domingo 12 jul 2020 | Actualizado a 05:34

Los últimos combatientes del Chaco

Memorias. José Pradel Loayza nació en Betanzos y, después de la Guerra del Chaco, se mudó a Sucre, donde abrió una farmacia y un gimnasio.

/ 26 de junio de 2020 / 16:47

Quedan con vida 7 excombatientes de la Guerra del Chacho que ahora enfrentan el confinamiento. ESCAPE pudo conversar con cinco de ellos

Son centenarios. Uno de ellos cumplió 106 años el 5 de junio, otro cumplirá la misma edad el 17 de julio, hubo otro que sobrevivió a un accidente trágico al volver del frente de batalla y otro tuvo que enterrar a su madre horas antes de partir a defender a la Patria. Así son algunas historias de los últimos siete sobrevivientes de la Guerra del Chaco (1932-1935) que quedan en Bolivia.

A 85 años del cese de hostilidades de la Guerra del Chaco, que se firmó el 14 de junio de 1935, quedan solamente un puñado de beneméritos de los más de 200.000 bolivianos que fueron movilizados los cuatro años del conflicto bélico, según datos oficiales del Servicio Nacional del Sistema de Reparto (Senasir).

Los últimos héroes del Chaco con vida son: José Pradel Loayza (17-07-1914) que vive en Sucre; Marcelino Guzmán Alarcón (05-06-1914), Miguel Siñaniz Vigabriel (29-09-1918), Emeterio Ernesto Talavera Choque (10-03-1918) y Samuel Chuquimia Murillo (15-08-1916) que viven en La Paz; Numa René Ávila Del Carpio (17-11-1915) que reside en Santa Cruz y Pedro Pocube Muller (29-06-1916) que vive en la comunidad de Chochís en Roboré, Santa Cruz.

En septiembre de 2017 aún vivían 33 soldados del Chaco. En junio de 2018 el número se redujo a 23 excombatientes, el 7 de junio de 2019 quedaban 12 beneméritos en todo el país y al 17 de junio de 2020 aún sobreviven siete. En los últimos tres años fallecieron 26 combatientes.

Tras pelear la última batalla, partieron a la eternidad, entre otros, Julio Iturralde Perales, que participó de la Defensa de Villamontes en 1935, una de las batallas icónicas de la conflagración bélica. Otro que falleció fue Carmelo Condori, que vivió sus últimos días en la comunidad de Muramaya, en Viacha. ESCAPE consiguió comunicarse con las familias de cinco de los siete sobrevivientes. En estas líneas reflejamos cómo afrontan la pandemia.

José y el primer gimnasio de Sucre.

Es el único sobreviviente de la Guerra del Chaco en el departamento de Chuquisaca. José Pradel Loayza vive en Sucre y el 17 de julio cumplirá 106 años. Hasta hace unos tres años, mantenía una rutina diaria, pero ahora por la edad y por un problema vascular, “está muy cansadito, vive de recuerdos de la finca de Río Chico (Betanzos) y ya no reconoce a nadie”, cuenta su hija, Tesoro Pradel, desde Sucre.

Memorias. José Pradel Loayza nació en Betanzos y, después de la Guerra del Chaco, se mudó a Sucre, donde abrió una farmacia y un gimnasio.

Nacido en Betanzos, Potosí, Pradel recordaba hasta hace unos años cómo tuvo que partir a la guerra con un gran dolor en el corazón, luego de enterrar a su madre. “Nos narraba que en el momento en el que se estaba alistando para ir a la guerra le avisaron que falleció su madre, mi abuelita Benigna, y él tuvo que volver a casa a enterrarla para luego partir al Chaco”, confía su hija. Pradel tuvo dos hijos de su primer matrimonio y tres con Mery Peñaranda, madre de Tesoro, Ramón y Sonia Mery.

Pradel relataba también, según su hija mayor, cómo los nuevos soldados debían asumir el ‘bautizo de fuego’. “Decía que acompañó a un soldado antiguo que tenía la orden de disparar si el nuevo soldado se escapaba. Así decía mi padre que era el bautizo en la guerra”.

Memorias. José Pradel Loayza nació en Betanzos y, después de la Guerra del Chaco, se mudó a Sucre, donde abrió una farmacia y un gimnasio.

Como la mayoría de los combatientes, Pradel nunca pudo entender cómo se firmó el cese de hostilidades con Paraguay cuando los soldados guaraníes “enarbolaban banderitas blancas y según él, les pedían algo de comida. Mi papá decía que si la guerra duraba unas horas más íbamos a ganarla”. El benemérito fue parte del Regimiento Santa Cruz 33 de Infantería, y participó en otras acciones militares.

Al volver de la guerra, Pradel retornó a Betanzos y de ahí se mudó a Sucre, donde abrió la Botica Mayo, una farmacia y en 1947 instaló el primer gimnasio de la capital que se llamaba “Por amor al deporte”. Incluso se dedicó a la carpintería. Ahora vive bajo el cuidado de sus hijos y nietos.

Miguel, un sobreviviente del tren.

Nacido en Chayanta, Potosí, Siñaniz partió aproximadamente a sus 16 años a la Guerra del Chaco, en la última etapa del conflicto. Quedan pocos recuerdos de su participación en la conflagración militar, pero su hija Emma recuerda cómo su padre contaba con tristeza el pasaje trágico al volver del frente de batalla.

