Thursday 18 Aug 2022 | Actualizado a 22:01 PM

El conjunto guitarras

El Papirri recuerda a su señora madre Anita Chazarreta, su primera instructora en el arte de interpretar la guitarra.

/ 7 de junio de 2015 / 04:00

En mayo me acuerdo intensamente de mi madre, Anita Chazarreta, destacada concertista de guitarra, quien falleciera aún joven dejándome en el ingreso a la adolescencia. Alguna vez escribí sobre ella, el artículo logró que sea incorporada por lo menos en la Wikipedia. Anita, una hermosa provinciana nacida en Santiago del Estero, Norte argentino, se graduó con honores como concertista de guitarra clásica en el Conservatorio de Música de Buenos Aires, bajo la tutela del gran guitarrista Julio Sagreras, interpretando un concierto de Castelnovo Tedesco para guitarra y Orquesta Sinfónica. Inmediatamente fue becada por el Gobierno argentino para estudiar su maestría con el más grande guitarrista clásico del siglo XX, el maestro español Andrés Segovia, que huyendo de la guerra civil se refugió en el plácido Montevideo, dejando una extraordinaria escuela de guitarra clásica en el Río de la Plata. Cuentan que Segovia la recibió como alumna a regañadientes, no quería aceptar mujeres, Anita estudió dos años con el maestro cruzando el “charco” dos veces al mes y se convirtió en su discípula preferida. En 1946 concluyó su maestría y cuando empezaba su carrera profesional se cruzó el amor. Mi padre, reciente exministro de Gualberto Villarroel, salvó su vida saliendo al exilio a Buenos Aires donde la conoció, se enamoraron, el exilio del sexenio fue el marco histórico de ese amor gardeliano. Ya casados, estalló la revolución de 1952, Anita arribó a La Paz con mi hermana mayor en brazos. Fue una bella etapa para la pareja, mi padre como ministro revolucionario, luego embajador de la revolución de abril en Paraguay, Ecuador, Chile y Uruguay. Anita con su talento y carisma lo acompañaba y ayudaba en difíciles misiones, aprendió a tocar arpa conquistando el corazón de los paraguayos mientras mi padre definía los límites territoriales de la post Guerra del Chaco; sus conciertos de charango en Chile calmaban los ánimos, pero no se pudo evitar el rompimiento de relaciones que ejecutó mi padre (por la desviación del río Lauca) en 1962.

Entonces vino la mala hora, en 1964 cayó la revolución, llegaron 15 años de dictaduras y persecuciones a mi papá. Anita, recién operada de un cáncer de mama, tuvo que sacar adelante el hogar y crear una academia de guitarra en nuestro departamento alquilado del callejón Jáuregui, detrás del cine 6 de Agosto, en mi amado Sopocachi paceño. Llegaban al depto niñas, adolescentes, jóvenes y hasta señoras con sus guitarras, eran 70 alumnas, yo resulté el único alumno varón. Mi madre tuvo que adaptarse a esta realidad dejando atrás las suites de Bach, aprendiendo un repertorio de música popular para retener a las alumnas que querían acompañarse canciones con la guitarra. Así nació el Conjunto Guitarras, toda una escuela de música latinoamericana.

Pero Anita no bajó la guardia conmigo en lo clásico, me tenía en la mira, instaurando una disciplina de estudio de dos horas diarias, ella quería que saliendo del colegio me vaya a Baires a continuar con la historia que dejó trunca.

Mientras la dictadura perseguía a mi padre, Anita mantenía el hogar con las chicas del Conjunto Guitarras. De 1964 a 1976 eran célebres los conciertos de la agrupación en el medio musical paceño, generalmente dábamos cuatro conciertos grandes al año, en el Club de La Paz, en el cine 16 de Julio, en el Teatro Municipal. Yo iniciaba el programa con tres piezas de guitarra clásica (Villalobos, Tárrega y alguna pieza de mi abuelo Andrés), entonces iban apareciendo las alumnas. Se destacaban mis primas Charito y Maricarmen Monroy que hacían un dúo excelente, la voz hermosa de Carmen Aramayo, esposa del doctor Julio Manuel Aramayo, ministro de Salud de la revolución nacional e íntimo de mi padre. También recuerdo a una niña de mi edad, una gringuita que tocaba a mi par, Laurita Dubinsky, tendríamos ocho años cuando actuábamos en los conciertos. Escuchar 70 guitarras con 70 voces femeninas bien afinadas era todo un espectáculo, llegaban cuecas como Huérfana Virginia, Infierno verde, el taquirari Lunita Camba, el Sombrero de Sao. Un momento estelar: cuando Anita tocaba el arpa con las 70 alumnas en Recuerdos de Ypacaraí. No faltaban las zambas argentinas de moda y la chacarera La Telesita de mi abuelo. La recaudación de los conciertos, Anita la destinaba a comprar frazadas, almohadas, sábanas y leche para los niños huérfanos de la Gota de Leche, íbamos con las 70 chicas al Hogar Villegas de la avenida 20 de Octubre llevando todos los enseres, las monjitas adoraban a mi madre. En 1970 fundó con otros docentes la Escuela Nacional de Folklore donde expandió aún más su arte a cientos de alumnos. Mientras, mi padre estaba desterrado en Coati, o salía del país amenazado. El esfuerzo y la paciencia de mi madre lograron que salgamos de buenos colegios. Anita dejó una profunda huella en sus alumnas queridas del Conjunto Guitarras, siendo que el cáncer se la llevó a los 50 años en abril de 1976. Yo le dediqué una zamba que en la parte final dice: “Esta zamba es para Anita/ que me dejó tan guagüita/ abrazado a mi guitarra/ esta zamba preñadita, de esperanzas que algún día/ yo me encuentre con mi mamá…”.

