Friday 30 Sep 2022 | Actualizado a 01:08 AM

Chancho pelado

El 18 de octubre de 2020 es un día histórico para la democracia y el movimiento popular progresista de Bolivia y América Latina.

/ 28 de octubre de 2020 / 06:04

El 18 de octubre de 2020 es un día histórico para la democracia y el movimiento popular progresista de Bolivia y América Latina. Soy solo un cantautor y escribidor de crónicas, no soy analista político ni comentador, soy uno de los tantos ciudadanos de minibús que por sus ideales y convicciones progresistas fue insultado, amenazado y perseguido desde el golpe cívico-militar de noviembre de 2019. Por eso estoy feliz. Porque vuelve la democracia y renace la libertad. Porque la mayoría del pueblo boliviano, el pueblo más pobre, el trabajador, el del día a día, ha ganado las elecciones en primera vuelta por mayoría y con una diferencia de más de 20 puntos sobre el segundo.

Ha ganado la casera que se vende manzanilla y eucalipto en la esquina, ahora tendrá la certeza de que el pasaje del minibús o del bus desde su comarca a la avenida citadina no subirá de precio, porque el gas y la gasolina es de los bolivianos y no de las transnacionales. Ha perdido el que quiere entrar al Estado a saquear, a beneficiar a grupos faranduleros y familiares, el que añora Miami y desprecia Bolivia. Ha ganado el obrero de la empresa de electricidad, sabe que ahora no se hundirá su empresa, que la luz es de los bolivianos, la electricidad que nace de nuestras aguas volverá a los pueblos más remotos como derecho humano. Ha perdido el que quiere separar a Bolivia, el que sueña con una Bolivia de blancos, el que patea a las mujeres de pollera, el inventor de ejércitos irregulares separatistas. Ha ganado el maestro plomero que sabe que el precio de sus repuestos se mantendrá, ha ganado el maestro minibusero que tiene la certeza que podrá pagar el crédito bancario de su vehículo sin abusos, con intereses decentes, con una banca privada controlada en su angurria de ganancias. El maestro taxista ha ganado, el cambio de su autito de gasolina a diésel realizado de forma gratuita por el Estado en 2013 se mantendrá, como se mantendrá su hijito en la escuela gracias al Bono Juancito Pinto. Ha ganado la estabilidad, la dignidad del hogar honesto. Ha perdido el ratero, el que entra a patadas a tomar el gobierno solo para beneficio de unos cuantos, ha perdido el violento, el motoquero fascista que cañonea indígenas siendo que su abuelo es un indígena.

Ha ganado una Constitución Política de vanguardia que decidió que los derechos básicos son derechos humanos y que los privatizadores no pueden entrar así nomás a apropiarse del bien público. Ha ganado la enfermera de base, el técnico de hospitales que arriesga la vida en la lucha contra el COVID, el médico consciente de su juramento que no tiene clínicas privadas. Ha perdido el médico que es dueño de moteles, que no atiende pacientes sino negocios, ha perdido el doctorcito que, en el peor momento de la pandemia, hizo aparecer unos respiradores que no servían para nada y con un sobreprecio descomunal cometiendo genocidio solo por llevarse dólares malhechos al bolsillo. Ha ganado la Patria, ha perdido la anti Patria. Ha ganado la memoria de Juana Azurduy, la memoria de los guerrilleros anticoloniales, han ganado los niños multicolores que nacen en esta tierra bendita y que en 14 años de Revolución democrática y cultural salieron de la pobreza extrema, y luego salieron bachilleres y técnicos, y ahora ingresan a las universidades gratuitas. Han ganado las carreteras de Bolivia. Han perdido los latifundistas, los que ejercían la esclavitud en sus tierras y a los que mediante referéndum popular se les frenó los abusos. Ha ganado el llockallita moco tendido que tiene internet en su pueblo por el satélite Túpac Katari, ha ganado la Bolivia trabajadora que no quiere más violencia, la Bolivia que quiere su mar, la Bolivia que quiere sumar, la Bolivia digna que no agacha la cabeza ante mentes y armas coloniales. Ha perdido el pitita que quiere irse ahora de un país con tanto indio, el clase media que está mirando por dónde enriquecerse rápido, ha perdido el que compra gases lacrimógenos con sobreprecio cuando lo que se necesita son vacunas, ha perdido el fascista que masacró en Senkata y Puente Huayllani. Ha ganado la viuda del mártir pobre, su memoria será honrada por el nuevo gobierno popular que ha ganado con más del 53 por ciento. Ha ganado el litio para los bolivianos. Ha perdido Almagro con su fraude violento. Ha perdido el que hace desaparecer ayuda internacional en sus cuentas truchas. Ha ganado el Abya Yala con su wiphala al viento. Ha perdido la dictadura. Ha ganado la democracia.

