Saturday 26 Nov 2022 | Actualizado a 07:57 AM

Encuentros cercanos con el tigre

El jaguar celebra su día hoy. Es un llamamiento mundial para asegurar su protección y detener el tráfico ilegal. El jaguar, hasta los años 80, fue cazado por su piel para mercados de Europa y Estados Unidos. Ahora, sus colmillos tienen como nuevo destino China

/ 2 de diciembre de 2020 / 15:21

Panthera onca, nombre científico; jaguar en castellano; inchiquíen tsimané; yagua en guaraní; caatai en ayoreo; imichursh o nuityimish en chiquitano; y tigre en el habla popular. El jaguar es el felino más grande de América, es emblema cultural y orgullo boliviano. Es símbolo de la Amazonía y se adapta a cualquier terreno. Incluso hay registros de tigres a 2.400 metros sobre el nivel del mar en el Parque Nacional Amboró.

Inconfundible por su robusto armazón, sus patas cortas y su cabeza grande, su cuerpo amarillo cubierto por rosetas y ocelos negros lo diferencian de su pariente cercano, el leopardo. El tigre es un animal solitario, ágil, fuerte y muy hábil para trepar y nadar. Para alimentarse, reproducirse y desplazarse, necesita grandes espacios geográficos, 200 kilómetros cuadrados. En la Amazonía, comen chanchos de tropa, taitetús, venados, tejones y especies medianas como armadillos, jochis, caimanes y otros. En el Chaco se alimentan también del chancho solitario que es el endémico de ese hábitat.

Los jaguares han perdido casi la mitad de su distribución geográfica original, aunque en los últimos 20 años están en proceso de recuperación. La fragmentación del territorio ha hecho que estos felinos sean cada vez más vulnerables, ya que no pueden cazar y aparearse en zonas más pequeñas. El hogar del jaguar en Bolivia abarca varios tipos de bosque en las tierras bajas, desde el bosque chaqueño al sur, hasta el bosque amazónico en el norte del país. En Bolivia, se estima la presencia de 12.845 jaguares.

La conservación de los jaguares ayuda a salvaguardar el equilibro de los ecosistemas de los bosques y sabanas tropicales de los que dependen otras innumerables especies. Como depredadores ágiles, ayudan a mantener saludables las poblaciones de las especies de las que se alimentan. También previenen de enfermedades al eliminar individuos enfermos.

El jaguar ha sido considerado una deidad principal en las culturas amazónicas. Hoy en día, es una especie símbolo de los esfuerzos de conservación y en el desarrollo del turismo en áreas protegidas.

Los jaguares se juntan solo para aparearse. Las hembras tienen usualmente menos de tres crías, totalmente dependientes de sus madres para su alimento y protección, hasta que se convierten en adultos. Cuando tienen entre dos y cuatro años son maduros reproductivamente y se dispersan para encontrar nuevos territorios. Su mayor amenaza son los traficantes de fauna silvestre que buscan especialmente sus colmillos, como hasta los años 80 eran sus cueros. Las personas más afortunadas del mundo han podido tener encuentros cercanos con el tigre. El resto nos tenemos que conformar con los gatos domésticos que es “casi” como observar a un jaguar. Estos son seis testimonios de estas mujeres y hombres privilegiados.

Jaguar: Tras los pasos del gran felino

Dos funcionarios del Parque Nacional Madidi.

Mariana Da Silva junto a huellas de jaguar

Foto: JUDITH LARSEN, GUIDO AYALA, MARIA VISCARRA/ WCS

Foto: JUDITH LARSEN, GUIDO AYALA, MARIA VISCARRA/ WCS

Uno

Margoth es de las pocas mujeres guardaparques de Bolivia. Trabaja en la Reserva de la Biosfera y Tierra Comunitaria de Origen Pilón Lajas. Cuando estaba en la “prepromo”, alguien vino a su colegio a dar una charla sobre el área protegida. Margoth Pilco Siviora vio en las fotos que había mujeres y se juró entonces a sí misma que sería una de ellas. “Ese trabajo es para los varones, ustedes no sirven, hay que esperarlas siempre, hay que cargar sus mochilas, nos decían siempre los hombres. A las mujeres nos exigen más: a los hombres con libreta militar es suficiente, a nosotras nos preguntan si seremos capaces”, cuenta Margoth. Ninguna palabra de desaliento, ningún obstáculo pudo con ella. Cuando en 2007 casi 20 personas, la gran mayoría hombres, se postularon para ser guardaparque del Pilón Lajas, ella ganó la única plaza del concurso público.

Margoth siente que las mujeres cuidan mejor y tienen un contacto más auténtico con la naturaleza. Solo ellas pueden hablar con la madre tierra, de tú a tú. “A veces me pongo a conversar con los árboles y siento como si me escucharan, tengo un sentimiento grande de respeto por toda la selva”. Dos veces ha estado delante del tigre: “la primera vez fue a 70 metros, logré sacar dos fotos de un jaguar que estaba muy concentrado tratando de pescar. Cuando nos vio, pegó un salto y desapareció. La segunda vez fue en medio de un patrullaje por el río Quiquibey. Logramos ver los amarillitos del tigre en medio de los arbustos. Muchas veces he visto sus huellas, sus camadas, sus restos de comida”.

Margoth pasa 24 días en la floresta y seis días en casa junto a su pareja y sus dos hijos. Lo mejor de su vida es dormir en un lugar diferente cada noche, respirar aire puro, cuidar a los animales. Lo peor es tratar con los cazadores, con los pescadores, con los taladores. “Recibimos agresiones verbales y hasta físicas. Tratamos de concientizar a los comunarios que no maten al tigre para vender sus colmillos a los chinos. El jaguar es algo nuestro, es sagaz, ágil, fuerte y hermoso. Es el papá de todos los animales. Los comunarios han cazado ancestralmente al jaguar pues mata sus gallinas y hasta a sus perros. Ellos colgaban su piel en sus casas y colocaban los colmillos en el cuello de los niños y los ancianos pues protege del mal viento, de las enfermedades. Pero hace cuatro años que ingresaron ciudadanos chinos y ha crecido la presión para comprar y vender esos colmillos”, cuenta Margoth, una mujer fuerte y sabia que hace patrullajes diarios, especiales y exploratorios que pueden durar hasta dos semanas. Todo para cuidar al tigre.

