz, así que pronto se vio obligado a salir del delivery por pedido para establecer su propia marca: Fish.

“He ido a muchas cevicherías acá y, personalmente, no me gustaban tanto porque cuando las comparas con el preparado peruano, se siente muy distinto”, cuenta Riveros, pues para él es mejor cuando el pescado está menos cocido y no hay tanto caldo en el plato. Se vuelve hasta más lindo a la vista del consumidor. “Yo trabajaba en el DM Hotel Andino Resort & Spa y con el chef ejecutivo, el peruano Jorge Dávila. Cuando había eventos importantes hacíamos ceviches de entrada. Él me enseñó la receta original, la más fiel”.

Con ese y varios trabajos más, Riveros aprendió que el de la comida es un rubro de constante explotación y sueldo mínimo. Pero tiene la esperanza de que eso cambie para Fish, más que nada gracias al buen recibimiento de la gente a la cevichería que maneja junto a sus socias, su hermana Laura Riveros, y su esposa Pamela Thaine, además de una ayudita de su madre Inés Mendoza.

Ahora que tiene su propio negocio, con todas las complicaciones y responsabilidades que eso trae, desea no solo triunfar y dar una gran experiencia culinaria a sus clientes, sino también ayudar a crecer a quienes deseen dedicarse a la cocina.

FAMILIA. Riveros junto a su hermana, Laura, y su esposa, Pamela Thaine, manejan Fish como socios y familia. Foto: Gustavo Riveros

Una gran versatilidad

“Pescados y mariscos tienen versatilidad muy grande. Puedes crear muchos platos y hasta fusionarlos con otros existentes”, explica el chef Riveros. Con paiche amazónico traído desde el Beni y truchas del lago Titicaca, la oferta de ceviches de Fish se complementa con mariscos como calamares e incluso langostinos.

“Tenemos, por ejemplo, el Aguachile. Un ceviche mexicano que se hace solamente con limón y sin leche de tigre. Además tiene picante y se lo acompaña con palta, tomate, totopos y pepino. Es súper fresco, pero mucha gente le tiene un poco de miedo porque el langostino se cuece en el limón y viene como en un término medio, pero no te hace mal y el sabor es maravilloso. Está gustando cada vez más esa receta”.

Ante todo, Riveros no solo quiere que la gente pruebe su gastronomía, sino que también promete un ambiente acogedor y precios asequibles para una experiencia de este calibre, que oscilan entre los Bs 60 y 65, con el plato más barato a Bs 15 y el más caro a Bs 85.

Ubicado en la calle René Moreno, bloque L #1014, al lado de Cristina Spa, en San Miguel, en Fish se atiende de martes a domingo, de 10.00 a 15.00, con consumo en local o vía delivery, pero todo de la mano de la familia Riveros y su apuesta por variar la fórmula del ceviche en La Paz.

Foto: Gustavo Riveros

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