Sabemos ganar. Sabemos perder. Sabemos cantar. Sabemos callar. Sabemos llorar. Sabemos reír. Sabemos que hoy es el momento de alegrarnos porque la Patria Grande levanta la cabeza, sabemos también que el imperialismo y sus operadores nacionales acechan para que nos vaya mal, sabemos que no tenemos rencor, sabemos de nuestra sed de justicia y soberanía. Ha ganado Espinal, ha ganado Marcelo, ha ganado Simón y su sueño de integración, ha ganado mi comadre que hoy tiene su conexión a gas domiciliario y que cuando enciende sus hornillas cotidianas enciende la llama de la gratitud. Hemos ganado chancho pelado. Acepten su derrota, separatistas, racistas y fascistas que son el 15% del país. Hagan el esfuerzo de hacer una oposición sana, Bolivia necesita de todos para salir de una crisis múltiple.  Jallalla pueblo de Bolivia ¡ Jallalla Patria Grande! Hey dicho.

(*) EL PAPIRRI: Personaje de la Pérez, también es MANUEL MONROY CHAZARRETA

Temas Relacionados

Comparte y opina:

El Avesol

/ 18 de septiembre de 2022 / 01:43

CH’ENKO TOTAL

La década de 1990 fue muy intensa en la noche paceña, el Avesol fue uno de los epicentros de aquella movida que parecía imperecedera y que ahora me suena a otra vida. Tal vez era mi segunda vida acelerada, con noches que se volvían días y días que retornaban a la noche, en un círculo altamente peligroso. A mí me salvaguardó una especie de compromiso por mantenerme en vilo, de cumplir con mi entonces primer matrimonio, de marcar tarjeta, el arrojo de tratar de salir del alquiler y llegar algún día a tener un anticrético. Encontré esta foto buscando paradójicamente mi libreta de servicio militar; muy raro tener una foto de aquellas noches mágicas en el Avesol: no había celular, nadie fregaba con la selfie, todos estábamos interesados en todos, en los poemas del Fernando, en las lecturas del Cáceres, en el mimo francés que conquistaba paceñas desconsoladas, en el Rolito y su bondad a cuestas. El primer plano de Fernando Lozada es asombroso… ¿quién tomaría la foto? Con máquina de rollo, por supuesto.

Recuerdo a Fernando con su magistral voz presentando mi debut en la canción. Lo conocí 15 años antes en el Paraninfo de la UMSA, habíamos derrotado a Natusch Busch en las calles, era el 20 de noviembre de 1979, mi padre me había sugerido estudiar Derecho, pues el Conservatorio de ese entonces era una vetusta institución sin pénsum y en total decadencia. Fue así que me presenté al Festival de la Canción Social, organizado por Extensión Universitaria de la época. El maestro de ceremonias, Fernando, anunció: “Representando a la Carrera de Derecho, este joven cantautor propone la canción Dialéctica de la flecha a la bala. Su nombre, Manuel Monroy Chazarreta, tiene 19 años, en concurso”. Así me inicié en la canción de autor, ganando el segundo lugar hace 43 años. El primer lugar lo ganó el gran Jechu Durán. Meses después, en julio de 1980, nos volvimos a encontrar con el Fernando, esta vez muy apretados, asustados, asilados en el Consulado de México: García Meza arremetía con todo, asesinaba a mansalva. Y nos fuimos nomás a México. Allí lo perdí de vista, casi una década. Hasta que apareció el gran Avesol.

Detrás de la foto el Fernando escribe: “Manuel, tu estancia en el Avesol es tan linda y trascendente que, de las pocas tomas de tantas maravillas, aparece esta”. Ahora que me acuerdo, la foto me la regaló una noche asombrosa, eran ya las dos de la mañana, había terminado alguien de leer poesía, se iban los intelectuales, nos quedábamos los de verdad. En el baño nos encontramos con el Fer, lloré en su hombro por la Margarita de la Cabeza de Zepita; él me contenía callado, solidario; salimos repuestos, alguien me prestó una guitarra y estrené la canción. A las tres, más o menos, apareció el Jach’a Flores con su ternito y su chalina de alpaca bebé, calladito se sentó en una mesa del fondo. De pronto resucitó y dijo: “Escucha esta melodía, Manuelito”. Todos en silencio escuchamos una morenada que el Jach’a también estrenaba esa noche, nadie se atrevió a acompañarlo ni con un vaso, el silbido perfecto del Jach’a y su expresión dolorosa imponían respeto. A las cuatro ya éramos unos cinco. Jamás escuché una queja del Fer, un váyanse yendo. Jamás me cobró una cuenta, para eso estaba la Negrita, que con gran cariño me acariciaba la melena y me decía: “¿te lo anoto, Manuelito?”. Y yo feliz le decía: “¡Ya! Una jarrita más, quiero invitarle al Jach’a”.

A las cinco ya éramos cuatro: el Fer, el Jach’a, yo y el Víctor Hugo que acababa de llegar. Raro verlo en el Avesol, estaba con un libro a cuestas, emputado, renegando, yo lo calmaba ofreciéndole un caj. “Ya, niño Manuelito, cántamelo esa, la del coba”, y yo emprendía con Qué tal metal. Se reía con su k’asa y su nariz torcida. El Fer se había dormido, el Jach’a comenzaba con una k’onaneada célebre un tanto reiterada sobre su ex, el Víctor Hugo se volvía a enfurecer, “ya no jodas con tu disco rayado, oyes”. Entonces aparecía de la nada el Ladrillo, un joven pelirrojo simpático, siempre con la sonrisa al frente, había sido mi alumno de tarkas en el Taller de Música de la UMSA, nos hacía despertar con sus bolsitas mágicas, ya era sábado. “¡A ver, culitos blancos! ¿quién me sigue?”, inquirió el Víctor Hugo. Aquella vez lo seguimos el Ladrillo, el Jach’a, y yo, en fila india detrás del Víctor Hugo Viscarra. Nos trepamos a un taxi rumbo al cementerio, el sol empezaba a joder, el ave cantaba taladrando. “Vamos a cascarle un Pierre cardán caldo”, gritó el Viscarrita, o un wallake navegante suspiró el Jach’a, el paganini era yo previa parada en un cajero, era pues un empleado de la Casa de la Cultura, el lunes tenía que marcar.

Ese par de veces con el Jach’a y el Víctor Hugo, allá por 1996, me vacunaron para siempre. Pero esa tendría que ser otra crónica. En el Avesol estrené mis mejores canciones, sin duda. Una vez hubo una bronca con un cuate chapaco que me agarró del cuello no sé por qué, mi percusionista Hernán Ponce, mi querido Lorito, lo sacó a puntazos. El Fer observó desde sus lentes caídos el final de la escena, iniciando un solo de cajón para salir del bajón, anunciando como obertura medieval un poema suyo recitado con voz de fuego.

Por culpa de esta foto hoy me trepa la nostalgia del Avesol, el Jach’a, el Víctor Hugo, el Fer ya no están, el Ladrillo tampoco. Y yo sigo aquí, pijchando en silencio, sin saber qué hacer con esta vida, sin saber dónde ir con esta muerte, cargando con este silencio, con esta tristeza de no poder desandar el tiempo, con esta soledad sonora que observa el Mi 7 invertido en la guitarra, anhelando ese caj vital, esperando encontrarme con los tres, los que a las seis coreábamos: “Hoy día hemos abierto a puerta cerrada, yaaa”.

(*) El Papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Mr. Herpes Zóster

Por El Papirri

/ 4 de septiembre de 2022 / 15:47

CH’ENKO TOTAL

Mr. Herpes Zóster llegó un día a casa con sus garras afiladas, clavó su pezuña en mi pulmón derecho, consiguiendo llagas y ampollas; invadió mi espalda un domingo de ascuas, aprisionó mis nervios, sometió mis movimientos y me postró en cama. Yo no lo conocía a este señor monstruo, nunca antes lo había visto ni en pintura, pero el carajo se entró sin permiso, aprisionando mis brazos, sometiéndome a la congoja. ¿Por qué escribir esto en un suplemento dominguero que se llama nada menos que ESCAPE? Pues porque no tengo nada que escribir, ni por dónde escapar… además, para contarles que teclear es ya todo un logro para este territorio usurpado. Zóster —mezcla de imperio romano/germánico— ha logrado que no retorne al escenario… y eso es demasiado.

