viernes 15 ene 2021 | Actualizado a 21:55

Sotomayor, el inventor de La Paz

ESCRITOR. Ismael Sotomayor participó en la Guerra del Chaco.

/ 6 de enero de 2021 / 11:33

Ismael Sotomayor y Mogrovejo construyó la oralidad de La Paz. Un siglo después de la publicación de su libro Añejerías paceñas, volvemos a hablar de él

Fue gran amigo de Jaime Saenz, tuvo una doble vida o triple (entre el mito, el personaje real y el de ficción) y hacía —según su sobrina Ana Rivera— 45 clases de gestos. Era ameno y hablaba aymara. Estuvo casado con una sorateña llamada Margarita Alarcón. Vivió en el final de sus días en el pequeño cuarto de una casa situada en la plaza de San Pedro. El doctor Froilán, su hermano mayor, lo hacía vestir en la famosa sastrería Louvre y él perdía todos los trajes. Estuvo toda su vida rodeado de libros raros, papelitos, documentos, folletos, recortes y periódicos. Su legendaria biblioteca —al día de hoy desaparecida— rescató joyas olvidadas como algunas cartas de Bolívar y Sucre. En su entrada colgaba un letrero: “No se presta libro ni folleto alguno”.

Periodista de pura cepa y dipsómano (valga la redundancia), escribió para todos los diarios paceños, en algunos de ellos firmaba con pseudónimos como “Ismael Lillo” o “Jaime Cruz”. Fue soldado en la Guerra del Chaco (Destacamento Viacha), fue amante del teatro (llegó a escribir una obra sobre Agustín Aspiazu), fumaba empedernidamente y era habitué de tabernas y antros de buena y mala muerte.

De alma casquivana, buceó en todas las bibliotecas particulares y archivos notables de la urbe en busca de historias del ayer. Fue un declarado anacrónico (todos lo somos en Bolivia), odió su tiempo y sintió vivir más a gusto en la colonia o primeros años de República que en la ciudad y época que le fue dado vivir. Es Ismael Sotomayor (1904-1961), “fundador” de La Paz en nuestras letras, el más famoso tradicionista.

Antonio Paredes Candia escribió su “biografía” en 1967 bajo el título La vida trágica de Ismael Sotomayor (Ediciones Isla) donde retrataba sus años llenos de injusticia, dolor y miseria, destino trágico de otros escritores como Borda, Medinaceli o Díaz de Oropeza. Publicó en vida solamente dos libros: Añejerías paceñas (1930) con prólogo de Rigoberto Paredes, padre de don Antonio y Vicente Pazos Kanky (1956). Y murió sin poder ver publicados más de una docena de títulos suyos como Historia colonial de la ciudad de Nuestra Señora de La Paz y Armas y blasones.

Sus “añejerías” (piezas en prosa, “articulejos”) fueron publicadas originalmente en el periódico El Diario en los años 20 del siglo pasado. El libro recogería un total de 116 en la tradición que inaugurara el peruano Ricardo Palma a finales del siglo XIX. “La inactualidad respecto al canon es parte de nuestra actualidad o de cómo construimos actualidad y el anacronismo, ese estar fuera de época, es una de nuestras formas de estar y discurrir en el mundo de las letras”, dicen Ana Rebeca Prada y  Omar Rocha en el estudio introductorio de la nueva edición de Añejerías Paceñas (Biblioteca del Bicentenario de Bolivia, septiembre de 2020). 

Sotomayor recogió la “manera de ser del pueblo” (Paredes Candia dixit) en base a las tradiciones, vistas éstas como una “forma literaria de conservar y transmitir la vida íntima de las sociedades”. Don Ismael apelaba al unísono tanto a papeles antiguos como a relatos orales de los últimos cuatro siglos transmitidos por generaciones de paceños y paceñas. Sotomayor es, así, el constructor de una historia particular de La Paz, entre la ficción y las fuentes históricas —casi nunca citadas concretamente— con paradas siempre necesarias en personajes sobrenaturales, como los diablos. Sotomayor fue para La Paz lo que significó Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela para Potosí.

“Además de fragmentos de oralidad que buenamente recogiera el escritor de recuerdos de unos y otros paceños, ¿no ‘inventó’ Sotomayor esa oralidad a partir de los documentos que poseía y que revisó como eximio bibliógrafo?”, se preguntan Prada y Rocha en el mencionado estudio. “En ese caso, estaríamos hablando de una “oralidad de ficción”, es decir de un género, que habiendo partido de la tradición y de su compleja vinculación con la erudición historiográfica, la oralidad y el humor, decide reconstruir estos componentes pero lo hace ficcionalizando el elemento de la oralidad, construyendo así un texto eminentemente libresco”, añaden. Don Ismael escribió entonces entre las formas decimonónicas centradas en las tradiciones de antaño y las vanguardias de su siglo, creando oralidades desde la ficción. Ningún “kaivito barbudo”, oiga.

Foto: Ricardo Bajo

¿Fue Sotomayor el fundador de La Paz en nuestra literatura? “Sotomayor vive en los años 1920 en una ciudad que se ha convertido recientemente en la sede del Gobierno del país y que manifiesta ya los signos de la modernización liberal, desigual, periférica e incompleta y escribe sobre ella dándole un estatuto de existencia ficcional. Seguramente no es el fundador —aunque Saenz tal vez diría lo contrario— pero queda por hacer esa genealogía del advenir de La Paz en la ficción que luego y hasta ahora tendría tanta fuerza en nuestras letras”, dicen Prada y Rocha.

