martes 28 sep 2021 | Actualizado a 16:45

Fiebre por Luis Miguel

Seducidos por las canciones del cantante mexicano, los paceños Harold Barrón e Ismael Cabrera le rinden homenajes musicales.

/ 22 de mayo de 2019 / 00:00

Las luces del escenario comenzaban a disminuir, mientras los últimos acordes de Amarte es un placer —una de las grandes canciones románticas de Luis Miguel— terminaban de difuminarse en el ambiente, cuando un sollozo ahogado, que venía del público, sorprendió al cantante paceño Ismael Cabrera. Si bien él, que tiene 26 años, empezó a escuchar al Sol de México hace poco —gracias a la serie televisiva sobre su vida, producida por la plataforma Netflix y el canal Telemundo— para muchos otros, de generaciones mayores, es parte esencial de la banda sonora de sus vidas.     

De la misma forma en que “Luismi” introdujo boleros clásicos a los oídos y los gustos de miles de jóvenes en la década de 1990, el programa despertó la curiosidad de muchos por un cantante que había sido un grande, pero cuya popularidad descendió desde principios de los 2000. Ahora, músicos bolivianos como Ismael y Harold Barrón se suman a la fiebre por escucharlo, con especiales y homenajes que rescatan sus mejores canciones. 

La faceta de Harold como admirador e intérprete de la música del cantante mexicano, nacido en Puerto Rico, es completamente diferente a su imagen como vocalista de la banda de pop paceña Mbox. La primera se relaciona con la elegancia y el romance, mientras que la segunda es juvenil y divertida.

“Es una dimensión opuesta, que sin embargo siempre ha estado presente. Me gusta mucho la música que habla de amor y la he cantado por varios años”, narra.

Es por eso que ya hace cinco años decidió rendirle homenaje al artista, con un concierto con el que no quedó satisfecho en cuanto a la producción. Con el boom que generó Luis Miguel, la serie —que se estrenó hace ya un año y cuya segunda temporada está confirmada— decidió volver a presentar el espectáculo, el sábado 11 de mayo en Cambrinus Antique Piano Bar (C. 1 de Auquisamaña 7, zona Sur). “Tuve una muy buena recepción y tendremos más fechas en septiembre.

Es un gran cantante con un talento innato, explotado por su padre. Me parece que durante años mantuvo una carrera pulcra y que ahora se está dedicando a vivir. Lo interesante es que ha mejorado técnicamente y se nota que supo manejar el desgaste que cantar por tanto tiempo genera”, expone el cantante paceño.

Ismael se dedicó durante muchos años a la producción musical, así que cuando la idea de hacer un espectáculo con las canciones del astro latino se concretó, ya tenía un equipo consolidado para hacerlo. “Nunca le había prestado atención, no conocía su música. Pero cuando al fin lo hice, descubrí piezas que no puedo dejar de cantar. La calidad de la producción que tiene su carrera es sorprendente”, detalla el músico que estrenó su homenaje a Luis Miguel en abril y lo repondrá el 23 y 24 de mayo en el Teatro Nuna (21 de Calacoto 8509, parada del PumaKatari).

Interpretar la música de este ícono latino sin caer en la imitación es un reto que requiere que ambos artistas nacionales salgan de su zona de comodidad. Harold se dedicó a estudiar los conciertos en vivo y a transformar su estilo inspirado en la elegancia de Luis Miguel.

“Si bien vocalmente tengo una propuesta diferente a los recursos que él utiliza, algo que he tomado de sus actuaciones es su energía, la pasión y la fuerza con la que despierta al público”, comenta Ismael.

Gracias a las piezas de compositores como Armando Manzanero y Juan Carlos Calderón, los recitales que recuerdan los clásicos de Luis Miguel se llenan de nostalgia, pero también de una suerte de magia capaz de conmover incluso a los profesionales del medio: “Es inusual ver a los músicos emocionarse hasta las lágrimas, pero cuando lo vi, supe que estas composiciones tienen una fuerza indescriptible con palabras”, narra Ismael.

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Warmi Photo

La colectiva boliviana realizó el taller de fotos ‘Existimos Estallidxs’. En estas páginas, algunas de las mejores piezas

Por Miguel Vargas

/ 27 de septiembre de 2021 / 09:50

Congregar la diversidad de miradas de fotógrafas mujeres bolivianas es uno de los principales objetivos de la colectiva  WarMi Photo, que busca la visibilidad de su obra y de sus ideas. Con este afán —y tras una primera versión en 2019— se realizó este 2021 Existimos Estallidxs, la segunda residencia fotográfica en narrativa de género, identidad y territorio.