Los primeros días creí que se iría pronto, pero no, decidió expandir sus dominios imperiales hasta la tetilla derecha, mandó sus ejércitos del mal agüero a tomar pulmón y costilla. Siempre a la derecha, este virus hitleriano me hizo creer entre sollozos que se largaría rápido, pero nada, pasaron semanas y el concierto en Café Arte Efímera ya lo tenía en la nariz. Mi nariz está bien, sin problema, el problema es que este gil de abril paralizó mi brazo derecho. Hoy mismo, a 17 días de la ocupación, escribo esto solo con la zurda —como siempre—, digo, como nunca, porque mi amigo al que aún no conozco, dueño del Café Efímera, me mandó pasajes y todo. Zóster se percató y espantó a mi guitarra, la espalda de la Sevillana raspaba el plantío de minas de llagas de la costilla generando un sonido hiriente, el colgador de la misma frotaba el pulmón con ampollas encendidas que me hacían arar. Ya son 23 días y nada, sigue el huevón este haciéndome suspender conciertos esenciales y presenciales: el 3 de septiembre con Alberto Plaza en La Paz, el 9 en el Paraninfo de Oruro, el 17 celebrando mi cumpleaños en el Mesón de Cochabamba, el 22 con los Bolitas en la Tirana y Olé.

¡Olé!, gritó el monstruo, haciendo caer todo con sus manotazos, como naipes voladores se derrumbaron los eventos, este gil de abril se adueñó de la mitad de mi cuerpo; la otra mitad está bien, menos mal, mal que mal estamos bien, pero no dan ganas ni de caminar. Zóster, licuadora maldita, azota mis vigores, deglute mis sueños, succiona mi brío, y con su ejército de sicarios ahora ordena no realizar ningún esfuerzo. Lo siento, no podré shempre festejar mi mes aniversario, estoy ocupado… pero de ocupación. Esas épocas de viva la vida pasaron. Ultimadamente Mr. Herpes Zóster somete a mi hígado, lo mastica, lo deglute, este carajo me hace arrodillar de dolor, de dolor de cuerpo, de dolor de nervios, de dolor de alma, cojudo y mierdas, “dejame, dejame de una vez; soltame, soltame que no ves, que me quiero ir, hacia el soool”. Todavía queda media página, mi zurda no da más. Pararé un cachito.

Vuelvo. La comandante Carolina ha organizado el EGAHZ con cuadros conocidos por su lealtad. Soldados revolucionarios de la nación Aciclovir contraatacan con bombas de pastillas y pomadas, recuperando territorio. Bombardean las zonas de fuego, secan las llagas. La comandante hace pactos multilaterales con los cañones de Lidocaína, con tanques de la nación Pregabalina que, con bombas de sueño, fortifican nuestras defensas. El EGAHZ es eficiente en sus líneas, en el día 25 de la guerra mi derecha trata de concertar con la línea enemiga. La negociación es débil, vuelve mi zurda al contraataque, se nota división en nuestras filas, el índice y el pulgar diseñan estrategias tecnócratas, el medio y el anular toman posiciones ultranacionalistas, el meñique quiere salir rajando sin saber que poco importa. La comandante Caro instruye: ¡Unidad, carajo! Si no, no llegamos, faltan 80 caracteres para acabar este manifiesto. Mr. Zóster manda a negociar a su canciller y el EGAHZ (por si acaso Ejército Guerrillero Anti Herpes Zóster) consulta a sus bases, no hay consenso, tampoco censo, solo este menso de Zóster que otra vez nos hace retroceder en un duro ataque derechista y por la espalda, debemos replegarnos: cuarto intermedio.

Día 31. Ojalá pronto acabe la confrontación y, —recuperando mis territorios—, pueda tocar tranquilo el 8 y 9 de octubre en el Teatro Municipal de La Paz. Sigue la guerra, sigue el dolor, pero las costras del desamor van cayendo, mis hojas de otoño riegan la tina de verano en la primavera de este invierno de nunca acabar. ¡Jallalla el EGAHZ!

(*) El Papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

Comparte y opina:

Re-torno

Por El Papirri

/ 8 de agosto de 2022 / 13:21

CH’ENKO TOTAL

Llegué a La Paz un martes a mediodía, había amenaza de paro, “los loqueadores están amenazando”, dice el joven taxista. En silencio integral bajamos la subida, la paz de La Paz desde arriba, su cielo impetuoso. “¿Va ir por la autopista?”, increpo inseguro; “es lo mejor”, responde serio el maestro. Dudando, dudando llegamos a la Montes, como con Mentisán pasamos el Prado, todo expedito, “ex-pedito”, me digo sonriendo y… ¡zaaas! Ya estamos en mi depto paceño. Cuando entro me emociono, veo la foto de mis padres casándose, me acuerdo del accidente de mi esposa. Hace dos meses que no escuchaba ese olor a guardado, abro la cortina de la sala y el Illimani me mira de reojo: está solemne sentado en sus barbas de nieve. “Permiso, jefeeee —le digo— hey llegado”. Las plantitas están secas, tengo que tomar decisiones, el depto estaba alquilado a un amigo que decidió migrar nomás, me dan pena las paredes sin los cuadros importantes, todos están encerrados en uno de los cuartos. La llamo a la señora Narda: “doña Nardita, ¿un almuercito me manda?”. “¡Ay! Qué susto me has dado, Manuelito, creí que no llegabas más. Te mando, papito”, me responde cariñosa. Tiendo mi cama que está un desastre, me recuesto y empiezo a sentir la altura en la garganta, en las sienes. Tengo mi hoja de coquita en el velador. En la tarde ensayo, debo tocar para un acto de los hermanos cubanos en la Casa Grande, es mañana, ensayo escalas y… ¡zaaas! El dolor en las sienes, decido nomas tomar la pastilla para la presión. El atardecer cae en cárdeno, las laderas se derriten en luces, ¡qué hermosa es La Paz!, me digo en plegaria. Duermo en inquietudes, me falta aire, no está seguro el repertorio.

La mañana siguiente nace repleta de sol, las laderas regalan sus frutas frescas, los autitos en miniatura dan vueltas y yo, sin saber qué cantar en el acto por la gesta del cuartel Moncada. Recuerdo la primera vez que toqué para el Moncada, era el 26 de julio de 1979. Don Pablo Ramos me llamó, “joven Monroy, me dicen los compañeros que usted nos puede ayudar con la música, somos de la Casa de Amistad boliviano-cubana”. “Claro, don Pablo”, le respondí nervioso. Y así fue. Como hoy, no sabía qué tocar. Solo que, en julio de 1979, con 18 años, no había compuesto ni media canción. Recuerdo que Silvio Rodríguez compuso algo sobre la heroica gesta del Moncada, recuerdo que toqué esa canción en el acto de don Pablo, voy a la computadora para investigar un poco más y… ¡zaaas! No tengo internet. No tener internet es más o menos como no tener gas en la garrafa, se asemeja a un corte de agua, realmente estás fuera de la nube, del planeta. Desde mi celular leo que se trata de la bella Canción del elegido, dedicada a Abel Santamaría, héroe del Moncada que fue torturado y asesinado a los 25 años. Se va armando el repertorio, no toco la guitarra hace tres meses, los dedos tropiezan, se enciman unos sobre otros, las uñas generan mucho ruido, quiero ponerme al día en un asunto de meses: tensión. Llega a almorzar un amigo que trae una jakhonta ardiente, me levanta el ánimo, “tú tocas hace 40 años, ¿cómo no vas a poder?”. “¿Me acompañas?”, imploro. “¡Claro!”, dice. “Pero los de tu Rotary Club por ahí se rayan de que vayas donde los barbudos”, le digo saboreando un ahogadito para revivir. “Nos vemos cinco y treinta en la puerta de la Casa Grande”, afirma el amigo y se va.

Hago una siesta inquieta, son las cuatro, me tomo la presión, 153/100, uy cará. Mi presión baja está muy alta… tomo la pastilla. Plancho mi camisita, me habían dicho que esté a las cinco para probar sonido, llego puntual y… no me dejan entrar. Dos motines me empujan a la mala, “espere afuera”. Entonces llegan los diplomáticos con sus ternos y carteras, sus perfumes de aeropuerto, me escabullo entre ellos con la guitarra y logro entrar al ascensor hasta el piso 21. Es un auditorio grande, pelado, sin sonido. Aparece un cuate que se hace el organizador del acto, le digo…  “¿y el sonido?”. “Ya van a traer, tranquilo, vente a esta salita”, y me encierra en un cuarto con una vista espectacular de la ciudad. Llegan unas damas con tambores, traen el programa oficial del Acto por el 69 aniversario del cuartel Moncada. Se hacen las seis, mi amigo reclama mi presencia en la puerta, le digo que es imposible bajar, que estoy a la espera de la prueba de sonido, la gente empieza a llegar a hervores, con carteles, pancartas y vivas. Se inicia el acto, el embajador de Cuba da unas palabras muy hermosas; yo escucho todo desde bambalinas, buscando al sonidista que aparece desesperado, cargando cables y micrófonos. Mientras transcurren las palabras, probamos mi guitarra suavito, ya no da tiempo para probar la voz. Habla la ministra Marianela, ahorasito, ya me toca, duelen las sienes de nuevo, sudan las manos. Entro a escena sin probar micrófono, siento un orgullo especial de seguir cantándole al Moncada, me abraza el embajador de Cuba, la ministra también, uno del público grita: “¡Cantá una del Stronguer!”, entonces emprendo con dos canciones inéditas: Canción para nuestra Alba y Cueca del mar boliviano, concluyendo con Canción del elegido de Silvio. Salgo temblando de escena, aparece mi amigo a los zancos, “¿estás bien?”. “Un poquito de agua, hermano, conseguirime”. Así fue mi breve re-torno a la escena musical. Vuelvo a Cochabamba luego de un masaje rotundo de una señora fisioterapeuta que embute su codo en mi omoplato herido de rigideces. El sábado me empieza a salir un sarpullido extraño. El domingo mi esposa dice: “Creo es Herpes Zóster”. El lunes se confirma. Es muy doloroso, tremendo, toda la espalda en llagas. Hoy, un poco mejor, decido nomás tocar en Café Efímera de La Paz este próximo 12 y 13 de agosto. Vayan pues, para hacerme el aguante. Que los espíritus superiores y la Pachamama nos ayuden. Y si saben de alguien que me haga una buena milluchada me avisan, che. Urgente es.

