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Un Museo restaurante en La Paz

1700 es el repositorio de objetos antiguos, muebles tallados y un menú especial.

/ 28 de marzo de 2018 / 19:00

Hace unos días, mientras limpiaba una lámpara antigua, Sergio Salazar (28 años) encontró rostros de ángeles grabados en el cristal. Es que más que un restaurante, 1700 es un repositorio oculto en la calle Linares de La Paz, donde el comensal puede disfrutar de comida internacional fusionada con ingredientes bolivianos y, también, contemplar muebles de madera tallados, cuadros y objetos antiguos.

Sergio atribuye a la suerte que desde hace cuatro años sea administrador del local, ya que cuando un día llegó ahí como guía de turistas, Rafael Torres Valdivia—dueño de la casa y coleccionista— le dijo que el lugar estaba disponible, por lo que invirtió sus ahorros para hacerse con el recinto.

La Linares y la Sagárnaga fueron las primeras calles del “barrio de indios”, la zona donde residían los que no eran españoles, por lo que en esta primera vía se abrieron tambos —albergues y centros de acopio de alimentos—. En 1735, la familia Valdivia construyó una casona que, después de 283 años, se ha convertido en un atractivo paceño, protegido por los descendientes de los primeros moradores.

En la calle empedrada —flanqueada por innumerables tiendas multicolores de ropa, instrumentos musicales y, sobre todo, hierbas y objetos para traer la buena suerte, que la ha convertido en la Calle de las Brujas—, la vivienda de estilo barroco-mestizo no solo resguarda el Museo de la Coca, sino también otro repositorio.

Al cruzar el grueso zaguán de madera y subir las gradas de piedra se tiene la sensación de estar retrocediendo en el tiempo. El salón derecho es el que llama más la atención porque parece parte de un convento, debido a las sillas y mesas talladas a mano, al igual que los objetos que circundan el ambiente. El mostrador principal resguarda los objetos más preciados y antiguos, como libros viejos de filosofía, medicina, economía política y una versión española de El origen de las especies, de Charles Darwin. “Elegi abjetus effe in domo Dei mei: magis quám habita: re in tabernaculis peccatorum”, se lee en un libro escrito en latín que posiblemente formó parte de una iglesia. En la urna protegida por un vidrio también está un crucifijo que, según cuentan, sirvió para hacer exorcismos.

Hay mucho por ver ahí, desde un sextante (instrumento astronómico que se usaba para determinar la posición de un astro) hasta un operador Morse. Refugiado entre una radio de transistores y figuras de bronce del Quijote de la Mancha y Sancho Panza, atrae la mirada un muñeco de trapo que, al parecer, fue usado para hacer magia vudú y que nadie quiere tocar.

Es tan enigmático, que un médico estadounidense que visita el lugar se queda durante varios minutos contemplando los objetos coleccionados. Como para descansar del asombro y la información otorgada por Sergio, el comensal recibe el primer aperitivo: un vaso de ginebra boliviana que llega acompañado por una piedra plana sobre la que hay trozos de tumbo, chirimoya, pacay, tuna y granadilla.

Mientras tanto, es difícil no dejar de seguir viendo lo que hay alrededor ni preguntar el significado de las pinturas o figuras. Por ejemplo, en ambos lados de una habitación que antaño sirvió de bodega hay un rostro tallado en madera que se asemeja a un ser diabólico. En realidad se trata de Abraxas, dios de origen egipcio que representa el bien y el mal, una deidad que suele ser piadosa y amable con aquellas personas a las que considera buenas y despiadada con quienes son malas.

Pinturas de los primeros años de La Paz, frascos de una botiquería, una estufa del siglo pasado, trompetas, maletas de cuero con el escudo de Perú, plumas de pavo real, un gramófono y cientos de detalles son algunos otros detalles de los ambientes.

“Tú comes en un museo”, afirma Sergio, quien a través del menú demuestra que la propuesta culinaria es una mezcla de cocina internacional con ingredientes nativos.