“Las “añejerías” son de un vuelo literario tan maravilloso que crean para la literatura boliviana “la” La Paz o “una” La Paz de ficción pero lo hacen dotando a esta urbe de una historia y un patrimonio, tanto coloniales como republicanos fuertemente basados y extraídos de documentación original e histórica”, resumen. “Fue un ficcionador capital del siglo XX paceño”, sentencian Ana Rebeca y Omar.

¿Existe el peligro de caer en una nostalgia reaccionaria? El historiador Pedro Querejazu, en el conversatorio organizado por la carrera de Literatura de la UMSA, a propósito de la presentación del libro en su edición 2020, advierte de la falta de indígenas y mestizos en los “pape-lillos” de Sotomayor, “excepto en la historia del convento quemado donde dice que murieron bajo las llamas algunos indios ignorantes”.

No obstante, gracias al estilo de Sotomayor repleto de humor y estilo ligero y sin caer nunca en lecciones moralizantes, podemos volver  hoy en día a la historia de nuestros apodos y refranes paceños; de nuestras casas, conventos e iglesia; de los paceños y paceñas que siguen como fantasmas (de la calle Jaén) caminando nuestros barrios; de sus grandes, “mamones” y pequeños personajes (como Doña Come Corazón); de sus crímenes y milagros; de sus delincuentes y aparecidos; de sus matrimonios arreglados, sus vírgenes y sus diablos; en definitiva, podemos rescatar la cultura popular de la ciudad La Paz para entenderla más y mejor, para amarla aún más si cabe.

TESTIMONIO. Las Añejerías de Sotomayor originalmente fueron publicadas como artículos para el periódico. Foto: Ricardo Bajo

Navidad de marras

Antes, muy antes, la Pascua de Navidad era, en La Paz, algo que verdaderamente llamaba la atención por el esplendor con que se la celebraba y, especialmente, por el lujo que salía a relucir en el arreglo de los nacimientos en todas las iglesias locales y hasta en casas particulares.

Existieron personas tan devotas para con el Niño Jesús de Belén que, por sistema y por tradición de familia, ahorraban cinco céntimos diarios del fruto de su trabajo para destinarlos exclusivamente a la compra de juguetes y otros cachivaches para adornar los nacimientos.

Entre estos últimos, llegaron a tener persistente fama los siguientes nacimientos: el de las señoras De La Barra, paceñas, verdadero conjunto prodigioso de juguetería y estética que ocupaba tres habitaciones seguidas y confortables; aquí, los ojos del mortal eran pocos para admirar tanto detalle minucioso y prolijo orden en la colocación de los objetos. Casi todas las familias de la ciudad desfilaban durante la Nochebuena para observar esta especie de maravilla de Navidad. La casa de tan devotas señoras hallábase situada en el lugar que actualmente ocupa el pasaje Sáenz o la puerta falsa del Teatro Princesa; habitáculo que, para más señas, era por entonces, en 1850, un enorme casón solariego con extenso patio, rodeado de arquerías de piedra labrada; escudo de armas en el portalón y aldabones con mascarillas de cobre eran la señales particulares de la residencia de la señores De La Barra.

Ocupaba el segundo puesto, andando el tiempo, el perteneciente a las señoras Ángela Ortuño y hermana. Aquí, el orden de las cosas del Niño no era tan riguroso como en el anterior, puesto que al lado de un cerro figuraba una oveja más grande que la montaña misma, incurriendo así en el delito de lesa estética; con todo, donde las Ortuño era de elogiar, el aumento considerable que, de año en año, observaba el visitante con respecto a juguetes combinados que podíanse admirar en esta casa ubicada en la que hoy es calle Pichincha, frente al templo de los padres jesuitas.

Por último gozó de suficiente crédito consagrado el arreglo de doña Manuelita Vargas, persona que, justo es decirlo, puso todo su cariñoso celo para presentar al público, decentemente, su nacimiento, entre cuyos visitantes más de una ocasión tuve a bien contarme. Y, para mí, total de nacimientos que hubieran podido valer la pena.

Entre los arreglos hechos en los templos con tino y habilidad, ahí están los de la Compañía, San Juan de Dios, la Recoleta y, ¿quién habría de negar la hermosura del “cuzqueño” que parecía hablar en medio del enorme nacimiento de los padres mercedarios? Esto queda fuera de toda crítica y duda, por eso lo dejé para este lugar.

En Nochebuena, noche de no dormir, las adoraciones eran cosa especial de gente bien; en los domicilios particulares, donde señoras y caballeros empezaban la “rueda grande” a las doce en punto de la noche, era también hora en que principiaban a circular exquisitos turnos de finos resacaditos entremezclados con té puro de la China o, en su lugar, sabrosos ponches de leche con coco raspado hacían las delicias de los gaznates.

La noche típica y jocosa de las adoraciones, de hecho, estaba a cargo y riesgo de nuestros característicos “hualaychos” (hijos de los habitantes del bajo pueblo, descuidados por completo de su educación y en su vestido) que, entonando motetes especiales y danzando alegremente con interpolación de parodias de diversas clases, se ganaban diez, quince o veinte peras por nuca en cada “función”, ya que en aquel entonces las peras eran vendidas a setenta u ochenta por medio real. Jamás a los adoradores se les pagó dinero contante ni menos sonante.

