miércoles 8 dic 2021 | Actualizado a 15:34

Mi tío Dardo

La dictadura argentina se llevó al tío Dardo, el ser que ofrendó su vida por la democracia.

/ 3 de septiembre de 2017 / 04:00

¡Era tan feliz cuando subía al tren de mi infancia! En la prodigiosa estación paceña nos despedían amigos verdaderos, pues nos íbamos de vacaciones varios meses. La subida hasta El Alto en chucuchucu era espectacular, de codos veía por la ventana mi ciudad erguida en sus laderas. Luego venía el delirio aturdido del viento entre los vagones, el coche comedor alborozado, nuestro camarote dúplex tan necesario pues nos esperaban cuatro días de viaje hasta llegar a la estación tucumana donde la familia argentina materna esperaba en su postal radiante.

Yo quería dejar Tucumán y llegar rápido a la casa del abuelo Andrés, en Santiago del Estero, para jugar fútbol desnudo, admirar la parra y sus ratas nocturnas, sentir profundo el olor de los sauces y ese calor inmemorial del chaco desatando nuestros cuerpos. Pero Tucumán nos hipnotizaba unos días por la figura entrañable de mi tío Dardo. Siempre de buen humor, con su sonrisa de niño retozón nos esperaba en La Rural, su simpático auto verde. Mientras manejaba hasta su casa de la calle Entre Ríos 996, el pícaro iba piropeando por la ventana a las guapas veraniegas: “Adiooos chicas, ya llegaron los bolivianos, vengan por casa”. Yo ilusionado me estremecía mientras él se atoraba de la risa.  

El tío Dardo había salido de la más insondable pobreza desde su pueblo de Pampa Mayu, cerca de Simoca, en plena campiña tucumana. Changuito manos teñidas, carita morena, había logrado por su talento y tenacidad graduarse con honores como abogado de la Universidad Nacional de Tucumán, conquistando con su gomina gardeliana a la hermana de mi madre, la tía Cote. Ya en la casa, el tío se sacaba el traje y la corbata, aparecía descalzo con camiseta interior y pijama celeste, cargando contento el bombo que le había regalado su suegro, don Andrés Chazarreta. Se sentaba en el centro del patio, ponía el LP del Chango Nieto acompañando feliz al disco con su virtuoso bombo durante horas. Nunca vi tocar así el bombo legüero, con tanta precisión y síncopa, envuelto en su risita calurosa que le hacía temblar la panza como Papá Noel mestizo. Cuando terminaba la canción su único público atento (que era yo) lo ovacionaba, sirviéndole una gaseosa helada mientras se iba cociendo en sangre el asado del fondo. Entonces llegaba el vino en damajuana y la noche se encendía de chacareras y gatos bailados por toda la familia en coreografías precisas tejidas con amor. En la zamba, mi mamá Anita y mi tía Cote se lucían con los maridos empañolados. El tío Dardo y Monroy Block fulguraban sus galas de verano concluyendo la tertulia en un beso profundo de las parejas con el estallido de aplauso de los hijos. Éramos felices.

Recuerdo un verano que el tío Dardo me llevó en La Rural a su pueblo. Llenamos el auto con pelotas de fútbol que olían a cuero nuevo y con camisetas de Boca que él mismo había comprado para regalar sin protocolo a los changuitos pata pilas que nos perseguían incendiando aquel domingo glorioso de bocinas. El tío entonces era el Dr. Dardo Molina, diputado Federal por el peronismo. Había sido el único tucumano en ir a buscar a Perón hasta Madrid y regresarlo victorioso del exilio. Recóndito luchador, abogado de cañeros y limoneros, Molina era amado por el pueblo que lo elegiría después Vicegobernador de la Provincia de Tucumán.

El verano de 1976 arranqué esta vez en el tren paceño completamente solo. Mi familia se había dispersado por el sufrimiento de la muerte de mi madre en abril. Aquello era un remedo punzante, inclusive la llegada a la estación tucumana. El tío se esforzaba con su sonrisa, me compraba alfajores, gaseosas y helados. Al mediodía veíamos juntos Almorzando con Mirtha Legrand. La diva se la pasaba entrevistando a los fascistas de turno. Cuando la doña mostraba las sandalias, el tío decía: “heee, mirá ese talón, tan arrugado como su cara…” , y yo me atoraba de la risa.

El 15 de diciembre del ‘76, mi tío Dardo me dio un beso sonoro, se subió a La Rural, me dijo gozoso que en la noche comeríamos pizza y que tocaríamos juntos con el nuevo disco de chacareras. Pero nunca más volvió. Los paramilitares fascistas lo detuvieron en la esquina, invadieron La Rural, lo encañonaron, lo llevaron a un centro clandestino de detención, lo torturaron hasta matarlo. Son 41 años que mi tío, el Dr. Dardo Molina Alurralde no aparece. Los esbirros y cobardes de Videla, Menéndez y Bussi (gobernador de Tucumán que ordenó la desaparición) lograron que ese ser humano extraordinario hoy sea una foto más en la dolorosa lista de 30.000 desaparecidos en la Argentina durante el Plan Cóndor. Mi tía Cote murió de soledad y dolor. Sus hijos y nietos continúan de manera incansable la lucha por encontrarlo.

