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‘Nuestra muerte era la noticia del día’

Historias que se viven alrededor del gramado del templo futbolero

/ 4 de junio de 2017 / 04:00

El periodismo deportivo no es un trabajo sencillo —¿algún oficio lo es?— porque exige que no solamente la voz o los oídos estén al acecho, implica también que los ojos, y la memoria, hayan aprendido a moverse a la velocidad de los movimientos de los deportistas. Y es que el periodismo deportivo le exige a quien lo ejerce que tenga, también, espíritu de atleta. “Es un oficio veloz”, dice Eduardo Lima, quien será puesto de cancha en la transmisión del popular programa radial Futbolmanía en el clásico de este domingo de sol. Bolívar vs. The Strongest es, históricamente, el partido más importante del fútbol nacional. Tal rivalidad amerita que los protagonistas se preparen para un evento mayor. Y más ahora que puede que el resultado permita vislumbrar al próximo campeón.

Se preparan los futbolistas, hace una semana, con miras a este juego. Se han preparado los periodistas que cubrirán el partido de una manera similar a los jugadores: los días previos han tenido en mente el clásico. Eduardo, junto a otros trabajadores de distintos medios —televisivos, escritos, radiales—, espera la llegada de los jugadores en el túnel que antecede a la puerta cuatro del estadio Hernando Siles. Hace un frío que contrasta con el sol que brilla afuera. Sostiene el micrófono mientras escucha la transmisión en su celular. Las cabinas viven su propio partido. El público ha llenado las tribunas. El ruido de algunos gritos extraviados y del ensayo de los cánticos de la hinchada desciende, leve, hasta este pasillo.

Un clásico es un cuento más en una sucesión de historias. Antes de este juego ha habido muchos otros y después habrá más. Eduardo recuerda un viaje a Uruguay, “es algo que me ha marcado la vida”, aclara, antes de contar la anécdota. El 29 de abril de 2014, The Strongest jugaba su clasificación ante el equipo violeta de Montevideo, Defensor Sporting. “Es algo que siempre recuerdo”, insiste Eduardo. Y así como la vida de un ser humano podría verse como la repetición de otras vidas, un partido de fútbol es la repetición de otros. Pero cada vida es distinta, lo sabemos, y cada partido también lo es.

Los futbolistas bajan del bus que los trajo al estadio y los periodistas se arremolinan, corren, buscan la voz, persiguen imágenes, anuncian. Cuando los protagonistas entran a los camerinos, retorna la calma expectante que reinaba antes de su llegada. Esperan las alineaciones. A Eduardo le ha tocado cubrir a Bolívar y recibe una hoja con los nombres de los futbolistas que irán a la cancha y a la banca de suplentes. Un par de días antes, él aventuró la alineación celeste: acertó. Este hombre trabaja en las transmisiones de Futbolmanía y es el director de contenidos y conductor del programa CD7, de Bolivia TV, el canal televisivo estatal. Le tomó poco más de diez años de esfuerzo llegar hasta este momento. Cuando salió del colegio, cuenta, siempre tuvo claro qué es lo que quería hacer.

Por eso, buscó un instituto donde enseñaban periodismo. Allí, el docente era un apasionado del deporte y transmitía partidos para una frecuencia AM. La primera vez que pisó el estadio, desde otra perspectiva, porque, como espectador, asistía a menudo, fue gracias a una invitación de este profesor. “Me hacía cargar cosas”, rememora, “una vez hasta me hizo sacar una credencial falsificada. Recuerdo como cinco años sin haber tenido ninguna paga”, dice, mientras cuenta que, en ese lapso de tiempo, ha estado en distintas radios, siempre intentando estar cerca de los acontecimientos deportivos. “Lo primero que gané gracias al periodismo han sido 150 Bs”, recuerda, “cuando me invitaron a hacer puesto de cancha”. “¿Te pagaban esa cantidad por partido?”, le pregunta quien escribe. “No, no”, dice Eduardo, “era mi paga mensual”, y sonríe.

En el estadio Franzini, de Montevideo, Defensor Sporting derrotaba por dos goles a cero a The Strongest, con lo que empataba la llave —el aurinegro había ganado por el mismo resultado en La Paz— y forzaba a dirimir en penales al clasificado a cuartos de final de la Copa Libertadores. En las tribunas, estaba Eduardo. “Llovía”, recuerda, “y esa vez no nos dieron ni siquiera una cabina, así que teníamos que relatar desde las graderías”. Sin embargo, recuerda con admiración los estadios argentinos ya que allí “al fútbol no lo tratan como a un partido más”, adonde Código Fútbol, su emprendimiento personal, habría de llevarlo. “Yo había alistado mis apuntes, como hago aquí, pero allá te dan todo, desde las alineaciones hasta la historia del club, los logros, lo que han hecho en la semana”, dice Eduardo cuando recuerda su paso por las canchas de Vélez Sarsfield y River Plate, en Buenos Aires, la capital argentina.

Periodista. Con los ojos atentos en el papel y la voz pronta y clara, Eduardo Lima, como puesto de cancha, informa todo aquello que acontece en la intimidad de la cancha. La cercanía con los protagonistas del juego le da una perspectiva distinta a la que viven los espectadores e incluso los relatores y comentaristas de su programa radial.

Después de haberse entonado el himno paceño, el pitazo inicial no fue vivido de la misma manera por los protagonistas —muchos de ellos llevaban la mano al césped y miraban al cielo pidiendo alguna iluminación— ni por los espectadores —que aplaudían a sus equipos— ni por los periodistas —que adoptaban una postura más rígida, los ojos bien abiertos, los bolígrafos listos para el apunte y los micrófonos listos—. La pelota rodaba de un pie a otro mientras un dron se elevaba por los aires.