Era también costumbre inveterada —de la que hoy algo ha quedado— que comparsas o grupos numerosos de determinadas zonas de la ciudad, formados por los adoradores “hualaychos”, lograban provocar a otros sus similares un disgusto cualquiera para emprender contiendas a puño limpio y bien cerrado. Han gozado de crédito, por muchos años, los “golpeadores” del barrio de Caja de Agua (arribeños) y los de la región de San Pedro (abajeños).

Si hoy algo ha logrado quedar todavía de estas originales costumbres de la Navidad de marras será simplemente porque Dios quiere; pero lo auténtico, lo de antaño, como todo lo demás en la actualidad observamos, ha desaparecido del ambiente popular, netamente paceño.

(Ismael Sotomayor, “Añejerías paceñas”)

Foto: Ricardo Bajo

Primera compañía de ópera

Nada de ópera ni de operación teatral se conoció en la ciudad de La Paz hasta el año 1852; entonces, toda voz sobresaliente de macho o de hembra, entre el común de mártires, tenía que adjudicarse título de especialidad reconocida, debutando en alguna velada familiar de arte ante toda una selecta concurrencia y con el mayor desenfado posible, a fin de no largar moco de pavo, porque habría sido suficiente un solo “gallito” para consagrar la eterna descalificación del actuante en la palestra.

La ciudad de La Paz fue, en tiempos del rey, nuestro señor, juntamente con la legendario y sabionda Charcas y el Potosí fabuloso, una especie de trimurti simbólica ante quien todo honor mermaba, tal era la pulidez de sus costumbres y la delicadeza de su consagración al arte. Año, mes, día y hora llegaron, empero, en que el cubilete de la vida local y diaria tuvo que volcarse irremisiblemente hasta tanto que muchas costumbres variaron de raíz; las fastuosidades pasaron a la historia y henos hoy con el pan nuestro de cada día.

Antes de que mi lengua acabe por vociferar dicterios mil, volcar quiero la foja “prolegomenónica” para entrar así de lleno al asunto. Y como dije antes, se vio y escuchó ópera por primera vez en estas regiones en el mentado año 1852 mediante la simpática y ruidosa actuación triunfal de la compañía —apunte paisano— Agreschtti, cuyo numeroso elenco estuvo formado o compuesto por nueve varones y ocho mujeres, catorce sirvientes, once maestros de orquesta, etc.

Anita Agreschtti era soprano; Luisa Luichi, mezzo; Carmen Brancci y Luscita Luisi, triples; Filiberto Rúa, barítono; Ernesto Sombrelli, tenor; Tonio Tonelli, contralto; y Fabio Ricalta, bajo. Fue este y no otro el personal que, venido desde la Ciudad Eterna haciendo escalas en otros países de Sudamérica, causó la grandiosa sorpresa de su estreno la noche del domingo 20 de diciembre de aquel inolvidable año. Así lo certifica un programa de la época que, venido hasta mis manos, me ha recordado mejores tiempos.

El debut de esta compañía se efectuó en nuestro antiguo coliseo, digo “antiguo” porque el que hoy conocemo es diferente, puesto que todas las modificaciones en él hechas datan apenas desde que el respetable Ayuntamiento de esta ciudad, forzosamente, tuvo que ocuparse de su refacción, motivada por la celebración del Centenario de la Revolución de 1809.

Casi seguidamente a la actuación de la Compañía Agreschtti, le sucedió en orden la no menos interesante compañía Fredianni, pero que ya fue de opereta y zarzuela. Con todo, no por este antecedente, se quedó atrás en materia de éxitos artísticos y económicos. Siguiole después la Rabioli, de género neutro, es decir que trabajó ni en ópera ni en zarzuela ni en opereta, sino en alta comedia.

(Ismael Sotomayor, “Añejerías paceñas”)

Foto: Ricardo Bajo

Patrimonio: Casonas de época en el Casco Viejo

Estas edificaciones de los estilos arquitectónicos Republicano, Neoclásico, Ecléctico y Art Deco forman parte del patrimonio de La Paz

Por Liliana Aguirre

/ 13 de enero de 2021 / 12:34

Estas casas son el retrato de una época; estructuras patrimoniales con estilos arquitectónicos que se conservan en el casco histórico de La Paz.  El esplendor de estas estructuras no pasó inadvertido y el Concejo Municipal de La Paz aprobó la declaratoria de Patrimonio del Municipio de La Paz a un tramo de la calle Ingavi y a ocho edificaciones emplazadas en la misma. Algunos de los inmuebles más conocidos son el Hostal Ingavi, el Club Deportivo Ferroviario La Paz Ltda., la Casa Solignio, el Ministerio de Relaciones Exteriores y la Librería Olimpia.

También la edificación denominada Edificio Sickinger, que  fue diseñada por el constructor yugoslavo Ivika Krsul, con un diseño que tiene una clara influencia centroeuropea, es parte de la declaratoria. Según información proporcionada por la entidad municipal, este edificio fue construido en la década de los años 50 y es una expresión material de la época, marcada por un modelo social moderno post Guerra del Chaco.

No son las únicas edificaciones declaradas patrimonio. También están las que se hallan en la zona del Rosario. “Forman parte de nuestra historia cultural referencial y de la conformación de nuestra ciudad, por lo tanto son parte del imaginario colectivo de nuestra ciudad. Su modificación o alteración se constituiría en una pérdida irreversible para la colectividad”, se explica en un comunicado oficial. Además, la declaratoria toma en cuenta que el “Patrimonio Histórico, Arquitectónico y Urbano representa los valores esenciales de la ciudad, en su memoria histórica, la referencia viva de su pasado y que permanece cuando la sociedad que le dio vida ya ha desaparecido”.

