miércoles 21 oct 2020 | Actualizado a 05:50

Museos: renacen los cuatro repositorios del complejo Jaén

Visita. Tras su reapertura el 21 de septiembre, el Museo del Litoral ofrece al público una mirada sobre la Guerra del Pacífico

/ 7 de octubre de 2020 / 09:06

Después de seis meses de suspensión cultural, los museos de la calle Jaén retoman sus actividades con nuevas propuestas

Cien metros de empedrado añejo archivan una parte de la memoria histórica de los paceños. La pintoresca calle Jaén —nombrada así por Apolinar Jaén, uno de los hombres que comandó el grito revolucionario del 16 de julio de 1809 junto con Pedro Domingo Murillo— alberga cuatro espacios coloniales influyentes en el imaginario de la ciudad. La que en su momento fue una vía peatonal encerrada por pequeños balcones y dispuesta al comercio de venta y compra de camélidos en el siglo XVI, hoy es conocida por su ambiente cultural, sus bares y los cafés artísticos.

Distinguida también como Callejón Cruz Verde, esta calle detuvo su ritmo bohemio durante un tiempo. El 22 de marzo cerraba el país sus puertas. Las familias se guardaron, por unos meses, en sus casas mientras los museos ponían un candado a sus inmuebles esperando el día de la reapertura. El sector cultural, como tantos otros rubros, no quedó exento del golpe provocado por la pandemia.

Para ingresar a los museos se siguen estrictas normas de bioseguridad: desinfección con alcohol y distanciamiento social. Foto: La Razón

A varios meses del inicio del confinamiento, algunos de los museos de la ciudad retomaron sus actividades;  los otros, todavía cerrados, piensan ya en una agenda para cuando toque renacer del encierro. Entre ellos están el Museo Nacional de Arte (MNA) y el Museo Nacional de Etnografía y Folklore (Musef) que esperan la orden de la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia (FCBCB) para abrir.

El pintoresco pasaje del Casco Viejo convoca a los cuatro de sus museos que conforman el complejo Jaén, conectados unos con otros por estrechos pasillos o por el umbral de la calle colonial. Estos museos dependientes de la Secretaría de Culturas del municipio paceño han reabierto sus puertas el 21 de septiembre, exactamente seis meses después del inicio de la cuarentena. Desde ese día, y dejando impactado al personal, varias familias han visitado las instalaciones, ansiosos por volver a recorrer estos ambientes.

Sobre la avenida Sucre, frente a la plaza Riosinho, la forma de ingreso a los edificios coloniales ha cambiado. La desinfección con alcohol, el control de la mascarilla  y la toma de temperatura parecen haberse convertido en todo aquello que antecede a las actividades en estos tiempos.

Foto: La Razón

La riqueza de la tradición

El Museo Costumbrista Juan Vargas —el más grande de los cuatro y que ahora oficia de zaguán para sus compañeros— cuenta con dos plantas y varias salas que guardan obras referentes a las costumbres y tradiciones antiguas entre los siglos XVI y XX. El lugar fue restaurado y vuelto museo en 1978 por el entonces alcalde Juan Vargas, a quien se debe el nombre del inmueble.

Octubre Patrimonial es la muestra con la que este espacio reabre. La exhibición invita a mirar aquella La Paz de 1900, sus paisajes, mapas y señores. La intención, cuenta Mónica Cejas, responsable de este repositorio, es “homenajear a la ciudad y a sus ciudadanos recordando cómo éramos mucho antes de este encierro, mucho antes de tanto que hemos vivido”. El 20 de octubre se inaugurará completamente esta propuesta que incluye objetos del siglo pasado, como joyas con diseños citadinos y pinturas del Illimani desde diferentes perspectivas de la ciudad. 

Dentro de la muestra hay un atractivo particular que busca envolver al visitante: las imágenes pertenecientes al Archivo Cordero, el legado del fotógrafo nacido en Pucarani y que retrató las clases sociales paceñas. Don Julio Cordero (1879-1961) capturó los vaivenes de la ciudad y los paisajes que se fueron construyendo durante aquellos años. La muestra ofrece una mirada de la sociedad boliviana de la primera mitad del siglo XX, así como sus modos de vivir y costumbres.

En su primer ambiente, un carruaje antiguo perteneciente a Ismael Montes en 1904 y un traje típico chuta —vestimenta indígena utilizada en el carnaval de 1940— marcan el camino hacia las salas con temáticas permanentes. Éstas han sido reordenadas para la reapertura y contienen documentos sobre el colgamiento de Pedro Domingo Murillo en 1809, la ejecución de Túpac Katari en 1781, la organización de la Junta Tuitiva, el Carnaval y personajes de la época,  entre otros.

Esta casa blanca con diseño colonial, como dice su nombre, propone revivir las costumbres de antaño. La nueva muestra busca alejar al visitante del contexto actual para devolver la mirada a una La Paz que gestaba su crecimiento y expansión.

