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Gastón Ugalde: ‘El rol del artista es transformar el mundo’

Gastón Ugalde, artista boliviano

/ 9 de diciembre de 2020 / 10:38

El artista de mayor proyección internacional vivió ‘creativamente’ un año marcado por la pandemia del COVID-19, en el que se dedicó a fotografiar una La Paz en confinamiento.

Este año lo pasé creativamente”, se ufanó Gastón Ugalde sentado en el living de la Galería Puro. El artista, nacido en La Paz en 1944, abrió sus exposiciones presenciales en noviembre con Colección Privada, una muestra que recoge diferentes piezas de su trayectoria artística y que en esta ocasión, mientras conversa apoyado en el sillón y los cojines de awayo —uno de los materiales recurrentes en sus obras y un elemento que le apasiona—, lo lleva a reflexionar sobre más de 50 años de trabajo. Con su característica forma de hablar dispersa, encantadora y extrovertida, Ugalde comparte  que los meses  de confinamiento lo inspiraron, agitaron su creatividad y provocaron nuevos proyectos

—¿Cómo afectó la pandemia del COVID-19 en su trabajo?

— Este año lo pasé creativamente. He caminado La Paz silenciosamente. La ciudad y yo en silencio por varios meses. Los tres primeros fueron un fenómeno de miedo y paranoia, la gente no salía y las calles estaban vacías. Fotografiar la ciudad así no había sido tan bonito, notamos que hasta la Jaén, cuando la ves sola, es un poco artificial. De todo esto tengo muchos registros de video y de fotografía. No sé qué haré con el material. Por otro lado, nos damos cuenta de que las galerías de arte en Bolivia siempre están en cuarentena. La gente no está acostumbrada a visitar galerías y museos.

—¿En qué momento se inició su carrera como artista? ¿Hay algún hecho o influencia en especial que haya sido decisiva en este camino?

—Uno nace artista. Lo que pasa es que la educación y la escuela te enseñan a dejar de ser artista. Tu manera de comunicarte y de sentir, en determinado momento, es de otra forma. Yo siempre estuve apegado a las artes. En 1960 mis padres me pusieron en un taller con Agnès Frank. A ella la considero una de las artistas más importantes del siglo pasado junto a María Luisa Pacheco, María Esther Ballivián, Inés Córdova y Marina Núñez del Prado. En la década de los 60, 70 y 80 hubo una fuerte presencia de la mujer en el arte y con producción, porque siempre he dicho que el artista boliviano no produce. Frank me abrió los ojos a la sensibilidad de la pintura, me transformó la manera de ver las cosas a través de una expresión plástica y pictórica. 

—Trabaja en técnicas muy diferentes, desde las tradicionales a las más relacionadas con el arte contemporáneo (pintura, fotografía, video, grabado, dibujo e instalaciones) ¿por qué?

— El ser multidisciplinario tiene que ver con la interculturalidad que vivimos constantemente en nuestro país y particularmente en la región andina del continente, desde México hasta Chile. En Bolivia es verdad que existen 36 naciones conviviendo dentro de una sola. Yo he caminado mucho por el país en los años 70 y los 80. La presencia de cada cultura influye porque Bolivia es diversa. El boliviano baila y canta, esa es nuestra máxima expresión y el arte siempre es fiesta. La dialéctica del porqué algunas culturas aprecian más la ópera o el teatro o el arte plástico es asombrosa, en algunos está y en otros no. Uno puede expresarse de diferentes maneras, sobre todo en el arte colectivo y trabajando con otros artistas y otras personas, que es la forma en que a mí me gusta, porque te lleva por distintas ramas.

—¿Qué elementos culturales sirven de inspiración para sus obras?