Mientras tanto, amado tío Dardo, te miro en la foto de desaparecido y me brota una sombría lágrima porque te extraño mucho. Tu recuerdo vive en mi alma y en los ojos de miles de changuitos cañeros que apoyaste, hoy padres de familia de la nueva Argentina democrática a la cual ofrendaste tu vida y ejemplo. Tenías mi edad cuando te secuestraron. No descansaremos hasta encontrarte.

  • El papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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Desde el cielo: las mejores fotografías del mundo captadas por drones

Drone Photo Awards premia las imágenes logradas por profesionales y aficionados de más de 100 países

PREMIO. Los gansos de patas rosas se encuentran con el invierno, de Terje Kolaas

Por Claudia Fernández

/ 6 de diciembre de 2021 / 20:27

Miles de gansos de patas rosadas volando por encima de campos cubiertos de nieve y con destino a los criaderos de Svalbard, en el Ártico, fue la imagen captada por Terje Kolaas, un fotógrafo y observador de aves noruego. El ángulo de la fotografía no hubiera sido posible sin un dron, uno de esos vehículos aéreos no tripulados que puede alcanzar los 12 km de altura, aunque la distancia depende del modelo y marca del equipo. Esta captura de los gansos se convirtió en la mejor fotografía del mundo 2021 en los Drone Photo Awards, un concurso que destaca la fotografía aérea y video, cuyas plataformas también incluyen aviones, helicópteros, globos dirigibles, cohetes o paracaídas.

“Sobre nosotros, solo el cielo”, fue el lema elegido para la tercera versión del concurso que reunió a fotógrafos profesionales y aficionados de más de 100 países y que forma parte del festival internacional de artes visuales Siena Awards.

Cosecha de chiles rojos, de MD Tanveer Hassan Rohan

Este género, captado por drones, es diferente y “deliberadamente separado de ser comparado con la fotografía tradicional”, muestra contrastes desde lugares a los que solo con tecnología se puede acceder, como mirar desde el cielo.

El primer lugar en la categoría Urbano muestra un antiguo monasterio cerca de Moscú con una gran planta eléctrica al fondo. El vapor de las torres de enfriamiento es particularmente denso debido a las fuertes heladas en Rusia. La imagen fue captada por el fotógrafo ruso Sergei Poletaev, y fue titulada como Declaración metafórica sobre la ciudad y el invierno.

Otra de las mejores fotografías fue tomada por Tomás Neuwirth en el laberinto del parque. El fotógrafo checo realizó un collage de dos imágenes tomadas en el mismo lugar en diferentes estaciones del año: primavera e invierno.

RUSIA. Declaración metafórica sobre la ciudad y el invierno, de Sergei Poletaev

“Al seleccionar ubicaciones inusuales y utilizar completamente el procesamiento de posproducción, está llevando la fotografía con drones al siguiente nivel. Del paisaje al campo de las bellas artes”, destacó la página oficial de Neuwirth.

Y con un tono rojo que sobresale en la imagen, MD Tanveer Hassan Rohan captó la cosecha de chiles que realizan mujeres en Bangladesh. El fotógrafo de Your Shot escribió: “Hay casi 100 fábricas y más de 2.000 personas que trabajan todos los días. Reciben casi $us 2 después de 10 horas de trabajo, y en algunos lugares obtienen menos de esta cantidad. Trabajan muy duro”.

COLLAGE. Laberinto del tiempo, del fotógrafo checo Tomás Neuwirth

Los Drone Awards, con sede en Italia, premiaron ocho categorías: Naturaleza (muestra el entorno y paisajes capturados desde el cielo), Animales, Gente (imágenes de grupos de personas), Abstracto (representa una imagen visual que no se asocia inmediatamente con los objetos reales del mundo), Boda (imágenes de personas y actividades relacionadas con bodas o ceremonias de compromiso o tradiciones), Deporte (todo tipo de eventos deportivos), Urbano (fotografías que muestran la arquitectura, como puentes, edificios, espacios históricos, industrias e interiores, entre otros) y Video.

Y durante el recorrido entre las mejores fotos del mundo captadas por un dron se ve también la arrogancia de un deportista en medio de tiburones. Tal vez desde su kayak no veía la hazaña que realizaba, y que fue captada desde el cielo, que permite tener una perspectiva nueva, una forma de redescubrir el mundo.

FOTOS: DRONE PHOTO AWARDS

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Carlos Rosso, apuntes y recuerdos

El maestro cumplirá 75 años. El músico Sebastián Zuleta escribe sobre el director de orquesta, gestor cultural y educador

/ 6 de diciembre de 2021 / 20:21

Del maestro Carlos Rosso, quien el 6 de diciembre cumple 75 años, pueden decirse tantas cosas que ningún artículo las contendría satisfactoriamente. A través de Google puede uno saber que es un músico y director de orquesta, y estar más o menos informado con respecto a sus estudios en Bolivia, España y Polonia; a su orgulloso origen sucrense; a los numerosos cargos de gestión pública y diplomacia que ha realizado con excelencia; a las también numerosas distinciones que ha recibido en Bolivia y otros países; a su desempeño al frente del Departamento de Cultura y Arte que creó y dirigió por más de 20 años en la Universidad Católica Boliviana ‘San Pablo’, por la cual fue nombrado Doctor Honoris Causa, y donde también creó y ejecutó los Programas de Licenciatura en música —junto a Alberto Villalpando— (1974-78, 1999-2003), literatura (1999-2004) y cine (2006-2010), y la revista Ciencia y Cultura, indexada en Scielo y Redalyc.

Muy poco o nada puede encontrarse acerca de las publicaciones sobre la riqueza patrimonial del país y todos los proyectos de música, literatura, pintura, teatro y danza que creó, apoyó, ejecutó y/o publicó como gestor, en un trabajo sostenido y realmente infatigable a lo largo de los últimos 50 años, desde esa primera vez en que fuera nombrado, con poco más de 20 años de edad, Director Nacional de Cultura.

Cada uno de estos aspectos podría ser desarrollado ampliamente, encontrándonos maravillados ante tan hidalga singladura. Sin embargo, este pequeño artículo pretende ser más que un listado de lo que de por sí sería un recorrido muy difícil de abarcar y hace apenas mención a algunos apuntes personales y recuerdos sobre sus facetas como músico y como educador.

Como director de orquesta generó en el contexto boliviano, desde su regreso de Polonia en 1973, un tiempo de prosperidad musical con memorables conciertos en los que coexistían piezas del repertorio sinfónico clásico y la música contemporánea de vanguardia de Alberto Villalpando, de quien estrenó varias de sus piezas orquestales fundamentales. Cergio Prudencio afirma lúcidamente —en un artículo escrito en 2013 que me fue imposible encontrar digitalmente, y por eso la paráfrasis— que si bien el planteamiento de que Villalpando es la piedra fundacional de nuestra música académica de vanguardia es a esta altura por demás contundente, lo que muchas veces es pasado por alto es que Carlos Rosso, con sus encargos y sus interpretaciones, fundó también conjuntamente esa piedra. En términos generales, el binomio Villalpando-Rosso fue el eje de nuestra vida musical en el ámbito académico de la época entre los años 70 y parte de los 80. Su trabajo por supuesto que ha seguido hasta el día de hoy y el alcance de su influencia sigue siendo fuertemente tangible y podrá medirse solo con el paso del tiempo.

Durante ese periodo de auge Rosso tenía una fórmula impecable. Su carácter fuerte y carismático atraía y comprometía a los músicos, mientras una indoblegable voluntad le permitía, por ejemplo, dirigir en un mismo periodo a la Orquesta de Cámara Municipal y la Orquesta Juvenil de La Paz, ambas fundadas por él, logrando resultados musicales notables y giras nacionales e internacionales. Por otra parte, ha sido escrito, tanto en críticas de la época como posteriores, que sus interpretaciones cautivaron de manera inusual al público, particularmente con sus celebradas interpretaciones de ópera; lo cual debió seguramente también colaborar a la estabilidad de los elencos. A esto se sumaban sus innatos dotes de liderazgo y capacidades de gestión, los que tantas veces lamentablemente no acompañan figuras de tan grande talento y conciencia ética. Su energía era pues el resultado de una alineación portentosa.

Su paso tuvo siempre rasgos legendarios, y el siguiente fue su repentino e inexplicable retiro de la actividad musical pública en la segunda mitad de los años 80. Esta decisión, que atañe a la figura pública, pues no dejó de ser músico ni un solo día; y cuya razón, más allá de conjeturas, nunca ha sido esclarecida, se prolongó de forma desmesurada. Su regreso al frente de una orquesta sucedió casi tres décadas más adelante, en 2013, cuando dirigió la Orquesta Sinfónica Nacional, invitado por su entonces director artístico Mauricio Otazo. El programa concatenaba nuevamente una obertura de ópera, una pieza sinfónica de repertorio clásico y una obra de talante histórico de Villalpando—el Concertino semplice per flauto e orchestra— en dos conciertos absolutamente inolvidables a los que asistí, como muchos, deslumbrado.

Su obrar como músico, educador y gestor tiene efecto directa o indirectamente en la mayor parte de la música académica boliviana de los últimos 50 años. Para comprender la magnitud del alcance de su “epopeya vital”, como la llama Cergio, no habrá uno de tomar en cuenta solo los grandes logros, que, aunque lamentablemente no sean ampliamente conocidos, son fácilmente comprobables; sino llegar a las esferas remotas donde el eco de su paso ha instaurado, en distintas formas y medidas, el bienhacer, y entender entonces que el alcance de su presencia en Bolivia es en verdad imposible de mensurar. Tal debiera de ser también nuestra gratitud.

Para tratar de llegar a aquellas instancias a las que no llega Google me serviré de un par de recuerdos.

MAESTRO. El músico y director de orquesta Carlos Rosso Orozco nació en Sucre

El primero es de una vez en que fui a tocar a Villamontes, bajo el solazo de sus 46 grados de temperatura. No tenía teclado, así que el amigo que me había invitado a tocar y yo fuimos a la escuela de música local para que nos prestaran una clavinova. El director de la escuela me preguntó con quién había estudiado y al escuchar el nombre Rosso se alegró, accedió inmediatamente a prestarnos el teclado y luego buscó —y halló— programas de conciertos impresos que atesoraba de cuando había tocado corno francés en su orquesta, y nos retuvo más de una hora contando embelesado sobre lo que él consideraba sus “años dorados” como músico.

Un buen tiempo atrás de esto yo era alumno suyo en la Universidad Católica, en el segundo Taller de Música. Si bien le teníamos un poco de miedo debido a su enorme rigor —durante esos nueve semestres no llegó ni una sola vez tarde, ni un solo minuto—, había también desde el principio una gran calidez y una flexibilidad de pensamiento. Este rigor, fui entendiendo en el tiempo, no estaba fundamentado en sí mismo. Es decir que no era el rigor por el rigor, lo cual sería a mi entender el error de una espiritualidad mediocre, sino que era solamente el camino más práctico para alcanzar resultados musicales, y provenía más bien de un amor desmedido, verdaderamente irracional, por ese fenómeno que llamamos música.

En la primera semana del semestre universitario casi no se pasaban clases, pero las suyas en cambio comenzaban tenazmente el primer lunes por la mañana. Una de esas primeras veces el maestro planteó que daríamos un vistazo a la obra significativa de Beethoven, y cada grupo de cuatro alumnos expondría esa misma semana un específico género. A mi grupo le tocó los cuartetos de cuerda y resultamos en el sorteo primeros para exponer, lo que significaba que debíamos analizar los 16 cuartetos y exponerlos al día siguiente. Pensábamos que era broma y no lo era. No lo creíamos posible, pero él sabía que, en una cierta medida, sí lo era. Nos fuimos asustados y trabajamos todo el día y la noche sin dormir, y al día siguiente expusimos, como pudimos, nuestro análisis. En una intensa semana teníamos todos una idea, por supuesto completamente general, del catálogo de Beethoven. Ese era el nivel de intensidad de sus clases, un contexto en el que uno descubría que era capaz de más de lo que creía.

A veces, cuando quería mostrar cosas específicas de una pieza, se subía a la pequeña tarima y dirigía. Aquella leyenda de la dirección de orquesta dirigiendo a los alumnos que a duras penas podíamos tocar bien las reducciones al piano de las piezas sinfónicas que trabajábamos. Y de repente todo sonaba mejor, incluso los pasajes que antes no parecían particularmente dotados de belleza, se revelaban, bajo la claridad de su batuta, con una expresividad nueva, que esa partitura de alguna forma contenía y de alguna forma no, pues es ese el arte de la interpretación. Todos tocábamos mejor, alcanzando una precisión técnica que no podíamos más tarde reproducir. En ese momento tenía uno la percepción de que no había nada más importante ocurriendo en el mundo. Su mirada exigía una entrega verdaderamente absoluta, un desempeño musical muy por encima de nuestras reales capacidades, que de forma inexplicable sucedía, una especie de encantamiento. Eso era la música. Y lo más importante: no era un concierto, ni un teatro, ni una orquesta, no había pompa; era una fría aula de universidad a las diez de la mañana, con un piano y un teclado cuyos parlantes integrados saturaban en los fortes. Ahí entendí que la relación era con la música; y que la música es una presencia cotidiana, pero es también un enigma, y que se la hace siempre por razones finalmente inexplicables.

Es de esa forma, mediante encantamientos, como entiendo que fueron posibles las versiones suyas de piezas sinfónicas que escuché de forma clandestina, cuando para un homenaje suyo en 2006, en complicidad con su esposa Norma, me tocó ir a su casa por las tardes, mientras él trabajaba en la universidad, a digitalizar las grabaciones que él conservaba en cintas de carrete, en las que me encontré frente una altísima musicalidad que me abrió la puerta a la dimensión de una dignidad para mí entonces conocida solo como postulado y no como revelación: el hacer música en Bolivia.

El maestro Rosso odia su cumpleaños, una vez viajamos juntos a la Cochabamba de Villalpando para huir de la amenaza de los festejos, pero yo pienso que es solo una buena excusa para celebrar una vida, que es lo que también pretende este pequeño texto, agradeciéndole a algo que finalmente será el destino, el haberme regalado el privilegio de su guía y su amistad.

FOTOS: TONY SUÁREZ

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Gaspar

La ópera prima del director de cine tarijeño Guido Pino fluye gracias a que apuesta por el minimalismo

Por Pedro Susz K.

/ 6 de diciembre de 2021 / 20:18

CINE

Si hace algunos años la sorpresa llegó de Santa Cruz con El ascensor (Tomás Bascopé/2009), esta vez viene de Tarija con Gaspar, ópera prima en el largometraje de Guido Pino (n.1984). En ambos casos el secreto de los aciertos pareciera estar en la opción de los respectivos guionistas-realizadores por el minimalismo. Y me apresuro a despejar el reiterado equívoco que equipara ese término con la pequeñez o inclusive con la insignificancia, siendo que alude por el contrario, en el caso del cine y otros rubros creativos, a un estilo expresivo limitado al recurso a lo esencial para desarrollar una historia, dejando de lado las demasías, que tanto abundan en la producción al día de hoy. Quien mejor definió de qué va la cosa fue Van der Rohe: “Menos es más”.

Vale decir, el secreto no se halla, como de igual manera según daría la impresión se asume en otro persistente malentendido, de estar dándole al inflador a cada momento para autoconvencerse y de paso, si se puede, impresionar a los demás, exhibiéndose enfrascado en plena faena de invención del agua tibia.

Una década le consumió a Pino transitar desde la idea inicial de una serie televisiva hasta completar el proyecto, ya readecuado a un largo, gracias al decisivo aporte del PIU (Programa de Intervenciones Urbanas), a la fecha lamentablemente dejado de lado, siendo que sus beneficios resultan patentes con la sucesión de filmes nacionales estrenados en los últimos meses, todos los cuales de igual modo pudieron concretarse merced a la mencionada ayuda.

En el ínterin de ese prolongado tiempo de espera Pino rodó cerca de una veintena de cortometrajes, poco difundidos ciertamente, no obstante que uno de ellos, El General(2012), proyecto cuya hechura no demandó más de 300 dólares (Pino dixit), llegó a ser elegido finalista en el Festival de Venecia de aquel año. Otros cortos que tuvieron alguna repercusión fueron Augusto (2013), El sastre (2019) y Estados de demencia, ganador del Fenavid 2019 en el rubro de videoclips. 

Gaspar, el protagonista, es un niño de ocho años, el cual no habla y vive encerrado en sí mismo. La causa de ese distanciamiento queda enseguida develada, cuando a los pocos minutos de arrancar el relato una tormentosa discusión entre Martín, el padre, y Linda, la madre, ambos muy jóvenes aún, da cuenta de que allí, en esa familia al borde de hacerse trizas, hay algo que no funciona bien. Más adelante algunos fogonazos retrospectivos permitirán imaginar que el problema fue la prematura decisión de  contraer matrimonio, y concebir ese hijo, sin que la pareja se hubiese tomado el tiempo necesario con el fin de conocerse a fondo. Y los constantes entredichos entre ambos, queda sugerido —puesto que el arriba referido estilo de exposición elude los subrayados, dejando al espectador la tarea de ir armando el rompecabezas—, provocarán que Gaspar presienta que es una suerte de estorbo.

Por su lado, la inmadurez de Martín, si de sintonizar con las preocupaciones del hijo se trata, es igualmente sugerida cuando en el afán de mostrar su afecto resuelve regalarle un reproductor de audio con sus respectivos auriculares, ahondando aún más el retraimiento del vástago, lo cual igualmente hubiese sucedido si papá, tal cual acontece demasiado a menudo (¡atención padres/madres!), tenía la peregrina ocurrencia de obsequiarle una laptop.

Linda, no obstante sus sesiones de yoga y meditación, vive agobiada, librada a su suerte, con la obligación de atender sola las necesidades del chico entretanto Martín, mientras se gana los pesos trabajando en una fábrica de materiales para construcción, vive obsesionado por la banda de rock que formó soñando con alcanzar cuanto antes la popularidad, ergo, en última instancia, la bonanza financiera, contingencia que, supone, pudiera concretarse gracias a los contactos de Cacho. Es una suerte de “representante” con acento rioplatense —en el fondo un pajpaku—, de los contados clichés que se permite Pinto, en este caso adicionalmente matizado cuando en cierto momento de la trama resuelve al parecer partir en busca de su amor de antaño, dejando al desnudo una sensibilidad común a todos los protagonistas, debidamente equilibrados, justo para evitar el estereotipado usual en los dramas de este género.

Tal delicadeza para aproximarse a sus criaturas y sus sentimientos resulta transparentada incluso en el personaje de la niña vecina, con la cual Gaspar entabla una amistad no necesitada de explicaciones y sostenida únicamente por una suerte de complicidad inocente mostrada de igual manera absteniéndose de cualquier énfasis sobrante, lo propio que en una breve escena donde vemos a Gaspar imaginando, cuando solo cree estar jugando, la posibilidad de escapar de su incómodo ensimismamiento parricidio mediante.

Pino aprovecha al máximo la flexibilidad de la narrativa cinematográfica para desplazarse en el tiempo, hacia adelante o atrás, y para superponer múltiples capas connotativas. La narración atraviesa varios flashbackde los inicios de la relación entre Martín y Linda, así como otras tantas secuencias en las cuales la realidad (la virtual de la ficción que viven los personajes, me presto uno de los lugares comunes de la jerga digital) deja paso a la prospectiva imaginaria saltando al futuro deseado. Pero ese ir y venir está expuesto con la fluidez necesaria como para evitar enredar el relato desorientando a quien ve (no solo mira) cuanto ocurre en la pantalla.

Es sin duda uno de los aportes esenciales de la destacable labor de montaje a cargo de Juan Pablo Richter, tanto como de la certera contribución en el armado de la banda musical por Nicolás Blusque y en la de Sergio Bastani con una fotografía que saca el mejor partido del juego con los planos y los fondos, permitiendo imprimir visualmente esas varias capas de significación, la forma ideal de dispensar al espectador del facilismo del recurso a los diálogos para transmitir aquello que puede lograrse a través del cabal uso del potencial de las imágenes que retan a aquel a trabajar sus propias conclusiones mediante una visualización activa y no de mera ingestión pasiva.

Sabiendo cuán dificultoso resulta conseguir que un niño asuma el protagonismo central de una película con la debida naturalidad, para no poner en entredicho la credibilidad de su personaje, es preciso destacar la asombrosa composición de Dragos Popescu en el rol de Gaspar. Tampoco desentona, y no era tarea sencilla, ninguno de los adultos, logro atribuible, en partes iguales, al cuidado puesto por el realizador en la dirección de sus actores, y a la esforzada simbiosis de estos con sus personajes.

Hay por cierto unos cuantos momentos en los cuales el trabajo de Pino da la sensación de estar escorando hacia los tópicos de la telenovela. Más bien corta a tiempo para reenderezar el afinado volviendo sus pasos hacia la exploración de la clave que permitiría sanar las relaciones en ese grupo familiar, cifra, bien se sabe, inencontrable en cualquier manual, puesto  que únicamente consigue ser localizada en el propio trato con los demás, aun a costa de archivar algunos de los sueños/proyectos personales, según le explica Cacho a Martín en quizás la única secuencia donde las ideas son vocalizadas por los protagonistas en lugar de llevarlas directamente a la práctica para que la platea infiera sus propias conclusiones.    

En suma el primer largo de Pino, sin llegar a ser una obra maestra debido a detalles observables como los recién mencionados, más alguna que otra salida de tono, es, se dijo, una bienvenida sorpresa. Ojalá encuentre la manera de darle continuidad a su labor creativa y no le ocurra lo mismo que a Bascopé, de quien no volvió a saberse en los 12 años transcurridos desde el estreno de El ascensor, igual cómo ocurrió con otras varias otras prometedoras apariciones.

El asunto pasa por tomar conciencia  de que habiendo salvado los innumerables escollos atingentes a la producción y posproducción de cualquier película boliviana, restan aún los todavía, quizás mayores, relativos a la promoción y difusión. Pero los directores bolivianos, al igual que los productores, tendrán que asumir en algún momento que una película no se encuentra del todo terminada sino después de haber sido compartida con los espectadores, lo cual supone que en el lanzamiento y la exhibición debiera tenerse el mismo cuidado con la planificación y ejecución que durante el rodaje. Lo contrario conduce al riesgo de dejar a medias todo el esfuerzo invertido en la creación, financiamiento y desarrollo de emprendimientos que luego pasan por la pantalla en puntas de pie algunos, pocos, días, sin que nadie se percate.

Desde luego me quedó muy en claro cuán amplia y flexible es la voluntad de apoyo al cine boliviano por parte de los exhibidores. En esa certeza desembarqué habiendo constatado que en una de las multisalas Gaspar se proyectaba una vez al día a las 14.00, horario ideal para atraer multitudes, ¿verdad?, mientras en tres salas se exhibía a diario, en cada una, tres y cuatro veces el mismo superbodrio distribuido por cualquiera de las filiales del cine madeen el norte. Sin embargo, tal es otro de los envites que ineludiblemente retan a imaginar estrategias de promoción y lanzamiento creativas y efectivas. Mas no gratuitas por cierto.

FOTOS: PELÍCULA ‘GASPAR’

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Diálogo postmarcha

Por El Papirri

/ 6 de diciembre de 2021 / 20:14

CH’ENKO TOTAL

El Papirri se encuentra con su compadre. — ¿Cómo es Papirri?, te he visto tocando en la Marcha por la Patria. Qué pasa pues, otra vez te estás manchando con la política, medio masoquista eres, ¿no?— increpa el compadre Silverio en su llamada mañanera.

 — Sí, compadre, el viernes, quinto día de marcha, ya no pude con el escozor, viendo todo por la tele como “ociólogo”, una vergüenza, hasta que vi a una awicha marchando y me dije : ¡Jallalla, basta ya! Entonces fue naciendo una canción de emergencia para esta marcha valiente. El sábado empezó a nacer la idea, apareció la letrita: “Ya llega la marcha, vida y, por la democracia / polleras, wiphalas, k’epis de la vida…”.

— ¿Y para qué pues te metes en problemas? Estabas bien, tranquilo caminabas, otra vez la zozobra. Mi comadre, preocupada, seguro bien te insultan en las redes, ¿eso querías? ¿No querías que te quieran?

— Compadre, bien clarito te digo, esta marcha es en defensa de la democracia, te guste o te asuste. Lucho ganó con el 55 por ciento, un 15 por ciento quiere otra vez entrar a la fuerza al palacio, ya sabemos cómo son los fascistas, en un año han destruido al país, han negociado con los respiradores para los enfermos, han saqueado Entel, mejor no me hagas renegar…

— Sí, pero tu habías dicho que no eres del MAS, que no tienes militancia…

— Así es, yo no soy de ningún partido, soy de izquierdas, apoyo a las organizaciones sociales, no tengo gremio ni sindicato, tal vez puedes decir que soy del Instrumento…

— Yaaaa, quéspseso… solo te digo que después no estés pidiendo favores cuando te persigan… ¿Por qué te jodes tanto la vida, compadre?  Ya estás mayorcito, deberías retirarte y cantar de vez en cuando, hacer reír con la Metafísica, estar con tus artistas, acaso te han dado algo estos? ¿Acaso tienes un buen trabajo?

— Yo no he compuesto ni he cantado en la marcha en busca de pegas, compadre. Es mi ideología, mis sentimientos, ¿o no te acuerdas cuando tocaba en la Marcha por la Vida? En el Teatro al Aire Libre cantábamos  Los mineros volveremos, vos también cantabas, éramos changos. Sé que has cambiado tus ideas, pero yo no… sigo nomás como me conociste…

— Lo que pasa es que al Evo no lo queremos en La Paz, sabes ¿no ve?

— ¿Y quién ha hecho el teleférico? ¿El Murillo ha hecho el teleférico? Han entrado a robar al teleférico, a BoA la estaban destruyendo, han  puesto a sus queridas de personal con ítem, a sus compadres en impuestos para no pagar…

— Y vos ni siquiera le consigues una pega a tu ahijado, ¿no? Tu ahijado ya es profesional, hasta ahora no lo puedes acomodar. Háblale pues al Evo, tanto se lo cantas. Bien ingenuo eres, compadre, ya me da rabia, pareces chango, uno se preocupa por vos y te enojas todavía.

— No me enojo, compadre. Solo deseo que entiendas, todo fluyó con esa canción, la compuse el sábado, el domingo lo llamé a mi amigo Álvaro…

— Al Lineras?

— Nooo, al Álvaro Montenegro. Tiene su estudio en Achocalla, hasta allí me fui a grabar el tema todito el domingo, tuve que tocar todos los instrumentos, mezclar, masterizar… Mientras trabajaba en eso pensaba en las marchistas, seis días de marcha, valientes warmis, durmiendo en el altiplano, entonces nacía: “ya llega la marcha, jajay, contra los fascistas/ con lluvia, con trueno, viday, marcha por Bolivia…”

– Y ahora… ¿Qué has ganado, pues? Ni siquiera te pagan, te haces odiar, insultar, una vergüenza están hablando de vos en las redes, nadies va a ir a tus conciertos, después vas a estar puteando de que el teatro está vacío; y mi comadre, preocupada…

— Tu comadre me dijo que estaba orgullosa de mí… — ¿Orgullosa de que te jodas la vida? Lo único que te pido es que no me busques si te buscan…

— Ya, compadre, ni modo Cuasimodo, ideales son, democracia, una Bolivia digna, con autodeterminación, un país más igualitario…

—Ya, ya, ya, esa cantaleta todo el día en los spots y contigo más… mejor hablemos del Tigre, parece que va a salir campeón, compadre, ¿vamos al partido? Después de ocho años vamos a saltar…

— Ya, compadre Silverio, vamos al partido.

— No, mejor no, compadre, no quiero que me vea la gente con vos, me van a decir “masista” y eso no me gusta. Yo soy librepensante, además soy de la iglesia de todos los santos vivos, estamos bien ahí con mi familia, con el pastor Kevin.

—Ya, compadre, andá nomás solito al partido entonces.

— Cuando se pase esto te llamo, saludos a la comadre. No te olvides de tu ahijado, una pega pues  en el Estado Plurinacional, ya que has cantado…

Mientras, en la radio suena mi canción:

“Es el pueblo unido, con su wardat’ojo/ lluch’us y chicote, jajay, son los ponchos rojos/ Polleras al viento, pidiendo justicia/ Senkata, Huayllani, viday, no se nos olvida”…

(*) El Papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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Horizonte del quinto año del ‘Ser y Estar’ de Pati García

La directora y dramaturga Diego Aramburo escribe sobre la obra que el taller presentará el 8 de diciembre en el Teatro Nuna

/ 6 de diciembre de 2021 / 20:12

El Taller Permanente de actuación “Ser y Estar”, dirigido por Patricia García, está de aniversario y lo celebra con la presentación de Horizonte, décima escenificación de fin de curso, en la que la docente, actriz y directora toma 10 textos cortos escritos para “Ser y Estar” por diferentes autoras y autores del teatro de Bolivia y los recupera en esta puesta que presenta el miércoles 8 de diciembre, a las 19.30, en el Teatro Nuna.

El siempre desafiante mundo del arte, en Bolivia, suma la complejidad, para quien quiera dedicarse a ese tipo de rubro, de la falta de espacios formativos que den alguna pista sobre las calidades y herramientas con las que se cuenta para sobrevivir a un mercado hipercompetitivo y sin apoyo estatal ni privado. En cuanto a la actuación, esta condición hace más necesario y más urgente prepararse en niveles que permitan enfrentar un escenario o una cámara con ciertas garantías de no estar cometiendo el clásico suicidio de pensar que “lograr fingir llorar” te convierte en actriz o actor.

Una de las alternativas más potentes al respecto es el “Ser y Estar” que, por quinto año consecutivo, trabaja en formación y culmina con la presentación de una creación en la que los alumnos de la gestión ponen en práctica lo aprendido, a través de escenas y obras en las que se ponen a disposición de “decires” que transforman su presencia en la escena.

Pero, ¿en qué consiste específicamente este espacio formativo? Primero, en la preparación de las personas que quieren actuar para aquello que es la base misma de ese trabajo y arte. Es decir, disponerse a percibirse y ofrecerse como un todo físico y sensible. Percibir-se, digo para comenzar, porque en la base está la consciencia propia, consciencia del aspecto exterior-material, así como del aspecto interior (llámese ‘estado’), consciencia profunda y, a la vez, relajada, que abre el camino a la posibilidad de recibir y entregar. Recibir lo que conlleva una situación enmarcada por la palabra (que se dice o que describe lo que sucede), y entregar precisamente lo que contiene aquella palabra-texto antes mencionado, devolviéndolo en un accionar dado por movimientos o enunciaciones —sensible, una vez más—, a las que este ser-actoral se lanza en una suerte de caída libre ‘a ojo cerrado’, para la cual la única red de contención es la confianza en que el disponerse de manera tan amplia y completa a que esas palabras, ficciones y testimonios, una vez vivenciados en primera persona, por mucho que gusten o disgusten, y por más que ensalcen o duelan (en la caída), enriquecerán tanto a la persona actuante como a quien entre en contacto con este hacer y decir profesional sea en un escenario o captado por una lente para la pantalla.

Luego de lograda esa base, y en un estado de ‘limpieza actoral’ —para nada sencillo de alcanzar—, los alumnos de Pati suelen enfrentar textos que ella pide que sean creados para provocar de alguna forma a quienes han de encarnarlos. La provocación suele recaer en la necesidad de una aguda y sutil escucha que logra, en tiempo simultáneo, el reaccionar-accionar por parte de cada “actuante-diciente-sensible”. Se reacciona a lo que se dice y hace proveniente de la obra-texto-guion y se acciona la sensibilidad con la que esto se realiza-entrega. El balance entre ese reaccionar y accionar, mucho más instintivo que racional o “cabezón”, es el secreto detrás del éxito de este trabajo. Pero esto para nada consiste en un trabajo sobre el principio o método de la improvisación, sino todo lo contrario, consiste en un profundo trabajo para masterizar el estado propio inicial, lo que precede a escuchar una y vil veces los ‘decires’ y ‘accionares’, siempre vivos, que salen al relacionarse con palabras y situaciones cada vez más conocidas y experimentadas (cada vez más, a medida que se repite y repite el encuentro con las mismas pautas), pero que son cada vez más potentes y más cargadas de una diversidad implícita en cada repetición no-nueva, pero sí renovada, fortalecida y fresca.

Surge así una actuación que genera curiosidad, misterio y plena de potencialidad. Surge así el tipo de actuación que propone Patricia García y que ella busca transmitir a quienes aprenden con ella. Surge así un espacio en el que se experimenta una comprensión completa e inquietante de la actuación, que otorga bases sólidas para poder pensar en actuar “sin morir en el intento”.

Se trata de una formación desafiante que busca una actuación orgánica e integral, cargada de posibilidades tanto para quien la realiza como para quien la recibe. Y quienes encarnan el desafío en esta ocasión son los alumnos del segundo semestre del año del “Ser y Estar” que protagonizarán los fragmentos El desmayo, Morir gritando, de Denisse Arancibia; Este no es un ejercicio de amor, de Darío Torres; Disfuncional, de Julio César Benítez; Los panes de hoy en día, de Freddy Calderón; El mejor de los intentos, de Jorge Alaniz, y La promesa, de Katy Bustillos, que conforman la obra Horizonte.

INTEGRANTES. Nathaly Alarcón, Valentina Tiffany Luna, Valeria Balderrama, Orietha Castillo, Ítalo Fernández, Yineth Gandarillas, Lua P .P .G. Guardia, Pacho Góngora, Paolo Iotti, Lorena Iturralde, Inés Langosch, Ramiro Mendoza, Devin Mercado, Isabel Nina, Letty Orellana, Paul Santos, Romi Silva, Torito Solares, Stephanie Toussaint y Eduardo Uzquiano.

FOTOS: DANIELA GANDARILLAS

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