jueves 28 ene 2021 | Actualizado a 07:58

Llegó el año de la Rata de Metal

Es el año 4718, según la tradición oriental, que marcará un reinicio de los 12 signos zodicales y será una nueva oportunidad para la renovación.

/ 29 de enero de 2020 / 12:46

Cuenta la leyenda china que cuando el Emperador de Jade creó los signos zodiacales, el primero de estos estaría dedicado a aquel animal que llegase antes que todos a su fiesta. La rata entonces le pidió al buen buey que la llevara sobre su lomo para cruzar el río, pues ella era muy pequeña y se ahogaría. El buey accedió de buen agrado y en un momento en que ambos estaban muy cerca de la meta, la rata saltó del lomo de su compañero y se le adelantó. Astuta y sin escrúpulos, la Rata está asociada con la tierra y la medianoche; representa lo masculino, lo luminoso, la acción. Para la cultura china, el primero de los 12 signos representa la prosperidad familiar, la buena suerte, la inteligencia y la abundancia. Comenzó el año de la Rata de Metal.

A diferencia del que se festeja con el calendario gregoriano en occidente, el Año Nuevo Chino se celebra el primer día del primer mes del calendario lunar, basado en los ciclos del satélite de la Tierra, informa elcomercio.pe. Si en occidente el 2020 comenzó el 1 de enero, en la tradición China estamos en el año 4718 y se inició el sábado 25 de enero y terminará el 11 de febrero de 2021. En China es una de las fiestas más importantes, pues coincide con el Festival de la Primavera, que se festeja en la segunda luna nueva después del solsticio de invierno, que suele caer entre el 21 de enero y el 20 de febrero.

La Rata de Metal abre un nuevo ciclo de rotación de los 12 signos del horóscopo chino en el que —según la tradición— habrá una nueva oportunidad de renovación. Se vaticina que será un año de cambios sociales, políticos y climáticos; será el mejor para analizar lo vivido y comenzar a planificar nuevas metas y objetivos. “Lo que fue, ya no es ni será, y dependerá de nuestra adaptación al vertiginoso cambio climático, geopolítico y humano la forma cómo nos insertemos en este ciclo”, comentó la astróloga argentina Ludovica Squirru Daria a la revista Semana.

Pero la mayor riqueza de esta fiesta es la tradición. El color rojo es el que atrae la buena fortuna y una de las frases que más se escucha durante las celebraciones es “gong hei fat choy”, un saludo que ofrece un deseo de prosperidad. Y es que toda China y el mundo se ponen de fiesta, señala El Clarín.

La celebración se extiende por tres semanas y se divide en tres partes. Se inicia con el pequeño Año Nuevo, que es  un tiempo de preparación en el que se hace la limpieza del hogar con escobas viejas que luego se desechan y se adornan las casas, colocando en las puertas símbolos defensivos contra las malas energías y espíritus. A continuación está el Festival de la Primavera, que se realiza entre el 25 de enero y el 4 de febrero. Las celebraciones cierran con el emblemático Festival de los Faroles, el 8 de febrero, una noche iluminada que data de la Dinastía Han.

Las tradiciones de un pueblo

La tarde previa al año nuevo lunar, las familias se reúnen para cenar. Se comparten platillos especiales  con cerdo y pescado, que simbolizan la abundancia, y se comen alimentos de la buena suerte, como los dumplings (bollos o trozos de masa rellenos, que se hacen cocer en agua o sopa); la sopa de pastel de arroz, los rollitos primavera y los dulces de arroz. Se lanzan los fuegos artificiales para alejar la mala suerte y atraer prosperidad.

Ya en el día del Año Nuevo Chino se acostumbra a que los mayores les regalen a los niños y jóvenes sobres rojos que en su interior contengan monedas de la suerte, dinero y buenos deseos.

Vestirse de rojo es importante, pues ese color simboliza felicidad, buena suerte, éxito y fortuna; además protege contra los malos espíritus.

Esta fiesta se ha difundido por todo el mundo, incluyendo a Bolivia, donde la comunidad china estrecha lazos con expresiones como la Danza del Dragón, la máxima expresión de esta celebración que augura prosperidad.

Comparte y opina:

Fernando Miranda: La dedicación detrás del oficio de la imagen

Con mucha paciencia y algo de romance, este fotógrafo boliviano se vale de cámaras analógicas para capturar la luz en el momento preciso y dar vida a imágenes únicas

Fernando Miranda, fotógrafo

Por Adrián Paredes

/ 27 de enero de 2021 / 09:53

Te voy a contar una anécdota”, dice el fotógrafo Fernando Miranda. Detrás de él, un estante de libros de fotografía sirve de fondo para unas cuántas cámaras fotográficas antiguas y magníficas, tan cuidadas que parecen recién fabricadas. “En los noventa, hubo una época en que los fotoperiodistas argentinos hicieron un paro y diarios como Clarín, o La Nación, y todos los demás, salieron sin fotografías”, rememora Miranda, entendiendo que su interlocutor todavía no logra captar la magnitud de esa historia.

