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Noche paceña te quiero volver a ver

Cerrados. El escenario del Equinoccio, en el barrio de Sopocachi, se encuentra repleto de sillas y mesas apiladas

/ 23 de septiembre de 2020 / 07:18

Los boliches culturales de la noche paceña agonizan. Históricos espacios como el Equinoccio se reinventan y sueñan con volver. Otros, como el Etno y La Luna, han echado el cerrojo. Todos piden un apoyo real de las autoridades

La noche paceña está muerta y abandonada; luce en silencio; vaga en pena. En los años 90 la noche no descendía de los cielos, bajaba por la calle Jaén, desde el Bocaisapo o el Etno, para tomar respiro en el Ojo de Agua o el Avesol y desembocar como río de alcoholes y humo en la cara oculta de La Luna, el Metrópolis, el Thelonious o el Equinoccio. Los boliches con música en directo y/o actividades culturales son patrimonio vivo de la ciudad, son pilar de la vida social y nocturna, dan seguridad a la noche y suman identidad. Pero hoy, en medio de la peste, lucen con las puertas trancadas y resisten como los viejos rockeros que nunca mueren. Uno de sus sacerdotes, Carlos Cox, sentencia: “La noche paceña no es ni joven ni vieja, he ahí el secreto de su longevidad”. ¿Cuál será la pócima secreta para resucitar? ¿Cómo sobreviven ahora? ¿Volverá para tragarnos y bebernos otra vez? Solo los navegantes de las obscuridades de la noche paceña (el poeta Jorge Campero dixit) tienen las respuestas.

El Etno acaba de anunciar su cierre hasta nuevo aviso. La Luna espera convaleciente y paciente mientras la tropa del Equise reinventa. Todos son espacios autogestionados, todos necesitan de su gente, de su público fiel para poder llegar a fin de mes y así pagar alquileres y sueldos. Unos hacen delivery, otros alquilan sus espacios y algunos organizan eventos digitales. La idea es la misma para todos: dejar de llevar la mano a la alcancía, si es que ésta todavía sobrevive. Rascan la olla, rasguñan las piedras.

La barra del Etno Café de la calle Jaén. Fotos: Ricardo Bajo H., La Luna Pub Music Bar y Pablo Alanes

Y la bohemia salió corriendo

El Etno sufrió su primera ráfaga de ametralladora en octubre y noviembre pasado. El centro de la ciudad se llenó de gases lacrimógenos y la calle Jaén se quedó sin oxígeno. Los gringos y los amantes del folklore escaparon de las peñas. La bohemia salió corriendo y rezando por la esquina de la Cruz Verde no sin antes persignarse ante las cenizas del eterno Bocaisapo y la leyenda de Don Cayo. El Etno logró resucitar y levantar cabeza en febrero. Entonces llegó el tiro mortal, inesperado y traicionero, por la espalda. Nadie sabía que iba a morir en marzo, nadie esperaba al maldito virus. Yumi Tapia y Pablo Alanes fueron durante 15 años los anfitriones de un boliche donde muchos fueron/fuimos felices. Cada vez que se cierra un boliche se van para siempre cien canciones, se esfuman mil “te quieros” y un millón de besos. En el Etno de Yumi se acullicaron sueños y nos embriagamos con ajenjo para estar más cerca de los dioses. En el Etno de Pablo se presentaron novelas, poemarios y libros de relatos (como aquel Warikasaya: cuentos stronguistas en el lejano 2008 junto al querido colega Franchesco Díaz Mariscal que tampoco ya está entre nosotros).

Yumi Tapia busca en el baúl de los recuerdos una solución para cuando pase el temblor. “Estamos contemplando todas las posibilidades para lograr mantener este espacio tan querido por todos y todas, se espera tener una solución, el optimismo y la buena onda siempre están ahí. Tras la pandemia, volveremos de la mano de nuestro equipo de trabajo más antiguo, quienes serán nuestros socios y socias, junto a nuestra gente. De momento toca usar los ahorros para cumplir con responsabilidades económicas, sociales, servicios, alquileres y otros gastos fijos mensuales. Nuestro personal también está viviendo de sus ahorros. Más de seis meses sin actividad es insostenible”.

Pablo Alanes no es tan optimista, cree que los tiempos están cambiando. Sin remisión, añadiría Bob Dylan. “No creo que haya una vuelta pospandemia, creo que la transición social y la coyuntura sociopolítica, no solo de Bolivia sino del mundo, nos debe poner más bien atentos a los nuevos tejidos entre culturas y pensamientos. Es sano darse cuenta que las cosas no volverán a ser las mismas, no estoy muy seguro que la gente vaya a salir como antes. El golpe económico ha sido y es fuerte en todo sentido. El público será más selectivo con los eventos y lugares a los que asistir”.

Los boliches culturales de la noche paceña no reclaman mucho, o sí. Todo lo que piden es un poco de respeto, añadiría Aretha Franklin. Comprensión, apoyo, un programa de ayudas a espacios que son necesarios para la ciudad, atención y contención: es el pliego petitorio de Pablo, de Yumi, de Martha y de tantos otros.

Martha Luciana Cárdenas lleva 30 años detrás de la barra de La Luna Pub Music Bar, en la calle Oruro esquina Murillo. Junto a Jorge Coco Cárdenas abrió una noche de verbena paceña de 1990. Hoy vislumbra la quiebra total y se acuerda de otros: “Somos uno de los sectores más afectados, implicamos directa o indirectamente a mucha más gente, desde las personas que recogen botellas, repartidores de refrescos, jugos, frutas congeladas, aguas, músicos, actores, sonidistas hasta las empresas de cerveza”. Por La Luna pasaron bandas míticas como Wara o Altiplano y Martha cree que —hasta la llegada de la vacuna— nunca más será como antes, “nadie pondrá en riesgo su salud por diversión”.

Carlitos Cox, “ex de mi ex, que es lo único que ex”, productor musical y antiguo “vocalista” del Ojo de Agua, sobrevive ahora en Tarija a base de pan, agua y vino, “para no morir del estupor”. Abrió otro bar a orillas del Guadalquivir y no cree en eso que muchos llaman pospandemia. “La Pachamama inició otro ciclo a partir de 2012 y nosotros seres que habitamos el llamado planeta Tierra, somos parte, para bien y para mal de ese enorme proceso enigmático y desconocido de reinventarnos en diferentes condiciones y escenarios. La gente es la gente, bien dice mi abuela Emma, el mal llamado público ‘consume’ y paga un dinerito y se beneficia de determinados servicios y emociones que generalmente ocurren por la noche. Ellos y también nosotros no hemos parado de buscar y encontrar formas de reunirnos. La gente no sale, busca encontrarse y vaya sorpresa, ahora para eso no es necesario salir de casa”, dice Cox, que solo clama por una cosa a las autoridades: “Que dejen de joder con los burocráticos y corruptos procedimientos para las mal llamadas ‘licencias de funcionamiento’; deberían llamarse ‘licencias de clausuramiento’”. Abrir un negocio en Bolivia es más complicado, moroso y engorroso (pano abusar de pioresexpresiones chapacas) que “jugar ajedrez sin tablero”.

Cox es de los que cree que es más fácil ser contrabandista que productor/promotor cultural de la noche, “y con eso ya he dicho todo y mucho de nuestra magra economía mediterránea, saqueada e infravalorada”. Pero cuando habla de la tribu nocherniega, brillan sus ojitos de nuevo y recobra la esperanza: “A nuestra maravillosa audiencia, solo podemos decirles muchas gracias, así, a los gritos y con mayúsculas. No hay público más sui géneris, cariñoso y tan fuera de los cánones industriales de una casi inexistente industria que el boliviano, que es también una tradición y un amor interno, una presencia íntima que nos consume, como la mágica presencia de nuestros abuelos bailando en una noche de fiesta envueltos en la cálida armonía de los músicos tocando en vivo”.

Carla Padilla, Laura Elizabeth Paredes, Wara Mariel Orosco, Jesús Arce, José Luis Fuentes, Diego Valdivia y Limberth Alarcón, a las puertas del Equinoccio, soñando con noches de rock otra vez. Fotos: Ricardo Bajo H., La Luna Pub Music Bar y Pablo Alanes

Por un Regreso De Película

Mientras la espera desespera, mientras la música en vivo para una audiencia viva se hace de rogar, otros, como el Equinoccio Live Music Bar, trata de reinventarse. El interior del boliche por donde pasaron estrellas del rock de acá y de allá luce irreconocible. El escenario con la “E” de reminiscencias obreras y con 27 años de vida sobre su espalda errante, está repleto de sillas y mesas apiladas. Puedo cantar la canción más triste esta noche. La tribuna popular se ha convertido en una sala de ensayos y sala de grabación llamada Studio Equinoccio. Y el pasillo de la barra — ¿quién no resbaló o tropezó ahí?— se asemeja a un túnel de castillo del terror. Limberth Limbo Alarcón sigue al pie del cañón y su muchachada continúa tocando como la orquesta del Titanic. El Equitiene también un servicio de reparto a domicilio llamado Food&Rock y ha lanzado al espacio la Equi-chela con etiqueta propia. También están embarcados en la misión streaming con varias bandas y un equipo de servicios de producción audiovisual.