(*) El papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta.

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Re-torno

Por El Papirri

/ 8 de agosto de 2022 / 13:21

CH’ENKO TOTAL

Llegué a La Paz un martes a mediodía, había amenaza de paro, “los loqueadores están amenazando”, dice el joven taxista. En silencio integral bajamos la subida, la paz de La Paz desde arriba, su cielo impetuoso. “¿Va ir por la autopista?”, increpo inseguro; “es lo mejor”, responde serio el maestro. Dudando, dudando llegamos a la Montes, como con Mentisán pasamos el Prado, todo expedito, “ex-pedito”, me digo sonriendo y… ¡zaaas! Ya estamos en mi depto paceño. Cuando entro me emociono, veo la foto de mis padres casándose, me acuerdo del accidente de mi esposa. Hace dos meses que no escuchaba ese olor a guardado, abro la cortina de la sala y el Illimani me mira de reojo: está solemne sentado en sus barbas de nieve. “Permiso, jefeeee —le digo— hey llegado”. Las plantitas están secas, tengo que tomar decisiones, el depto estaba alquilado a un amigo que decidió migrar nomás, me dan pena las paredes sin los cuadros importantes, todos están encerrados en uno de los cuartos. La llamo a la señora Narda: “doña Nardita, ¿un almuercito me manda?”. “¡Ay! Qué susto me has dado, Manuelito, creí que no llegabas más. Te mando, papito”, me responde cariñosa. Tiendo mi cama que está un desastre, me recuesto y empiezo a sentir la altura en la garganta, en las sienes. Tengo mi hoja de coquita en el velador. En la tarde ensayo, debo tocar para un acto de los hermanos cubanos en la Casa Grande, es mañana, ensayo escalas y… ¡zaaas! El dolor en las sienes, decido nomas tomar la pastilla para la presión. El atardecer cae en cárdeno, las laderas se derriten en luces, ¡qué hermosa es La Paz!, me digo en plegaria. Duermo en inquietudes, me falta aire, no está seguro el repertorio.

La mañana siguiente nace repleta de sol, las laderas regalan sus frutas frescas, los autitos en miniatura dan vueltas y yo, sin saber qué cantar en el acto por la gesta del cuartel Moncada. Recuerdo la primera vez que toqué para el Moncada, era el 26 de julio de 1979. Don Pablo Ramos me llamó, “joven Monroy, me dicen los compañeros que usted nos puede ayudar con la música, somos de la Casa de Amistad boliviano-cubana”. “Claro, don Pablo”, le respondí nervioso. Y así fue. Como hoy, no sabía qué tocar. Solo que, en julio de 1979, con 18 años, no había compuesto ni media canción. Recuerdo que Silvio Rodríguez compuso algo sobre la heroica gesta del Moncada, recuerdo que toqué esa canción en el acto de don Pablo, voy a la computadora para investigar un poco más y… ¡zaaas! No tengo internet. No tener internet es más o menos como no tener gas en la garrafa, se asemeja a un corte de agua, realmente estás fuera de la nube, del planeta. Desde mi celular leo que se trata de la bella Canción del elegido, dedicada a Abel Santamaría, héroe del Moncada que fue torturado y asesinado a los 25 años. Se va armando el repertorio, no toco la guitarra hace tres meses, los dedos tropiezan, se enciman unos sobre otros, las uñas generan mucho ruido, quiero ponerme al día en un asunto de meses: tensión. Llega a almorzar un amigo que trae una jakhonta ardiente, me levanta el ánimo, “tú tocas hace 40 años, ¿cómo no vas a poder?”. “¿Me acompañas?”, imploro. “¡Claro!”, dice. “Pero los de tu Rotary Club por ahí se rayan de que vayas donde los barbudos”, le digo saboreando un ahogadito para revivir. “Nos vemos cinco y treinta en la puerta de la Casa Grande”, afirma el amigo y se va.