—La coca siempre me ha inspirado. Tuve exposiciones en Bolivia, Brasil, y en España, la Feria Mundial de Sevilla, donde tuve que restaurar la obra porque la gente se comía las hojas y Réquiem a la cocaína en París. La primera instalación de arte que hice fue en el Museo Nacional de Arte en los años 60 con khulas (pedazos de barro) porque vino un momento de sequía. Fue la primera instalación de ese tipo en el MNA. Las personas, sin embargo, no entendieron la exposición, incluso ahora no entenderían. Pero Teresa Gisbert de Mesa, que en ese momento era directora del museo, comprendió y publicó en un periódico un comentario que decía: “Este artista va a dar de qué hablar”.

Desde entonces hago mucha instalación, me gustan mucho las rocas y los proyectos de apachetas. He debido construir más de mil apachetas en todas mis caminatas, muchas de ellas comunitarias. La piedra y la sal siempre han sido un fuerte en mi obra. He hecho muchas performances a nivel mundial con sal. Dos veces he llenado el teatro María Teresa Carreño en Venezuela, el teatro más grande y moderno de Latinoamérica: 4.500 personas y escenario circular.

Foto: María José Richter

—¿A cuál de sus muestras le tiene algún cariño especial?

— Tengo varias, muchas de ellas colectivas. Trabajé con 10 o 12 artistas en un año o año y medio. El mural del bicentenario me gusta, pero nunca se lo ha llegado a ver como estaba propuesto por las bolitas. También tengo mucho orgullo de mis piedras en Tiwanaku, cada vez que voy me siento muy emocionado, me gustaría engrandecerlas. Recolectamos piedras gigantes del cerro y las llevamos hasta el lugar. Muchas de las piezas más importantes de Tiwanaku están en La Paz y en las fachadas de casas o se las han llevado a otros países, como Japón. Esta es la primera vez que alguien está trayendo piedras, he puesto unas 80 hasta la entrada del museo. Ahora quedan muy pocas. Me gustaría mejorarla, buscar financiamiento, pero ese es otro gran problema. En Bolivia no hay mecenas ni filántropos ni coleccionistas de arte, ni uno. El “negro” Romero lo era en su época, creó la primera Bienal de Arte INBO 1975. Gané el primer premio sin ser pintor, y ahí me volví caminante.

— ¿Qué papel, si acaso debe haber uno, tiene el artista hoy en día en Bolivia? ¿Hay alguna relación por parte del Estado?

— El rol del artista siempre es transformar el mundo, cambiar la humanidad y preservarla. El arte siempre es político, social y decorativo, al ser decorativo también tiene una influencia social.  El Estado debe mantener proyectos como Intervenciones Urbanas, cualquier cantidad de dinero que recibe el artista es un estímulo. Se puede vivir del arte si se trabaja con él. Todo el que trabaja vive de su quehacer.

—¿Cómo ve el mercado del artista boliviano hoy en día?

—Hasta hace unos años, yo me moría por ir a bienales, he ido a todas. Creo que soy el único boliviano que ha ido dos veces a la Bienal de Venecia, pero estas no sirven para comercializar, sirven para mostrarte, para conocer gente y para llenar el currículum. Entonces cobraron importancia las ferias en Miami, Sao Paulo y Nueva York, por ejemplo. Hay que vender para sustentar el viaje y ganar algo, pero es importante estar ahí para entrar en el mercado del arte. La realidad es que hay que vender, sino se vuelve a la figura del artista en el cuarto oscuro como Van Gogh y ahí el mercado realmente se vuelve pequeño.

—¿Qué proyectos tiene pensados para el futuro?

—Extraño mucho la integración de las sociedades bolivianas a través del arte. Ese fenómeno sucedió en los años 70 y 80 de una forma fantástica. Había una voluntad extrema de integrar el arte y había grandes artistas en el país. Los festivales de Sucre eran muy lindos, la gente los esperaba cada año. Eso se ha dejado pasar. Quiero ir a Cochabamba y a Santa Cruz para trabajar en ello, traer gente de afuera y promocionar a nuestros artistas. El 26 de enero estamos invitando a seis artistas a Uyuni. Queremos viajar con la muestra para integrarla a otras sociedades, como la cruceña, además de provocar el turismo interno y generar curiosidad.