Se trató de un evento internacional autogestionado que nació a partir de la necesidad de crear espacios de formación más accesibles y fortalecer la producción colectiva fotográfica de nuevas autoras desde Latinoamérica, describe Lesly Moyano, de WarMi Photo.

IMÁGENES

El cuerpo hablante de Cecilia Bethencourt (Argentina).

Flor cara de Ana Sotelo (EEUU Perú)

Cosechando memorias de Valentina Cuadros Biggerman

Rebeca en su descanso de Angélica Queupumil (México)

Debido a la pandemia de COVID-19, la residencia se realizó de forma virtual del 23 al 28 de agosto, con la participación de 34 residentes latinoamericanas dirigidas por cinco tutoras de reconocida trayectoria:  Wara Vargas (Bolivia), Greta Rico (México), Anita Pouchard Serra (Argentina), Camila Falcao (Brasil) y Marcela Bruna (Chile).

Estas jornadas sumaron un total de 40 horas formativas entre talleres, charlas magistrales, revisiones de portafolio y el desarrollo de un proyecto personal. La residencia contó con la certificación de la Universidad Evangélica Boliviana.

De los proyectos personales de las participantes en este evento, presentamos en estas páginas algunas de las imágenes que han destacado tanto por el trabajo estético que han implicado como por la formulación de un discurso propio.

Fotos: Warmi Photos

MIRADAS

La esperanza en el volver de Carmen Angola (Bolivia)

La madre dolorosa de May Gonzales (Ecuador)

Mi sangre es una semilla de Wara Moreno

Tiempo sin dueño de Tatiana Siles Joffré (Bolivia)

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Ever Roca, el camino de un autodidacta

El artista se inició en el dibujo a sus 11 años. Tras la secundaria decidió pintar al óleo y hoy retrata la Amazonía

Por María José Richter

/ 27 de septiembre de 2021 / 09:48

Ever Roca Oliveira (1989) nació en la Amazonía boliviana. Y aunque no parece lo más relevante, este dato es fundamental para comprender su propuesta artística. Una de sus obras, Zafra, Castañero Amazónico, muestra a un hombre escondido en los bosques trabajando la tierra. A su lado, un perro lo mira atentamente. El óleo sobre lienzo parece, por su realismo, el fino pero intenso trabajo de los colores y la técnica detallada, una fotografía.

Si bien Beni fue la ciudad donde abrió sus ojos, fue en Pando —allí lo llevaron sus padres un año después de nacido— donde tomó sus primeros lápices que luego devendrían en pinceles. En 1997 empezó a cursar la primaria en Cobija. Un tiempo más tarde, cuando tenía apenas 11 años, afloró lo que sería su camino: el dibujo y, más tarde, la pintura.

Se inició reproduciendo las caricaturas televisivas. “A mis 10 años hacía dibujos para la clase solo como un hobby, algo que me gustaba. Llenaba mi cuaderno con dibujos caricaturescos, los que veía en la televisión. A mis 12 años fue cuando empecé a hacer dibujos más continuos, aunque no era de los alumnos a los que les encantaban las artes plásticas ni que paraba dibujando”, recuerda Roca.

Cuando llegó a la secundaria, Roca empezó, por azar, a indagar en la anatomía humana y las formas del cuerpo. “Dos años más tarde empecé a hacer dibujos para anatomía en la carrera de Enfermería en la Universidad de Pando. Pasé de los dibujos caricaturescos al cuerpo, no porque lo buscara, ni nada de eso, sino que me pedían encomiendas y me pagaban. Lo hacía todo a lápiz”, cuenta.

Zafras. Castañero Amazónico, óleo sobre lienzo.

De la mímesis a la propuesta

Esto lo llevo a ampliar la forma en que hacía un ejercicio de reproducción de lo que veía y también a sentir curiosidad por otras técnicas. “Un tiempo después sentí intriga por la pintura, en esa edad hice mi primer acrílico sobre las paredes, a veces sobre cartón. Mis padres no se molestaban de que yo pintara en los muros. Quise incursionar en el óleo, pero no llegaban a Pando, entonces utilizaba pinturas enlatadas de Monopol y las diluía con lo que podía”, dice.

Cuando encontró los óleos para principiantes en Cobija, empezó a hacer murales. “Hice uno de un pesebre cerca a Navidad”, recuerda. “A mí me parecía que lo hacía muy bien para ser de los primeros trazos, pero nadie podía darme una crítica constructiva porque en Pando nadie conocía sobre arte”.

La admiración por saber cómo mejorar su técnica al óleo lo llevó a adentrarse en el conocimiento autodidacta y vivir el asombro. En la etapa de secundaria, “empecé a experimentar mucho más y tratar de llenar un vacío, entonces buscaba libros relacionados con el tema artístico, aunque había muy poco material por acá. Pude conocer historia del arte: las técnicas, las corrientes, los pintores. Todo esto me motivó muchísimo”.

Una vez que conoció su tradición, empezó a gestar su propia propuesta y dejar atrás la reproducción. “Decidí empezar a hacer paisajes, escenas que estaban en mi mente, ligadas a la Amazonía. Cuando terminaba un cuadro, sentía que quería más y quería evolucionar. Al principio regalaba los cuadros, no los vendía. Hasta ahora en Pando es muy difícil la venta de arte”.

Lo siguiente fue consolidarse como pintor en su ciudad “e intentar cambiar la concepción del arte en Pando. Empecé a regalar cuadros y a venderlos a precios muy bajos, a mostrar mis obras a las instituciones, a mi familia y a los barrios”. Y aunque la tarea fue difícil, “hoy hay un poco más de apertura al arte, pero aún la recepción es muy pequeña”.

En estos años llegó a participar de diversas exposiciones, tanto individuales como colectivas, entre ellas la muestra Bolivia Internacional Individual en Brasil (2019); la Exposición Colectiva Nacional e Internacional (2017) en las galerías del patio del cabildo Tarija-Bolivia; una muestra colectiva en el Museo Costumbrista Juan Vargas (2018). Participó también del Encuentro Internacional de Muralistas en El Alto en 2019. Obtuvo diversos reconocimientos en el país y afuera en el marco de bienales o, por ejemplo, el importante Premio Nacional Eduardo Abaroa en 2016.

“Escogí este lado del arte primero porque fue una atracción con la diversidad de mi región y, después, porque es una región peculiar y poco atendida. El arte en Bolivia está orientado a lo andino, pero hay muy poco de este lado”, dice. “No es común ver obras de la Amazonía en el país, aunque las hay en Perú y Brasil. Siento que la mía es distinta porque he apostado por un realismo que enfatiza con los colores y los rasgos fuertes lo que es esta cultura. Los colores verdes y cafés predominan, porque son característicos de la región”.

La Amazonía y sus paisajes. La Amazonía y sus animales. La Amazonía y sus colores. La Amazonía y sus personajes. Todo ello se convirtió, de a poco, en la fuente de trabajo de Roca, quien hoy, luego de un camino autodidacta, es un retratista de una cultura que cautiva.

Fotos: Ever Roca

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María José: la discapacidad múltiple no frena la creatividad María José: la discapacidad múltiple no frena la creatividad

María José Viscarra es una artista de 27 años de edad que retrata sus estados de ánimo a través de la acuarela y el acrílico

La artista maría José Viscarra

Por Claudia Fernández V.

/ 27 de septiembre de 2021 / 09:28

Su mano izquierda es la encargada de realizar los trazos sobre el lienzo; esa línea continua que pintó con naturalidad costó varias hojas y lágrimas. “Esta soy yo, con mi silla de ruedas y mi delantal de pintura. En ese momento estaba triste”, dice María José Viscarra al mostrar su primer autorretrato. La nueva artista tiene una paleta amplia de temas, aunque encontró una leve inclinación por reflejar su estado de ánimo a través de sus cuadros.

La acuarela y el acrílico son los materiales que más utiliza, y su mayor referente es Frida Kahlo; las obras de la artista mexicana la inspiran. Pintar le ayuda a olvidar el dolor de su cadera, que se intensificó hace dos meses por la subluxación o displasia congénita con principios de artrosis que tiene, pintar le ayuda a expresar las palabras que no puede mencionar y le permite seguir mirando hacia adelante: desea que sus pinturas lleguen más allá de La Paz.

Ser profesional en artes plásticas y visuales requiere disciplina y pasión, y en el caso de María José, de 27 años, también implicó subir tres pisos para llegar a sus clases de pintura durante cuatro años. Su madre, algunas veces con ayuda de un voluntario, levantaba la silla de ruedas grada por grada.

“Cuando entré a la universidad sentí miedo, todo era confuso, y no sabía pintar. Lo más difícil era ver cómo algunas personas me hacían a un lado”, comenta María José, pero como en sus cuadros y en la vida hay una diversidad de colores, algunos más oscuros y otros más claros. Un buen amigo como Miguel, unos profesores como Freddy Escobar, Martina Noriega, Paddy Viscarra, Fernando Montes y Mario Conde lograron aliviar el peso que sentía por dejar las brochas.

Ser una nueva artista exige también creatividad, alto nivel de destrezas, reflexión crítica y un lenguaje plástico que comunique. Todo eso aprendió en la Academia Nacional de Bellas Artes Hernando Siles, lo aprendió a través de su traductora, Claudia Agramont.

Interpretar las palabras de los profesores en Lengua de Señas necesitaba algo más que técnica. Claudia repitió las veces que fue necesario para que María José capture los detalles de las clases y la esencia de los artistas que iba descubriendo. Además del dominio de la Lengua de Señas, la complicidad entre madre e hija fue una fuerza que la impulsó para continuar estudiando.

María José, aparte del problema en su cadera, tiene discapacidad auditiva. Padece de hipoacusia bilateral severa. La artista es una de las 91.287 personas con discapacidad registradas a escala nacional en el Sistema de Información del Registro Único de Personas con Discapacidad (SIPRUNPCD) hasta 2020. La discapacidad física-motora constituye el 38%, la intelectual el 29%, la múltiple el 15%, la discapacidad auditiva el 10%, la mental el 4% y la sensorial el 4%.

Del total de personas registradas, 77.051 tienen el carnet de discapacidad, según el SIPRUNPCD. “Pies para qué los necesito, si tengo pinturas para viajar”, parafrasea María José a la reconocida Frida Kahlo, quien también pintó desde una silla de ruedas. A la frase de la joven boliviana también se incluye pinturas que expresan lo que las palabras no pueden.

Su cuadro favorito refleja a Claudia, su madre, con un rostro dividido a la mitad. En el lado izquierdo hay una mirada dulce en tonos claros y en el lado derecho hay una mirada estricta de color rojo.  También son especiales otros dos cuadros de acuarela pintados hace un par de años; Libertad y Fuerza, así los bautizó.

La tenacidad de la familia Viscarra Agramont se percibe cuando habla de la operación que necesita la cadera de María José y que no puede realizarse en Bolivia, según les explicaron los médicos. Mientras los padres de la artista continúan investigando sobre la cirugía, la familia solo desea que el dolor sea disminuido.

“Voy a seguir adelante, voy a seguir pintando”, dice María José en la Semana Internacional de los Sordos, fecha que se conmemoró por primera vez en septiembre de 1958 en Italia y “desde entonces se ha convertido en un movimiento global que promueve y crea conciencia sobre las cuestiones que las personas sordas enfrentan en su vida cotidiana”.

María José es un ejemplo de perseverancia; donde la discapacidad múltiple se convierte en creatividad y trazos llenos de luchas diarias. Su arte puede viajar sin dificultades a los lugares que desea y sus cuadros hablan por ella.

Fotos: Claudia Fernández

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Poesía para caminar la incertidumbre

El escritor y periodista sucrense Álex Aillón presentó ‘P(r)oemas. Los cuadernos del Feis’, su más reciente publicación con la Editorial 3600

Álex Aillón, escritor y periodista

Por Miguel Vargas

/ 27 de septiembre de 2021 / 08:51

Acaso no exista en el universo nada más bello que la humildad de un abrazo. El abrazo que es vida compartida. El abrazo que retiene el calor de las cosas. El abrazo que hace que las cosas sean ciertas de muchas maneras. El abrazo que hace que en ti la madrugada sea posible. Me he gastado la vida dando abrazos. Una vida bien gastada es una vida hecha de abrazos. El abrazo. El gesto con que mides el valor de tu alma”. El 9 de julio de 2019, el poeta —y cronista, periodista, gestor— Álex Aillón Valverde escribía este texto en su muro de Facebook. Es 2021 y, leyendo P(r)oemas. Los cuadernos del feis (Editorial 3600) me vuelvo a encontrar con esta declaración pública sobre la corporalidad de los afectos, en un momento en el que precisamente los abrazos escasean por la pandemia y, sobre todo, por los embates de la vida.

 Este libro de Aillón es de los que, sin pretensiones, te acompañan. Justamente porque desde ese lugar/momento es que nacieron estos textos: las invisibles páginas de las redes sociales que si aparentemente parecieran destinadas al olvido, en realidad caminan y se desplazan con uno y te llegan en los lugares/momentos más impensados: en el trabajo, en el baño o trasnochado en la cama.

En estos lugares/momentos  es que cada uno de estos poemas se convierten en valiosos compañeros en medio de la incertidumbre: qué cosita es ser poeta, de dónde viene, cómo se hereda; a qué huele el amor, cómo se digiere el olvido, cuándo se mata lo que se siente; dónde encontrar tu ajayu, cómo interpretar un t’inkazo, qué cosa — al final— es ser boliviano.

Este libro tiene palabras que caminan, de ladito, casi atisbándote, esperando que les digas “¿no ve?”. Pero es clave no decirles nada, porque el truco es leer las palabras de Aillón en silencio, para dejar que tu voz interna te cuente la historia de las ballenas, comprender la naturaleza de los amores perros o tratar de entender la valía del p’ajpaku. Si por ahí algunos textos parecen déja vù, es porque en realidad es posible que los hayas visto antes compartidos en Facebook, leído en algún periódico o haberlos escuchado en una obra del Teatro de los Andes. Es que tienen vida, pues, y la publicación del libro te los hace tangibles, atrapables.

Por eso, esta lectura —que se hace rápidamente, pero que te va a pedir una y otra vez que vuelvas a ella para entender mejor las clases de poetas que existen, los mecanismos del olvido, las contradicciones del amor por Bolivia— refresca y conflictúa plácidamente.  Es nomás un acto de amor por nosotros, los que leemos a Álex y me t’inka que él lo sabe, porque dice: “Al amor tienes que darle cosas breves, cosas que signifiquen, no que valgan.”

(27/09/2021)

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El trópico de Cochabamba comienza la cosecha de la fruta perfumada

Mediante el respaldo del PAR II, los productores quieren mejorar la calidad y cantidad de piñas para conseguir mejores oportunidades de vida

/ 27 de septiembre de 2021 / 08:04

Diversos artículos periodísticos coinciden en que Brasil y Paraguay son los territorios donde se origina la piña, también llamada ananá. El nombre de piña se debe a Cristóbal Colón, quien cuando llegó a la isla de Guadalupe (en el sur del Caribe), en 1493, creyó haber hallado una clase de fruto de pino. En cambio, “ananá” proviene del guaraní, y significa perfumado. Es decir que se trata del fruto perfumado.

En la actualidad, los principales productores son China, Estados Unidos, Brasil, Tailandia, Filipinas, Costa Rica y México. Los productores cochabambinos quieren ingresar en esta lista privilegiada.

En la actualidad, la piña es cultivada en cinco municipios del trópico cochabambino: Entre Ríos, Puerto Villarroel, Chimoré, Shinahota y Villa Tunari. En el departamento de Santa Cruz se produce en Yapacaní y Guarayos, y en menor cantidad en el municipio paceño de Palos Blancos, indica Gróver García, ingeniero agrónomo especializado en piñas.

“El productor debe trabajar entre 15 y 18 meses para obtener un fruto en cada planta. Realmente es muy costoso”, asevera el experto, quien también tiene su plantación en estos terrenos fértiles.

Bertha es consciente de este sacrificio, pero también sabe de los resultados. Por esa razón se levantó a las dos de la mañana para preparar un espeso caldo de pata, que dará a sus trabajadores a las cinco de la mañana, cuando empiece la cosecha de las frutas perfumadas.

Es necesario empezar temprano, ya que al mediodía se llega fácilmente a los 40 grados de temperatura. Después del desayuno suculento, Bertha y sus empleados cosecharán al menos 2.500 piñas, que serán comercializadas a todo el país.

Aparte del mercado nacional, las principales exportaciones se encuentran en Argentina (257.559 dólares en ventas), Chile (75.709 dólares) y Estados Unidos (2.120 dólares). Plácido Condori, jefe nacional de Sanidad Vegetal del Senasag (Servicio Nacional de Sanidad Agropecuaria e Inocuidad Alimentaria), informó que las ventas a Argentina disminuyeron por el uso “inadecuado” de agroquímicos, según una nota de El Financiero, de LA RAZÓN, publicada el 29 de agosto de 2021.

“Los productores no estábamos bien organizados. Desde hace tres años que hemos vuelto a juntarnos en los cinco municipios”, cuenta Juan Lamas, presidente de la Asociación de Piñeros del Trópico de Cochabamba.

Como toda actividad productiva, el nuevo coronavirus perjudicó sobremanera a los piñeros, en especial porque disminuyeron mercados importantes en el ámbito local como internacional. “El principal problema es la falta de asistencia técnica y los residuos tóxicos”, dice Lamas.

Ante este panorama, el Proyecto de Alianzas Rurales (PAR II) —dependiente del Ministerio de Desarrollo Rural y Tierras— llegó al corazón de Bolivia para ayudar a incrementar el rendimiento de producción y elevar la calidad de la fruta, con el objetivo de que las familias beneficiadas obtengan más ingresos económicos.

Dentro de las plantaciones de doña Bertha el calor se incrementa cuanto más se acerca el sol, más aún con el esfuerzo físico; pero poco a poco los surcos van quedándose sin la fruta de forma cilíndrica y de aroma intenso.

Como la labor es intensa, es necesario descansar un poco cada cierto tiempo, sentarse y masticar algunas hojas de coca, que ayudan a mitigar el cansancio. Después hay que internarse otra vez a la plantación para sacar la piña.

“Como PAR II estamos apoyando con sistemas de riego tecnificado para asegurar la producción y dar eficiencia al uso de agua”, informa Guido Chirinos, oficial de alianzas del PAR II, quien añade que, con una inversión superior a los dos millones de bolivianos, se está colaborando a 210 productores.

“Primero nos querían dar asistencia técnica nada más, pero la gente no estaba de acuerdo y hemos pedido insumos. Ahora nos están ayudando con eso”, cuenta Marcio Sánchez, productor en Entre Ríos.

El avance del sol es indicativo de que hay que apurarse en la cosecha, pues el calor se convierte en la principal dificultad para terminar el trabajo. Cuando por fin las piñas están apiladas, un camión llega hasta la plantación para recogerlas y llevarlas, esta vez, a los mercados del país.

LA GRÁFICA

Una planta de acopio y embalaje de piñas

El camión que transporta la fruta

Para combatir el cansancio, sirven las hojas de coca

Cosecha de piña

Desde la madrugada comienza la cosecha de piña en el trópico cochabambino

En el trópico cochabambino se producen 80.000 toneladas de piña cada año. “La superficie se está incrementando. Es por eso que necesitamos buscar nuevos mercados y aumentar los volúmenes de exportación para no saturar el mercado nacional”, expone García.

En esto está cuadyuvando el PAR II, primero con asistencia técnica y también con la entrega de equipos, como motofumigadoras y desbrozadoras, en reemplazo de machetes y mochilas fumigadoras, que alargaban el tiempo de trabajo.

Hasta hace poco resultaba impensable hablar de riego, debido a que el trópico es una zona húmeda, pero debido al cambio climático, los productores recibieron tanques para agua que optimizarán el riego de las plantas. “Con el PAR queremos hacer todo: investigar, incrementar el rendimiento y dar asistencia técnica, porque el productor pide respuestas y quiere innovar”, agrega García.

Con el camión cerca, los trabajadores recogen cuatro piñas en las manos y las llevan a la parte trasera del vehículo, para que quienes están arriba las acomoden de manera ordenada. Es otra labor cansadora, aunque son conscientes de que están a punto de terminar y que recibirán como premio un abundante picante de pollo, también cocinado por doña Bertha.

Una parte de la producción irá a los mercados, mientras que otra parte será trasladada a la empaquetadora Gualberto Villarroel, en el municipio de Entre Ríos, donde más de 40 agricultores, miembros de la Asociación de Productores Agropecuarios Gualberto Villarroel (Apragvi), dejan las piñas para que sean procesadas y sean vendidas en el país, pero principalmente en el exterior.

Cada martes o miércoles, la correa de transporte entra en funcionamiento en la empresa perteneciente a los productores. El camión se estaciona cerca de la fábrica para depositar las piñas en unas colchonetas que mitigan el impacto y conservan bien la fruta.

Luego, el producto pasa por un proceso de desinfección, para luego ser secado con unas turbinas y, después, es empaquetado de acuerdo con el tamaño de cada fruta. Cada semana generan al menos mil cajas con fruta. “Agradecemos al PAR II, pero requerimos que nos sigan apoyando (…) Queremos reactivar la exportación, incrementar las áreas de producción, industrialización y tener más utilidades”, dice Lamas.

“Al que madruga Dios le ayuda”, señala el refrán. Doña Bertha y los otros productores de la región lo saben y por esa razón es que comenzaron a cosechar, con la seguridad de que el aroma de las piñas traerá días dulces a sus familias.

Fotos: Salvador Saavedra y José Rojas

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