Calle Ingavi, patrimonio paceño 

Una casa con balcones de época. Foto: Rodwy Cazón

Foto: Rodwy Cazón

Algunas casas patrimoniales ubicadas en el centro histórico de la ciudad. Foto: Rodwy Cazón

Algunas casas patrimoniales ubicadas en el centro histórico de la ciudad. Foto: Rodwy Cazón

Algunas casas patrimoniales ubicadas en el centro histórico de la ciudad Foto: Rodwy Cazón

Algunas casas patrimoniales ubicadas en el centro histórico de la ciudad. Foto: Rodwy Cazón

Valor histórico

Las edificaciones declaradas como patrimonio se adscriben a varios estilos arquitectónicos, como Republicano-Neoclásico, Ecléctico y Art Deco, que representan un momento histórico en la consolidación de la ciudad. Por su parte, el arquitecto Ronald Terán, quien cuenta con un máster en restauración y rehabilitación del patrimonio edificado, explica que es muy importante preservar el patrimonio en el centro histórico porque estas casas son el alma de una ciudad.

“En muchas ciudades del  mundo el centro histórico está lleno de vida con comercios y cuidado. No obstante, en La Paz es un sitio fantasma, por las noches, por donde no transita nadie”, cuestiona.

La Ley aprobada en la Sesión Ordinaria 67/2020, establece que será el  Órgano Ejecutivo Municipal el que defina  las acciones de protección, conservación, promoción y revitalización del Patrimonio Histórico, Arquitectónico y Urbano de las edificaciones declaradas patrimonio. Además, define que cualquier intervención que se pretenda hacer en las edificaciones, sean de refacción o mantenimiento, deberán adecuarse a las disposiciones enmarcadas en la normativa de Administración y Protección Patrimonial.

Terán sugiere que restaurar una parte de una estructura patrimonial y el retorno con equipamiento de inversiones, como un café o restaurante, es algo que necesita el centro histórico para revitalizarse y esto debería responder a políticas culturales. “Tienen que existir posibilidades económicas de retorno de inversión de un edificio restaurado, conservado y rehabilitado”. El arquitecto agrega que estos lugares tienen además un alto potencial para atraer turistas y que se podría hacer recorridos. “Tras la República viene la revolución industrial y a Bolivia llegan diferentes estilos con movimientos y estilos que vemos en estas casas”.

Terán analizó que aún hay muchas viviendas patrimoniales dejadas a su suerte. “La Alcaldía debería, con la Ley 530 del patrimonio, hacer que todas las instancias cuenten con un fondo económico y técnico para salvar esos edificios con trabajo de emergencia. Hay cosas reversibles que se pueden rescatar. Además se precisa mayor formación de los técnicos para realizar la categorización de estos inmuebles patrimoniales”, precisó.

Comparte y opina:

Los Gismondi: Un legado fotográfico rico y vivo

Luigi Doménico fue el gran retratista de La Paz. Por su estudio de la calle Comercio pasaron desde presidentes hasta caciques aymaras. 114 años después de su fundación, cierra sus puertas en el centro y se traslada a la zona Sur

Una reunión de caciques aymaras, registrados por Gismondi

Por Ricardo Bajo

/ 13 de enero de 2021 / 12:19

Un cartel da el aviso sobre una vieja puerta de madera de la calle Comercio, al 1013: “Foto Gismondi se traslada a la zona Sur” y debajo dos teléfonos, una dirección de Facebook y un correo electrónico. El mítico estudio fotográfico de Luigi Doménico Gismondi se inauguró en 1907 a una cuadra de la plaza Murillo y hoy, tras 114 años, cierra sus puertas en el centro. La familia Gismondi tiene negativos corriendo por sus venas desde hace siglo y medio: la bisnieta Geraldine sigue a pie de cañón tras heredar el oficio de su bisabuelo Luigi, su abuelo Adolfo y su madre Graciela. “Hemos vivido la fotografía en mi familia desde la cuna, está en nuestros genes”, dice Geraldine. Su madre Graciela tiene 81 años y siempre se opuso a trasladar el estudio, a hacer cambios. “Con su edad sigue sacando fotos y ese es su gran motivo para vivir”, contaba su hija el martes. Un día después, Graciela va a morir; quizás por un resfrío mal curado, quizás por el dolor de ver ese cartel sobre el número 1013 de la calle Comercio.

Luigi Doménico Gismondi llegó al puerto peruano de Mollendo desde San Remo, Italia, en 1890, huyendo de la miseria apenas unas décadas después de la unificación italiana. Viajó en barco junto a su padre Pietro, su madre María y sus tres hermanos mayores Giacinto, Stefano y Angelina. Tenía 18 años y todo un mundo para recorrer por delante. Se casó en 1901 en Arequipa con Inés Morán, una peruana de Majes, con la que tuvo catorce hijos, de los cuales solo sobrevivieron siete. Los Gismondi eran/son una familia de artistas e iban a seguir el legado de otros italianos célebres en el Perú como Bernardo Bitti y su rol fundamental en la Escuela Cuzqueña de Pintura.

Giacinto y Stefano comienzan a viajar por el vecino país y así recorren a finales del siglo XIX Cuzco, Arequipa, Lima, Chincha, Callao, Trujillo y Huacho. Son a estas alturas los Gismondi Hnos o Gismondi y Cía y sus servicios van desde los retratos al óleo, la acuarela y el pastel hasta los cuadros mitológicos/históricos y las decoraciones al estilo del Renacimiento italiano. Los hermanos de Luigi Doménico llegan incluso a pintar la “Capilla Sixtina” de Colán. Para entonces, nuestro Gismondi ya había viajado por todo el sur del Perú, el norte de Chile y toda Bolivia a lomos de una mula o simplemente caminando, siempre con su cámara de fuelle al hombro. El foto-óleo era una de las atracciones novedosas de su repertorio.