El Museo Costumbrista recoge las tradiciones de La Paz. Foto: La Razón

Memorias del mar

El Museo del Litoral Boliviano está dedicado a la Guerra del Pacífico de 1879. Para ingresar se pasa por el blanco patio del complejo y se suben unas gradas hasta llegar a una puerta de madera. La bioseguridad replanteó la forma de desplazarse entre los cuatro espacios, creando una conexión entre los museos y sus salas, con el fin de evitar cruces y aglomeraciones.

Un guía acompaña la visita, esta vez con dos tareas extras: el control de la distancia física entre visitantes y la vigilancia de los objetos para que no sean tocados.

Una ganancia para la arquitectura del complejo: hoy los observadores se detienen en cada pasillo mirando los pequeños tesoros: puertas, barandas y escaleras que parecían olvidadas ante las entradas principales y las grandes obras en exposición.

Este espacio, fundado en 1978 durante la gestión de Mario Mercado Vaca, contiene en sus salas permanentes referencias a Ignacia Zeballos, fundadora de la Cruz Roja Boliviana, por ser una de las primeras enfermeras del país en colaborar en la Guerra; Ladislao Cabrera, autoridad que lideró la defensa de Calama; y Eduardo Abaroa, héroe civil de la guerra. La mirada puede posarse, además, en los trajes, armas, estandartes y otros implementos usados en la Guerra, así como en mapas del territorio boliviano en el siglo XIX, documentación y tratados entre los gobiernos que fueron decisivos en esa época.

Desde su cierre, un día antes del truncado homenaje al Día del Mar, el museotuvo una sola aparición digital, en la Larga noche de museosllevada a cabo de forma virtual en mayo. A partir de entonces, el personal se dedicó a reordenar su material. El Museo del Litoral presentará en octubre como una promesa pendiente, asegura Dante Vera, encargado de este espacio, su homenaje al mar con exposiciones especiales sobre la Guerra.

Al bajar las escaleras se esconde la puerta trasera del Museo de Metales Preciosos, otro escenario provocador. El museo fue inaugurado en 1983 y alberga cuatro salas con piezas andinas en oro, plata, cobre, bronce y cerámicas que fueron usadas por autoridades o sacerdotes como símbolos de poder. Los objetos, en un inicio, eran coleccionados por el joyero alemán Fritz Buck, quien migró durante la Primera Guerra Mundial. Se estima que hoy existen cerca de 6.000 piezas arqueológicas, entre cerámicas, joyas y piedras.

Al abrir la añeja puerta, entre las paredes oscuras están algunas de las piedras tratadas durante estos meses.  Jaime Quispe, responsable del espacio, cuenta que en el confinamiento el personal se dedicó a la restauración, el cuidado y reordenamiento de las piezas. Este espacio no contará con una muestra significativa en esta reapertura, pues  el renovarse está en “ver con otros ojos las obras”, dice Quispe.

Una nueva desinfección termina con el paseo por los tres centros culturales, y se antepone a la visita del último predio.

El Museo de Metales Preciosos alberga cerca de 6.000 piezas arqueológicas. Foto: La Razón

Frente a los tres espacios recién recorridos está la Casa Murillo. Con el nuevo recorrido de los museos, esta casona es la última en visitarse, después de cruzar la angosta calle. La casa del héroe, construida a inicios del siglo XIX, fue restaurada en 1945 y desde entonces cuenta con varios ambientes. La Pinacoteca Colonial resguarda pinturas del siglo XVIII con temática religiosa; el Salón Iconográfico alberga cuadros de algunos mandatarios; el Salón de Conspiración y Archivo guarda los manuscritos de Murillo, la Proclama de la Junta Tuitiva y otros documentos que derivaron en el grito libertario; el Dormitorio del Protomártir mantiene los muebles tallados de la época; y la Sala Barroca contiene artesanías y esculturas nativas.

El museo se encuentra en pleno montaje de lo que será su nueva propuesta: Nacimientos Barrocos, una exhibición que mostrará objetos, cuadros y documentos del siglo XIX. La fecha de inauguración aún no está definida. Verónica Rodríguez, responsable de Casa Murillo, señala que este pequeño proyecto “planea crear un ambiente de época a partir del cual dialoguen documentos relacionados con Murillo, objetos de la ciudad y el grito libertario”.  La exhibición pretende, además de dar movimiento a las actividades del museo, ser “un espacio de distracción para las personas que ahora pueden volver a visitarnos”, asegura Rodríguez. 

Con el entusiasmo de renovarse después de la suspensión de actividades culturales, cada uno de estos espacios ha reacomodado sus ambientes para que las visitas puedan hacer sus recorridos sin temor y dentro de las normas sanitarias.

El complejo Jaén recibe de forma gratuita a adultos mayores, menores de edad y personas discapacitadas. Para los demás, el costo del recorrido es de Bs 8. Los horarios de atención son de 10.00 a 18.00. La invitación a visitar la historia está hecha.