Soy un improvisador todo el tiempo. Organicé esta muestra en la Galería Puro en muy poco tiempo. Y estaré presentando una instalación en Cochabamba, en la ex Casona Bickenbach, que ahora es el Campus Cala Cala.

Una de las máscaras en exposición. Parte de la exhibición ‘Colección Privada’ presentada en Galería Puro, ubicada en la zona de San Miguel. Foto: María José Richter

Perfil

Multifacético

Desde 1972 formó parte de más de 100 exposiciones colectivas en todo el mundo, incluidas las Bienales de Sao Paulo (1978, 1981, 1985), La Habana (1986, 1999), París (1982) y Venecia (2009, 2011). Montó alrededor de 90 exposiciones individuales.

Warmi Photo

La colectiva boliviana realizó el taller de fotos ‘Existimos Estallidxs’. En estas páginas, algunas de las mejores piezas

Por Miguel Vargas

/ 27 de septiembre de 2021 / 09:50

Congregar la diversidad de miradas de fotógrafas mujeres bolivianas es uno de los principales objetivos de la colectiva  WarMi Photo, que busca la visibilidad de su obra y de sus ideas. Con este afán —y tras una primera versión en 2019— se realizó este 2021 Existimos Estallidxs, la segunda residencia fotográfica en narrativa de género, identidad y territorio.

Se trató de un evento internacional autogestionado que nació a partir de la necesidad de crear espacios de formación más accesibles y fortalecer la producción colectiva fotográfica de nuevas autoras desde Latinoamérica, describe Lesly Moyano, de WarMi Photo.

IMÁGENES

El cuerpo hablante de Cecilia Bethencourt (Argentina).

Flor cara de Ana Sotelo (EEUU Perú)

Cosechando memorias de Valentina Cuadros Biggerman

Rebeca en su descanso de Angélica Queupumil (México)

Debido a la pandemia de COVID-19, la residencia se realizó de forma virtual del 23 al 28 de agosto, con la participación de 34 residentes latinoamericanas dirigidas por cinco tutoras de reconocida trayectoria:  Wara Vargas (Bolivia), Greta Rico (México), Anita Pouchard Serra (Argentina), Camila Falcao (Brasil) y Marcela Bruna (Chile).

Estas jornadas sumaron un total de 40 horas formativas entre talleres, charlas magistrales, revisiones de portafolio y el desarrollo de un proyecto personal. La residencia contó con la certificación de la Universidad Evangélica Boliviana.

De los proyectos personales de las participantes en este evento, presentamos en estas páginas algunas de las imágenes que han destacado tanto por el trabajo estético que han implicado como por la formulación de un discurso propio.

Fotos: Warmi Photos

MIRADAS

La esperanza en el volver de Carmen Angola (Bolivia)

La madre dolorosa de May Gonzales (Ecuador)

Mi sangre es una semilla de Wara Moreno

Tiempo sin dueño de Tatiana Siles Joffré (Bolivia)

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Ever Roca, el camino de un autodidacta

El artista se inició en el dibujo a sus 11 años. Tras la secundaria decidió pintar al óleo y hoy retrata la Amazonía

Por María José Richter

/ 27 de septiembre de 2021 / 09:48

Ever Roca Oliveira (1989) nació en la Amazonía boliviana. Y aunque no parece lo más relevante, este dato es fundamental para comprender su propuesta artística. Una de sus obras, Zafra, Castañero Amazónico, muestra a un hombre escondido en los bosques trabajando la tierra. A su lado, un perro lo mira atentamente. El óleo sobre lienzo parece, por su realismo, el fino pero intenso trabajo de los colores y la técnica detallada, una fotografía.

Si bien Beni fue la ciudad donde abrió sus ojos, fue en Pando —allí lo llevaron sus padres un año después de nacido— donde tomó sus primeros lápices que luego devendrían en pinceles. En 1997 empezó a cursar la primaria en Cobija. Un tiempo más tarde, cuando tenía apenas 11 años, afloró lo que sería su camino: el dibujo y, más tarde, la pintura.