Hago una siesta inquieta, son las cuatro, me tomo la presión, 153/100, uy cará. Mi presión baja está muy alta… tomo la pastilla. Plancho mi camisita, me habían dicho que esté a las cinco para probar sonido, llego puntual y… no me dejan entrar. Dos motines me empujan a la mala, “espere afuera”. Entonces llegan los diplomáticos con sus ternos y carteras, sus perfumes de aeropuerto, me escabullo entre ellos con la guitarra y logro entrar al ascensor hasta el piso 21. Es un auditorio grande, pelado, sin sonido. Aparece un cuate que se hace el organizador del acto, le digo…  “¿y el sonido?”. “Ya van a traer, tranquilo, vente a esta salita”, y me encierra en un cuarto con una vista espectacular de la ciudad. Llegan unas damas con tambores, traen el programa oficial del Acto por el 69 aniversario del cuartel Moncada. Se hacen las seis, mi amigo reclama mi presencia en la puerta, le digo que es imposible bajar, que estoy a la espera de la prueba de sonido, la gente empieza a llegar a hervores, con carteles, pancartas y vivas. Se inicia el acto, el embajador de Cuba da unas palabras muy hermosas; yo escucho todo desde bambalinas, buscando al sonidista que aparece desesperado, cargando cables y micrófonos. Mientras transcurren las palabras, probamos mi guitarra suavito, ya no da tiempo para probar la voz. Habla la ministra Marianela, ahorasito, ya me toca, duelen las sienes de nuevo, sudan las manos. Entro a escena sin probar micrófono, siento un orgullo especial de seguir cantándole al Moncada, me abraza el embajador de Cuba, la ministra también, uno del público grita: “¡Cantá una del Stronguer!”, entonces emprendo con dos canciones inéditas: Canción para nuestra Alba y Cueca del mar boliviano, concluyendo con Canción del elegido de Silvio. Salgo temblando de escena, aparece mi amigo a los zancos, “¿estás bien?”. “Un poquito de agua, hermano, conseguirime”. Así fue mi breve re-torno a la escena musical. Vuelvo a Cochabamba luego de un masaje rotundo de una señora fisioterapeuta que embute su codo en mi omoplato herido de rigideces. El sábado me empieza a salir un sarpullido extraño. El domingo mi esposa dice: “Creo es Herpes Zóster”. El lunes se confirma. Es muy doloroso, tremendo, toda la espalda en llagas. Hoy, un poco mejor, decido nomás tocar en Café Efímera de La Paz este próximo 12 y 13 de agosto. Vayan pues, para hacerme el aguante. Que los espíritus superiores y la Pachamama nos ayuden. Y si saben de alguien que me haga una buena milluchada me avisan, che. Urgente es.

(*) El Papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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Ch’ukuta valiente

Por El Papirri

/ 18 de julio de 2022 / 15:06

CH’ENKO TOTAL

Hace dos años me llamaron residentes paceños en Londres para hacer un concierto vía streaming por las fiestas de julio. Eran tiempos difíciles, de pandemia y golpe, canté un par de canciones, la salvadora Metafísica popular y La Paz, mi ciudad, una canción pop a la que no le dieron ni pelota. Salí vacío del ciberevento, decidiendo componer una canción para La Paz más fuerte, un huayño bailable y festivo. Había guardado las primeras ideas en una grabadora medio chinchosa, caprichosa, que a veces grababa y otras veces borraba lo grabado. Esa grabadorita de periodista Olympus resucitó hace un par de semanas gracias a mi amigo Astroboy, que se bajó un programa de rescate de audios, cosas mágicas del ciberespacio. El programa de marras rescató de la grabadora unos 300 audios que yo creía muertos, allí estaban los audios del proceso compositivo de todas las canciones de lo que iba a ser mi disco 60 A. En el medio aparecieron las ideas melódicas de la canción paceña y un audio mío con voz de brindis que decía: “los paceños cantamos un bello tango y un taquirari gozoso en las fiestas de julio, hagamos algo más nuestro, pues”. Decidí acabar esta idea que se consolidó en un huayño sicuri mestizo al estilo Música de Maestros, la letra fue brotando llena de lugares comunes. Saqué del texto la palabra “antiimperialista” para no restringir a los escuchas, pero sabiendo en mi decoro íntimo que la revolución del 16 de julio de 1809 fue una revolución antiimperialista de verdad, una toma del poder de los mestizos paceños que se sentían relegados por los gachupines y familias. Murillo tomó el poder, sacó a los españoles de los cargos de mando y puso un gabinete de ch’ukutas valientes: La Paz fue territorio libre del imperio español. Aquella heroica sublevación duró pocos meses, en enero asesinaban a la mayoría de los revolucionarios, pero la gesta fue el espaldarazo para los 15 años de guerrilla americana que se venían.