En 1904, Luigi Doménico llega por primera vez a La Paz. La flamante sede de gobierno apenas tiene 70.000 habitantes y 22 barberos. Tres años después, el italiano se instala y abre su primer estudio en la calle Yanacocha al 95 esquina Comercio en plena arteria comercial donde se asienta una nutrida colonia de extranjeros para vender telas, trajes, embutidos, cerveza y relojes. Ha conocido al presidente José Manuel Pando en uno de sus andanzas y ha logrado que lo nombre fotógrafo oficial de la presidencia. El negocio comienza a ir viento en popa con retratos de los mandatarios de turno que llegan caminando desde la antigua Plaza Mayor al estudio Gismondi. Los pongos, los caciques aymaras, los mendigos y las hermosas cholas se alternan en el tercer piso de su taller con las damas y los caballeros de la alta alcurnia paceña. Para Luigi Doménico, un rostro en primer plano es un rostro en primer plano. El racismo y el clasismo siempre quedarán fuera de foco.

El letrero de la mudanza del estudio

Por las noches, el italiano reproduce la Alameda iluminada, también hace inéditos fotomontajes y usa sus habilidades artísticas para retocar las fotos. Entonces, Gismondi decide embarcar de nuevo a toda su familia de regreso a Italia para comprar la vieja casa del padre rodeada de olivares, cerca de San Remo, junto al mar Adriático. Se va toda la prole menos dos hijos que han heredado la pasión paterna: Cesare parte a Lima para montar su propio estudio y

Adolfo se queda en La Paz. De los tres hijos que tuvo don Adolfo, solo Graciela siguió con el oficio de fotógrafa. “Desalojamos el estudio de la Comercio justo antes de la cuarentena rígida, tardamos dos días en trasladarnos en dos camiones grandes, bajamos todo, desde muebles del siglo XIX hasta viejas películas de mi abuelo Adolfo y el enorme catálogo desconocido de mi bisabuelo”, dice la bisnieta, la cuarta generación de los Gismondi.

Hace unos años, una institución de Estados Unidos llegó a La Paz interesada en la magna obra fotográfica y digitalizó unas 300 instantáneas que registran el trabajo en las minas, las ciudades de Bolivia y sus monumentos y las diferentes nacionalidades de todo el país desde el Chaco, los valles y la Amazonía hasta el altiplano. No es ni el 10% de todo un rico patrimonio que hoy está guardado en la casa particular de doña Geraldine. “Tres veces la Alcaldía ha intentado comprarme el archivo, como hicieron con don Julio Cordero, pero no hemos llegado a ningún acuerdo. Ellos quieren quedarse con los derechos de autor y yo no quiero renunciar al sello de Gismondi, ese es mi mayor tesoro y lo que me mantiene hoy haciendo fotos bajo el legado de mi bisabuelo. También quisieron darme unos 50 pesos por unos muebles de hace dos siglos diciendo que eran solo trastos viejos. Una vez también vinieron al estudio unos señores de Chile y me dijeron que las películas de cine son altamente inflamables, que tienen TNT en su composición. Lamentablemente en nuestro país no es como en otros que existen fundaciones públicas o privadas que tienen el presupuesto y el cuidado para tener todo estos materiales en buenos lugares de conservación y preservación con temperatura y luz adecuada”, añade.

Geraldine Gozálvez enseña un retrato de su abuelo Adolfo Gismondi

Geraldine todavía recuerda cómo jugaba con los químicos bajo la atenta mirada de su abuelo Adolfo. “Nos gustaba enredar con nuestras manos y asistir a ese acto de magia al ver cómo el blanco y el negro se convertían en sepia con el virado, adoraba colorear y sellar las fotos. Y me acuerdo de niña ver a mi madre batir la cola para pegar los cartones y las postales con fotos de naturaleza”, relata con nostalgia a pesar de que también rememora el frío y la oscuridad del cuarto de revelado y las manos dañadas. Su vida ha estado rodeada de negativos de vidrio, de acetato, de rollo, placas, daguerrotipos y grandes lentes. Y también de fuego y sus restos: “El estudio se quemó un día que llegó una pareja de recién casados a sacarse un retrato. El hombre encendió un cigarrillo y lo apagó en un maceta con serrín. Eso originó el incendio y se quemaron muchos negativos que hoy tienen la marca quemada. No me acuerdo si fue en vida de mi bisabuelo o unos años después”.

Geraldine Gozálvez Gismondi ha pasado en los últimos años buenos y malos momentos. Los malos se resumen en los días y semanas de octubre y noviembre de 2019 cuando el centro se llenó de gases y se vació de clientes. Luego llegó la pandemia y la posterior quiebra. Y el obligado traslado por la imposibilidad de pagar alquileres y demás gastos.