Dos

La primera vez que Marcos estuvo delante de un jaguar fue inolvidable y marcó su vida para siempre. “Tenía 12 años y estaba pescando con mi hermano a orillas del río Beni, cerca a Riberalta, selva muy adentro junto a la barraca San Luis. De repente apareció un tigre y pudimos apreciar su fuerza y su majestuosidad. Fue algo fascinante pues nos dio miedo, temor y respeto”. El jefe de Protección del Parque Madidi zona B, Marcos Enrique Uzquiano, creció escuchando las historias que contaba el “taita” Roberto de San Buenaventura, un curandero que hacía las veces de médico de cabecera y hablaba en las noches del “tigre gente”, la leyenda de un hombre que se convierte en un jaguar para poder cazar y llevar comida a su familia.

Marcos soñaba de joven con conocer el secreto para convertirse en un “tigre gente”. Siguió las huellas de las hojas señaladas en la selva que el “taita” le había enseñado. Se convirtió en guardaparque del Madidi y ya lleva 15 años llevando el sustento a la casa y chocando con los traficantes de fauna silvestre, incluso a tiros, arriba de un motor fuera de borda. Las veces que ha tenido encuentros cercanos con el jaguar son ya innumerables. Las más recordadas son tras caminar un mes por la selva y acampar en medio del todo. Ha perdido el miedo y han nacido lindos recuerdos, espectaculares fotos, bromas con sus compañeros y una admiración extraña hacia este animal totémico pues Marcos se identifica con el jaguar, especie paraguas, clave para mantener el equilibrio en la selva. Marcos, sin saberlo, es ya un “tigre gente”.

Tres

Robert Wallace es el director del Programa del Gran Paisaje Madidi-Tambopata de la Wildlife Conservation Society (WCS), una organización mundial fundada en 1895 para la conservación de la vida silvestre y los paisajes naturales. El programa centra sus esfuerzos en la conservación de especies icónicas y amenazadas (cóndor, oso andino, jaguar, londra, borochi) y busca compatibilizar las necesidades de desarrollo humano con las necesidades de la vida silvestre.

Su primera vez ante un tigre fue memorable: “Encontramos una cría en la senda mientras realizábamos un conteo de fauna nocturno. El cachorro tenía mucha curiosidad hacia nosotros y nada de miedo, lo cual fue increíble. Estuvimos disfrutando todo el tiempo su presencia, pero al mismo tiempo nos preguntábamos: ¿dónde estará su mamá? Cuando el cachorro se fue, detectamos a la madre que había estado mirándonos todo el rato”.

La WCS trabaja en 12 países que tienen el privilegio de contar con jaguares. “La buena noticia es la creación de sistemas de áreas protegidas impresionantes en América Latina, el reconocimiento de territorios indígenas y el monitoreo y documentación de los tigres, por ejemplo en la región del Madidi. La mala noticia es la amenaza relativamente incipiente del tráfico de partes de jaguar, lo cual puede amenazar las poblaciones si no trabajamos juntos —organizaciones indígenas, comunidades, municipios y estancieros— para combatir este problema”, cuenta el jefe “Rob”.

Cuatro

José Luis ha tenido la oportunidad de ver varias veces al tigre. “Fueron momentos muy gratificantes, lo vi caminando a 15 metros, lo vi en la playa, en la senda, lo vi rugiendo, comiendo y cazando. La adrenalina es muy grande por el peligro y la emoción. Para nosotros que vivimos en la selva, el jaguar —que puede llegar a caminar 50 kilómetros diarios— es parte de nuestra cultura, es mito y leyenda y da sentido a nuestras vidas. Es sinónimo de grandeza pero también de templanza y paciencia. El tigre con su mirada fija lo dice todo. Por eso no entendemos a los traficantes que nos enfrentan con armas blancas y hasta de fuego”, cuenta José Luis Howard Ramírez, jefe de protección de la Zona A del Parque Madidi. Lo peor que vio en el monte fue un tigre sin patas ni cabeza, totalmente desollado. “Lastimosamente había sido víctima de un comunario tacana”.

Cinco

Guido ha tenido muchos encuentros con jaguares, pero el más increíble fue cuando, en una oportunidad se encontraba fotografiando aves en un salitral en el río Tuichi dentro del Parque Madidi. “Estaba muy concentrado en fotografiar aves, cuando de pronto escuché un mínimo ruido de hojarasca a mis espaldas, giré muy despacio para mirar y quedé sorprendido al ver echado a un jaguar a unos 10 metros, que me miraba y movía su cola de un lado al otro. Al darse cuenta de que lo vi, se paró, se dio la vuelta y se fue de lo más tranquilo. Fue tan rápido que solo logré fotografiar su cola”, cuenta entre risas Guido Ayala, el coordinador de investigador de la WCS en Bolivia.

También ha visto al tigre en tiempo de celo: “En el Madidi tenemos registros de la época de celo, entre julio y septiembre. En estos meses se escuchan rugidos y bramidos. La hembra ruge llamando al macho y éste contesta con fuertes bramidos. También en Santa Cruz, en la zona del bajo Paraguá, hay registros fotográficos de parejas en enero y febrero”.

Seis

Mariana ha visto muchas veces huellas de jaguar muy frescas. “Tal vez el tigre me estaba mirando mientras yo fotografiaba sus huellas, pero aún no he tenido la suerte de encontrarme con uno libre en su hogar. Estoy esperando ese momento con ansias”. Lo que sí ha tenido es “encuentros” con el enemigo público número uno del tigre: el traficante.  El caso más escandaloso que recuerda fue en 2018 cuando se encontraron casi 200 colmillos y hasta piezas de marfil de elefante. También se acuerda que en 2015 encontraron en el aeropuerto de Pekín a una persona con más de 100 colmillos de jaguar provenientes de Bolivia.

Mariana Da Silva es jefa de investigación para combatir el tráfico de la WCS. “La xenofobia hacia la gente de origen o ascendencia china no ayuda, solo perjudica porque distrae y simplifica un tema muy complejo. En las cadenas de tráfico de animales silvestres hay gente de muchas nacionalidades, no solo una. Así como existen bolivianos involucrados en el tráfico de vida silvestre, hay conservacionistas chinos combatiendo este crimen”.

El tráfico involucra cadenas complejas desde la cacería del animal, acopio de sus partes, transporte, hasta la venta y consumo por los compradores finales. Una parte tiene consumo dentro del país y otra, probablemente mayor, es internacional, principalmente para mercados asiáticos. “Por esta complejidad, es imprescindible que el Estado y la sociedad civil colaboren para actuar en las distintas partes de la cadena de tráfico. Hay más compromiso y colaboración de instituciones como la Policía Forestal y de Medio Ambiente, las fiscalías, las autoridades nacionales y subnacionales a cargo de ese tema, y muchas otras además de la ciudadanía en general que ha mostrado su claro rechazo al tráfico de jaguar en las ciudades y en áreas rurales. Un ejemplo son las declaraciones contra el tráfico de vida silvestre que emitieron las organizaciones de las naciones indígenas del norte de La Paz, el Consejo Indígena del Pueblo Tacana (CIPTA) y el Consejo Regional T’smane Mosetenes (CRTM Pilón Lajas), además del Consejo de Turismo Sostenible del Destino Rurenabaque: Madidi-Pampas, y los emprendimientos turísticos comunitarios Mashaquipe y Chalalán”, dice Mariana.

Jaguares muertos, colmillos traficados

La expansión urbana y agrícola, la deforestación, los incendios y quemas no controlados amenazan su hogar. El tráfico de vida silvestre ocasiona la caza furtiva del jaguar para el comercio ilegal de sus partes corporales (dientes, garras, piel entre otras).

Desde 2014 se han registrado 36 casos verificables de tráfico de las partes corporales del jaguar en Bolivia y se han decomisado 786 colmillos en o desde Bolivia, que representan la muerte de al menos 197 jaguares. Estas cifras devastadoras demuestran la importancia de tomar acción sobre la conservación del jaguar. El comercio de jaguares está prohibido en todo el mundo y es un delito que implica pena de cárcel en Bolivia.

Otra de las amenazas a su conservación tiene relación con la práctica de la ganadería. Debido a la pérdida de sus presas naturales y de su hábitat para crear campos de pastoreo de ganado, los jaguares en ocasiones se ven obligados a alimentarse de animales domésticos. El resultado de este conflicto es la matanza ilegal de los jaguares.

Con motivo del Día del Jaguar se ha lanzado el concurso “Creando arte en el mes del jaguar” para promover que jóvenes y adolescentes bolivianos plasmen su creatividad, investiguen y conozcan más sobre esta especie icónica.

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Erika Ewel: apuntes para una cartografía íntima

‘Pinto flores para que así no mueran’ titula la muestra de la artista que está en Galería Puro de San Miguel

Agua. Óleo sobre lienzo. 81 x 163 cm

Por Marisabel Villagómez

/ 20 de noviembre de 2022 / 00:10

Erika Ewel (Santa Cruz, 1970) es una de las más talentosas y prolíficas artistas trabajando hoy en Bolivia, reconocida en el ámbito nacional ampliamente y muy requerida por los coleccionistas bolivianos. En su trayectoria de 30 años de producción creativa, Ewel ha demostrado desteridad e innovación como creadora, moviéndose con facilidad a través de diversidad de materiales y medios, desde el collage hasta la pintura y el bordado. Es con esa misma facilidad que Ewel nos plantea transportarnos de un espacio síquico interior al espacio doméstico y a la expansión cósmica del universo.

Erika Ewel

Ewel se formó en Belo Horizonte en Brasil y en la Ciudad de México, ciudades en las que ha adquirido la capacidad técnica que luce hoy impecablemente. Y, sin embargo, hoy, y cada día más, su obra se apoya en una intuición que no se aprende en ninguna escuela y que devela sus procesos creativos. Es notable la trayectoria que se anota a través de la serie de tres libros que ha podido publicar junto con Susana Machicao e Isabel Navia (La Paz: Artes Gráficas Sagitario, 2009, 2014 y 2022).

En sus palabras: “Estos libros nacen como una necesidad personal de organizar y catalogar mi trabajo. El primero abarca la producción de 1991-2009; el segundo, 2009-2014, y el tercero, 2014-2022”.

En estos tres tomos podemos trazar dos motivos dominantes en estas más de tres décadas de trabajo: la conexión entre el cuerpo y el paisaje y la tensión que su trabajo presenta entre una epistemología artesanal y el consumo tecnológico de nuestros tiempos. Ewel se inserta con este cuerpo de trabajo en diálogos intergeneracionales con otras feministas americanas como Frida Kahlo, Martha Rosler, Ana Mendieta, y Kiki Smith. Todas ellas inspiradas en la inversión de los espacios domésticos donde prevalecen las imperaciones del yo por encima de la norma doméstica o incluso la familiar. No es coincidencia que el título de la última exposición que se presenta en Puro galería (Enrique Peñaranda 1034, San Miguel) cite verbatim a la célebre escritura de Frida Kahlo: Pinto flores para que así no mueran.

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Es así que su obra cobra año a año una mayor importancia. Los coleccionistas que en el pasado han acumulado su obra explican algunos de los motivos por los que la han adquirido.

Diego Guzmán de Rojas, nieto de uno de los más reconocidos pintores del modernismo, es uno de ellos y describe cómo comenzó a adquirir piezas de arte en general: “No estoy seguro de que la palabra ‘coleccionar’ aplique a mi caso. Desde pequeño he estado expuesto al arte gracias a la herencia familiar y ello ha motivado en mí una pasión por el arte en sus diferentes disciplinas, pero en especial por la pintura y las artes plásticas”.

LA GRÁFICA

En flor. Óleo sobre lienzo. 102 x 160 cm.

Paisaje en rojo. Óleo sobre madera. 60 cm de diámetro.

Pequeños. Laminilla de oro, collage sobre madera. 13 x 13 cm.

Rosa dorado. Óleo y laminilla sobre lienzo. 80 x 40 cm.

Siempre viva. Laminilla de oro. 100 x 100 cm.

Guzmán de Rojas recuerda, en sus primeros intentos como artista, que a los 15 años de edad se animó a exponer una serie de pinturas a lápiz y pastel en la plaza Humbold. “Aquel domingo de 1989 pude compartir con artistas que me contaron anécdotas e historias de vida y aquella experiencia quedó grabada en mí. Entendí lo valientes que son los artistas en perseguir su pasión y seguir su camino, desde ahí es que, cada vez que tengo la posibilidad, apoyo a los artistas adquiriendo alguna obra que me guste. Sé por experiencia propia que para un artista no existe mayor satisfacción que ver la expresión de alguien que aprecia y gusta de su obra y hace el esfuerzo para adquirirla y darle un lugar en su espacio personal. Con los años, y bajo este principio de colaboración, es que hoy disfruto de una serie de obras de arte que dan vida y visten varios de los ambientes de mi hogar y oficina”.

Sobre la posibilidad de comprar piezas de Ewel en particular, el coleccionista remarca la diversidad de la prolífica autora: “Tengo varias de sus obras, Erika Ewel es una gran artista con facetas muy lindas. He tenido la suerte de estar en el momento justo para poder hacerme de algunas de sus obras más lindas. La favorita en la familia es un cuadro de la serie de flores, un cuadro de 1,80×1,80 que muestra una perspectiva de un arbusto lleno de flores blancas. El centro del cuadro te absorbe, dando la sensación de que te llevará a otra dimensión, tal como si fuese el portal al país de las maravillas. Es una obra magistral que fue amor a primera vista”.