El asunto es que hace 15 días acabé el huayño, lo llamé a mi amigo Luis Soria, ingeniero de sonido de Soria Records de Cochabamba, un estudio profesional donde grabé la canción Ch’utis del mencionado disco. “Quiero salir de un bajón familiar tremendo, hermano, grabemos la guitarra y voz de esta nueva canción para sentir la música de nuevo”, le dije inseguro. Al día siguiente me fui al estudio a grabar esa base, Luis me dijo “es mi cariño, no me pagues”, inaugurando esta canción repleta de solidaridad y amistad. Mandé a mi amigo músico paceño Mauricio Segalez la toma base, Mauricio ch’alló su Mental Studio de la ciudad de El Alto con  una sesión maratónica, pues se fueron sumando varios músicos y músicas. Grabaron en aquella sesión el cantautor David Portillo con su hermosa voz; Daniela Pabón, dulce voz femenina; luego se sumaron los tremendos sicus de Fernando y Kicho Jiménez y la guitarra eléctrica de Bilo Viscarra de Los Bolitas. La cantante y compositora Isadorian mandó la toma de su interesante voz desde su home studio de Obrajes, el virtuoso percusionista Iván Guzmán puso percusiones desde su home studio de Sopocachi, la violinista Liz Loayza aportó con su violín y voz también desde su estudio personal de Següencoma, Ariel Choque puso su charango intercultural desde su estudio de Villa Copacabana; así poco a poco se fue armando este ch’enko paceño que decidió llamarse Ch’ukuta Valiente. La cellista Roxana Tórrez, además esposa de Segalez, le dio un toque especial, el gran pianista y compositor Heber Peredo mandó, sobre el filo, una toma desde su estudio de Aranjuez.

En cuanto al nombre, el significado de ch’ukuta lo tenía en duda, solo recordaba que mi padre solía decir: “soy paceño, ch’ukuta y pico verde”. Le consulté a un amigo aymarólogo, que me contestó: “ch’ukuta, literalmente, cosido. Parece que se trataba de una vestimenta que el paceño originario cosía en sus tobillos. Se aplica tanto a hombre como a mujer”. Así de difuso el asunto. Hoy decido quedarme con la acción del verbo que remite a coser en el sentido de unir, pues eso es La Paz, un territorio que une y cose de manera generosa, a veces silenciosa, siempre integradora a todos los bolivianos y residentes en Bolivia. En cuanto a “pico verde”, leí un debate en redes entre dos señores: uno decía que se refiere al verde del pijcho de coca en la boca, en el pico del paceño. El otro decía: “no es así, se refiere a las primeras botellas de la cervecería boliviana, unas botellas verdes, le cascaremos unas verdes decíamos, bachilleres”. Hoy me quedo con el asunto del pijchar, pues soy —desde hace una década— un masticador de coca militante y puntual, un pico verde de verdad. Así, saliendo del bajón, llenando mi cabeza otra vez de música y versos, nació esta canción simple, “tal vez demasiado simple”, según ironizó mi sobrina la intelectual. Fue un hermoso pretexto para volver a la guitarra, a las grabaciones, al compartir música. Nadies cobró un peso, nadies financió el tema, todo fue solidario y colectivo. Eso sí, Segalez tuvo que cargar la parte más dura de editar y mezclar diferentes calidades de audio, además de tocar bajo y cantar. Yuspagara, Mau. Un gracias a Lalo Lanza de Taparaco Arte Video, que se une cosiendo este bello tejido de paceñidad con un video para las redes. Cuatro damas y ocho hombres, mú[email protected] todes paceñes, le regalamos este 2022 a La Paz, nuestra ciudad, esta música con todo amor: Chuquiago Marka, Jallalla. ¡Que viva mi La Paz!