Los buenos momentos siempre llegan de la mano de los clientes más fieles. “Me siguen buscando en mi estudio de la zona Sur personas que llaman al teléfono desde Ciudad Satélite en El Alto o desde la plaza Riosinho. Son hombres y mujeres que estaban acostumbrados a pasarse por el estudio de la Comercio. Un señor mayor vino el otro día y me dijo: La fotografía más hermosa de toda mi vida me la tomaron en Foto Arte Gismondi en el año 1946, quería una copia, estoy recién buscando el original”. Geraldine suele vender también los originales de las fotos más celebres del bisabuelo, como esa que titula Hombres tirando una cuerda de 1925, obra que compró por su belleza y composición —propia de un gran artista plástico— el fotógrafo paceño Patricio Crooker.

Una de las virtudes del estudio es ofrecer fotos de antaño y retratos “vintage” con vestidos de hace un siglo que eran propiedad de las abuelas paterna y materna de Geraldine. “He estudiado publicidad, diseño gráfico y escenografía. He tomado cursos de maquillaje y de fotografía con grandes maestros como el peruano Oscar Medrano, que fue el primero en retratar a los guerrilleros de Sendero Luminoso en la selva de Ayacucho. Soy diseñadora de modas y fui bailarina con el ballet de Chela Urquidi y conozco mucho de posturas y poses. También fui modelo, por lo que sé cómo deben pararse las chicas y los chicos para una buena foto. Pero a pesar de todos los estudios y experiencia, creo que este oficio es innato”, dice Geraldine que reniega porque hoy la gente —con los celulares a bocajarro— no aprecia ni distingue una buena foto de una mala y porque hoy lo digital permite retocar todo y cambiar hasta la identidad de lo retratado.

Luigi Doménico —cuya biografía definitiva está escribiendo Miriam Quiroga Gismondi— no quiso comprar nunca los cuatro locales donde funcionó su legendario estudio entre la calle Comercio y la Yanacocha. Volvió a Mollendo para morir dos años después del fin de la Segunda Guerra Mundial. Nunca pensó en quedarse pero se quedó. Gismondi, el gran retratista de La Paz, el gran constructor del imaginario de todo un país diverso que recorrió de punta a punta, registró para la posteridad nuestro mejor presente.

Comparte y opina:

Brazos caídos

/ 13 de enero de 2021 / 10:09

Ch’enko total

¿Qué puede hacer hoy un músico sin trabajo? ¿Sin ingresos? ¿Sin tocadas? ¿Sin conciertos? ¿Sin un boliche donde actuar? Somos nomás como aquel desaparecido videoclip de mi canción La mamada, donde estoy en la calle Yungas, sentadito al lado de los plomeros, albañiles, con mi maletín que dice: “músico”. Ningún gobierno se acuerda de nosotros. Ningún gobierno pone fin a la mala administración de nuestros derechos de autor. Este año recibí Bs 86 de derechos de autor del semestre I- 2020. Y eso que mi canción Alasita da vueltas por el país, en Cochabamba la escuché en todos los canales locales por octubre, mes que decidieron hacer la Feria del Ekeko. ¿Entonces, qué pasa? Uno sale pues a tocar, a venderse, saca un disco, va a la radio a anunciar y zas… se contagia con el virus cabrón. En este momento tengo por lo menos 20 colegas que se baten con la muerte en lucha desigual, tocaron en algún pub o en algún teatro con mitad de boletaje o ensayaron en la Sinfónica para tener algún ingreso y les cayó el virus. Por suerte están en el dígito cuatro y su organismo responde, se rebela, saca aire de donde puede, soporta 12 pastillas diarias. Siempre está una madre, una compañera, un novio para cuidarlos y ver cómo enfrentar esta batalla tremenda.

Por eso quiero agradecer a la Universidad Pública de El Alto (UPEA) que se acordó de mí y me dio trabajo estos últimos dos meses en la docencia. El título de Maestro de las Artes, especialidad Música, que me otorgó el Ministerio de Educación en 2017 me habilita para ser docente de la Maestría en Composición y Arreglos Musicales 2020, cursos de Posgrado de la UPEA. Dicto por segundo año consecutivo el Módulo IV sobre Composición de letra y música en la música popular, que estamos por concluir estos próximos días. Pero sobre todo me habilita la experiencia, el oficio de 40 años haciendo canciones además de 20 años de docencia en años pasados, sumados en nuestro querido Conservatorio de La Paz y el Taller de Música de la UMSA.

Siempre me gustó la docencia. Solo que esta vez —acostumbrado a la clase presencial— se puso más complicada la cosa por la pandemia y el tema tecnológico. El 9 de diciembre pasado inicié la primera clase por Zoom, yo había hecho unos cinco programas culturales de televisión, pero ahora temblaba, sentía que de golpe y porrazo era camarógrafo, sonidista, conductor, todo a la vez. No salió tan bien, pedí socorro a mis amigos tecnológicos para afrontar en mejores condiciones la segunda clase del 11 de diciembre, aprendí a perderle miedo a la autoeducación mediante los salvadores tutoriales de YouTube y le agarré al asunto. Mi clase tiene videos, partituras y también audios, mostrarlos por la pantalla de la clase Zoom fue todo un mérito, más aún porque en una de las clases a un alumno se le ocurrió dejar abierto el audio de su celular e irse a pasear… el cuate dejó el celular con sus dos wawas y la tele prendida. 30 minutos hablé a los gritos encima de alaridos de nenes y diálogos de una telenovela, el alumno pensó que con eso yo le iba a poner el puntaje de asistencia. Yo no era el anfitrión de la clase, no podía cortar ese audio abierto, el anfitrión era un técnico de la Universidad que también desapareció del mapa. Me di cuenta de que era muy peligroso esto del Zoom, si no lo manejas con cautela puede darte unas quemadas públicas gigantescas. El asunto es también peligroso porque si no operas esta cuestión tecnológica el alumno te considera un gil, un ignorante… Como si en la tecnología estuviera el conocimiento.