“Ni siquiera las publicidades tenían imagen, solo había textos”, continúa. Está vestido casualmente y sonríe ligeramente mientras habla. Entre los libros hay ejemplares de los cinco libros de fotografía que ha publicado hasta el día de hoy. Justo detrás de él, en varios estuches negros, descansan archivados los negativos de su extensa obra: 31 años de trayectoria profesional como fotógrafo. 

“Un docente en Argentina me decía que los diarios tienen un epígrafe grande y su fotografía para que cuando lo pongas en el quiosco, de lejos no leas sino veas el título del diario y la foto y eso te atraiga”, explica Miranda, quien se define como fotógrafo por oficio.

Aquellos diarios sin fotos, sustituidas por una cruz o una mancha negra, abundantes en letras pequeñas sin nada que las ilustren, son un episodio fuerte en la memoria de un hombre que ha dedicado su vida al oficio de la imagen.

Si bien de profesión tiene el título de técnico en sonido de grabación y música, Miranda es un fotógrafo cuyas habilidades lo han llevado a dar talleres sobre el tema en Argentina y Bolivia, así como a ser restaurador y curador de fotografía en el Museo Nacional de Etnografía y Folklore, con quienes trabajó en la colección de Damián Ayma, patrimonio documental del mundo.  

“De chico siempre he soñado con imágenes. Mi sueño era hacer pintura, pero si me transporto en el tiempo, en esas épocas era muy difícil estudiar pintura. Así que me quedo enamorado de una cámara de mi padre, que aún la tengo y funciona. Ahí empieza mi camino con la imagen”.

Para Miranda la imagen es un vehículo de expresión que lo ha ayudado a traspasar muchas barreras en lo personal, con el beneficio añadido de conocer a mucha gente interesante y varios países.

Romántico y analógico

En tiempos digitales, Miranda elige todavía ser analógico. Lo suyo son los carretes para la cámara, el revelado de negativos en un laboratorio y el esfuerzo casi artesanal que debe poner en cada fotografía analógica. 

“No reniego para nada de lo digital. Lo hago también”, aclara quien fue fotoperiodista en Argentina y que abandonó esa línea de trabajo para dedicarse a su obra autoral. Para él, la fotografía digital puede ser una herramienta muy útil. Sin embargo, en Bolivia se sentía como una imposición.

“Cuando vuelvo a Bolivia, encuentro con pena un país que había matado lo analógico. Ibas a un negocio a comprar un rollo de 35 mm y quien te atendía te miraba como si fueras un marciano. A lo mejor no entendía lo que habías pedido y llamaba a alguien más y decía ‘el señor está buscando algo que no sé’”.

Amante del laboratorio de revelado y sus químicos, Miranda ha aprendido a hacer fotos con varias técnicas de primera época. Collodion, fotografías en vidrio, cianotipia, calitipia. Todo forma parte de un cuidadoso proceso, que empieza con el fotógrafo planificando cuidadosamente cómo utilizará la luz.

“En el mundo de hoy tienes rapidez para sacar la foto y verla en el instante. Si no me gusta, la borro. Y así muchos de los fotógrafos pareciera que están jugando jueguitos con un joystick en la mano borrando y borrando”.

Para él la imagen es un momento específico al que se tiene que esperar y lo analógico le permite soñar con ello, mientras pacientemente interpreta la luz, listo para recibir ese momento, sin la idea de que luego podrá meterlo en una computadora para arreglarlo.

“A lo mejor, cuando llegue al laboratorio con los negativos descubriré, lleno de sorpresa, que la foto que hice está buena, pero que a veces la de al lado está mejor. Eso todavía me llena de satisfacción”.

Casi retando a su interlocutor a que lo llame un romántico, Miranda cree que el verdadero valor de la fotografía es saber ver y saber entender.

Miranda en su estudio. Foto: Álvaro Valero

Foto: Álvaro Valero

Miranda colecciona máquinas antiguas y las usa para poder ejercer su oficio como fotógrafo en sus términos. Foto: Álvaro Valero

Miranda realiza fotos de primera época con técnicas únicas que requieren el mezclado de sustancias químicas en su laboratorio. Foto: Álvaro Valero

Foto: Álvaro Valero

La democratización de la imagen

“Creo que, en el mundo de hoy, gracias a la inmediatez, se han perdido las pequeñas cosas que son grandes al final. El saber valorar ese tempo de que la vida no es toda rápida, que en la vida todavía hay que tomarse un momento para observar y ver”.