Dedicación. Miguel Siñaniz Vigabriel, quien sobrevivió al descarrilamiento de un tren al regresar de la contienda.

“Cuando terminó la guerra en plena desmovilización cuando él y otros volvían del Chaco por tren, el tren se descarriló y muchos murieron en el accidente, pero él sobrevivió. Mi padre decía que fue rescatado entre muchos muertos”, narra su hija.

Al final de la guerra con los paraguayos, Siñaniz se fue a trabajar varios años a Chile, pero al final regresó por sus padres a Bolivia, para ser Jefe de Maestranza en la empresa minera Catavi.

Dedicación. Miguel Siñaniz Vigabriel, quien sobrevivió al descarrilamiento de un tren al regresar de la contienda.

Vivió en Potosí muchos años, hasta 1985, cuando se emitió el Decreto Supremo 21060 que echó a la calle a más de 30.000 mineros con la relocalización. Siñaniz fue uno de los afectados durante el gobierno de Víctor Paz Estenssoro.

Posteriormente llegó a La Paz para radicar en Ciudad Satélite, en la urbe alteña. En suelo paceño reafirmó su amor por el amarillo y negro, los colores del club de sus amores, The Strongest.

De mirada aguda, el chayanteño, que el 29 de septiembre cumplirá 102 años, aún sale a tomar sol al patio de su casa, pero también está cansado y habla muy poco.

Marcelino y su quiosco en San Pedro.

El viernes 5 de junio, en plena pandemia del coronavirus, Marcelino Guzmán Alarcón cumplió 106 años. El hombre de mil batallas, que hasta hace unos tres años aún vendía en un quiosco de San Pedro en La Paz, ahora descansa y camina poco, pero acompañado por sus nietos.

El 2018 celebró con una torta sus 104 años, según relata su hijo Tito. Para ese entonces tenía la salud quebrantada. “Por eso ya no sale a vender a su quiosco”, dijo en esa ocasión su hijo. Marcelino era muy conocido en San Pedro, donde por más de 60 años atendió un pequeño puesto detrás de la cárcel de ese barrio paceño.

Exsoldado. Tomando sol, Marcelino Guzmán Alarcón es un personaje reconocido en el barrio de San Pedro, en La Paz.

“Mi papá ya tiene 106 años. Está más viejito, pero está bien nomás y con esto de la cuarentena no sale siempre”, refirió Tito el 15 de junio.

El benemérito participó en las acciones en Boyuibe y Camiri. “Mi padre dice que disparaba fusiles Vickers, los americanos”, recuerda su hijo.

En junio del año pasado, Guzmán fue tapa del periódico La Razón justo el día en el que cumplió 105 años.

Esa mañana, mientras era atendido por los médicos del hospital geriátrico de la Caja Nacional de Salud en la calle Corneta Mamani, una pequeña delegación del Estado Mayor llegó hasta el lugar para rendirle un pequeño homenaje.

Nacido en Huarina a orillas del lago Titicaca, desde donde se enlistó para ir a la Guerra del Chaco, Guzmán se hizo comerciante tras la Revolución de 1952 y llegó incluso a fundar un pequeño mercado en San Pedro, donde aún es recordado con mucho cariño.

Emeterio, héroe de Tinguipaya

Emeterio Ernesto Talavera Choque proviene de la familia Talavera, que durante la guerra envió al campo de batalla a cuatro de sus hijos —Felipe, Anselmo, Leoncio y Emeterio— para defender el territorio nacional. Anselmo no volvió del Chaco, murió en el campo de batalla.

Héroe. Emeterio Ernesto Talavera Choque fue uno de cuatro hermanos que fueron al campo de batalla en la Guerra del Chaco.

Nacido en Tinguipaya, provincia Tomás Frías, del departamento de Potosí, Emeterio fue un morterista, que brilló en el Regimiento II y el Destacamento 221 de Caballería. “Matar o morir era nuestro lema en la guerra al ver cómo caían heridos y muertos nuestros compañeros”, dijo hace un par de años Talavera.

Después de haber cumplido 102 años el 10 de marzo, Emeterio está cada día más cansado. “Cada mañana sale un rato a tomar el sol, luego camina un poco, pero se aburre y vuelve casa. Eso sí, por las noches siempre escucha la radio Panamericana y luego se duerme”, relata su hijo Gróver. Debido a su avanzada edad, toma sus medicinas a la medianoche.

Hace años fallecieron sus otros dos hermanos, Leoncio y Felipe, y ahora es el único sobreviviente del Chaco que nació en Tinguipaya, un pueblo que siempre añoró volver a visitar. “Fui a la guerra a mis 17 años.

Todos caminamos desde Potosí hasta Sucre y desde allí hasta Padilla y de ahí al frente de batalla”, dijo en 2018.

Emeterio vive en la zona de Achachicala de La Paz, tiene problemas para escuchar y ver, sin embargo aún se mantiene fuerte aunque la pandemia del COVID-19, como a todos, también le afectó.

El pajonal, el llanto de sus compañeros, la escasez de agua y cómo es que tuvieron que alimentarse de frutos silvestres y hasta de víboras, fueron las experiencias que casi siempre les relataba a sus hijos y nietos. Ahora está bajo el cariñoso cuidado de su familia.