Otra coleccionista, que guarda su identidad, comenta que su motivación principal para adquirir la obra de Ewel es que la artista ha logrado “reconocido prestigio”, además de que sus cuadros “son un referente del arte contemporáneo boliviano”.

En conclusión, el trabajo sostenido de Ewel nos interpela en temas que atañen al arte feminista latinoamericano y que ha logrado una trayectoria de amplio reconocimiento local que ha convencido a diferentes coleccionistas de adquirir una obra que tiene la cualidad de revalorizarse año tras año.

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No hay edad para ser parte del mundo cómic

Cada vez más jóvenes y adultos son seguidores de los superhéroes, novelas gráficas y videojuegos

COMIC

/ 20 de noviembre de 2022 / 00:05

Es un hecho irrefutable que las adaptaciones cinematográficas y televisivas influyeron mucho en los medios y en el púbico en general. Ahora todo el mundo quiere tener en sus manos una buena historieta, ya sea por haber visto la última serie o película de Marvel Studios, como Thor: Love and Thunder o She Hulk, ya sea por curiosidad sobre su material de origen o por ser fanáticos de videojuegos de DC como Gotham Knights y Suicide Squad.

Los cómics nacieron en 1895, la primera historieta salió en un periódico de Nueva York, siendo el personaje pionero Yellow Kid. Éstos siempre gozaron de cierta popularidad, sobre todo en el público infantil, pero en este último tiempo fueron ganando mucho más territorio y públicos de diferentes edades, son cotizados en librerías y nuestro país no es la excepción, particularmente en la ciudad de La Paz.

Como buenos consumidores, nos fascina matarnos por entradas para poder tener el privilegio de ir a un estreno cinematográfico de medianoche, conectarnos al Discord y jugar algún videojuego con nuestros amigos.

¿Pero cómo influyen la lectura y la cultura en el mundo de los cómics y viceversa? “En mucho, porque actualmente las películas y las series que salen en la televisión son las que estimulan a la gente a leer”, contó Edson Tórrez, coleccionista.

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“Usualmente la cultura popular ha sido influenciada mucho por los autores de cómics, en principio por los de superhéroes, los que todos conocen, como Superman, Spiderman y Batman. De éstos han salido las películas más famosas”, agrega Daniel Prieto, otro coleccionista.

“Todo el cine de superhéroes se basa en los universos que se han creado dentro de la producción de estas series que se hacían desde los años 40, 50, 60. Entonces, como las películas están de moda ahora y todos las están siguiendo, incluso niños, el aporte del cómic a la cultura ahora es más grande, se siente más que nunca”, añadió Prieto.

No se es demasiado pequeño o demasiado grande para descubrir y disfrutar algo nuevo, por eso vale la pena preguntarse quiénes son realmente los públicos de las historietas.

No hay edad

¿Son niños, jóvenes o adultos los lectores y fanáticos? “Yo ya estoy viejo, yo soy un coleccionista de cómics desde hace 50 mil años atrás y lastimosamente las historietas no son para gente joven. ¿Por qué? Porque no tienen plata, regularmente la gente adulta es la que tiene dinero para adquirirlos”, dijo Tórrez.

“En España, por ejemplo, sacan el formato en tapa dura porque es más caro; por eso, las personas que compran cómics actualmente son las que trabajan, los changos no trabajan, entonces les regalan o se ahorran, hay para todos los precios”, dijo.

“Últimamente y obviamente sí hay un número mayor de personas entre adolescentes y jóvenes que son consumidores, pero otras personas como mayores de 30 igual, compran tanto cómics que son hechos para adultos como los clásicos de superhéroes”, complementó Prieto.

“También hay gente que está buscando manga, compran más bien mucha manga. Hay ahora volúmenes grandes que reúnen varias compilaciones de cómics, entonces creo que los adultos son los pocos que tienen la plata para conseguir algo así grande, hay de todo, pero son más los jóvenes”, explicó.

No hay duda de que el mundo del cómic es realmente apasionante y que ahora es parte de la cultura y la sociedad, y no existe edad para poder disfrutar de una buena novela gráfica, ir al cine, contratar servicios de streaming, desvelarse en un gran videojuego, asistir a convenciones o, por qué no, hacer algún cosplay.

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Una carta de amor para Ignacio

La comunicadora Cecilia Terrazas Ruiz ganó el Primer Concurso Nacional de Cartas de Amor

La comunicadora Cecilia Terrazas

Por Miguel Vargas

/ 20 de noviembre de 2022 / 00:04

Más de 200 cartas respondieron a la convocatoria del Club de Lectura de La Paz. La consigna: enviar una carta de amor. Fue así que con el apoyo del Café Retrato nació esta primera versión de una idea que cada día va generando nuevas expectativas y sumando apoyos: el Concurso Nacional de Cartas de Amor.

El objetivo del Club de Lectura de La Paz, el convocante de la iniciativa, es recuperar el género epistolar en tiempos de redes sociales, chats y mensajes de audio. “El certamen busca motivar la escritura creativa mediante la revalorización de una práctica que se está perdiendo como es la escritura de cartas”.

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El primer lugar fue para la comunicadora social y poeta Cecilia Terrazas Ruiz, cuya carta reproducimos en esta página. El segundo lugar fue para Anelís Díaz Ríos, el tercero para Gloria Cristina Apaza Chuquimia y las menciones honrosas recayeron en: Marcelo Alejandro Aguilar Mendoza, Mariana Uscamaita Ibáñez, Claudio Andrés Tejada del Carpio, Adriana Narda Arias Shaw, Sandra Carola Escobar Canelas, Brittany Vida Lara Ramos y María Fernanda Jerez León. La siguiente versión se anunciará en estos días.


La responsable del Café Retrato entrega el premio a la ganadora del primer lugar, Cecilia Terrazas

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Ignacio, el de todos los atardeceres:

Dicen que las cartas de amor son también cartas de despedida. Quizás porque no hay muestra de amor más grande que la nostalgia, esa que se pronuncia padeciendo cada letra y estremeciendo los sentidos hasta confluir en una sonrisa invertida, empotrada detrás de los dientes. Esa, que te pone frente al espejo y te deja con vos.

¿Contarte? Hacen setecientos veintitrés días que dejé de hacer cuentas. Ahora prefiero el color de un buen domingo en la primera ventana de este café lleno de retratos, quizás porque siento que acá puedo acunar las esquinas, o esconderme para buscarte en el nudo que despunta en el lado izquierdo de mi cicatriz.

Antes de aquel día pasó todo, repicó el tun tun y solo conjuré que crezcas como el fuego, que no te falten dudas, pero tampoco fe, caminos y un lugar donde volver. El lugar sigue acá, es un poco más pálido, todavía es enero, y se parece más a lo que Tristao de Andre llama “la presencia de la ausencia” cuando habla de la nostalgia, de la saudade. Creo que al fin puedo describirla cuando pienso en el abrazo que nunca nos dimos.

 Fueron muchos días de mirar detrás del vidrio, ya te dije, no hago más cuentas. Días de no escribir nada, de surcar como riada, de apretar los brazos enterrados entre las rodillas, de mirada esmerilada, de un letargo que me arrancó las palabras. Ahora puedo nombrarte “te me moriste” y aunque puedo encontrar mil formas para detestar tu silencio, prefiero decirte que eres “las primeras letras” que vuelvo a parir, una a una y en montón. 

Esta no es una carta de despedida, es una carta de amor con la que te arrullo entre los cometas. 

Mamá

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Argentina, 1985

El director Santiago Mitre retrata el juicio que enfrentó a Julio Strassera, Luis Moreno Ocampo y su equipo jurídico contra la dictadura militar

Ricardo Darín y Juan Pedro Lazani encarnan a los demandantes Julio Strassera y Luis Moreno Ocampo

Por Pedro Susz K.

/ 20 de noviembre de 2022 / 00:03

CINE

Aparte de su incuestionable valor cinematográfico, cual si no abordara incontables asuntos adecuados para enriquecer el paupérrimo debate local sobre nuestra propia realidad política presente, pasó casi inadvertida por las pantallas comerciales este robusto largometraje argentino plagado de connotaciones justamente propicias para retroalimentar ese escuálido intercambio de dimes y diretes alejados una enormidad de los temas que, por el contrario, debieran ocupar el centro de las controversias en curso.

Tal escasa repercusión, también es verdad, no solo resulta atribuible al vaciamiento ideológico imperante, responde asimismo a la redoblada dependencia de la exhibición cinematográfica de nuestro medio frente a las distribuidoras de la industria hegemónica cuyas películas saturan la programación, ocupando, en los multicines sobre todo, infinidad de salas, copando los horarios preferenciales y contando, es el factor determinante, con el respaldo de millonarias campañas publicitarias de alcance planetario, con las cuales resulta ciertamente muy difícil contender, sobre todo si el lucro inmediato continúa siendo el factor determinante a la hora de resolver cuánto tiempo se mantiene en pantalla cada título y qué monto de dinero se destina a divulgar y difundir los estrenos. Y eso que Argentina, 1985 es una producción Amazon Prime, una de las mayores plataformas de streaming, lo cual no deja de ser sugestivo teniendo en cuenta la materia abordada en el séptimo largometraje del director Santiago Mitre, responsable también del guion, junto a Mariano Llinás, con quien compartió antes dicha tarea creativa en La cordillera (2017) valioso antecedente en la filmografía de Mitre.

Brevemente. Aquella producción, asimismo aquí proyectada de manera fugaz, y de igual manera protagonizada por Ricardo Darín, figura prominente del último cine del vecino país, echaba el ojo sobre una cumbre de presidentes latinoamericanos escenificada en Chile con el objetivo de diseñar las estrategias geopolíticas y las alianzas regionales. Hernán Blanco, el primer mandatario argentino —personificado por Darín justamente— atraviesa por un complicado momento político y personal debido a un acto de corrupción de su yerno, comprobando cuán distinto resulta vivir una situación de esa índole desde la planicie donde habita el común y desde la cumbre del poder.

Algo parecido le acontece en Argentina, 1985, esta basada en hechos reales como insisten en remarcar los textos que preceden al desarrollo de la trama, siguiendo los pasos del fiscal Julio César Strassera, oscuro funcionario judicial desde 1976, repentinamente enfrentado en el año del título a la trascendente responsabilidad de ponerse a la cabeza de la fiscalía, o sea, de la parte acusadora ante el  primer tribunal civil que, a lo largo de la historia argentina, tuvo a su cargo el juzgamiento de los nueve integrantes de las dictatoriales juntas militares que gobernaron ese país entre 1976 y 1983, durante el denominado Proceso de Reorganización Nacional —o simplemente “Proceso”—, bestial régimen autoritario que provocó la desaparición de 30.000 ciudadanos(as), otros tantos miles de exilios, el veto a las organizaciones partidarias lo mismo que sindicales y el silenciamiento a sangre y fuego de cualquier atisbo de oposición.

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Unay

De haberse atenido a la lógica elemental y al sentido común, siendo que, por supuesto, eran los espectadores connacionales del realizador, especialmente quienes no vivieron en carne propia aquella época de espanto, los primeros destinatarios interpelados por la recreación de ese tenso proceso a los cabecillas, no todos, del plan de exterminio de los opositores, que expuso a la luz pública una parte de las atrocidades cometidas por el régimen interpelado, Mitre pudo haberse inclinado hacia un empaque narrativo de tono documental. Barruntando empero, quizás, que en un momento de hartazgo con la política y desencanto con los políticos, ello le dificultaría empatizar con los receptores, optó peligrosamente por apelar a las fórmulas hollywoodenses de las típicas películas “de juicio”, sin renunciar siquiera al humor, cosa que a priori pudo considerarse imposible dado el dramatismo de la temática. Que dicha riesgosa opción funcionó, pudo constarse con el hecho de que en Argentina su película estuvo, con mucha distancia, a la cabeza de las cifras de espectadores durante más de un mes no obstante competir con las últimas megaproducciones del norte.

Desde luego la opción elegida entrañaba otras sinuosidades, desde la espectacularización gratuita de episodios del todo distantes del habitual amarillismo noticioso, hasta la eventualidad de dar pábulo a las sospechas de una adhesión encubierta a los relatos fraguados por los simpatizantes del régimen, aludiendo a los presuntos “dos demonios” enfrentados, con la intención de enmascarar y justificar las barbaridades, relato por los demás perviviente al día de hoy en las tonterías negacionistas expresadas en las posiciones de Milei y otros ejemplares de similar catadura.

Pues no. Si bien algunos de sus coterráneos le echaron en cara ciertas omisiones (el decisivo papel de las organizaciones ciudadanas pro derechos humanos, el del presidente Alfonsín), Mitre encontró la modulación adecuada y el equilibrio preciso para aventar cualquier reparo, mérito atribuible asimismo al aporte de Llinás en la construcción del guion. La clave estribó en no haber cedido a la más mínima tentación de pintar a Strassera como un superhéroe, mostrándolo simplemente como un ser humano consciente de sus responsabilidades profesionales y ciudadanas, pero en ningún caso exento tampoco de dudas, vacilaciones y miedos provocados por las amenazas de los uniformados hacia él y su familia, así como por las objeciones de la parentela, con especial énfasis de la madre. Asimismo fue esencial la decisión de no tensionar la narración al punto de activar en los espectadores el natural bloqueo causado por una sobrecarga insoportable de dramatismo, agotándolos o llevándolos a desear el pronto final de la narración.

Abundan por cierto, pero sin caer en la demasía, momentos pico en extremo sobrecogedores. Tal, entre otras, la escena de la denuncia de Adriana Calvo Laborde testimoniando cómo fue forzada a dar a luz con los ojos cubiertos en presencia de sus secuestradores uniformados, quienes le arrancaron la placenta, la tiraron al suelo y la obligaron a baldear desnuda todo el lugar.  

Los momentos de humor, en el modo de necesarios respiros, dados los casi 150 minutos de duración de la película —tiempo, que dicho sea de paso, no se siente en absoluto estirado— están sobre todo centrados en las discusiones, lindantes a momentos con el disparate, en el grupo de bisoños abogados y estudiantes de derecho reclutados a la rápida por Strassera y su ladero Luis Moreno Ocampo, él mismo un novel jurista proveniente de una familia oligárquica, para hacerse cargo de la investigación de 760 de los 30.000 casos elegidos para fundamentar las acusaciones contra los encausados, ante la temerosa reticencia del resto de sus colegas, debido a las amenazas del entorno de aquellos o directamente a su adhesión al régimen puesto en el banquillo.

Tales breves paréntesis, al igual que la inclusión de tomas de archivo recuperadas de noticieros o filmaciones de la época, si bien el histórico juicio no fue transmitido por televisión, ni siquiera por el canal estatal asimismo a consecuencia de las intimidaciones militares o de la complicidad de los canales privados casi en su totalidad propagandistas del Proceso, dejan paso enseguida a la retoma de la recreación puntual de los alegatos y contra-alegatos expuestos en el curso de aquel genuino intento de hacer justicia ejemplarizadora  prolongado a lo largo de cinco meses plagados de testimonios escalofriantes —alrededor de 800—, hasta concluir con la recreación in extenso del alegato final de Strassera, cerrado con su recordada sentencia alusiva a la importancia de no borrar de la memoria aquellas abyecciones: “Nunca Más”.

Desde luego las sobrias, contenidas, y por ello impresionantes, faenas de Darín y Lanzani en los roles de Strassera y Moreno Ocampo son uno de los sustentos esenciales del film, gracias a haberse rehuido a intentar copiar a los personajes reales, caer en la autocomplacencia con sus papeles o incurrir en la petulancia. Y en el resto del elenco abundan asimismo las composiciones dignas de mención: en particular la del joven Santiago Armas como Javier, hijo menor de Strassera y una suerte de otro yo que filtra y redimensiona los acontecimientos con una soltura distante del peso abrumador del compromiso que agobia a papá en la intimidad; la de Alejandra Flechner como Silvia, su esposa; la de Laura Paredes en la piel de Adriana Calvo; y, por cierto, la de Norman Brisky a cargo de la figura de “el Ruso”, personaje de ficción que hace las veces de consejero del fiscal, suministrando también con sus apariciones el soplo de aire fresco requerido, por los motivos ya señalados, en la tarea narrativa, ejecutada con sólido oficio por Mitre.

La pulcra ambientación de época y la inclusión en la banda sonora de populares canciones de la época —si bien tal vez en este rubro el tratamiento peque un tanto de exceso—, también ponen lo suyo en el perfecto acabado de  una obra maciza, de enorme calado didáctico e imprescindible visualización cuando las brumas del tiempo comienzan a velar aquellos acontecimientos que, haciendo nuestra la aseveración del protagonista, no debieran reproducirse nunca más. Y no tan solo en la Argentina, claro.

Finalmente: un par de producciones de la misma procedencia (La historia oficial -Luis Puenzo/1985, El secreto de sus ojos – José Luis Campanella/2009), ambas concernidas de una u otra manera, al igual que Argentina, 1985, con los entretelones y las averías de las políticas genocidas de Videla, Massera, Agosti, Viola, Galtieri y sus pares, obtuvieron los dos premios Oscar logrados hasta la fecha por ese país, galardón al que ahora aspira el emprendimiento de Mitre. Que finalmente vaya a conseguirlo o no es un tema de muy escasa relevancia desvalorizado como está al haber quedado en evidencia que no dista nada de reducirse a ser la mera vitrina comercial con una oscura trastienda, pero el dato no deja de ser de todos modos anecdóticamente llamativo.

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Chavelita, una semilla

María Isabel Viscarra, ‘alma mater’ del Café Semilla Juvenil de San Pedro, acaba de cumplir 87 años, una vida larga y feliz de lucha y compromiso

María Isabel Viscarra

Por Ricardo Bajo H.

/ 20 de noviembre de 2022 / 00:02

Le dicen Chavelita. Su nombre es María Isabel Viscarra Quezada. Pocos saben que se volvió contestataria gracias a un obispo gringo. Que pasó hambre. Todos sabemos que Chavelita es una semilla. Esta es la historia de una mujer convencida de que otro mundo es posible, regando gota a gota.

Chavelita tiene un jardín lindo en su casa frente a la cancha Zapata. Es el hogar que construyeron sus padres. Un día, una embajada le mandó una invitación a esa dirección y por un error de dedo bautizó de nuevo la zona: “Ahora vivo en la chancha Zapata”. Chavelita tiene una risa fácil. Cuando padre, madre y tres hermanos se vinieron a vivir a la casa, en 1943, las aguas del Choqueyapu bañaban los sembradíos de haba, choclo y papas. El día más angustioso de su infancia es aquel que la obligan a cortarse las trenzas. En el cuarto de estar de la casa, una fotografía todavía recuerda a aquella niña hermosa/mimada con dos trenzas morenas.

Su padre, Gerardo Augusto Viscarra Illanes, es contador. Su madre, Raquel Quezada Daza, ama de casa, nacida en Sucre, como el general/presidente don Hilarión. Chavelita no pasa un día sin extrañar a la madre, sin acordarse de ella cuando escuchaba las noticias pegada a la radio. Los tres hermanos (Enrique, Jorge y Fernando) han muerto ya. Chavelita no aparenta la edad que tiene. Camina con algo de dificultad últimamente, pero su rostro (casi sin arrugas), su vitalidad, su memoria y su humor a prueba de balas son envidiables. Cuando le pregunto por su “secreto”, se pone a hablar de los jugos y las verduras de su infancia, de sus viajes y caminatas por el altiplano norte… y de su mamá, doña Raquel, que vivió hasta sus noventa años.

Chavelita habla y entiende aymara (también alemán). El primero lo aprendió en la casa natal situada en una de las esquinas de la plaza San Pedro (en la Cañada Strongest y Otero de la Vega). “Éramos todos sanpedrinos, devotos, teníamos la iglesia enfrente”. Cuando la familia, tras vivir de alquiler en otra zona del barrio, decide comprar, se va a vivir debajo de la colina de Santa Bárbara; “un barrio periférico e inestable por sus fallas geológicas”, le dicen sus amigos. La casa blanca, un siglo después, sigue en pie.

Sus tres hermanos mayores estudian en el Colegio Americano, pero un día su madre se enferma de terciana y malaria estando el padre trabajando en el río Pilcomayo. En el hospital adventista de Chulumani es curada por una monja alemana que la aconseja: “Ponga a su hijita en el Colegio Alemán”. Dicho y hecho. Es entonces cuando choca por primera vez con el racismo. La primera pregunta/disparo que recibe en su cuerpo es: “¿De qué familia eres?”. Averigua en su casa y sus padres le responden: la honestidad de una persona no depende de su apellido, ni del color de su piel, ni de su sangre.

En su curso del Alemán, donde colgaran banderas nazis en los años treinta, la misma chica “jai-jai” pregunta de nuevo a otra alumna: “¿Qué haces acá si tu mamá es una chola?”. La madre de Carmen era una señora de pollera que vendía en el mercado y se sacrificaba para que su hija pudiera estudiar en un buen colegio. Chavelita, cansada de ese racismo estúpido, valga la redundancia, encara a la preguntona: “¿Y qué tiene que su mamá sea chola?”.

En el colegio de la calle Aspiazu, Chavelita es una buena alumna, buena y valiente. Recibe una educación en valores y disciplina que rima con puntualidad. “Decían en aquella época que los del Alemán salíamos de allá acomplejados, teníamos que ser perfectos en todo”. El viaje de promoción es un descubrimiento de Bolivia: viajan en camión y tren por Cochabamba, Aiquile, Sucre, Potosí y Tarija. “Conocí mi tierra y me enamoré de ella”.

Retrato. En una exposición de arte, Chavelita junto al recordado gestor cultural Raúl Soruco.

En la casa, la madre le ha enseñado las tres palabras clave: por favor, permiso y gracias. Con su hermano aprende a bailar tango. Es una chica enfermiza, sufre de tosferina, tifus y tiroides. La medicina tradicional/ancestral acude en su ayuda: hierbas, plantas, fruta y verduras. Pero cuando el padre es estafado en un negocio maldito de minas y muere por una embolia a temprana edad (en 1959), la debacle entra por la ventana de la casa de la cancha Zapata. “No teníamos para comer, yo sé lo que es pasar hambre, sentir hambre en el estómago”. Doña Raquel apenas tiene para cocinar “lawas” de trigo y maíz. La verdura se vuelve un lujo, ni digamos la carne. Chavelita todavía hoy se acuerda cómo pegaba su nariz a las vidrieras de la avenida 6 de Agosto donde miraba y miraba las frutas y los chocolates.

Su primer trabajo, para ayudar en casa y pagar las deudas, es de asistente social en la parroquia de San Pedro. También es voluntaria en el club del libro del Colegio Alemán y recoge ayuda para los niños y niñas de las misiones de Covendo en Alto Beni. Cuando triunfa la Revolución Cubana, la madre y la hija se alegran. Las dos se convierten en columna guerrillera y discuten con familiares y amigos: “Los comunistas te quitan los cuartos, tu casa, te violan, también tu enamorado te van a quitar”. Doña Raquel responde: “Si un gobierno y un país dicen que van a luchar por mejorar los programas de salud, ese gobierno y ese país son hermosos. Se terminaron los cuentitos de esas viejas cincuentonas”. La madre se acordaba en su interior de las enfermedades pasadas. Y de lo que se sufre cuando uno no tiene salud y la plata no alcanza. Chavelita lleva a Cuba en su corazón. “Me acuerdo que mi mamá a Fidel le decía Fidelito; Fidelito es mucha cosa, decía”. 

Su segundo trabajo la lleva al Colegio Loreto, es secretaria de la monja del programa de cristianismos y también da clases de castellano e inglés. Luego pasa al Alemán y colabora también en la parroquia de María Auxiliadora. Entonces, el Concilio Vaticano II cambia el siglo XX. La Teología de la Liberación nace con alma, vida y corazón; alma para conquistar al pueblo, corazón para quererlo y vida para entregarla junto a él. Los jesuitas van a poner el pecho a las balas, miles de jesuitas en todo el mundo, contra un millón de balas.

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Chavelita lee a Ernesto Cardenal

(poeta, cura, revolucionario nicaragüense, sandinista): Homenaje a los indios (1969), Fidel Castro, cristianismo y revolución” (1974). Devora un libro al día. La patria latinoamericana unida está por (re)nacer y hay que cantar(la). A La Paz han llegado a finales de los años cincuenta unos cuantos curas gringos, misioneros. Vienen de la diócesis de Saint Louis, Missouri. Entre ellos, Andrés Bernardo Schierhoff, futuro obispo auxiliar de La Paz (en 1968) y Vicario Apostólico en Pando (en 1982). Ya pueden adivinar, Bernardo es el obispo gringo que vuelve (más) contestataria a nuestra querida Chavelita.

Junto a Schierhoff arriban a Chuquiago Marka los “padres” David A. Ratermann, Andrés Kennedy y Daniel Strech. Todos juntos construyen la Parroquia de Cristo Rey, su templo, el colegio San Luis y el templo de la parroquia María Reina en Tembladerani, entre otras obras, todas en los barrios paceños. Chavelita termina de secretaria de Bernardo Schierhoff. Las capas doradas y moradas del monseñor acaban en su casa. “’Hágase unas lindas faldas con ellas”. Aquellos curas no respetaban la propiedad privada. Definitivamente. “El gringo Bernardo me hablaba de socialismo. Era muy sobrio y austero, aborrecía los gastos superfluos de la jerarquía eclesiástica. Me confesaba que le daba vergüenza haber nacido en Estados Unidos sabiendo todo lo que hacía su país. Con él, recorrimos las provincias —Omasuyos, Muñecas y Camacho—; fueron los años más hermosos de mi vida, contemplar las montañas, la majestuosidad de nuestro altiplano, su gente linda”.

En la catequesis de Cristo Rey, un joven de doce años se apunta a los cursos de la comunión dos veces. Todos creen que es por el chocolate caliente. “Me enamoré de usted”, dice el chango. Chavelita era, es y será un sortilegio. Por aquel entonces, renuncia a ser maestra en el Saint Andrew’s. Otra vez, racismo y colegio riman con privilegio. “Los niños y niñas eran fi-fís, todo conjugaban con mi-mi, yo-yo, no sabían lo que significaba compartir”. Los curas rojos y extranjeros eran señalados (después de las palabras iban a llegar las balas). A Chavelita la palabra “extranjero” para sus sacerdotes queridos no le gusta. “Ellos vinieron a servir, no a matar”.

Cuando recuerda el asesinato del jesuita canadiense Mauricio Lefébvre (en 1971 con 49 años) y del catalán Luis Espinal Camps (en 1980 con 48 años) se emociona, nos emociona. 40 curas asesinados, 11 desaparecidos, 485 arrestados, 46 torturados, 256 expulsados: el “Plan Cóndor”, en números fríos. Enrique Angelelli, Lefébvre, Espinal, los curas Palotinos en la Argentina, algunos de los nombres. La muerte cruel de Lucho la deja tiesa: “Pasó soledad, pero era muy fuerte; flacucho, pero de gran fortaleza interior. Espinal era escándalo para los jerarcas de la iglesia. Cuando no llegó aquel sábado a su programa de cine en Radio Fides, nos preocupamos. Nos dijeron en el colegio de los jesuitas que había huido porque había hecho una estafa. Una mentira canalla, otra. A las cuatro de la tarde nos avisaron que habían encontrado el cadáver torturado. Oscar Eid delante de mí, al lado del Teatro Municipal, llamó al presidente Siles Zuazo y le dijo que convenía que viniera al velorio. Cuando lo enterramos en el cementerio, al lado de Lefébvre, había paramilitares argentinos. Tres días después, el 24 de marzo del 80, asesinaron a Óscar Arnulfo Romero en El Salvador, ambos mártires de una iglesia liberadora, asesinados por el mismo imperio, los gringos malditos”.

Chavelita ha sido “cohetillo” toda su vida. La solidaridad ha corrido siempre por sus venas. Pone unas velitas cuando los sandinistas entran en Managua y se pone triste cuando pierden las elecciones después de la guerra de la Contra auspiciada por Estados Unidos. Con el golpe de García Meza vive la represión en primera persona: “Vi cómo la gente se tiraba al lago Titicaca antes de caer presa, cantamos el Jacha Uru y años después llegó nuestro día: amuya sipxañani jutaskiway”.

1986 es el año de apertura del Café Semilla Juvenil, a una cuadra de la plaza del barrio de San Pedro, antiguamente conocido como Nueva La Paz. La fecha: 25 de octubre. La idea de abrir centros para jóvenes viene de los cafés cristianos de Canadá. “Había una voluntaria canadiense, se llamaba Liss y estaba en la parroquia de Santa Rita, detrás del cementerio. Ella y el padre Daniel Strech tenían la idea de inaugurar un café en cada barrio. Estábamos imbuidos todos de la teología de la liberación”.

El Café Arte y Cultura en el Prado había sido un intento cuatro años antes, “pero metió las patitas el MIR”. Al final, solo un café brotó de la idea y se llamó Semilla Juvenil. “Hay que meterse en el barro, hacer cosas y ahí en San Pedro nos juntamos con Matilde Casazola, el matrimonio Villalobos y otros católicos de base. Lo inauguramos con un festival de canto y jadocs. Luis Rico estaba invitado, pero no apareció. Una de las personas que nos ayudó fue Pablo Ramos y otra nuestra querida Ana María Romero, Anamar; con ella bailamos, lloramos y festejamos en diciembre de 2005”.

Al Café Semilla Juvenil y sus impulsores los trataron de comunistas (“eran los desclasados del barrio”) y de apéndice de la Conferencia Episcopal (“así nos decían los indigenistas”). Chavelita y el Café han organizado cientos de actividades y charlas de solidaridad internacionalista con Cuba, Nicaragua, El Salvador y su Frente Farabundo Martí, la Venezuela chavista, las Malvinas argentinas, Palestina, el pueblo mapuche y el saharaui, los zapatistas, los vascos…

Por el salón de la cancha Juvenca sobre la calle Almirante Grau donde hoy se puede ver retratos de Espinal, Romero y Strech, han pasado cientos de músicos como Dagmar Dumchen, Eduardo Yánez, Álvaro Flores (un infaltable), Adolfo Manzaneda, Ronald Fox, el ballet Conadanz, el grupo Ayni, Comunidad Sagrada Coca, Música de Maestros, el cuarteto Aimi de la familia Cordero-Carrazana, la cantante Selva… Y guitarreadas, muchas guitarreadas con Silvio y Pablo, Carlos Puebla y Víctor Heredia, Chabuca Granda y Víctor Jara. Y la mexicana Chavela, “prima hermana” de la Chavelita. Los prestes para el binomio Espinal/Romero no faltan nunca.

Chavelita es muy crítica de las fallas internas de los procesos revolucionarios de América Latina, de la falta de formación política y autocrítica. Confía en un Cristo liberador, en la mística de los pueblos y arremete con dureza contra una jerarquía católica “traidora y cabrona”. Su frase favorita contra el desánimo y la desilusión me gusta: “Esperar contra toda esperanza”. Es una cita de la Biblia, de la Epístola a los romanos.

Su jardín con whipala de la calle Severino Zapata (héroe de la Guerra del Pacífico) es un regalo de vida. Habla con sus rosas, sus plantas, las mima, la escuchan. Es uno de sus “vicios”: el otro es la música, desde Schubert a Chopin, de las canciones protesta al folklore boliviano y latinoamericano. Para mantener la cabeza sana en acción, adora los “Geniogramas”. Está comenzando a regalar sus libros, incluso sus favoritos del padre vasco Gregorio Iriarte y los poemarios de Pedro Casaldáliga. Hace rato que no enciende la chimenea de leña de la casa y ya tiene en mente todas las actividades culturales/políticas del Café Semilla Juvenil hasta final de año. Su último sueño es el proyecto “Semillita”, un centro para “wawas”, una idea de la periodista Lucía Sauma. “No vamos a cambiar el mundo, eso sería arrogante de nuestra parte a estas alturas, pero gota a gota algo surgirá. Lo que no se hizo, se hará”. 

María Isabel Viscarra Quezada, Chavelita para todos y todas, viste esta tarde de noviembre con cielo rojo un poncho de color ladrillo/esperanza. Acaba de cumplir 87 años. El Presidente la ha felicitado en un mensaje de Twitter. Sus amigos se han reunido en su café para celebrarla, cantarla y besarla. Tiene una vida larga y feliz, recompensa de la virtud; un jardín con rosas que decoran su alma; y una biblioteca. Lo tiene todo.

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