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En la cima del Monte Sinaí

El escritor boliviano Ignacio Vera relata el ascenso a la montaña donde Moisés recibió los 10 Mandamientos.

/ 20 de septiembre de 2018 / 00:46

Era la hora deliciosa en que el astro del día traspone el horizonte, o, en otras palabras, el umbral de la noche. El atardecer en Dahab se pintaba de maravilla. Un vendaval que venía del mar instó al grupo a entrar en las cabañas; había que guarecerse. Menos mal que en el hotel todo era tibio y acogedor; allí había una estufa que atemperaba el hall principal y cuya luz mortecina hacía que el ambiente se hiciera romántico.

Celebrábamos las cercanías del Año Nuevo, como si éste tuviese que ser celebrado con seis días de anticipación. Era, en efecto, el 26 de diciembre de 2017 y estábamos en aquella montaña situada al sur de la península del Sinaí, al nordeste de Egipto, entre los continentes de África y Asia, a 2.285 metros sobre el nivel del mar.

“Mañana, muy de madrugada”, farfulló un beduino en un árabe inentendible que solamente luego supe más o menos comprender, “comenzarán una caminata de cuatro horas sin descanso. Prepárense para ella”. Luego nos fuimos a descansar a las habitaciones por unos momentos, y mi amiga costarricense Marisol Baeza me dijo: “Dicen que la escalada al monte dura cuatro horas, o sea toda la noche, para llegar al pico a la hora de la alborada”. Para mí hacer la excursión a tal hora, en la total penumbra, era una idiotez, pero solamente luego, cuando vi el amanecer estando ya allí arriba, pude entender el porqué.

El frío en la ribera, donde estábamos, era ciertamente agudo y decían que el frío en el monte Sinaí, en esas fechas decembrinas, era como el de Groenlandia. Pero no, eso es muy falso, porque después, estando ya en el pico de la montaña, pude saber que el frío ahí, en ese lugar donde el patriarca Moisés recibiera las leyes de Dios, era indescriptible, nefando y criminal, si se quiere, un frío tan frío que hasta era calor, uno tan intenso que las heladas de Islandia no serían nada si se las comparase con aquél.

El autobús nos recogió del hotel costero a las 00.45 y emprendimos, por una carretera asfaltada, un viaje que duró más o menos una hora. En el trayecto no se veía nada que no fueran las negras siluetas de unos montes rocosos que parecían espectros salidos del desierto ribereño. Pasados unos 15 minutos de viaje hicimos una parada. Un guía egipcio bajó del bus, entró nuevamente y dijo a todos los viajantes: “¡My God, outside it’s fucking freezing!”. Basta decir que los cristales del autobús eran al tacto como bloques del hielo.

Nos estacionamos y todos comenzamos a bajar.

Subida al monte

Llegamos a las faldas a la 01.50. Ahí había una pequeña construcción, como una casita del altiplano americano, en la que unos cinco gendarmes egipcios se resguardaban del inclemente viento. Era la plenitud del invierno y el frío causaba a todos terror.

Yo estaba abrigado con unas diez prendas encima, entre camisetas, chompas, chaquetas y mantas; un gorro me cubría la cabeza y me había puesto un barbijo de médico para que el viento no torturase mi nariz ni mi boca. Recuerdo que había un ghanés que se había quitado las medias para ponérselas como guantes, pues podía tolerar el frío en los pies pero no que sus manos se congelasen.

Apareció luego un beduino que nos dijo —en un inglés con acento arábigo— que él era el guía que nos acompañaría hasta la cima. Nos explicó un poco sobre el esfuerzo físico que demanda la subida y luego cosas relativas a la historia religiosa de ese lugar: Moisés como patriarca y adalid de una raza judía pertinaz, la ovejita que se perdió entre esas rocas, el mar rugiente que se abrió y las tablas de la ley enviadas por Dios para que todos los que las acaten estén en paz con Él.

Comenzó la caminata. Senderistas y peregrinos la emprendimos con emoción.

En el lugar reinaba la sombra, como si se hubiese tendido un humo negro y denso. Tratábamos de romper la lobreguez con la luz de las linternas, pero las tinieblas terminaban imponiéndose a toda costa.

Nos habían dicho que había, a lo largo del trayecto, cuatro paradas o descansos, en los que el excursionista podría sentarse en una piedra, taparse con una manta, tomar o comer algo e incluso dormir unos minutos, no más de diez, sobre una cama que más que otra cosa —luego pude ver— era un promontorio de adobes. Al cabo de 45 minutos de andanza, habíamos llegado a una de esas paradas, que era en realidad un tenderete de beduino; era un cuartito muy miserable, como una mazmorra, a cuyo lado había una tiendita de galletas, dulces y refrescos. Nadie, como era de esperar, pudo pegar los ojos siquiera por un minuto en tan desagradable lugar de reposo, y por tanto proseguimos.

Yo calzaba unas zapatillas deportivas de suela alta y engomada, pero aun así las piedras punzantes y filosas, como clavos y cuchillas esparcidos por el piso, se sentían en las plantas de mis pies. Y recuerdo que la sensación de mi cuerpo era muy confusa y, por consecuencia, desagradable: sudaba por el esfuerzo de mis piernas y pulmones, y quería quitarme todo lo que traía encima, porque la transpiración me sofocaba el pecho y la frente, pero al mismo tiempo el frío cada vez más intenso hacía que quisiera abrigarme más.

A mi lado iba un amigo costarricense, Mauricio Castro, a quien veía que se le caían las piernas y se le salía el corazón del cansancio; ya no podía más. Se puso pálido o azul, no sé muy bien, pero su piel reclamaba clemencia. “Creo que me subiré a una de estas bestias”, me dijo, sacando libras egipcias de su billetera, “para conquistar la cima más rápido y sin sufrir este martirio”. Y es que, sufridos y jadeantes como estábamos todos, pasada solamente la primera hora de caminata, varios apelaban a los camellos que había para seguir subiendo lo que restaba de la montaña.

Pero también hay que decir que, más allá del ímprobo esfuerzo de las piernas y el corazón agitado, esa aventura era una de las más bellas experiencias; estaba subiendo a uno de los lugares más emblemáticos del mundo, ¿tenía yo derecho alguno a reclamar algo? Cada paso era una promesa hacia un lugar glorioso.

4.15. Estaba en el segundo descanso; allí bebí un energizante y seguí la marcha. Solamente quedaba una hora y 45 minutos para llegar a ver el despuntar del día, y no podía perder un solo minuto porque desde ese lugar en donde estaba, a buen trote, se tardaba dos horas hasta el pico.
Lo que podían ver mis ojos, metido en la sombra, no era una montaña como había imaginado, sino más bien algo así como un cañón, o un desfiladero de montes, algo enorme y no una montaña asilada y en medio de una llanura, como me figuraba.