Numa, de la generación Tres Pasos al Frente.

El excombatiente nacido en Tarija ahora radica en el barrio El Trompillo de la ciudad de Santa Cruz, donde todos lo conocen como Numa, El coronel Numa o el general Numa.

Numa René Ávila Del Carpio cumplirá 105 años el 17 de noviembre. “Mi papá está en cama desde octubre del año pasado, tuvo un problema pulmonar que lo tiene muy delicado”, sostiene Roxana, su hija.

Excombatiente. Numa René Ávila del Carpio, en la más reciente condecoración.

Según ella, su padre formó parte de la famosa generación de Tres Pasos al Frente, los muchachos a los que los superiores les preguntaron tres veces si estaban dispuestos a ir al frente de batalla para defender a la Patria. “Era el encargado del grupo de los Tres Pasos al Frente y cuando hablaba de la guerra, mi padre se emocionaba mucho”, añade desde Santa Cruz.

Roxana, que tiene otros tres hermanos, cuenta que Numa hasta antes de octubre de 2019 hacía una vida normal, pero que ese problema pulmonar le afectó mucho. En 2018, la Octava División del Ejército lo condecoró con la distinción Prócer de la Libertad.

“Hubo un momento en el que murieron 250 soldaditos que se habían incorporado recién en las acciones.

Así fue la guerra”, contó en aquella ocasión. “Todavía podemos respirar oiga”, añadió ese 2018 con una sonrisa el tarijeño que adoptó a Santa Cruz como su segunda tierra, según un video que guarda la familia.

Los otros dos sobrevivientes de la Guerra del Chaco son Samuel Chuquimia Murillo (15-08-1916), que vive en La Paz, y Pedro Pocube Muller (29-06-1916) que reside en la comunidad de Chochís en Roboré, Santa Cruz.

Excombatiente. Numa René Ávila del Carpio en una fotografía con su uniforme.

En el conflicto bélico contra los paraguayos, aproximadamente, unos 50.000 bolivianos murieron en las arenas del Chaco y cerca de 150.000 fallecieron en los años posteriores; sin embargo, un puñado de siete héroes de la Patria aún quedan como el crudo testimonio de aquella herida del siglo XX, por la que la Patria perdió territorio, pero no los campos petrolíferos que hasta el día de hoy sostienen la economía boliviana.


Fotos: Gentileza de las familias Guzmán, Pradel, Siñaniz, Ávila y talavera

El encierro laborioso de un botánico en su inmenso jardín durante la pandemia

En una finca aledaña, los 30 empleados sembraron más de 70.000 ejemplares de plantas nativas de 37 especies y, con las ventas, Alberto pudo pagar los salarios de mayo y junio

/ 8 de julio de 2020 / 14:59

Alberto Gómez, en la visita de la periodista de AFP. Foto: AFP

Por AFP

Entre un tupido bosque andino sobresale la cabeza blanca de Alberto Gómez. Cuando estalló la pandemia en el segundo país más biodiverso del mundo, convirtió en su casa el jardín botánico que fundó hace más de 40 años en Colombia.

Sin los 30 trabajadores que lo acompañan habitualmente y lejos de su familia en Bogotá, el hombre de 72 años trabaja día y noche para mantener a flote el proyecto de su vida.

«Estoy viviendo aquí, en este jardín botánico del Quindío (oeste), desde el mes de marzo porque aquí me cogió la pandemia», dice a AFP en medio de 600 especies de plantas nativas que crecen a lo largo y ancho de 14 hectáreas de tierra.

Cuando Colombia entró en confinamiento el 25 de marzo para evitar la expansión del nuevo coronavirus, el parque ecológico dijo adiós a su principal sustento: el turismo. Unas 60.000 personas visitaban anualmente el jardín situado en plena zona cafetera, en el municipio de Calarcá.

Desde entonces Alberto es jardinero, vigilante, empleado doméstico, administrador y «dictador», reconoce entre carcajadas, «porque aquí no se mueve una hoja sin mi consentimiento».

Para seguir pagando los salarios de sus empleados, tocó las puertas de los bancos sin éxito. Luego recurrió al «crédito de usura» y lanzó un grito de auxilio en redes sociales.

«Este jardín fue (…) por decirlo de alguna manera gráfica, parido por mí», recuerda. Y antes que marchitar su sueño la crisis lo empujó a renovarse.

«Nos reinventamos, como dicen ahora», dice y se ríe.

Socorro

Abogado de profesión, Alberto empezó a interesarse por las plantas hace unos 50 años, cuando se convirtió por azar y por querencia en «jardinbotanólogo». El derecho le ha permitido sobrevivir económicamente y darle rienda suelta al centro de conservación ecológica.

«Me fui metiendo en un mundo fascinante. Como dicen los españoles, fue como descubrir otro Mediterráneo», explica.

Orquídeas, bromelias, lauráceas, suculentas, plantas carnívoras, acuáticas, medicinales, un museo de palmas, otro de geología y suelos, un zoológico de insectos, un mariposario, un jardín para niños con plantas de otras partes del mundo, una biblioteca de ecología, un auditorio y una sala de cine integran el jardín donde Alberto pasa el encierro.

Con la firma del histórico acuerdo de paz de 2016 que disolvió a la guerrilla de las FARC, «aumentamos del 5% al 20% los visitantes extranjeros», pero «la cuarentena colapsó el turismo internacional, nacional y local», lamenta.

Entonces se lanzó en «una especie de reingeniería» con una campaña que llamó «SOS por el Jardín Botánico del Quindío». Protagonizó un video en el que invita a comprar árboles, apadrinar plantas o zonas del jardín y apoyar proyectos con donaciones.

En una finca aledaña, los 30 empleados sembraron más de 70.000 ejemplares de plantas nativas de 37 especies y, con las ventas, Alberto pudo pagar los salarios de mayo y junio.

Su propósito es salvar del cierre este lugar que sobrevive «en medio del caos de las deforestaciones, de la degradación de ecosistemas, del calentamiento global y de la extinción de especies nativas», asegura. Y está teniendo éxito.

«Destrucción ecológica»

Cuando apenas clarea el día, a las 05.30 de la mañana, Alberto se despierta «con los cantos de las aves».

A esa hora «empieza la sinfonía y yo con esa sinfonía me levanto», describe. Colombia ocupa el puesto número uno en variedad de pájaros y en este jardín se han identificado 176 especies.

Tras un breve desayuno ‘jardinea’ en los estanques de plantas acuáticas porque, según dice, «es lo mejor que puede hacer uno en la vida para apaciguar el espíritu».

El resto del día desarrolla proyectos, investiga y busca recursos para financiar el jardín botánico que lleva más de 100 días sin el mantenimiento necesario y, por esto, crece «en estado salvaje».

Presidente de la ONG Red Nacional de Jardines Botánicos de Colombia desde 1996, Alberto cree tener una responsabilidad imperiosa. «La tarea que hay para salvar a Colombia de la destrucción ecológica es urgentísima (…) y no podemos esperar ni siquiera a nuestros hijos, sino que la tenemos que hacer nosotros ahora», subraya.

Hacia las 21.30, Alberto cierra su jornada laboral con un café. «Todos los días en esta pandemia para mí son iguales. No hay diferencia entre domingo o un lunes», sostiene.

En su mente hay proyectos educativos, planes de publicar un segundo libro y el deseo de aprender francés durante la cuarentena. «Lo único que tenemos prohibido en este jardín, en resumen, es dejar de soñar», dice.

*Lina Vanegas, AFP

(08/07/2020)

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Tarántulas bolivianas a la venta en internet

Se sabe que hay 30 especies de estos arácnidos en Bolivia y nueve endémicas. Son víctimas de los traficantes y es necesario un estudio para protegerlas

/ 1 de julio de 2020 / 10:30

Belleza. Los machos de la Pamphobeteus antinous tienen ‘patas azules’, una característica por la que es traficada. Fotos: fearnottarantulas y mymonsters.co.za

Ninguna se salva. Dos portales web con asiento en Estados Unidos ofrecen a la venta de manera ilegal cuatro tipos de tarántulas bolivianas, dos de ellas son endémicas. Bajo el rótulo: “¡Posea la mascota más genial del mundo!”, el mercado internacional trafica con estos animales.

En Bolivia solo existe un relevamiento preliminar que indica que hay 30 especies de tarántulas, de las cuales nueve son endémicas. Se trabaja en un proyecto de gestión y protección de estos invertebrados, mientras que en la Dirección General de Biodiversidad del Ministerio de Medio Ambiente se pide más coordinación con Pofoma para combatir el tráfico ilegal.

Las páginas www.mymonsters.co.za y www.fearnottarantulas.co.za son los espacios donde se ofertan las arañas bolivianas. “Como ha ocurrido con las mariposas y los escarabajos, estos dos sitios trafican con las tarántulas. Ellas son hermosas y si bien algunas tienen veneno, generalmente son muy dóciles y por eso las capturan fácilmente para venderlas”, denuncia el entomólogo Fernando Guerra, autor de ese relevamiento preliminar.

Exótica. La Hapalotremus albipes es endémica de Bolivia y es conocida como la tarántula ‘pierna blanca’. Se vende ilegalmente por internet.

El reconocido científico, que además es uno de los pocos biólogos que conoce sobre las tarántulas en Bolivia, tiene una teoría sobre cómo los traficantes llegan al país y luego se dedican a la recolección de estos octópodos. “Algunos turistas que arriban a Rurrenabaque (Beni), que en realidad se camuflan como tales, llegan específicamente para recolectarlas o comprarlas de algunos comunarios”.

En www.fearnottarantulas.com se oferta a la Habiotremus albipes, endémica de Bolivia en $us 210; a la Cyriocosmus perezmilesi, que también es endémica y se vende en $us 75 y a algunas de menor tamaño a $us 45. Además aparecen la Acanthoscurria chacoana y la Pamphobeteus antinous, que si bien también hay en países vecinos, fueron colectadas en Bolivia.

Si eso sucede con la primera página, en www.mymonsters.co.za se lee en inglés sobre las ofertas: This product is currently out of stock and unavailable, es decir, “los productos están agotados”.

Desde la DGB, dependiente del Ministerio de Medio Ambiente, Luigi Guisada, de la unidad de monitoreo, admite tras estas pistas que estamos ante un caso de tráfico internacional. “Si las páginas están en inglés estamos hablando de un mercado internacional, que puede ser una red mucho más compleja”, admite el experto.

Al escribir “tráfico de tarántulas” en Google, se puede encontrar una docena de links relacionados con los siguientes títulos: “Encuentran un criadero con más de 400 tarántulas venenosas en España”, “Incautan en Colombia 23 tarántulas que iban al comercio ilegal”, “La nueva tarántula azul que puede haber destapado el tráfico de arácnidos” y “Tarántulas, monos y cangrejos: ninguno se salva del tráfico de animales”, entre otros.

El biólogo Guerra expone que la belleza de estos arácnidos, su docilidad, su capacidad de vivir desde 10 hasta 20 años y su exoticidad son las características por las que los traficantes las escogen para comercializarlas en el mundo.

A través de estas páginas, los traficantes promocionan las tarántulas bolivianas. “Habiotremus albipes (tarántula de pierna blanca de Bolivia) una hermosa especie de gran altitud de las montañas de los Andes en Bolivia. ¡Primera vez disponible!”, reseña el portal www.mymonsters.co.za. El animal mide 15 centímetros.

Especies. Ejemplares de Cyriocosmus perezmilesi endémicas, viven en Beni.

Especies. Ejemplares de Cyriocosmus perezmilesi endémicas, viven en Beni.

El mismo sitio vende la tarántula boliviana Cyriocosmus perezmilesi: “Tarántula enana de belleza boliviana. El paquete completo incluye todo: hábitat con sustrato y follaje, garantía de 30 días y un suministro de dos semanas de comederos”. Este invertebrado es oriundo de Beni y puede medir más de 15 centímetros. La tercera especie, Acanthoscurria chacoana, que puede medir hasta 18 centímetros, es rápida, dócil, audaz y puede vivir hasta 20 años. “Terrario de cuatro veces el tamaño de la araña, sustrato con un refugio y un plato de agua”. La especie no es endémica y se la puede encontrar en Argentina y Paraguay.

La cuarta tarántula en oferta es la Pamphobeteus antinous, puede medir de 18 a 22 centímetros. “Excavador terrestre/ oportunista del nuevo mundo, crecimiento rápido. Es tranquilo, pero asustadizo”.

La Antinous es víctima de los delincuentes por su belleza. En la página www.fearnottarantulas.co.za se la conoce como la tarántula “pierna azul boliviana”.

“La Antinous es muy linda y por eso la cazan, porque algunos machos tienen patas azules”, ratifica el biólogo Guerra. La especie puede ser hallada en La Paz, Beni y Santa Cruz, pero también habita en los bosques de Brasil y Perú.

Ante la evidencia de que existe un mercado internacional de tarántulas bolivianas traficadas, Guisada, de la DGB, apunta a la falta de coordinación con la Policía Forestal de Medio Ambiente (Pofoma).

“Lamentablemente no hay comunicación entre Pofoma La Paz y las autoridades. No ha existido comunicación, no hemos recibido reportes de recepción de estos animales o de otros operativos de decomiso. No es frecuente que Pofoma nos informe de las acciones que toma ni de los casos que tienen en decomiso”.

El coronel Javier Olaguibel, director departamental de Pofoma, indica que “es mentira que no se coordine las acciones con las autoridades”. Al respecto, el investigador policial revela que el año pasado recibieron una tarántula que después fue enviada al refugio Senda Verde en Coroico. Según la autoridad, “el arácnido fue entregado voluntariamente” por un ciudadano que la tenía en su poder.

“Nosotros siempre estamos revisando redes sociales y varios portales, pero no tenemos nada sobre ese tráfico que usted indica”, sostuvo el coronel Olaguibel a La Razón, que desconoce estas dos páginas que trafican con las arañas bolivianas.

La Acanthoscurria chacoana; si bien no es endémica, fue colectada en el país.

La fauna y la flora están protegidas por la Constitución Política del Estado, pero además por la Ley 1333 de Medio Ambiente. La primera norma en su artículo 381 declara que son “patrimonio natural las especies nativas de origen animal y vegetal. El Estado establecerá las medidas necesarias para su conservación, aprovechamiento y desarrollo”.

Añade que para su protección, el Estado “establecerá un sistema de registro que salvaguarde su existencia, así como la propiedad intelectual en favor del Estado o de los sujetos sociales locales que la reclamen. Para todos aquellos recursos no registrados, el Estado establecerá los procedimientos para su protección mediante la ley”. Es justamente lo que falta en el caso de las tarántulas en Bolivia.

En tanto, la Ley 1333 en su artículo 106 indica que los delitos ambientales serán sancionados por el Código Penal, que en su artículo 223 puntualiza: “El que destruyere, deteriorare, substrajere o exportare un bien perteneciente al dominio público, una fuente de riqueza, monumentos u objetos del patrimonio arqueológico, histórico o artístico nacional, incurrirá en privación de libertad de uno a seis años”.

Pese a ello, el tráfico ilegal internacional de tarántulas, mariposas y escarabajos florece. “Bolivia, por ser el corazón de Sudamérica y por tener todos los pisos ecológicos, tiene al menos unas 30 especies de tarántulas, de las que unas nueve son endémicas. Debemos tener un documento para su protección, por eso es importante saber con precisión cuántas son y cómo están”, recomienda Guerra.

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Payasos: Con la sonrisa en el barbijo

Unos 5.000 animadores infantiles no pueden trabajar en el país. Un grupo de ellos realiza barbijos para subsistir

/ 1 de julio de 2020 / 10:15

Fotos: Christian Calderón

¡Barbijos tres capas! ¡Baratitos y reutilizables! Así promociona Reynaldo Luna o Rapito Mix, un payasito, los tapa bocas que junto al grupo Jóvenes en acción comenzaron a fabricar en La Paz ante la imposibilidad de hacer presentaciones públicas por la cuarentena a raíz del COVID-19.

Artistas. Barbie

Artistas. Chaqui

Artistas. Chepeto

Artistas: Chiri.

“Los payasitos también tenemos familia y debido a que ya no podemos hacer presentaciones en público decidimos confeccionar barbijos personalizados que además tienen tres capas y que son reutilizables”, promociona Payasito Mix desde su taller en la zona de El Tejar.

Junto a Tati, Liz, Brandon, Remix y Kevin —otros payasitos— Luna elabora estos protectores que cuestan Bs 15 y que son ofrecidos en el portal de Facebook de la tienda Magnate y también en el portal de Rapito Mix.

Payasos: Chiri y Toni pasean por el empedrado.

“Con este nuevo emprendimiento pretendemos ayudar a nuestras familias”, indica el animador. Hay 45 diseños para todos los gustos.

Dentro del grupo de artistas, los animadores infantiles, que podían tener hasta cuatro presentaciones por fin de semana, conforman uno de los sectores más golpeados por la pandemia del COVID-19, pues impide reuniones públicas por miedo al contagio del virus, incluyendo los cumpleaños infantiles.

En Bolivia hay cerca de 5.000 animadores infantiles o payasos que no pueden trabajar por las restricciones por la emergencia sanitaria según Yoel López, presidente de la Federación de Artistas en Recreación y Artes Escénicas La Paz (Farael).

Papu, con su polera de Guasón.

La compañía de Papu.

Ojitos.

Rosquillas.

En la sede de gobierno, los animadores infantiles llegan a más de 500. “No fuimos escuchados por el Gobierno al que acudimos para pedir ayuda”, lamentó López.

El gremio, a pesar de la desgracia, se mantiene unido y ofrece a la ciudadanía su alegría característica tras un barbijo, como se ve en este fotoreportaje. Porque nunca está demás pintarse una sonrisa.

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Manual urgente de zombis

La génesis, la evolución y la metáfora de los muertos vivientes

/ 1 de julio de 2020 / 10:00

Zombie hand. Halloween theme concept.

  1. Hacia una definición de la identidad zombi. Sin dejar pasar la oportunidad de recordarnos que las identidades no solo son ‘constructos históricos’ sino que además, por supuesto, representaciones que fluyen y cambian como el agua, los estudiosos suelen mencionar seis indicadores estereotípicos —y diferenciales— que permiten, porque son perceptibles a primera vista, reconocer y distinguir a un zombi. Los enumero:
    a) Los zombis son, como los fantasmas, entes que deambulan, cómodos y hasta alegres, por una zona de indefinición o umbral entre la vida y la muerte: son “muertos vivientes”, “muertos que caminan”. Aunque, a diferencia de los fantasmas —tímidos, esquivos y algo disminuidos físicamente—, los zombis imponen su presencia de maneras plenamente carnales: nada los hace más felices que el contacto. b) Y el contacto que los hace tan felices comienza por casa, es decir, en el grupo mismo: ningún colectivo es más gregario y con mejor vida social que el de los zombis, que andan en patota o malón y que evitan la soledad con la misma ansiedad con que los vampiros la buscan. c) Por si acaso les faltaran marcas identitarias, los zombis no solo caminan sino que lo hacen de otra forma, según peculiaridades que los hacen reconocibles desde lejos, algo que también les sucede a los mormones, a los peruanos y a las geishas. Ese estilo corporal ha sido retratado en las películas hasta el cansancio, aunque de acuerdo a pautas contradictorias: el relajado caminar del sonámbulo que se desplaza en línea recta, con la vista perdida; el del bebé en el momento de sus primeros pasos, incapaz de levantar por completo los pies del suelo y siempre a punto de caer; el nerviosismo de los insectos que se amontonan en los lugares que se resisten a su paso. d) Aunque disfrutan mucho del trabajo grupal, lo suyo —como para nuestros periodistas televisivos— no es la palabra: a lo sumo, gruñen dos o tres cosas. No es ‘gente informada, con diversidad de intereses y pasatiempos, compleja’; son más bien autómatas de su propio deseo. e) Nunca se los ve bien: demacrados, con tendencia a acnés virulentos y a las várices, de mirada afiebrada e indirecta, desaliñados. f) Y proyectan una identidad que, al igual que la cruceña o porteña, es altamente contagiosa: bastan unos minutos de contacto para adquirirla. Un ratito con un zombi y uno termina caminando como ellos, gruñendo como ellos, obsesionado por dos o tres cosas.
    Son estas seis señas de identidad las que cuentan; el resto es opcional y una cuestión de gustos: el canibalismo, la inclinación a morder, la preferencia por la noche.
  2. Breve historia de los zombis. A diferencia de fantasmas, brujas y vampiros, los zombis pertenecen a un colectivo de reciente organización. Los historiadores del cine suelen identificar la primera hora de su visibilidad oficial en la (mala) cinta sonora norteamericana White Zombie, de 1930 (accesible en YouTube). Lo de white alude a un hecho hoy a veces olvidado: que al principio, los zombis eran negros, caribeños y con frecuencia esclavos: ‘subalternos’, diríamos hoy. (A la clásica pregunta sobre ‘si el subalterno puede hablar’, estas primeras películas responden sin dudarlo: por supuesto que no, pues, se sabe, los zombis no hablan. Tampoco hablaba el más famoso de los zombis del cine silente, el de El gabinete del Dr. Caligari de 1920).
    Fundada en el cine B de terror, la historia general de los zombis —que deducimos aquí a partir de algunas películas— se divide en tres grandes periodos: a) El periodo clásico es el del primer zombismo generalizado, ya decíamos que caribeño y negro. El mayor documento sobre este periodo es también la más hermosa película del género, la elegante Caminé con un zombi (1943) de Jacques Tourneur. b) El moderno es el periodo que corresponde a la segunda gran ola de zombis, convocada por George Romero en La noche de los muertos vivientes (1968) y, sobre todo, El amanecer de los muertos (1978). Aquí, el diagnóstico de la condición zombi es más preciso: no proviene ni del vudú ni del consumo de sustancias característicos del zombismo clásico, sino de un virus que, a diferencia del corona, resucita a los muertos. Estos son los zombis que caminan cual bebés aprendiendo a caminar, los que muerden, los que prefieren la lenta acción colectiva. c) Postmodernos son los zombis de la tercera ola, millennials que, aunque herederos de una tradición política —con su apuesta al número (y no a la calidad) y a la claridad leninista de su objetivo estratégico (“reproducirse o morir”)—, se diferencian por su rapidez: quizá han descubierto que tienen que apurarse porque ni el cine creado en computadoras ni el neoliberalismo toleran la lentitud. Al respecto, véase el documental Guerra mundial Z (2003), basado en un libro sobre pandemias de Max Brooks (hijo de Mel).
  3. Los zombis como metáforas de algo. A lo largo de su breve historia, los zombis —como antes tantos otros subalternos— han encontrado empleo haciendo el papel de esforzadas metáforas de esto y de lo otro. Algunos ejemplos conocidos:
    a) El zombi como emblema del trabajo esclavo. En ello, son los equivalentes lowtech del sueño del robot de la ciencia ficción: prueban que se puede convertir al prójimo en un ente que hace todo lo que se le dice, no forma sindicatos, trabaja sin descanso, no discute. b) Los zombis en tanto figuración horrorosa de la colectividad, una masa irreflexiva que obedece, hipnotizada, los impulsos ciegos de un igualitarismo violento. c) Los zombis como representación del consumismo general. (No es una coincidencia que El amanecer de los muertos de Romero ocurra toda en un centro comercial). d) Los zombis como visualización de una pandemia provocada por pecados ecológicos. e) Los zombis como el retorno de lo reprimido.
  4. Cuidados básicos de salud en la cercanía de un grupo de zombis. Como con el coronavirus, lo mejor, por supuesto, es evitar la cercanía. En su defecto —pues uno tiene nomás que trabajar en un mundo de zombis mirando sus celulares—, los expertos recomiendan: a) Encerrarse en casa y apagar las luces. b) No acercarse a las ventanas: según se ve en las películas, los zombis suelen atacar por ahí. c) Usar mucho las escaleras: los zombis tienden a tropezarse. d) Con los zombis clásicos y modernos, basta un par de zapatos deportivos para correr y, a veces, una buena escopeta o un bate de béisbol. Con los postmodernos, se requiere de armamento pesado, bunkers, efectos especiales, gafas de aviador gringo.
  5. Contribuciones bolivianas a esta historia de zombis. La cultura boliviana está repleta de zombis, de entidades que se resisten a morir y que regresan una y otra vez, muertos vivientes que no se han enterado de que están muertos. Piense por ejemplo en el padre de Juanito en la novela de 1885 Juan de la Rosa (que sufre una suerte de entierro en vida); o ese ambiguo personaje de Jesús Urzagasti, el Viejo (de la novela Tirinea de 1969); o Felipe Delgado, el famoso alter ego de Jaime Saenz; o el resucitado Sebastián Mamani en La nación clandestina (1989) de Jorge Sanjinés; o en el mito milenerista del Inkarrí, la mejor narrativa de zombis producida por estos lados; o en el nacionalismo revolucionario, que no deja de regresar y perseguirnos, poco importa si, hasta hace poco, en su versión de izquierda o, como ahora, de derecha.

Mauricio Souza Crespo, antropólogo amateur
Gráfico: freepik

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Cuarentena en la Obscuridad

La fotógrafa Wara Vargas Lara acompañó durante la cuarentena a las 17 familias de personas no videntes en el hogar Alfredo Tarifa Sánchez

/ 25 de junio de 2020 / 15:58

Música. Efraín Iriondo esposo de Susi, tomando el sol en el patio de la casa. Antes de la cuarentena acompañaba con la percusión las canciones de Susi en la calle Comercio. Foto: Wara Vargas Lara

Cerré los ojos e intenté entrar en su mundo. Caminé ubicándome por los sonidos y los olores, pero no pude dejar de ser una mujer que puede ver entre ellos. ¿Cómo se siente la obscuridad al no ver el mundo?, ¿Cómo se siente este nuevo mundo, si no ves a la gente con barbijos y las calles vacías? Mi nombre es Wara Vargas Lara y he realizado este proyecto gracias al fondo de emergencia de National Geographic Society para apoyar a periodistas de todo el mundo para contar historias dentro de sus comunidades.

“Un hombre que conducía su auto, perdió la vista cuando esperaba el cambio de luz en el semáforo. Se quedó ciego sin explicación. Él era el caso número 0 de una pandemia mundial de ceguera. Los ciegos fueron llevados a un hospital, obligados a estar en cuarentena para no contagiar. Después de mucho tiempo pudieron salir y se dieron cuenta de que el mundo había cambiado, toda la gente estaba ciega”.

Historias. Viviana Ortiz usa su bastón en el patio, es nueva en la comunidad y recién reconoce los espacios. Foto: Wara Vargas Lara

Esta es la historia escrita por José Saramago en su libro Ensayo Sobre la Ceguera. Te deja pensando en un posible mundo donde los videntes son los diferentes y los ciegos, la mayoría. La entendí como una metáfora sobre las personas que, de tanto ver, dejan de mirar y sentir el mundo. Prestando atención a cosas frívolas y no a lo más importante, lo que da paz espiritual.

Susi nació prematura y por unos breves momentos, seguramente, vio la imagen borrosa de su madre. Sus primeros meses en el mundo estuvo en una incubadora. Los doctores se dieron cuenta después que la luz de este aparato lentamente la había dejado ciega. Callada me quedé cuando me lo contó y sentí que la luz del mundo había encandilado a Susi cuando nació.

Victoria es cantante, trabaja junto a su esposo Germán. Foto: Wara Vargas

“Yo soy rebelde porque el mundo me hizo así…”, canta Susi con una gran sonrisa. Es una artista callejera, como muchos de sus amigos novidentes con los que vive en la casa Alfredo Tarifa Sánchez, en la ciudad de La Paz, que alberga a 17 familias de personas que viven con alguna discapacidad visual. Les acompaño en su cuarentena intentando ayudar en lo que podía, y entro a un mundo donde la vista no es necesaria. Lo importante para comunicarse es la voz, los olores y el calor que emiten los cuerpos cuando están cerca.

Si me quedo callada me vuelvo invisible. Es una sensación muy extraña y al mismo tiempo reveladora. Con ellos, me siento libre de un mundo que te valora por tu color de piel o tus rasgos indígenas. Aquí no importa cómo visto, sino lo que digo al hablar.

“No somos diferentes, podemos hacer todo lo que las personas que ven hacen”. Es la voz de Efraín, mi guía desde que inicie las visitas a la casa. Él conoce el espacio más que yo y me dirige para que vea y sienta.

Habitantes. Viviana Ortiz pasa su cuarentena escuchando las noticias. Perdió la vista de muy joven y vende dulces en las calles. Foto: Wara Vargas Lara

Hoy hay un partido de fútbol, vital para mantenerse ocupados en la cuarentena. El silencio es importante, porque sus oídos guían el cuerpo para sentir la cercanía de la pelota. Los goles rompen el silencio. “¡Por qué no viste la pelota!”, exclama alguien. Todos se ríen y disfrutan el partido.

Humberto Mamani es cantante. Su voz es hermosa y canta para quienes viven en la casa. Foto: Wara Vargas Lara

Los días pasan y hay angustia en la casa, ¿cuándo se volverá a la vida de antes? La ayuda económica y de alimentos pronto se agotará. Ellos sienten de manera diferente las calles vacías y la nueva normalidad. Quién sabe, quizá una nueva normalidad, tal vez los haga más invisibles que antes.

Tío Ricardo, le dicen de cariño en la casa. Comercializa todo tipo de objetos en la calle, en cuarentena solo escucha las noticias. Foto: Wara Vargas Lara

El miedo se contagia visualmente al ver las calles con gente totalmente cubierta. Pero ellos solo escuchan y sienten. No pueden ver cómo se transforma la ciudad.

Teresa Pinedo posa en su habitación con la mascarilla que le donaron. Ella vive allí ya hace siete años con sus dos hijos. Foto: Wara Vargas Lara

Salgo de su casa y me encuentro sola en las calles vacías. Vuelvo a mi vida vidente, de imágenes de cementerios, hospitales y gente que publica en las redes sociales sobre sus cuarentenas.

Vida. Agustín Rocha, de 74 años de edad, perdió la vista muy joven y cuando no pudo conseguir un trabajo, se dedicó a rezar en el cementerio por las almas de los muertos. En estos días de cuarentena, el cementerio permanece cerrado. Foto: Wara Vargas Lara

Mis nuevos amigos novidentes no conocen esa obscuridad que ahora invade el mundo, cuando lo que vemos puede cambiar lo que sentimos.

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