Entonces Leonel Justiniano recibió la pelota a poco de ingresar al área rival, hizo un amague para deshacerse de los defensas que lo perseguían y remató, su disparo se coló por debajo del cuerpo del guardameta Daniel Vaca y se introdujo en las redes. Algunos de los periodistas que también hacían puesto de cancha apretaron los puños, haciendo lo posible por disimular su alegría. Los pasapelotas —todos ellos de las escuelas de fútbol académicas— celebraban saltando. Muchos policías, cuya misión es vigilar a los espectadores, no resistieron la tentación y desviaron la mirada hacia la celebración. Es curiosa la sensación de totalidad que se siente desde el borde de la cancha, esa orilla hacia el breve océano verde donde todo sucede. Si el césped puede ser un pequeño mar, las graderías llenas son como el cielo. Llegó el gol de Bolívar y el cielo se dividió en dos. Por una parte, la algarabía celeste y, por otra, el silencio aurinegro.

  • El error

“¡Terrible error de Vaca!”, decía otro puesto de cancha subrayando las eres, “¡Terrrrrrrrrible!”. “La gente no entiende que los jugadores tienen familia, tienen sentimientos, tienen problemas como tú o yo”, dice Eduardo después. También menciona a los jugadores extranjeros, “no todos, claro”, dice, “solo vienen a extender la mano para cobrar”, en cambio, “los jugadores bolivianos lo viven de una manera distinta”, explica, “muchos de ellos son igual a nosotros, a pesar de su recorrido y aunque tengan plata, autos y mujeres”.

Justiniano se dejó caer el suelo cuando celebraba. Su hermana había fallecido hace poco y las lágrimas lo inundaron. Sus compañeros lo levantaron del suelo, el partido, como la vida, debía continuar. A poco de que Bolívar anotara el primer gol, The Strongest se lanzó al ataque y, a raíz de un tiro libre desde un sector próximo al área grande, Wálter Veizaga anotó el empate… o eso parecía. La curva sur del Siles ya empezaba la celebración cuando se vino un silencio plagado de murmullos: el banderín del juez de línea estaba levantado.

No se supo, en ese momento (ni después) por qué se había anulado el gol. En las repeticiones televisivas no se puede advertir que haya existido un off side o una falta. “Era un gol legítimo”, dice Eduardo, un día después y acota: “Eso es lo lindo del fútbol boliviano, es rústico, no es como la Champions donde todo es perfecto y tienen árbitros hasta detrás del arco, ver la Champions es como jugar en el Play Station, pero, en el fútbol nacional, puedes quedarte discutiendo una semana si el gol anulado estuvo bien anulado o no”. Jorge Flores se apresuró en un saque lateral y, tras un rebote, la pelota le llegó a Ronnie Fernández, que aguantó la marca antes de darse media vuelta y fusilar a Vaca con un violento remate esquinado. El ritual de los sonidos se repitió, la división del estadio.

Eduardo informa, desde su perspectiva, qué es lo que ha podido observar de esta jugada. “Futbolmanía es una escuela”, cuenta, cuando se refiere a su actual fuente de trabajo, “Gonzalo es muy buena persona”. Gonzalo Cobo es el conocido relator de fútbol que dirige este programa, el “Sísísísísí” con el que grita sus goles es una marca registrada. “Aquí aprendí mucho, siempre digo que hay que ser agradecido con lo que uno recibe”, insiste Eduardo.

Una pelota perdida en el mediocampo propició un centro al área que Alejandro Chumacero aprovechó para, adelantándose a Edemir Rodríguez, anotar el descuento con un violento cabezazo. Mientras el autor del tanto corría con la pelota en brazos hacia el medio para apurar la reanudación del juego, el ritual en el estadio se repitió: el silencio se trasladó a la mitad norte del estadio mientras en el sur se celebraba.

Pasapelotas. Los encargados de apresurar el juego también viven su propio partido. Venidos de las escuelas bolivaristas, tienen la misión de obedecer a los jugadores celestes, quienes, cuando van ganando, les dicen que aireen el juego con pausas. En esta ocasión, los aurinegros los apremiaban para que actúen.

“Siento un cariño especial por el Strongest”, dice Eduardo, “sobre todo por lo que me dio, la oportunidad de conocer Sudamérica”. The Strongest, en ese partido de abril de 2014 al que ya nos hemos referido, quedó eliminado en la tanda de penales. “A mí me tocaba cubrir al Tigre”, recuerda Eduardo, “los veía cada día a los jugadores, y te identificas un poco, compartes sus alegrías, compartes sus tristezas”. Cuando retornaban de aquel viaje, en un vuelo chárter, y a la hora y media del recorrido, el avión empezó a hacer movimientos bruscos. “Estábamos todos dormidos”, cuenta Eduardo, “y empezamos a sentir olor a quemado”.

En la cancha, en este clásico, al calor del dos a uno, que, según tantos técnicos, es el resultado más peligroso en un partido por el cansancio del provisional vencedor y el renacer de la esperanza del momentáneo derrotado, Juan Carlos Arce está en el suelo. Desde el borde de la cancha no se puede ver bien qué sucede. Arce se levanta y le pega un cabezazo a Luis Maldonado. El árbitro le saca la tarjeta roja.