(*) El Papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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Yotsugi San

Por El Papirri

/ 4 de julio de 2022 / 14:19

CH’ENKO TOTAL

Cuando el presente está un poco triste y el futuro no existe, nada mejor que recordar. Qué será de la vida de mi amigo Yotsugi san… Lo conocí en 1990, en la isla de Kyushu, al sur de Japón. Yo vivía en Fukuoka, una ciudad pujante, al frente de Seúl. No conocía a nadies, no entendía el idioma, estaba a punto de colgar los cachos y retornar a Bolivia. Fueron los espíritus superiores los que mandaron a Yotsugi san a tocar el timbre de nuestro departamento. Abrí la puerta y me asusté, era un japonés corpulento que traía un LP vinilo que decía en la tapa “Bolivia”.

—¿Sumimasen, anata wa deska?— me preguntó en urgencias, agachándose tres veces y señalando la tapa del vinilo con un dedo.

—Nihongo wakarimasen— respondí, diciendo “no entiendo” y acercándome en miopía a la tapa del disco.

Era un disco boliviano, encabezaba el LP Zulma Yugar, luego Savia Andina, Los Kjarkas, Enriqueta Ulloa, Grupo Proyección, y al final estaba yo, con mi canción Hoy es Domingo, se trataba de una compilación que desconocía, todos pertenecíamos al mismo sello discográfico.

— Jai, watashi desu— le respondí en positivo, señalando con el índice la punta de mi nariz.

—Ohhhhh, sugoyyy— respondió admirado.

Y se lanzó a mis pies…

— ¡Sensei! ¡sensei! Monloy san, sensei desu— decía desesperado mientras abrazaba mis pies de maestro.

Me costó mucho incorporarlo, no quería mirarme a los ojos. Ya incorporado le dije que pasara, se sacó las botas rudas, no quería ingresar a la pequeña sala. “Sensei, sugooy”, seguía repitiendo como en oración. Lo invité de nuevo, ingresó con medias y de puntitas a la sala con piso de tatami, yo ya estaba un par de meses tratando de salir adelante en Fukuoka y sabía que haciendo reverencias todo iba bien.

—¿Kono LP, itsu Monloi san jiquimaska?— preguntó, tartamudeando, cuándo había grabado ese disco.

Ahí nació un diálogo con señas, mezclado con palabras en inglés. Yotsugi san traía un diccionario japonés-español que consultaba nervioso, con gran expresión teatral se inició aquella amistad musical.

Al otro día Yotsugi san trajo una guitarra Ovation, electroacústica, maravillosa, estaba de moda en EEUU y Europa, le entendí que quería que yo le enseñara a tocar.

—Domínguez, onegaishimasu— repetía.

 En la época yo no tocaba nada de Alfredo. Pero Yotsugi traía un casete con piezas del guitarrista tupiceño. Fue allí que conocí Por tu senda y la saqué de oreja para enseñarle a mi primer alumno nipón. Luego esa pieza inició mis conciertos durante 15 años. Yotsugi san venía lunes y jueves y se quedaba de 4 a 6 de la tarde. Venía después de su trabajo que, entendí, era de técnico de cables de luz. Gracias a aquel amigo pude ir aprendiendo algo de japonés. Su obsesión era aprender a tocar la chacarera y aplicar este ritmo a algunos temas de Ernesto Cavour. Y yo sí que sabía tocar el ritmo, todos los veranos de mi infancia me había vestido de chacarera en el patio de mi abuelo Andrés.

Gracias a Yotsugi san empezaron a salir tocadas, él averiguó que había un curso de japonés en el Ryo Gakusei Kaikan, el edificio de estudiantes extranjeros donde vivíamos; escolar, me fui a aprender con las esposas de los becarios, todas africanas y chinas. Con el amigo fuimos armando un repertorio de 45 minutos a su gusto que luego yo estudiaba en la mañana, aquel repertorio incluía 20 minutos de piezas instrumentales latinoamericanas para guitarra y algunos hits latinos. Gracias a los casetes de Yotsugi saqué al oído el tango Adiós Nonino de Astor Piazzolla, él me trajo fotocopias de las partituras de los valses venezolanos de Antonio Lauro, de Danza Característica del cubano Leo Broawer, del Choros Nro.1 de Heitor Villa-Lobos, aún no existía el internet. Al oído y con gran esfuerzo trabajamos alguna bossa nova. Le encantaba mi manera de pulsar la rítmica de la mano derecha en la bossa, mi versión de Corcovado lo hacía vibrar. Escuchaba con los ojos cerrados lo que yo tocaba, luego le pasaba la guitarra y él trataba de imitarme. En seis meses Yotsugi san logró interpretar algunas de esas piezas, pero con la chacarera nada, che. En su auto fuimos hasta la ciudad de Kita Kyushu, a unas cuatro horas de donde yo vivía, a participar en mi primer concierto público japonés, en el Teatro Municipal de esa ciudad. Entendí que era un concierto de despedida a un japonés que se iba a Bolivia a estudiar charango, el Teatro de unas 400 butacas estaba lleno. Toqué aquel repertorio de 45 minutos que Yotsugi escogió, inicié con los temas en guitarra, luego tres bossas tocadas y cantadas, más dos boleros de Los Panchos, siguiendo con Hana no matsuri (El Humahuaqueño) y una morenada en japonés que Yotsugi san me ayudó a traducir y que decía así: “Jora, jora, odore, kio wa mastsuri/ Andes no Jaru/ Te bioshi ta ta ta/ Ashi bioshi ta ta ta / tanoshimashoo”. O sea: “Morenada cantaré, morenada bailaré con alegría/ con las manos ta ta ta /con los tacos ta ta ta/ Viva la fiesta”. Éxito total, ovación nipona. La segunda parte entró a escena el grupo de Yotsugi, se llamaban “Los ubanquiacas”, nunca supe que significaba aquel nombre, tocaban éxitos de música andina envueltos en ponchos de Tarabuco. Al final, ingresó a escena el japonés viajante tocando dos solos de charango, ¡además de konkhota!

Luego de un año de clases, Yotsugi se fue a trabajar a Tokio y no lo vi más. Mi recuerdo más querido para Yotsugi san, aquel amigo que hace 30 años me sacó de una soledad asiática muy parecida a esta actual cochabambina. No pude ubicarlo en el feis porque nunca supe su apellido, él decidió presentarse con su nombre, al estilo latino. O sea, es como si se llamara “Juan san” y buscaras un Juan en el feis. Grave, che.

(*) El Papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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Una ideíta

Por El Papirri

/ 19 de junio de 2022 / 23:12

CH’ENKO TOTAL

Hace tiempo que me persigue una ideíta, una intuición, y como soy un metiche, se las cuento. Sabemos muy poco sobre nosotros. No me refiero a los especialistas, a los historiadores, a los antropólogos y cientos de “ociólogos”; es posible que ellos sepan sobre nosotros, sobre Bolivia, tal vez discuten entre ellitos nomás, en simposios y publicaciones especializadas con traducciones al inglés. Pero… ¿y nosotros? ¿Y el que camina en minibús? ¿Y el público teleférico? ¿Y nuestros escolares? ¿Saben quién fue, por ejemplo, Juan Wallparrimachi, el poeta y guerrillero antiimperialista quechua? Tal vez sepan algún cliché, con retrato de dudosa procedencia, info congelada en los manuales de historia al estilo almanaque Bristol. Pero: ¿los niños bolivianos sienten en su corazón, en su sentipensante, a Juan Wallparrimachi Mayta?

Juan muere en combate alcanzado por un tiro de arcabuz nada menos que el 7 de agosto de 1814, guerreando contra el imperialismo español en la batalla de Las Carretas. Este joven hipersensible, intenso, poeta quechua, agarra las armas originarias y pelea en los ejércitos libertarios. ¿Libertarios de quién? Del imperialismo español pues… que nos tenía a todos los mestizos e indígenas jodidos, marginados, esclavizados, exiliados en nuestra propia tierra, al decir de la proclama paceña, subversiva, insurrecta del 16 de julio de 1809.

El poeta y guerrillero quechua murió a los 21 años de edad. Se sabe que nació el 24 de julio de 1793. ¿No sería hermoso tener una narrativa corta, pedagógica/difusora, pero con buen músculo y sostén histórico sobre este joven valiente quechua? Sería sublime invertir desde el estado en productos artísticos que hagan llegar a nuestras almas populares la vida de hombres y mujeres que forjaron la bolivianidad. Novelas, poemas, dramaturgia, películas, video redes, canciones que logren un tatuaje de bolivianidad en el alma del pueblo, una estrategia anual que construya en goteo vital el ajayu de la patria. No tenemos, intuyo, una narrativa compacta de la bolivianidad, considerándola como el concepto cualitativo, dinámico y continuo que condensa lo mejor de Bolivia, el sumun de Patria, las vanguardias y sus subversiones. Identidad tenemos… y mucha. Harto chicharrón hay. Alguna vez la identidad fue revolucionaria, el Gran Poder es “reconocido” recién como hecho cultural a partir de 1970. Sin embargo, las identidades, intuyo, se van con el tiempo vaciando en postales de imparcialidad si no se licúan en constancia hacia el sumun cualitativo que cuaje en la bolivianidad, sentimiento y pensamiento que genera una sana y dinámica autoestima popular, un orgullo verdadero y profundo de ser bolivianos, de pertenecer a la patria de Wallparrimachi.