Por ello, el visitante puede disfrutar de un cordon blue acompañado con quinua y plantas originarias del altiplano, un filete de llama con salsa de maracuyá, huminta de quinua, además de un pique macho y brocheta “elaborados al estilo de 1700”. “Los clientes extranjeros pueden pedir un filete, pero no se les sirve como en sus países, sino con hierbas como wacataya y q’oa”, explica el administrador del restaurante, amante de la buena cocina y, desde hace cuatro años, encargado de explicar los detalles que guardan las dos habitaciones del restaurante de la Linares.

Además del gin, el local ofrece bebidas orgánicas, cervezas artesanales, una variedad de vinos nacionales y cócteles como el mojito de coca, El Salar (elaborado con leche), El Tío (de toque picante), Agua de los Andes (preparado con varias hierbas), La Paz Maravillosa (a base de vodka, hierbas y frutas) y el tradicional chuflay.

Hace varios años, un grupo de masones realizaba reuniones secretas en esta casona. Algunos visitantes aseguran que ven sombras extrañas. Otros, como Sergio, encuentran detalles ocultos en los intersticios. El restaurante 1700 ofrece una experiencia única, que mezcla buenos sabores de gastronomía nacional e internacional y la agradable estadía en unos ambientes que resguardan un poco de la historia de La Paz.

Atención de lunes a sábado 

El restaurante se precia de prescindir de comida preelaborada, por lo que los pedidos son preparados ese mismo momento.

Para ingresar al local se debe atravesar el zaguán N° 906 de la calle Linares, caminar por un callejón empedrado y subir, a mano izquierda, unas gradas de piedra.

La atención es de lunes a sábado, entre las 18.00 y 22.00.

Para conocer más detalles del museo-restaurante puede llamar a los teléfonos 2334079 o 77706936.

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En camino: a través del lente de Joel Arancibia

El trayecto, el movimiento y las idas y venidas en las laderas inspiran el trabajo de este joven fotógrafo paceño

Rumbo al Salar de Uyuni, el camino muestra los rastros del Dakar

Por Miguel Vargas

/ 24 de octubre de 2021 / 18:36

El destino final de un viaje no siempre alberga los paisajes más relevantes o las vivencias más impactantes. En la ruta, en el camino, se pueden encontrar historias distintas, muchas veces más interesantes. En el trayecto por su trabajo, el fotógrafo Joel Arancibia Coca lo ha comprobado: en esta selección fotográfica de su obra, la mirada del artista no se ha posado en la meta, sino en la belleza que ofrece el trayecto.

“Cuando aparecieron las primeras oportunidades de viajar y hacer fotos me di cuenta de que me gusta ver el movimiento que existe en las carreteras. En el camino, el coche resulta pequeño ante la inmensidad del paisaje. Claramente un coche es grande, es pesado, es rápido, pero el paisaje te demuestra que el mundo es mucho más que eso”.

En el camino es donde ha podido experimentar con el movimiento, pues la quietud del paisaje solo es aparente. “Sacar una foto de un coche acelerando en la carretera da muchas pautas. Primero, la imagen tiene movimiento, me gusta retratarlo.

Aporta mucho, no solo en la foto fija, sino en todo.  Segundo, el motorizado que para nosotros es grande, pesado, brusco, fuerte, intimidante y lindo tal vez,  en la foto se ve diminuto, un tanto insignificante, pero al mismo tiempo importante. Sin ese elemento esa foto no sería lo que es. Por último, es un reto. Sacar la foto de un coche acelerando en un paisaje árido o verde, reduce la oportunidad de tener mil tomas del mismo: o la sacas ese rato, o el coche se va y pierdes la toma”, expone el fotógrafo autodidacta. El polvo del camino crea espectros de los motorizados en la vía.

LA GRÁFICA

Subida. La ciudad se recorre no solo en automóvil y a pie, están las bicicletas. Foto: Joel Arancibia

RETORNO. La ciudad se ve distinta al regresar a ella y recorrer las laderas. Foto: Joel Arancibia

Foto: Joel Arancibia

Foto: Joel Arancibia

Foto: Joel Arancibia

Para conservar la esencia del momento, trata de no tocar mucho las fotos obtenidas de forma digital, a lo mucho corrige el color y la luz solo para destacar lo que ha visto y la sensación que quiere transmitir.