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El pandémico sabor clandestino

El proyecto de cocina de autor no solo aplica medidas de bioseguridad, sino que reflexiona sobre la alimentación en estos tiempos

Creador. Marco Antonio Quelca, el "casero mayor" de Sabor Clandestino, esperando con toallitas húmedas y alcohol a los comensales

Por Miguel Vargas

/ 21 de octubre de 2020 / 05:04

La comida callejera, la principal inspiración del colectivo gastronómico Sabor Clandestino, parecía herida de muerte cuando estalló la pandemia del COVID-19. Marco Antonio Quelca, cocinero y artista fundador de este colectivo, quien se encontraba con parte de su equipo trabajando en España en un programa que les permite capacitarse y practicar en temporada alta, vio que años de trabajo estaban en riesgo con las restricciones de bioseguridad, tanto para regresar a Bolivia como para seguir creciendo en sus proyectos. Entonces llegó la hora de reinventarse, una vez más.

Sabor Clandestino es un proyecto que nació en La Paz, producto de la reflexión y de la acción, de los saberes ancestrales en comunión con las más recientes técnicas de cocina, de la utilización de materia prima que está al alcance de todos, pero en formas insospechadas. Es una invitación para pensar, degustar y dejarse llevar.  

“El respeto por el tiempo y espacio me lleva a poder explorar algo más que insumos o productos de cada región y temporada, mis ojos están dirigidos sobre la cultura de lo cotidiano, la comida de calle, lo noble de la humildad y mis propias experiencias”, explica Quelca, —el casero mayor— quien ha destacado en diferentes cocinas nacionales e internacionales, así como en la creación de propuestas artísticas relacionadas con lo culinario.

Sabor Clandestino dio vida al proyecto Somos Calle, que nació cuestionando las tendencias actuales de la cocina de autor. El objetivo es “extraer propuestas ‘creativas’ de las cuatro paredes del restaurante” que resulta prohibitivo para la población popular, ya sea por los altos precios o por reglas de clase como la vestimenta, para ofrecer propuestas de manera gratuita, empleando la esencia de la comida de calle boliviana, brindando nuevas opciones al comensal de a pie y generando curiosidad para comer diferente.

Para poder subvencionar esto es que nació Cascándole, una experiencia gastronómica que busca llevar la creatividad culinaria a espacios abiertos y accesibles, para transmitir una cocina de compartimiento y no así una excluyente.

“Es itinerante, versátil por su temática, transversal por cubrir temas de interés social actual. Si bien se emplean técnicas conceptuales como la deconstrucción y reinterpretación, o el empleo de platillos muy populares, también se recurre a los productos considerados ‘humildes’ para realizar nuevas propuestas y aportar el concepto de comer nuestros productos, proponiendo nuevas opciones culinarias con base y fundamento en la cocina madre paceña y boliviana. El resultado final es una cocina de autor con raíces”, explica Quelca sobre su propuesta.

Desde 2014 que el proyecto fue creciendo: comenzó en una serie de cenas en la casa Hermanos Manchego, después pasó a miradores dentro de la ciudad, como El Montículo, después avanzó a temporadas completas en otros miradores más alejados en que se lleva a los comensales en un micro y nacieron finalmente las cenas en el mismísimo hogar del Sabor Clandestino. Cada elemento sensorial se fue potenciando y llegando a más adeptos. Sin embargo, la irrupción de 2020 trajo consigo la pandemia del coronavirus, existía el temor de no poder regresar al país y quedarse atrapados en España. Había miedo. Pero el momento resultó perfecto para recrearse. 

Una entrante en que se puede comer hasta el envase

Un sucumbé con sabor a coco

El precio de la experiencia es de Bs 380. Para contactos, escribir al 591 70548279.

Foto: Miguel vargas

Foto: Miguel vargas

Foto: Miguel vargas

Foto: Miguel vargas

Nada es lo que parece en este viaje gastronómico: un vaso de refresco con la linaza de las 10.00

Nada de lo que se ve es lo que parece en la cocina de Sabor Clandestino

Nada de lo que se ve es lo que parece en la cocina de Sabor Clandestino

En las faldas del cerro de Cotahuma, Marco Antonio Quelca realiza un ritual de agradecimiento

Preocupaciones pandémicas

Después de varios meses, el micro azul nuevamente estaba listo para partir. Era el primer sábado de octubre y a las 11.30 aún se esperaba a un par de comensales atrasados. A pesar de la tensa calma de la “nueva normalidad”, las expectativas del grupo estaban a flor de piel. Ahora eran menos: 10 personas, para mantener el debido distanciamiento físico, cuando lo usual era transportar a 20 para que vivan la experiencia. “No ha sido malo del todo, pues para eventos privados teníamos un mínimo de 10 personas como requerimiento, y ahora se puede hacer la experiencia privada con un mínimo de seis, lo que han agradecido muchos de los caseros”, contaba Quelca.

El micro fue previamente sanitizado y Quelca esperaba en la puerta con un difusor de alcohol y toallitas húmedas para una desinfección constante de manos. Y es que había varios platillos que se comerían con las manos, así que ninguna precaución estaría de más.

El uniforme —pasamontañas negro con el traje blanco, híbrido entre la filipina tradicional de los chef y los trajes de las comideras— ha sido siempre característica del colectivo. “Antes yo lavaba autos y he tenido que usar pasamontañas para que no me reconozcan mis compañeros del colegio”, relataba Quelca ya en el bus. El uso ahora era un homenaje a los lustrabotas y estaba relacionado con el rechazo a la figura del chef como “estrella”.