(*) El Papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

Comparte y opina:

Ch’ukuta valiente

Por El Papirri

/ 18 de julio de 2022 / 15:06

CH’ENKO TOTAL

Hace dos años me llamaron residentes paceños en Londres para hacer un concierto vía streaming por las fiestas de julio. Eran tiempos difíciles, de pandemia y golpe, canté un par de canciones, la salvadora Metafísica popular y La Paz, mi ciudad, una canción pop a la que no le dieron ni pelota. Salí vacío del ciberevento, decidiendo componer una canción para La Paz más fuerte, un huayño bailable y festivo. Había guardado las primeras ideas en una grabadora medio chinchosa, caprichosa, que a veces grababa y otras veces borraba lo grabado. Esa grabadorita de periodista Olympus resucitó hace un par de semanas gracias a mi amigo Astroboy, que se bajó un programa de rescate de audios, cosas mágicas del ciberespacio. El programa de marras rescató de la grabadora unos 300 audios que yo creía muertos, allí estaban los audios del proceso compositivo de todas las canciones de lo que iba a ser mi disco 60 A. En el medio aparecieron las ideas melódicas de la canción paceña y un audio mío con voz de brindis que decía: “los paceños cantamos un bello tango y un taquirari gozoso en las fiestas de julio, hagamos algo más nuestro, pues”. Decidí acabar esta idea que se consolidó en un huayño sicuri mestizo al estilo Música de Maestros, la letra fue brotando llena de lugares comunes. Saqué del texto la palabra “antiimperialista” para no restringir a los escuchas, pero sabiendo en mi decoro íntimo que la revolución del 16 de julio de 1809 fue una revolución antiimperialista de verdad, una toma del poder de los mestizos paceños que se sentían relegados por los gachupines y familias. Murillo tomó el poder, sacó a los españoles de los cargos de mando y puso un gabinete de ch’ukutas valientes: La Paz fue territorio libre del imperio español. Aquella heroica sublevación duró pocos meses, en enero asesinaban a la mayoría de los revolucionarios, pero la gesta fue el espaldarazo para los 15 años de guerrilla americana que se venían.

El asunto es que hace 15 días acabé el huayño, lo llamé a mi amigo Luis Soria, ingeniero de sonido de Soria Records de Cochabamba, un estudio profesional donde grabé la canción Ch’utis del mencionado disco. “Quiero salir de un bajón familiar tremendo, hermano, grabemos la guitarra y voz de esta nueva canción para sentir la música de nuevo”, le dije inseguro. Al día siguiente me fui al estudio a grabar esa base, Luis me dijo “es mi cariño, no me pagues”, inaugurando esta canción repleta de solidaridad y amistad. Mandé a mi amigo músico paceño Mauricio Segalez la toma base, Mauricio ch’alló su Mental Studio de la ciudad de El Alto con  una sesión maratónica, pues se fueron sumando varios músicos y músicas. Grabaron en aquella sesión el cantautor David Portillo con su hermosa voz; Daniela Pabón, dulce voz femenina; luego se sumaron los tremendos sicus de Fernando y Kicho Jiménez y la guitarra eléctrica de Bilo Viscarra de Los Bolitas. La cantante y compositora Isadorian mandó la toma de su interesante voz desde su home studio de Obrajes, el virtuoso percusionista Iván Guzmán puso percusiones desde su home studio de Sopocachi, la violinista Liz Loayza aportó con su violín y voz también desde su estudio personal de Següencoma, Ariel Choque puso su charango intercultural desde su estudio de Villa Copacabana; así poco a poco se fue armando este ch’enko paceño que decidió llamarse Ch’ukuta Valiente. La cellista Roxana Tórrez, además esposa de Segalez, le dio un toque especial, el gran pianista y compositor Heber Peredo mandó, sobre el filo, una toma desde su estudio de Aranjuez.