Limbo se imagina en sus mejores noches de insomnio un regreso típico de película de Hollywood: “Veo a las personas en actitudes eufóricas, presurosas para un nuevo encuentro con amigos, con lugares. Veo un aire de celebración quebrando este letargo forzoso. Luego me despierto y me la imagino más difícil, por varios factores, pero sobre todo por el económico. Pero si suponemos una pospandemia con el bicho muerto y extinto por la vacunación, el panorama real puede ser tranquilamente el primero que soñé. Como fuera, la noche, los conciertos, la interacción relajada y sin presiones sociales cotidianas y la música como tal fueron, son y serán una parte esencial de nuestras vidas. Quizás todas ellas conformen una suerte de ‘equi-librio’ existencial”.

La red social más grande será siempre el boliche porque nos gusta vernos, mirarnos y tocarnos. La noche no es ni joven ni vieja, es eterna. Noche paceña, te queremos volver a ver. Hasta el amanecer, añadiría El último cocalero.

Nocherniegos. El ambiente de La Luna Pub Music Bar, en la calle Oruro. Fotos: Ricardo Bajo H., La Luna Pub Music Bar y Pablo Alanes

Funcionamiento rima con reconocimiento

En Berlín, la Alcaldía ha aprobado unas ayudas de 81.000 euros ($us 95.000) para cada uno de los 46 locales y salas de conciertos, consciente de que la vida nocturna de la ciudad del muro la ha convertido en la “capital de la fiesta” en Europa. Los boliches berlineses son parte viva de la riquísima escena cultural que atrae a millones de turistas de medio mundo que gastan y dejan plata.

En Liverpool, el alcalde Joe Anderson ha hecho un llamamiento para que el Estado apoye económicamente a The Cavern Club, el local que vio tocar a los Beatles por primera vez. Porque, “la perspectiva de perder una joya nacional como ésta es un escenario horrible”.

En La Paz los boliches claman por un apoyo real y piden una desburocratización de trámites específicos, flexibilización en el pago de impuestos, prórroga de patentes, otorgación de créditos directos de reinversión, etc. En el mero terreno de lo cultural, lanzan la idea de crear programas de incentivo y apoyo específico para espacios como el pub Equinoccio con la idea de retomar el concurso de la Marathon Rock para nuevos grupos y una nueva versión del Festival nacional de bandas “Equinoccio a cielo abierto”.

También piden no meter a todos en el mismo saco de la noche.

Limberth Alarcón, del Equi, va incluso más allá: “En nuestra ciudad las actividades nocturnas son variadas y distintas, desde las permitidas hasta las que no, desde las que cumplen con la legalidad y las que la desconocen por puro capricho. No es suficiente un ‘control’ de funcionamiento, necesitamos una política paralela de “reconocimiento” a espacios que aportando a la cultura musical de nuestro país y al movimiento económico de nuestra ciudad, generamos empleos y movimiento turístico”.

Pablo Alanes, del Etno, se suma a la idea: “Los boliches o espacios culturales deben ser valorados y reconocidos como un patrimonio si es que detrás hay una trayectoria y un verdadero aporte a la cultura y por esta no debemos solo hablar de folklore. Cultura también incluye el cuidado de la noche y sus pasajeros, no así el alcoholismo o el vicio. Valorar un espacio es vivirlo, creo que el apoyo e incentivo es vital y entender que cultura y arte son acción, posiblemente lo único que puede ayudarnos en situaciones como la actual”.

Martha, de La Luna, cree que en La Paz marchamos a contrarruta de ciudades como Berlín o Liverpool. “Acá, por muchos años, trataron de cerrar los lugares donde se realizan eventos culturales. Las juntas vecinales que ahora tienen un gran poder de decisión ponen muchas trabas. Los gobiernos municipales, por su parte, subieron las patentes, haciendo requerimientos difíciles y caros para tener una licencia de funcionamiento. Muchas veces es luchar contra la corriente y la corrupción. Lamentablemente no se valora el accionar cultural que promovemos, por cierto muy apreciado por el mercado de viajeros extranjeros que disfrutan de ello”.

Chancho pelado

El 18 de octubre de 2020 es un día histórico para la democracia y el movimiento popular progresista de Bolivia y América Latina.

Por El Papirri

/ 28 de octubre de 2020 / 06:04

El 18 de octubre de 2020 es un día histórico para la democracia y el movimiento popular progresista de Bolivia y América Latina. Soy solo un cantautor y escribidor de crónicas, no soy analista político ni comentador, soy uno de los tantos ciudadanos de minibús que por sus ideales y convicciones progresistas fue insultado, amenazado y perseguido desde el golpe cívico-militar de noviembre de 2019. Por eso estoy feliz. Porque vuelve la democracia y renace la libertad. Porque la mayoría del pueblo boliviano, el pueblo más pobre, el trabajador, el del día a día, ha ganado las elecciones en primera vuelta por mayoría y con una diferencia de más de 20 puntos sobre el segundo.

Ha ganado la casera que se vende manzanilla y eucalipto en la esquina, ahora tendrá la certeza de que el pasaje del minibús o del bus desde su comarca a la avenida citadina no subirá de precio, porque el gas y la gasolina es de los bolivianos y no de las transnacionales. Ha perdido el que quiere entrar al Estado a saquear, a beneficiar a grupos faranduleros y familiares, el que añora Miami y desprecia Bolivia. Ha ganado el obrero de la empresa de electricidad, sabe que ahora no se hundirá su empresa, que la luz es de los bolivianos, la electricidad que nace de nuestras aguas volverá a los pueblos más remotos como derecho humano. Ha perdido el que quiere separar a Bolivia, el que sueña con una Bolivia de blancos, el que patea a las mujeres de pollera, el inventor de ejércitos irregulares separatistas. Ha ganado el maestro plomero que sabe que el precio de sus repuestos se mantendrá, ha ganado el maestro minibusero que tiene la certeza que podrá pagar el crédito bancario de su vehículo sin abusos, con intereses decentes, con una banca privada controlada en su angurria de ganancias. El maestro taxista ha ganado, el cambio de su autito de gasolina a diésel realizado de forma gratuita por el Estado en 2013 se mantendrá, como se mantendrá su hijito en la escuela gracias al Bono Juancito Pinto. Ha ganado la estabilidad, la dignidad del hogar honesto. Ha perdido el ratero, el que entra a patadas a tomar el gobierno solo para beneficio de unos cuantos, ha perdido el violento, el motoquero fascista que cañonea indígenas siendo que su abuelo es un indígena.

Ha ganado una Constitución Política de vanguardia que decidió que los derechos básicos son derechos humanos y que los privatizadores no pueden entrar así nomás a apropiarse del bien público. Ha ganado la enfermera de base, el técnico de hospitales que arriesga la vida en la lucha contra el COVID, el médico consciente de su juramento que no tiene clínicas privadas. Ha perdido el médico que es dueño de moteles, que no atiende pacientes sino negocios, ha perdido el doctorcito que, en el peor momento de la pandemia, hizo aparecer unos respiradores que no servían para nada y con un sobreprecio descomunal cometiendo genocidio solo por llevarse dólares malhechos al bolsillo. Ha ganado la Patria, ha perdido la anti Patria. Ha ganado la memoria de Juana Azurduy, la memoria de los guerrilleros anticoloniales, han ganado los niños multicolores que nacen en esta tierra bendita y que en 14 años de Revolución democrática y cultural salieron de la pobreza extrema, y luego salieron bachilleres y técnicos, y ahora ingresan a las universidades gratuitas. Han ganado las carreteras de Bolivia. Han perdido los latifundistas, los que ejercían la esclavitud en sus tierras y a los que mediante referéndum popular se les frenó los abusos. Ha ganado el llockallita moco tendido que tiene internet en su pueblo por el satélite Túpac Katari, ha ganado la Bolivia trabajadora que no quiere más violencia, la Bolivia que quiere su mar, la Bolivia que quiere sumar, la Bolivia digna que no agacha la cabeza ante mentes y armas coloniales. Ha perdido el pitita que quiere irse ahora de un país con tanto indio, el clase media que está mirando por dónde enriquecerse rápido, ha perdido el que compra gases lacrimógenos con sobreprecio cuando lo que se necesita son vacunas, ha perdido el fascista que masacró en Senkata y Puente Huayllani. Ha ganado la viuda del mártir pobre, su memoria será honrada por el nuevo gobierno popular que ha ganado con más del 53 por ciento. Ha ganado el litio para los bolivianos. Ha perdido Almagro con su fraude violento. Ha perdido el que hace desaparecer ayuda internacional en sus cuentas truchas. Ha ganado el Abya Yala con su wiphala al viento. Ha perdido la dictadura. Ha ganado la democracia.