Se inició reproduciendo las caricaturas televisivas. “A mis 10 años hacía dibujos para la clase solo como un hobby, algo que me gustaba. Llenaba mi cuaderno con dibujos caricaturescos, los que veía en la televisión. A mis 12 años fue cuando empecé a hacer dibujos más continuos, aunque no era de los alumnos a los que les encantaban las artes plásticas ni que paraba dibujando”, recuerda Roca.

Cuando llegó a la secundaria, Roca empezó, por azar, a indagar en la anatomía humana y las formas del cuerpo. “Dos años más tarde empecé a hacer dibujos para anatomía en la carrera de Enfermería en la Universidad de Pando. Pasé de los dibujos caricaturescos al cuerpo, no porque lo buscara, ni nada de eso, sino que me pedían encomiendas y me pagaban. Lo hacía todo a lápiz”, cuenta.

Zafras. Castañero Amazónico, óleo sobre lienzo.

De la mímesis a la propuesta

Esto lo llevo a ampliar la forma en que hacía un ejercicio de reproducción de lo que veía y también a sentir curiosidad por otras técnicas. “Un tiempo después sentí intriga por la pintura, en esa edad hice mi primer acrílico sobre las paredes, a veces sobre cartón. Mis padres no se molestaban de que yo pintara en los muros. Quise incursionar en el óleo, pero no llegaban a Pando, entonces utilizaba pinturas enlatadas de Monopol y las diluía con lo que podía”, dice.

Cuando encontró los óleos para principiantes en Cobija, empezó a hacer murales. “Hice uno de un pesebre cerca a Navidad”, recuerda. “A mí me parecía que lo hacía muy bien para ser de los primeros trazos, pero nadie podía darme una crítica constructiva porque en Pando nadie conocía sobre arte”.

La admiración por saber cómo mejorar su técnica al óleo lo llevó a adentrarse en el conocimiento autodidacta y vivir el asombro. En la etapa de secundaria, “empecé a experimentar mucho más y tratar de llenar un vacío, entonces buscaba libros relacionados con el tema artístico, aunque había muy poco material por acá. Pude conocer historia del arte: las técnicas, las corrientes, los pintores. Todo esto me motivó muchísimo”.

Una vez que conoció su tradición, empezó a gestar su propia propuesta y dejar atrás la reproducción. “Decidí empezar a hacer paisajes, escenas que estaban en mi mente, ligadas a la Amazonía. Cuando terminaba un cuadro, sentía que quería más y quería evolucionar. Al principio regalaba los cuadros, no los vendía. Hasta ahora en Pando es muy difícil la venta de arte”.

Lo siguiente fue consolidarse como pintor en su ciudad “e intentar cambiar la concepción del arte en Pando. Empecé a regalar cuadros y a venderlos a precios muy bajos, a mostrar mis obras a las instituciones, a mi familia y a los barrios”. Y aunque la tarea fue difícil, “hoy hay un poco más de apertura al arte, pero aún la recepción es muy pequeña”.

En estos años llegó a participar de diversas exposiciones, tanto individuales como colectivas, entre ellas la muestra Bolivia Internacional Individual en Brasil (2019); la Exposición Colectiva Nacional e Internacional (2017) en las galerías del patio del cabildo Tarija-Bolivia; una muestra colectiva en el Museo Costumbrista Juan Vargas (2018). Participó también del Encuentro Internacional de Muralistas en El Alto en 2019. Obtuvo diversos reconocimientos en el país y afuera en el marco de bienales o, por ejemplo, el importante Premio Nacional Eduardo Abaroa en 2016.

“Escogí este lado del arte primero porque fue una atracción con la diversidad de mi región y, después, porque es una región peculiar y poco atendida. El arte en Bolivia está orientado a lo andino, pero hay muy poco de este lado”, dice. “No es común ver obras de la Amazonía en el país, aunque las hay en Perú y Brasil. Siento que la mía es distinta porque he apostado por un realismo que enfatiza con los colores y los rasgos fuertes lo que es esta cultura. Los colores verdes y cafés predominan, porque son característicos de la región”.

La Amazonía y sus paisajes. La Amazonía y sus animales. La Amazonía y sus colores. La Amazonía y sus personajes. Todo ello se convirtió, de a poco, en la fuente de trabajo de Roca, quien hoy, luego de un camino autodidacta, es un retratista de una cultura que cautiva.

Fotos: Ever Roca

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María José: la discapacidad múltiple no frena la creatividad María José: la discapacidad múltiple no frena la creatividad

María José Viscarra es una artista de 27 años de edad que retrata sus estados de ánimo a través de la acuarela y el acrílico

La artista maría José Viscarra

Por Claudia Fernández V.

/ 27 de septiembre de 2021 / 09:28

Su mano izquierda es la encargada de realizar los trazos sobre el lienzo; esa línea continua que pintó con naturalidad costó varias hojas y lágrimas. “Esta soy yo, con mi silla de ruedas y mi delantal de pintura. En ese momento estaba triste”, dice María José Viscarra al mostrar su primer autorretrato. La nueva artista tiene una paleta amplia de temas, aunque encontró una leve inclinación por reflejar su estado de ánimo a través de sus cuadros.

La acuarela y el acrílico son los materiales que más utiliza, y su mayor referente es Frida Kahlo; las obras de la artista mexicana la inspiran. Pintar le ayuda a olvidar el dolor de su cadera, que se intensificó hace dos meses por la subluxación o displasia congénita con principios de artrosis que tiene, pintar le ayuda a expresar las palabras que no puede mencionar y le permite seguir mirando hacia adelante: desea que sus pinturas lleguen más allá de La Paz.

Ser profesional en artes plásticas y visuales requiere disciplina y pasión, y en el caso de María José, de 27 años, también implicó subir tres pisos para llegar a sus clases de pintura durante cuatro años. Su madre, algunas veces con ayuda de un voluntario, levantaba la silla de ruedas grada por grada.

“Cuando entré a la universidad sentí miedo, todo era confuso, y no sabía pintar. Lo más difícil era ver cómo algunas personas me hacían a un lado”, comenta María José, pero como en sus cuadros y en la vida hay una diversidad de colores, algunos más oscuros y otros más claros. Un buen amigo como Miguel, unos profesores como Freddy Escobar, Martina Noriega, Paddy Viscarra, Fernando Montes y Mario Conde lograron aliviar el peso que sentía por dejar las brochas.

Ser una nueva artista exige también creatividad, alto nivel de destrezas, reflexión crítica y un lenguaje plástico que comunique. Todo eso aprendió en la Academia Nacional de Bellas Artes Hernando Siles, lo aprendió a través de su traductora, Claudia Agramont.

Interpretar las palabras de los profesores en Lengua de Señas necesitaba algo más que técnica. Claudia repitió las veces que fue necesario para que María José capture los detalles de las clases y la esencia de los artistas que iba descubriendo. Además del dominio de la Lengua de Señas, la complicidad entre madre e hija fue una fuerza que la impulsó para continuar estudiando.

María José, aparte del problema en su cadera, tiene discapacidad auditiva. Padece de hipoacusia bilateral severa. La artista es una de las 91.287 personas con discapacidad registradas a escala nacional en el Sistema de Información del Registro Único de Personas con Discapacidad (SIPRUNPCD) hasta 2020. La discapacidad física-motora constituye el 38%, la intelectual el 29%, la múltiple el 15%, la discapacidad auditiva el 10%, la mental el 4% y la sensorial el 4%.

Del total de personas registradas, 77.051 tienen el carnet de discapacidad, según el SIPRUNPCD. “Pies para qué los necesito, si tengo pinturas para viajar”, parafrasea María José a la reconocida Frida Kahlo, quien también pintó desde una silla de ruedas. A la frase de la joven boliviana también se incluye pinturas que expresan lo que las palabras no pueden.