El primer tiempo se degustó en el mismo bus y surgió de estas reflexiones pandémicas: la comida para entrega en casa. Si en anteriores versiones la crítica iba sobre el abuso de los productos plásticos que contaminan el medio ambiente fomentando el reciclaje y la reutilización, ahora la pandemia elevó al plástico al carácter de imprescindible. La respuesta de Sabor Clandestino: Hacer una comida en que hasta el envase resulte comestible.

El bus llevó a los comensales hasta el mirador de Laka Uta, de Cotahuma, donde la cocina y la mesa se habían instalado. Todos portaban barbijos, pero como el encuentro era al aire libre, bajo un radiante sol y rodeados de árboles, y con la suficiente distancia entre unos y otros, se disiparon de a poco todos los temores. La tensión pandémica fue aflojando poco a poco aliviada con agua con gas, limón, manzanilla y un buen k’aj de licor de coca, tras el tributo a la Pachamama.

La degustación continuó con una serie de platillos producidos con la meticulosidad de un laboratorio: se había pensado en que los ingredientes que se utilizarían se aprovecharían al máximo; en vajilla que fue creada exclusivamente por artesanos locales, así como la forma en que se haría el emplatado. Un ritual cerró la jornada a eso de las 14.00,  en un claro entre los árboles, Quelca hizo una ofrenda al cerro de Cotahuma que había permitido que se realice allí este almuerzo. Leyendo un texto que ha escrito en su libro, el “casero mayor” recordó cómo fue que el miedo llegó al barrio tras los deslizamientos de 1996 y que fueron los árboles los que sanaron la tierra y disiparon los temores de los vecinos, convirtiéndose ese espacio en un lugar de encuentro. Que así también desaparezca la amenaza del COVID-19 en los corazones de los paceños, como ha desaparecido el sorbete de eucalipto en las gargantas de los comensales.  

A la hora de presentar a los cocineros artífices de tan singular almuerzo, cada uno se quita el pasamontañas… y se pone el barbijo; cosas de la pandemia. Con Quelca estuvieron en este servicio Lizbeth Cuentas, Rubén Armando Mamani, Martín Loría, Javier Quispe, Samiri Campos, Williams Condori, Moises Bernabé y Bryan Palenque.

Nuevos proyectos

Si la existencia de la comida callejera estaba en peligro, ahora el colectivo impulsa su transformación. Por ello es que Quelca ha encabezado la capacitación de personas interesadas en comercializar comida rápida en la vía pública en la Escuela Taller de Sabor Clandestino. Lo que se busca es crear productos nuevos que cuenten con ingredientes nutritivos y de gran sabor para mejorar la alimentación de los paceños. Muy pronto, los carritos circularán por las ciudades de La Paz y El Alto.  Por otro lado, el colectivo se va de tour. Primero estará en Santa Cruz el 31 de octubre —la recepción ha sido increíble, hemos llenado tres días de la experiencia a las dos horas del lanzamiento— y en Cochabamba estarán desde el 7 de noviembre. “Llevaremos una base de nuestra propuesta, pero en cada contexto se generará una diferente, acorde con cada lugar”, promete el guía de este viaje culinario.

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Videntes: Marca del destino

Ubicados en 12 casetas junto al Cementerio General, estos adivinos vieron que sus capacidades se acrecentaron cuando perdieron la vista. Son un ejemplo de resiliencia

Creencia. La magia blanca es la especialidad de Aydi, quien señala que su deber es ayudar a almas afligidas para que encuentren paz y puedan evolucionar

Por Liliana Aguirre

/ 21 de octubre de 2020 / 05:03

En las afueras del Cementerio General se forman 12 casetas de adivinos. El 12 simboliza el orden y el bien, según la numerología, y también está presente en la religión con los apóstoles de Jesús. Quizá sea una casualidad que sean 12 estas personas que aseguran ver el futuro y la suerte en temas como el amor, la salud y el dinero. Lo que no es casual es que estos adivinos además son personas que viven con una discapacidad visual, por lo que hace tres décadas decidieron apostarse en el lugar para ofrecer sus servicios mágicos, en una sociedad en que sobrevivir es mucho más difícil para una persona no vidente.

Cornelio Yagua tiene 70 años y está casi tres décadas en el lugar. Nació en Tarabuco, Chuquisaca, y a los 12 años perdió la vista. “Me trajeron a La Paz y me operó el famoso doctor Javier Pescador Sarget, pero no pude ver porque dijeron que tenía cataratas al nacer que se complicaron porque pasó mucho tiempo”, explica quien cree que su mal se dio porque cuando era niño vio cómo cayó un trueno en los campos que sus padres labraban.

Cornelio asegura que, desde aquella vez, sus sentidos se agudizaron y le dieron poderes divinos para ver cosas que los demás no pueden ver. Lo que sí es evidente es su agilidad y capacidad para moverse sin más ayuda que la de un bastón para llegar solo desde Viacha hasta el Cementerio General, a diario, para subsistir leyendo la coca. Él se comunica en español, quechua y aymara sin problema alguno, algo que le ha ayudado mucho en su oficio.