Para él, la fotografía es el oficio de pintar con la luz y el oficio de la imagen es tiempo y dedicación. Algo que no se encuentra en la democratización de la imagen que trajeron los celulares y las fotos inmediatas. Pueden ser buenas, pero les falta la entrega que tiene alguien con oficio.

“Ansel Adams, un fotógrafo americano, tomaba apuntes de un lugar y volvía después de un año para recién tomar la foto. Por eso es el maestro que es”.

Miranda lo dice pues sabe que no es lo mismo mostrarle a un coleccionista que paga $us 6.000 por imagen una foto en plotter pegada en trupán, que, en un papel de algodón, copiado en laboratorio. “Pero ¿cuánta gente tiene acceso a eso?”, se pregunta y con ello recalca que a su modo el oficio de la imagen es uno muy duro de ejercer pero lleno de satisfacciones.

“La fotografía nunca ha sido barata (por costos y esfuerzo). El cómo, el cuándo, el por qué, todo importa. Ese es el respeto que uno tiene que tener por su trabajo. Todo el mundo puede hacer imágenes, pero no todos son fotógrafos. Yo, por ejemplo, amo cocinar, digamos que sé cocinar, pero no soy un chef”.

Pero, con el mundo retornando, cada vez más, a la tendencia analógica en fotografía, Miranda se siente emocionado por lo que eso podría significar para los muchos fotógrafos bolivianos que conoce y que, en algunos casos, ha ayudado a formar.

Y mientras tanto, Fernando Miranda seguirá trabajando en sus retratos, restaurando fotos históricas con el Musef, y entendiendo la imagen desde el lente que su oficio le ha dado, siempre viajando y conociendo gente y momentos nuevos.

Comparte y opina:

¿Por qué gustan las telenovelas turcas?

Las hermosas localizaciones, la belleza ‘latina’ de sus actores y actrices, la universalidad de sus tramas y el conservadurismo son algunas razones de este ‘boom’ que llegó para quedarse

Por Ricardo Bajo

/ 27 de enero de 2021 / 09:37

Doña Cristina espera todas las noches su telenovela favorita. Antes veía “novelas” latinas pero ahora le gustan más las turcas. No se perdió un capítulo de Las mil y una noches y la historia de amor entre Onur y Sherezade y ahora está enganchada a Tierra amarga, por Unitel. Su hija universitaria, Wara, también ha sucumbido. Ambas gustan del formato antiguo, clásico y tradicional: las viejas historias de folletín no envejecen nunca. La caballerosidad, la entrega, el amor romántico y desesperado, y la solidaridad familiar están de regreso, o tal vez nunca nos abandonaron. Pero, ¿por qué gustan tanto estas series pensadas y rodadas en un país tan lejano y ajeno como Turquía, de mayoría musulmana?

Una de las principales razones por las que las dizi (“serie”, en su idioma original) tienen tanto éxito en los cinco continentes es porque las tramas son universales: argumentos con los que resulta fácil identificarse. A la universalidad —el relato de la mítica Sherezade y sus cuentos de las mil y una noches es un ejemplo— hay que sumar la lentitud en las tramas y un conservadurismo moral de siglo XXI, caracterizado por lo políticamente correcto y los mensajes con contenido social contra la discriminación y la violencia machista.

La química entre los personajes —interpretados por célebres actores y actrices de una belleza alejada del estereotipo gringo y cercana/semejante a la latina— no se demuestra con toqueteos y cercanía física (menos con besos), sino con miradas, gestos y lenguaje corporal. La nueva Meca del entretenimiento casero supo, como nadie y sorprendentemente, leer y captar cierto cansancio en determinadas audiencias alrededor de la hipersexualización de la televisión actual. Y llenar ese vacío abandonado.

Las “novelas” turcas —al contrario que las edulcoradas y/o narcoviolentas latinas— no tienen el amor como único ingrediente del menú: el misterio, el drama, el adulterio, la aventura y un final sorpresivo salpican las largas series que no siempre tienen un happy end moralizante. Es decir, trabajan más y mejor la empatía y hay un mayor “respeto” por la inteligencia del espectador y espectadora que es enganchado por la “dictadura de las emociones” y por el reto de tomar partido de forma directa ante disyuntivas éticas, entregando así un rol “activo” al consumidor.

La buena factura técnica —con especial atención a la música— y los escenarios naturales, exóticos y lujosos (¿aspiracionales?) a orillas del Estrecho del Bósforo —a contra corriente de las telenovelas latinas grabadas en estudio— son el postre de esta receta/fenómeno que ha llegado a los hogares bolivianos para quedarse.

Turquía fabrica más de cien “novelas” de lujo al año a bajo coste y vende a un total de 156 países por todo el mundo. Se calcula que 600 millones de personas de cuatro continentes han visto alguna dizi. El país de los baños turcos es el segundo mayor exportador mundial de ficción televisiva, solo por detrás de Estados Unidos. Y lo hace con estándares de postproducción (sonido, imagen, música) semejantes a las de las grandes películas hollywoodenses.