Parece que durante todo el siglo XIX los intelectuales y artistas bolivianos que debían generar bolivianidad estaban con la cabeza en Europa, colo-nizados. Con algunas excepciones: la pirotécnica de la bolivianidad. Estas excepciones son las que deberíamos valorar y visibilizar, pues creo que todos ellos y ellas se jugaron la vida por una Bolivia con autodeterminación, siempre insurrecta, rebelde, humanista, progresista, igualitaria, que lucha contra racismos, terratenientes, imperios, vengan de donde vengan.

Juan Wallparrimachi Mayta merece ser recordado, renovado, sentido, apropiado, recitado, amado por los niños y jóvenes bolivianos. Se dice que solo quedan 12 poemas en quechua de su autoría. Hay traducciones al español. Sin embargo, hay una ausencia bibliográfica y biográfica que invisibiliza a los Wallparrimachi, a nuestros hitos de la bolivianidad. Pensando en los productos artísticos en torno al hito, parece que hay una trama, una bella historia de amor en la vida de Juan, ideal para motivar cuentos, novelas, hacer guiones, teatro, componer canciones. El joven rebelde decía en un poema: Solo en ti pienso/ a ti te busco/ si estoy despierto. Parece que Juan estaba enamorado de Vicenta, una joven mestiza entregada a la fuerza en matrimonio a un viejo andaluz. Juan y Vicenta se amaron profundamente, Juan murió en la guerrilla, Vicenta murió por amor al guerrillero en total soledad: fue expulsada de su casa, de su territorio y enviada como monja a Arequipa hasta el fin de sus días. Le decía Juan a Vicenta: ¿Cómo pudiera hacer/para peinar con peine de oro/ tu negra y encantada cabellera/ y ver cómo ella ondula alrededor de tu cuello? En quechua: ¿Imaynallatan atiyman /yana sh’illu chujchaykita/ Qori ñajcha awan ñajchaspa/ kunkaypi pujllachiyta?

  ………………….

Acabo de echarme una siestita, soñé que una autoridad decía: nuestro consejo de la bolivianidad, consejo multidisciplinario, ha resuelto que el año 2023 sea declarado el Año de Juan Wallparrimachi Mayta. Soñé que se instruía a los ministerios involucrados recabar la mayor información posible y generar una sustentada narrativa sobre nuestro héroe nacido en Chayanta, para su difusión inmediata. Soñé que yo le hacía una canción a Juan para una serie que sostiene el Estado Plurinacional con el objetivo de enriquecer y difundir en todas las unidades educativas el ajayu patrio y la bolivianidad. Soñé con un niño alteño recitando los 12 poemas de Juan Wallparrimachi, joven guerrillero antiimperialista, comandante de las tropas de Manuel Ascencio Padilla, que agarraba a warak’azos a la antipatria. Soñé que ese consejo proponía que 2024 sea declarado el Año de Gualberto Villarroel, quien fuera asesinado por la antipatria, colgado de un farol por querer hacer realidad la abolición de la esclavitud indígena; soñé que se inauguraba un museo vivo en su honor, en su tierra, Punata. Soñé que 2025 fue declarado Año de Juana Azurduy, la guerrillera heroica. Soñé que la bolivianidad existía, latía diariamente en los corazones de nuestra gente. Solo es un sueño, una ideíta, por metiche nomás. Hey dicho.

(*) El Papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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Mi primer Silvio

Por El Papirri

/ 6 de junio de 2022 / 10:21

CH’ENKO TOTAL

Ahora que todo está oscuro y triste me agarro de una luz siempre viva: Silvio Rodríguez. Escucho su primer disco oficial, el hermoso Días y flores, es del año 1975, son 11 canciones, 44 minutos sagrados, disco grabado en la histórica EGREM con arreglos del pianista Frank Fernández. Es de esos discos en que cada canción es una joya, me remite al destierro mexicano tras el narcogolpe de García Meza. Sin embargo, el disco en versión casete lo conocí en 1979, era objeto prohibido, regalo de un hermano del alma, Iván Nogales; me había visto debutar como cantautor en el Paraninfo de la UMSA, Iván era un colegial, me abrazó y regaló aquel casete que transmutó mi vida musical. Hoy me interesa ponderar los inicios de este genial cantautor cubano.

Cuando estalla la Revolución Cubana, Silvio tenía 12 años, era un niño migrante interno, su padre había decidido trasladar a la familia Rodríguez Domínguez del natal San Antonio hasta La Habana y cambiar de oficio, de campesino a carpintero-tapicero. “Es diferente ser un niño pobre de la ciudad que un niño pobre del campo”, dice Silvio, en una entrevista nutritiva con el periodista argentino Fena Maggiora. Cuenta en la misma entrevista que cuando la revolución nacía, la familia escuchaba en la clandestinidad Radio Rebelde y que jugaba con sus amigos a los soldaditos, los con casco eran los gringos, los con sombrero los nuestros. “Así conocí al Che en esos soldaditos, antes de conocerlo de verdad”, recuerda. A los 14 años, Silvio se va al monte a alfabetizar, era 1961, año de la educación popular, Fidel les pide a los adolescentes y jóvenes cubanos dar un año de su escuela y alfabetizar a todo cubano vivo. Ahí lo tenías a Silvio, niño/ adolescente montado en una mulita, con su boina calada, yendo a alfabetizar como parte de los 100.000 jóvenes integrantes de las Brigadas de Alfabetización Conrado Benítez, hacia las montañas del Escambray, era la primera vez que salía de casa. Y todo un año lectivo. Esta experiencia le marcaría el alma, alfabetizar en una choza a una familia campesina muy pobre comiendo arroz y manteca… y mangos. Al final del año, con la misión cumplida, es hermosa la toma de estos niños/jóvenes cubanos marchando orgullosos por La Habana. En vez de fusil, un lápiz gigante: Cuba era declarada territorio libre de analfabetismo en dos años de revolución.

En 1962, con 15 años, mientras hace la escuela, decide paralelamente trabajar como dibujante y caricaturista en el periódico Mella, tiene como maestro al gran dibujante Virgilio Martínez. En 1964 debe incorporarse al servicio militar obligatorio, tres años de cuartel, época dura, los gringos amenazaban con invadir Cuba a cada rato. Es en el cuartel que conoce la guitarra, compone sus primeras canciones, le da duro a la lectura, conoce a Vallejo, a Hemingway, a Conrad: lee, toca, dibuja, compone mientras hace su preparación en las armas. Este encontronazo con el instrumento gesta al gran compositor que este año cumple 76 años y tocará en México el próximo junio. “Aquellas primeras canciones se me habían aparecido para entretenerme en las interminables noches de campamento y para mi sorpresa distraían también a mis compañeros”, cuenta en el libro Canciones del mar. Me encantaría escuchar esas primeras canciones de Silvio ingresando al dígito dos, sobre todo el bolero Saudade y La cascada, ambas dedicadas al primer amor.

Terminando el cuartel, en 1967-68, Silvio sorprende: es conductor de un programa de Tv-Cuba de nombre Mientras tanto, conduce y canta aquellas primeras canciones. La gran cantante Omara Portuondo es entrevistada por Silvio en ese programa y conoce La era está pariendo un corazón, que graba de inmediato en un disco. El Che había caído en Bolivia, nacía Fusil contra fusil. Pero lo sacan del programa de Tv… al respecto se maneja una leyenda que dice que fue porque expresó al aire y en vivo que le gustaban Los Beatles. Lo cierto es que fue un combo de cosas que pasaron. Silvio no quería obedecer guiones, no deseaba cortarse el pelo ni ponerse smoking para conducir, era un rebelde de verdad, los burócratas comunistas no sabían qué hacer con él. Entonces decide volver a la aventura, en septiembre de 1969 resuelve enrolarse en el motopesquero Playa Girón, tenía 22 años, era uno de los 100 jóvenes cubanos que tenían la misión de traer pescado a la isla y cambiar la costumbre alimenticia cubana, pues no se comía pescado. Fue en alta mar, en 125 días de navegación, en su camarote de pescador, que inventó 62 canciones, un promedio de ¡dos canciones por día! Gracias a su amigo Francisco León, lleva una grabadora a casete y tres cintas de 90 minutos, allí las grababa. Es una gran sorpresa para mí que la hermosa canción Ojalá haya sido compuesta en aquel barco pesquero, en el texto Canciones del mar se puede ver que fue compuesta el 23 de diciembre de 1969, es la número 43 de las 62. Debo partirme en dos, Resumen de noticias, El rey de las flores, Al final de este viaje son también compuestas en aquel barco. La bella Playa Girón, compuesta en alta mar el 30 de octubre de 1969, es la única que ingresa en el disco Días y flores, disco que sería grabado en 1974 entre los afanes formativos del Grupo de Experimentación Sonora que coordinaba el genial compositor cubano Leo Brouwer. Días y flores fue censurado por el franquismo en España y en Chile por el pinochetismo, sin embargo, se dio formas de salir, las canciones Santiago de Chile, Playa Girón y la propia Días y flores fueron censuradas y suplantadas por otras canciones. Cosas de los sellos discográficos. Hasta aquí mi primer Silvio. 

(*) El papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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