Cornelio Yaguar, quien atiende consultas en tres idiomas. Foto: José Lavayén

“Hace 30 años que trabajamos aquí. Este trabajo no es fácil porque se gana Bs 10 por una lectura. Entonces, ¿cómo hacemos para sobrevivir? Con la pandemia las cosas se pusieron peor, porque la gente no quiere venir por miedo. A veces no hay ni para comer”, revela el adivino, quien en un espacio de un metro por un metro espera paciente a que algún cliente llegue.

Yagua no es el único con una historia para compartir. Lucía Jaimes, más conocida como Aydi, tiene 50 años y da fe de que puede conocer el futuro a través de la lectura de cartas. Sus cartas son circulares, tiene baraja española y tarot, y en cada una de ellas hay relieves hechos a punta de pinchazos de aguja para que las reconozca con el braille, un sistema de lectura y escritura táctil pensado para personas que no pueden ver,  ideado a mediados del siglo XIX por el francés Louis Braille, que se quedó ciego debido a un accidente de niñez mientras jugaba en el taller de su padre.

En la caseta 12, que es la que atiende Aydi, hay una litografía de una Sagrada Familia en la que el niño Jesús es sostenido amorosamente por María y José. “Yo solo hago trabajos para el bien porque mi objetivo es ayudar a los otros, como el Señor lo manda, no hago trabajos de maldición”, recalca. Ella perdió la vista a los 17 años y es una superviviente de un intento de feminicidio, en el que su exesposo la agredió echándole ácido en el rostro.

“Desde niña era perceptiva y cuando me llegó la ceguera adquirida, mis capacidades sensoriales se agudizaron. Mi pareja me volvió ciega y en un principio tenía mucho dolor y hasta ganas de matarlo. Mi cuerpo y alma estaban ciegos totalmente, pero después de eso me di cuenta de porqué estoy acá y la misión que Dios tiene para mí, que es ayudar a otros. No guardo odio hacia el agresor, él estuvo en la cárcel un tiempo y salió”, narra la madre de tres hijos, quien dice sentirse bendecida por sus retoños, los cuales ya tienen estudios superiores y a quienes formó con su trabajo duro en la caseta pintada de naranja.

“Al principio me pesaba el prejuicio y el qué dirán. Mi mamá averiguó sobre la existencia de un centro para personas no videntes y me dijo que allí podía aprender a leer y escribir. Fui por si acaso y en el centro las personas caminaban solas, hasta manejaban bicicleta y entonces me sentí libre. Así lo logré, me muevo sola y mis hijos nunca fueron mis lazarillos”.

La adivina explica que las plantas son sus aliadas en los trabajos en los que busca sanar el cuerpo y el alma de las personas. El precio de su consulta ronda los Bs 10.

Marks Canaviri Choque lee las manos y las hojas de coca. Este consejero espiritual de más de 50 años proviene de una comunidad de la provincia Los Andes, de La Paz. Cuando tenía 26 años, un golpe le generó un desprendimiento de retina que lo dejó sin visión. “Aunque quedé ciego de adulto, desde mis dos años y medio podía ver personas muertas caminando entre las vivas. No me generaban miedo los espíritus y les decía eso a mis padres. En este oficio no se trata de trabajar por trabajar, hay que tener un don especial”, dice muy serio y cubriendo sus ojos con lentes oscuros.

Marks Canaviri Choque, quien asegura que su comunicación con espíritus de otro plano se da desde que era un niño de dos años y medio de edad. Foto: Álvaro Valero

Estos magos o videntes, como se denominan, recordaron que las casetas existen gracias a una resolución edil durante el gobierno de Jaime Paz Zamora que estipulaba la disposición de estos espacios desde la puerta del camposanto para personas que viven con discapacidad visual.

Según datos estadísticos del Instituto Boliviano de la Ceguera, del 100% de personas que viven con discapacidad visual, un 58% son menores de edad, de 0 a 17 años de edad. Los más afectados son varones, un 55% del total, mientras las mujeres ocupan el restante 45%. Hace unas semanas, este sector marchó por el centro paceño en demanda del bono de Bs 1.000 que beneficie a los ciudadanos con cualquier tipo de discapacidad y fueron reprimidos con gases lacrimógenos.

“Nosotros trabajamos duro y somos autosuficientes, pero una ayuda es necesaria para muchas personas que viven como nosotros sin poder ver”, agrega Yaguar.

El afamado escritor argentino Jorge Luis Borges quedó ciego a sus 55 años y siguió creando. Él decía que “el mundo del ciego no es la noche que la gente supone” y atribuía a estas personas el ser muy valerosas. Ese valor es el que transmite cada una de las historias de los videntes del Cementerio General, que si bien creen en el destino, ellos también han sabido forjárselo.

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Todos somos ‘pandemials’

Los besos y abrazos han desaparecido, como los dinosaurios. La pesadilla, el miedo, la ansiedad y la incertidumbre se apoderan del mundo. ¿Es usted ‘pandemial’ o acaso lo somos todos?

Eso de andar “codo a codo” parece haber desaparecido por completo

Por Ricardo Bajo

/ 21 de octubre de 2020 / 05:02

Una mujer tiene pesadillas de multitudes sin barbijo, un niño hace meses que no juega con sus compañeros en la escuela, un adulto mayor lleva sin salir a la calle, pasear y tomar el sol desde marzo, un joven se ha quedado sin fiesta de promoción y sin celebraciones en la primavera de su vida y una oficinista teletrabaja más de la cuenta y ha perdido la conexión con sus colegas. Son “pandemials” a la boliviana. Los “millennials” y los “centennials” forman parte del pasado, ha llegado la hora de los “pandemials”. El nuevo concepto acuñado por la sociología, la psicología y la antropología ha roto también las barreras de edad pues se muestra como un término transgeneracional. Los “pandemials” son todas aquellas personas cuyas vidas, trabajo, relaciones, prioridades y forma de estar en el mundo han cambiado radical y profundamente por la llegada del coronavirus y las diversas cuarentenas posteriores.

La generación “pandemial” tiende a un mayor pesimismo/ansiedad/depresión y no tolera el peso de la incertidumbre. No poder saber ni cuándo ni cómo terminará el virus se hace insoportable, afectando incluso a su propia estabilidad psíquica y emocional. El tiempo de la  invulnerabilidad ha terminado. Una vida con riesgos detrás de cada esquina o espacio cerrado está provocando traumas permanentes.

El espacio personal es cada día más importante. Foto: Ricardo Bajo

La incógnita es saber si esos daños serán reversibles para la gran mayoría en un par de años cuando pase el temblor. La duda pasa por comprobar en nuestras pieles la capacidad innata que tenemos de recuperarnos y hacernos más fuertes, esa resiliencia con la que venimos al mundo de las epidemias y las pestes desde el origen de los tiempos.

Los consultorios de psicología y psiquiatría en Bolivia han visto aumentar las inquietudes sobre salud mental. El psicólogo clínico cruceño Miguel Ángel Áñez la tiene clara: “El ser humano no gusta de la incertidumbre y la reacción a la misma varía de persona a persona en función de la historia individual. Hay unos que se adaptan mejor a los cambios que la pandemia impone y otros que tienen más dificultad en hacerlo. Lo que vengo observando en los últimos meses es un cambio de humor, es decir, la gente está más intolerante a las contradicciones del día a día sea con la pareja, hijos, amistades o vecinos”.

Trabajo. Las normas de bioseguridad, incluyendo el distanciamiento físico, ahora forman parte importante de la vida laboral cotidiana. Foto: Ricardo Bajo

Los efectos más preocupantes a largo plazo serán sufridos por la niñez y la adolescencia. Los niños y niñas junto a los jóvenes que se han visto privados de las clases presenciales y la educación junto al resto de compañeros verán sus facultades de interactuación y sociabilidad tocadas, incluso soportarán un déficit educacional que afecte a su inserción laboral, más acentuado en las clases populares que ni siquiera han podido acceder a una educación a distancia. La incapacidad de las autoridades del Ministerio de Educación solo ha servido para acrecentar esa grieta.

El incremento de la vida digital —proceso que ya venía “in crescendo”— es el remate para unas generaciones que verán sus capacidades sociales mermadas, lo que nos llevará a un mundo menos empático, más aislado, egoísta y conservador. Los niños y niñas junto a los adolescentes son también los más proclives a padecer problemas de insomnio, dificultad para concentrarse o adquirir hábitos violentos y/o antisociales. Se desconoce sin embargo, a ciencia cierta, cómo esta niñez criada en la distancia social y el uso de barbijos va a ver afectado su comportamiento en el futuro.

La juventud entre los 16 y los 30 años también verá saboteados sus deseos de emancipación, incluso la demografía puede ser alterada pues la crisis estructural de la economía hará más difícil la decisión de tener hijos. Las brechas sociales entre ricos y pobres (y países pobres y ricos) se agrandarán. La adaptación y la flexibilidad de las nuevas generaciones es el único punto positivo.

Foto: Ricardo Bajo

Y si la niñez y la adolescencia han visto cambiada la forma de aprender, los adultos asisten de repente a unos modos de empleo inéditos. El teletrabajo ha elevado los niveles de estrés, la “esclavitud”,  la despersonalización de las relaciones laborables y una pérdida incluso del sentimiento de conciencia de clase.

Los adultos mayores verán su esperanza de vida afectada por un sedentarismo obligado. El encierro está teniendo consecuencias en cuanto a la necesaria vida cotidiana al aire libre que tiene aspectos positivos como la vitamina D que proporcionan los rayos solares.

¿Y cómo nos está cambiando sin darnos cuenta la falta de besos y abrazos? ¿Cómo está modulando nuestro cerebro la ausencia de sonrisas y expresiones faciales detrás de un barbijo y una máscara de plástico? ¿No da un poco de miedo la rapidez con la que hemos adquirido casi inconscientemente ya el alejamiento del otro, el miedo al cuerpo del otro? ¿Por qué damos un salto de dos metros cada vez que alguien osa acercarse sin las medidas de bioseguridad pertinentes? ¿Habrá una “vacuna” para curarnos de esas cicatrices que no se ven? ¿Qué consecuencias duraderas dejará la hiperconexión junto al exceso de trabajo/educación/ocio digital con tantas videollamadas y “zoom” por doquier? ¿Dejaremos de ser “pandemial” a pesar de estar vacunados?

La ansiedad también atraviesa todas las edades: cuanto más ansiosas son las personas, más pesadillas sufren, especialmente durante los peores meses de cuarentena rígida. La mitad de nuestros sueños se han vuelto pesados y oscuros, la gran mayoría alrededor de la muerte. La acumulación de emociones negativas como tristeza, ira, intensidad y ansiedad se traducen luego en la noche en pesadillas traumáticas donde reina la impotencia, malos sueños que han afectado y afectan más a las personas que han estado y están en la primera línea de batalla contra el virus: los hombres y las mujeres de la medicina, los y las enfermeros y las profesiones esenciales, incluidas el periodismo.

¿Cómo lidiar con este estrés emocional? Los expertos en sueño dan algunos consejos. El exceso de estímulos nuevos, la sobresaturación de información y opinión negativa sobre la enfermedad y la preocupación constante nos obligan durante el descanso a imaginar situaciones donde encontramos tranquilidad. Si los malos sueños son reiterados, el estrés emocional gana la batalla y las pesadillas se vuelven cotidianas.  Desconectar es la salida. ¿Quién no tuvo algún mal despertar en las peores semanas del confinamiento estricto? Soñar con nuevas formas de actuar y comportarse también colabora en nuestra capacidad de aprender a vivir en este nuevo mundo que llegó para quedarse un par de años.

Lo que sí será más difícil de vencer será la pandemia de la desigualdad y la pobreza que se ceban en las mujeres. En el mundo ellas son todavía más frágiles, no ocupan la mitad de los puestos de poder aunque son la mitad de la población. Acusan mayor violencia e inseguridad y tienen los peores trabajos, concentrando los que ni siquiera son remunerados como la casa y los cuidados, muy tocados especialmente por una pandemia que ha llegado para exacerbar estas diferencias y tratar de sepultar en un mundo dominado por el conservadurismo con los derechos conquistados.

Según datos de Naciones Unidas, el próximo año habrá un 11% más de mujeres pobres en el planeta. En todo el mundo durante este encierro permanente ha crecido drásticamente la violencia machista y los feminicidios por la convivencia obligada de víctimas y agresores. Mientras los hombres deciden en las esferas de poder, las mujeres en la primera línea de la batalla no son escuchadas. Solo el 3% de los organismos al nivel mundial que han tomado y toman decisiones sobre el coronavirus son paritarios. La pandemia ha llegado para retrasar, ralentizar y atrasar todos los objetivos del Millenio. Las políticas de lucha contra las desigualdades (de género, de clase, de raza…) han dejado de ser urgentes.

Mientras poco a poco tratamos de volver a la cotidianidad en la llamada “nueva normalidad”, mientras los miedos son lentamente derrrotados, comenzamos a vislumbrar también los aspectos positivos que ha dejado la pandemia como es la revalorización de virtudes como la austeridad, el esfuerzo, la familia, la sobriedad. El psicólogo Áñez añade dos más: la salud y la necesidad de escucharnos: “en cuanto a la vulnerabilidad, la pandemia nos muestra la fragilidad de la vida y eso nos torna más preocupados con la salud, lo cual es una gran ganancia para todos ya que por primera vez muchísimas personas se han dado cuenta de que cuando se pierde la salud todo queda secundario. Esto de por sí ya es una gran ganancia. La otra se centra en nuestra capacidad de escuchar: en tiempos difíciles y de cambios, escuche a su pareja. Escuche a sus hijos. Escuche a sus padres. Escuche a sus amigos. Escuche a sus vecinos. Escuchar es una actividad curativa. Escuchar es la base de todas las terapias”.

Los rasgos característicos de los “pandemials” son respuestas coyunturales que tras la llegada de una vacuna desaparecerán. ¿Tienen los “pandemials” una fecha de caducidad? Probablemente, sí. Probablemente, todos somos “pandemials” en este momento aunque muchos no lo sepan.

Foto: Ricardo bajo

Test: ¿Es usted ‘pandemial’?

Uno: ¿Ha salido de su casa dos veces al mes o menos?

Dos: ¿Tiene miedo y/o flojera de salir a la calle a pesar de mantener la distancia social y/o usar barbijo?

Tres: ¿Ha reducido su vida social a sus relaciones digitales estrictamente y no tiene contacto físico ni siquiera con sus familiares y/o pareja?

Cuatro: ¿Tiene pensamientos negativos, pasivos o depresivos desde el comienzo de la cuarentena?

Cinco: ¿Cree que el coronavirus ha cambiado su vida para mal de forma permanente?

Seis: ¿Tiene miedo de tomar un zumo de naranja en la calle?

Si ha respondido sí a más de tres preguntas, usted es ‘pandemial’. No se preocupe, la etiqueta será probablemente pasajera.

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Equinoccio: El renacer del fénix

Tras enterarse del incendio de la Casa del Rock, artistas se reunieron para contribuir con su reconstrucción

Por Miguel Vargas

/ 21 de octubre de 2020 / 05:01

Las iniciativas de los artistas no se hicieron esperar tras que un incendio afectara la madrugada del domingo 4 de octubre las instalaciones de Equinoccio, “la Casa del Rock”, en la Av. Sánchez Lima de Sopocachi. Se ha lanzado a la venta una botellita con cenizas de las paredes del pub paceño por Bs 50, se organizó un taller de batería y esta noche habrá un concierto por Streaming. Todo para ayudar a reactivar este espacio.

“La mañana del 4 de octubre fue trágica porque nuestro templo del rock paceño había sido devastado por las llamas. Ni bien nos enteramos, acudimos al lugar y vimos tristemente que la herida causada era muy grande”, cuenta Jherson Burgoa, integrante de la banda Astrofónicos.

“Vimos cómo las paredes de madera que podrían contar muchas historias nuestras estaban quemadas y nos dimos cuenta de que a pesar de todo el dolor, debíamos actuar”. Fue así que le pidieron al administrador, Diego Valdivia, que les regalara un pedazo calcinado de pared y con Jannine Landívar e Irina Sempértegui llenaron 200 botellitas con esas cenizas para venderlas a Bs 50. Todo lo recaudado va directamente a la cuenta de Limberth Alarcón, dueño de Equinoccio.

El frasquito con cenizas de las paredes calcinadas tiene un costo de Bs 50. Foto: Equinoccio

“La motivación ha sido la empatía con Limberth Alarcón y Diego Valdivia, amigos desde Caza Duende y Target. La noche siempre nos ha tenido vinculado al Equi”, cuenta el músico Iván Gumán J., quien dará un taller de batería para rock. “Decidí organizar un taller dedicado al rock.

Serán cuatro sesiones grupales los fines de semana de octubre. Tocaremos temas que usualmente se dan y otros que quedan cojos”, explica el músico. Entre los tópicos estarán el groove, la afinación para los distintos estilos del rock y técnicas de manos y pies. El taller está dirigido a los niveles básico, intermedio y avanzado. Habrá un certificado de participación. Para más datos, escribir al 70523030.

Artistas reunidos en 2019 por el aniversario de Equinoccio. Foto: Equinoccio

El estudio especializado en masterización de audio Lado B, de Marcelo Navía, anunció que donará el 10 por ciento de sus recaudaciones para la causa este mes. Martino Alvéstegui, de Submarine Productions, presentará hoy, a las 18.00, en Sesiones en el Submarinoal Dúo MoreZales a través de Facebook Live de la página de Submarine Productions. Los aportes se recibirán en la cuenta 469388-401-8 del Banco Bisa, a nombre de Limberth Alarcón (CI 4294521).

El incendio causó graves daños materiales, pero afianzó la amistad de los artistas, que volverán a levantar, juntos, la Casa del Rock.

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Ed Roberts, por los derechos de personas con discapacidad

El activista nació el 23 de enero de 1939. A los 14 años contrajo polio, dos años antes de que la vacuna Salk pusiera fin a la epidemia.

Ed Roberts

/ 21 de octubre de 2020 / 05:00

La gente viene a mí y dice que preferiría estar muerto que ser como yo”, contó Ed Roberts en la película Free Wheeling. “Y se lo pierden tanto porque la vida es una gran alegría”. Roberts fue el primer estudiante que utilizó una silla de ruedas para asistir a la Universidad de Berkeley. Fue pionero del movimiento por los derechos de las personas con discapacidad.

El activista nació el 23 de enero de 1939. A los 14 años contrajo polio, dos años antes de que la vacuna Salk pusiera fin a la epidemia. Durante 18 meses estuvo en hospitales y regresó a su casa paralizado del cuello hacia abajo, con excepción de dos dedos en una mano. Dormía en un pulmón de hierro y sobrevivió sin este gracias a la “respiración de rana”, técnica para forzar la entrada de aire a los pulmones utilizando los músculos faciales y del cuello, reseña Wikipedia.

Asistió a la escuela por teléfono hasta que su madre le pidió que vaya una vez a la semana. Allí enfrentó el miedo a ser juzgado y decidió dejar de verse como un “inválido indefenso”, para ser una “estrella”.

En la secundaria se le negó un diploma porque no podía llevar educación física o pasar la clase de manejo. Roberts presentó una petición para obtener su diploma y ganó, cuenta el portal ahoramismo.com.

Tras obtener un título de asociado del Colegio de San Mateo, se convirtió en el primer estudiante con discapacidad grave en asistir a la Universidad de California, Berkeley, en 1962. Allí obtuvo una licenciatura y el grado de Maestría. También enseñó ciencias políticas. Es considerado el padre del movimiento de vida independiente (Independent Living Movement). Murió el 14 de marzo de 1995. En homenaje, la silla de ruedas de Roberts se luce en el Museo Nacional de Historia Americana.

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