En cuanto al nombre, el significado de ch’ukuta lo tenía en duda, solo recordaba que mi padre solía decir: “soy paceño, ch’ukuta y pico verde”. Le consulté a un amigo aymarólogo, que me contestó: “ch’ukuta, literalmente, cosido. Parece que se trataba de una vestimenta que el paceño originario cosía en sus tobillos. Se aplica tanto a hombre como a mujer”. Así de difuso el asunto. Hoy decido quedarme con la acción del verbo que remite a coser en el sentido de unir, pues eso es La Paz, un territorio que une y cose de manera generosa, a veces silenciosa, siempre integradora a todos los bolivianos y residentes en Bolivia. En cuanto a “pico verde”, leí un debate en redes entre dos señores: uno decía que se refiere al verde del pijcho de coca en la boca, en el pico del paceño. El otro decía: “no es así, se refiere a las primeras botellas de la cervecería boliviana, unas botellas verdes, le cascaremos unas verdes decíamos, bachilleres”. Hoy me quedo con el asunto del pijchar, pues soy —desde hace una década— un masticador de coca militante y puntual, un pico verde de verdad. Así, saliendo del bajón, llenando mi cabeza otra vez de música y versos, nació esta canción simple, “tal vez demasiado simple”, según ironizó mi sobrina la intelectual. Fue un hermoso pretexto para volver a la guitarra, a las grabaciones, al compartir música. Nadies cobró un peso, nadies financió el tema, todo fue solidario y colectivo. Eso sí, Segalez tuvo que cargar la parte más dura de editar y mezclar diferentes calidades de audio, además de tocar bajo y cantar. Yuspagara, Mau. Un gracias a Lalo Lanza de Taparaco Arte Video, que se une cosiendo este bello tejido de paceñidad con un video para las redes. Cuatro damas y ocho hombres, mú[email protected] todes paceñes, le regalamos este 2022 a La Paz, nuestra ciudad, esta música con todo amor: Chuquiago Marka, Jallalla. ¡Que viva mi La Paz!

(*) El Papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

Comparte y opina:

Yotsugi San

Por El Papirri

/ 4 de julio de 2022 / 14:19

CH’ENKO TOTAL

Cuando el presente está un poco triste y el futuro no existe, nada mejor que recordar. Qué será de la vida de mi amigo Yotsugi san… Lo conocí en 1990, en la isla de Kyushu, al sur de Japón. Yo vivía en Fukuoka, una ciudad pujante, al frente de Seúl. No conocía a nadies, no entendía el idioma, estaba a punto de colgar los cachos y retornar a Bolivia. Fueron los espíritus superiores los que mandaron a Yotsugi san a tocar el timbre de nuestro departamento. Abrí la puerta y me asusté, era un japonés corpulento que traía un LP vinilo que decía en la tapa “Bolivia”.

—¿Sumimasen, anata wa deska?— me preguntó en urgencias, agachándose tres veces y señalando la tapa del vinilo con un dedo.

—Nihongo wakarimasen— respondí, diciendo “no entiendo” y acercándome en miopía a la tapa del disco.

Era un disco boliviano, encabezaba el LP Zulma Yugar, luego Savia Andina, Los Kjarkas, Enriqueta Ulloa, Grupo Proyección, y al final estaba yo, con mi canción Hoy es Domingo, se trataba de una compilación que desconocía, todos pertenecíamos al mismo sello discográfico.

— Jai, watashi desu— le respondí en positivo, señalando con el índice la punta de mi nariz.

—Ohhhhh, sugoyyy— respondió admirado.

Y se lanzó a mis pies…

— ¡Sensei! ¡sensei! Monloy san, sensei desu— decía desesperado mientras abrazaba mis pies de maestro.

Me costó mucho incorporarlo, no quería mirarme a los ojos. Ya incorporado le dije que pasara, se sacó las botas rudas, no quería ingresar a la pequeña sala. “Sensei, sugooy”, seguía repitiendo como en oración. Lo invité de nuevo, ingresó con medias y de puntitas a la sala con piso de tatami, yo ya estaba un par de meses tratando de salir adelante en Fukuoka y sabía que haciendo reverencias todo iba bien.