A mi lado pasaban judíos y mahometanos, porque ese monte, como un contenedor de fuerzas espirituales en el mundo, engloba a cristianos, judaicos e islámicos.

El cielo se iba dividiendo en dos: por un lado, hacia el oriente, era de un tono morado o lila, y por el lado opuesto era de un intenso negro. Supongo que eran los primerísimos rayos de aquel día que iba a nacer en todavía varios minutos. Miles de estrellas había en el firmamento. Pero no había ni un mínimo signo de vida, ni vegetal ni animal, por ningún lado, sino solamente tierra y arena.

Soplaba un viento huracanado que hizo que una pareja desistiera finalmente, lo cual no tenía mucho sentido porque, estando ya a la mitad del camino, el bajar suponía andar más o menos el mismo trecho que el que faltaba para llegar a la cumbre.

A las 5.15 llegué al penúltimo descanso, pero no paré un solo instante, más al contrario, aceleré el ritmo de mis pasos.

Con un poco más de luz sobre el yermo que se dibujaba con mayor nitidez, se comenzaron a ver decenas de graditas, echas todas de piedra, y al término de lo que la vista podía captar, como el remate del cuadro que se pintaba ante los ojos, una pequeña iglesia cuya cruz en la torre se podía ver de maravilla. Era el final del trayecto.

Ese pequeño y rústico templo que parecía tan cerca debió haber estado a unos 500 metros todavía. Y cuanto más cerca parecía, tanto más inalcanzable era para nuestros ya torturados pulmones.

Pisé la primera grada y comencé a subir la infinita sucesión de peldaños. Jadeaba, pero con emoción y brío. Mis ojos trataban de deducir cuál era el lugar donde el patriarca recibiera la ley de Dios, cuál era el lugar donde se había perdido la oveja, dónde se había descalzado Moisés… Pero lo cierto era que todo el lugar en su integridad era sagrado; ni una sola piedrecilla está despojada de una energía mística.

Estaba solamente a unos pasos. Muchos ya habían llegado. Mauricio, mi amigo el de Costa Rica, quien ya había conquistado la cima, me hacía señales con los brazos para que me apresurase; el sol ya estaba acariciando el horizonte.

Cuando ya estaba casi en la cresta suprema vi, a unos cinco metros sobre mí, una roca que era como un farallón, cual si fuese la última grada que debía ser salvada. Trepé con dificultad, pero una vez ya sobre ella, podía decir finalmente que había llegado a la cima del monte.

En la cima, un amanecer…

Mis otros amigos sudamericanos, con los que había comenzado a subir, ya no estaban a mi lado; los había perdido de vista. No sé si habían caminado más rápido que yo o si yo los había dejado rezagados, pero al despuntar el día, a las 5.45 de ese 27 de diciembre de 2017, yo me hallaba solo en un lugar desolado, desconocido y pedregoso, como en un acantilado, muy cerca ya de la cima de la montaña de Moisés. La energía en ese desolado páramo era increíble, como si fuera la tensión extática de una necrópolis milenaria.

El horizonte se comenzaba a pintar de un amarillo intenso; el sol ya estaba en la lontananza. También se veían decenas y decenas de cerros rocosos, como azulados por la bruma matutina y por la distancia, y metidos en un confín que parecía inaccesible a cualquier ser mortal. Porque solamente Dios había gobernado en esos lugares…

A las 06.00 ya estábamos todos firmes viendo la salida del sol, uno tan anaranjado como si fuese el disco diurno de los horizontes marinos y tan deslumbrante como la zarza sagrada que había ardido en esos lugares hacía tantísimos años. Nos quedamos viendo el salir del astro por varios minutos, tomando fotografías y guardando las imágenes en el mejor repositorio de imágenes que existe: la propia memoria humana. A las 06.10 el horizonte ya no era amarillo, sino más bien de un tono rojizo, como una llama volcánica.

Camellos. Beduinos. Decenas y decenas de turistas provenientes de todas las latitudes. Ese espectáculo, en fin, era alucinante, y un halo de misterio se había cernido esa mañana sobre todos. ¡Qué esfuerzo físico tan desmesurado, pero qué recompensa por la maravilla del paisaje!

Monasterio de Santa Catalina

A las 07.00 comenzamos el descenso. Éste estaba previsto para ser hecho en dos horas y media, es decir, una hora y media menos que el ascenso. Casi en las faldas de la montaña está el monasterio de Santa Catalina, donde debíamos ir.

Enclavado entre las rocas rojizas del Sinaí o pendiendo de sus altas montañas, el monasterio se alza como una fortaleza amurallada para que las catapultas no la desmoronen. ¡16 siglos de cristianismo en tierras islámicas! Dicen que una comunidad de monjes vive ahí dentro. A pesar de la vastedad del lugar, solo se pueden visitar la iglesia de la Transfiguración, un patio y un museo pequeño. La tradición oral afirma que éste es el lugar donde el libertador de los judíos y el Creador se encontraron.

Una última maravilla antes de que nuestro bus partiese a las 11.30: ante mis ojos, la zarza de Dios y Moisés, tan fresca como si fuese una planta salida de la tierra hace solo cinco años. Esa zarza que no se consumía, y que no se ha consumido hasta nuestros días.

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Los chimanes cuentan su propia historia

El fotógrafo Manuel Seoane llevó seis cámaras a la Amazonía para crear con los pobladores el documental ‘Chatdÿe Tsimane (Pariente Chimán)’

Casimiro Canchi y su flauta

/ 4 de julio de 2022 / 14:42

Silba una flecha en el aire, atraviesa los árboles y golpea un ave, que cae pesadamente en el suelo. Un grupo de hombres chimanes se acerca a ella y, entre risas, la alistan para que sea su comida. La escena se ve en la pantalla instalada en el patio de la Manzana 1 de Santa Cruz de la Sierra, donde se proyecta el documental Chatdÿe Tsimane (Pariente Chimán), filmado y editado colectivamente por el fotógrafo documental paceño Manuel Seoane y los miembros de la comunidad chimán de Maraca’tuns, en plena Amazonía boliviana.

Los chimanes, t’simanes o tsimanés son un pueblo originario de la Amazonía boliviana que habitan en los municipios de San Borja, San Ignacio de Moxos, Rurrenabaque y Santa Ana del Yacuma, en el departamento de Beni. Con una población de cerca de 17.000 habitantes, aún conserva sus modos de vida tradicionales.  

Habituados a pasar sus días en verdes catedrales en que la recolección, la caza y la pesca son la moneda diaria, encontraron en el fotógrafo graduado en fotoperiodismo en la Escuela Danesa de Medios de Dinamarca, un gran aliado para producir y protagonizar una película.

El proyecto Chatdÿe Tsimane (Pariente Chimán) surgió en 2019, tras que Seoane y la periodista Karen Gil ingresaran en el bosque chimán con el apoyo del Pulitzer Center y National Geographic para hacer un fotoreportaje sobre la deforestación, pues allí estaba una de las 10 concesiones madereras otorgadas en la década de los años 90. “Fuimos a hacer ese reportaje y ver además la forma de vida chimán, el significado del bosque para ellos en su sostenibilidad. Con el paso del tiempo me pareció muy interesante que pudiéramos hacer algo más profundo, donde se mostraran otras cosas, no solo la deforestación. Entonces le planteé a Santos Canchi  —corregidor de la comunidad— hacer un fotolibro, un soporte más interesante y completo a partir de la fotografía. Pero a Santos y a la comunidad en general no les pareció tan interesante, en parte porque ellos no hablan castellano y un libro que seguramente iba a tener textos en ese idioma no les parecía de lo más atractivo. Ahí fue que el propio Santos me propuso: ‘¿Por qué mejor no hacemos una película’”?

LA GRÁFICA

Casimiro muestra una foto de infancia

Comunidad. Un terreno afectado por la quema

Fotógrafo. Un retrato de Manuel Seoane tomado por Francisco Canchi

Reunión de autoridades

Un niño de la comunidad chimán de Maraca'tunsi

El carnet de un comunario

Una comunidad especial 

Al principio Seoane se asustó con la idea porque no es tan simple hacer un filme, pero entendió el motivo del pedido. El trabajo se podría filmar en su idioma, lo que haría que el material sea más accesible.

Para el proyecto previo del Pulitzer, Seoane y Gil habían buscado información sobre lugares o comunidades en la Amazonía boliviana. En 1990, la Primera Gran Marcha Indígena por el Territorio y la Dignidad resumía las reivindicaciones de los territorios indígenas de la época, que surgía de un reclamo que partió de esta zona. Si bien la mayoría de comunidades se han marchado para adecuarse a la modernidad, otras conservan usos y costumbres.

 “Asistí en San Ignacio de Moxos a una reunión de la Subcentral del Territorio Indígena Multiétnico (TIM), que es la directiva que rige en ese territorio, y participan los corregidores de todas las comunidades que lo habitan. Fui para presentarme y conocer tanto a la directiva del TIM como a la comunidad y proponerles el reportaje sobre deforestación, con el que estuvieron de acuerdo. Unos meses después, con Karen ingresamos al territorio y nos quedamos casi 10 días. Ahí es donde realmente se dio un acercamiento de amistad, de confianza. Me hice muy amigo de Santos y de toda la comunidad en general”.

Si bien al principio los lugareños fueron muy cautos, pues los intereses de quienes llegan de afuera siempre dejan lugar a la duda, con el fotógrafo hubo buena conexión y, sobre todo, confianza. “Una muestra de la buena relación que se creó es que ellos mismos propusieron el proyecto”.

Un proceso colectivo 

Armado de su cámara, Seoane ingresó en la comunidad en septiembre de 2020 y se quedó un mes y medio filmando. “Después tuvimos contactos periódicos para, por ejemplo, hacer la traducción. Eran como 10 horas de entrevistas que me ayudaron a traducir. Después continué con el armado de cortes y la edición. Hicimos dos revisiones de los cortes para que ellos me dijeran sus impresiones, algo que me importaba mucho, para que estuvieran conformes con el producto final”.

Mientras los chimanes miraban el documental, Seoane les consultaba siempre sobre qué era lo que les gustaba y, sobre todo, lo que les desagradaba. “Si había algo que no crean que debería estar, era importante saberlo, pero la respuesta siempre fue positiva. Creo que los más contentos con el producto son ellos mismos”.

En el proceso, Seoane tuvo mucho cuidado en no ser invasivo, pues si bien se mostraban amistosos y abiertos a él y su cámara, también había cierta timidez. “Me di cuenta de que si hacíamos una película, que suele necesitar más gente trabajando, como sonidistas, camarógrafos o productores, resultaría muy complicado pues se requerirían más extraños. En cambio a mí ya me conocían y me sentía más o menos aceptado. Por eso decidí entrar yo solo”.

No ingresaría más gente, pero sí más cámaras. El objetivo era que sean los propios chimanes quienes filmen y muestren sus miradas. “Habían momentos y situaciones especiales, por ejemplo, actividades con las mujeres, que son mucho más tímidas y no hablan español. Era complicado acercarse mucho y si lo lograba se ponían rígidas y no eran ellas mismas. Ahí surgió la idea de darles cámaras y que este proceso de documentación lo hicieran ellos”.

Tras una breve capacitación de minutos, los miembros de la comunidad hicieron el registro de su vida cotidiana. “Ya no solo era un recurso para evitar esa distancia, sino que se convirtió en una herramienta que colectivizó el proyecto, que les dio a ellos la posibilidad de no solo ser los actores, sino también los creadores del proyecto. No iba a ser sobre nosotros imponiendo desde afuera o desde un preconcepto qué es lo que queríamos contar. Ellos mismos lo hicieron y reflexionaron desde su proceso creativo”.

Fueron seis cámaras de bolsillo, simples de utilizar. Si bien la calidad técnica y la resolución no eran las mejores, ellos estuvieron libres de usarlas en lo que quisieran. “Hemos logrado un producto hecho en conjunto, con una mirada interna que conoce mejor que nadie su realidad y que, a la vez, decide qué es lo que quiere mostrar. Esto está complementado con una mirada mía que desde afuera reflexiona sobre la importancia que ellos dan a temas como la conservación o el ecosistema. Las vemos más de afuera porque estamos conscientes de un contexto más amplio: regional, continental y hasta mundial del cambio climático, de sus efectos, de la pérdida del bosque”.

Los miembros de la comunidad filmaron más del 70% de la película. El proceso de edición no fue continuo y tomó cinco meses, pues para el realizador era vital la participación y opiniones de los indígenas.

“Cuando hice el primer corte, les mostré el material y ellos me dieron un feedback de qué cosas les gustaba y qué no. Como a veces no son muy expresivos, también me basé en las reacciones ante las imágenes, veía dónde se reían mucho, dónde las comentaban; así como los planos donde algo no les generaba interés”.

Las reacciones del público

El documental se presentó en San Ignacio de Moxos (Beni), La Paz, Santa Cruz y, obviamente se vio en la comunidad. “Ellos no hablan muy bien el castellano, entonces si les preguntas dirán que les gustó mucho. Pero, más allá de las palabras, era importante entenderlos o verlos  reaccionar. Presentamos el documental en el Cabildo Indígena de San Ignacio de Moxos, que es donde ellos salen cuando tienen que hacer trámites. Era la ciudad más cercana y con las facilidades técnicas para hacer una proyección. Fue muy bonito. El cabildo indígena estuvo lleno y ellos estaban súper contentos, orgullosos. Yo siento que hay orgullo en el documental: verse en una película. Cuando me propusieron la filmación, el ejemplo que usaban era un celular que tenía ahí un pariente, donde algunas veces veían películas. He sentido que verse ellos en la pantalla gigante, siendo la atracción principal y que la gente de otras comunidades de San Ignacio los vieran y los aprecien, les ha hecho sentir muy bien. A ellos les llama la atención ese mundo externo lleno de tecnología, cuando la vida en la selva es más sencilla. Ellos también quieren participar de alguna manera en la vida citadina. Y siento que la película hace eso, dicen ‘nosotros somos de allá y hacemos esto’ y lo muestran con mucho orgullo, quieren que se los tome en cuenta, que los aprecien, que no los vean como los suelen ver”, indaga Seoane.

Y es que los “parientitos” —como les llaman despectivamente en la ciudad— sufren discriminación cuando salen a los centros poblados, donde llegan descalzos y no manejan el idioma ni las convenciones sociales. “El documental evita esa mirada miserabilista con que se suele ver al campesino o al indígena. Eso es lo que hemos intentado romper”. Es así que Pariente Chimán – Chatdÿe Tsimane es una pieza que no despierta lástima, sino orgullo.

En busca de cambios

¿Cuánto habrá servido el documental a sus productores chimanes? “Siento que ellos ven una utilidad en esto. Cuando se filmaba, primero decían que querían mostrar el lado más inocente, más ameno. Por eso tiene una parte muy cotidiana, muy del día a día, muy casual, muy familiar. Pero luego también empieza a tocar temas un poco más profundos. El contexto social, lo político, el territorio… Estas cosas fueron sucediendo durante el rodaje, cuando veíamos los clips en la proyectora. Al principio la llevé para mostrarles cine en general, ya que estábamos haciendo una película. Llevé, por ejemplo, varias cintas de Chaplin, porque son visuales, no hay textos, ni diálogos. Les encantaba y reían mucho.  Pero después dijeron que quería ver lo que habían filmado. Así, todas las noches se hizo una especie de sesión de cine. Ellos llegaban a ver lo que habían filmado, y así se generó mucho más interés y también una reflexión”.

Al principio empezaron a filmar su cotidianeidad y después continuaron con otras actividades más específicas como la caza, la pesca, el chaco… y luego abordaron sus problemas, como el impacto de la maderera en su vida cotidiana, porque la empresa sigue ahí, y su anhelo de volver a ese territorio que era suyo. “La reflexión de ellos empezó ya no solo a cubrir la vida tradicional del chimán, sino las amenazas y los problemas que viven. Yo le decía a Santos que esta película no solo es para que ellos la disfruten y la vean allí, sino también para que la vean afuera, para que las cosas que pasan allí sirvan de reflexión y en el mejor de los casos, generen cambios o efectos positivos para la comunidad”.

Es así que el documental aborda de forma natural su conflicto con la empresa maderera, su acceso a la educación, a la salud y el ejercicio de la ciudadanía, entre otros.

En las proyecciones en las ciudades también hubo impacto, principalmente porque permitieron conocer a este pueblo en primera persona. Pero también hubo espacio para la denuncia. “Hay temas que son testimonio de una realidad. Que no solo es local, sino que involucra al Estado, como las actividades extractivistas. En Santa Cruz, por ejemplo, estuvieron presentes en una de las proyecciones integrantes de instituciones ambientalistas y periodistas de investigación. También me han escrito de la carrera de Antropología de la UMSA y de un par de universidades en Santa Cruz porque les interesa la película como un documento de análisis. Y cuando estábamos presentando el documental en San Ignacio de Moxos, había una comisión del Segip carnetizando a otra subcentral que tiene sede allí. Hablando con ellos del problema de los chimanes que no cuentan con carnet, de la titulación y de la identidad en estas comunidades, se logró hacer un acuerdo, a través de la Subcentral del TIM, para que el Segip entrara a una comunidad a la que pudieran acercarse más fácilmente estos pueblos originarios, como el de los chimanes para recibir su carnet”.

Carnet a 17 bolivianos

A pesar de este logro, se evidenció una falencia más en este proceso de garantizar el acceso pleno a la ciudadanía: los chimanes también deben pagar 17 bolivianos para obtener este documento, a pesar de que sus formas de subsistencia no responden al sistema económico que se maneja en las ciudades.

“Los chimanes no tienen un acceso tan directo al dinero, es decir, es algo  muy efímero para ellos. En la comunidad prácticamente no existe. Como no cuentan con ese recurso para carnetizarse, en las funciones que hemos tenido hemos presentado una imagen con un QR de 17 bolivianos para apoyar a los hermanos chimanes que aún no tienen su carnet. Se sugirió a manera de entrada simbólica voluntaria, pues las funciones fueron gratuitas. Hemos recaudado bastante, y ahora mismo los chimanes están saliendo de Monte Grande hacia Santa Rosa del Apere, que es la comunidad donde les van a carnetizar. Queremos recaudar más, porque no ha sido solo el gasto del carnet, hubo que alquilar un camión, porque son como 90 chimanes que han salido. Pero bueno, no importa. Se puede lograr algo con el aporte voluntario. ¿Siempre sirve, no?”.

Termina la proyección con imágenes de carnets. Se sueltan los aplausos y muchos de los asistentes copian el QR con la esperanza de ayudar a un hermano chimán para que sea, como ellos, ciudadano boliviano.

FOTOS: MANUEL SEOANE Y FRANCISCO CANCHI

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Elías Blanco Mamani, profesión rescatiri

El gestor brinda una silenciosa labor de divulgación con publicaciones, documentales y su diccionario cultural. Recupera además autores y sus obras

Retrato. La artista Rosmery Mamani realizó este retrato de Elías Blanco

/ 4 de julio de 2022 / 14:31

No sé qué dice en el carnet de identidad de Elías Blanco Mamani. Quizás diga como en el mío: estudiante. Y no estaría mal pues todos somos estudiantes, todos aprendemos y estudiamos hasta el último día de nuestras efímeras vidas. Debería poner este americanismo/bolivianismo: rescatiri, sin comillas. El diccionario describe así esta hermosa palabra: persona que rescata cosas, normalmente minerales.

Elías se despierta todos los días a las cinco de la mañana. Desayuna en su casa de Villa San Antonio Bajo y parte rumbo a la Hemeroteca Municipal. Lleva ya chequeados medio centenar de periódicos del siglo XIX, un barrido completo desde 1862. Ha rescatado del olvido absoluto a unos 200 poetas bolivianos de ese siglo y está completamente seguro de que la voz poética de aquellos tiempos no reside en los libros (se publicaba muy poco) sino en los carcomidos diarios de la época.

No es la primera misión de rescate que afronta en su vida, ni será la última. Elías Blanco Mamani nace en el hospital de la Garita de Lima el 20 de julio de 1962. Su madre se llama Marta Mamani Yanarico, de Callapa. Doña Marta va a ser la primera mujer que instale un puesto de abarrotes en la ladera oeste de la ciudad de La Paz. Va a sacar adelante a cuatro hijos, sumando y restando con las pititas de su pollera; fue, es y será una de las matronas más queridas del barrio. Elías todavía se acuerda de las filas que se montaban en su tienda los sábados y los domingos. De sus tres hermanos: uno, Juan es maestro y los otros dos —Pedro y Wilson— son comerciantes, como la madre. “Yo salí oveja negra”.

El padre se llama Nicanor Blanco Ibáñez, bordador, sombrerero y vendedor de abarrotes en sus ratos libres. “Ha vivido y ha muerto bailando morenada, a todo lado iba, a Guaqui, al Gran Poder, a Villa Fátima, a La Cumbre… y con él su fardo de cerveza”.

Elías es un niño problema. Colecciona colegios. Debuta en el San Martín, pasa por el 6 de Agosto de Villa Copacabana y acaba expulsado del Felipe Segundo Guzmán de Miraflores. No le gustaba ir a clases. Cuando tenía unos pesitos, se largaba al cine, ora al Ebro, ora al México, ora al Avenida o al Miraflores. Del Topáter de Pampahasi pasa al colegio Copacabana, donde después de ser presidente de curso, sale por fin bachiller.

En este último dirige el coro, gana su primer rosario en un concurso y organiza las primeras marchas estudiantiles contra la dictadura de García Meza. El enemigo principal por aquel entonces es el Hugo Dávila, de los pocos que no salen a marchar. También hace su primera huelga hasta las últimas consecuencias: su víctima, una monja italiana llamada Domitila que acostumbraba insultar a los alumnos. “De maleantes no nos bajaba, cuando conseguimos que se retractara dijo que en Italia esa palabra no era mala”.

Cuando llega la hora de decidir profesión/carrera, Elías no sabe qué hacer, todo un clásico. Estudia Auditoría porque uno de sus hermanos tiene libros de esos. Termina en Comunicación Social. Conoce a Antonio Peredo Leigue, a Remberto Cárdenas, a José Luis Aguirre, a Sandra Aliaga, a Carlos Soria Galvarro. Todavía no hay docentes titulados y sus “cates” son su mejor recuerdo, hasta hoy. El estudiante Elías no tiene (buena) memoria, se aburre con la teoría y abandona tras dos años. “Muy pocos honran el oficio, te enseñan seriedad, profundidad, honestidad y al final te pagan para contar mentiras, el periodismo es un instrumento político, casi no hay gente con verdadera vocación”.

El primer trabajo lo logra, junto a su compañero de estudios Rafael Archondo Quiroga, en el semanario Aquí. La paga no existe, se cobra en bonos. Su primera nota es una crónica de viaje por las ferias del altiplano paceño. Entonces aprende de verdad gracias a las lecciones in situ del maestro Peredo. “Una vez usé la palabra ocurrir y don Antonio me dijo: Ese verbo viene de ocurrencia y usted está narrando hechos, use el lenguaje con exactitud, hágame el favor”.

Su primera alegría llega con una foto suya en tapa. Es el rostro de un minero. Elías ha tomado fotografías en el Congreso Minero de Oruro. Lo ha hecho con una vieja Pentax prestada. Al inicio no sabe ni dónde está el botón pero luego, gracias a los consejos de Gerardo Zalles, aprende rápido e incluso revela en el baño del mítico semanario fundado por Luis Espinal Camps. Hoy, Elías tiene más de 300.000 fotos de los hombres y mujeres de las culturas de nuestro país.

LA GRÁFICA

Elías Blanco en su etapa colegial

Literatura. La feria de autores de 2021 en Villa San Antonio Bajo, gestionada por Blanco

Obra. Blanco delante de un retrato de Jaime Saenz pintado por él mismo

‘Enciclopedia gesta de autores de la literatura boliviana’

Gestión. En la puerta de la Casa de las Culturas Jaime Saenz

Portada del libro sobre el escritor

En los noventa crea, junto a otros compañeros, la recordada agencia Gesta, un servicio inédito de información cultural. Son los años de la Tercera Gesta Bárbara, junto a Mauricio Souza, Lupe Cajías, Julio de la Vega y Marisol Quiroga. Después pasa a ser el encargado de fotocopias de la oficina de Comunicación Popular de la Comisión Episcopal de Educación, dirigida por Luis Di Libero. El sueldo es una miseria, 50 bolivianos. Con el italiano pasa cursillos de publicidad, propaganda e iniciación cinematográfica en el colegio Don Bosco.

Cubre la llegada de Juan Pablo II y se encarga de meter a los periodistas nacionales y extranjeros dentro de los primeros radiotaxis de la ciudad llamados originalmente “Mi Taxi”. En esa oficina, Hugo Ara le cambia el nombre siempre: para él, se llamaba Isaías, no Elías. Manías de vicario. Se junta con otros capos como “Chichizo” López, David Santalla, Sergio Calero, Willy Kenning…

Gracias a Rubén Vargas Portugal colabora en el suplemento Puerta Abierta del periódico Presencia junto a Nadia Gutiérrez y Mabel Franco Ortega. Tiene a su cargo la contratapa llamada Del arte y sus contrastes. Luego también publica biografías culturales en el suplemento Ventana del periódico La Razón, dirigido en su primera etapa por su amigo “Rafo” Archondo. Mariano Baptista Gumucio también abre un espacio de Última Hora para las páginas de la Agencia Gesta.

Un día de los noventa, el recordado Rubén Vargas le pasa un dato: hay un cuadro del cochabambino José García Mesa en el museo Louvre de París. Elías compromete la “pepa” (primicia) a la revista Sopocachi que dirige Huáscar Cajías Kauffmann. Tratando de confirmar la noticia, choca con la embajada francesa en La Paz que desmiente el “hallazgo”. Cuando deja Presencia por algunos colegas “chinches, fregados y molestositos”, se casa con Carmenza Cadena Copa, una mujer de Nazacara. La feliz pareja tiene tres wawas: Ángel que va a ser arquitecto; Huáscar que va a ser ingeniero de sistemas y tatuador; y Sebastián, que aún cursa secundaria. De Rubén, Elías siempre habla bien: “Era muy serio y responsable, era muy leído con un gran sentido del humor, era nuestra fuente a la hora de hablar de poesía”.

Desde esa época, Elías no se pierde una exposición de arte. Traba amistad con el pintor Gil Imaná, graba más de 10 cassettes para armar una biografía que todavía hoy espera por su publicación. En 1992 hace parir su primera columna fija: “Un día como hoy en la cultura”. Arranca en Presencia con un auspicio del Convenio Andrés Bello gracias a una gestión de Vicente Mendoza Bilbao. Entonces comienza su “obsesión” por las fechas de nacimiento. Pronto los amigos le van a poner una chapa que también podía estar como profesión en su carnet de identidad: “cumpleañólogo”. Cuando la agencia Jatha compra el servicio, la columna aparece en varios periódicos del país como El Mundo de Santa Cruz y Opinión de Cochabamba.

En 1991 dirige su primer programa de televisión, Autorretrato en el Canal Universitario de La Paz (retomado en su nuevo ciclo en Abya Yala Televisión entre 2017 y 2020). En 1993 entra por primera vez a la gestión pública cultural. Durante siete meses, gracias a Manuel Monroy Chazarreta, que es el Oficial Mayor de Cultura de la Alcaldía del “Chaza”, se hace cargo de la Casa  Distrital de Culturas “Jaime Saenz” de su barrio, Villa San Antonio Bajo, a escasos pasos de su casa.

Su primer libro data de aquellos años. Junto a Mario Urquieta, Bernardo Peñaloza y la sobrina de Jaime Saenz, Gisela Morales, recopilan los mejores recuerdos del poeta paceño, muerto la década anterior. Marcha todo bien hasta que la familia retira el apoyo y pide la devolución de todo lo rescatado entre cartas y poemas inéditos. El libro sale igual. Se llama Jaime Saenz: el ángel solitario y jubiloso de la noche, una biografía hermosamente editada de 1.000 ejemplares de tiraje, difícil de encontrar hoy en día. “La segunda edición quiero sacar ahora”.

El nuevo siglo ve como Elías se sube a la ciudad de El Alto (para ser director de Cultura de la Alcaldía) y comienza a publicar libros/diccionarios después de largos años de labor como rescatiri. Así llegan 18 libros hasta la fecha, muchos lanzados por su propio sello, editorial El Aparapita. Entre ellos, están: Existencias insurrectas: la mujer en la cultura boliviana junto a Pilar Contreras; Enciclopedia Gesta de autores de la literatura boliviana (con más de 4.590 títulos y 1.212 autores y autoras desde 1705); Alemanes en la cultura boliviana, El himno paceño en su Sesquicentenario; y Pedro Domingo Murillo: el protomártir en la poesía boliviana.

Es hora entonces de recoger lo sembrado en la cosecha: es columnista del semanario La Época en la primera etapa de Raúl Peñaranda Undurraga; colabora con la Revista Cultural de la Fundación del Banco Central de Bolivia; edita el suplemento especial 200 Personajes Paceños del periódico La Razón; lanza su exitoso blog Diccionario Cultural Boliviano, cercano ya a los 3.000 autores/entradas y con más de 3 millones y medio de consultas; es colaborador de Letra Siete en el periódico Página Siete; es editor del suplemento El Aparapita en el diario Ahora el Pueblo; y abre su propio canal en YouTube de documentales. “Ya voy por 500 videos y el más consultado es del Túpac Katari con 80.000 visitas y Víctor Hugo Viscarra con 42.000; eso quiero decir algo, hay sed entre la juventud por saber más de ambos”.

En 2012, en abril, siempre abril, funda el Museo del Aparapita que ya tiene más de 40 cuadros y 5.000 libros (la gran mayoría —amén de donaciones— han sido “rescatados” de la feria 16 de Julio de El Alto). Entre los cuadros, una obra de Patricia Mariaca que compró por 60 pesitos junto a las rieles. La figura del aparapita le ha traído suerte. Es un personaje idiosincrático de La Paz. Es humilde pero alevoso, es libre pero orgulloso. “Es vital y necesario, sin él ningún mercado podría ponerse en pie, todos los redescubrimos gracias a Saenz, no sé a qué estamos esperando para nombrar al aparapita como patrimonio vivo. Los artistas lo han convertido en santo y seña; los escritores, en protagonista de cuentos, novelas y poemas. Su saco es nuestra propia ciudad, llena de parches”.

Personaje inquieto y curioso por naturaleza, organiza las ferias de autores desde 2013. Cuando algún genio se le ocurrió demoler el parque frente a la Casa de la Cultura de su barrio, Elías contraataca con una poción mágica indestructible, el libro y sus hacedores. Y logra frenar el despropósito.

De su injusta partida al frente de la Casa del Poeta que comandó junto al entrañable Fernando Lozada desde 2018, no se hablará. Solo se dirá una cosa: cuando Elías, presionado para que renuncie, presentó su carta, algunos en la actual Secretaría de Culturas de la Alcaldía paceña se alegran. Por sus actos los conoceréis, dice un libro. De su programa de radio en la Wayna Tambo solo se pueden decir cosas sabrosas. No por nada lleva un título apetecible: Chairo. Libros. Arte en homenaje al rico chairito sabatino del Museo del Aparapita sobre la avenida 31 de Octubre, al 1573, en la Villa San Antonio Bajo.

Las últimas “joyas” recuperadas por el rescatiri Elías son un poema a Melgarejo y las poesías olvidadas de Julio Lucas Jaimes, alias “Brocha Gorda”, el director del periódico El Nacional y padre del poeta modernista Ricardo Jaimes Freyre. No sé realmente qué dice el carnet de este vencedor de mil batallas (logró tumbar hace seis años una trombosis y una tuberculosis seguidas) pero debería poner: amante de libros o simplemente, rescatiri.

FOTOS: RICARDO BAJO Y MUSEO DEL APARAPITA

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Una noche entre risas, orgullo e impuestos

Un show de stand up celebró la diversidad sexual. El host fue Pablo Osorio, quien ese día llamó la atención de Impuestos

(De izq. A der.) Chochi Cardona, Andrómeda y Pablo Osorio, en el escenario de La Tuja

Por Miguel Vargas

/ 4 de julio de 2022 / 14:23

A las 20.30 del martes 28 de junio, fecha en que se conmemora el Día del Orgullo LGBTIQ+, el espacio dedicado a la comedia La Tuja está repleto. Si bien la presencia de dos humoristas LGBTIQ+ en el escenario cruceño llamó la atención del público, la presencia como host (presentador o maestro de ceremonias de stand up) de Pablo Osorio atrajo a mucha gente, incluyendo a la prensa. En la mañana, el presidente del Servicio de Impuestos Nacionales (SIN), Mario Cazón, había conminado —carta rubricada de por medio— al humorista orureño a retirar un TikTok cómico que hizo sobre dicha institución con la amenaza de tomar acciones legales. Horas después, mediante otra misiva, el mismo Cazón se retractó.  

“Espero que todos pidan factura”, dijo Osorio para abrir la noche de Stand Up Pride, organizada por la productora Media y Comedia, tras una larga y cariñosa ovación. La gente había esperado ansiosa su entrada, pero los medios de comunicación le llamaban por teléfono o esperaban afuera del espacio ubicado en la esquina Bolívar y Barrón para hacerle una nota.

“Me dijeron que iban a venir esta noche a ver el show, así que exijan su factura”, repitió el humorista que en un día sumó más de 60.000 seguidores en TikTok y más de 16.000 en Facebook. Acto seguido hizo una rutina sobre el orgullo LGBTIQ+.

Le dejó el escenario a Andrómeda, drag queen que fue parte de otra convulsión mediática en Santa Cruz: en el segundo piso de la exposición Revolución orgullo, en el Museo de la Ciudad Altillo Beni, se pudo apreciar su trabajo escénico, incluyendo un vestido estilo María Antonieta.

En esta oportunidad subió en altísimos tacones toda de verde —incluyendo vestuario, peluca y maquillaje— para compartir algunas anécdotas de su vida como drag queen, la percepción que tiene la gente de ella, la fuerza de su carácter y la motivación que ha tenido para hacer comedia. “Decidí trabajar como modelo, fui a la Fexpo para conseguir mi trabajo deseado. Voy a ser la chica calendario, la chica El Deber, la chica Cuba Libre o la chica Corimexo; poso chuta, no hay problema. Pero nadie me quiso contratar. Yo no me iba a rendir y al final conseguí trabajo de modelo… en un pet shop”. Algo nerviosa, entre chistes de Pókemon, salchichas y matrimonios, siguió su rutina dejando el mensaje de que la comedia le sirve como catarsis para compartir los infortunios que ha atravesado en su vida.

Como Pablo continuaba atendiendo a la prensa, fue Andrómeda la que presentó a Chochi Cardona, comediante gay que relató desde su nacimiento, totalmente homosexual, hasta los prejuicios con los que se enfrenta diariamente, recurriendo a un humor ácido y negro. No faltaron las historias sobre sacerdotes y sus gustos especiales, así como tópicos del mundo gay, como la aplicación Grindr o los puntos de encuentro en Santa Cruz.

Con una polera negra y un pantalón café, dijo que, al no estar en forma, es parte de un grupo de comediantes singular. “No sé si da más miedo de que vengan los Power Rangers por Andrómeda, Impuestos Nacionales por Pablo o Herbalife por mí”.

Chochi alargó su presentación hasta que Pablo terminó de hablar con los medios y retomó el micrófono. Pero el teléfono no cesaba de sonar. “Este don Mario, bien acosador es”, bromeó.

Entonces habló sobre su llegada de Oruro a Santa Cruz, del descubrimiento de ser el “colla e’ bierda” en esta ciudad donde se es el chivo expiatorio de todas las desgracias que allí suceden.

“Es hermoso ser colla, es un viaje personal, porque no sabes que eres colla hasta que llegas a Santa Cruz. ¿Hay collas esta noche?”, pregunta. El público responde a gritos con un “¡wuuuuuu!” que sorprende al comediante. Guarda silencio mientras abre los ojos y arquea las cejas. “Ok —agrega—, finalmente, we did it”. Y lo aclama una risa general.

Termina el show y llueven los aplausos. La gente se toma fotos con Pablo, sus dos siguientes shows están llenos. “¿Cómo te sientes? ¿Cómo estuvo tu día?”, pregunto.

“No lo sé, fueron seis horas difíciles, pero sé que dormiré bien”, sonríe. 

FOTOS: MEDIA Y COMEDIA

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Yotsugi San

Por El Papirri

/ 4 de julio de 2022 / 14:19

CH’ENKO TOTAL

Cuando el presente está un poco triste y el futuro no existe, nada mejor que recordar. Qué será de la vida de mi amigo Yotsugi san… Lo conocí en 1990, en la isla de Kyushu, al sur de Japón. Yo vivía en Fukuoka, una ciudad pujante, al frente de Seúl. No conocía a nadies, no entendía el idioma, estaba a punto de colgar los cachos y retornar a Bolivia. Fueron los espíritus superiores los que mandaron a Yotsugi san a tocar el timbre de nuestro departamento. Abrí la puerta y me asusté, era un japonés corpulento que traía un LP vinilo que decía en la tapa “Bolivia”.

—¿Sumimasen, anata wa deska?— me preguntó en urgencias, agachándose tres veces y señalando la tapa del vinilo con un dedo.

—Nihongo wakarimasen— respondí, diciendo “no entiendo” y acercándome en miopía a la tapa del disco.

Era un disco boliviano, encabezaba el LP Zulma Yugar, luego Savia Andina, Los Kjarkas, Enriqueta Ulloa, Grupo Proyección, y al final estaba yo, con mi canción Hoy es Domingo, se trataba de una compilación que desconocía, todos pertenecíamos al mismo sello discográfico.

— Jai, watashi desu— le respondí en positivo, señalando con el índice la punta de mi nariz.

—Ohhhhh, sugoyyy— respondió admirado.

Y se lanzó a mis pies…

— ¡Sensei! ¡sensei! Monloy san, sensei desu— decía desesperado mientras abrazaba mis pies de maestro.

Me costó mucho incorporarlo, no quería mirarme a los ojos. Ya incorporado le dije que pasara, se sacó las botas rudas, no quería ingresar a la pequeña sala. “Sensei, sugooy”, seguía repitiendo como en oración. Lo invité de nuevo, ingresó con medias y de puntitas a la sala con piso de tatami, yo ya estaba un par de meses tratando de salir adelante en Fukuoka y sabía que haciendo reverencias todo iba bien.

—¿Kono LP, itsu Monloi san jiquimaska?— preguntó, tartamudeando, cuándo había grabado ese disco.

Ahí nació un diálogo con señas, mezclado con palabras en inglés. Yotsugi san traía un diccionario japonés-español que consultaba nervioso, con gran expresión teatral se inició aquella amistad musical.

Al otro día Yotsugi san trajo una guitarra Ovation, electroacústica, maravillosa, estaba de moda en EEUU y Europa, le entendí que quería que yo le enseñara a tocar.

—Domínguez, onegaishimasu— repetía.

 En la época yo no tocaba nada de Alfredo. Pero Yotsugi traía un casete con piezas del guitarrista tupiceño. Fue allí que conocí Por tu senda y la saqué de oreja para enseñarle a mi primer alumno nipón. Luego esa pieza inició mis conciertos durante 15 años. Yotsugi san venía lunes y jueves y se quedaba de 4 a 6 de la tarde. Venía después de su trabajo que, entendí, era de técnico de cables de luz. Gracias a aquel amigo pude ir aprendiendo algo de japonés. Su obsesión era aprender a tocar la chacarera y aplicar este ritmo a algunos temas de Ernesto Cavour. Y yo sí que sabía tocar el ritmo, todos los veranos de mi infancia me había vestido de chacarera en el patio de mi abuelo Andrés.

Gracias a Yotsugi san empezaron a salir tocadas, él averiguó que había un curso de japonés en el Ryo Gakusei Kaikan, el edificio de estudiantes extranjeros donde vivíamos; escolar, me fui a aprender con las esposas de los becarios, todas africanas y chinas. Con el amigo fuimos armando un repertorio de 45 minutos a su gusto que luego yo estudiaba en la mañana, aquel repertorio incluía 20 minutos de piezas instrumentales latinoamericanas para guitarra y algunos hits latinos. Gracias a los casetes de Yotsugi saqué al oído el tango Adiós Nonino de Astor Piazzolla, él me trajo fotocopias de las partituras de los valses venezolanos de Antonio Lauro, de Danza Característica del cubano Leo Broawer, del Choros Nro.1 de Heitor Villa-Lobos, aún no existía el internet. Al oído y con gran esfuerzo trabajamos alguna bossa nova. Le encantaba mi manera de pulsar la rítmica de la mano derecha en la bossa, mi versión de Corcovado lo hacía vibrar. Escuchaba con los ojos cerrados lo que yo tocaba, luego le pasaba la guitarra y él trataba de imitarme. En seis meses Yotsugi san logró interpretar algunas de esas piezas, pero con la chacarera nada, che. En su auto fuimos hasta la ciudad de Kita Kyushu, a unas cuatro horas de donde yo vivía, a participar en mi primer concierto público japonés, en el Teatro Municipal de esa ciudad. Entendí que era un concierto de despedida a un japonés que se iba a Bolivia a estudiar charango, el Teatro de unas 400 butacas estaba lleno. Toqué aquel repertorio de 45 minutos que Yotsugi escogió, inicié con los temas en guitarra, luego tres bossas tocadas y cantadas, más dos boleros de Los Panchos, siguiendo con Hana no matsuri (El Humahuaqueño) y una morenada en japonés que Yotsugi san me ayudó a traducir y que decía así: “Jora, jora, odore, kio wa mastsuri/ Andes no Jaru/ Te bioshi ta ta ta/ Ashi bioshi ta ta ta / tanoshimashoo”. O sea: “Morenada cantaré, morenada bailaré con alegría/ con las manos ta ta ta /con los tacos ta ta ta/ Viva la fiesta”. Éxito total, ovación nipona. La segunda parte entró a escena el grupo de Yotsugi, se llamaban “Los ubanquiacas”, nunca supe que significaba aquel nombre, tocaban éxitos de música andina envueltos en ponchos de Tarabuco. Al final, ingresó a escena el japonés viajante tocando dos solos de charango, ¡además de konkhota!

Luego de un año de clases, Yotsugi se fue a trabajar a Tokio y no lo vi más. Mi recuerdo más querido para Yotsugi san, aquel amigo que hace 30 años me sacó de una soledad asiática muy parecida a esta actual cochabambina. No pude ubicarlo en el feis porque nunca supe su apellido, él decidió presentarse con su nombre, al estilo latino. O sea, es como si se llamara “Juan san” y buscaras un Juan en el feis. Grave, che.

(*) El Papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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Kala Marka remeció el Teatro Gran Rex

La agrupación boliviana se presentó con lleno total el 19 de junio en el mítico escenario de Buenos Aires

El grupo folklórico Kala Marka y el ballet dirigido por Paola Miranda se presentaron en el Gran Rex de Buenos Aires

/ 4 de julio de 2022 / 14:17

Para el director, fundador, charanguista y voz de Kala Marka, Hugo Gutiérrez, fue siempre uno de los más grandes anhelos actuar en el mítico escenario del Gran Rex, un desafío que llevó a la agrupación boliviana al más alto nivel de éxito. “Llegamos un par de días antes y paseando por Corrientes, tuve algo de nervios. Ahí estaba nuestro afiche ¡La puerta forrada con los banner de Kala Marka! Todo anunciaba el concierto… estábamos ahí, frente a uno de los sueños de toda mi vida”, explicó el director.

Empezaba la tarde del domingo 19 de junio y miles de personas llegaban en grupos con banderas bolivianas y wiphalas hasta la avenida Corrientes, cerca del majestuoso Obelisco de la ciudad de Buenos Aires, a celebrar el Willkakuti 5530, convocado por Kala Marka en el Gran Rex, uno de los teatros más importantes de América del Sur, por cuyo escenario han desfilado figuras emblemáticas del arte mundial.

La prueba de sonido del grupo musical y de pista para el ballet se inició en un teatro vacío completamente, que en pocas horas llegó a su máxima capacidad.  En la avenida y en el hall del recinto retumbaban los bombos y sikuris que daban la bienvenida a Kala Marka y a su homenaje al Willkakuti 5530.

Junto a Rodolfo Choque, también fundador, quena y zampoñas; Benjo Chambi, el baterista estrella; Freddy Huanca, guitarra eléctrica; Didier Mamani, guitarrista; Edwin Mendoza, bajista; Fernando Gutiérrez, quena y zampoña; y José Abreu, percusionista cubano-boliviano, se lucieron como una de las mejores bandas folklóricas, de raíz aymara-andino-amazónica reconocida en toda la región.

Los temas emblemáticos de la agrupación fueron coreados de pie por los asistentes casi en la totalidad del concierto, que duró alrededor de tres horas; un espectáculo que mantuvo en vilo al público que iluminó de luces el recinto.

La apuesta del ballet Kala Marka, de la mano de su directora Paola Miranda, era llevarnos a un paseo por las danzas bolivianas interpretadas con maestría por 12 bailarines. En la primera presentación en un escenario de este nivel fuera de Bolivia, cada una de las estructuras coreográficas calzaba perfectamente en el escenario del Gran Rex y dibujaba a la Bolivia que ante el hecho creativo, ha generado un inmenso acervo cultural representativo de la América profunda, esa que estamos obligados a descubrir a través de sus expresiones artísticas. El despliegue de música, baile, coreografías y vestimentas de danzas como las del pujllay o el tinku, asombraron a los porteños que acudieron a la cita y esperan repetir el plato.

Sentimientos a flor de piel surgieron  en todas y cada una de las piezas que dan cuerpo a Kala Marka, artistas que zarandearon la sobriedad del inmenso teatro y transformaron la sutileza de sus líneas en una fiesta de luces impregnadas de plurinacionalidad. La despedida fue con el estreno de Saya para vivir, una fusión inspirada en la música y bailes afrobolivianos, con cuya letra rinden homenaje a todo Yungas: “Tienes la magia de tu tierra buena/sueño en ti despertar/besar tus manos y tu piel morena/warmisita, yungueñita, eres mi inspiración”.

Estremeció el apoteósico y emocionado grito “Gracias, Argentina”. En su regazo el Gran Rex envolvió durante una noche la fantasía de un sueño cumplido, que ya resuena histórica.  ¡Jallalla!

FOTOS: CRIS GONZÁLEZ

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