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Cuando las mujeres toman la batuta

Raquel Maldonado comenzó de niña tocando el piano y ahora roza el cielo con la punta de su batuta comandando dos orquestas

/ 7 de octubre de 2020 / 08:50

La historia de la música, escrita por hombres (blancos y de clase dominante), se ha empeñado en invisibilizar a las mujeres. La era de los ‘maestros’ ha terminado. Abran paso a las maestras que ahora se atreven a más

Clara Schumann, Fanny Mendelssohn y Alma Mahler fueron mujeres que compusieron música para grandes orquestas. Vivieron —o fueron obligadas a vivir— bajo la sombra de sus maridos famosos. Hoy sabemos lo que ayer sospechábamos: Clara, Fanny y Alma —como otras escritoras anónimas escondidas bajo pseudónimo— hacían gran parte del trabajo de sus “maestros” esposos. En 2003 seis mujeres salieron licenciadas en Dirección de Orquesta de la Universidad Católica de La Paz. Eran las primeras en asaltar un territorio exclusivo de los hombres. Hoy, una de ellas, Raquel Maldonado, dirige y sigue la estela de otras pioneras como Ligia Amadio, que estuvo al frente de la Sinfónica de Bolivia y actualmente es la directora artística de la Orquesta Filarmónica de Montevideo.

Raquel Maldonado comenzó de niña tocando el piano y ahora roza el cielo con la punta de su batuta comandando dos orquestas: el Ensamble Moxos del Beni y la Orquesta Femenina de Bolivia. Hace unos días ha participado en el III Simposium Internacional de Mujeres Directoras que ha parido un manifiesto latinoamericano con dos partituras: igualdad de oportunidades para las mujeres en la dirección y mayor inclusión femenina en la música clásica.

Las directoras de toda América Latina se han conjurado para dar pasos juntas hacia esa igualdad soñada en el atril. Han decidido levantar la voz y también hacer: este sábado 3 de octubre, la Orquesta Femenina de Bolivia, bajo la dirección de Raquel Maldonado y la Orquesta de Mujeres de Chile bajo la batuta de Ninoska Medel, unieron esfuerzos para recaudar fondos para compañeras músicas sin recursos por la pandemia. Las dos orquestas congregaron ayer a 50 mujeres de Chile y Bolivia para fusionar dos canciones en un arreglo: Gracias a la vidade Violeta Parra y El regresode Matilde Casazola. Las mujeres directoras no han vuelto porque nunca se fueron, siempre estuvieron ahí. La sombra no es más la sinfonía obligada. La validación masculina se esfuma de los pentagramas.

—Arrancaste tocando piano como tantas niñas y niños, ¿cómo se llega a dirigir una orquesta? —Soy pianista de formación, desde mis ocho años y durante 11, estudié formalmente en el Conservatorio de La Paz. Siempre me imaginé dando conciertos de piano, pero a mis 16 una enfermedad articular me empezó a dar problemas y truncó mi carrera como instrumentista. Posteriormente surgió el Taller de Música en la Universidad Católica y me aventuré a la carrera de dirección, más por ocasión que por opción.

Supongo que mi subconsciente indicó que era cosa de hombres, pero me aventuré.

Seis hombres y seis mujeres terminamos la carrera con la mención de Dirección Orquestal y Composición. Poco después de defender mi examen de grado, dirigiendo la Orquesta Experimental de Instrumentos Nativos de Cergio Prudencio, me invitaron a liderar un proyecto educativo en el Beni.

Para mí fue la oportunidad de emprender una aventura y de salir del nido. Vine a San Ignacio de Moxos a “probar”, a tener una experiencia laboral, sin mayores compromisos que la voluntad de hacer algo bien.

El emprendimiento estaba muy por encima de mis pretensiones y desde el primer minuto me encontré con un proyecto que me permitía soñar sin límites en un entorno humano fascinante y de naturaleza avasallante y seductora. Caí rendida al instante. Me acompañó siempre mi marido, Toño Puerta, en aquel momento gestor del proyecto y quien me contactó y contrató para dirigir la Escuela de Música de San Ignacio de Moxos. Desde entonces, aquí seguimos persiguiendo sueños y dejándonos alcanzar con los regalos de la vida, porque lo inesperado puede ser mejor que lo que planeas. El Ensamble Moxos y la Escuela me han llevado a vivir experiencias trascendentales que me han transformado. Ambos proyectos han sido mi escuela de vida y música.

—¿Cuándo fue la primera vez en tu vida que soñaste con ser directora?

—Cuando dirigí la Orquesta Experimental de Instrumentos Nativos, era la primera vez que me colocaba frente a un grupo humano y me sentí feliz y cómoda de manejar a la gente como a un instrumento musical. La carrera como pianista me ha enseñado muchísimo en el trato humano y la resolución de problemas. La lucha diaria con mi instrumento es muy parecida a la lucha diaria con la orquesta. Requiere paciencia, cariño, aceptación de tus debilidades y aprovechamiento de tus potencialidades, aunque también tiene sus diferencias: la lucha con el instrumento es finalmente la lucha con uno mismo, pero la orquesta tiene vida propia, muchas vidas que hay que saber congregar en fuerza y espíritu. Estar frente a esos niños y jóvenes me hizo saber que eso era lo mío y que iba más allá de la dirección musical, era educación integral.

—Cuando una mujer toma la batuta, ¿la orquesta o el elenco lo nota?

—Hay estilos que varían la gesticulación y técnica de dirección, pero en definitiva el resultado debe estar en absoluta coherencia con la idea que el compositor plantea en la partitura. Hay movimientos que se pueden interpretar como femeninos o masculinos, pero deben comunicar las mismas intenciones. La música no tiene género y la dirección tampoco. La historia de la música, como la historia en general, escrita por mano blanca, masculina y de la clase social dominante, se ha empeñado en invisibilizar a las mujeres. Por ende, la figura del “Maestro” siempre ha sido la inspiración de las nuevas generaciones, no así la de la maestra. Poco se sabe de las maestras, pero es bueno descubrirlas, desde Hildegarda von Bingen, Franccesca Caccini, Clara Schumann, Fanny Mendelssohn o Alma Mahler (las últimas tres, esposas que vivieron a la sombra de sus maridos, de las que se sospecha que les hacían parte del trabajo compositivo).

También directoras como Antonia Brico, la primera mujer en dirigir la Filarmónica de Berlin en 1930, o Verónica Dudarova, que también llegó a dirigir la Filarmónica de Berlín, pero que nunca consiguieron un puesto oficial y tuvieron que emprender sus propios proyectos. Así hasta la actualidad. Hay muchas que desbrozan el camino de las nuevas generaciones.

—¿Por qué existen tan pocas mujeres directoras en el mundo, algunas en América Latina y muy pocas en Bolivia?

—Directoras de orquesta, muy pocas; directoras de coro, muchas. La dirección orquestal requiere una formación musical sólida como instrumentista o cantante, luego un conocimiento profundo del repertorio orquestal universal, conocimiento de la orquesta como instrumento y de la técnica instrumental, la técnica de dirección, el trato humano, la capacidad de gestión y relaciones públicas. La suma de todos estos factores te hace una directora solvente. Se llega a la dirección una vez que ya eres una música profesional. Por así decirlo, la dirección es un posgrado musical. Hay pocas en Bolivia, sí, porque la formación en esta carrera no existe, salvo el taller mencionado de la Católica.

—¿Y compositoras? ¿Cuál es el mayor desafío de ser mujer y hacer música?

—Como mujeres nos crían para estar detrás del protagonista, no para ser protagonistas y, aunque conozco varias compositoras, muy pocas son visibles y eso responde a dos variables. Por un lado, hay que enfrentarse a una sociedad machista que usará lo políticamente correcto para anularte. Por otro, la mujer no fue educada en la perseverancia, lo que nos hace rendirnos y aceptar nuestra condición de dependientes “para la que nacimos”. De todos modos, hay algunas que se están abriendo camino en espacios privados y alternativos.

—Desde el Movimiento Mujeres Directoras que nació en Brasil hace tres años se está promoviendo un manifiesto para promover la igualdad de oportunidades para las mujeres. ¿Cuáles son sus objetivos?

—El Simposio ha reflexionado acerca de nuestra labor de mujeres al mando en el podio de la orquesta, que tiene una gran fuerza simbólica para la sociedad y que se lee desde distintas perspectivas. El manifiesto visibiliza todas las dificultades que enfrentamos, desde la conquista de espacios de formación hasta el ejercicio de nuestra profesión. También demanda la generación de políticas públicas que promuevan la paridad de género en puestos oficiales artísticos. Por último, pretende fomentar la formación profesional especializada y la promoción de espacios adecuados para la práctica profesional.

—¿Algún día veremos —rompiendo con tabúes y prejuicios— una mujer boliviana dirigiendo una orquesta en Brasil o en la Argentina?

—Sí, seguro, este movimiento no para. Cada directora ha llevado su propia lucha en solitario, el Simposio nos ha permitido darnos cuenta de que estamos en el mismo barco y remamos juntas. Los prejuicios existen y tenemos que luchar para destruirlos. Que la sociedad nos juzgue por nuestras capacidades y competencias y que podamos ganarnos los espacios que nos pertenecen en base a estos conceptos, es un sueño posible. Debemos emprender más, atrevernos a más. Aunque se nos han negado ciertos privilegios, aunque nuestros pares tienen por nacer hombres, siempre hay maneras de sortear los obstáculos y, por último, crear tu propio proyecto. Con la formación adecuada y el coraje para hacer y hacernos a nosotras mismas las mejores profesionales posibles, se consigue lo imposible.

—En tu exposición en el Simposium has arrancado con una cita de Domitila Chungara y una referencia suya a las mujeres y las clases sociales. ¿Cómo hacer para romper esas barreras y construir una sororidad feminista?

—Tomando consciencia de nuestros privilegios sociales, económicos, raciales…

Todo cuenta en el camino para lograr tus objetivos. Ser mujer es un obstáculo más y no nos iguala en condiciones. Aprender a reconocernos en nuestras diferencias y aprender a luchar juntas es un llamado fundamental. Hay que aprender a buscar oportunidades. Esa asignatura que lamentablemente no nos enseñan en casa, es determinante. Si vamos a esperar a que los medios de comunicación nos llamen, nos publiquen, que las orquestas nos convoquen, nos inviten… podemos esperar sentadas. Cuántas oportunidades habré perdido en la vida por no saber pedir. Hay colegas que lo tienen innato, pero otras tantas, enormes profesionales, viven frustradas por no obtener crédito de su trabajo, en fin… Las oportunidades nos encontrarán buscando.

—Tu hija también estudia música, ¿y si en unos años te dice “mamá, yo también quiero ser directora”?

—¡No está sola, yo la acompaño en la aventura! Cada generación viene con sus ventajas y desafíos. Para muchas cosas me parece que los niños de hoy lo tienen más fácil, el acceso a la información está al alcance de un click, toda la música y tutoriales desde para hacer una bomba casera hasta para resolver problemas técnicos en el violín, todo. Pero tienen que lidiar con el exceso de información y otros vicios que traen los tiempos nuevos. El reto consiste en adaptarnos.

Moxos, la revolución

La labor del Ensamble Moxos no solo es musical. Hace unos días salió una delegación desde San Ignacio de Moxos rumbo al TIPNIS para enseñar y formar músicos en flauta de tacuara en un viaje por río de varias jornadas. ¿Qué gratificaciones dejan estas actividades al Ensamble y a la Escuela?

—El proyecto de la Escuela de Música y del Ensamble tiene muchos pilares. Nuestra labor en el TIPNIS es una labor de reciprocidad y reivindicación cultural. Hablamos de un territorio históricamente avasallado por “los colonos” y una cultura que a raíz de ese avasallamiento que no solo es territorial sino de enajenación cultural, se encuentra en riesgo de desaparecer. La música en el TIPNIS es una herramienta de identidad cultural que ha sido el aporte más importante, por ejemplo, para la construcción del Archivo Misional de Moxos. Es también la inspiración más importante para la música del Ensamble Moxos, porque en sus comunidades se mantiene la espiritualidad y la funcionalidad de la música como manifestación de su fe y su arraigo cultural. El internado “Katery Tekawitha”, ubicado en medio del Territorio Indígena, reúne a jóvenes que hacen la secundaria y el Técnico Agropecuario. Ellos nos invitaron a hacer ese cursillo que mencionas durante la pandemia. En cinco días les hemos enseñado a construir su propia flauta, instrumento fundamental de la cultura moxeña, y a interpretar los toques tradicionales.

—¿La música puede ser un arma de revolución social?

—Nuestra revolución está en las vidas que transformamos con la música, hacemos que su existencia valga la pena. La Escuela de Música y el Ensamble son parte del orgullo y de la identidad de nuestra comunidad y del departamento. Ser un miembro del Ensamble te da prestigio en el pueblo, la gente te admira y te respeta. Ser músico ya no significa ser un vago, un borracho, un “pa nada” como la cigarra. Nuestros profesionales son el sostén económico de sus familias, viven dignamente de la música y crían a sus hijos en un entorno rodeado de arte. Esa es la revolución.

Sororidad: un sueño posible

Domitila Chungara jamás dirigió una orquesta. De origen humilde, Domitila, una destacada líder del feminismo boliviano que sufrió hambre, prisión y tortura, era la esposa de un minero potosino que buscando mejores días para su marido y para su familia —para las familias de todos los mineros—, enfrentó a las dictaduras que eran el pan nuestro de cada día y pasó a la historia como una de las heroínas que tumbó la de Hugo Banzer en 1978, liderando una huelga de hambre a la que se unieron miles de compatriotas.

Pero la parte de su historia que introduce mi conferencia/texto sucedió en 1975, cuando participó en la Tribuna del Año Internacional de la Mujer organizada por Naciones Unidas, cuyo lema era “Igualdad, desarrollo y paz”. Sin embargo, el discurso de la única representante obrera en aquel evento no fue tan pacífico como se pretendía y una colega le espetó: “……hablaremos de nosotras, señora… Nosotras somos mujeres. Mire, señora, olvídese usted del sufrimiento de su pueblo. Por un momento, olvídese de las masacres. Ya hemos hablado bastante de esto. Ya la hemos escuchado bastante. Hablaremos de nosotras… de usted y de mí… de la mujer, pues”.

Entonces Domitila le respondió: “Muy bien, hablaremos de las dos. Pero, si me permite, voy a empezar. Señora, hace una semana que yo la conozco a usted. Cada mañana usted llega con un traje diferente; y sin embargo, yo no. Cada día llega usted pintada y peinada como quien tiene tiempo de pasar en una peluquería bien elegante y puede gastar buena plata en eso; y, sin embargo, yo no. Yo veo que usted tiene cada tarde un chofer en un carro esperándola a la puerta de este local para recogerla a su casa; y, sin embargo, yo no. Y para presentarse aquí como se presenta, estoy segura de que usted vive en una vivienda bien elegante, en un barrio también elegante, ¿no? Y, sin embargo, nosotras, las mujeres de los mineros, tenemos solamente una pequeña vivienda prestada y cuando se muere nuestro esposo o se enferma o lo retiran de la empresa, tenemos noventa días para abandonar la vivienda y estamos en la calle. Ahora, señora, dígame: ¿tiene usted algo semejante a mi situación? ¿Tengo yo algo semejante a su situación de usted? Entonces, ¿de qué igualdad vamos a hablar entre nosotras, si usted y yo no nos parecemos, si usted y yo somos tan diferentes? Nosotras no podemos, en este momento, ser iguales, aun como mujeres, ¿no le parece?”.

Este episodio nos interpela a las directoras que ha congregado el Simposio Internacional. Tal vez nuestro único denominador común es que somos mujeres… y en nuestro caso músicas, pero nuestro origen, nuestro color de piel, nuestra posición económica y nuestra formación, que en gran parte es consecuencia de la anterior, nos distinguen. Factores todos ellos que suelen dar pie a distintas formas de discriminación en nuestra sociedad.

¿Nos resignamos a que se extiendan esas discriminaciones universales a la música o seremos capaces como mujeres de unirnos en la diversidad para impedir que esas diferencias horaden los cimientos de nuestra alianza? Podemos aceptar la célebre frase de Georges Orwell en Rebelión en la granja: “Todas somos iguales, pero algunas somos más iguales que otras”. (Obviamente, él la redactó en masculino). O podemos permitirnos vislumbrar un horizonte más justo entre nosotras.

Ese es el meollo del título de mi conferencia, porque la sororidad es un sueño posible —pero por ahora un sueño— y en nuestra mano está construirlo, porque las utopías, como decía Eduardo Galeano, “nos ayudan a caminar”.

¿Romperemos el tópico de que las mujeres somos las peores enemigas de las propias mujeres? ¿Es posible compartir esferas y trabajar en alianza dejando de lado los celos profesionales? ¿Cómo y quién determina el espacio que nos merecemos? ¿Cómo hacer efectiva la red de colaboración entre mujeres profesionales en la dirección?

Que las oportunidades que nos ha regalado la vida y que supimos o pudimos aprovechar, nos den la generosidad suficiente para facilitar el acceso de las nuevas generaciones a otras iguales o mejores. Siempre habrá mujeres que nos precedieron, que desbrozaron el camino por el que nosotras transitamos. Seguro que en este Simposio hay unas cuantas ilustres veteranas a las que las más jóvenes tenemos mucho que agradecer o de las que tenemos mucho que aprender, aunque ni siquiera nos conozcamos. Al fin y al cabo, la reciprocidad es la base de nuestras culturas antiguas. En el mundo indígena, que me es familiar por el lugar donde trabajo, existe la máxima de que quien sabe más, enseña a quien sabe menos. Y ni el primero se jacta por sus enseñanzas ni el segundo se humilla por recibirlas.

La cooperación entre mujeres músicas puede traspasar fronteras y de hecho lo hace. No solo en espacios de reflexión teóricos como este Simposio, sino concretándose en actividades prácticas. Y hablo desde mi experiencia. Varias prestigiosas músicas americanas y europeas, con excelente formación, han visitado nuestra Escuela de Música en el corazón de la Amazonía boliviana y se han puesto a mi lado y al de mis músicos, sin jerarquías, brindándonos sus conocimientos, intercambiando repertorio, dirigiendo a ratos y convirtiéndose en músicas o coralistas de infantería cuando la batuta regresaba a mis manos. Como hago yo misma cuando les cedo la dirección. Y si no vienen más a menudo, es porque hace falta dinero para el viaje —que ellas mismas se pagan— y huecos en su agenda.

La brasileña Ligia Amadio ha llevado al menos a tres grandes profesionales mujeres al podio de la Filarmónica de Montevideo que dirige. Puso a disposición de ellas a sus músicos, que seguro que ven en Ligia un ejemplo de profesionalismo y de una sororidad que debe convertirse en nuestra mejor herramienta de defensa ante la discriminación que sufrimos como mujeres, también en el ejercicio de nuestra profesión. La sororidad es un sueño posible, porque los sueños pueden hacerse realidad si se tiene el suficiente coraje para perseguirlos.

(*) Raquel Maldonado es directora del Emsamble Moxos. Este texto es un fragmento de su ponencia en el III Simposium Internacional de Mujeres Directoras.

El dulce que une a la familia

Ximena Prudencio y su hija Catalina Jordán han conseguido que los alfajores sean un delicioso vínculo de amor

Socias. Ximena Prudencio Bilbao y su hija Catalina Jordán Prudencio trabajan juntas con los alfajores, los muyus, de Muxsa

Por Miguel Vargas

/ 25 de noviembre de 2020 / 11:16

A mi abuelita le encantaba el dulce. Si ella estuviese con vida, seguramente habría disfrutado mucho de estos alfajores”, recuerda Catalina Jordán Prudencio, chef de profesión y una apasionada por la pastelería. Durante la pandemia, mientras apoyaba a sus dos hijos en las clases en línea y desarrollaba sus actividades, encontró en su mamá —Ximena Prudencio Bilbao— una cómplice perfecta para concretar un emprendimiento lleno de sabor y basado en esta debilidad por los postres. Muxsa, “dulce” en quechua, es el nombre de la marca que han creado juntas, en una búsqueda del alfajor perfecto gracias a la técnica de Catalina y la pasión por los productos artesanales de Ximena.

Foto: Gabriela Prudencio

“En la cuarentena hemos hecho varias pruebas. De ahí surgió la idea. A mi abuela le gustaban mucho los alfajores y nos decidimos y tomamos unas clases. Acto seguido, nos lanzamos a experimentar y seguimos trabajando hasta perfeccionarlos. Los hicimos probar a familiares y amigos cercanos y, cuando estuvo listo, lo lanzamos al público”, agrega Catalina.

El producto estrella es el alfajor de manjar bañado en chocolate negro —el muyu, “redondo” en quechua— pero también hacen mermeladas caseras y pronto presentarán más sabores de alfajores. El empaque y las bolsas también son artesanales y se hacen también a mano. “Nos interesa rescatar las palabras en nuestros idiomas nativos, por eso tenemos un diccionario con términos en quechua, como la wayaqa, que es la bolsa hecha a mano o tukuy, que significa: ‘agotado’”.

Foto: Gabriela Prudencio

“Mi mamá es mi mejor amiga —dice Catalina—. Siempre nos hemos brindado mucho apoyo. Por eso trabajar juntas es importante, somos un equipo, ella es súper organizada y me jala a ser más organizada a mí. Nos repartimos tareas y cada una sabe en qué enfocarse”.

Una tercera Prudencio se ha sumado al equipo: la imagen y el trabajo en redes sociales está a cargo de Gabriela Prudencio Kaune, arquitecta de profesión, y con una sensibilidad especial para el desarrollo de imagen.

Ellas son las “Muxsas Prudencio” y de vender los alfajores a parientes y amigos, han visto crecer a un público demandante gracias al boca a boca y las redes sociales. ¿Y cuál es su ingrediente secreto? “El amor”, sonríen.

Foto: Gabriela Prudencio

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Andrés de Santa Cruz VI, guardián de su historia familiar

El bisnieto del Mariscal de Zepita domina la información sobre el árbol genealógico y la historia de su ancestro. Además, resguarda objetos históricos que le pertenecieron

Andrés Santa Cruz VI posa delante de un óleo que retrata a su bisabuelo, el Gran Mariscal de Zepita

Por Liliana Aguirre

/ 25 de noviembre de 2020 / 11:10

Tiene 86 años y todo lo que le rodea lo liga con su pasado. Lúcido y ordenado, su don es resguardar la herencia más preciada que tiene, la historia de su bisabuelo, el gran Mariscal Andrés de Santa Cruz. “Yo soy Andrés Santa Cruz VI, mi nieto es el VII. Mientras que mi papá era el V. El hijo del Mariscal era el IV, el Mariscal de Zepita era Andrés III, su abuelo era Andrés II y su chozno o bisabuelo era Andrés I”, detalla respecto al nombre y apellido que llevan los varones de su linaje durante siete generaciones.

Andrés Santa Cruz Calavmana, el bisabuelo, era mestizo y nació el 5 de diciembre de 1792 en La Paz, entre las calles Comercio y Socabaya, como se ve en la copia de fe de Bautismo guardada por su descendiente. Fue hijo de Joseph Santa Cruz y Villavicencio, un criollo con título de noble, y de Juana Basilia Calavmana, heredera de una rica familia que poseía el cacicazgo de Huarina en cercanías al lago Titicaca. Se consagró como militar, fue presidente de la Junta de Gobierno del Perú (1827), el sexto presidente de Bolivia (1829-1839) y Protector de la Confederación Perú-Boliviana (1836-1839). Murió en el exilio en París, Francia.

En el apartamento en el que vive el bisnieto se guardan reliquias que reflejan el esplendor de los tiempos en que el ícono patriótico vivió. “Por las pocas cosas que recuperamos  tuvieron que pagar, aunque le pertenecían a mi bisabuelo. Él tenía una casa donde actualmente es el colegio San Calixto. Las conspiraciones políticas hicieron que  turbas enardecidas saquearan todo lo que tenía, hasta las enaguas de su señora se llevaron”, narra.

El bisnieto muestra un plato de porcelana que fue parte de la vajilla que perteneció al Mariscal de Zepita, quien fue presidente de Bolivia. Foto: José Lavayén

El linaje Santa Cruz

Entre las piezas que posee, reliquias rescatadas por miembros de su familia, se observan platos de porcelana que fueron parte de la vajilla del mandatario, sillas estilo Luis XV, cuadros de su abuelo y una fotografía, en blanco y negro, en la que el personaje de más de 1,85 metros de altura posa con un traje militar de la época. La imagen fue tomada en París.

Quien recobró los objetos de la familia fue el abuelo del entrevistado, quien nació en Francia, era el penúltimo de los hijos del Mariscal y llegó a Bolivia a sus 42 años para reencontrarse con su historia en 1892. “Como la sociedad era chica, en ese entonces, se sabía quién tenía qué. Mi abuelo era militar y era comandante del Regimiento Artillería de Montaña e invirtió su dinero en recuperar los objetos, por el valor sentimental”, recuerda el VI del linaje, sin embargo solo pudieron adquirir pocas piezas ya que muchas familias pretendían precios exuberantes por los objetos que pertenecieron a su estirpe.

El segundo apellido de Andrés Santa Cruz VI es García, nació en la calle Mercado al lado del Banco Mercantil Santa Cruz, que otrora fue la casa de su progenitora. “Del lado paterno, mi abuela era holandesa y se casó con mi abuelo. Salió mi papá con ojos color grises y yo recién he heredado el tono celeste. Mis dos hijas no tienen ese tono, pero sí mis nietos”, cuenta para dar más detalles de su árbol genealógico, el cual domina con fechas y lugares. “Guardo todos los documentos sobre mi abuelo, tengo copias y hasta notas del periódico”. No hay duda de ello: en sobres tiene una fotografía de la fe de bautizo del prócer y aclara que el segundo apellido era Calavmana y no Calahumana, como suelen escribirlo.

Este ingeniero mecánico trabajó en la Empresa Nacional de Ferrocarriles. “Después vino Goni y la capitalizaron  los chilenos. Comencé en Guaqui-La Paz, atendiendo la navegación. De Guaqui a El Alto, las locomotoras eran de tracción a vapor y de El Alto hasta aquí eran eléctricas. Con mi jefe, que era un inglés que estaba en Arequipa, nos comunicábamos por telégrafo y en morse ya que esa época no había celular”. Sin embargo, ahora el celular es su aliado con el que documenta información sobre su bisabuelo para seguir nutriendo su colección de recuerdos.

Mariscal de Zepita. Foto: José Lavayén

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Salazar: Necesito libertad plena

Un año después de la censura, Alejandro Salazar —‘Al Azar’— ha vuelto al periódico laRazón. Ha vuelto a pensar por las mañanas y dibujar por las tardes para llegar a la hora de cierre. Ha vuelto para seguir retratando la estupidez humana

Al Azar. Alejandro Salazar nació en Cochabamba en 1959. El ilustrador ganó tres veces del Premio Nacional de Periodismo en la categoría de Caricatura.

Por Ricardo Bajo

/ 25 de noviembre de 2020 / 11:02

Alejandro Salazar ha conocido de cerca la censura y sus intentos. Lleva décadas viendo la cara a esta pasión de inquisidores. La primera vez que la sufrió fue en los lejanos años noventa cuando la hija del dueño del quebrado Banco Boliviano Americano se “molestó” por un dibujo que la retrataba vistiendo pieles de cocodrilo (el dinero desfalcado había terminado en un paraíso fiscal llamado Islas Caimán). Luego llegó la polémica de la Miss Bolivia Gabriela Oviedo (“somos blancos, altos y sabemos inglés”) y la caricatura de un triste Carnaval de Oruro con pasantes desfilando a pesar de los muertos. También una vez recibió una “llamada de atención” de un triste personaje de la embajada estadounidense en La Paz que no entendió una caricatura sobre Obama. Nada se comparó a los dibujos con esvásticas y cañones militares prometiendo paz y reconciliación del golpe del año pasado cuando sus “compañeros” de periódico exigieron el retiro de sus obras. Salazar se autocalifica artísticamente como “anarquista libertario”. Su pequeño estudio/taller/ biblioteca está repleto de pequeñas esculturas, biografías de artistas, libros de historia, cómics, novelas de suspenso, viejos cassettes y CD de rock progresivo, un “Evito” y dos retratos, uno del alemán Alberto Durero y otro de su padre.

—¿Alguna vez algún director o propietario de medio de comunicación te ha dicho qué podías dibujar y qué no podías dibujar?

—No. Una vez Jorge Canelas me dijo: “Puedes dibujar lo que quieras pero no te metas con los curas, todavía tienen poder”. (Nota mental uno del entrevistador: no hay más que mirar qué “numerarios” han ocupado la cartera del Ministerio de Justicia en los últimos años). Me contratan para opinar sobre temas y ejerzo mi derecho a la libertad de expresión. Alguna vez, por las reacciones ante mis dibujos, he llegado a pensar que estaba cruzando la raya pero se me pasaba rápido. Soy consciente de que existen derechos más importantes, así que si un dibujo mío puede causar males mayores, me lo pienso dos veces. Por ejemplo, en la polémica sobre el Carnaval de Oruro, había gente que había perdido un familiar y mi dibujo pudo herir sus sentimientos. El problema es que el dibujo no es un arte tan preciso como la palabra y a veces no puedes controlarlo todo.

—¿Tienes reglas?

—Varias, por lo menos dos: no ofender ni herir a las personas en particular. Y no insultar. Me gusta dibujar y reflexionar sobre situaciones y fenómenos sociales, no sobre personas.

—¿Qué te molestó de la última censura del año pasado por parte de tus propios colegas? ¿Cómo te afectó?

—No me gustó. Los periodistas deberían saber cuál es su trabajo. Todos los medios tienen una óptica política. Nadie es neutral. No es lo mismo trabajar en La Razón, Página Siete o antaño en El Juguete Rabioso. Todos tienen una línea ideológica. Los medios son una expresión del poder. El “Juguete” era para mí irreverente y anarquista. No me imagino un berrinche para cambiar y sacar a Walter Chávez del “Juguete” y poner en su lugar a monseñor Eugenio Scarpellini. No me gustó esa deslealtad, esa mala fe, esa mala leche, esa falta de empatía. Las crisis sacan lo mejor y lo peor de las personas. No todo fue malo. Me reconfortó que mis amigos de siempre me buscaran para saber cómo estaba tras la censura y las amenazas. También he perdido algunos que pensaba que eran amigos y nunca se interesaron.

—¿Cuál es tu relación con el poder?

—Te lo explico con dos imágenes: si tú estás en la calle y ves una viejita que se cae por pisar una cáscara de plátano, tú no te ríes porque es una persona desvalida, como puede serlo un niño, una niña o una mujer embarazada. Pero si el que se saca la mugre es el matón del barrio, el político de turno o el policía, te ríes porque así te estás vengando al hacerlo. Esa es mi relación con el poder. Mis dibujos son esas cáscaras de plátano. El poder siempre queda impune. Vengarme o vengar a la gente es mi objetivo, a veces lo logro, a veces no. Tengo esa sensación aunque soy consciente de que un dibujo de 10 centímetros no tiene gran valor y no puede cambiar el mundo pero a mí me permite seguir viviendo, seguir existiendo como artista y como persona. Y eso ya es mucho.

—¿Cómo trabajas?

—Veo noticias en internet por las mañanas, escucho un poco de radio por las tardes y comienzo a rumiar a media tarde sin un plan previo. Mi cabeza discrimina lo importante y mi mano dirige esos garabatos que a veces terminan en esa idea que he leído o escuchado por la mañana o la

tarde. No tengo un filtro lógico o racional como los periodistas. Al final simplemente el dibujo aparece junto al lenguaje. Si solo tienes habilidad manual y no construyes un lenguaje, no haces arte.

—El racismo, la desigualdad, el poder ya citado y la lucha por los derechos son algunos de los temas que atraviesan tu obra. ¿Por qué brotan estas “fijaciones”?

—De chiquito vivía en Tembladerani, un barrio de obreros, vendedoras y migrantes, como todas las laderas de La Paz. Los de mi zona bajaban al centro a los colegios fiscales. Al lado de uno de ellos estaba el Colegio Alemán, yo estudiaba en el Americano. En aquel entonces, yo les preguntaba a mis amigos del Alemán: “¿Qué tal las chicas en su colegio?” “Bien, lindas, ojos azules”, me decían. “¿Y las del fiscal que estaba pegado?” “Nunca las vemos”, me respondían. Fue la primera vez que percibí el racismo. Para ellos, había un muro. Simplemente ellas no existían y si existían era para ser meseras o empleadas, nunca como futuras parejas, nunca como objeto de deseo. Mi madre es del campo, de Vinto (Cochabamba) y mi abuela era de pollera. En el mundo de hoy en día no existe la igualdad de oportunidades. Como bien dijo Orwell, unos son más iguales que otros. En Bolivia sumamos una particularidad más: los más iguales tienen un color de piel diferente a los menos iguales. Todo está atravesado por el color de piel.

—Hablando de tu vida, tu padre fue maestro de dibujo en colegio fiscal. ¿Cómo heredaste esa pasión?

—Mi padre fue maestro y artista. Se llamaba Eduardo Salazar. Yo soy Alejandro Eduardo. Estudió en la Escuela de Bellas Artes y pintaba paisajes y retratos en la onda de la pintura indigenista. Y daba clases en el Colegio Villamil de la plaza Riosinho. Mi mamá María Rodríguez, que todavía vive en la zona Cristo Rey con sus 90 años, era profesora de Inglés. Todavía recuerdo el olor que tenían los óleos de su taller. Me parecía y me parece magia que de una página en blanco brotaran y nazcan figuras. Ahí comenzó mi gusto por dibujar. Estudié Arquitectura y salí egresado de Diseño aunque no presenté proyecto porque lo que más me satisfacía era dibujar, hacer exposiciones, relacionarme con otros artistas. Mi trabajo ahora es un poco también de psicólogo: retrato la estupidez humana.

—¿Cómo ves la Bolivia de hoy tras el golpe, las matanzas, las urnas y los deseos de reconciliación…?

—Nuestra estructura social es comparable a la tierra, a las placas tectónicas que colisionan y provocan terremotos. Mientras esas placas se mantienen estables, las fallas no se superponen las unas a las otras. Pero cuando hay fracturas, una tiene más poder y libera mucha energía y fuerza. En la sociedad boliviana pasa lo mismo. Hay una parte que pide más derechos, más poder. Y hay otra que se resiste a ceder poder, que no quiere perder sus privilegios. Los privilegios no se donan o se entregan fácilmente, mientras que los derechos se conquistan, se exigen. Hay una estrategia política para detener estos cambios, para frenar esos avances, para reconciliarnos entre comillas.

—¿Qué planes tienes a corto y medio plazo?

—Soy artista, no tengo planes (Nota mental dos del entrevistador: “Al-Azar” está riendo ahora como como es él mismo: tímido, socarrón, sarcástico, burlón, juguetón, con la mirada perdida en el horizonte de su ventana). Dibujo compulsivamente y prefiero ser mi propio patrón. Mi proyecto es seguir existiendo. Estoy armando lienzos para pintar y reproducir  figuras en 3D para acabarlas en madera. No tengo ni idea de a dónde voy a llegar con esto. A finales de año presento un nuevo libro que recogerá la obra de mis últimos cinco años, con auspicio de la Fundación Friedrich Ebert.

—Hablando de política, ¿cómo te defines ideológicamente hablando?

—Soy anarquista libertario, como artista. Es la necesidad que siento de tener una libertad plena para hacer mi trabajo. Ya como persona, creo que se necesita un poder, una regulación, unas instituciones, un estado, pero trato de vivir al margen de todo eso, siento que son un mal necesario.

La noche nos alcanza, han pasado tres horas de charla en el pequeño estudio/taller de Salazar en el ático de un viejo edificio de Alto Sopocachi. El artista se sube a una enclenque bicicleta estática, se quita su desgastada gorra de Boeing, “posa” para las inevitables fotografías ante un lienzo en blanco, se mete travieso debajo de la mesa junto a sus pinceles y agarra los mil y un pequeños monstruos que habitan en el interior suyo y de la habitación. Saca una vieja revista de las desordenadas estanterías: “Es El Tony, ediciones Columba, era una de las revistas de historietas. Cuando no había plata para ir al cine, estas revistas eran el cine de los pobres, se cambiaban, se fletaban…”, dice Alejandro Salazar mientras mira con melancolía un retrato de su padre colgado sin marco en la pared. De fondo suena un viejo cassette de Wara y una letra “real”: “hermano, vive tu historia / destruye el mito de pueblo enfermo / ahhh….. / tu tierra es grande y hermosa / ahora es tiempo q u e pienses en ella”.

Algunas piezas que el caricaturista ha elaborado sobre la coyuntura boliviana y mundial

Foto: Archivo

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A mano alzada

La Paz

Por El Papirri

/ 25 de noviembre de 2020 / 10:52

Escribo a mano alzada. Me cuesta decir algo. Vuelvo a La Paz, mi ciudad, luego de un año. Estamos vivos, la emoción me cubre con este aire andino bendito, no quiero recordar pero el Tata Mururata me dice, sacándose el sombrero: “Memoria, siempre memoria”. Mientras pasamos la tranca, recuerdo. Hace un año los fascistas irrumpen en el Palacio Quemado con una Biblia evangélica, queman oficinas estatales, los militares pisan la Wiphala, se arrancan la  bandera del brazo. Recuerdo, solo fue hace un año, algo le pasó al tiempo que no pasa, hace un año fue la masacre de Senkata, son asesinados jóvenes aymaras, albañiles, caseras, vecinos, cientos de heridos, denuncio esto en las redes sociales, llueven las amenazas. Recuerdo a una Waldita, docente de Literatura gritando histérica: “urgente, toque de queda, intervención militar”. Recuerdo la masacre de puente Huayllani, 15 de noviembre, 11 muertos, más de 200 heridos. Hay causas por las que se puede morir, pero no hay causas por las que se puede matar, dice una viuda llorando. Militares balean por atrás, policías balean por delante. El nuevo Arce Gómez dice que los vecinos se dispararon entre ellos.

Recuerdo cómo salimos de La Paz, sin ningún derecho en la piel, con cuatro fuerzas represoras alrededor: policías, militares, parapolicías, paramilitares; y el nuevo Arce Gómez amenazando con esposas y balas al que se le ponga al frente. Recuerdo a mi esposa temblando en el aeropuerto, nos íbamos a Cochabamba presionados, asustados, llovía a cantaros, militares aprobaban listas de pasajeros, decidimos irnos por separado, ella entra primero, yo al último, el gran Mirkito con su taxi nos ayuda, por fin paso al preembarque con mi sombrerito cocalero y mis lentes de aumento, de pronto dan mi nombre por el parlante y dos nombres más: los pasajeros… deben apersonarse a puerta 3. Me digo: “cagué”. No tenemos ningún derecho, a quién acudir, a quién quejarse, la Defensora del Pueblo está clandestina, es 22 de noviembre, la marcha por los muertos de Senkata ha sido reprimida, los ataúdes caen al piso. Un funcionario de Boa me lleva en silencio, vamos con una señora de pollera y un joven a la pista del avión, nos meten a un cuarto, tres militares gritan: “¡Abran sus maletas!” La mía la revisa uno con pintura de guerra en las mejillas, grita: “¡Por qué va a Cochabamba!”. “Ahí vivo”, le respondo. “¡Cómo lo comprueba!”. Saco de mi billetera el certificado de sufragio, le saca foto, me pide el celular, por suerte había borrado todos los mensajes de cumpas, lo mira sin mirar. El militar de al lado revisa a la señora de pollera: “¡Aquí hay!”, dice. El que está conmigo se va allí, la señora tiene un sobre con muchos dólares escondido en sus ropas. “¡Esto es prohibido, señora!”, gritan. “Estoy yendo a Cochabamba a comprar pollos”, dice la señora. “No se puede, además usted está yendo a financiar a los terroristas”, dice el otro. Se la llevan. “¡Váyase!”, ordena el milico llamando al de Boa. Subo al avión, mi corazón está por explotar, mi esposa llora, le hago la señal del pulgar de todo bien, llegamos a Cochabamba pálidos, nos vamos en taxis diferentes, por suerte el departamento de mi esposa es algo lejano.

Mientras la ciudad se enciende, recuerdo. Unos jóvenes rechonchos arrastran de los pelos a la Alcaldesa de Vinto, la desvisten y patean, le pintan el pelo color sangre, el nuevo Arce Gómez dice que correrá bala si siguen las protestas. Recuerdo. Unas señoras piden de rodillas golpe de Estado. Un exmilitar pide intervención de los marines. Un intelectual cómplice del golpe escribe y desea que este gobierno sea como la UDP. Mi esposa me dice: “párala, no hables con la mente”, se escucha, ya pasó. El Tata Illimani me saluda, tranquilo kilo dice, hay coquita en las calles,  está anocheciendo, el silencio es solemne en la bajada a la hoyada.

Entonces  llegamos a mi departamentito, tiene olor a la vejez, las fotos de mis padres lagrimean, corro detrás de mis guitarras encerradas en un ropero, riego desesperado cadáveres de plantitas, respiro los Andes profundos, pongo una velita por nuestros muertos. Lucho Arce jura como  Presidente del Estado Plurinacional de Bolivia. Hay un Amuki diferente, de duelo, de dolor. Se festeja en silencio. El pueblo aymara  ha vuelto al palacio. El pueblo quechua jura honestidad en la Asamblea. La Bolivia profunda tiene esperanza y memoria. Recuerdo. Silencio. Memoria. Mano alzada, la izquierda. Que será. Que pasará. La dignidad ha vuelto. Amuki activo. La Patria revive herida de bala. Ya tenemos derechos. Nadies nos puede agredir así nomás. Honor y gloria a los que hicieron posible que respiremos esta nuevita libertad.

(*) El Papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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Chaco: La fluidez de hablar tu propio idioma

El director Diego Mondaca se impuso el reto de filmar su primera película de ficción con soldados como actores

Una de las escenas del filme que se estrenó de forma virtual a través de Multicine

Por Adrián Paredes

/ 25 de noviembre de 2020 / 10:45

Era 2012 cuando el cineasta Diego Mondaca volvía a Bolivia y de pronto recordó a Pastor Gutiérrez, su abuelo, benemérito de la Guerra del Chaco. Recién había terminado de filmar su documental Ciudadela, llevaba un tiempo fuera del país y volvía con la ilusión de hacer algo en memoria de aquel familiar.  El director del corto La Chirola (2008) deseaba recorrer como mochilero la línea fronteriza entre Bolivia y Paraguay, tal vez pisando los mismos terrenos que recorrió su abuelo durante el combate. Según el mismo Mondaca, ahí fue que comenzó a escribir Chaco, su más reciente película, que fue producida por Color Monster, Pasto y Murillo Cine.

El filme sigue a un grupo de soldados bolivianos, la mayoría de orígenes aymara y quechua, bajo el mando de un general alemán, completamente extraviados en el Chaco, sin un solo enemigo a la vista.

Plasmar esa sinopsis le costó años a Mondaca. Fue tiempo que invirtió en investigar sobre la guerra para entender las dimensiones de su horror y, a la vez, lograr dar con una imagen más allá de todas esas fotografías en blanco y negro, tomadas por oficiales de clase media que no entendían nada de quienes estaban fotografiando.

“Puedes imaginar el horror, pero muchas veces no lo puedes describir”, dice el director recordando esa primera etapa.

El cineasta Diego Mondaca. Foto: Marcos Soto

Por eso el director se tomó su tiempo. Se dedicó a formarse para un proyecto que le obligaba a dar un giro a sus habilidades como cineasta, pero que también le exigía aprender a leer aquello que no estaba escrito: todo lo que esos soldados campesinos e indígenas tuvieron que vivir, sin nunca recibir ningún tipo de reconocimiento histórico, fuera de alguna con veniencia política de temporada.

Finalmente todo se juntó.  El pensar en la sonoridad de la película, en el terreno, la imagen, los recursos; era saltar de los documentales a la ficción, era honrar no solamente a su abuelo, sino a los familiares de todo un equipo de producción con el que pronto tendría que adentrarse en el Chaco para realizar un filme.

Escena de la película ‘Chaco’. Foto: Marcos Soto

La ruptura del cristal

Mondaca se adentró a la región Ibibibo, cerca a Villamontes, junto a su equipo de filmación y un montón de jóvenes, reclutas del cuartel, que serían sus actores, sus extras y, con el tiempo, su más fiero equipo de producción. Pero aquel primer día parecían ausentes, empecinados en un mutismo que contrastaba con el entusiasmo con el que les hablaba el director. 

“No había posibilidad de diálogo hasta que hice que se cuenten cómo eran sus vidas en sus casas, pero en quechua o en aymara. Ahí comenzaron a soltarse más, a contarse chistecitos. Quizás estaban hablando de mí —ríe—, pero había ya una fluidez. Se había roto un cristal”.

Aquella comodidad alejó al grupo del rol de soldados en un cuartel y los acercó al de soldados de una guerra que pelearon sus antepasados. Era el quiebre de la barrera lingüística, el saber que podían hablar en sus propias lenguas y que el director, ayudado por otros compañeros que traducían todo, los escucharía y los dejaría proponer,  pues todos ahora tenían la posibilidad de explicarse mejor.

Mondaca lo admite: mucho de eso se logró gracias a la astucia de Raymundo Ramos, actor que interpreta a Liborio en el filme, cuya mediación logró que el grupo de actores siempre hicieran más de lo que se les pedía. “Sean extras o el director o el productor, tienen que sentir que son parte. Que el estar parado desde las cinco de la mañana hasta que caiga el sol tiene que tener sentido y es muy difícil de sostener”.

Esta compenetración del equipo se fue profundizando a lo largo de 21 días de rodaje en una región en plena cola de surazo, con días a 30 grados de temperatura y de un cielo lechoso con un velo de nube que barnizaba la luz. Tanto así que, poco a poco, algunos soldados comenzaron a hacer de asistentes de cámara, de ensayo, de maquillaje.

“Era hermoso ver a un uniformado de la Guerra del Chaco siendo maquillado por otro uniformado, pero con el camuflado actual. Uno representando un limbo y el otro viviendo ese limbo”.

Ibibibo se reveló para Mondaca como algo más que esa imagen de calor y monotonía desértica que se suele tener del Chaco. Para él se convirtió en una región llena de colores locos, raros, y de una belleza solo comparable con la de un canto de sirena.

Pero en los últimos dos días el sol desapareció con el surazo y la lluvia comenzó a arruinar la cinematografía de cada toma. Lo que es peor, cuando retornaron a una locación previamente alistada, descubrieron que un tractor había arrasado todo con el fin de hacer una fosa para almacenar agua para el ganado.

“Yo pensaba que era un sabotaje. Estaba completamente decepcionado, no sabía qué hacer. Encima estaba lloviznando sin esperanzas de que se despeje y si esas escenas no salieron mal fue gracias a esa voluntad que había detrás de los actores. Fueron ellos, no fui yo, que ya estaba muy nervioso, mudo porque me falló todo”.

Gran parte del elenco fue integrado por jóvenes soldados estacionados en Ibibibo, cerca de Villamontes. Foto: Marcos Soto

Tiempo para conversar

“Al menos en cine nunca sabes qué va a pasar. Por mucho que hayas hecho películas antes, la siguiente es una página en blanco, muy jodida”, afirma Mondaca.

Ahogado bajo la lluvia de Ibibibo, Mondaca tuvo que recordar sus palabras. Fueron sus actores, el constante Raymundo Ramos y también Omar Calisaya, junto al equipo de producción, quienes lo despejaron de sus miedos y lo alzaron cuando más lo necesitó. Gracias a ellos entendió que si en la pantalla un actor no queda bien, no es un problema del actor, es una deficiencia del director.

“Y lo digo desde la posición de director, porque si tú no instruyes y no apasionas a tu equipo, ellos no van a saber qué hacer. Y eso se logra dándose tiempo para conversar, siempre manteniendo una horizontalidad en todo momento. Sea en el desayuno, almuerzo, trabajo o fiesta”.

Lo que es más curioso para Mondaca es que de algún modo los entieron desde el primer día, cuando casi todos los involucrados se retiraron discretamente y en grietas escondieron hojitas de coca, “ch’allando con singanitos”, encomendándose para que todo vaya bien. Juntos, pero, por el momento, separados. “En el fondo estábamos todos muy nerviosos. No sabíamos a lo que nos estábamos metiendo. No sabíamos qué nos deparaba el Chaco”.

Aquel primer día tan complicado , la fortaleza y el entusiasmo vinieron del director. Pero en el último día, cuando la lluvia y un tractor arrasaron con Diego Mondaca, se terminó de filmar gracias a los lazos establecidos mediante la comunicación horizontal que pregona Mondaca.

Hoy, ese filme se llama Chaco y se exhibe a través de la plataforma digital de Multicine en todo Bolivia.

Otra escena de Chaco. Foto: Marcos Soto

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