—¿Kono LP, itsu Monloi san jiquimaska?— preguntó, tartamudeando, cuándo había grabado ese disco.

Ahí nació un diálogo con señas, mezclado con palabras en inglés. Yotsugi san traía un diccionario japonés-español que consultaba nervioso, con gran expresión teatral se inició aquella amistad musical.

Al otro día Yotsugi san trajo una guitarra Ovation, electroacústica, maravillosa, estaba de moda en EEUU y Europa, le entendí que quería que yo le enseñara a tocar.

—Domínguez, onegaishimasu— repetía.

 En la época yo no tocaba nada de Alfredo. Pero Yotsugi traía un casete con piezas del guitarrista tupiceño. Fue allí que conocí Por tu senda y la saqué de oreja para enseñarle a mi primer alumno nipón. Luego esa pieza inició mis conciertos durante 15 años. Yotsugi san venía lunes y jueves y se quedaba de 4 a 6 de la tarde. Venía después de su trabajo que, entendí, era de técnico de cables de luz. Gracias a aquel amigo pude ir aprendiendo algo de japonés. Su obsesión era aprender a tocar la chacarera y aplicar este ritmo a algunos temas de Ernesto Cavour. Y yo sí que sabía tocar el ritmo, todos los veranos de mi infancia me había vestido de chacarera en el patio de mi abuelo Andrés.

Gracias a Yotsugi san empezaron a salir tocadas, él averiguó que había un curso de japonés en el Ryo Gakusei Kaikan, el edificio de estudiantes extranjeros donde vivíamos; escolar, me fui a aprender con las esposas de los becarios, todas africanas y chinas. Con el amigo fuimos armando un repertorio de 45 minutos a su gusto que luego yo estudiaba en la mañana, aquel repertorio incluía 20 minutos de piezas instrumentales latinoamericanas para guitarra y algunos hits latinos. Gracias a los casetes de Yotsugi saqué al oído el tango Adiós Nonino de Astor Piazzolla, él me trajo fotocopias de las partituras de los valses venezolanos de Antonio Lauro, de Danza Característica del cubano Leo Broawer, del Choros Nro.1 de Heitor Villa-Lobos, aún no existía el internet. Al oído y con gran esfuerzo trabajamos alguna bossa nova. Le encantaba mi manera de pulsar la rítmica de la mano derecha en la bossa, mi versión de Corcovado lo hacía vibrar. Escuchaba con los ojos cerrados lo que yo tocaba, luego le pasaba la guitarra y él trataba de imitarme. En seis meses Yotsugi san logró interpretar algunas de esas piezas, pero con la chacarera nada, che. En su auto fuimos hasta la ciudad de Kita Kyushu, a unas cuatro horas de donde yo vivía, a participar en mi primer concierto público japonés, en el Teatro Municipal de esa ciudad. Entendí que era un concierto de despedida a un japonés que se iba a Bolivia a estudiar charango, el Teatro de unas 400 butacas estaba lleno. Toqué aquel repertorio de 45 minutos que Yotsugi escogió, inicié con los temas en guitarra, luego tres bossas tocadas y cantadas, más dos boleros de Los Panchos, siguiendo con Hana no matsuri (El Humahuaqueño) y una morenada en japonés que Yotsugi san me ayudó a traducir y que decía así: “Jora, jora, odore, kio wa mastsuri/ Andes no Jaru/ Te bioshi ta ta ta/ Ashi bioshi ta ta ta / tanoshimashoo”. O sea: “Morenada cantaré, morenada bailaré con alegría/ con las manos ta ta ta /con los tacos ta ta ta/ Viva la fiesta”. Éxito total, ovación nipona. La segunda parte entró a escena el grupo de Yotsugi, se llamaban “Los ubanquiacas”, nunca supe que significaba aquel nombre, tocaban éxitos de música andina envueltos en ponchos de Tarabuco. Al final, ingresó a escena el japonés viajante tocando dos solos de charango, ¡además de konkhota!

Luego de un año de clases, Yotsugi se fue a trabajar a Tokio y no lo vi más. Mi recuerdo más querido para Yotsugi san, aquel amigo que hace 30 años me sacó de una soledad asiática muy parecida a esta actual cochabambina. No pude ubicarlo en el feis porque nunca supe su apellido, él decidió presentarse con su nombre, al estilo latino. O sea, es como si se llamara “Juan san” y buscaras un Juan en el feis. Grave, che.

(*) El Papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

Comparte y opina: