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Entre colonos y COVID-19: El pueblo Yuqui y su lucha para sobrevivir

La TCO Yuqui-CIRI cuenta con 125.000 hectáreas para que el pueblo indígena pueda desarrollar sus actividades.

/ 18 de noviembre de 2020 / 14:28

Las 360 personas del pueblo Yuqui están en alerta. Les une un propósito: sobrevivir, conservar su cultura e identidad. Ven afectada su salud y la ilegalidad amenaza su territorio

Ingresando a la comunidad de Bia Recuaté, donde vive el pueblo Yuqui, se atraviesa por senderos y caminos estrechos. Es donde se empieza a sentir el olor húmedo de la selva amazónica y al recorrer por varios kilómetros de naturaleza, se va percibiendo que el tiempo no existe. Este mismo bosque ha sido testigo de la lucha de supervivencia del pueblo indígena de los Yuquis, quienes la cuidan y han generado una conexión profunda con la flora y la fauna que los rodea. Desde los primeros contactos en los años 1960, los habitantes, en un intento por conservar su identidad, adoptaron en sus nombres y apellidos —en su lengua yuqui— todo aquello que es parte de su ecosistema, como las flores, las frutas y los animales.

El pueblo Yuqui vive principalmente en la comunidad Bia Recuaté, en la provincia Chapare, conocida como la principal región en producir la hoja de coca de Bolivia. Coca, que según cifras oficiales de la Oficina de las Naciones Unidas Contra la Droga y el Delito (UNODC) y del Estado Plurinacional de Bolivia, en su gran mayoría está destinada a producción ilegal, vinculada al narcotráfico.

La comunidad está a unos 260 kilómetros de la ciudad de Cochabamba. Se ingresa a través del Puente Roto, pasando por varios pueblos habitados por colonos, migrantes de otras partes de Bolivia. Es un territorio donde conviven al menos tres pueblos indígenas diferentes: los Yuquis, los Yuracarés y los Trinitarios.

El territorio se llama oficialmente “TCO Yuqui-CIRI”, TCO significa Tierra Comunitaria de Origen, aunque ahora se denomina TIOC (Territorio Indígena Originario Campesinos).

Existen 298 TCO —ahora TIOC— en Bolivia y representan casi 25 % de la amazonía boliviana. Son territorios destinados para pueblos indígenas y tiene como característica principal el derecho colectivo sobre el territorio, a diferencia de las propiedades individuales.

El TCO Yuqui-CIRI consiste en 125.000 hectáreas. Quizá suena a mucho para pocos miles de personas, pero la idea es que puedan seguir conservando su cultura y manera de vivir como cazadores y recolectores, como lo han hecho en centurias.

Comunidad Yuqui

Foto: Sara Aliaga

Foto: Sara Aliaga

Foto: Sara Aliaga

El nuevo enemigo que acecha

El pueblo Yuqui es uno de los pueblos indígenas más pequeños de Bolivia, con tan solo 360 habitantes. Según antropólogos y la organización indígena de las tierras bajas de Bolivia, CIDOB, el pueblo Yuqui es considerado altamente vulnerable y está en la categoría de Contacto Inicial.

Carmen Isategua, “cacique mayor”, es la autoridad máxima de la comunidad. Con sus 35 años y el rostro preocupado, relata cómo el COVID-19 enfermó a la comunidad. “Pero no hemos muerto porque somos fuertes,” dice Carmen Isategua.

Los yuquis luchan de frente y no temen a nadie, ni a la muerte. Ya sean luchas contra invasores o contra enfermedades que llegan desde afuera, como la tuberculosis o el COVID-19.

Según datos oficiales del secretario de Salud de Bia Recuaté, Leandro Quispe, hasta finales del mes de octubre se ha registrado 19 casos positivos del nuevo coronavirus y un muerto en la comunidad. La amenaza de la pandemia ha llegado a preocupar hasta a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que en junio advirtió mediante su cuenta oficial en Twitter que el pueblo Yuqui estaba en “grave riesgo” por la pandemia “que podría representar un grave riesgo para la supervivencia del pueblo indígena”.

Con toda la familia

Carmen relata que cuando un familiar yuqui está internado en algún hospital fuera de la comunidad, ellos tienen la costumbre de estar al lado de la persona enferma hasta que se le dé de alta.

Ella se molesta ante la incomprensión de los abba (en el idioma yuqui, la persona externa a la comunidad), y los profesionales de salud que no les dejan quedarse junto al enfermo.

“Cuando nos enfermamos no va uno, va toda la familia a vigilarle, porque esa es nuestra costumbre. En cambio los abba se enferman y lo dejan a sus parientes. Nosotros no somos así. Se enferman y los perseguimos. Miramos qué le están haciendo, hacemos el seguimiento de ellos, estamos al lado de ellos,” cuenta con un tono firme y protestante.

En la visita a la comunidad Yuqui se observa cómo la esencia del pueblo nómada sigue intacto actualmente. Es casi imposible saber dónde un yuqui se va a encontrar mañana, son libres y no siguen lógicas citadinas. Por ejemplo, el tiempo en Bia Recuaté parece tener otro ritmo y otro tipo de planificación.

COVID-19

Ante la emergencia sanitaria, los yuquis han tomado medidas de prevención. Foto: Sara Aliaga

Ante la emergencia sanitaria, los yuquis han tomado medidas de prevenciónFoto: Sara Aliaga

Ante la emergencia sanitaria, los yuquis han tomado medidas de prevención. Foto: Sara Aliaga

Lorenzo y Carmiña Isategua, afectados por el coronavirus, salen de la posta médica.Foto: Sara Aliaga

una tumba en la selva. Foto: Sara Aliaga

La muerte, asunto colectivo

Los yuquis tienen una visión colectiva y profunda de la muerte en comparación de la sociedad urbana. Por eso la muerte de una persona es una pena colectiva que involucra a toda la comunidad.

Como muestra de respeto y dolor por el luto pueden dejar de comer durante días. “Es una tristeza recordar, muy doloroso. Un hermano que perdamos aquí es como perder cien yuquis,” relata don Jhonathan Isategua, 52 años, excacique de la comunidad. Para el pueblo Yuqui la llegada de la nueva enfermedad, COVID-19, causó mucho miedo al principio. Como fue el caso para muchos pueblos indígenas en la Amazonía, los yuquis usaron la estrategia de aislamiento voluntario, es decir, evitar el contacto con personas de afuera.

Esta acción, si bien les protegió del riesgo de contagiarse, también conllevó a una crisis alimentaria para los yuquis. 

Al cumplir con el aislamiento, los dirigentes no pudieron salir a comprar los alimentos que distribuyen normalmente entre los pobladores. Como resultado no pudieron alimentarse correctamente, debilitándoles aún más a su estado de salud, que ya era vulnerable.

Antes de la llegada de la pandemia, el pueblo indígena ya estaba sufriendo por distintas enfermedades de base, que colocó su estado de salud en una posición sumamente vulnerable ante el COVID-19. La comunidad ya tiene varios casos de tuberculosis, así como también muchos sufren de anemia y de micosis.

Carmen Isategua, cacique mayor, y Jhonathan Isategua, excacique. Fotos: Sara Aliaga

Luchando por la luz

Si bien es una comunidad que conserva las tradiciones de cazar, pescar y recolectar frutas, también complementa su alimentación con otras actividades. Pero ahí hay un problema. Con las altas temperaturas, característica de la selva, se necesitaría poder enfriar la comida para poder preservarla, pero Bia Recuaté no cuenta con energía eléctrica.

El único punto de conexión a la electricidad e internet de “forma intermitente” queda en un pequeño corredor del aula en el colegio, a través de un alargador eléctrico de tres enchufes. Algunos pobladores que cuentan con teléfono celular, y el personal de salud acuden al lugar a cargar sus aparatos electrónicos y tratar de captar un poco de señal telefónica, que muy escasamente existe.

Esta situación ha generado versiones y puntos de vista diferentes en relación al acceso de este servicio básico que es la luz. Algunos comunarios —en su mayoría jóvenes— manifiestan que es muy importante y necesario este recurso. Por el otro lado, la cacique mayor como autoridad manifiesta que acceder a electricidad afectaría a la economía de las familias que no tienen recursos para pagar las facturas mensuales, resultado del congelamiento de sus recursos del Plan de Manejo.

La profesional de salud de la comunidad señala que un tema más importante que la energía eléctrica es el agua potable. “Si bien cuentan con agua del río Chimoré, solo les sirve para bañarse y lavar ropa,” expone la doctora Gimena Torrico.

El río está contaminado a causa de las aguas servidas provenientes de pueblos aledaños, y al tomar el agua la población yuqui se arriesga a contraer distintas enfermedades estomacales.

Jornada de pesca. Foto: Sara Aliaga

La sombra de la ilegalidad

Al ser parte del mismo territorio amazónico, el pueblo Yuqui y el pueblo Yuracaré comparten recursos forestales de su TCO Yuqui-CIRI. El aprovechamiento de los recursos del TCO ha sido planificado de forma sostenible y responsable. Con apoyo de Usaid (Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo), ingenieros forestales y la Organización Indígena Forestal (OIF) Yagua Samu —que se encarga específicamente de la administración del plan de manejo y censo forestal— han calculado cuántos y qué árboles se pueden talar y cuáles no se deben tocar para preservar el equilibrio de la selva.

El Plan de Manejo se monitorea además en colaboración con la Autoridad de Fiscalización y Control Social de Bosques y Tierra de Bolivia (ABT). Pero actualmente este plan de manejo se encuentra congelado a raíz de varios desacuerdos y conflictos entre los dos pueblos indígenas por denuncias de coca ilegal, narcotráfico y tala ilegal de madera.

El excacique explica las denuncias de su pueblo: “Ellos trabajan cosas ilegales. Hemos puesto una tranca de control y hemos decomisado paquetes de coca (cocaína). Tenemos muchos problemas con eso. No queremos cosas ilegales dentro de nuestro territorio. También tienen una pista ilegal para estas cosas. Eso no es nuestra cultura. Nuestra cultura es cazar y vivir dentro del territorio para cuidarlo, porque vivimos aquí. Estamos luchando para eso,” dice Jhonatan Isategua.

En julio de 2020 el pueblo Yuqui hizo una demanda oficial sobre la presencia del narcotráfico en su territorio y sobre la existencia de una pista ilegal dentro del mismo TCO. En el mismo mes la Fuerza Especial de Lucha Contra el Narcotráfico (FELCN) intervino, según informes oficiales, una pista clandestina en el territorio.

Camiones madereros. Foto: Sara Aliaga

Un ejemplo de resistencia

Todo esto ha llevado a una situación de emergencia para los yuquis, ya que áreas como la salud, la educación y el internado, depende de los ingresos del Plan de Manejo. Por ejemplo, con recursos del Plan de Manejo financian el orfanato donde albergan 35 niños y niñas que quedaron huérfanos después de ser azotados por una epidemia de tuberculosis.

En el inicio de la pandemia, los yuquis tuvieron que comprar sus propios medicamentos para poder combatir la enfermedad debido a la intervención tardía de las autoridades gubernamentales.

La pandemia solo fue la última de una larga serie de amenazas para este pequeño pueblo indígena en la Amazonía boliviana. Los yuquis se sienten gloriosos por haber resistido a tantas pruebas que la civilización les ha dado. Son un ejemplo de lucha y resistencia. Pese a ser un pueblo indígena pequeño, se nota su fuerza y espíritu indomable.

Se enfrenta aguerridamente contra muchos intereses extractivistas como la tala ilegal de los árboles, que son el hogar de muchos seres e incluso la inspiración de la comunidad, porque llevan en sus apellidos la flora y fauna de la selva que los rodea. Esa es su forma de resistencia y de seguir preservando su legado. Los yuquis siguen a pie y siguen perdiéndose en el bosque de un momento para otro. Siguen soñando sobre un mañana junto a su bosque que tanto es una parte de ellos, como ellos es una parte de él.

RETRATOS. Integrantes de la comunidad yuqui que se dedican al aprovechamiento de la naturaleza a través de la caza, pesca y recolección. Fotos: Sara Aliaga

(*) Este reportaje fue producido con apoyo del Rainforest Journalism Fund en colaboración con el Pulitzer Center.

Nacho Marlats, retratista de culturas

En 2015 creó la comunidad iberoamericana de fotografía: Los Fotonautas, presente también en Bolivia

Reacio a poner pies de fotos, Marlats comparte su mirada del mundo

Por María José Richter

/ 20 de septiembre de 2021 / 12:11

Retratista de culturas. Así es como Nacho Marlats (1983), fotógrafo documental de viajes, se bautiza. “Si tuviera que definir mi fotografía, diría que tiene que ver con la gente y con sus entornos culturales. Intento retratar lo que es interesante visualmente, priorizo contar historias que son fotogénicas, contar historias desde el lenguaje visual. Siempre hay historias, pero si para mí desde lo visual no son atractivas, las descarto”.

Antes de pasar a este lenguaje, Marlats —nacido en Argentina, pero residente en Colombia— estuvo cerca, durante varios años, de la expresión escrita. Estudió Comunicación Social, egresó de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Sin embargo, el impulso nómada lo llevó a alejarse de esta profesión. Luego de trabajar en periodismo escrito y vivir en varios lados, entre ellos Brasil y Nueva Zelanda, se dio cuenta de que necesitaba un lenguaje más universal al cual dedicarse.

Hasta 2014 trabajó como fotoperiodista de la mano de la fotografía documental. “La reportería gráfica está más relacionada con la noticia, con las cosas de la actualidad y la coyuntura; en cambio, la fotografía documental lleva a crear proyectos a mediano plazo con un contacto con el ‘objeto de estudio’, por decirlo de alguna forma”, cuenta.

Fue así que aquel afán por generar contacto con el otro lo llevó a forjar un concepto propio sobre el lenguaje visual y una técnica singular. Alejarse de las corrientes establecidas y de los espacios cómodos se convirtió en su manera de labrar su propuesta, pero sobre todo en la forma de ahondar en la particularidad que hace de cada cultura una singularidad.

“Hoy por hoy la fotografía no trata tanto sobre las fotos, sino sobre los temas. Yo no voy por esa corriente, soy en ese sentido más clásico. Me gusta hacer fotos potentes y que hablen por sí mismas; no condicionar al espectador con el pie de foto. El lenguaje fotográfico es uno de los lenguajes más instantáneos, no vale la pena encasillarlo en un género”.

La fotografía, empero, reviste su verdadera pasión: el viaje. “Me considero 51% viajero, 49% fotógrafo. Si soy fotógrafo de viajes es porque viajar me gusta mucho, no puedo quedarme quieto. La fotografía es una especie de complemento. Tengo más años de viajero —50 países conocidos— que de fotógrafo. Cuando hago fotografías suelo hacer viajes largos, para mí la fotografía encaja dentro de lo que es una experiencia de vida, una especie de excusa para conocer personas y tener vínculos con las personas y culturas”.

LA GRÁFICA

Foto: Nacho Marlats

Foto: Nacho Marlats

Foto: Nacho Marlats

Foto: Nacho Marlats

Foto: Nacho Marlats

Foto: Nacho Marlats

Foto: Nacho Marlats

Foto: Nacho Marlats

Foto: Nacho Marlats

Foto: Nacho Marlats

Foto: Nacho Marlats

Foto: Nacho Marlats

Foto: Nacho Marlats

El retrato de Iberoamérica

Su fotografía recorre el mismo camino que su ideología, yendo a contrapelo de las nomenclaturas. “No me gusta la denominación de la fotografía de viajes porque como género, la única pauta que te da es que se hace en viajes. Hay mucho detrás. Dentro de ese abanico tan grande, me considero un retratista de culturas: para mí la presencia humana en la foto es fundamental. De vez en cuando me permito hacer fotos de paisajes o de arquitectura”.

Marlats visitó Bolivia por vez primera en 2006. “Me encantó. Siempre dije que era el país donde no había vivido que más disfruto de ir”. Una década más tarde, Los Fotonautas, la comunidad fotográfica creada por Marlats, se instaló en el país, siendo hoy “después de Colombia, el segundo lugar del mundo con más fotonautas, principalmente en Santa Cruz y La Paz y desde hace dos años El Alto”.

Los Fotonautas nacieron en 2015 en Colombia, luego de la llegada de Marlats a Medellín. Creó “Fotografiando Medellín”, que consistía en salidas gratuitas en diferentes partes de la ciudad. A ello le siguió Los Fotonautas, “una propuesta más académica, orientada a gente que quiere aprender sobre fotografía”.

En 2016 se llevó a cabo la primera edición de la FotoNaratón: una jornada en América Latina en la que, bajo la supervisión de un coordinador local (en Bolivia lo dirige Rosmery Chuquimia, de Amta Café), grupos de personas se reunían en las distintas ciudades para sacar fotos y luego participan de un concurso.

Desde 2017, la comunidad se ha extendido. Marlats y los inscritos empiezan a hacer viajes fotográficos por el mundo, sobre todo dentro de América Latina, donde también participan Argentina y Cuba. Para los viajeros, luego de la extensa pausa provocada por la pandemia del COVID19 , los próximos destinos, en los meses venideros, son Cuba, India y Egipto.

Combinar ambas prácticas es su forma de moverse y de alejarse de todo aquello que está explícito, nombrado y encasillado, y acercarse a los espacios, sitios y lugares donde se puede ahondar en lo particular. Niños de una colonia menonita en la pampa argentina; el interior de las casas de juncos en la isla de los Uros en el lago Titicaca peruano; hombres de la casta más baja del hinduismo llevando un cuerpo para que sea cremado públicamente a orillas de las aguas sagradas del río Ganges son algunas de las capturas que surgieron en estos viajes, y son, sobre todo, el retazo que retrata una vasta cultura.

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Escribir los ojos de la muerte: Un texto sobre un texto, un rezo, un canto

La escritora Paola Senseve escribe sobre el nuevo libro de Magela Baudoin

Magela Baudoin, escritora y periodista boliviana

/ 20 de septiembre de 2021 / 11:45

Nunca antes había leído así a Magela Baudoin. Comencé Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (Plural, 2021) en un día de sol, transitando el camino a ver el mar, sintiendo mucho calor, humedad y un nudo que me oprimía el pecho. Venía de varias semanas sin poder abrir un libro porque las cosas prácticas y terrenales de la vida, como mudarse de país, conseguir una casa o inscribirse a un sistema nacional de impuestos, me tenían alerta, sin poder dormir ni ocuparme de cosas verdaderamente importantes, como leer.

Como quien toma una medicina que sabe que le hará bien, me obligué a entrar a la primera historia de este libro: Solo vuelo en tu caída. Hasta ahora, momento en que escribo estas líneas, no consigo entender qué es lo que hizo Magela o cómo me golpeó con este cuento. Es cierto, acabo de dejar a mi familia y mis hermanos son sencillamente lo más importante que tengo, pero aun racionalizando aquello, no puedo identificar las gotas en la inconmensurable profundidad de su océano. Qué inimaginable el dolor de perder a una hermana. Escribir la infancia puede ser una trampa por su complejidad. Todas hemos sido niñas, pero, ¿recordamos lo que es ser niñas?, ¿le prestamos verdadera atención a ese tesoro temporal mientras ocurre o simplemente lo atravesamos con vergüenza e inocencia? No lo sé. Qué difícil escribir como ha escrito Magela: con sangre, con médula de hueso, con espesor.

Las imágenes de este libro se pegan en la retina como un paisaje profundo y constante. Nunca había leído a Magela así, es cierto; pero mientras leo/veo a una mujer que mete sus manos en la mierda de un gran animal, recuerdo/veo a una niña que con los dedos se saca los mocos de sal y entonces entiendo que esta escritura siempre tuvo la impronta de la amenaza abisal. Ahora el ojo de una elefanta, su bestial capacidad de pasar días sin dormir mientras está en libertad y la frase “escapando sobre todo de los hombres”, me hacen llorar y llorar y llorar y no puedo detenerme.

Nuevamente es de mañana. Estoy sentada en un sillón amarillo que me gusta mucho, en una casa de gente que no conozco, quizá mañana no tenga dónde dormir, pero bebo café y pienso en que no quiero nunca terminar de leer este libro. Me siento muy cómoda aquí, aquí dentro del libro. Pienso también en Andrea Abreu que declaró en una columna que para ella leer era lo más cercano a un ritual religioso. Pues bueno, acá estoy yo, leyendo a Baudoin y supongo que, rezando extática, bien cerquita de diosa, de sus ojos que son los ojos de la muerte. Entonces, inevitablemente, pienso en los ojos de Magela. A veces, cuando leo, siento miedo de estar haciéndolo mal, porque me concentro tanto en el encadenamiento minucioso de las palabras y en la disección de las maniobras, que descuido un poco el seguimiento de la historia, o viceversa; pero acá, en este acá de Magela, no soy capaz de separar una de otra. La historia es el lenguaje y el lenguaje es cada movimiento.

Gracias Magela por, entre otras tantas cosas, hacerme sentir que no estoy tan mal. 

“Pronto me olvidaré de todo, lo sé”, leo en otro cuento… y qué miedo da olvidar, ¿no, Magela? Para evitarlo, la cabeza elabora distintas estratagemas, una de ellas es la capacidad de virar no solo al pasado, pero también al futuro, a un adelante que no hemos vivido aún pero que está asociado a la memoria; como dice uno de los epígrafes que dan inicio al libro, palabras de Lewis Carrol: “Es un tipo de memoria muy pobre la que solo funciona hacia atrás”. Y es interesante pensar que de esto también están hechos los sueños, de la combinación de memoria, deseo, proyección y lenguaje. Y, “por eso me apuro a escribir”, dice Magela en otro cuento, como ensayando esbozos de respuestas a las preguntas monumentales que hay en el oficio de la escritura. Escribir es recordar. ¿Es? Sí, pero con método, imaginativa, archivo, clasificación, orden (que puede ser caótico); es decidir cómo, qué, cuándo y dónde guardar lo elegido y trabajado. Es recordar cosas que no sucedieron o que se soñaron. Eso es escribir y Magela lo sabe. Eso es hacer poesía y Magela lo sabe.

Voy leyendo imbuida en el silencio de esta calle y Vendrá la muerte y tendrá tus ojos me hace reafirmar que la poesía es lo único esencial que busco en la narrativa porque respondo a la necesidad de averiguar hasta dónde puedo sentir y saber que mis músculos emocionales siguen vivos. Poetizar, trabajar el lenguaje, es como descubrir nuevos sabores todo el tiempo. Poetizar la narrativa es hacer una película (o más) solo con palabras. Solo con palabras se puede lograr que se escuche la música, que se vean los colores, que se sientan las texturas, que haga frío, que haya excitación, que se pueda oler y tocar la sangre. Es todo eso; pero también es propiciar el entendimiento de que el mundo no es solamente lo que tú vives y ves y que tu verdad es solo eso: la tuya y una de las tantas.

Reconocer las verdades diversas es una cuestión de voluntad política y aquí está eso vibrando con constancia; su lectura nos sacude y nos hace abrir los ojos, no solo a la muerte, sino, a varios matices de la vida misma.

“Quiere tomarse todo el sol en un día”, escribe Magela en uno de sus cuentos. Recuerdo cuando mi amada Emma Villazón hablaba tan apasionadamente de torcer al lenguaje. Nunca lo olvidé y hasta ahora dedico, aunque sea una pequeñísima parte de todos mis días, a internalizar lo que quería decir. Leyendo a Magela entendí un poquito más sobre esa escritura que pone límites, ya bien minúsculos u oceánicos, donde entra todo, todo, todito. El lenguaje es como un elefante blanco y salvaje que queremos domesticar y primero hay que romper su espíritu y hacer que después nos mire de frente con su ojo triste.

Cada uno de estos cuentos tiene narradoras distintas, algunas tímidas, otras tremendamente osadas, que hablan sin contemplaciones haciendo caso omiso de tantos debeser o noseestila de la literatura y creo que han venido a enseñarme cosas de la escritura y esta máxima religión. Gracias, Magela, también, por presentarnos tan hermosos personajes: el papá que saluda hijito lindo, la madre que usa labial rojo y besa el espejo, la niña que escribe porque no puede hablar (esa niña somos todas), la asociación de esposas engañadas que bloquean el tren… la Flora, oh, por diosas, la Flora.

Ah, el sonido de la melancolía (o de la H) sumado a la concatenación de las palabras de Magela. Qué suavidad el contar desde ahí: “Más lindo en quechua, ¿no ve?”. Acá sigo llorando y llueve una tormenta con nombre de hombre y yo siento que tiene razón ella, que todo debe sonar más lindo en quechua, por ejemplo, el dolor de una madre que parió, que cría en quechua y que es expulsada mil veces, pero vuelve siempre. Me pongo a pensar en este último cuento, en cómo la Flora reza, porque tal vez hablarle a alguien que sabes que está, pero nunca te responde, es como rezar o en última, como escribir y todo me conmueve un toque más. “Un rezo, una invocación, un canto.”

“Cuantas veces puedes morir en un día” leo/rezo de nuevo. Y es que así quedé yo, en el sitio de este accidente/libro, esperando que mi ajayu vuelva, llamándolo: Paola, Paola, Paola.

Gracias, Magela, por tanta belleza. Gracias, por darme el primer libro que leí/recé en esta ciudad inmensa, ajena, monstruosa y hacerme recuerdo que de palabras está hecho el mundo: el tuyo, el mío y el de las otras.

Fotos: La Razón-Archivo

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Galletas llenas de pasión, creatividad y música

Valeria Salinas da rienda suelta a su imaginación: su Galleta Cassette, además, incluye seis canciones por la primavera

Valeria Salinas y sus creativas galletas

Por Mitsuko Shimose

/ 20 de septiembre de 2021 / 11:30

Un casete que solía guardar las grabaciones de los cantantes o bandas favoritas entre los años 70 y 90, podría estar hecho de harina, huevos, azúcar y mantequilla. Valeria Salinas Maceda ha dejado volar su imaginación para crear unas galletas únicas. Ella es creadora de la marca Cookie Lady VSM, que está vigente en Facebook desde 2017, y cuyo impulso surgió de su hermana, poseedora de una gran creatividad para promocionar sus productos a través de las redes sociales.

Como las galletas de Salinas son personalizadas, pensó que la música sería un complemento ideal para hacer regalos especiales, ya que las melodías forman parte de su cotidiano vivir. “Yo trabajo, horneo, decoro, hago todo con música. Me parece precioso poder dedicar una canción o que te la dediquen. Incluso hay temas musicales que marcan recuerdos con amigos y familiares, como la canción favorita de tu papá o la que siempre cantas con tu hermana”.

MÚSICA. Se debe escanear con el celular los códigos impresos en las galletas para escuchar las canciones

Así, después de varias pruebas, creó galletas que incluían una canción a elección del cliente. Es así que para celebrar el 21 de septiembre, lanzó la Galleta Cassette,en la que se incluye una playlist de seis canciones. La galleta viene decorada en ambas caras, lado A y lado B. Su  empaque es la de un casetede los años 90, pero con la tecnología del siglo XXI: los códigos que vienen impresos en las galletas se escanean con el celular y la música se reproduce automáticamente en Spotify.

Las galletas son una receta heredada de su abuela, a quien le encantaba la repostería. Generalmente son de sabor vainilla, aunque también están las especiales de chocolate y frambuesa, a las que se añade una cobertura con un toque de sabor a limón y cuyo diseño es decidido por el cliente. “He hecho desde personajes de Disney, pasando por galletas de morenada, diablada, caporales, hasta retratos. Las técnicas de decoración varían, pueden ser glaseadas, pintadas, acuareladas e incluso utilizando técnicas de aerografía. Además, hago galletas temáticas con relleno, galletas sorpresa con mensajes secretos en el interior, cake toppersde galletas para decorar pasteles, galletas rompecabezas, sets para pintar y galletas 3D”.

Una de sus muchas anécdotas vinculada a este emprendimiento es la solicitud de galletas que le hicieron para recibir al Team Nosiglia cuando volvieron del Dakar en 2018. “Personalicé tres medallas de oro para los miembros del equipo, cada una tenía sus nombres, los números con los que compitieron, además de la cinta con los colores de la bandera de Bolivia”. Pero eso no era todo. El pedido más grande fue un rompecabezas gigante de seis piezas de galleta. En cada pieza estaba un miembro del equipo con su moto o cuadratrack, además de un mensaje escrito de bienvenida. Al Team Nosiglia le gustó tanto este rompecabezas de harina, que terminó enmarcándolo como un gran cuadro.

Economista de día, haciendo investigación académica para su doctorado; y, “Cookie Lady”de noche, con su horno, sus ingredientes y colores… así transcurren las jornadas de Valeria, quien resalta que los sueños no se deben abandonar jamás y que es posible emprender a partir de la creatividad y los talentos que cada uno puede descubrir en sí mismo. “Si quieres emprender, ¡inténtalo! Haz tu mejor esfuerzo y las cosas se irán dando de a poco. Compite contigo mismo para tener productos que sean mejores que los que hiciste ayer”.

Fotos: Rodwy Cazón

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Atreverse a ser contemporáneos: una obra para todos nosotros

El performace ‘Vestigio’ de la coreógrafa Elena Filomeno se vio en Persona Casa Galería

Gaia Van Diemen

/ 20 de septiembre de 2021 / 11:21

Vestigios es una obra engañosa. La mirada inocente, no habituada a lo que el mercado ha nombrado hoy como “conceptual”, como “contemporáneo”, piensa que se trata de pura parafernalia visual o, peor aún, una obra sobre el intimismo. Es decir, sobre la vida de María Elena Filomeno y su relación con su abuelo, “una invocación a él”, dice la obra, y todas las escenas giran en torno a objetos que los unen: cartas, música, una radio vieja… Filomeno, para quien no sepa verla, parece simplemente pasar de una cosa a otra, del ruido, de la linterna, de la oscuridad, a la danza. Como si hacer piruetas sin sentido necesitase de mucho ensayo… Quizás por eso a muchos les parezca de las obras menos logradas de Proyecto Border, en ese sentido yo diferenciaría radicalmente al elenco (conjunto de dos o más) de esta obra que lleva el sello poético de Elena y promete futuras obras (de distinta dirección a las que haga en Proyecto Border) cada vez, seguramente, con mayor profundidad.

No se trata de que esta no tenga profundidad, sino que habrá que evitar dejarse hipnotizar por la parafernalia (que sí, evidentemente también está ahí) y atreverse a ver. Para el espectador crítico que disfrute leyendo los sentidos desplegados por la obra, la imagen se vuelve un detonador estético y político, aquí diríamos que el tema sobre el que se baila es una reflexión sobre la memoria y, por lo tanto, sobre el tiempo. No será esta un abordaje clásico o de tesis, como no es nunca en el arte: aunque algunas coincidencias podamos establecer con Foucault, por ejemplo.

¿Qué nos dice sobre ambos temas? Al contrario de lo que se podría pensar, nos dice que el tiempo es un espacio y que, de vez en cuando, es habitado por todos nosotros. Hablábamos de Foucault porque para el famoso filósofo francés, cuando habla de las heterotopias, esos espacios otros donde la sociedad deja que pasiones, circunstancias específicas, locuras, conocimientos y marginalidades, surjan (entre las que obviamente está el teatro por excelencia), habla de la importancia que nuestro tiempo le da al espacio. Aquí entonces parece que Filomeno da un paso más: no solo le damos más importancia, sino que el primero será el segundo.

Aunque tal afirmación requerirá del ya habitual ejercicio de análisis, en este caso, por motivos de espacio, dividiremos la proposición en dos y nos concentraremos solo en la segunda parte: 1) el tiempo es un espacio. 2) De vez en cuando, es habitado por todos nosotros. Decido concentrarme en la segunda pues contradice la lectura que más he escuchado: la obra habla de la vida privada de Elena y, entonces, ¿qué nos importa a nosotros los espectadores?

Para mostrar, entonces, que la obra nos pone en juego y nos invita a habitar la escena con la propia Elena Filomeno, me detengo en una imagen. La sala que en sí misma es bastante pequeña, Persona Casa, con solo 15 personas en sala— está en total oscuridad, ya han sucedido cosas antes: Elena se ha confesado parte del universo y se ha presentado. Pero ahora no vemos nada, nos oímos nada, ni siquiera podemos intuir su movimiento que es, en realidad, tan cercano. De pronto, Juan Carlos Arévalo (encargado de iluminación de la obra) enciende una linterna. Apunta a Elena, que se ha cubierto de una tela llena de lentejuelas o algún tipo de material que refracciona la luz en miles y miles de pequeños puntos, hilos, gusanos; morados, azules… Estos fragmentos de luz bañan toda la sala, por supuesto también al espectador.

El gesto es doble y radicalmente comprueba la importancia de ese todos de la proposición a argumentar, comprobando que Filomeno no es inocente, hace teatro para pensar con los espectadores. Por un lado, lo evidente es que el yo de la enunciación, la nieta, Elena, está cubierto. Se podría decir que es un centro, un eje, un sol sobre el que rondará el universo entero (porque eso parecen las luces que nos bañan). Sin embargo, ese sol no tiene luz propia, es el otro quien la ilumina. Así como el espectador será quien deba llenar de sentido cada una de las imágenes. Pero incluso antes de pensar en el espectador, el gesto será el de la refracción: ese sol apagado pone sobre la mesa su ser, pero el ser que se piensa es el de la división infinita.

División infinita, desarrollemos, en tanto dos sentidos: el primero, en tanto no habrá un hilo narrativo que construya a este sujeto, es un yo cubierto, pero infinito. El espectador no podrá reducirlo, porque además no está ahí donde parece. Su insinuación, entre gestos e imágenes, es la de un fantasma. No solo se invoca al abuelo, al invocarlo se invoca a la infinidad misma de la nieta. En segundo lugar, esa nieta, ese yo, es todos nosotros (¿por qué todos tuvimos un abuelo?, preguntará el inocente espectador). No por simple identificación, sino porque al incluirnos en tanto cosmos nos señala también nuestra división y ahí… la posibilidad, la libertad, de habitar nuestro tiempo y ser contemporáneos.

Fotos: Gaia Van Diemen

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Se acerca

El camino se hace difícil, moroso, con zancadillas y virus, pero ahí está, la luz al final de un cielo majestuoso paceño.

El cantautor paceño Manuel Monroy Chazarreta

Por El Papirri

/ 20 de septiembre de 2021 / 10:35

CH’ENKO TOTAL

Ya está cerca, se acerca, se lo ve como una luz bendita, ahí al fondo, un ruidito de gentes como grillos se avecina, es como un fueguito ardiendo a lo lejos, la altipampa sigue con sus porrazos, el camino se hace difícil, moroso, con zancadillas y virus, pero ahí está, la luz al final de un cielo majestuoso paceño.

Se acercan los niños cantando, felices: “si tu equipo es puntero de la cola”, “mañana hay paro movilizado”; sus caritas de luna se encienden de luces, uno se tropieza con el micrófono, a la hermosa de ocho años le encanta cantar Qué tal metal. Se acerca la historia del teatro, su fantasma preferido, el ingresar a la sala vacía, hacer reverencia, dos años hemos esperado, saludamos a los antiguos técnicos del teatro que mueven tarimas, alistan los pedestales. Los amigos músicos enrolan sus cables, saludan rápido, corretean en el fondo de la luz, son la luz misma. El Vico Guzmán, gran batero histórico, se olvidó unas baquetas, llama a alguien para que las traiga, “falta un monitoooor”, grita el Heber Peredo desde su trono de teclados.

Empezamos, tiemblan las rodillas, la gente aplaude, hay silbidos pero de alegría, Segalez con su guitarra me hace la seña de positivo, es la primera vez que tengo un guitarrista en 42 años, es que quiero bailar, librarme de ser base de esta construcción sonora compacta en su desorden. Le respondo la seña de positivo, estreno una guitarra que compré hace aaaños y que estaba en el ropero, tiene cuerdas de metal, salgo de mi zona de confort, las cuerdas de nylon son el confort, uta che, debería nomás tocar con la Sevillana, ¡ya, carajo! Sin llorar, Papirri. Entro a la luz de la escena y emprendo con el Kaluyo del retorno, sentida canción valluna sobre el migrante y su sueño de retorno. “Es que yo no tengo preciooo”, digo casi en lagrimón y me repongo en “tanto lío para eeestooo”. Antes, en el camerino, la productora me dice: “No hay una entrada, quedan todavía para mañana”. “Ufff”, digo pensando en la cantidad de músicos que tocarán en este concierto de presentación del disco 60Aen el Municipal de La Paz.

Ya está cerca, se acerca, se ve como luz bendita, el rito del recital, el calor del circo, el show y sus cabecitas anónimas, la fuerza que hay que sacar desde donde no hay fuerza, mucho le he dado a este cuerpo, che, está lleno de moretes, el hígado tiembla en sus humores, el corazón está hinchado, duele un poco el pecho, rezo a mis padres, debo sonreír, he perdido la sonrisa, ¿dónde se ha metido el humor? Bueno, menos mal las cancioncitas del final de la primera parte son para bailar, tengo que bailar, no me responde bien la pierna izquierda, se me acalambra, “trankilo, kilo”, dice la Carito desde el fondo de la escena. Entonces llega El barrilito, qué linda melodía hizo mi abuelo, en forma de gato, le puse la letrita en plena pandemia del año pasado, la magia del arte es efectiva, lo veo a mi hermano bailando a los tres añitos este gato que le regaló el abuelo. Entonces aparece el otro abuelo, El Olvidado, “mi abuelo nació en un puerto, navegante de la maarr”, digo y se me vuelve a quebrar la voz. Aparece el gran David Portillo con su figura mítica, siempre en sonrisas, y le cascamos tensos, emocionados a la Mamita Cantila, “estrellita de la mañana, madre de la luz, estrellita de la mañana, madre de Jesús”, otro asunto espiritual, bien, che. Llega la declaración de amor a La Paz, mi ciudad y otra vez se me quiebra la garganta, por suerte está Diana Azero, siempre lúcida, firme, apuntalando mas allá de su ego, atenta a todo. Raúl Flores se luce en su bajo, otro asunto espiritual, “yo te amo, mi La Paz, por su gente y su bondad, yo te kerooo”. Entonces a levantar el show, vamos a bailar, ya que no hay chistes, arriba las caderas, llega la cumbia suavita A casa de Gabo, arremetemos con un caporal bilingüe con las churras del Ballet Folklórico La Paz y su mini pollera, suena el charango de Ariel, fuerza ese caporal, “¡Camote! ¡Camote!”, grita la gente desde sus asientos, otro acto de amor este Camote. Terminamos la primera parte con el tema Ch’utis, danzando bien riquito.

Lo que viene en la segunda es la fiesta a la vida, el homenaje a respirar, el recuerdo como bálsamo, llega Alasita con su abundancia, Maribella insurrecta, aquellos Polvos del olvido que estremecen, los nenes suben de sus butacas a escena a cantar Qué tal metal, uyyyy, son muchos, demasiados, nos van a putear los del teatro, “La guacataya, la guacataya!” grita el público feliz, nos zapateamos en Bien le cascaremos, entonces me doy cuenta de que en la Metafísica popular ya no preciso estar, la cantan todos, los niños, los viejos, los jóvenes, las chicas lindas, las abuelitas y yo me voy calladito a mi casa mientras la gente sigue en el teatro, se prendieron con Los Canarios del Chaco que salieron a chacarerear. Todo esto pasará el 8 y 9 de octubre a las 18.00  en el Teatro Municipal de La Paz. Bien que has ido, che.

(*) El Papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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