El técnico aurinegro decide cambiar al agredido. Ambos jugadores se aproximan al túnel y hacen el amague de continuar la pelea. La Policía interviene. Los periodistas se aproximan al lugar del pleito. Hay intercambio de gritos, estamos cerca, pero se escucha poco, la tribuna es todo ruido. Sin embargo, ¡qué pequeña se ve cualquier pelea cuando se recuerda que estuviste en un avión a punto de caer!

En el avión, el olor a algo quemándose y, después, la caída de las máscaras de oxígeno y las indicaciones de las azafatas nerviosas, han contagiado de pánico a los temporales habitantes de la nave. “Lo único que haces en ese momento es orar, pensar en tu familia, en las cosas malas que has hecho, el avión subía y bajaba, era una montaña rusa”, cuenta Eduardo, “uno que otro se animó a sacar una selfi, tienes que hacer algo para olvidar, todos reaccionan distinto, otros tomaban alcohol, a mí se me vino a la mente Viloco, gritaban, las azafatas no sabían qué hacer”. Tras media hora en esta turbulencia, el avión descendió en Cochabamba. Supieron que un motor se había quemado. Se salvaron de la tragedia por poco. “El avión aterrizó y todos aplaudieron”.

Se quedaron un par de horas en el aeropuerto cochabambino. Pero los periodistas no podían relajarse, “nuestra muerte era la noticia del día”, explica Eduardo. Debían enviar informes a sus canales, hacer entrevistas a los jugadores, que no deseaban hablar en ese momento. Tomaron otro avión hacia La Paz, en el aire sufrió el vaivén de la turbulencia, pero era un pequeño recordatorio del susto, nada más, no era nada tan grave como la ausencia del motor. “Llegamos a las siete de la mañana, nos esperaba una cadena grande de noticias, nosotros éramos los sobrevivientes”, recuerda Eduardo, “nadie se fue a su casa, todos se fueron a sus canales para contar lo que había sucedido”.

Un pase en profundidad de Ronald Raldes fue recibido por Leonel Justiniano —la figura del clásico 205 de la historia liguera— quien, con el cintillo de capitán tras la lesión de William Ferreira, amagó para que el defensor aurinegro Fernando Marteli pasara de largo, amagó una vez más para confundir a Daniel Vaca y anotó con un disparo decidido el tercer gol, el definitivo. Desde la casamata, el otrora capitán celeste y símbolo, Wálter Flores, salió con los puños en alto para celebrar el gol abrazando a Justiniano. No tardó en acabar el partido. Los jugadores de The Strongest se fueron veloces a los camerinos. Solo había espacio para los vencedores sobre el césped. Y los periodistas entraron al campo de juego para conseguir notas con esos rostros sonrientes que fueron hacia la curva norte para agradecer el aliento de la hinchada festiva.

Un clásico no se gana todos los días. Ni siquiera aunque éste signifique, en apariencia, un número más acotado a la tradición, el triunfo 85 ante 51 de The Strongest sin contar los datos anteriores a la existencia de la Liga. Los hinchas de The Strongest buscan consuelo en el antepenúltimo clásico, el que les dio el título del último campeonato de 2016, mientras salen del estadio. En el fútbol, como en la vida, siempre hay revanchas.
Eduardo tenía un proyecto ambicioso, que se denominó Código Fútbol, un programa radial que buscaba “competir de verdad”, es decir “hacer transmisiones no solo de fútbol, y tener programas diarios”. Por un tiempo se alejó de Futbolmanía para darle vida a este emprendimiento. “Pero pagué mi derecho de piso”, dice, rememorando los inicios, la inversión, la estación radial “trucha” que le cobraba bastante. Hasta que pudo transmitir en la radio Cruz del Sur, un medio legal, de trayectoria, y los ingresos por publicidad empezaron a mejorar. Pero el déficit era incontrolable para su economía, “debía como 20.000 Bs, entonces, decidí parar”. Fue una pequeña derrota cerrar su proyecto, “pero lo intenté”, dice, orgulloso, “supe qué es ser jefe por dos años y medio”.

Eduardo sabe que las derrotas, como las victorias, son efímeras, y que, aunque no quiera pensar en eso de momento, quizás el futuro le aguarde la realización de su sueño, “un programa propio”. “Estamos en Bolivia”, finaliza, “y Bolivia es el país de las oportunidades”. l

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Mario Conde, la medida para distraer al pudor

La exposición ‘Los malqueridos’ de Mario Conde está en la galería Eter de la calle Batallón Colorados

Mario Conde y Los malqueridos

Por Ricardo Bajo Herreras

/ 7 de abril de 2024 / 07:07

“Al que se acuerde del título de uno de los dos cuadros que se robaron de exposiciones del Marito le regalamos una obra”. Los asistentes a la inauguración de la última exposición de Mario Conde en la galería Eter afilan la memoria. Uno de ellos balbucea un título. Nada, “janiwa”. “Al que se acuerde de cuántas novias ha tenido el Marito, le regalamos otra obra”. La fiesta de inauguración de la muestra Los malqueridos termina a altas horas de la madrugada en los bajos de la galería, en Latinos, el mítico boliche de la Batallón Colorados. 

“Tengo obras en mi casa que no han salido, algunas son de 2011, otras son desnudos”, le dijo un día Marito a Luis Gómez, el codirector de la galería. Así, en charla casual, comenzó la idea de la última muestra de Conde. “Pinto poco y vendo mucho”, me dirá después Mario amasando como pocos la ironía, otro de sus talentos. 

Semanas después, nueve acuarelas, tres grafitos y una tinta están colgados en las paredes de la flamante galería Eter, espacio cultural inaugurado en agosto del año pasado con una exposición de la vasca francesa Dominik Senaq. Nota mental uno: aviso para navegantes, la Eter es la única galería que no cobra porcentaje a los y las artistas. 