Sabemos ganar. Sabemos perder. Sabemos cantar. Sabemos callar. Sabemos llorar. Sabemos reír. Sabemos que hoy es el momento de alegrarnos porque la Patria Grande levanta la cabeza, sabemos también que el imperialismo y sus operadores nacionales acechan para que nos vaya mal, sabemos que no tenemos rencor, sabemos de nuestra sed de justicia y soberanía. Ha ganado Espinal, ha ganado Marcelo, ha ganado Simón y su sueño de integración, ha ganado mi comadre que hoy tiene su conexión a gas domiciliario y que cuando enciende sus hornillas cotidianas enciende la llama de la gratitud. Hemos ganado chancho pelado. Acepten su derrota, separatistas, racistas y fascistas que son el 15% del país. Hagan el esfuerzo de hacer una oposición sana, Bolivia necesita de todos para salir de una crisis múltiple.  Jallalla pueblo de Bolivia ¡ Jallalla Patria Grande! Hey dicho.

(*) EL PAPIRRI: Personaje de la Pérez, también es MANUEL MONROY CHAZARRETA

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Celebración familiar en 2009

Por Sandra Aliaga

/ 28 de octubre de 2020 / 06:02

Me alimenté con leche de burra al nacer… Cuando la madre no podía lactar, se tomaba esa leche.  Nosotros teníamos una burrita que me alimentaba y fue mi nodriza. Ana María nació en un Obrajes entre residencial y campestre de los aires paceños.

Venía de la clase media, de un entorno de ideas liberales. Sus orígenes están poblados por un lado, por hombres del mundo de la diplomacia, el periodismo, la política: su bisabuelo Carlos V. Romero, su abuelo Carlos Romero Cavero, su padre Gonzalo Romero Álvarez. Por otro lado, hay genes de mujeres fuertes, de carácter firme: su madre Mary Pringle MacDonald, su abuela Ana Álvarez García de Romero. El encuentro entre un oriundo de la zona rural del sur de Bolivia llamada Cinti y una descendiente de migrantes canadiense/escoceses formaron la familia Romero-Pringle. Mi madre era una mujer de avanzada, hija de un ingeniero que llegó a Bolivia para trabajar en las minas. Bellísima, estudió literatura y teatro en Boston, EEUU. Me dejó un espíritu creador que le mostró el arte de escribir.

Su padre: abogado, parlamentario, historiador, diplomático. Su trayectoria política comenzó cuando él tenía 34 años y Ana María, nueve. Fundó con otros jóvenes intelectuales el Grupo Cívico Pachacuti. Después ingresó a la Falange Socialista Boliviana (FSB) y llegó a ser subjefe de este movimiento político conservador. Era un hombre excepcionalmente humano y estudioso, además de guapo…  Se dio entero a sus ideales, luchó por ellos dejando de lado cualquier interés de tipo material. Estuvo exiliado durante siete años en

el gobierno del MNR, batallando contra la corrupción durante otros cinco años.  Mi padre me inculcó un gran amor por la vida y por mi país.

“Gonzalo Romero se fue al exilio cuando Ana María tenía 10 años y volvió cuando ella tenía 17. El hecho la hizo solidaria con gente que sufre persecución por sus ideas”, cuenta Elsa Dorado de Revilla V.  Mi madre escribía hermosos poemas, escribía a máquina. No logró adaptarse a la sociedad conservadora y prejuiciosa en la que le tocó vivir. Era aficionada a comer verduras crudas, lo que en esos tiempos era una rareza. Era una mujer tierna y muy linda, que llamaba la atención por su garbo al caminar.

Hablaba inglés y leía libros escritos en inglés. Mi hermano fue un tiempo donde unos tíos y él hablaban inglés con mi mamá. Como yo no entendía, agarré un libro dando vueltas por el jardín y aprendí los verbos por mi cuenta.Iba donde mi mamá para plantearle… ella nunca hizo el esfuerzo de decirme “yo te voy a enseñar”. En muchos sentidos, fui una autodidacta.

Sus primeros años de estudiante en el Colegio Sagrados Corazones fueron matizados por vacaciones en la estancia paterna del Valle de Cinti. Fueron años apacibles en casa de sus padres que luego se transformaron en una infancia agitada cuando Gonzalo Romero se convierte en perseguido político y se desbanda la familia. 

El recuerdo más lindo de mi infancia es nuestras vacaciones en Camargo, Cinti, hogar de la familia Romero. Ahí aprendí a usar hondas para ahuyentar a los pájaros, junto a los niños campesinos. Pisé uva junto a los peones, me deleité nadando en el Río Chico y aún recuerdo que cuando llegaba el río, recogíamos agua gredosa y la tomábamos en la mesa como si fuera limonada, moviéndola con la cuchara para que el barro que se había asentado se mezclara. Entonces el agua de los ríos era bebible, hoy está contaminada. 

Mi abuela siempre nos estaba contando historias, cuentos de toda naturaleza. Incluso tenía unos cuentos medio de susto, propios de una familia de origen cinteño, área rural, un poco campesina. Y entonces, allá, los fantasmas son personajes de la vida cotidiana… Mi papá siempre nos mantenía con ese halo de misterio.  Muchas veces mi papá —a veces mi mamá— me leía cuentos.

HE MAMADO ESE AMOR A LA PATRIA

Con la Revolución del 9 de abril de 1952, conducida por el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), la FSB pasa a la oposición. Salía con mis hermanos a recoger cartuchos de los rifles que habían quedado en las calles.  Los recogíamos para jugar con ellos. Los poníamos en fila como soldaditos y con las canicas intentábamos voltearlos. ¡Qué me iba a imaginar yo en esos días, que mientras jugaba con esos cartuchos, el que iba a ser mi marido años después, estaba luchando en uno de los grupos de combate aún siendo estudiante de secundaria, porque el momento así lo demandaba…! Era la generación del Chaco, se exaltaban esos valores de amor a la patria. En mi familia no acaudalada, de profesionales, he mamado ese amor a la patria.

Tras el triunfo de la Revolución, Gonzalo Romero  tuvo que huir. Nos fuimos todos a Cinti antes de que fuera perseguido y exiliado. Tomó esa precaución.  El mundo se me venía abajo.  Todo lo que habíamos tenido… los juegos de niños con mis primos.

Me marcó. Mi mamá no se llevaba muy bien con mi abuelita. Cuando mi papá decidió —al terminar la vacación— volver a La Paz, mi mamá me dijo “no”.  Tenía unas primas queridísimas: Ana María, María Teresa y María René Seoane. Le dije a mi papá: —Quiero ir a Cochabamba, con mis primas.

—Si te aceptan, te vas. 

Fui. La pasé bien. Mi tío tenía una empresa, estaba construyendo la carretera 1 y 4. A nadie se le hubiera ocurrido que este buen señor se meta en política. Nos hacía hacer cosas… nunca mi papá nos había pedido que intervengamos en su proselitismo. Pero este mi tío era diferente. Me daba papelitos y cuando yo iba al colegio, iba con mi montón de papelitos que iba entregando. Cuando llegaba al colegio y cerraban la puerta, yo respiraba.  Estuvo un tiempo en el Colegio Irlandés de Cochabamba. Ponía los papelitos también en los parabrisas de los autos. Tenía que cumplir.  Eso no sospechaba la familia.  Pensaban que yo estaba realmente en un entorno totalmente aséptico.

Ocurre que mi tío se metió a un golpe, a una revolución. Tomaron Cochabamba el 9 de noviembre de 1953. Ese año la Revolución Nacional buscaba asentarse. En agosto salió la Ley de la Reforma Agraria en un contexto de violencia, especialmente en Cochabamba. Se organizó la primera milicia campesina para combatir los brotes contra el MNR. Las cosas no estaban claras, había un cuadro de desacato social. Los emenerristas hacían esfuerzos por controlar las milicias campesinas en Ucureña. Tomaron preso a Juan Lechín…

Este tío estaba administrando un club social. Me acuerdo que yo salí corriendo el momento que escuchamos que había caído Víctor Paz Estenssoro. Era una zona alejada de la ciudad. Entré donde una señora que tenía una chichería y yo decía “Se ha caído el mono, se ha caído el mono”.  En la cara de ella, me di cuenta que no le hacía ninguna gracia porque lo que estaba haciendo mi papá estaba un poco contracorriente, aunque no creo que estaba en contra de sus ideales, de la ética que él predicaba, pero era contra la Revolución.

Ese momento crecí muchísimos años de golpe. Volví a la casa. Mi tío fue tomado preso, descubrieron armas en la casa y fue todo un alboroto terrible. Lechín se portó muy bien. Toda esa gente que lo tomó preso, lo trató bien; pero el hombre estuvo abogando por todos los que cayeron presos. Los hizo liberar. Algunos creo que salieron al exilio. Otros se quedaron. Mi tío se quedó. Pudimos ver cómo se comporta la gente en esas circunstancias.

Era una época en que se acababa de dictar la Reforma Agraria y quizá el país y algunas gentes todavía no estaban preparados para todos los cambios. Yo recuerdo que cuando salíamos del colegio en Cochabamba, a algunos los recogían sus papás, otros se iban no más. Yo rezaba el rosario pensando que nos iba a pasar algo. Y bueno… con el tiempo, una tiene la oportunidad de ver que más bien era un momento excepcional el que me tocó vivir y estar ahí.

Mi padre ya estaba exiliado en Buenos Aires. Cuando supo por lo que había pasado, no lo podía creer. Estuve un año en Cochabamba. Esa Tía Tuti —a quien recuerdo muchísimo— junto a mis primas, me hicieron la vida muy grata en medio de todos esos desasosiegos de ese momento, incomprensibles para una niña de 12 años. El cariño que vi, esa solidaridad, esa manera de aceptarla a una. Era una más, nunca me sentí al margen de la familia. Siempre pensé que esa época me marcó para después.

Postales

Un paseo por Laikakota con algunos de los nietos. Foto: Familia Romero Campero

Foto: Archivo

Ana María junto al ganador del Premio Nobel, el escritor colombiano Gabriel García Márquez, Cartagena de Indias, 1994. Foto: Familia Romero Campero

En un acto. Foto: Familia Romero Campero

Paseo. Gonzalo Romero (centro) con Fernando Campero y Ana María Romero. Foto: Familia Romero Campero

Periodismo. En plena conversación, Alberto Zuazo, Ana María Romero de Campero y Francisco Roque. Foto: Familia Romero Campero

ENTRE LIBROS Y PAPELES

La política provocó un desbarajuste en mi vida. Al volver a La Paz, Ana María vivió junto a sus hermanos Gonzalo y Horacio, y su hermana menor Jimena, bajo la tutela de la abuela paterna Ana Álvarez. Gracias a mi abuela, con quien viví buenos años de mi niñez y juventud, aprendí que en la vida hay cosas que están bien y otras que están mal. Así de simple y claro. Ella tuvo una influencia significativa en su formación: carácter firme, tesón y severa disciplina.

Mi padre nos dio una vida —como la de todo político— que no fue la mejor para la familia. En un momento dado tuvo incidencia en nuestra vida. No la hemos tenido fácil… Tuve una niñez más bien complicada. Hemos vivido con mi abuelita, mis tíos y teníamos que vivir con la precariedad de ser una familia opositora al MNR en ese momento. Entonces hacíamos tripas corazón, como se dice, pero la clase media no muestra su pobreza hacia afuera. Nos dábamos modos como fuera. Mi papá le había dejado unos pesos a mi abuelita y cuando comenzó a falta, a ella se le ocurrió pintar la casa, pensando que la podía alquilar, pero era una casa marcada, era casa de político, allanada tantas veces, nadie la quería. Lo que ocurría antes. El político era perseguido en todo, con saña terrible. 

Fueron años duros para nosotros. Hubo años en que no pudieron comprarme los libros que necesitaba. Iba a estudiar con mis amigas e incluso en algún momento pudieron llevarme a un colegio público. No soy prejuiciosa.  Estudió en el Sagrado Corazón de La Paz hasta sus 15 años (1956).  Un día, mi tío me dijo “lo siento hija, pero tus hermanos tienen que ser bachilleres”. Me dijeron que tenía que dejar el colegio, no teníamos dinero. Pero, lejos de quedarme conforme en mi casa, me di modos para estudiar otras cosas.

Un día uno de mis tíos me dijo que me pagaba un curso para estudiar inglés en el Centro Boliviano Americano. Cuando empecé, me enteré de que si obtenía la mejor nota no tendría que pagar las mensualidades. Así aprendí inglés gratis, conseguí la beca.

Al mismo tiempo, me dediqué a la dactilografía y aprendí taquigrafía con mi tía. Tecleaba la máquina todos los días hasta que la dominé. El resto del tiempo, claro, mi abuela me hacía desempolvar la casa, hacía masitas, esas cosas que tienen que aprender las mujeres… O sea que me fui haciendo como sea. Cuando miro atrás, me pregunto ¿de dónde saqué esas ganas? Me iba mal, mi padre en el exilio; mi madre, alcohólica… En realidad, tuve muchos padres; mis tíos, mi abuela… A mi abuelita, la recuerdo con gran cariño. Fue una mujer que me inculcó muchísimos valores. Era cariñosa y estricta. Me enseñó a que no hay que ser ork’ochi , que siempre tienes que estar haciendo algo. A ella le ponía muy nerviosa que una esté sentada mirando el techo. No había televisión en esos tiempos. La cama era para dormir en la noche, estaba prohibida de día.

Hice teatro alguna vez… ‘Barba azul’.  Estaba en un ropero vestida con una sábana. Era una de las esposas muertas, un fantasma. La nueva esposa abrió la puerta, pero no la abrió bien y se desmayó. Como el público tenía que verme a mí también, abrí la puerta… estaban las dos fantasmas, y yo salí… eso se convirtió en comedia. La monja casi nos mata.

Era muy estudiosa y también muy traviesa. En el barrio, la pasábamos muy bien. Jugaba a las muñecas con mis amigas y cuando crecí, me convertí en una arquera muy cotizada por los chicos. En mi casa siempre abundaron los libros… Uno de los tíos con quien viví era periodista: Carlos Romero. Me fomentaba mucho la lectura. Me aficioné a leer… Pensaba que algún día iba a ser escritora.

He vivido y vivo rodeada de libros y papeles. Es casi un vicio.

MI NANO

Conoció con la lectura lo que no podía aprender en el colegio. Leía como loca. Intentó seguir curso de secretariado pero los obstáculos económicos eran muchos… no había caso, no me podían comprar los libros.

Viví mucho tiempo con mis tíos, mi abuelita… La vida me llevó a hacer varias cosas: trabajar desde mis 16 años, estudiar después de casarme. No la he tenido sencilla. Yo misma miro atrás y pienso que he debido tener una gran energía. Cuando mi papá estaba exiliado… mi madre falleció. Murió en 1956, cuando Anita tenía 14 años.

Huérfana de madre, con su padre en el exilio, buscó trabajo a los 16 años pese al escándalo que hizo su abuela. Mi abuelita, que era tirada a la antigua, no quería que yo trabajara. No era bien visto que una “señorita de clase media” trabajara, aún si no tenía dinero. ¿Cómo conseguí mi primer trabajo? Mirando en El Diario, los avisos chiquititos. Fui, rendí examen. Cuando me telefonearon al día siguiente: “Ud. ha dado el mejor examen”. No lo podía creer. Comencé a trabajar en una agencia de turismo.

Yo estaba estudiando un Secretariado Comercial en inglés en el Bolivian Institute en la noche y trabajando en el día cuando conocí a Fernando Campero Prudencio. Era el chico mayor del barrio, estudiante de Derecho. Yo tenía una aversión natural por los movimientistas. Habían sido la causa de tantos conflictos en mi familia. Por eso, cuando empecé a salir con él me cuestionaba, me decía a mí misma “no puede ser”.

Me arreglé un 6 de agosto y nos casamos tres o cuatro años después.  Él fue a hacer su doctorado. 

Se casó en 1961 con Fernando. Casada, a los 19 años, culminó su bachillerato. No sé cómo le hice para estudiar, trabajar y atender a mis dos hijos. ¡Tendría tantas ganas de hacerlo! A pesar de los obstáculos, logró hacer el último año de bachillerato. Egresó de un CEMA  nocturno. 

Yo era de lo más activa, me gustaba bailar el rock. Yo salía con chicos menores, Fernando me llevaba por siete años. Para mí era toda una novedad. Prácticamente iba a ser un abogado. A él había cosas que no le gustaban hacer. El rock and roll por ahí bailaba, pero nunca ha sido fanático del baile. El chachachá nos encantaba. Yo era una bailonguera bárbara. A Nano nunca le gustó. Eso sí, una tiene que adaptarse. Yo siempre digo que el matrimonio es una obra de arte. Lo más fácil es quebrar la cosa. Los que captan la obra de arte son los que, en momentos dados, saben entender al otro. La verdad es que no hemos tenido momentos muy difíciles porque por principio no comenzábamos a discutir muy fuerte el rato en que estábamos enojados.

El contexto social en el cual le tocó desarrollarse era de dominio masculino en la universidad, en el periodismo, en la vida pública. Pero “mi Nano”, como Anita le decía a su marido, no fue tallado a la medida de su época. Era un hombre muy seguro de sí mismo, con ideales claros; que lejos de atraparla, le dio espacio para crecer profesionalmente y como persona, y encima, le dio estabilidad.  ¡Qué importante, ¿no Anita?! ¡Qué afortunada te sentiste con tu Nano!

La apoyó en todo, con pleno respeto, como su par. En su práctica cotidiana, Anita y Nano hacían —por ejemplo— análisis de la realidad nacional e internacional. Reían a menudo, cultivaban un gran sentido del humor.

Una de las prioridades centrales para Ana María era asegurar un hogar estable, acogedor, con un clima de armonía. Ella se esmeró en construir su hogar con estas características. Era la versión contraria al hogar en el que le tocó nacer. Por eso —creo yo— que Anita hacía cuestión de llevar el “de Campero”.  Muchas mujeres con las ideas libertarias que guiaban sus actos, se liberarían también de los apellidos de sus esposos. Sin embargo, Anita cuidaba ese apellido, lo usaba por convicción. Era el apellido de la familia que ella construyó. Desde la familia, hay que empezar a enseñar los valores de igualdad, de equidad.Así lo hizo.

Usar el apellido de mi marido me ayudó mucho a ser yo misma. Si no, hubiera sido la hijita de… Se me ha criticado por usar mi apellido de casada, pero empecé a trabajar y estudiar después de haberme casado, y en mis tiempos, si me quitaba el apellido de matrimonio hubiera sido un escándalo y bastante injusto con mi propio marido. Las muchachas jóvenes me han recalcado que tengo dueño, y yo les digo: “Para que ustedes se llamen lo que se llaman, hemos tenido que abrir el camino”.

Fernando es un ángel que me ha enviado el Señor. Era mi vecino. La casa de mi abuelita y la casa de sus papás eran colindantes. Su casa daba a la Arce y la mía a la Hermanos Manchego, pero yo lo observaba de ahí y aunque era mayorcito, me gustaba. Se dieron las cosas para que nos conociéramos… 

Es una persona muy apasionada… en ese entonces no había derechos humanos. Se sufría muchísimo. De pronto, apareció él con otra visión. Creo que él me ha ayudado muchísimo en la vida… a mezclar aquello que tenía como algo de la familia, que una no tiene que pensar políticamente igual que sus padres. Él había sido una persona que había participado de estudiante en los prolegómenos del ’52. Sí, me trajo otra visión, me abrió muchos espacios… Era una persona muy comprensiva conmigo, que me acompañó en periodos difíciles para la familia.

A través de su familia política, Ana María se vinculó con una de las principales familias de Tarija y del norte argentino.

Ana María guardó el ejemplar del periódico de los días en que nacieron su hijo Fernando y sus dos hijas, Marcia y Natalia. Quería que supieran qué acontecimientos acompañaron su llegada al mundo. José Gramunt de Moragas bautizó a los tres.

“Fernando Campero fue el oasis de paz cuando el acontecer político y el futuro del país la desesperaba y la rebelaba. Fue el punto de equilibrio y de paciencia… el refugio de amor donde Ana María Romero de Campero cobraba fuerzas y energía para seguir en la brecha noticiosa, en la defensa de la democracia, de las libertades; aún más, de donde ella podía obtener el ímpetu para seguir ayudando a los menos favorecidos”, expresó la premiada periodista Mabel Azcui.

Su hijo Fernando recuerda: “Cuando éramos niños, jugábamos con autitos y ella organizó una vez, una carrera con todos mis amigos del barrio. Había que dar la vuelta a la manzana con los dinkies pero lo planificó de tal forma que habíamos personas que llevaban control con sus cuadernitos. Fue toda una organización que hasta el día de hoy mis amigos se acuerdan: ‘¡Esa carrera que organizó tu mamá hace tantos años!’ Normalmente las mamás te enseñan algo, pero ¡¿tomarse la molestia de organizar una carrera de autitos con niños de 10 años?!”

DE WOODSTOCK, DICTADURAS Y MEDELLÍN

Al volver del exilio, Gonzalo Romero fue parlamentario por tres legislaturas (1966 – 1969). También fue candidato a la vicepresidencia y luego se fue a Brasil en 1969, como Embajador de Bolivia. En su segundo matrimonio con la artista argentina María Esther Repetto, Gonzalo Romero tuvo dos hijos: Marcela y Diego. Mi papá era como un hermano mío. Estuvimos separados tanto tiempo. Era un ser tan particular, muy estudioso, era un humanista. Un gran creyente. Era una persona que se acomodaba a todas las edades. Caía bien a los niños, a los jóvenes, a personas sencillas, a más cultas. Él sí que era un personaje. Su abuelo y su padre le heredaron a Anita la pasión por el periodismo y la atracción por la política.

En 1966, entró a la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA). El estudio del pensamiento y las ideas, la ética y las ideologías le atraía poderosamente. Aunque solo estuvo un año, continuó sus lecturas. 

Dios ha estado siempre muy presente, aunque ha tenido varios rostros —diremos así— porque en esos tiempos yo diría que el catolicismo preconciliar mostraba un ser barbado. Era una imagen muy distinta a la que yo después, ya de casada, hallé en mi propia búsqueda.

Incursioné en el yoga… Tenía una tía que estudiaba teosofía… Me metí. ¿Por qué vuelvo al cristianismo, al catolicismo? Porque resulta que estas doctrinas y estas filosofías son muy respetables todas respecto a ser creyente, sobre todo. No puedo entender a los ateos, pero los respeto… Yo soy un ser que no me explico si no es rodeada de gente y en función de la gente. Eso hizo que yo comenzara a buscar por mi cuenta…

Era una época en que la Iglesia latinoamericana tomaba conciencia del carácter dependiente/sometido de la realidad social, política, económica y cultural a los centros hegemónicos de decisión. Comenzaba a hablar de la liberación como un proyecto de identificación y autodeterminación en todos los órdenes. Anita —como su padre— era una gran creyente y ésta era la Iglesia a la que apostaba.

En agosto de 1968 se desarrolla la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Medellín, Colombia. “Un sordo clamor brota de millones de hombres, pidiendo a sus pastores una liberación que no les llega de ninguna parte…”  El programa de acción pastoral instó a que “se presente cada vez más nítido en Latinoamérica el rostro de una Iglesia auténticamente pobre, misionera, pascual, desligada de todo poder temporal y audazmente comprometida en la liberación de todo hombre y de todos los hombres”.

Si bien Anita aplaudía esta vocación, hay quienes sintieron amenazados sus seculares privilegios, incluso sectores de las jerarquías eclesiásticas y, ante la puesta en práctica de los compromisos de Medellín, arremetieron contra esta Iglesia.

La periodista Lucía Sauma caracteriza a los años 70a en la Llave del tiempo como una “década de rebeldía, de la minifalda en las mujeres y del pelo largo en los hombres. Es la época de Woodstock, del movimiento punk y del ‘no future’ de los jóvenes”. Una década en la que se inicia “las dictaduras en América Latina: Bolivia, Chile, Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay, se unen en el denominado ‘Plan Cóndor’, creado para intercambiar detenidos políticos opositores a las dictaduras”. Se radicaliza la lucha y los discursos por la igualdad para las mujeres en todo el mundo. Se acaba Vietnam pero no las guerras en Camboya, Afganistán, Mozambique…

Surge universalmente Paulo Freire en Brasil, con su “práctica de la libertad” a través de la educación: “Todos nosotros sabemos algo. Todos nosotros ignoramos algo. Por eso aprendemos siempre”. Visión aprehendida en su esencia por Ana María. Mientras que en Bolivia “la dictadura de Banzer hace lo suyo: no hables, no escribas, no mires… Los mineros enseñan que no se rinden… Raúl Lara pinta sus cuadros de realismo mágico trasuntando el dolor y la impotencia ante el asesinato de su hermano por la dictadura argentina”… Fueron “años de reuniones a ocultas… Había un solo Canal de TV, el 7” .

MATRIMONIO: UNA OBRA DE ARTE

Ana María y Fernando vivieron muchos años en su casa de la calle Capitán Ravelo, un poco más abajo de donde vivieron siempre en la Hermanos Manchego, en el barrio tradicional de Sopocachi de la ciudad de La Paz. Y entonces llegaron los ocho nietos. Anita tenía una relación especial con cada uno y una de ellas. Conversaba, iba al cine, de paseo. Compartía juegos y travesuras. Escribió un diario para contar el nacimiento de cada uno de sus nietos y su vida durante el primer año. Al igual que con sus hijos, guardó un ejemplar del periódico del día en que nacieron.

“Los nietos amaban estar con su abuela, los involucraba en sus actividades. Mi hija Julia compartió mucho con ella, la acompañaba a reuniones, actividades sociales y otros que iban surgiendo en su trabajo. Los otros nietos disfrutaban mucho ir a dormir a su casa. No era extraño verla en la matinée en el cine, San Miguel, El Prado o en el mercado con sus nietos. En las épocas de más trabajo, se daba tiempo entre semana para venir a verlos.

No era extraño que traiga regalitos de sus viajes para cada uno de nosotros, incluidos los nietos, acertando en los gustos de todos… Mi hija Matilde nació planificadamente el día de su cumpleaños, y los cinco años que les tocó estar juntas lo festejaron juntas aun cuando nosotros vivíamos en Santa Cruz”, cuenta su hija Natalia Campero Romero.

Mabel Azcui guarda “recuerdos simpáticos del espíritu casi infantil de Anita que, desde fines de octubre, empezaba a organizar lo que serían las fiestas religiosas de fin de año en su casa. Empezando por las galletas y dulces que haría con sus hijas, luego con sus nietos, los adornos, los regalos… un largo listado de actividades que realizaba con dedicación y cariño.”

“La familia unida, para ella era importante” manifiesta su hijo Fernando. Hizo múltiples viajes a Cinti con sus hijos y evocaba la belleza de su geografía y la fuerza de los cerros colorados.

“Era sencilla y firme en sus decisiones. Sabía cómo poner las cosas en orden de una manera sutil. Siempre certera, nos aconsejaba, nos daba mucha confianza. Incentivó en nosotros el amor por la lectura y la escritura. Aunque ninguno salió periodista, las dos hijas optamos por el camino de la comunicación: Marcia es productora audiovisual y yo, diseñadora gráfica. Como esposa, siempre cariñosa, estuvo casada 50 años. Debo destacar la inteligencia de mi papá, pues dejó que ella se desarrollara sin poner peros.  Fue siempre partícipe de sus logros y frustraciones y ella siempre recurría a él por consejos”, agrega Natalia.

Anita era una buena cocinera. Aprendió de su abuela paterna los secretos gastronómicos de Cinti y una de sus especialidades era la picana navideña de ese rincón del país. La Nochebuena era una tradición imperdible para la familia Romero Campero. Ella en persona dirigía la adoración al Niño al estilo Cinti, con villancicos, trajes de ángeles, alas y togas que todos usaban felices.

Creo que he sido una buena madre. Si bien he tenido un marido excepcional, he dado de mi parte. Hemos construido un hogar porque el matrimonio es una obra de arte. En las primeras de cambio, una puede aburrirse y tirar la toalla, como hace mucha gente. Esos son los matrimonios exprés que no duran nada. Hay que esforzarse para que las cosas vayan adelante. Sobre todo cuando hay coincidencias importantes de vida… la honestidad y la integridad son valores imprescindibles. Eso es lo que me dio fuerzas para construir y seguir luchando.

Mi esposo es un hombre que siempre me ha alentado en mi carrera profesional, pero ha sido un papá muy a la antigua que jamás cambió un pañal, jamás dio una mamadera. Yo veo hoy día que ambos participan en la crianza de los hijos…

Pese a ocupar cargos importantes, se dedicó a su familia. Siempre hay tiempo cuando hay la voluntad de hacer. Valoraba el entorno familiar. Daban ganas de quedarse ahípara asegurar un clima de armonía para sus hijos. “Fue la mamá-periodista que enseñó a sus pequeños —un varón y dos mujeres— las primeras letras en las máquinas de escribir de la radio, del periódico y la agencia de noticias, en los turnos de fin de semana, como lo hace la mayor parte de las madres periodistas del país. Fue la madre que vivía las angustias de los golpes de Estado en las siempre frías madrugadas de La Paz y, también, la periodista que, impelida con la fuerza de un resorte, salía a cumplir su deber de informar; un deber nacido de la vocación de servicio a su pueblo”, agrega Azcui.  

“Con ella se podía hablar absolutamente de todo. Y de hecho sabía mucho de varios temas. Siempre fue una mamá cariñosa, en quien uno se podía apoyar.  Participaba de cada proyecto nuestro, muy involucrada en las actividades familiares”, subraya su hija Natalia.

En la mañana, leía todos los diarios. En las noches, leía libros, escribía artículos, columnas, prólogos de libros. Era una lectora empedernida… literatura, política, filosofía… Tenía una gran biblioteca en su casa. 

Ordenaba papeles… escuchaba música. Siempre activa, les decía a sus hijos que la realización personal jamás debe depender de la voluntad ajena. Tenía una debilidad muscular en el cuello que le ocasionaba un leve temblor en la cabeza, especialmente cuando estaba nerviosa o cansada y cuando hablaba frente a las cámaras o a grandes audiencias. Ella lo llamaba mi “noneo”. Había gente que —equivocadamente— pensaba que era Parkinson. 

“Si bien estaba consciente del entorno social al que pertenecía, evitaba la ostentación. Le indignaba la injusticia y decía que no era necesario ser comunista para optar por los pobres. Admiraba a Mahatma Gandhi por haber logrado cambios importantes para su país por la vía pacífica”, cuenta su hijo Fernando. “Mi mamá odiaba a los chupamedias”, concluye Natalia.

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AnaMar: Periodista y Defensora del Pueblo

Quienes trabajaron con Ana María Romero de Campero dicen que su ADN era una mezcla de valentía y ternura, elementos fundamentales para forjar a la mujer que, como escribiría el padre Luis Espinal, era una persona que supo ‘gastarse la vida por los demás’.

Temple. Un 29 de junio de 1941 nació Ana María de las Nieves Romero Pingle, hija de Tina Mary Pringle MacDonald y Gonzalo Romero Álvarez García

Por Liliana Aguirre

/ 28 de octubre de 2020 / 06:01

Los recuerdos se arremolinan entre quienes la conocieron y las voces coinciden en que Ana María Romero de Campero era una mujer adelantada a su tiempo, una ferviente defensora de los derechos humanos. “Era muy curiosa y tenía acceso a informes y reportes de organismos de Derechos Humanos y un sinfín de instituciones, los cuales leía y entendía. Ella sabía de la inequidad entre ricos y pobres, falta de accesos a servicios básicos, temas de migraciones y otros”, señala Natalia Campero Romero, hija de la mujer que hizo historia en el país entre 1998 y 2003 como la primera Defensora del Pueblo.

La periodista Gabriela Ugarte, quien trabajó con ella durante varios años, indica que la entrega y lucha por los otros era algo que llevaba en lo más profundo de la médula. “Era un ser excepcional. En todo momento demostraba este sueño de ir más allá. Su vena periodística siempre atenta a la vulneración de derechos, no solo por ser Defensora sino por ser alguien que ha estado en un momento de inflexión de nuestra historia. Ella decía que había recibido muchos reconocimientos y privilegios y cómo no iba a luchar para que el resto de las personas los tengan”.

¿Qué hace que una mujer con una vida cómoda luche por el bienestar de los otros? “Su niñez fue dura, pero nunca la reflejó en nosotros y muy rara vez la contaba. Eso la volvió más sensible. Además está su cercanía a la Iglesia, mi mamá no era una beata que simplemente comulgaba, ella pensaba más en su trabajo, en el periodismo, eso la hizo mucho más sensible. En la Defensoría del Pueblo pudo conocer los problemas de frente y a la sociedad boliviana desnuda con todo lo que tiene. Eso la marcó”, recuerda su hija.

En la Fundación UNIR fue impulsora de una iniciativa especial: el Fondo Concursable de Periodismo de Investigación. “Ese Fondo tenía su espíritu, porque ella apostaba que para tomar las mejores decisiones debemos estar bien informados y una buena información con calidad radicaba en mirar al periodista como un sujeto democrático al que se pueda alentar y brindar canales de información para que no sea un simple mediador, sino sea un protagonista”, explica Ugarte.

Campero desarrolló un esquema en el que el acuerdo común plantea que para hacer un buen periodismo se precisa tres componentes. Uno era la voluntad editorial, es decir la voluntad de los medios para desarrollar un periodismo equilibrado y distante de los poderes, pero al mismo tiempo interpelador. “Ella decía: ‘No me interesa tener en mi equipo relacionadores públicos, yo necesito periodistas de pura cepa que sean interpoladores, pero a la vez sean propositivos’. El primer elemento para que esta iniciativa sea posible era la voluntad editorial de desarrollar un buen periodismo”, describe Ugarte.

El segundo punto se suscribía a los recursos económicos. Para ello se otorgaban recursos con base en una propuesta que era seleccionada además por un comité de periodistas. El tercer punto era la pluralidad. “No se tiene que resolver solo entre paceños o cochabambinos, sino entre todos, decía. El comité tenía el principio de la pluralidad con representantes de diferentes medios, regiones y equilibrio de género. Siempre buscaba equilibrio y pluralidad”.

Esa simpatía hacia el gremio se dio porque lo conocía en profundidad. Fue una pionera en el periodismo en 1968, que empezó “por puro impulso y ganas de escribir” y le había tocado muchas veces ser la primera mujer periodista, como lo dijo en una entrevista realizada por Ronald Grebe para la revista Chasqui. Trabajó en Fides, en Presencia y junto con otras dos compañeras creó el Círculo de Mujeres Periodistas.

Facetas

Trabajo. Ana María, rodeada de activistas, intelectuales y trabajadores de los derechos humanos en Bolivia

Medalla Ana María Romero Campero

Busto de Ana María Romero de Campero

En su labor como directora del periódico Presencia, recibió a comunidades del país

Romero de Campero con Evo Morales

Ana María con Carlos Mesa y Lupe Cajías

Al pie del cañón

La lucha era parte del día a día de AnaMar —como se la llamaba con cariño—, quien tenía una posición muy clara y firme para afrontar el fuego cruzado entre el poder y las demandas de la sociedad civil desde que comenzó sus primeros pasos en el periodismo o cuando se consolidó como Defensora del Pueblo. “Ella tenía la apertura para escuchar. Se fue constituyendo en una institución que ganó su espacio. Participamos en una serie de conflictos. La gestión de Ana María estuvo entre los gobiernos de Gonzalo Sánchez de Lozada (Goni) y Hugo Banzer Suárez. Momentos álgidos con mucha conflictividad social”, rememora Antonio Aramayo Tejada, quien trabajó en la Defensoría con Romero.

Aramayo recuerda que la fuerza y consecuencia de Romero se manifestaba en todo lo que hacía. “En una reunión que tuvimos, un ministro nos dijo ‘Ustedes nos atacan, pero no se dan cuenta de que son parte del Gobierno’. Ana María decía ‘Nosotros no somos parte del Gobierno, somos una institución del Estado avalada por la Constitución Política del Estado (CPE) y no respondemos al Gobierno’. Ella además dijo ‘la Defensoría del Pueblo se creó con el objetivo de hacer un seguimiento y vigilancia a las instituciones del Estado’”.

La trinchera de Romero eran los derechos humanos y no daba ni un paso atrás. Sus posiciones no eran emocionales sino que estaban sustentadas jurídicamente. Además, ella tenía como periodista ya una simpatía importante, “de pronto con el trabajo en la Defensoría del Pueblo se consolidó su imagen como la de una persona firme, con valores, posiciones y que defendía lo que creía”, agrega Aramayo.

Su lucha por los derechos humanos era parte de su día a día y perduró hasta su último suspiro. Ya fuera de la Defensoría del Pueblo, “en 2006 cuando se hizo arrodillar a campesinos en Sucre enfrente de la bandera de Chuquisaca, un acto deleznable por parte de algunos capitalinos frente a algunas personas del área rural, ella se manifestó y quiso plantearlo de una manera constructiva. Decía ‘Te indigna, pero tienes que involucrarte. No solo con un comunicado sino un acto creativo del cual no vamos a ser nosotros los protagonistas’. Van a hablar los sujetos que han sido símbolos del racismo y discriminación”, narra Ugarte.

Así, Campero y su equipo en la Fundación UNIR se contactaron con miembros de la comunidad afrodescendiente boliviana y se hizo una manifestación pública con cultura. “Son los afrobolivianos quienes han logrado posicionarse y ganar un espacio en la escena pública desde su cultura. Es un acto en el que diferentes voces van a presentar su oposición. No se podía admitir este tipo de reacciones de racismo y, con la fotógrafa Wara Vargas, hicimos un trabajo con frases muy hermosas. Ana María, con sensibilidad, identificaba sectores que con voz propia podían hablar del racismo y la discriminación y siempre los periodistas fueron nuestros cómplices para difundir”.

La Defensora del Pueblo tenía claro que había que estar un paso más adelante del lamento. “Allí se impulsó una normativa que pueda sancionar los hechos de discriminación y así surgió la Ley 345. Fue a raíz de los hechos del 25 mayo de 2008 (…). La enorme sensibilidad arraigada en su médula le permitió poder distinguir estos sucesos desde sus privilegios y no por eso criarse en una burbuja, sino abrirse a una sensibilidad. Ella en su faceta de Defensora del Pueblo interactuó con trabajadoras sexuales, personas que viven con discapacidad y víctimas de trata y tráfico. Era una mujer que no se quedaba en el escritorio sino de armas tomar”, dice Ugarte.

Aramayo resalta que la profunda empatía de Romero le permitía entender al otro. Los años fueron pasando, pero su compromiso y conciencia social no mermaba. “En octubre de 2003, ella fue a hacer la huelga por los 18 muertos que habían (durante la denominada ‘guerra del gas’). Sus hijas le dijeron que no vaya y ella dijo: ‘Yo a ustedes las crié libres, déjenme tomar la decisión para brindar la oportunidad a otros que están en peores condiciones’”, cuenta Ugarte.

En los últimos años de su vida fue senadora durante el segundo gobierno de Evo Morales, pese a estar delicada de salud. “Me llamó y me dijo, ‘yo no soy capaz a mi edad de quedarme a ver cómo el país sufre y no se puede hacer cosas importantes desde los más desprotegidos y esperar la muerte desde la ventana de mi casa’. Fue un ser maravilloso y estoy agradecida de aprender con ella”, concluye Ugarte.

El 25 de octubre de 2010 falleció Romero, dejando un aporte vital para el periodismo y los derechos humanos. La vida de AnaMar fue lucha y celebración.

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Colombine, corresponsal de guerra en España

Nacida el 1 de diciembre de 1867 en Rodalquilar (Almería, España), desde joven mostró talento para la escritura y un espíritu independiente, retrata harpersbazaar.com.

Colombine

/ 28 de octubre de 2020 / 06:00

Carmen de Burgos fue una precursora en el periodismo: fue la primera redactora de un periódico y la primera mujer corresponsal de guerra en España. Fue conocida por el pseudónimo Colombine, con el que firmaba sus columnas. Fue también escritora, feminista, traductora y activista de los derechos de la mujer de la Edad de Plata.

Nacida el 1 de diciembre de 1867 en Rodalquilar (Almería, España), desde joven mostró talento para la escritura y un espíritu independiente, retrata harpersbazaar.com.

En 1883, a sus 16 años, se casó con Arturo Álvarez y Bustos, un bohemio pintor y periodista, 12 años mayor que ella. En este tiempo obtuvo la titulación de maestra de Enseñanza Elemental Primaria y Enseñanza Superior. Si bien el matrimonio terminó en desilusión, le permitió conocer los procesos de impresión y de publicación: había comenzado a escribir en la revista de su esposo. Finalmente Carmen se fue a Madrid junto con su hija María en 1910. Si bien en la capital primaban los valores tradicionales y leyes que no favorecían a las mujeres, cada vez era más cosmopolita, recoge dipalme.org.

Fue así que Carmen empezó a trabajar de maestra y a publicar en medios como El País, El Globo o ABC, publicando primero poemas, consejos, columnas o crónicas. En 1909, en el Heraldo de Madrid, empezó a viajar ejerciendo el periodismo como tal. Le tocó cubrir la guerra entre España y Marruecos y así se convirtió en la primera mujer que estaba en el foco de un conflicto bélico escribiendo de lo que sucedía y mandando sus artículos a España. Desde el periodismo fue defensora de los derechos de la mujer.

Falleció a sus 64 años de edad, el 8 de octubre de 1932, mientras participaba en una mesa redonda sobre educación sexual en el Círculo Radical Socialista.

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El pandémico sabor clandestino

El proyecto de cocina de autor no solo aplica medidas de bioseguridad, sino que reflexiona sobre la alimentación en estos tiempos

Creador. Marco Antonio Quelca, el "casero mayor" de Sabor Clandestino, esperando con toallitas húmedas y alcohol a los comensales

Por Miguel Vargas

/ 21 de octubre de 2020 / 05:04

La comida callejera, la principal inspiración del colectivo gastronómico Sabor Clandestino, parecía herida de muerte cuando estalló la pandemia del COVID-19. Marco Antonio Quelca, cocinero y artista fundador de este colectivo, quien se encontraba con parte de su equipo trabajando en España en un programa que les permite capacitarse y practicar en temporada alta, vio que años de trabajo estaban en riesgo con las restricciones de bioseguridad, tanto para regresar a Bolivia como para seguir creciendo en sus proyectos. Entonces llegó la hora de reinventarse, una vez más.

Sabor Clandestino es un proyecto que nació en La Paz, producto de la reflexión y de la acción, de los saberes ancestrales en comunión con las más recientes técnicas de cocina, de la utilización de materia prima que está al alcance de todos, pero en formas insospechadas. Es una invitación para pensar, degustar y dejarse llevar.  

“El respeto por el tiempo y espacio me lleva a poder explorar algo más que insumos o productos de cada región y temporada, mis ojos están dirigidos sobre la cultura de lo cotidiano, la comida de calle, lo noble de la humildad y mis propias experiencias”, explica Quelca, —el casero mayor— quien ha destacado en diferentes cocinas nacionales e internacionales, así como en la creación de propuestas artísticas relacionadas con lo culinario.

Sabor Clandestino dio vida al proyecto Somos Calle, que nació cuestionando las tendencias actuales de la cocina de autor. El objetivo es “extraer propuestas ‘creativas’ de las cuatro paredes del restaurante” que resulta prohibitivo para la población popular, ya sea por los altos precios o por reglas de clase como la vestimenta, para ofrecer propuestas de manera gratuita, empleando la esencia de la comida de calle boliviana, brindando nuevas opciones al comensal de a pie y generando curiosidad para comer diferente.

Para poder subvencionar esto es que nació Cascándole, una experiencia gastronómica que busca llevar la creatividad culinaria a espacios abiertos y accesibles, para transmitir una cocina de compartimiento y no así una excluyente.

“Es itinerante, versátil por su temática, transversal por cubrir temas de interés social actual. Si bien se emplean técnicas conceptuales como la deconstrucción y reinterpretación, o el empleo de platillos muy populares, también se recurre a los productos considerados ‘humildes’ para realizar nuevas propuestas y aportar el concepto de comer nuestros productos, proponiendo nuevas opciones culinarias con base y fundamento en la cocina madre paceña y boliviana. El resultado final es una cocina de autor con raíces”, explica Quelca sobre su propuesta.

Desde 2014 que el proyecto fue creciendo: comenzó en una serie de cenas en la casa Hermanos Manchego, después pasó a miradores dentro de la ciudad, como El Montículo, después avanzó a temporadas completas en otros miradores más alejados en que se lleva a los comensales en un micro y nacieron finalmente las cenas en el mismísimo hogar del Sabor Clandestino. Cada elemento sensorial se fue potenciando y llegando a más adeptos. Sin embargo, la irrupción de 2020 trajo consigo la pandemia del coronavirus, existía el temor de no poder regresar al país y quedarse atrapados en España. Había miedo. Pero el momento resultó perfecto para recrearse. 

Una entrante en que se puede comer hasta el envase

Un sucumbé con sabor a coco

El precio de la experiencia es de Bs 380. Para contactos, escribir al 591 70548279.

Foto: Miguel Vargas

Foto: Miguel Vargas

Foto: Miguel Vargas

Foto: Miguel vargas

Nada es lo que parece en este viaje gastronómico: un vaso de refresco con la linaza de las 10.00

Nada de lo que se ve es lo que parece en la cocina de Sabor Clandestino

Nada de lo que se ve es lo que parece en la cocina de Sabor Clandestino

En las faldas del cerro de Cotahuma, Marco Antonio Quelca realiza un ritual de agradecimiento

Preocupaciones pandémicas

Después de varios meses, el micro azul nuevamente estaba listo para partir. Era el primer sábado de octubre y a las 11.30 aún se esperaba a un par de comensales atrasados. A pesar de la tensa calma de la “nueva normalidad”, las expectativas del grupo estaban a flor de piel. Ahora eran menos: 10 personas, para mantener el debido distanciamiento físico, cuando lo usual era transportar a 20 para que vivan la experiencia. “No ha sido malo del todo, pues para eventos privados teníamos un mínimo de 10 personas como requerimiento, y ahora se puede hacer la experiencia privada con un mínimo de seis, lo que han agradecido muchos de los caseros”, contaba Quelca.

El micro fue previamente sanitizado y Quelca esperaba en la puerta con un difusor de alcohol y toallitas húmedas para una desinfección constante de manos. Y es que había varios platillos que se comerían con las manos, así que ninguna precaución estaría de más.

El uniforme —pasamontañas negro con el traje blanco, híbrido entre la filipina tradicional de los chef y los trajes de las comideras— ha sido siempre característica del colectivo. “Antes yo lavaba autos y he tenido que usar pasamontañas para que no me reconozcan mis compañeros del colegio”, relataba Quelca ya en el bus. El uso ahora era un homenaje a los lustrabotas y estaba relacionado con el rechazo a la figura del chef como “estrella”.

El primer tiempo se degustó en el mismo bus y surgió de estas reflexiones pandémicas: la comida para entrega en casa. Si en anteriores versiones la crítica iba sobre el abuso de los productos plásticos que contaminan el medio ambiente fomentando el reciclaje y la reutilización, ahora la pandemia elevó al plástico al carácter de imprescindible. La respuesta de Sabor Clandestino: Hacer una comida en que hasta el envase resulte comestible.

El bus llevó a los comensales hasta el mirador de Laka Uta, de Cotahuma, donde la cocina y la mesa se habían instalado. Todos portaban barbijos, pero como el encuentro era al aire libre, bajo un radiante sol y rodeados de árboles, y con la suficiente distancia entre unos y otros, se disiparon de a poco todos los temores. La tensión pandémica fue aflojando poco a poco aliviada con agua con gas, limón, manzanilla y un buen k’aj de licor de coca, tras el tributo a la Pachamama.

La degustación continuó con una serie de platillos producidos con la meticulosidad de un laboratorio: se había pensado en que los ingredientes que se utilizarían se aprovecharían al máximo; en vajilla que fue creada exclusivamente por artesanos locales, así como la forma en que se haría el emplatado. Un ritual cerró la jornada a eso de las 14.00,  en un claro entre los árboles, Quelca hizo una ofrenda al cerro de Cotahuma que había permitido que se realice allí este almuerzo. Leyendo un texto que ha escrito en su libro, el “casero mayor” recordó cómo fue que el miedo llegó al barrio tras los deslizamientos de 1996 y que fueron los árboles los que sanaron la tierra y disiparon los temores de los vecinos, convirtiéndose ese espacio en un lugar de encuentro. Que así también desaparezca la amenaza del COVID-19 en los corazones de los paceños, como ha desaparecido el sorbete de eucalipto en las gargantas de los comensales.  

A la hora de presentar a los cocineros artífices de tan singular almuerzo, cada uno se quita el pasamontañas… y se pone el barbijo; cosas de la pandemia. Con Quelca estuvieron en este servicio Lizbeth Cuentas, Rubén Armando Mamani, Martín Loría, Javier Quispe, Samiri Campos, Williams Condori, Moises Bernabé y Bryan Palenque.

Nuevos proyectos

Si la existencia de la comida callejera estaba en peligro, ahora el colectivo impulsa su transformación. Por ello es que Quelca ha encabezado la capacitación de personas interesadas en comercializar comida rápida en la vía pública en la Escuela Taller de Sabor Clandestino. Lo que se busca es crear productos nuevos que cuenten con ingredientes nutritivos y de gran sabor para mejorar la alimentación de los paceños. Muy pronto, los carritos circularán por las ciudades de La Paz y El Alto.  Por otro lado, el colectivo se va de tour. Primero estará en Santa Cruz el 31 de octubre —la recepción ha sido increíble, hemos llenado tres días de la experiencia a las dos horas del lanzamiento— y en Cochabamba estarán desde el 7 de noviembre. “Llevaremos una base de nuestra propuesta, pero en cada contexto se generará una diferente, acorde con cada lugar”, promete el guía de este viaje culinario.

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