El Gobierno de Ankara (su capital oficial) es plenamente consciente de su importancia estratégica y cultural y lo nota principalmente en el sector turismo. La llegada de visitantes del exterior ha crecido a la par del éxito de las novelas en medio planeta. Según la Organización Mundial del Turismo, Turquía —el paraíso de los palacios, los bazares, los castillos, los cruceros por el Mar Egeo y las grandes iglesias convertidas en mezquitas como la de Sofía— es el sexto país que más viajeros capta con cerca de 40 millones de turistas al año. Solo es superado en Europa por Francia, España e Italia. Desde que las series turcas entraron en América Latina, los viajes a Turquía, han aumentado un 35%, principalmente de brasileños, argentinos, colombianos y mexicanos.

Sin embargo, fue Chile el primer país sudamericano donde llegaron y triunfaron y también donde se doblan al castellano para el resto del continente. Y se hace con un lenguaje neutro pero reconocible por la audiencia latina con el fin de generar cercanía. En 2014, el canal chileno Mega apostó por Las mil y una noches y su share se disparó, llegando la televisión del vecino país a tener cinco novelas turcas simultáneamente por tres canales diferentes.

Desde el Observatorio Iberoamericano de Ficción Televisiva la tienen clara: “Las tramas sugieren un proceso de mediación entre dos espacios: modernidad/tradición, ciudad/área rural, religiosidad/laicismo, turcos/kurdos… Un espacio tradicional y patriarcal marcado por la religión y la familia como núcleo de amor e identidad versus otro espacio moderno marcado por los derechos de la mujer empoderada y capaz de liberarse de los malos tratos, del matrimonio forzoso o de la violación pero en el que los personajes no logran encontrar el amor”.

Así, el 70% de la audiencia de las series turcas es femenina en su país de origen y en sus países de recepción. No es casualidad que una buena parte de los guiones y la dirección esté en manos de mujeres, decididas en Turquía a colar subrepticiamente mensajes de superación.

Pero la producción audiovisual turca no se contenta con “novelas” por doquier a precios accesibles sino también está produciendo miniseries para paladares más “exquisitos” como Hakam, el protector, la primera serie otomana de Netflix, de acción y fantasía. Y el próximo paso es más ambicioso si cabe aún: siguiendo el modelo del cine indio (y su famoso Bollywood) se construyen ya los estudios Midwood (los más grandes de Europa) con el fin de producir telenovelas locales y atraer los grandes rodajes internacionales. Doña Cristina tiene novelas a su gusto garantizadas de por vida.

‘Amor eterno’ es una de las telenovelas turcas con más éxito en Estados Unidos y Latinoamérica. Foto: Internet

¿Por qué no se besan?

Es más difícil toparse con un beso en una telenovela turca que encontrar una aguja en un pajar. No es que estén prohibidos, pero casi, porque son muy poco frecuentes y cuando los hay son muy cortos (no más de tres segundos) y sin lengua, por supuesto. Y es que Turquía es un país de 83 millones de habitantes con la gran mayoría (99%) confesando la religión musulmana (80% son sunitas y 10% alevíes). Y en el Islam, el beso está reservado para la intimidad; un ósculo en público es visto como inmoral.

El horario habitual de las series turcas en su propio país es la nueve de la noche —como en Bolivia— y es normal que toda la familia se reúna en torno a la televisión, incluyendo niños y niñas. El Consejo Superior de la Radiotelevisión (RTÜK) vela por esta regla no escrita e incluso ha habido protestas en las calles cuando un beso apasionado en vía pública televisiva ha sobrepasado la raya.

Turquía, bajo el gobierno del presidente Recep Tayyip Erdogan, ha visto cómo el país experimenta una acelerada islamización, a contra ruta del origen laico de la nación fundada por Mustafá Kemal Atatürk tras la ocupación de su capital histórica Constantinopla (actual Estambul) y la caída del vetusto Imperio Otomano (1299-1920), como consecuencia de la derrota turca en la I Guerra Mundial. Esta incipiente sensibilidad religiosa es visibilizada políticamente a través de una hegemonía de los partidos conservadores. La última “novela” en padecer la censura fue Kara Para Ask (2014), serie donde abundaron los besos y las escenas pseudo eróticas.

Y si los besos atentan contra la moralidad y la decencia de las nuevas generaciones, el alcohol y el tabaco, también. Cuando los personajes toman, lo hacen en vasos de cristal sin marca de trago alguna. También están prohibidas las escenas violentas contra la niñez y la mujer aunque Turquía tenga una alta tasa de feminicidios. Las telenovelas, aunque sean turcas, no pueden dejar de ser telenovelas.

La exitosa ‘Tierra Amarga’. Foto: Internet

Las ‘novelas’, como ‘soft-power’

Turquía es pleno sabedor de que sus telenovelas ejercen un rol político fundamental; que son instrumento clave de su soft-power (poder blando) de su geo-política internacional. El soft-power es la capacidad de un actor político para incidir en las acciones de otros actores valiéndose de sus medios culturales o ideológicos. O sea, lo que ha venido haciendo Hollywood después de la II Guerra Mundial a la actualidad.

Los melodramas románticos se han convertido en la herramienta más influyente turca en el mundo y han mejorado la imagen de un país tradicionalmente vinculado a conflictos políticos y atentados terroristas. El gobierno del presidente Erdogan ha abierto recientemente nuevas embajadas en América Latina como en Costa Rica o Guatemala.

Los países vecinos (y otrora aliados o enemigos durante el Imperio Otomano) perciben las “novelas” como “imperialismo cultural”, no muy diferente del estadounidense. El plan de Erdogan de volver a colocar a su país como actor fundamental en el tormentoso mapa de Oriente Medio (con su rol activo en la guerra de Siria) no descuida la capacidad de influencia de sus telenovelas. Así, Arabia Saudita, país competidor, ha eliminado las series turcas de su programación televisiva mientras que Egipto, otrora la nación árabe dominante, ha emitido una “fatwa” (decreto religioso) en contra.

Entre las pioneras está ‘¿Qué culpa tiene Fatmagul?’. Foto: Internet

Comparte y opina:

Chiquinha

/ 27 de enero de 2021 / 09:27

Ch’enko total

Está difícil escribir hoy, amigos queridos sucumben cada día por este virus cabrón. Por eso, mejor recordar. Recordar a los pioneros de la canción latinoamericana. Buena idea. Es cierto que los géneros musicales como el minué, el vals, el chotis, la polka eran cultivados en estas tierras con la llegada de los europeos. Sin embargo, por 1850 llegan los encontronazos musicales interculturales y nacen géneros propios en nuestro territorio, especies mestizas que nutrirían el cancionero latinoamericano. Un hermoso ejemplo es el de Francisca de Gonzaga, Chiquinha (1847- 1935), carioca de luz propia, hija de un general del ejército imperial brasileño, heredera de tierras y esclavos, tocaba en su piano, como muchacha decente, minuetos, polkas y rondós que salían de sus deditos virtuosos en los atardeceres plácidos, mientras su madre seguramente cosía y tomaba té con las amigas. De pronto, la joven se complica la vida, comienza a escuchar y a mirar los barrios populares poblados de afrobrasileños, observan sus ojos hermosos los ritmos y melodías nacidas de esos poblados: eran muy interesantes… Observan sus ojos curiosos los abusos de la esclavitud colonial: eran muy dolorosos.

Chiquinha es obligada a casarse con un militar, tiene tres hijos, su carácter rebelde enoja a la sociedad colonial. Allá por 1870, con 22 años, invita a algunos músicos negros y mulatos a poblar el patio del fondo de la casona, a ocultitas empieza a formar ruedas de música con los músicos de las favelas. A Chiquinha le fascinó la concepción melódica rítmica de estas músicas, las cadencias cromáticas, así como también sus armonías inusuales. En 1877 compone en estos Rodos de Choro (Ruedos de lloro), una polka extraña, pero: ¿era una polka? La bautiza como Atraente, los músicos arrastraban la melodía, jugaban con los instrumentos, latía la sensualidad afro, circulaba la caipirinha. Un lúcido editor imprime la partitura que empieza a invadir los salones coloniales, los bares, las fiestas, los rodos de esclavos, en fin, sonaba un nuevo género: el choro. El choro había sido alguna vez una polka pero ya no era polka, era un género nuevo, mestizo, mulato, creado esta vez por una niña blancona. El padre y el marido contratan niños esclavos para que quemen las partituras de Atraentepero la música ya había invadido el alma de la brasileñidad.

El choro fue un encuentro de saberes, lo menos esperado por la sociedad imperial. Además era creación de una joven mujer de la corte que es expulsada de la familia patriarcal. Francisca de Gonzaga debe mantener ahora a sus hijos con clases de piano, vive en una pensión, prueba y afina pianos en las tiendas, esa mujer despreciada por la sociedad patriarcal y esclavista es la pionera de la canción latinoamericana, y no solo eso, poblada de rebeldías se enamora de nuevo y vuelve a separarse de un amor infiel, vende partituras de casa en casa para poder comprar la libertad de su flautista, un negro hermoso y virtuoso llamado Ze, antecedente del gran Pixinguinha. Es militante de la abolición de la esclavitud negra que por fin triunfa en 1888.

Chiquinha decide probar suerte en Portugal, vive en Europa algunos años, compone más de dos mil canciones, choros, chorinhos, maxixes, lundus… Dirige orquestas populares, es creadora de operetas, obras de teatro y, para rematar la cosa, a los 52 años se enamora de uno de sus músicos, un joven de 17 años a quien decide adoptar para tapar ese amor prohibido. Feminista, antiesclavista, primera compositora del Brasil contemporáneo, todo un personaje, muere a los 83 años poblada de éxitos, pero no de fortuna, pues la industria musical brasileña recién nacía.

Si uno analiza la partitura de Atraente analiza el espíritu del Brasil antropofágico, el ahora choro incorpora forma e intenciones de la polka pero se fecunda en la sensualidad rítmica  y en la alegría triste del pueblo africano traído en redes a tierras sudamericanas. Nuestro homenaje sentido a esta mujer valiente. La brasileñidad, en la segunda mitad del siglo XX, le reconoce sus méritos, crea líneas de investigación, editoriales, ensambles y sellos musicales sobre su obra y hasta  realiza telenovelas en su honor. Nada es suficiente para honrar esta vida valiente poblada de sufrimientos y tropezones que florece en creaciones musicales, hoy patrimonio musical de nuestro continente. Esito sería. Hey dicho.

(*) EL PAPIRRI: Personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

Comparte y opina:

Empero: En Árbol Difunto, voz poética y dramatismo

El compositor Juan Andrés Palacios ofrece una lectura sobre el más reciente trabajo discográfico de la banda de rock progresivo

Por Juan Andrés Palacios

/ 27 de enero de 2021 / 08:32

“Los músicos y los cantantes tenían escasas posibilidades de grabación (las que se presentaban en países vecinos) y, por tanto, de difusión. Las radios dependían en lo musical de la importación de discos, principalmente de Argentina y Brasil (…). En aquel entonces, los cambios artísticos tardaban en llegar y, si lo hacían, no siempre se completaban; por ejemplo, el fenómeno del rock and roll tuvo un tibio impacto en su momento, debido a los altos precios de los discos (por la importación) y la discreta difusión de canciones por parte de las radios. No fue hasta fines de los cincuenta —cuando se implementaron empresas discográficas nacionales— cuando se tuvo mayor acceso a otras formas musicales como el jazz, el rock y, curiosamente, el propio folclore boliviano”.

Esta cita de Sergio Calero sobre el jazz en Bolivia intenta explicar un fenómeno interesante en la música boliviana de los medios de difusión masiva desde la segunda mitad del siglo XX. El rock y el folklore vienen coqueteando desde hace más de 50 años en nuestro país con bandas como Wara o Climax, es decir, poco después de la aparición de las disqueras locales. Por ende, la gran pregunta: ¿qué de nuevo tiene realmente la nueva producción de En Árbol Difunto, Empero?

BANDA. En Árbol Difunto: Adrián Quintela, Vicente Contreras, Omar Gabriel Jiménez, Adriana De la Rocha y Gabriel Gallardo.

La banda —conformada actualmente por Gabriel Gallardo, Adrián Quintela, Vicente Contreras y Omar Jiménez— ha producido ya tres discos y es parte de la nueva generación de bandas bolivianas que apuestan por nuevas sonoridades. La descripción del ensamble, en la página de BandCamp donde se puede escuchar este y los otros discos, reza:

“Ritmos intrincados, estructuras de canción poco convencionales, letras que dialogan con personajes como Octavio Paz y una portada pintada al óleo por el artista boliviano Diego Ponce forman parte de un trabajo experimental y ambicioso que navega entre los límites del rock, el folk y el avant-garde (…)”.

Siendo bien honesto, desconfío mucho de palabras como “experimental”, “novedad” o incluso “convencional”. Parecería que usarlas es un truco de marqueteo porque todas las bandas juran hacer cosas “nuevas” o “poco convencionales”. En Árbol Difunto menciona, unas líneas después en la misma descripción, la relación de la guitarra criolla con el rock como un recurso novedoso. ¿Es la mezcla de músicas tradicionales con el rock realmente algo nuevo?

La estructura

En Empero, el disco tiene una construcción que intercala pequeñas obras cortas instrumentales de uno o dos minutos con canciones de mayor extensión. Las estructuras de las canciones son de tipo versopuente-estribillo, aunque suelen ser libres ya que las decisiones estructurales están ancladas al texto.

No obstante, no sé si este es un recurso nuevo. Por ejemplo, Rodrigo (Grillo) Villegas, en sus últimas producciones, también revalúa la necesidad los coros y, de repetir algo, no hacerlo todo de la misma manera, priorizando el desarrollo del texto para ordenar sus ideas musicales.

Por cierto, si comparamos con las nuevas producciones del Grillo, En Árbol Difunto es una banda mucho menos recursiva. Esta banda utiliza relativamente pocas técnicas: parece que cada instrumento tiene una sola función marcada y esto no se rompe jamás. Las guitarras tienden al riff y las armonías están reducidas al cliché de acordes que utilizan bandas como Tool, que si bien no son siempre sencillas, ciertamente no son “novedosas” o “poco convencionales”. Si es que existen solos en el disco, en este punto ya no lo recuerdo. El cello se maneja mayormente con melodías en su registro medio, donde suena muy bien como instrumento solista, pero sucede que es la misma manera de usar el cello de toda la vida. Mientras cada track impar es una pieza de guitarra sola apoyada por medios electroacústicos, no hay ningún lugar en el disco donde el cello tenga un momento solista. Me parece hasta ofensivo que a la cellista no le den momentos más protagónicos.

Parecería que los tracks cortos escapan de una lógica de desarrollo motívico en aras de la creación de objetos sonoros bellos que se expliquen sin necesidad de proliferación de material. Por otro lado, en mi opinión, para que el objeto no precise de desarrollo, debe ser pensado como un sonido completo y bello en su totalidad, y no en una oración sin final. Este tipo de composición es, para mí, como una obra poética, si es que puede tener un análogo en la literatura. En un verso o en un poema de pocas líneas puedes encontrar tanta belleza como en una novela, pero estos tienen que funcionar autónomamente. Crear una melodía de esta manera no es imposible, pero no ayuda si es que empiezas a contar algo más y luego te detienes. Esto sucede especialmente con el Track 6. Aquí la guitarra arpegiada parece anunciar algo. Un acorde después causa sorpresa (cosa que es de principio un recurso de desarrollo) y de ahí todo se cierra sin completar nada. Es un amague, una oración sin final. Componer algo así de cerrado que sea una obra bella por sí sola no es equivalente a componer algo y desanimarse en el camino.

Excepción es el Track 8, donde el riff no se mueve y vale por sí solo como un objeto poético. Termina el disco y piensas: “¡Gracias!” Pienso que el resto de piezas cortas deberían haber sido revisadas antes de la producción del disco.

El drama El madrigal, como forma musical, no tiene una estructura fija, sino que depende de la palabra. “Pintura de palabras”. Es una forma que se desarrolla especialmente durante el renacimiento con compositores como Cipriano de Rore, Carlo Gesualdo y Claudio Monteverdi. En un madrigal, si el texto es triste, la música tiene que reflejar esta tristeza. Por otro lado, existen muchos grados de tristeza. ¿Cómo sufres un desamor? ¿Sufres callado y pesante o lloras patéticamente decepcionado? En el renacimiento se solía pensar, antes que en triste o alegre, en duro o suave. La composición de madrigales implica cierto tipo de códigos y clichés de la época que hoy en día son muy difíciles de leer. Por otro lado, de saber leerlos, la música de los madrigalistas renacentistas se convierte en una especie de “Mickey Mousing” donde la música acompaña las acciones casi literalmente. Saber leer estos códigos te permite, como escucha, acercarte a la intención del compositor y descubrir en la música muchos niveles de complejidad.

Como un libro de Madrigales del siglo XVII, Empero es una obra marcadamente dramática. Un gran ejemplo es Exhortaciones, donde el texto intercala fragmentos de un poema de Octavio Paz y una especie de soliloquio de una nueva voz que reflexiona sobre las palabras del poeta.

La estructuración de los versos es libre y podría, fácilmente, complicar la composición del madrigal. Comparemos, por ejemplo, algunos versos que tienen un tratamiento melódico similar: A) Soy un dios / soy el control del avatar / que decide si la regla calzará. B) Soy Segismundo ante el cristal / la encarnación de la uni-verdad.

La cantidad de sílabas y versos cambia en estos ejemplos que son en realidad equivalentes en tratamiento melódico. Y digo equivalentes porque, al cambiar la cantidad de sílabas o versos, es imposible repetir exactamente la melodía.

Más adelante, después de muchas afirmaciones sobre su identidad, la voz poética duda:

¿Qué es lo que no puedo oír?

¿Qué es lo que no puedo atar ni dirigir?

¿Qué es lo que me espera al palpar y salir de los confines de mi voz reflectada?

En este momento, la música también cambia y duda, y aunque no pinta cada palabra, pinta el ambiente. Este recurso narrativo que une la música y la palabra está muy relacionado al cine y al teatro.

Pienso que la música de Empero está tan ligada a un drama musical como lo estuvo el madrigal con la ópera a finales del siglo XVI y los compositores de la Camerata di Bardi.

Realmente no sé si el recurso es novedoso o avant-garde, pero por lo menos hay una intención estética muy clara que me permite empatizar con la voz poética desde lo musical.

Exhortaciones es el madrigal moderno perfecto. La estructura está completamente ligada a lo textual y las reflexiones sobre lo “triste o alegre” se comprenden en un conjunto de clichés basados en la tradición rockera: funcionan a la perfección, la audiencia entiende la intención de cada palabra.

Decir que este disco es novedoso o experimental no es necesariamente cierto aunque tampoco falso. Por otro lado, creo que ponerse a contabilizar si hay algo nuevo es una pérdida de tiempo mientras uno podría enfocarse simplemente en la belleza del disco, cosa que ciertamente es. Este disco me parece bello en su dramatismo y en el cuidado de su producción, y el que tenga más o menos recursos —o si es nuevo o viejo— me tiene sin cuidado.

Sólo un favor: ¿alguien puede, por favor, pensar en el cello?

Comparte y opina:

‘Habitando vacíos’, las puntadas de Erika Ewel

La artista regresa con una exposición de textiles con materiales hallados en su casa durante la pandemia. La muestra estará en Puro hasta el 25 de enero

Exposición "Habitando vacíos"

Por Miguel Vargas

/ 27 de enero de 2021 / 08:18

Aguja e hilo. La artista visual Erika Ewel revisa la pandemia desde la intimidad de su casa, desde los rincones de la memoria, evocando sensaciones a partir de los textiles. Es capaz de bordar los retazos de las vivencias en el encierro desde la fuerza de la presencia, desde estar presente con el cuerpo mismo como mapa y observando desde un espacio doméstico que se transforma con los días. Habitando vacíos es la exposición que se exhibe en Puro Galería — Enrique Peñaranda 1034, San Miguel— hasta el 25 de enero, de 11.00 a 19.00.

Las obras han sido producidas desde marzo de 2020. La artista utilizó elementos que tenía disponibles en casa. “La primera pieza fue Cruz andina, hecha con retazos de tela de pollera que tenía en bolsas, elemento que usé anteriormente. Con estos fui jugando monocromáticamente”, explica Ewel.

El viaje por los rincones textiles continuó en el hallazgo de unas servilletas antiguas que la artista oxidó y bordó. Luego vio un mantel antiguo que le regaló un amigo y decidió retratarse en pandemia, con sus miedos. La pieza se llama Mi yo.

“Después ataqué a un forro de colchón viejo de mi hija y tracé mi barrio visto desde Google Earth. Y bordé lo que yo veo: el horizonte, los eucaliptos, la luz dorada de los cerros en el invierno y también incluí unos monstruos marinos”, relata.

Erika Ewel borda retazos de la pandemia  

Algunas de las piezas que se exhiben en la muestra ‘Habitando vacíos’ de la artista Erika Ewel. Foto: Michael Dunn Cáceres

Algunas de las piezas que se exhiben en la muestra ‘Habitando vacíos’ de la artista Erika Ewel. Foto: Michael Dunn Cáceres

Algunas de las piezas que se exhiben en la muestra ‘Habitando vacíos’ de la artista Erika Ewel. Foto: Michael Dunn Cáceres

Algunas de las piezas que se exhiben en la muestra ‘Habitando vacíos’ de la artista Erika Ewel. Foto: Michael Dunn Cáceres

Algunas de las piezas que se exhiben en la muestra ‘Habitando vacíos’ de la artista Erika Ewel. Foto: Michael Dunn Cáceres

Algunas de las piezas que se exhiben en la muestra ‘Habitando vacíos’ de la artista Erika Ewel. Foto: Michael Dunn Cáceres

Algunas de las piezas que se exhiben en la muestra ‘Habitando vacíos’ de la artista Erika Ewel. Foto: Michael Dunn Cáceres

Algunas de las piezas que se exhiben en la muestra ‘Habitando vacíos’ de la artista Erika Ewel. Foto: Michael Dunn Cáceres

En el encierro también ordenó la casa y halló un diccionario antiguo de su madre. “Comencé a jugar con las palabras y crear mis propio diccionario”. Así vio la luz Escritos. También cambió su almohada vieja y sobre ella bordó los corazones de las dos Fridas conectados. Luego encontró más tapetes antiguos y en ellos dibujó La mano poderosa. El laberinto apareció porque le aquejó una laberintitis y una exposición de arte colonial en el Museo Nacional de Arte la llevó a plasmar el pie sangriento de Cristo con un clavo.

“Ataqué a unos pañuelos viejos: tan masculinos, tan a desuso y tan personales. En uno de ellos tracé mi Cruz del Sur con sus Tres Marías”. Y las corbatas antiguas de su esposo se fueron transformando en nidos de distintos colores, un símbolo de esa casa sólida que él construyó, ese hogar en el que estuvieron encerrados o no. Ese espacio donde la familia se siente segura y desde donde se puede observar el mundo en tiempos de pandemia.

Comparte y opina:

Últimas Noticias