Mario-Conde-pudor

“Se trataba de colgar obras producidas en los últimos años de su trabajo pero no para resumir su trayectoria o contar algo a la gente. Ni Mario lo requiere ni está tan viejo. Esto es, más bien, una no-retrospectiva, una juntucha desenfadada que pide para estas obras otra miradita. A Mario Conde le gustaría ser recordado como un buen humorista. Aunque la peculiar acidez que impregna sus cuadros, de la broma a la burla, no esté exenta de quejas ni algo de rabia”. Así reza parte del texto que te da la bienvenida a la muestra. 

La primera acuarela, entrando a mano derecha, es un desnudo. Es el único que se ha vendido —de momento— después de tres semanas de exposición. Ha sido comprado a plazos. Una mujer sentada en una silla. Tacos y piernas abiertas. Desafiante, se cubre el sexo con las manos. Te mira fijamente. No sonríe, por tu bien. En las sillas alrededor del piso de azulejos aparecen vitrales de iglesia. En el fondo, los colores caprichosos de un cuadro abstracto. 

—¿Por qué crees que no se venden estos desnudos?—, le pregunto al Marito después de ver sus “malqueridos”. 

Mario Conde Cruz nació el 22 de julio 1956 en La Paz. Estudió en la Academia Nacional de Bellas Artes Hernando Siles.

—Vendo desnudos pero muchas veces me dicen: “¿qué va a decir mi mujer? ¿dónde cuelgo el cuadro? Tengo wawas”. Otros me cuestionan: “¿por qué no pintas desnudos masculinos?”. Que los hagan las mujeres pintoras. Para mí, la mujer es más bella que el hombre, es una cuestión estética. Por cierto, si una galería no tiene un desnudo expuesto, no es una galería. 

La Eter no tiene un desnudo, tiene cinco. Y de Mario Conde, uno de los más grandes del arte boliviano. Por eso, sus cuadros en esta muestra están colocados a su altura. De su hombro para abajo. Conde es la medida de todas las cosas. 

La obra más veterana de las “malqueridas” es una acuarela en sepia. Un caminante deformado se abre paso entre armonías tonales y composición. Parece un dibujo o una aguada. Es un tributo a su amado Francis Bacon. Es como muchas obras de Mario, puro enigma. Magnético, eso sí. “No se vendió, creo, porque a la gente le gusta el color, somos colorinches”, dice Conde. Nota mental dos: su idolatrado Bacon si pintó desnudos masculinos. 

Frente a la obra, esperan Las tres Ces. Marito tiene muchas animadversiones, una de ellas es su rechazo atroz a poner títulos a sus cuadros. Normalmente, otros hacen ese trabajo sucio por él. Un galerista tituló así el cuadro: Las tres Ces. Son un cocalero, un cooperativista minero y un contrabandista con un extraño parecido a Joaquín Sabina. Los tres posan en collage mientras un desnutrido cóndor de escudo se precipita al vacío, sobre sus cabezas. 

En la acuarela pegadita al lado, un “Che” Guevara se fuma un dólar. El señor que firma los billetes, como presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, es un tal Mario Conde. “Soy el presidente del Banco Central gringo de Alasitas”, dice el artista que se reconoce como cultor del neobarroco andino (“eso antes de que me digan surrealista”). 

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En las acuarelas de Conde el pasado y el futuro conviven. Mario no admite distinción entre antes y después. Es un hincha de los filósofos jónicos, de la Escuela de Mileto (actual Turquía) con Tales a la cabeza, de aquellos primeros pensadores que dejaron de ver al hombre como un servidor de los dioses. 

La muerte y sus demonios no pueden faltar en una muestra de Conde, por muy “sui generis” que sea. Una de las acuarelas está inspirada por la novela Sobre héroes y tumbas del argentino Ernesto Sábato, un descenso a los infiernos. ¿Es una casualidad que el protagonista —Martín— sea hijo de un pintor fracasado y una prostituta? Los sueños/delirios, el horror, los rostros invisibles y sus nichos, los héroes decapitados, las máscaras y los dioses desconocidos a caballo salpican las páginas de la novela y se cuelan en las acuarelas de Conde. De fondo, suena una banda sueca de “death metal” melódico. Se adivinan gritos de un desollado vivo. Mario Conde se deja la piel (desnuda) en cada obra. 

Cuando vuelvo a los desnudos y pregunto por los tatuajes, Marito suelta una de las suyas: “a veces para que no sean desnudos muy desnudos, para que no se vean tan calatas, pongo una máscara o un tatuaje, es para distraer al pudor”. 

Cuando estamos de salida de la galería, pregunto por aquellos dos cuadros robados. El primero fue sustraído del Museo Plaza de El Prado y el segundo, del Tambo Quirquincho. Al ladrón lo pillaron cuando —arrepentido— regresaba al museo con el cuadro debajo del brazo. Luego confesó el otro robo. Era un fan enamorado. La primera obra se llamaba El teatro de los descubridores y la segunda, Mama Coca. Anótese, caro lector, los títulos. Tal vez, en la próxima “no retrospectiva” de Mario Conde se pueda ganar la lotería.

No deja de llamarme la atención que el local pegado a la galería Eter es una clínica dental. El arte siempre fue como un dolor de muelas para pudorosos y afines. Y la obra de Mario Conde, un grito eterno. 

(La muestra Los malqueridos estará hasta el 16 de abril, martes. Ese día se celebrará otra fiesta, esta vez de clausura. Los horarios para visitar la galería son de 16.00 a 19.00 los lunes, miércoles y viernes y de 15.00 a 19.00, los martes y jueves. Eter se encuentra en el edificio El Estudiante, Mezzanine 1 Local 23, calle Batallón Colorados no. 20). 

Texto y Fotos: Ricardo Bajo Herreras

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Sabores del Sur El Original : Sabrosos picantes capitalinos en la Ciudad Maravilla

/ 7 de abril de 2024 / 06:58

Crónicas gastronómicas

Ubicado actualmente en la zona de Irpavi, este restaurante tiene ya varios años deleitando los paladares paceños con lo mejor de la comida boliviana y especialmente con platillos muy bien logrados de la cocina chuquisaqueña.

En su carta podemos encontrar tradicionales platos capitalinos como el mondongo, el picante mixto, la fritanga de cerdo o el picante surtido, pero también platos de otras regiones como el laping, sopa de maní, sajta, saice, filete de trucha, chicharrón de cerdo o un contundente pique macho.

El lugar abre de lunes a domingo con platos a la carta y almuerzos familiares (estos últimos de lunes a sábado) y cuenta también con un bonito jardín al aire libre, que seguramente será un hit en cuanto paren estas persistentes lluvias. Por lo pronto, se puede saborear su muy bien construido menú dentro de sus acogedoras instalaciones interiores.

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Sabores del Sur El Original

  • Dirección:  Av. Ovando Candia Nº 50, (a la altura de la calle 16 de Irpavi)
  • ☎ Reservas: 76722993  
  • Plato estrella: Picante surtido
  • Rango de precios promedio: Bs 25- 79
  • Estacionamiento: No
  • Atención: Lunes a domingo a partir del mediodía

Contáctenos: Fernando recomienda, Fernandorecomienda, @fernandorecomienda, Correo: [email protected]

Texto y Fotos: Fernando Cervantes

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‘Hotel Hazbin’: entre pecados, música y redención

Vivienne ‘VivziePop’ Medrano ofrece una serie que deconstruye las ideas del infierno

Por Miguel Vargas

/ 7 de abril de 2024 / 06:47

Eso de que un pecador arderá en el fuego eterno y le rechinarán los dientes por los tiempos de los tiempos no va más: Hay sobrepoblación en el Infierno, motivo por el que un ejército de ángeles hace cada año una depuración, exterminando demonios para que entren nuevos caídos. Ese es el planteamiento de Hotel Hazbin (Amazon Prime), serie animada musical que deconstruye los conceptos del bien y el mal, del pecado y la redención.

Con una paleta donde predominan las formas punteagudas y el contraste entre el negro, el rojo y el blanco, la serie creada por la artista estadounidense Vivienne ‘VivziePop’ Medrano, inspirada en creencias judeocristianas y en la demonología, presenta a la cándida Charlie Morningstar, hija de Lucifer y Lilith. Como princesa del infierno, la rubia joven se ha propuesto combatir la sobrepoblación de su reino rehabilitando a pecadores y demonios mediante una insospechada estratregia: la redención hacia la bondad en su Hotel Hazbin.

El programa recurre a estas figuras mitológicas para replantear y explorar los orígenes de lo que consideramos malo y se lo contextualiza en la sociedad actual. Cada personaje representa el lado humano de la virtud y el pecado. Así se presenta a un Adán vanidoso, por tratarse del primer ser humano, sediento de sangre de demonio, a pesar de ser un ángel, y se plantea a Lucifer como alguien que confió en que el ser humano tome buenas decisiones en el momento de tener libre albedrío.

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Hotel-Hazbin

La música —creada en un estilo que navega entre la tradición de Disney y la ópera rock de Broadway— y la animación son la pieza clave para navegar por las aguas pantanosas de los dogmas de fe y cuestionarlos: ¿un ángel que no quiere salvar la vida de un niño demonio debe ser desterrado? ¿Quien es víctima de un proxeneta es un pecador? ¿Obedecer la ley aunque implique una injustica es lo más importante?

En un programa lleno de colores y de notas musicales, los grises se van imponiendo poco a pocoen una primera temprada sin pierde. Y es que más que respuestas, como hace todo buen arte, siembra preguntas que uno mismo debe responder.

Texto: Miguel Vargas

Foto: Internet

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‘El Chaco y después’: la pérdida desde lo femenino

Cárdenas opta por la perspectiva femenina para sus relatos, logrando una re-creación de la Historia antes narrada solo por voces masculinas

/ 7 de abril de 2024 / 06:32

El Chaco y después (2022) es el penúltimo libro del escritor paceño Adolfo Cárdenas (1950-2023) y su último en el género del cuento, publicado por la Editorial 3600. El libro contiene nueve relatos breves divididos en dos partes: la primera parte denominada El Chaco con cinco cuentos (Alajjpacha, Chacharcomani, Sepulturas, Operación Rosita y Felícitas) y la segunda, llamada Y después, con cuatro (El hombre que supo amar, Tío Humberto, La brigada fantasma y Victoria).

Esta colección, que relata la contienda bélica y la posguerra, es un homenaje, según indica el autor en su Nota preliminar, a Óscar Cerruto y su Aluvión de fuego (1935), y a Augusto Céspedes con su Sangre de mestizos (1936); además de Jesús Lara, Adolfo Costa Du Rels, Raúl Leytón y Raúl Otero Reich. Así también, reconoce “la memoria de personas que se convirtieron en personajes y cuyas historias han dado origen a estos cuentos y relatos”: Felicidad, Celinda y Raquel Franco; Isaac Haydar; Humberto Salvatierra; y Victoria y Genara Dick.

Habiendo dado un contexto general del libro, entraremos, sin más preámbulos, a su análisis. Diremos, pues, que los cuentos y relatos de El Chaco y después tienen un evidente hilo conductor: la pérdida. Esta pérdida, además, tiene la particularidad de ser desvelada por lo femenino, destacándose la participación de la mujer ya sea como narradora, como protagonista o desempeñando activamente distintos roles en los relatos, como bien lo señala Daniela Saraí Murillo en la contratapa del texto, siendo de igual modo el mismo Cárdenas quien ya da guiños de ello en su epígrafe que da paso a los cuentos/relatos: “También mi abuela fue a la guerra del Chaco con el grado de lavandera” (Julio Barriga). Sumado a eso, encontramos también que en algunos cuentos/relatos la presencia de la mujer como madre está relacionada con la (p/m)atria-tierra-Pachamama.

‘El Chaco’

En primer lugar, y como decíamos, el hilo conductor es la pérdida, que es puesta en escena desde distintas facetas, las cuales nombraremos en cada uno de los cuentos y relatos. En la primera parte El Chaco, en Alajjpacha, Pelagio pierde la vida en la refriega, suceso del cual nos llegamos a enterar gracias a su madre Ildefonza, cuyo relato comienza en un tono elegíaco llamando a su hijo, al que le sigue las injusticias ocurridas después de su partida: “El Chuquiago grande donde los doctores y generales dicen que la gente del campo debe comprar escarapelas, carnets, pagar impuestos de guerra; los alzamientos en todas partes y los ancianos que se preguntan por qué contraemos obligaciones, pero no derechos”.  A causa de estos atropellos, la narradora convoca al final a una “revolución masiva” y habla de “los sollozos cargados de tiempo y ardor de lágrima tatuada en la mejilla lítica de tu-mi madre, que desde tiempos sin tiempo te-me-nos llama”, haciendo alusión, desde mi punto de vista, a la Pachamama.

En Chacharcomani, Efraín opta por el destierro autoinflingido, el exilio voluntario, por asociarse con el capitán Armaza para reclutar a sus coterráneos, hecho que no descarta el que los militares lo busquen por desertor y sus pares, por traidor. Así, de esa manera, Efraín pierde su tierra, por no ir a “la guerra que nués de nosotros, a defender tierras donde nadies vive y donde solostán los gallinazos y los peones de los blancos del Chuquiago que no sián contentau con hacernos pagar plata pa entrar a la ciudad, ni con hacernos comprar sus documentos dellos”.

 Antes de pasar al siguiente cuento, resaltamos que en los dos primeros la oralidad está claramente presente, tradición que es casi el sello personal de la narrativa cárdenasiana. Si bien de aquí para adelante la oralidad continúa latente, no se encuentra tan marcada como en estos.

Sepulturas narra de manera excepcional la historia de Aniceto Arzabe, quien termina perdido en el monte y notificado como desaparecido. Esta su pérdida en la selva, sin embargo, no es casual, ya que él mismo se interna en la profundidad de la maleza para huir de su madre, habiendo sido antes desertor de guerra. Su progenitora, una autoritaria mujer de pollera, había dirigido su vida siempre con mano dura: “…la atemorizadora presencia de la madre, esa chola valluna, propietaria de castigos que invariablemente consistían en exigencias de contrición”. Es más, había obligado a su hijo a conseguir un trabajo y formar una familia, demostrando con esto que “ella esperaba con ansias cualquier acto contrario a su voluntad para imponerse por sobre el hijo”. En otro pasaje, se resalta que cuando Aniceto hacía su servicio militar, estas conductas dominantes persistían “pese al miedo por la represalia de la superioridad que ni con mucho se acercaba a la crueldad con la que su madre reprimía estas compulsiones”. Aquí, la madre representa claramente la (p/m)atria, una mediada por un Estado represor de los indígenas obligados a ir a una guerra ajena, pero que representaba orgullo y estatus social para las familias de quienes iban a combatir en nombre de aquella.

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En el relato Operación Rosita se da una pérdida del rastro de las dos protagonistas, Rosita y Adela Bello, quienes trabajaban como espías para el Gobierno boliviano para “descubrir diplomáticos comprometidos con la causa paraguaya”. Pero ante una misión fallida, “si luego de terminada la guerra regresaron al oriente es algo que no se sabe. Simplemente se perdieron en la bruma de la historia”.

Felícitas simboliza la pérdida de la esperanza. Este relato trata sobre una madre que busca “ávidamente el nombre de su hijo” “en la lista de caídos en acción o desaparecidos”, “deseando fervientemente que él regresara salvo y sano para volver a contribuir en la economía de la familia”. Sin embargo, tiempo después del cese de fuego, se le apareció un hombre apoyado en una muleta, a quien solo reconoció cuando le dijo “mamá”. “Felícitas, al ayudar al hijo a subir y bajar aceras o gradas supo que él nunca recuperaría su antiguo trabajo, supo que había llegado tullido e inútil y supo que se había hecho de una boca más para llenar y que la vida que ella imaginaba al regreso de él, no se plasmaría en quién sabe cuánto tiempo. Entonces, en silencio, lloró”.

’Y después’

En la segunda parte Y después, en El hombre que supo amar, un exmiembro del cuerpo de sanidad de la Asistencia Pública durante el conflicto bélico narra su historia a un parroquiano en un bar. Le cuenta además que se había enamorado de una indígena, con cuya familia había aprendido el arte de la herbolaria para curar todo tipo de males de la guerra. Cuando su receptor reaccionó del semisueño provocado por el relato y el licor juntos, se dio cuenta de la pérdida de sus objetos personales: “…al palpar su bolsillo, no encontró nada; se rebuscó entero, pero la billetera junto a algunas monedas y llaves habían desaparecido; al levantar la vista constató que su interlocutor también”.

Tío Humberto relata la “juventud invertida en la guerra” del protagonista y su historia de las botas que había tomado de un paraguayo a quien había disparado, y las cuales más tarde le otorgaron ciertos privilegios, pues “cuando los carceleros vieron que el soldado calzaba botas, dedujeron (erróneamente) que se trataba de un oficial con ciertas consideraciones que el resto de la tropa no tenía”. Tiempo después conoció a Rosalba, con quien formó una familia, la cual se cansó de oír la historia de las botas, a diferencia suya y de su esposa, quien falleció primero. Ante la pérdida de su compañera y la única persona que escuchaba su historia, “el viudo dedicó sus últimos años a relatar sus experiencias en la guerra y en la prisión, que solo escuchaban los perros, las palomas o el vacío sobre esas botas que poseía y que eran un vehículo para recordar el Chaco con dolor y a la Rosalba con amor”.

FAMILIA. Adolfo Cárdenas, Sonia Amusquívar (esposa), María Libertad (hija) Cárdenas y Luna Paredes Cárdenas (nieta).
Adolfo Cárdenas, Sonia Amusquívar (esposa), María Libertad Cárdenas (hija) y Luna Paredes Cárdenas (nieta).

En La brigada fantasma hay una pérdida de la realidad a causa del exceso de alcohol que tiene Saúl, nieto de don Hipólito Tellería, excombatiente del Chaco, quien termina falleciendo debido a sus viernes de borracheras. Saúl, quien acompañaba a su abuelo en las francachelas, se vuelve trovador después de su partida, complaciendo a todos los viejos soldados con canciones que alimentaban su nostalgia bélica. A la par que el tiempo transcurría, el aspecto de Saúl desmejoraba, algo que llamó sobremanera la atención del cantinero, quien decidió seguirlo una de esas noches. Saúl se dirigía cada noche al cementerio a interpretar sus temas para los soldados caídos, a quien el cantinero levantó del suelo, interpretando una tonada que hace referencia al olvido al que son condenados los beneméritos de la patria.

Finalmente, en Victoria se da la pérdida de la razón de la protagonista de nombre homónimo. Victoria, pues, esperaba a su prometido que había ido a luchar por la patria, el cual nunca regresó a pesar de no figurar en ninguna “nómina de muertos, desaparecidos o prisioneros probables”. Al no saber de su paradero, Victoria fue “víctima de una locura sin retorno y así quedó todo, con un epílogo nada concluyente sobre el destino de ese novio”, destino que “no era para nada tan dramático”, según se supo después gracias al relato de un viajero.

Así, la pérdida —de la vida, de la tierra, en la selva, del rastro, de la esperanza, de objetos personales, de la esposa, de la realidad y de la razón— es el hilo conductor de El Chaco y después, pérdida que conlleva en su interior, sea de la naturaleza que fuere, cierta amarga nostalgia de quienes sobrevivieron a un inefable combate. Esta nostalgia y todo su contexto son plasmados notablemente por Cárdenas, quien opta por la perspectiva femenina para los relatos de este su libro, el cual, desde la ficción y el testimonio, re-construye la memoria de un pasado histórico antes narrado solo por voces masculinas, logrando con esto una re-creación de la Historia.  

Texto: Mitsuko Shimose

Fotos: Sonia Amusquívar

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Javier Mendoza y la comunidad de Aymaras Urbanos de Pampajasi

La Cámara de Senadores hizo un homenaje al historiador y escritor Javier Mendoza Pizarro y a la psicogerontóloga Mercedes Zerda Cáceres

Por Mercedes Zerda Cáceres

/ 7 de abril de 2024 / 06:15

Quiero agradecer en mi nombre y el nombre de mi compañero de toda la vida: Javier Mendoza, a la Cámara de Senadores de la Asamblea Legislativa Plurinacional de Bolivia, en la persona del presidente de la Comisión de Política Internacional Senador Félix Ajpi, por la declaración camaral de reconocimiento a nuestro trabajo de 40 años como psicólogos comunitarios al servicio de la población aymara urbana y rural, sobre todo de las personas adultas mayores de nuestro país.

También quiero entregar nuestro agradecimiento con toda nuestra chuyma a ustedes, jilatanaka, kullakanaka, taykanaka, awkinaka, awichanaka, achilanaka, wawanaka, a quienes están presentes y a quienes no están, porque esta hermosa experiencia de construir una comunidad la hemos hecho todos juntos en tantos años.

Javier, que hace poco cumplió 80 años, dedicó la mitad de su vida y yo, dos terceras partes de la mía a la construcción de lo que hoy tiene el nombre de Comunidad Aymaras Urbanos de Pampajasi (CAUP), una organización comunitaria que durante todo este tiempo ha desarrollado una forma de servicio basada en la cultura, la cosmovisión y la organización aymaras.

Lo que hicimos nosotros fue acompañar y apoyar, de manera no directiva, el surgimiento de una verdadera psicología boliviana, la de esta región andina del país y resultó que la psicología del pueblo aymara es fundamentalmente comunitaria. Ahora les toca a otros, levantar los ojos de las pantallas y libros para mirar la abundante riqueza de las culturas indígena/originarias que nos rodea y aprender de estos pueblos otras maneras de entender la vida y las relaciones entre humanos y con la naturaleza. Hay mucho que hacer para psicólogos comunitarios académicos y empíricos.

A fines de los años 70 y principios de los 80, en la única carrera de Psicología que entonces existía en nuestro país, en la Universidad Católica, donde Javier enseñaba y yo era estudiante, surgió la idea de “poner la psicología al servicio del pueblo” y eso intentamos hacer: dejar de repetir las teorías europeas y norteamericanas que inundan las universidades y construir una psicología que sea útil y refleje a nuestros pueblos. Por eso en 1983, Javier y yo empezamos a compartir nuestra vida con familias aymaras urbanas y rurales en la zona de Pampajasi, en la ciudad de La Paz y en comunidades de la provincia Manko Kapak a orillas del lago Titicaca.

Todos los días de estos años ha pasado algo interesante que aprender, que comentar, que reflexionar, por eso creemos que lo que hemos aprendido es muchísimo más de lo que hemos podido dar y nos sentimos privilegiados porque la vida nos ha dado la oportunidad de construir esta comunidad con ustedes. Hemos aprendido a vivir y envejecer de manera natural, así como viven y envejecen las plantas, los animales, los ríos, las montañas, todo lo que nos da la Pachamama, hemos aprendido a respetar los derechos de todos, desde los de los más chiquitos hasta los de los más ancianos, trabajando todos juntos, poniendo nuestro esfuerzo de la misma manera y distribuyendo lo logrado de forma equitativa, para todos por igual.

Ustedes, con sus costumbres aymaras, nos han enseñado que “las cosas se hacen haciendo”, no planificándolas desde un escritorio, y sobre todo hemos aprendido, todos juntos, ustedes y nosotros, que la comunidad es la unidad esencial de cualquier construcción social que quiera sobrevivir, porque el individualismo egoísta solo destruye a los demás y a la naturaleza.

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En el mundo globalizado y capitalista de hoy que se acerca al inminente desastre ambiental, con guerras y crisis climática, para sobrevivir como especie los humanos necesitamos nuevas formas de civilización, basadas en el apoyo mutuo en vez de la competencia y en la sostenibilidad de la naturaleza en vez de la ganancia. El material esencial para construir esa nueva civilización está en las cosmovisiones de los pueblos indoamericanos, asiáticos y africanos; todas esas culturas son fundamentalmente comunitarias. Pensamos que aprender a construir verdaderas comunidades, cuidando las relaciones entre humanos y con la naturaleza es la manera de salvar al planeta, por eso la urgencia de aprender de las culturas ancestrales.

Este reconocimiento que nos hacen es también por el trabajo de historiador de Javier y por el mío de psicogerontóloga. Quiero mencionar que esos trabajos también fueron fruto del trabajo comunitario como psicólogos, pues los libros y las investigaciones históricas de Javier tuvieron siempre una posición crítica basada en una reflexión psicosocial y nuestra mirada gerontológica siempre fue para difundir la manera aymara de envejecer. En todos nuestros trabajos están trenzados la psicología comunitaria, los pueblos indígena/originarios y la gerontología.

Son muchísimos los niños y niñas que hemos visto crecer, los jóvenes que se han convertido en madres y padres de familia y las personas mayores que hemos visto morir, con ellos hemos realizado muchas actividades, proyectos largos y cortos, productivos, agropecuarios, artesanales, tejidos, culturales, música, baile, gastronómicos, hemos hecho adobes, construido casas comunitarias para la vejez, comedores e incontables cosas que han llenado nuestras vidas y las han mejorado. Hemos construido comunidad todos juntos, para superar dificultades económicas, emocionales, de relaciones interpersonales y grupales, de educación y de salud física y mental.

El homenaje en la Cámara de Senadores a Javier Mendoza Pizarro y María Mercedes Zerda Cáceres.
El homenaje en la Cámara de Senadores a Javier Mendoza Pizarro y María Mercedes Zerda Cáceres.

Para finalizar, ustedes saben que Javier no está presente hoy porque hace una semana ha partido hacia la aventura final de la vida, se ha adelantado en la última aventura que todos emprenderemos algún día. Las últimas conversaciones que hemos tenido, nuestras últimas reflexiones juntos, tienen que ver con la diferencia entre la resignación y la aceptación.

Resignarse, en castellano es aceptar algo, aunque no nos guste, nos resignamos a envejecer, nos resignamos a morir, porque no nos queda más remedio. En aymara hay una expresión que es ukhamaw, significa “así es”, así es el envejecer y así es la muerte, puede ser equivalente a resignación pero en realidad, es aceptación, comprobación de algo, la verificación de que algo es como es; envejecer es perder energía, perder la vista, el oído, ukhamaw, así es porque en tu experiencia lo estás viviendo y más te vale aceptarlo, pero no siempre es la aceptación de algo que no quieres, como en la resignación; puede ser la verificación de algo que te gusta, como que te quieran tus nietos, ukhamaw, así es ser abuela. Puedes decidir resignarte a envejecer o aceptar el envejecimiento con actitud ukhamaw, o puedes resignarte a morir o aceptar la muerte con naturalidad, porque así es morir.

Javier aceptó la muerte con actitud ukhamaw, porque según sus palabras “ya era cabal”, estaba justo en su momento. Ya se había saciado de vivir y aceptó partir a esa aventura desconocida a la que llamamos muerte. Murió en nuestra casa, en mis brazos y sus últimas palabras fueron: “Peti, lo hemos hecho bien en la vida, estoy listo”.

* Este es el exto leído en el acto de homenaje por Mercedes Zerda Càceres.

Texto: Mercedes Zerda Cáceres

Fotos: cámara de senadores y Archivo Comunidad Aymara Urbanos de Pampajasi

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