Su cuadro favorito refleja a Claudia, su madre, con un rostro dividido a la mitad. En el lado izquierdo hay una mirada dulce en tonos claros y en el lado derecho hay una mirada estricta de color rojo.  También son especiales otros dos cuadros de acuarela pintados hace un par de años; Libertad y Fuerza, así los bautizó.

La tenacidad de la familia Viscarra Agramont se percibe cuando habla de la operación que necesita la cadera de María José y que no puede realizarse en Bolivia, según les explicaron los médicos. Mientras los padres de la artista continúan investigando sobre la cirugía, la familia solo desea que el dolor sea disminuido.

“Voy a seguir adelante, voy a seguir pintando”, dice María José en la Semana Internacional de los Sordos, fecha que se conmemoró por primera vez en septiembre de 1958 en Italia y “desde entonces se ha convertido en un movimiento global que promueve y crea conciencia sobre las cuestiones que las personas sordas enfrentan en su vida cotidiana”.

María José es un ejemplo de perseverancia; donde la discapacidad múltiple se convierte en creatividad y trazos llenos de luchas diarias. Su arte puede viajar sin dificultades a los lugares que desea y sus cuadros hablan por ella.

Fotos: Claudia Fernández

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Poesía para caminar la incertidumbre

El escritor y periodista sucrense Álex Aillón presentó ‘P(r)oemas. Los cuadernos del Feis’, su más reciente publicación con la Editorial 3600

Álex Aillón, escritor y periodista

Por Miguel Vargas

/ 27 de septiembre de 2021 / 08:51

Acaso no exista en el universo nada más bello que la humildad de un abrazo. El abrazo que es vida compartida. El abrazo que retiene el calor de las cosas. El abrazo que hace que las cosas sean ciertas de muchas maneras. El abrazo que hace que en ti la madrugada sea posible. Me he gastado la vida dando abrazos. Una vida bien gastada es una vida hecha de abrazos. El abrazo. El gesto con que mides el valor de tu alma”. El 9 de julio de 2019, el poeta —y cronista, periodista, gestor— Álex Aillón Valverde escribía este texto en su muro de Facebook. Es 2021 y, leyendo P(r)oemas. Los cuadernos del feis (Editorial 3600) me vuelvo a encontrar con esta declaración pública sobre la corporalidad de los afectos, en un momento en el que precisamente los abrazos escasean por la pandemia y, sobre todo, por los embates de la vida.

 Este libro de Aillón es de los que, sin pretensiones, te acompañan. Justamente porque desde ese lugar/momento es que nacieron estos textos: las invisibles páginas de las redes sociales que si aparentemente parecieran destinadas al olvido, en realidad caminan y se desplazan con uno y te llegan en los lugares/momentos más impensados: en el trabajo, en el baño o trasnochado en la cama.

En estos lugares/momentos  es que cada uno de estos poemas se convierten en valiosos compañeros en medio de la incertidumbre: qué cosita es ser poeta, de dónde viene, cómo se hereda; a qué huele el amor, cómo se digiere el olvido, cuándo se mata lo que se siente; dónde encontrar tu ajayu, cómo interpretar un t’inkazo, qué cosa — al final— es ser boliviano.

Este libro tiene palabras que caminan, de ladito, casi atisbándote, esperando que les digas “¿no ve?”. Pero es clave no decirles nada, porque el truco es leer las palabras de Aillón en silencio, para dejar que tu voz interna te cuente la historia de las ballenas, comprender la naturaleza de los amores perros o tratar de entender la valía del p’ajpaku. Si por ahí algunos textos parecen déja vù, es porque en realidad es posible que los hayas visto antes compartidos en Facebook, leído en algún periódico o haberlos escuchado en una obra del Teatro de los Andes. Es que tienen vida, pues, y la publicación del libro te los hace tangibles, atrapables.

Por eso, esta lectura —que se hace rápidamente, pero que te va a pedir una y otra vez que vuelvas a ella para entender mejor las clases de poetas que existen, los mecanismos del olvido, las contradicciones del amor por Bolivia— refresca y conflictúa plácidamente.  Es nomás un acto de amor por nosotros, los que leemos a Álex y me t’inka que él lo sabe, porque dice: “Al amor tienes que darle cosas breves, cosas que signifiquen, no que valgan.”

(27/09/2021)

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El trópico de Cochabamba comienza la cosecha de la fruta perfumada

Mediante el respaldo del PAR II, los productores quieren mejorar la calidad y cantidad de piñas para conseguir mejores oportunidades de vida

/ 27 de septiembre de 2021 / 08:04

Diversos artículos periodísticos coinciden en que Brasil y Paraguay son los territorios donde se origina la piña, también llamada ananá. El nombre de piña se debe a Cristóbal Colón, quien cuando llegó a la isla de Guadalupe (en el sur del Caribe), en 1493, creyó haber hallado una clase de fruto de pino. En cambio, “ananá” proviene del guaraní, y significa perfumado. Es decir que se trata del fruto perfumado.

En la actualidad, los principales productores son China, Estados Unidos, Brasil, Tailandia, Filipinas, Costa Rica y México. Los productores cochabambinos quieren ingresar en esta lista privilegiada.

En la actualidad, la piña es cultivada en cinco municipios del trópico cochabambino: Entre Ríos, Puerto Villarroel, Chimoré, Shinahota y Villa Tunari. En el departamento de Santa Cruz se produce en Yapacaní y Guarayos, y en menor cantidad en el municipio paceño de Palos Blancos, indica Gróver García, ingeniero agrónomo especializado en piñas.

“El productor debe trabajar entre 15 y 18 meses para obtener un fruto en cada planta. Realmente es muy costoso”, asevera el experto, quien también tiene su plantación en estos terrenos fértiles.

Bertha es consciente de este sacrificio, pero también sabe de los resultados. Por esa razón se levantó a las dos de la mañana para preparar un espeso caldo de pata, que dará a sus trabajadores a las cinco de la mañana, cuando empiece la cosecha de las frutas perfumadas.

Es necesario empezar temprano, ya que al mediodía se llega fácilmente a los 40 grados de temperatura. Después del desayuno suculento, Bertha y sus empleados cosecharán al menos 2.500 piñas, que serán comercializadas a todo el país.

Aparte del mercado nacional, las principales exportaciones se encuentran en Argentina (257.559 dólares en ventas), Chile (75.709 dólares) y Estados Unidos (2.120 dólares). Plácido Condori, jefe nacional de Sanidad Vegetal del Senasag (Servicio Nacional de Sanidad Agropecuaria e Inocuidad Alimentaria), informó que las ventas a Argentina disminuyeron por el uso “inadecuado” de agroquímicos, según una nota de El Financiero, de LA RAZÓN, publicada el 29 de agosto de 2021.

“Los productores no estábamos bien organizados. Desde hace tres años que hemos vuelto a juntarnos en los cinco municipios”, cuenta Juan Lamas, presidente de la Asociación de Piñeros del Trópico de Cochabamba.

Como toda actividad productiva, el nuevo coronavirus perjudicó sobremanera a los piñeros, en especial porque disminuyeron mercados importantes en el ámbito local como internacional. “El principal problema es la falta de asistencia técnica y los residuos tóxicos”, dice Lamas.

Ante este panorama, el Proyecto de Alianzas Rurales (PAR II) —dependiente del Ministerio de Desarrollo Rural y Tierras— llegó al corazón de Bolivia para ayudar a incrementar el rendimiento de producción y elevar la calidad de la fruta, con el objetivo de que las familias beneficiadas obtengan más ingresos económicos.

Dentro de las plantaciones de doña Bertha el calor se incrementa cuanto más se acerca el sol, más aún con el esfuerzo físico; pero poco a poco los surcos van quedándose sin la fruta de forma cilíndrica y de aroma intenso.

Como la labor es intensa, es necesario descansar un poco cada cierto tiempo, sentarse y masticar algunas hojas de coca, que ayudan a mitigar el cansancio. Después hay que internarse otra vez a la plantación para sacar la piña.

“Como PAR II estamos apoyando con sistemas de riego tecnificado para asegurar la producción y dar eficiencia al uso de agua”, informa Guido Chirinos, oficial de alianzas del PAR II, quien añade que, con una inversión superior a los dos millones de bolivianos, se está colaborando a 210 productores.

“Primero nos querían dar asistencia técnica nada más, pero la gente no estaba de acuerdo y hemos pedido insumos. Ahora nos están ayudando con eso”, cuenta Marcio Sánchez, productor en Entre Ríos.

El avance del sol es indicativo de que hay que apurarse en la cosecha, pues el calor se convierte en la principal dificultad para terminar el trabajo. Cuando por fin las piñas están apiladas, un camión llega hasta la plantación para recogerlas y llevarlas, esta vez, a los mercados del país.

LA GRÁFICA

Una planta de acopio y embalaje de piñas

El camión que transporta la fruta

Para combatir el cansancio, sirven las hojas de coca

Cosecha de piña

Desde la madrugada comienza la cosecha de piña en el trópico cochabambino

En el trópico cochabambino se producen 80.000 toneladas de piña cada año. “La superficie se está incrementando. Es por eso que necesitamos buscar nuevos mercados y aumentar los volúmenes de exportación para no saturar el mercado nacional”, expone García.

En esto está cuadyuvando el PAR II, primero con asistencia técnica y también con la entrega de equipos, como motofumigadoras y desbrozadoras, en reemplazo de machetes y mochilas fumigadoras, que alargaban el tiempo de trabajo.

Hasta hace poco resultaba impensable hablar de riego, debido a que el trópico es una zona húmeda, pero debido al cambio climático, los productores recibieron tanques para agua que optimizarán el riego de las plantas. “Con el PAR queremos hacer todo: investigar, incrementar el rendimiento y dar asistencia técnica, porque el productor pide respuestas y quiere innovar”, agrega García.

Con el camión cerca, los trabajadores recogen cuatro piñas en las manos y las llevan a la parte trasera del vehículo, para que quienes están arriba las acomoden de manera ordenada. Es otra labor cansadora, aunque son conscientes de que están a punto de terminar y que recibirán como premio un abundante picante de pollo, también cocinado por doña Bertha.

Una parte de la producción irá a los mercados, mientras que otra parte será trasladada a la empaquetadora Gualberto Villarroel, en el municipio de Entre Ríos, donde más de 40 agricultores, miembros de la Asociación de Productores Agropecuarios Gualberto Villarroel (Apragvi), dejan las piñas para que sean procesadas y sean vendidas en el país, pero principalmente en el exterior.

Cada martes o miércoles, la correa de transporte entra en funcionamiento en la empresa perteneciente a los productores. El camión se estaciona cerca de la fábrica para depositar las piñas en unas colchonetas que mitigan el impacto y conservan bien la fruta.

Luego, el producto pasa por un proceso de desinfección, para luego ser secado con unas turbinas y, después, es empaquetado de acuerdo con el tamaño de cada fruta. Cada semana generan al menos mil cajas con fruta. “Agradecemos al PAR II, pero requerimos que nos sigan apoyando (…) Queremos reactivar la exportación, incrementar las áreas de producción, industrialización y tener más utilidades”, dice Lamas.

“Al que madruga Dios le ayuda”, señala el refrán. Doña Bertha y los otros productores de la región lo saben y por esa razón es que comenzaron a cosechar, con la seguridad de que el aroma de las piñas traerá días dulces a sus familias.

Fotos: Salvador Saavedra y José Rojas

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