Ese andar le permite también una mirada diferente de la ciudad que no es estática, la del ir y del venir. “Esto viene tal vez por algo de nostalgia de mi niñez. Me crié en una ladera y muchas de mis fotos muestran ese punto de vista. Recuerdo pasar mis días viendo tantas, pero tantas veces la ciudad desde las laderas, esperar el atardecer para ver las montañas de distintos colores y después presenciar el espectáculo de las luces de la ciudad encendiéndose una a una. Tener que subir tantas gradas y ver los callejones, la falta de luz de las calles, todo eso es lindo”.

Su pasión por la imagen comenzó de niño, cuando veía películas con su familia y le intrigaba saber cómo se construían las imágenes. Con el tiempo ahorró algo de dinero y compró una cámara. “Empecé a aplicarme con la fotografía, a investigar sobre composición, revelado, la impresión, sobre todo el proceso”. Es así que aprendió —en el terreno, sacando fotos— y que sigue en el camino de la imagen, dando los primeros pasos en la fotografía para cine. Con una mirada, si bien nostálgica, ya más adulta, Arancibia retrata ahora lo que significa crecer en las laderas. “La cámara me permite retratar las cosas que veo desde un punto de vista muy cercano al mío. El hecho de ajustar todos sus parámetros me permite compartir mi visión de esos escenarios de una manera muy fiel a lo que observo. Hay mucha belleza en todo lado, en la cotidianidad, por ejemplo. La cosa es animarse a apreciarla, a levantar la mirada y hacer las conexiones que te permitan traer recuerdos pasados o crear recuerdos futuros”.

FOTOS: JOEL ARANCIBIA

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Alexandra Bravo, artesana de plumas

La artista y psicóloga narra una historia de migración, de identidad y de viajes a través de su obra plumaria

La artista Alexandra Bravo

/ 24 de octubre de 2021 / 18:29

Ligeras y de colores vivos; en joyas, en cuadros, en trajes, en instalaciones y hasta en vestimentas; en su mayoría medianas, aunque también las hay pequeñas y, a veces, grandes. Así son las plumas que la artista Alexandra Bravo Cladera (1950) labra desde hace más de 40 años y las usa no solo en diversos soportes, sino también en diálogo con otras disciplinas, sobre todo con la psicología, rama a la que también se dedica. Y aunque el arte plumario existe desde tiempos remotos, Bravo —sin dejar de beber de la tradición que la antecede— supo crear una propuesta renovada, marcada por dos grandes afanes: su historia con la migración y la identidad.

Bravo nació en Oruro, pero se crió en La Paz: “soy sopocachense, aunque he querido vivir en otras zonas, no he podido, ésta me cautivó”. Cuando terminó el colegio, ingresó a la carrera de Artes Plásticas en la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), donde se formó con artistas como Alandia Pantoja, Wálter Solón Romero y Eduardo Espinoza. Sin embargo, ella y su familia tuvieron que dejar de forma abrupta Sopocachi, La Paz y Bolivia para exiliarse en Santiago de Chile en 1971.

Allí, Oswaldo Guayasamín, junto a otros docentes de la Universidad de Santiago, la formaron durante dos años. En 1973 tuvo que mudarse una vez más. A causa del golpe de Estado de Augusto Pinochet, Bravo se instaló en Zurich, Suiza, donde logró concluir la carrera y titularse como maestra de Artes Plásticas. Un tiempo más tarde, en 1996, decidió estudiar Psicología en Friburgo y especializarse en Psicoterapia para niños, jóvenes y adultos. Desde entonces trabajó en consultorios, sobre todo con personas migrantes, “porque es mi historia, porque quise orientar a los refugiados latinoamericanos, pues eso buscaba yo al llegar”.

La intriga y pasión por el arte plumario la tentó durante sus visitas a los museos europeos: “Veía plumas de Sudamérica y pensaba en cómo han llegado hasta acá. Las plumas significaban para nuestros antepasados lo que hoy significa el oro. Sudamérica es el continente clásico del trabajo plumario”, dice. Al poco tiempo creó la Escuela Latinoamericana de Arte Plumaria en Friburgo, que luego fue recorriendo diversos lugares del mundo.

Desde el momento en que decidió labrar las plumas, lo hace solamente con aves de corral, con plumas de gallina, de pato y de ganso. “Por varias razones, pero sobre todo ecológicas y de cuidado a la naturaleza es que no trabajo con plumas exóticas. El tráfico internacional está poniendo en peligro muchas especies de aves que tienden a desaparecer. No quiero colaborar al comercio de plumas exóticas, más aún cuando Bolivia es uno de los países más ricos en este tema”.

DESFILE. Bravo, junto a sus modelos, mostrando su trabajo plumario en trajes típicos rediseñados

Cada pluma, una historia

“Empecé haciendo aretes y collares; después me dediqué a los cuadros y a las esculturas. Pasé por las instalaciones y los móviles. En estas piezas, muchas veces aumento frases y reflexiones sobre diversos temas: la migración, los indocumentados, la mujer y el trabajo y más. Hoy me dedico a la vestimenta y a los trajes típicos, sobre todo pensando en aumentar nuestro turismo y que nuestra cultura e identidad sea visible y se refuerce en nosotros mismos. Las comunidades tienen que saber que pueden beneficiarse de ello. Mis desfiles recientes no son pasarelas de moda, son la muestra de una alternativa ecológica para trabajar las plumas ”, comenta.

De 1984 a 2000, Bravo viajó a la Amazonía boliviana y al Chaco para nutrirse de las tradiciones y estudiar las técnicas del labrado. “Tuve contactos con etnólogos y estudiosos, pero necesitaba entrar a la Amazonía y hacer expediciones para aprender ‘en la cancha’. El chamán o jefe de la comunidad me decía que una forma de pagar, a cambio de que me enseñen, era que yo llevara cemento o material para la escuela. El intercambio era muy grande, no solo aprendí sobre las plumas y sus tratados y formas de trabajarla, sobre todo aprendí a vivir como ellos y saber sus historias”.

INDUMENTARIA. En el último tiempo, Bravo se dedicó a los trajes típicos y a la propuesta de una vestimenta nacional acompañada por las plumas

La escuela itinerante

Conoció de técnicas y cuidados hasta originar su propia forma de acercarse a las plumas y cuidarlas. “Uno de los primeros pasos para trabajarla y cuidar su fragilidad es limpiar los ácaros. Los incas tenían un método para que éstos no carcoman la pluma y es lavarlas con quinua con cáscara. También se puede lavarlas con querosén y detergente para ropa. Una vez lavadas, hay que secarlas inmediatamente para que no pierdan su ligereza. Después las clasifico por tamaños. Para los penachos, por ejemplo, utilizo las plumas de las colas”.

Bravo retornó a Bolivia en 2016 y desde entonces ha difundido su obra en exposiciones y desfiles montados a lo largo y ancho del país. En su afán de recorrer los rincones nacionales, su escuela se volvió itinerante y con ella ha formado, a través de conferencias, seminarios y cursos, a artistas y artesanos del país. “En muchas ocasiones hemos montado exposiciones en grupo junto a mis alumnos, de forma que conozcan también el mercado laboral que está, sobre todo, ligado a los trajes típicos y a los adornos”.

El Museo Simón I. Patiño en Oruro, el Centro Cultural Plurinacional en Santa Cruz, la Casa del Pueblo, el Centro Cultural Museo San Francisco y el Campo Chuquiago Marka en La Paz son algunos de los lugares que recibieron su obra. No solo los espacios físicos la acogieron, también las culturas ancestrales.

”Hace un tiempo, formé a artesanos de la cultura Urus, dedicados a la pesca y caza de aves acuáticas. Los encontré un día vendiendo aretes en una feria y les pregunté ‘qué pasa con ustedes, qué hacen por acá’, y me dijeron ‘se ha secado nuestro lago, hay que buscar otras formas de vivir’. Les dije que vengan a mi exposición, traigan su totora y con lo que tengan haremos manualidades. El enlazado de una pluma con totora, por ejemplo, es precioso. Ojalá puedan seguir haciendo trabajos así”.

En marzo de 2022, Bravo presentará, junto a la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia (FCBCB), una exposición de toda su obra en retrospectiva. “Uno de mis objetivos al empezar a trabajar con las plumas era su reivindicación.

Las plumas, hasta ahora, a veces son un sinónimo de los pueblos no cultos, cuando en verdad es una expresión no entendida. Ser artista es tener una responsabilidad social, hay una inclinación política. Mostrar nuestra identidad es importante, ya sea a través del turismo o de otras formas. Mi identidad fue la migración y a través de mi arte, de mi trabajo como psicóloga, he podido compartirlo con otros y ayudarlos y empoderarlos”, señala.

En la muestra venidera podrá verse — entre las barbas de sus plumas labradas— una historia de migración, de identidad y de tradición, o, como Bravo resume: “Será mi trayectoria saliendo a flote en mi propio lugar de origen”.

FOTOS: ARCHIVO ALEXANDRA BRAVO

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Concierto presencial

Lo logramos. No solo grabamos un nuevo CD en plena pandemia y golpe, lo presentamos de manera presencial en dos noches memorables en el Teatro Municipal

Por El Papirri

/ 24 de octubre de 2021 / 18:25

CH’ENKO TOTAL

Lo logramos. No solo grabamos un nuevo CD en plena pandemia y golpe, lo presentamos de manera presencial en dos noches memorables en el Teatro Municipal Alberto Saavedra Pérez de La Paz, mi ciudad, los días 8 y 9 de octubre, en honor a los 473 años de fundación de la capital de los Andes. Habíamos ido a La Paz en busca de la segunda dosis de la vacuna, llegamos posverbena juliana, luego de esperas y amaneceres conseguimos la vacuna juuuusto el mismo día que tenía que tocar para el Moncada por invitación del Embajador de Cuba. Con algo de fiebre toqué en la Casa del Pueblo por primera vez, estaba la plana mayor del Estado Plurinacional. Salí jadeando, sudando frío, pero compromiso era pues, como hace 42 años cuando Don Pablo Ramos me invitó por primera vez en 1979 a cantarle a ese hecho histórico revolucionario.

Julio pasó raudo con artistas orureños, cochabambinos, potosinos cantándole a La Paz… ¿y nosotros, los paceños?, me pregunté cómo cholita. Hay que solicitar el Teatro, rompamos este karma de no poder tocar en el Municipal hace dos años, instruyó el Papirri. Así fue que hicimos la solicitud con poca fe, como para no desilusionarse. Entonces llegaron las grabaciones para el programa de televisión Ch’utis que hago para Abya Yala y que sale los sábados a las 19.00. Todo agosto y septiembre le cascamos duro al asunto, grabando lindos programas, sobre todo los que hicimos en el Thelonious Jazz, gracias al amigo Juanqui Carrasco, coordinador de este Centro Cultural ubicado en la zona de San Jorge, quien nos permitió usar su set. Mientras grababa los programas, convocaba a los músicos a ensayar, recordar partituras y letras. Fueron fundamentales los ensayos con Mauricio Segalez, joven cantautor y guitarrista alteño que poco a poco se fue volviendo mi guitarrista, fue la primera vez que toqué con otro guitarrista, es que quería bailar, librarme del peso armónico en mis espaldas. El kaluyo del retorno lo ameritaba, más aún porque decidió iniciar el concierto. “¿El kaluyo va con bajo y charango como en el disco?, preguntó Segalez. “No sé”, le dije mirando al Tata Illimani, hipnotizado. Así, poco a poquito, me fui quedando tres meses en La Paz, mi ciudad.

Dos eventos fuertes sucedieron en septiembre: mi cumpleaños y el día del hincha stronguista. Luego de varios meses tomé unos tragos con amigos de la infancia y familia festejando el 61A. Entonces llego la invitación para tocar nada menos que en la Curva Sur del estadio Hernando Siles. Ronald Crespo, presidente del Tigre, me convenció nomás y aquello fue espectacular, tocar frente a 5.000 Tigres eufóricos de la Ultra Sur fue algo único y arrasador. A la sazón llegaron las entrevistas para  difundir los conciertos, me di cuenta en muchas de ellas que debía fortalecer el concepto primogénito de mi música: la integración… en un país dividido, dolido, emputado. “La ciudad se derrumba y yo cantando”, decía Silvio en mi cabeza. Un par de entrevistas fueron difíciles, pero la mayoría muy lindas. Después de todo era un milagro, una bendición poder ir a los canales y radios a difundir los conciertos que llegaron como una carga pesada. Solo se pudo dos ensayos presenciales con la banda, demasiados músicos, como siempre. Lo que más me dio fuerza fue la buena onda de Los Bolitas, jóvenes músicos roqueros, ir a ensayar con ellos a su estudio de Següencoma fue un bálsamo, fue como retroceder unos 20 años, agarrar energía y ensayar con todo. Terminamos montando cuatro canciones.

Con los Canarios del Chaco no pudimos ensayar, llegaron desde el Chaco sudados y nerviosos directo a tocar. Hasta me hicieron bailar una chacarera con una joven bailarina del Ballet Folklórico La Paz, Bafopaz, bailarines que hicieron vibrar a la gente con el caporal Camote y el célebre Pepino pandillero. Tocamos frente a 600 personas en las dos noches, un público hermoso en sus barbijos. Y para aumentar la cosa, tocamos en Villa Copacabana el domingo, en una feria municipal a cambio de la liberación del alquiler del Teatro. Todavía me duele el cuerpo. Pero estoy conforme. La Papirri’s Band estuvo sólida. Los hermosos del Papirri’s Kinder la rompieron. La presencia del cantautor y cantante David Portillo le dio un ajayu especial a las dos noches. Muchas gracias a Rodney Miranda, antiguo amigo, Secretario de Culturas de La Paz, que nos concedió el Teatro y nos hizo entrega de un lindo certificado que resalta mi obra musical paceña. Gracias a LA RAZÓN, ATB, Bolivia TV por el apoyo. Lo logramos. Solo quedan 30 discos 60A para Santa Cruz, voy solito con mi guitarringa a tocar el 6 de noviembre. Qué será. Cómo será. Lo logramos. Grabamos nuevo disco. Lo presentamos en vivo. Con pandemia más. Bien, che. Pa’ qués decir.

(*) El Papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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Las adopciones desde la mirada de niños y niñas

En Bolivia hay 5.678 menores que viven en 180 centros de acogida, pero no todos podrán ser recibidos en una familia

Adopciones (referencial)

/ 24 de octubre de 2021 / 18:22

Cuando un visitante llega a un centro de acogida de niños se escucha: “¿tú serás mi mamá?”, “¿me vas a llevar?”, o se comenta en los corredores “tengo nuevos papás” o “a mí no me van a adoptar porque cumplí nueve años”. Son niños y niñas que a su corta edad también hablan con términos jurídicos sobre la adopción. Ellos irradian esperanza al imaginar una nueva oportunidad de vida, pero también sienten el temor de un segundo abandono. En Bolivia hay 5.678 niños que viven en 180 centros de acogida; no todos serán adoptados —algunos por su edad (el 71% tiene entre 7 y 18 años), otros por su situación jurídica— y pocos retornarán con su familia ampliada.

“Por mi cuenta supe que era adoptado”, menciona Mario Crippa, un técnico industrial que organiza colectas a favor de los centros de acogida. Los años permitieron que Mario mirara el pasado con mayor reflexión. 

“El primer recuerdo que tengo es a mis tres años; estaba sentado en un avión y frente a mí había un televisor, una pantalla grande que me impresionó”, relata Crippa. Ese avión que recuerda era aquel que lo llevaba a Italia a encontrarse con su nueva familia y su nueva vida.

Los padres adoptivos de Mario nunca le escondieron su situación; lo llevaban cada fin de año a una fiesta que era organizada por familias adoptivas. En ese lugar se reunía con otros niños adoptados y conversaban sobre sus experiencias de vivir en otro país, aunque en su caso no había recuerdos del Hogar Virgen de Fátima en La Paz para compartir.

Los últimos datos de los centros de acogida muestran que en 2018 hubo 109 egresos. De estas adopciones, el 85% fueron nacionales, mientras que las adopciones internacionales llegaron a 15%. 

“Más grande empecé a ver libros con fotos de Sudamérica, había fotos de Perú y Bolivia, y pensé ‘tengo que ir’, era algo que tenía en el corazón. Cuando cumplí 25 años llegué por primera vez al país donde nací. Mi papá me acompañó”, dice Crippa.

“A veces me pregunto sobre mis padres biológicos. Yo puedo pensar muchas cosas; que la pobreza los obligó a abandonarme, o que consumían drogas o alcohol, no sé la verdad, pero estoy tranquilo porque pienso que al final han tomado una buena decisión y Dios me dio otra oportunidad”, relata Crippa, quien hace unos meses decidió vivir en Tarija, y dentro de sus objetivos está abrir una ONG a favor de los niños. Mientras su madre y hermanas se quedaron en Milán.

Actualmente en el país predominan los niños que llegan a los centros de acogida por abandono y negligencia; seguidos por maltrato físico y psicológico. Y hay un grupo reducido de niños que tienen como causal la “protección de la situación económica deficitaria”, algo que es contrario a lo establecido en el Código Niña, Niño y Adolescente, según describe el Estudio sobre el Estado de Situación de Niñas, Niños y Adolescentes en Acogimiento Institucional, elaborado por el Ministerio de Justicia (2021).

Cochabamba, Chuquisaca, Santa Cruz y Tarija tienen las mayores proporciones de niños, niñas y adolescentes (NNA) privados de cuidados parentales en relación al promedio nacional. Y desde 2009 hay una reducción importante en el número de niños que son acogidos por los centros. Ese año eran 10.728 niños, hoy 5.678.

Para que los niños y adolescentes puedan ser adoptados deben tener uno de estos dos documentos: Filiación Judicial (que restituye el derecho a la identidad del niño en casos de abandono) o la Extinción de la Autoridad Materna y/o Paterna (en este documento los progenitores pierden de manera definitiva sus derechos y obligaciones con relación a sus hijos, por haber vulnerado sus derechos).

“Muchas veces los procesos de Extinción de Autoridad Materna y/o Paterna demoran más por la búsqueda de la familia ampliada, que es prioridad para las defensorías. Hubo casos donde un familiar solicitó una visita al niño y después ya no volvió. Esto paraliza el proceso de adopción”, explica Leyla Tapia, abogada del Hogar Carlos de Villegas.

Este centro de acogida recibe a recién nacidos y a niños hasta los seis años. Trabajan para que todos sean adoptados “porque tienen derecho a una familia”, y también para evitar los traspasos a otros centros para niños más grandes. Este traspaso resulta “otro abandono”, otra pérdida más para el niño.

“Antes de la pandemia, en el Hogar teníamos habilitado el torno, un cilindro donde podían dejar anónimamente a los niños. Con este torno llega alrededor de un niño por mes, incluso a veces nos llegaban tres por mes”, relata Tapia. Este cierre, por motivos de bioseguridad, no frenó la llegada de nuevos bebés al centro de acogida, los padres biológicos empezaron a dejar a sus hijos en la puerta del Hogar.

“Hablar de mi adopción es normal porque mis padres me contaron desde que era niño mi historia. Tengo un álbum de fotos con todo el proceso de adopción, fotos de cuando estaba en el Hogar Carlos de Villegas y cuando llegaron mis padres a Bolivia”, relata Emile Claudio Schotvanger, de 34 años de edad y graduado en Relaciones Internacionales.

“Yo fui encontrado cuando era bebé en la calle por una buena persona que me llevó al Hogar. Ahí viví un año y cinco meses antes de ser adoptado por mis padres holandeses”, expone Emile, quien visita el país cada cuatro años aproximadamente para empaparse de la cultura boliviana.

A sus 17 años, Emile llegó a Bolivia para ser voluntario en el Hogar. Durante seis meses apoyó con clases de inglés y matemáticas. “La hermana Caridad —exdirectora del Hogar Villegas— me conoció cuando era bebé, y cuando nos reencontramos luego de 15 años me dijo ‘hola Claudio’ y fue especial porque era mi nombre de acá”, relata Emile. Hoy su relación con Bolivia va más allá del centro que lo acogió cuando era recién nacido, tiene amigos a quienes visitar. 

A seis meses de las modificaciones al Código Niña, Niño y Adolescente (Ley 548) para agilizar las adopciones, la Asociación de Familias Adoptivas y los centros de acogida detectan problemas en el Registro Único de Adopción Nacional e Internacional-Ruani, una base de datos única de niños que cuentan con sentencia ejecutoriada de filiación o extinción.

“Tenemos entendido que hay muchas carpetas de solicitantes, pero el Ruani no visibiliza a los niños, por tanto en estos meses no hubo adopciones”, asegura Inés Villegas, presidenta de la Asociación de Familias Adoptivas. El otro problema detectado son los retrasos que genera el cambio de funcionarios que trabajan en adopciones. “El trámite de adopción en realidad tendría que durar tres meses, y dura tres meses en algunos casos, pero para la asignación familiar se espera mucho tiempo”, menciona Villegas.

En el país, las familias monoparentales también pueden adoptar, deben cumplir con todos los requisitos, excepto el certificado de matrimonio. “El momento en que les decimos a los niños que van a tener papás, ellos se ponen ansiosos, felices. Y no les importa si solo es mamá o si es solo papá”, agrega Tapia.

“Y durante este tiempo hemos visto que ya no hay un pensamiento cerrado sobre la edad de los niños. Hubo adopciones de niños de cinco años que antes eran rechazados, aunque en general prefieren bebés”, explica Tapia.

Si se desea adoptar a un niño, el primer paso es ir al Sedeges con una carta sencilla donde se pida ser tomado en cuenta para el taller de padres adoptivos. Así habrá más niños como Mario y Emile que tendrán una nueva oportunidad de vida.

FOTOS: FREEPIK E INTERNET

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El hotel Marriott ofrece paquetes renovados por primavera-verano

PROMOCIÓN. Las ofertas incluyen aventuras de fin de semana en La Rinconada; y, para las parejas, habitaciones decoradas y el servicio de fotografía

Por Hotel Marriott

/ 24 de octubre de 2021 / 18:19

PUBLINOTA

La cadena hotelera más prestigiosa del mundo tiene la mejor oferta para disfrutar de sus instalaciones durante la primavera y el verano, la cual tiene como plus el ingreso a La Rinconada Ecoparque, donde es posible sacarle provecho a la exuberante flora y a sus grandes piscinas.

El paquete Adventure de $us 129 incluye transporte de ida y vuelta al parque, ubicado en el kilómetro 7 de ida al municipio de Porongo, donde la vegetación y la naturaleza son impresionantes.

“El paquete Adventure comienza en el hotel Marriott con las mejores habitaciones: Clásica King o Twin, con vista a la ciudad o a la zona del Urubó, además de desayuno buffet asistido válido para dos personas y solo los fines de semana”, explicó Bárbara Delgado, directora de Mercadeo y Ventas del hotel.

En este caso, el check-in es a las 15.00, mientras que el check-out, a las 16.00. Los menores de 3 a 11 años tienen un recargo de $us 20 con desayuno y acceso a La Rinconada Ecoparque.

En familia

Para quienes prefieren un fin de semana menos agitado, está el paquete Experience de $us 114, que consta de una habitación Clásica King o Twin, con vista a la ciudad o al Urubó, desayuno buffet asistido y, a diferencia del paquete anterior, incluye un delicioso  almuerzo en el Restaurante Toborochi para dos personas. En caso de que la pareja decida ir acompañada por un menor de 11 años, se hace un recargo de $us 20 con los mismos beneficios.

Entre los paquetes clásicos está el Weekend Relax de $us 99, que consta de una habitación Clásica King o Twin, desayuno buffet asistido, un Welcome drink y un descuento del 10% para consumo en el restaurante Toborochi. A diferencia de los paquetes anteriores, éste permite el ingreso de dos menores de 12 años sin cargos adicionales.

Parejas

Para los novios está el Paquete Romance de $us 159, que incluye una habitación ejecutiva Junior Suite, con desayuno en el restaurante o en la habitación y una cena en el restaurante o la piscina con decoración incluida.

Pero si la pareja busca un lugar especial para su luna de miel, está el paquete Honeymoon de $us 174, que consta de una habitación Ejecutiva Suite, desayuno en el restaurante o en la habitación, y detalles como fresas con chocolate, vino espumante, decoración de globos y pétalos de rosa en la habitación. Los novios pueden utilizar espacios del hotel para efectuar una sesión fotográfica.

Todos los paquetes ofrecen una experiencia diferente, incluso aquéllos como el Day Use de $us 64, que permite el acceso de dos personas, de lunes a domingo, a una habitación Clásica King o Twin de 10.00 a 18.00, con el uso  de instalaciones como la piscina, el jacuzzi, el gimnasio y el parqueo.

FOTOS: HOTEL MARRIOTT SANTA CRUZ DE LA SIERRA

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