Mi clase tiene una visión histórica, con una mirada global desde los paradigmas del conocimiento y como guía, el encuentro intercultural de saberes. Esto lo aprendí en el Diplomado en Educación Superior que realicé en la UMSA en 2008, cuando era docente de la extinta carrera de Música de esa casa superior de estudios, diplomado que realmente me dio muchos insumos. Un shock para mis alumnos fue pedirles que manden sus trabajos a mi correo electrónico, no al watsap, muchos ¡no tenían correo electrónico! Tuvieron que sacar uno y mandar por esta vía los audios y las partituras para hacer seguimiento personalizado a sus trabajos creativos. Uno de los trabajos claves era componer una canción con el texto en décima, cuyo modelo es la bella canción Volver a los 17de Violeta Parra. Vino el cuestionamiento ético, yo pedía como tarea algo que no había hecho nunca: una décima. Entonces me puse a construir una canción en décima, demoré tres semanas pero lo logré. Concluir las clases con una nueva canción compuesta fue algo grandioso. Ahora tengo la resaca de final de clase. La incertidumbre laboral me come el sueño. Agradezco de verdad a la UPEA por esta hermosa experiencia y por darme trabajo aunque sea un par de meses pues sufrimos la ingratitud de una sociedad boliviana que nos ningunea, nos invisibiliza. Oremos por la recuperación de Canito, Pamela, Miguel, Carlitos, Weimar, Randolph, Diana y tantos colegas artistas que —con gran dificultad— luchan contra este virus cabrón.

(*) El Papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monrroy Chazarreta

Comparte y opina:

1.550 Piezas de búhos reproducen una sola historia

‘El búho te ha elegido, será tu ave protectora’, le dijeron a Beatriz Aspiazu, quien entonces comenzó una colección dedicada al ave

Hace 22 años que Beatriz Aspiazu colecciona figuras de búhos en diferentes materiales, formas y técnicas

Por María José Richter

/ 13 de enero de 2021 / 09:58

Una de las casas coloniales ubicadas en la zona de Kupini, en la calle Rogelio Carillo, contiene un salón que resguarda más de 1.550 piezas —en diferentes materiales y tamaños— de jukus que llegaron de todas partes del mundo. La casa, antigua y perteneciente a la señora Beatriz Aspiazu Espíndola, posee la colección más grande de búhos en el país. “Eso es un búho, un jukuque arranca los ojos al primer movimiento”, le dijo, 22 años atrás, el guardaparque de Tiwanaku a Beatriz Aspiazu, quien en ese momento trabajaba como guía turística entre El Alto y la antigua ciudad arqueológica. Alrededor de las seis de la tarde, en 1999, la dueña de la colección caminaba por la plaza cuando de pronto subió la mirada y se encontró “con dos grandes ojos que miraban fijamente. Nunca había visto algo así, quedé petrificada por un momento”, recuerda.

Un encuentro entre el ave rapaz nocturna y la entonces egresada de Turismo marcó lo que se convertiría en una ululofilia de más de dos décadas, aquella afición por la colección de piezas que reproducen de forma constante aquel momento.

En la mitología andina, el juku es de mal agüero. “Si cuando te vio fijamente y te moviste y no te hizo nada, es porque el búho te ha elegido. Va a ser tu ave protectora, tu animal de la suerte”, dice Aspiazu citando al guardaparques. Un juku de arcilla negra, de 10 centímetros aproximadamente, con detalles similares a las artesanías de los monolitos, es la primera pieza que recibió la mujer como regalo del guardaparque que fue parte del encuentro.

 Una colección reúne más de 1.500 imágenes de búhos 

Colección de Búhos

Colección de búhos

Colección de búhos

Colección de búhos

Colección de búhos

Colección de búhos

Colección de búhos

Colección de búhos

Colección de búhos

Los siguientes búhos llegaron como obsequios. Cuando habían tres, la idea de coleccionar estas piezas se concretó. Un año más tarde, en diciembre de 2000, habían ocho jukus. Hoy se acercan a las dos mil piezas. “Fui recolectando estas aves de todos los lugares a los que iba. En cada ciudad compraba un búho, los hay de Paraguay, de Chile, de Perú, de Colombia y de Ecuador”, cuenta. “Otros me llegaron de regalo desde España, India o Japón”. Su favorito: una orquesta de aves en miniatura.

La colección no se limita a la recepción o búsqueda de piezas, la ululofilia se convirtió en un afán familiar en el que cada miembro tiene un papel. Las piezas, memorizadas fotográficamente por su dueña, están ordenadas en vitrinas y repisas e inventariadas una por una. El esposo, Fernando Montecinos, se encarga de la creación de las estanterías y el mantenimiento de ellas; el riguroso registro —que anota detalles como el color, tamaño, material y procedencia— lo hacen las hijas Alba y Ángela Montecinos Aspiazu.

“Un solo animal representado de tantas formas y en tantos materiales no termina de sorprender”, dice, mostrando los cuadros en madera, las fotografías, los dibujos, las cerámicas y esculturas, los platos, las joyas en oro, plata y otros metales, y los tejidos de esta ave nocturna. Pero la colección no termina con las piezas que el salón de la casa guarda. Los búhos son parte de la vestimenta y del estilo de la protagonista de esta historia. Cada día ella usa un collar diferente con el dije de un búho y los combina con una cartera, una bolsa, un neceser o unos aretes de diseño similar.

Como si el animal no estuviera en cada paso, la pintura de un juku sobre la cabecera de su cama le recuerda que hace 22 años vivió una experiencia que ella reproducirá constantemente.

Comparte y opina:

La Obertura: Adiós a los días de rock ‘a flor de piel’

Con el cierre de su espacio en Sopocachi, el café rock La Obertura vive una nueva etapa de su historia. Sus dueños saben que, de alguna forma, perdurarán

Por Adrián Paredes

/ 13 de enero de 2021 / 09:44

Programa de televisión, tienda de discos, café y centro cultural. La Obertura, el emprendimiento creado por Patricia Flores y Sergio Calero, ha tenido muchas formas en más de 30 años. Pero en todos sus ciclos se ha mantenido fiel a su esencia: el rock. Hoy La Obertura enfrenta un nuevo cambio de ciclo: el cierre definitivo del café y centro cultural ubicado en el pasaje Medinacelli (Sopocachi). Es un espacio dedicado al arte y la música que detiene sus actividades debido a las muchas crisis que se fueron acumulando con los años y que la pandemia terminó de liquidar.

“Fue un clásico desde que nació”, recuerda a La Obertura un fanático que comenta un video publicado hace cinco años en YouTube. En él podemos ver tres minutos con 28 segundos del programa La obertura del siglo XX, creado y producido por Sergio Calero y Patricia Flores en el que sería el primer ciclo de “un viaje con el rock siempre a flor de piel”.

Con música y sus decoraciones, el centro cultural era un refugio de arte y rock para sus muchos y fieles seguidores. Foto: La Obertura

Esos mismos fanáticos que comentan el video recuerdan con cariño a La Obertura cuando se volvió un café, a principios de la primera década de los años 2000, en un local ubicado en la 6 de Agosto esquina Aspiazu, que Flores rememora como pequeño pero bastante acogedor.

Ella lo recuerda bien. Venían de matarse produciendo el programa en Telesistema Boliviano, habían podido exhibir su exitoso producto en la Cinemateca Boliviana, cuando la manejaba Pedro Susz, y por un tiempo continuaron con la pasión por la música manejando una tienda especializada de discos, a la que también nombraron La Obertura, dedicada a traer todo aquello que enloquecía a los coleccionistas del rock. El salto a ser un café era lo último que, tanto a ella como a Calero, se les habría ocurrido.

Foto: La Obertura

Pero entonces la llegada del CD y la proliferación de la piratería los obligó a iniciar un nuevo ciclo. Inspirados por su amigo Alfonso Lora, Flores y Calero dieron el salto y abrieron el inolvidable cafecito de la Aspiazu, decorándolo con todos los afiches, tapas de discos y, especialmente, música que habían coleccionado desde que eran muy jóvenes.

Ya tenían seguidores de todas las edades, pero ahí fue que los consolidaron y hasta consiguieron más. Gente de los setentas, de los ochentas y de los noventas llevaban a sus hijos para enseñarles las paredes del café y así mostrarles  lo que para ellos había sido ser rockero en Bolivia.

Foto: La Obertura

“Era una vitrola al gusto del cliente donde venían a escuchar lo que querían escuchar. Sí, la columna vertebral ha sido el rock, pero al indagar en su historia descubrimos otros ritmos. Todas esas vertientes que dieron su origen al rock en sus diferentes contextos”, recuerda Flores.

“Nuestra labor siempre ha sido contextualizar la música. Los constantes cambios estuvieron motivados por el deseo de seguir compartiendo la música, darle valor al rock”, agrega Calero. El pequeño local de la Aspiazu era considerado un pequeño museo de la historia del rock y en el siguiente ciclo de La Obertura se dedicaron a explorar más a fondo esa faceta.

Foto: La Obertura

Fue así que en 2015 se mudaron al pasaje Medinacelli. Con un lugar más amplio, pudieron darle rienda suelta a sus pasiones. “Café, galería de arte, conversatorios, exposiciones, talleres, lecturas, todos revolucionando alrededor del arte, del rock y los movimientos juveniles de distintas épocas”, narra Flores.

Con la esperanza de días mejores, en cinco años subvencionaron todo tipo de eventos artísticos y culturales, conscientes de que con los ingresos apenas lograban cubrir los costos básicos del nuevo espacio cultural. Entre alquileres, impuestos, dobles aguinaldos y pandemia, no solo dejaron de percibir las ganancias mínimas que consiguieron en la Aspiazu, sino que empezaron a acumular déficit.

“Llega un momento en la vida en que uno no puede hacer las cosas por amor al arte. Ya no tienes la energía, ni los márgenes de irresponsabilidad que a veces se necesitan para decir ‘le meto nomás’”, se lamenta Flores. Aquel déficit, sumado a pérdidas personales y familiares muy duras para ambos, trajo el inevitable cierre oficial de un ciclo. Ellos, agradecidos con sus seguidores, se ven forzados a decir adiós al centro cultural.

En las puertas de un posible rebrote del COVID-19, guardando en un baúl cosas envejecidas por el sol y por los años, Flores y Calero añaden un luto más a sus penurias. Dolidos, han decidido darse una pausa para cerrar bien este ciclo, seguros de que cuando llegue el momento, se les ocurrirá cómo volver a empezar.

“La Obertura somos Patricia y yo. La Obertura va a seguir. Este es un rubro que termina como terminó la disquera alguna vez. Si ahora viene un circo, le vamos a meter circo”, dice Calero.

Comparte y opina: