miércoles 14 abr 2021 | Actualizado a 15:50

Carmen Villazón: ‘Cunumi soy’

Pinturas: Carmen Villazón

/ 10 de febrero de 2021 / 14:58

El cineasta paceño Miguel Hilari (1985) se encontró con la artista plástica vallegrandina (1952) para retratarla a través de sus cuadros y de sus concepciones del arte.

Conocí la pintura de Carmen Villazón Vedia (Vallegrande, 1951) hace poco. En sus cuadros brotan con fuerza la irreverencia, el humor y la cercanía con lo real, elementos que brillan por su ausencia en la “alta cultura” nacional. Alguna gente calificó a su obra como “naif”, “ingenua” o “primitiva”. A mi manera de ver, estos calificativos refuerzan el corsé de “la buena técnica” (y “los buenos modales”) sobre la demás pintura, que entonces sería la pintura “normal”. Carmen Villazón se salta todos esos corsés y se mata de risa. Cunumi soy, declara con orgullo y colores una de sus pinturas.

El arte y la escritura de su historia por lo general están en manos de un círculo selecto que imprime en ellos su visión de país. Aparece su pintura para desestabilizar elucubraciones, y nos invita a abrir los ojos. Qué alegría ser del país de Carmen Villazón. “Yo soy un poco perfil bajo. A mí no me gusta mucho esta cuestión, como a otros que les encanta publicitarse. A mí más bien, no. Entonces veremos qué pasa, cuáles serán las preguntas. Yo estoy dispuesta”, me adelantó la artista plástica en una entrevista que pudimos concretar el 23 de noviembre de 2020.

— ¿De dónde viene usted? ¿Tiene algún recuerdo de su infancia que nos quiera compartir?

— Yo nací en Vallegrande. Realmente uno en la provincia tiene una infancia feliz porque tiene su pandilla, juega ahí en la calle toda clase de juegos que están de moda… Empieza un juego y lo ponemos de moda, otro juego y lo ponemos de moda también. Y después eso sucede en las escuelas. Es una vida muy bonita la que se lleva en un pueblo. 

‘KARAOKE’. 2004, 40×30 cm, óleo sobre lienzo. Pinturas: Carmen Villazón. Pinturas: Carmén Villazón

— ¿Hubo artistas en su familia? ¿Cómo fue su primer contacto con el arte?

— Dicen que mi abuelo pintaba y dibujaba, mi abuelo por parte de madre. Y también había otro artista en la familia, él viajó a España, ha triunfado allá, creo que él ha fallecido ya, William Vega se llamaba, famoso… Pero yo no puedo decir que le haya seguido los pasos a nadie, más bien, me siento un poco como que no hubiera querido tener esta profesión. Hubiera querido ser otra cosa, pero bueno, las circunstancias me llevaron a esto y ahora ya estoy acá.

— Entiendo que usted entró a estudiar a la Escuela de Bellas Artes en Santa Cruz, pero esta cerró al poco tiempo por el golpe de Banzer.

— Así fue. Estaba el señor Jorge Rózsa, el señor Kuramotto de profesor, otros señores de profesores también. Hacía medio año estuve yo. Vino el golpe este y se cerró todo. Después ya han abierto otras. En la universidad, con Román, don Lorgio Vaca, han abierto la academia allá, en la René Moreno.

‘PAJA MENTAL’. 2011, 55×42 cm, dibujo carbón sobre papel. Pinturas: Carmen Villazón

— Siendo usted autodidacta, ¿cómo fueron sus años de formación?

— En realidad, cuando nos venimos a vivir a Santa Cruz con mi familia yo tendría unos 14 años. Estaba en el colegio y no me acostumbraba, me fui otra vez a mi pueblo y me venía otra vez, así estaba. En este tiempo estaba muy de moda el rock pesado y yo más bien quería ser cantante de rock. Un día así, más o menos de resbalón, fui a ver a la Escuela de Bellas Artes y vi personas que dibujaban y me llamó mucho la atención. Y digo, a ver entraré, hasta poder, porque uno se imagina todo, si en aquél tiempo me imaginaba yo en la música rock, aprendiendo el bajo… En realidad, posteriormente, han venido todasesas cosas. En ese tiempo no había nada.

— Usted quería ser cantante de rock.

— En aquél tiempo era lo que queríamos ser. Sí, todos queríamos ser cantantes, algo así, pero como dicen, muchos son los caminos que llevan al arte y quizás para mí fue el camino del dibujo y la pintura.

— En su texto Mensaje de arte de Carmen Villazón habla del arte popular y de la pintura primitiva…

— La pintura primitiva existe en el mundo a millones, en Centroamérica, los rusos, en Yugoslavia. En todo el mundo existen personas que quieren dibujar y nunca fueron a una escuela, o algunos también fueron, y hacen esa clase de pintura.

‘LAS PILDORITAS’. Cuadro de 2005, 40×30 cm, óleo sobre lienzo. Pinturas: Carmen Villazón

— Usted invoca a las personas que hacen dibujos en baños públicos desde Montero hasta Nueva York y los pone como ejemplos a seguir.

— Claro, porque es pintura libre. Sin enseñanza, sin escuela. Simplemente el hecho de agarrar una tiza y dejar un dibujo en la pared, eso para mí es libertad.

— En ese texto también habla de Santa Cruz como “futura Babilonia”.

— Es un decir, porque la ciudad crece de una manera… Bueno, en La Paz ha habido un poco más de historia y tradición, que hacen lo que es La Paz hoy. En Santa Cruz ha sido muy pronto el desarrollo, prácticamente ha sido de los años 60 en adelante. Y esto ya no lo para nadie, y sigue y sigue. Entonces lo que digo es que una ciudad no debe ser tan fría. Tiene que haber siempre alguna comunicación. Una comunicación con el artista, pintores, músicos, todo lo que es cultura. Pero no la mal llamada “cultura”, sino la comunicación completa con el pueblo.

— ¿Qué sería la mal llamada “cultura”?

— Aquella cosa establecida, digamos. Donde todo está establecido con cánones, que así tiene que ser una entrega de un libro porque así se ha escrito, así se ha hecho; así tienen que ser los cuadros porque así se los ha hecho… Entonces, yo diría que dentro de esos cánones que ellos quieren, también den oportunidad y cabida a gente que quizás no ha pasado por todo ese academicismo pero tiene muchas otras facultades para poder desarrollarse.

‘LLEGÓ EL PATA E CABRA’. 2011, 87×73 cm, óleo sobre lienzo. Pinturas: Carmen Villazón

— Entrando ya en su pintura, tiene varios cuadros que retratan los bordes de la ciudad, aparece la naturaleza también. ¿Qué espacios le interesan?

— Yo siempre pongo la flora cruceña que va desapareciendo. Ahí pongo un tutumo, aquí un palto, un ocoró, un achachairú, cosa que también ya ha desaparecido, las frutas creo que solamente en el monte virgen ya se encuentran. Porque antes en cada casa las familias tenían su gran palto, su gran mango, lo cual era muy hermoso. Ahora ya con el cemento, quizás solamente en los barrios, por donde yo vivo por ejemplo, algunas personas tienen y cultivan sus arbolitos.

— ¿Cómo es su barrio?

— Mi barrio es tranquilo, de gente que trabaja. Por qué se imaginan, digo Plan 3000 y ¡uy!… Dicen que es lo peor y nada que ver. Es gente de trabajo. Salen en la mañana y vuelven en la noche. Es un barrio en el que mayormente hacen fútbol, aquí cerca hay un centro donde vienen a aprender poesía, hay colegios… Yo diría que es un barrio de gente tranquila.

— ¿Cuál es su relación con el color?

— Mucha gente me ha criticado eso, que yo empleo colores muy fuertes. Algunos dicen que yo manejo acrílico, y algunos cuadros he hecho así, pero mayormente trabajo óleo nomás. La cosa es que hay que investigar el color, como decían los mayas, cuando tú ves una mariposa y ves un color rojo en ella, entonces tienes que lograr en el óleo no el rojo que te venga en el pomo, sino ver qué color tiene la mariposa. O qué color tiene un árbol. Entonces la cosa está en ver, no mirar. Porque mucha gente mira, no ve.

— Y usted trata de recrear los colores que ve.

— Sí. O sea, trato, pero nunca voy a lograr eso. Ni los impresionistas ni ningún artista han logrado eso. Es una utopía, y uno trata, uno quiere.

— En su texto hay una oración que dice: “La revolución interior del ser humano es tan inevitable como el aire contaminado que aún respiramos.” ¿El arte sería un camino hacía una revolución interior?

— Uno tiene que evolucionar primero por dentro. Y eso no lo he dicho yo, lo han dicho muchos, entre ellos hasta el Che Guevara. Si queremos un cambio, tiene que haber primero un cambio interior en nosotros para lograr trascender. Si no cambiamos nosotros, no cambia nada. El arte sería un camino posible, pero primero uno tiene que evolucionar mucho como ser humano, como persona, y después escoger los caminos que te lleven a lo que tú estás buscando.

— ¿Cómo puede responder el arte a problemas que hemos pasado como sociedad? En cuanto a la crisis política, ¿cómo se posiciona el arte?   

— El arte siempre ha permanecido al margen de la política. Es otra la lucha de nosotros. Pero en México, por ejemplo, hubo gente bien comprometida con las ideologías, como ser David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera, ellos escogieron una posición política. Aquí también tenemos unos valiosos, don Walter Solón Romero y muchos otros. Los demás hemos hecho intentos nomás de querer plasmar lo que se puede. Pero una posición política para nosotros es más bien revolucionar dentro del arte.

Museo de Anatomía, el otro lado de lo tétrico

Reabierto desde 2018, el museo junta piezas cadavéricas que pueden parecer lúgubres, pero que también son la inspiración para estudiantes de primer año de Medicina

AÑOS. Un cadáver diseccionado hace más de 30 años se conserva gracias a técnicas implementadas por los fundadores del museo

Por Adrián Paredes

/ 14 de abril de 2021 / 13:32

En un lugar de la ciudad de La Paz hay un cuarto lleno de huesos, algunos con más de 30 años de antigüedad. Todos están clasificados según su nombre científico y su tamaño y hasta tienen un pequeño código QR para que sea más sencillo ubicarlos.

Así es la osteoteca del Museo de Anatomía del Área de Ciencias Morfológicas de la Facultad de Medicina de la Universidad Mayor de San Andrés. La idea de este cuarto es que los estudiantes de las distintas facultades relacionadas a la medicina puedan prestarse una pieza ósea —tal como se prestarían un libro en una biblioteca— para estudiar con libertad.

Esta es una de las iniciativas que tiene el Museo Morfológico desde 2018, cuando los doctores Marcelino Mendoza Coronel, actual jefe del Departamento Facultativo de Ciencias Morfológicas, y Freddy Edwin Tancara Vargas, responsable del Museo de Anatomía, asumieron gestión.

El repositorio está ubicado en la misma Facultad de Medicina, sobre la avenida Saavedra #2246, en el barrio de Miraflores. Para entrar hay que ir detrás del edificio principal, virar a la derecha y encontrarse de frente con la estatua de un Atlas cargando un mundo que en su interior lleva estructuras celulares, ADN e incluso el pequeño feto de un bebé.

El Atlas es parte del cambio de atmósfera que Mendoza y Tancara trajeron con su gestión. Cansados de que se asocie a la unidad de morfología con lo tétrico, no solo trabajaron para rearmar el museo, también llenaron sus techos y pasillos de arte. Su primer acto fue poner esta escultura que representa a las cuatro cátedras de la unidad de morfológicas: Anatomía, Histología, Embriología y Biología. 

“Esto era lúgubre. Pero, a través de la escultura y las pinturas, el lugar ha cambiado un poco junto a todos los ambientes, siempre tratando de inspirar a los estudiantes”, expone Tancara a ESCAPE, durante un recorrido por el recinto.

En el segundo nivel está el museo, entrando por una puerta rodeada del mural que reproduce Lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp, la pintura de Rembrandt. También está una representación pictórica de la escultura La piedad del italiano Miguel Ángel; y un mural más con La creación de Adán, también de Miguel Ángel. “Antes era todo muy apagado, pero hemos intentado que esta sea una casa del estudiante donde todos los que vengan se sientan bien y puedan apreciar estas obras de arte”, cuenta Mendoza.

Tras la puerta, una amplia sala alberga la colección, pero en 2018, cuando Mendoza y Tancara asumieron su gestión, el lugar no era más que un depósito en el que los huesos acumulaban polvo.

La gráfica

Foto: Álvaro Valero

Foto: Álvaro Valero

Foto: Álvaro Valero

Foto: Álvaro Valero

AYUDA. El museo no sería hoy una realidad sin la ayuda de los estudiantes que pasaron por la unidad de Morfología y llegaron a quererla. Foto: Álvaro Valero

Foto: Álvaro Valero

Foto: Álvaro Valero

Foto: Álvaro Valero

Foto: Álvaro Valero

‘Inspiración en la fascinación’

Dentro de la sala esperan maquetas y modelos que ilustran el funcionamiento y la estructura de diversas partes de la anatomía humana, pero también embriones, huesos y cadáveres, conservados para que los alumnos de primer año de medicina puedan aprender cómo funciona todo.

Al entrar, tres animales diseccionados con las vísceras expuestas están al inicio de una pequeña área dedicada a las bestias. El tiempo no ha quitado flexibilidad a los órganos de sus piezas cadavéricas, pero su textura se ve algo seca: algunas partes se pintaron con fines didácticos. Detrás de ellos, esqueletos de perros, gatos, pumas reposan junto a frascos con palomas flotando en formol.

No muy lejos de ahí yace el cadáver de una persona no identificada; murió hace más de 30 años, más o menos cuando el museo fue creado por los doctores Édgar Arené y Vito Rivas, jefes de trabajos prácticos de Morfología en esa época, quienes diseccionaron esta pieza cadavérica e implementaron las técnicas de conservación que lo mantienen intacto hasta hoy.

“La gente tiene el morbo de ver lo prohibido y, en este caso, ver un cadáver sin piel, cortado en dos partes para mostrar su estructura, despierta inquietud, pero también la motivación de realmente pensar en cómo está estructurado nuestro cuerpo”, explica Tancara.

El museo representa la primera etapa de formación de los estudiantes de Medicina. Antes de entrar en prácticas de segundo año, tienen que profundizar sus conocimientos de Morfología, de tal modo que conozcan a detalle cómo funciona el interior de su futuro campo de trabajo. “Lo hacemos en cadáveres para entender bien cómo funcionan algunas estructuras, tenemos que romper, cortar y abrir. Eso no podemos hacerlo en alguien vivo, solo en un cadáver”, aclara Mendoza.

Justamente fueron estudiantes quienes ayudaron a ambos doctores a convertir ese depósito intransitable de esqueletos deteriorándose a la luz del sol en un museo dividido en áreas con importantes piezas de aprendizaje, como huesos con fracturas mal consolidadas, cráneos acromegálicos y otros sacados de ch’ullpas con trepanaciones que alteraban su forma.

“Puede ser tétrico para quien no se dedica a la medicina, pero los estudiantes de primer año encuentran inspiración en la fascinación que les causa ver estas piezas”, asevera Tancara.

Los tesoros del museo

El museo también junta otro tipo de tesoros. Entre ellos, desde Francia, un modelo antiguo de cera, de esos que artistas de ese material realizaban junto a anatomistas en 1800 y que hoy valen más de $us 20.000. Alrededor de esta importante pieza histórica están modelos creados por los estudiantes. Pulmones, corazones, corneas en maquetas realizadas en porcelana fría, plastoformo y metal, a manera de trabajos finales, mostrando el funcionamiento de las estructuras.

Para Mendoza y Tancara éstos son los tesoros, muestras del amor de los estudiantes por el museo. Por lo mismo lamentan no tener suficientes fondos para hacer de éste un museo más profesional.

A futuro desean tener solarios, más murales, cambiar la fachada e incorporar vitrinas, luces y un sistema de alarma, para así poder añadir algunas piezas valiosísimas y muy raras, como invaluables microscopios antiguos, que por ahora guardan en algún lugar secreto.

No solo los fondos no alcanzan, su gestión termina el 10 de mayo y los galenos todavía no han decidido si repostularse para otros tres años o dejar de posponer proyecciones personales y académicas.

Solo les queda seguir intentando que el Ministerio de Salud y el de Educación — o cualquiera, en realidad— otorguen fondos para dejar el museo aún mejor de lo que ya se logró, especialmente ahora que, después de cerrar por la pandemia, el 5 de abril abrió sus puertas una vez más.

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Ramón Rocha Monroy: ‘Perdí al 90% de mis amigos’

El escritor cochabambino ha publicado una nueva obra literaria (corta) tras siete (largos) años de silencio. Es un tributo a su hijo y al rock. El autor además cree que la narrativa boliviana debe retornar a lo nuestro

EDICIÓN.El escritor Ramón Rocha Monroy junto a la editora Alejandra Carranza, de Mefistofelia.

Por Ricardo Bajo H.

/ 14 de abril de 2021 / 13:17

Ramón Rocha Monroy está de vuelta. Después de siete años de “silencio”, el escritor con pseudónimo misterioso (“Ojo de Vidrio”) ha lanzado estos días su última novela —corta—, un homenaje a su hijo Ariel y su afición/devoción por el rock que lo llevó a abrir tres templos rockeros en Cochabamba: La Guadalupana, La Tirana y La Tirana y Olé. Su nombre: Pedro y María. El ganador del Premio Nacional de Novela en 2002 con Potosí 1600 ha publicado más de 30 libros en diferentes editoriales pero ahora se ha decidido por una editorial independiente/artesanal dirigida por una mujer, Alejandra Carraza Gómez-García, poeta paceña, comunicadora y filósofa que hace años estaba a cargo de la revista de literatura Cien de Cien. El libro fue presentado el pasado 2 de abril en la Llajta en la plaza Colón y cuenta con una tapa diseñada por Sergio Condori Aguilar. Pedro y María narra la vida alterada de un matrimonio joven de empleados bancarios a raíz de la llegada a su hogar de un extraño gringo de pelo largo, una verdadera enciclopedia del rock y sus excesos.

Pedro y María es una charla de rock, es una novela de misterio y fuga —“este hombre sabe más de lo que dice”—, es un homenaje para tu hijo y sus boliches rockeros. ¿Es el divertimento más extraño de tu obra?

—Es un ajuste de cuentas con un pasado signado por la política y la dictadura militar, que a algunos nos empujaba al trabajo de resistencia y a otros al hippismo, a la yerba, al rock en inglés o venido de Argentina. Pero muy por debajo latía la influencia del rock. No hay que olvidar que yo soy menor que Los Beatles, los Rolling Stones y tantos otros. Tomé un argumento anotado por Nataniel Hawthorne para ver cómo, si varías el contexto, tienes otra cosa. Es como La montaña mágica, pero sin tuberculosis, con cáncer. Me sorprendió cuánto sabe mi hijo mayor Ariel sobre rock y él me dio por primera vez el rock en español, pero venido de México: no solo de Buenos Aires.

—En la novela también se puede “observar” tu pasado rockero, tus andanzas en La Paz de pinchadiscos y cassettes, ¿hay una cierta nostalgia destilada de lo que llamas “la generación del empute”?

—Es algo en lo que insisto en mi docencia de filosofía política. La “generación del empute” se remonta a los inicios del siglo XX con el existencialismo, recrudece entre guerras y se masifica con la segunda posguerra europea, que no mundial, con los hippies, Vietnam, el rock, que tiene antepasados negros en el blues, el jazz, el rythm and blues y el rock and roll. Desde entonces hay una rebeldía innata, sobre todo en los jóvenes, que algunos la llaman contracultura y yo “generación del empute”. Y no tiene solución porque es una crisis global de Occidente, que se manifestó en París en 1968, en México el mismo año y en Tiananmén más tarde. Nadie sabía por qué había consignas tan raras: los cronopios versus el sistema.

—¿Es ahora más que nunca necesario reivindicar esa rebeldía que tuvo y ya no tiene el rock?

 —La novela es un réquiem a tres boliches que alentó mi hijo Ariel, que quebraron antes y luego de la pandemia: La Guadalupana, La Tirana y La Tirana y Olé. El rock tiene hoy poca rebeldía; es tan solo una rebeldía de Charly García, Spinetta y Lito Nebbia en Buenos Aires; de Alex García, Rockdrigo González y Cecilia Toussaint en México.

Foto: Ricardo Bajo

—Sobre la novela navega el malditismo y el culto al exceso tatuado en el ADN del rock, con muertes, sobredosis, carretera y héroes abandonados en el camino. En el panorama boliviano hemos padecido/gozado ese universo pero a baja escala/intensidad. ¿Por qué no había hasta ahora una novela boliviana con riffs afilados de guitarra de fondo?

—Es que los de clase media somos muy modositos, y todos los escritores y lectores son de clase media. Yo he perdido al 90% de mis amigos por razones políticas, como si éstas abarcaran una vida, y no es así. Sin embargo, pago el precio porque nadie compra mis libros, las editoriales no me tiran pelota y las entiendo. Por eso, hay que cambiar de vida y conseguí una editorial artesanal, Mefistofelia, que me cobra baratísimo y vende también muy barato. No me interesa ganar dinero sino lectores. La crisis se nos viene y hay que cambiar de modo de vida.

—La novela cae en el estereotipo de la vieja estrella del rock escondida en el secretismo junto a su inevitable característica de portento sexual. ¿Es algo inevitable para la construcción del personaje?

—Eso quizá era antes. Hoy la yerba y en general la droga han caído sobre las bandas. Es imposible aguantar el ritmo de antes sin estimulantes. Pero hoy, con la pandemia y la crisis, los músicos no saben ya qué hacer. Están desocupados.

Monroy en su inseparable bicicleta

—De todos los músicos/bandas que caminan por la novela, ¿cuáles son tus favoritos?

—Los viejos. Joe Cocker, Keith Richards, Janis Joplin y Jimi Hendrix. Mick Jagger tuvo una mujer compartida con Keith, que cantaba temas de Los Beatles y era muy linda. Acabo de verla en una película, se llama Marianne Faithfull, una señora gordita, todavía guapa, que hace en el filme la paja a quienes meten el miembro por un orificio en un “sex shop” de Londres. Pero le da “codo de tenista”, es decir, tendinitis a la cual yo la llamo “codo de pajera”. La peli se llama Irina Palm(2007) de Sam Garbarski.

—¿Por qué no hay rock boliviano en la novela, por qué a veces parece que nuestro rock ni siquiera existiera para el resto del mundo?

—Yo no diría eso. Basta leer el libro de Marco Basualdo o recordar a Wara. Aquí hubo fusión de rock y folklore, pero somos un país chico y no trascendió. Cuando yo era adolescente, los artistas eran fonomímicos y así se presentaban. Mira lo que recorrimos.

—¿Cómo has trabajado la crítica/condena social que subyace en la novela contra esa pareja de bancarios, contra esa clase media cochala/boliviana que se cree “blanca” y sale como aspiración en las páginas de “sociales” de los periódicos?

—No debe haber jóvenes más domesticados que las y los bancarios, tan lindos, tan impecables, tan modositos. Pedro y María son bancarios: ganan un concurso para atender hasta sus días a un gringo de la tercera edad y las sorpresas vienen desde la recepción en el aeropuerto. Ellos esperan un gringo viejito, de corbata michi, camisa rosada y sombrero de paja y se encuentran con un calvo melenudo, de guayabera y borracho, que trastorna la recepción y va a la fiesta metiéndole mano a una chica, jalando y bebiendo Jack Daniels delante de todos. Ya digo: perdí al 90% de mis amigos por esa razón; pero todo arte es puro “cover”. Y los clasemedieros se parecen en todo el mundo. No son nada originales. En cambio, acercarse a una realidad concreta, por ejemplo, la Bolivia profunda, es siempre único, irrepetible.

—Has optado por una editorial artesanal y una distribución casera/personal, puerta a puerta. ¿Por qué has dejado los sellos editoriales de “prestigio” que antes publicaron tus novelas? ¿Cómo ves el panorama literario nacional?

—Hay unos cuantos que todavía conmueven a las grandes editoriales. Que no es mi caso. Entre nosotros hay imitadores hábiles: un poco de Borges, un tanto de Vázquez Montalbán, otro poco de Paul Auster y John Cheever y Raymond Carver. La literatura nacional no será original si no se acerca a fenómenos como el Gran Poder en La Paz o sus laderas; a la copla cochabambina liquidada por la morenada y a las bandas orureñas del Carnaval. En suma, volver a lo nuestro.

La tapa del nuevo libro del autor

—¿Dónde han quedado tus textos gastronómicos, abandonados en un cajón junto a tu querida bicicleta?

—En absoluto. Mi amigo Ingvar Ellefsen publicó Memorias de un Gastrósofo, que contiene dos textos ya agotados, Crítica de la sazón pura y Todos los cominos conducen aroma junto a un tercer libro inédito, Comer y descomer. Pero justo coincidió con la pandemia y no se lo pudo presentar. En cuanto a la bicicleta, que manejo hace 30 años, últimamente es lo único que monto.

—¿Cómo sobrevives en esta Bolivia polarizada que por un lado pide justicia por el golpe, la corrupción del gobierno de facto y las masacres y por otro lado sigue hablando de fraude y dictadura?

—El triunfo del actual presidente Arce fue un balde de agua fría para los “pititas”, que quedaron mudos de asombro. Quizá era mejor pedir justicia de inmediato, pero la justicia es lenta. Tiene sus protocolos y todavía no se los ha cumplido. Entonces hay sectores urbanos que piden reconciliación, no volver los ojos atrás, mirar al futuro sin venganzas. Pero ¿y los muertos de Senkata y Sacaba y otros lugares? ¿No cuentan porque los muertos son pobres y anónimos? ¿No habrá justicia para ellos? Si no se hace justicia, ¿no habrá otros personajillos que cometan tantas barbaridades? La ley obliga a gobernantes y gobernados. Gobernar en democracia no es fácil. Pero para eso tenemos más del 55 por ciento de apoyo, el 40 por ciento del voto urbano. ¿Vamos a transigir con grupos pequeños pero ruidosos de presión? El presidente Arce lo está haciendo muy bien: ha desarmado el paro médico con la aplicación masiva de vacunas; y no hay que olvidar que el “comiteísmo” cruceño vive sus últimos días. En Santa Cruz hay mucha gente inteligente que no sé por qué guarda silencio.

—¿Qué estás leyendo y escribiendo ahora?

—Tengo siete obras inéditas, entre ellas una novela larga y varias cortas, biografías y filosofía política. Incluso la segunda parte de Pedagogía de la Liberación. Leo mucho y es inevitable escribir, aunque no publiques.

La novela ‘Pedro y María’, a 20 pesitos, se puede adquirir en la tienda de la editorial artesanal Mefistofelia en Cochabamba: calle Juan de la Reza, entre Hamiraya y Tumusla, en el WhatsApp 72217747, en la página de Facebook de la editorial y contactando al propio autor en el edificio Zafiro, calle Chuquisaca esquina Antezana, frente al restaurante Paprika. “Díganle al conserje y ya”, dice suelto de cuerpo el bonachón de don Ramón.

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URBANO: Arte para salir de la pandemia

Una exposición colectiva ofrece miradas distintas en la galería Altamira, que se ha convertido en un espacio para respirar cultura

OBRAS. En la muestra se incluyen obras de Ejti Stih,

Por Miguel Vargas

/ 14 de abril de 2021 / 13:13

Si hay una puerta para renovar el alma en tiempos tan difíciles como la pandemia, es el arte. Así lo han comprendido Ariel Mustafá y Daniela Espinoza, de la galería Altamira (calle José María Zalles #834, bloque M-4, San Miguel), que inician su calendario de exposiciones con una muestra colectiva que reúna a artistas de distintas técnicas para pensar las ciudades.

Urbanoes el nombre de esta exposición con obras de más de una decena de obras de autores bolivianos. Permanecerá abierta hasta el 27 de abril de 10.30 a 13.00 y de 15.30 a 20.00. Aunque sobra decirlo, tiene las medidas de bioseguridad para cuidarnos.

Foto: Galería Altamira

Foto: Galería Altamira

Foto: Galería Altamira

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Godzilla vs. Kong

Los dos míticos y gigantes seres se enfrentan —otra vez— en un espectáculo sin sentido de CGI y luces. El crítico de cine Pedro Susz escribe sobre la cinta

HISTORIA. El mono gigante de la Isla Calavera y el monstruo japonés tienen larga data en el celuloide

Por Pedro Susz K.

/ 14 de abril de 2021 / 13:05

El confinamiento obligatorio de los espectadores, a lo largo de un año y algo, a consecuencia de la pandemia del COVID-19, dejó a muchos de ellos ansiosos por regresar a una sala para ver cine como se debe, y la paralela premura de las productoras para poner en circulación megaproducciones de altísimo presupuesto encajonadas en proyecto, a medio hacer, o totalmente acabadas, parecieran haber abonado el terreno para que Godzilla vs. Kong  el más reciente cometido de la otra pandemia, fílmica esta última: la de las sagas plagadas de efectos especiales y sus inacabables secuelas, precuelas y otras ramificaciones, se convierta en el fenómeno de taquilla codiciado por la sociedad Warner Bros/Legendary Entertainment, propietarias de la franquicia MonsterVerse, la cual conjuntó las dos figuras míticas del cine de monstruos, que vuelven a enfrentarse por cuarta vez, en la ocasión con un presupuesto de 160 millones de dólares.

 El gigantesco simio King Kong, habitante de la Isla Calavera, había asomado por primera vez en las pantallas en 1933 en la película dirigida por Carl Denham, convirtiéndose pronto en un ícono de la cultura popular cebada por la industria del entretenimiento que le exprimió el jugo desde entonces con más de media docena de remakes, amén de algunas series para televisión, libros, comics y, por supuesto, videojuegos.

Por su parte Godzilla, es un kaiju (bestia extraña o monstruo en japonés), que cuenta también con una larga historia desde que en 1954 el director Ishiro Honda rodó la primera cinta abocada a esa suerte de enorme dinosaurio mutante cuya figura fue imaginada por el realizador como una alusión metafórica a la devastación nuclear sufrida por el país asiático sobre el final de la Segunda Guerra Mundial. De allí en más apareció en 33 películas japonesas y tres made in USA, habiendo pasado a convertirse en el referente por excelencia del imaginario colectivo de su país de origen, donde adquirió la dimensión simbólica del antihéroe indestructible que lo pone a buen resguardo del caos, la devastación y la contaminación por culturas ajenas a la nipona.

Si bien ya en 1962 los dos monstruos prehistóricos habían coincidido en King Kong vs. Godzilla, producción japonesa dirigida por el mismo Honda, ambos ejemplares se toparon de verdad por primera vez en Godzilla (Gareth Edwards/2014), se reencontraron en Kong: La Isla Calavera (Jordan Vogt/2017), más tarde en Godzilla: El Rey de los Monstruos(Michael Dougherty/2019).

La tesis transversal de MonsterVerse es que hace millones de años especies gigantes, anteriores a la de los dinosaurios, poblaron la superficie terráquea alimentándose de la radiación sobrante del Big Bang y cuando ésta comenzó a escasear se refugiaron a hibernar en la Tierra Hueca, hasta que los sapiens y su voracidad depredadora los despertaron con explosiones nucleares, la minería intensiva y otros despropósitos similares. Tal supuesto se puso en circulación en la referida franquicia impregnado de un sesgo, por decir ideológico, de acuerdo al cual no es que los kaiju detesten a los humanos, a quienes por consiguiente no desean hacer daño —si bien en alguna oportunidad engullen algunos—. Son tan solo criaturas cuyo instinto los lanza a pelear por el territorio. Y si nosotros no hubiésemos devastado sin medida al globo, habrían seguido hibernando, acunados por fábulas y leyendas, sin sentirse impulsados a despedazar cuanto encuentran a su paso.

Dicho de otro modo, para recubrir de un barniz de significación a emprendimientos que no apuntan sino a sumar millones explotando a fondo las posibilidades de la animación virtual, la saga cuyo cuarto episodio nos cae ahora encima, finge estar molesta con las agresiones ambientales causantes del cambio climático y otras averías provocadas por los sapiens después de apropiarse de un planeta que pertenecía a los titanes.

En la ocasión, tal estrategia de encubrimiento de sus reales objetivos pasa por desparramar a lo largo de la trama livianas y fugaces alusiones a varios temas de candente actualidad, tales como el debate en torno a las alocadas tesis de la filosofía trans/poshumanista; las divagaciones fantasiosas  de varios de los heraldos de la Inteligencia Artificial; los dispositivos activados por las megacorporaciones administradoras de redes y plataformas, puntas de lanza de la mundialización del capitalismo informático, para colonizar las conciencias; y hasta las advertencias de los movimientos ecologistas a propósito de los horrores por venir, algunos ya vinieron, si la soberbia antropocéntrica continúa alimentando la idea de que los humanos poseen el derecho de seguir explotando a su gusto y sabor la tierra entera.

Sin embargo, pronto queda al descubierto que si algo sobra en Godzilla vs. Kongson los acartonados personajes humanos, algunos de ellos heredados de los eslabones previos de la cadena, otros, nuevos, metidos con fórceps dejando la impresión de que solo se trataba de agregar al listado de intérpretes algunos nombres con cierto prestigio: Millie Bobby Brown, una “estrella centennial” fabricada por las redes o Alexander Skarsgård para el caso, sin que su inclusión en el elenco actoral atienda a ninguna necesidad dramática o a la intención de densificar narrativamente la historia.

Ésta ilustra, mediante el atosigante uso de la técnica denominada Computer Generated Imaging (CGI), o imagen generada por computadora, un deslavado guion, que de acuerdo al criterio expresado en algunas opiniones acerca de la película de Adam Wingard —quien se resigna a ilustrar de modo asimismo falto de toda inspiración ese, en el mejor de los casos, boceto argumental— ameritaría que Eric Pearson y Max Borenstein sus autores fuesen de inmediato dados de baja del sindicato de guionistas.

En la Isla Calavera, habitáculo eterno de Kong, trabaja hace tiempo Ilene, una investigadora dedicada a estudiar el comportamiento del mono, mientras cría a su hija adoptiva Jia, niña sordomuda, única superviviente de los moradores originales del lugar, quien se comunica con aquél mediante el lenguaje de señas, entablando una relación supuestamente apuntada a aportar siquiera una gotas de emoción a la historia. Paralelamente en algún lugar de los Estados Unidos Madison, especialista en informática, ve aumentar día a día sus sospechas acerca de que la empresa cibernética Monarch anda en algo muy turbio, según las pistas que le proporciona su colega infiltrado, bajo el disfraz de empleado de limpieza.

Parece poco creíble que tamaña megacorporación tecnológica, capaz de construir naves habilitadas para llegar hasta el mismo centro de la tierra, no pueda detectar un audio dudoso en internet, ni identificar a su autor, pero ese ejemplo, podrían mencionarse varios otros, desnuda que la credibilidad, o la coherencia, no son algo que les hubiese importado un comino a los libretistas, ni al director. Como tampoco si el humor con el cual quieren aderezar algunas escenas funciona o resultaba pertinente. Menos todavía si las afanosas idas y venidas de los, anotamos, estereotipados personajes humanos conducen hacia algún lugar, dramáticamente digo.

A quienes les satisface la idea de que un pugilato tras otro entre los dos monumentales aspirantes a rey de los titanes en medio de un ruido ensordecedor y de un juego de luces enceguecedor, demoliendo, como mero efecto colateral, ciudades enteras y pisoteando a los miles de aterrados habitantes en su intento de huir —como ya sucedía en la versión de 1954, pero entonces con el arriba colacionado sentido alegórico, o sea con algún sentido—, constituyen suficiente motivo de entretenimiento o diversión podrá antojárseles que Godzilla vs. Kongamerita una pronta, segura, secuela. Conmigo no cuenten.

FICHA TÉCNICA

Título original: Godzilla vs. Kong

Dirección: Adam Wingard

Guion: Eric Pearson,  Max Borenstein – Historia:Terry Rossio, Michael Dougherty,  Zach Shields

Fotografía: Ben Seresin

Montaje: Josh Schaeffer

Diseño: Tom Hammock, Owen Paterson

Arte: Bill Booth, Dawn Swiderski, Mitch Cass, Andres Cubillan

Música: Junkie XL (Tom Holkenborg)

Efectos: Chris Apeles, Shane Bailey, Chris Brenczewski, Adam Avery, Katie Barker

Producción: Jay Ashenfelter, Yoshimitsu Banno, Shauna Bryan, Chen On Chu, Jennifer Conroy

Intérpretes: Alexander Skarsgård, Millie Bobby Brown, Rebecca Hall, Brian Tyree Henry, Shun Oguri, Eiza González, Julian Dennison, Lance Reddick, Kyle Chandler, Demián Bichir, Kaylee Hottle, Hakeem– EEUU/2021

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CH’ALLA DEL CD 60 A

Nos hemos inventado esta ch’alla de mi último disco 60A porque es triste vivir sin dar conciertos, sin el afán de las tocadas; es triste estar sin el contacto con la gente

Por El Papirri

/ 14 de abril de 2021 / 13:02

CH’ENKO TOTAL

Nos hemos inventado esta ch’alla de mi último disco 60A porque es triste vivir sin dar conciertos, sin el afán de las tocadas; es triste estar sin el contacto con la gente, sin el murmullo de la butaca; es triste estar sin música en los dedos, sin letras dando vueltas la cabeza; es triste sacar todo un disco con 13 canciones y sentir que no vuelan, que creaste canciones sin alas. Nos inventamos esta ch’alla gracias a los jóvenes gestores culturales de 8B Departamento Cultural de Cochabamba. El 8B se debe a la generosidad del cantautor y guitarrista Mauricio Canedo y de su esposa, la artista audiovisual Gabriela Olivera, quienes decidieron abrir las puertas de su casa a los artistas, entonces el living y comedor hacen de pequeño teatro algunas veces, otras de set de fotos y sesiones de video, en el fondo de la casa hay pequeñas aulas; es departamento porque al inicio, hace tres años, todo transcurría en un departamento, sin embargo la pareja se animó a cambiar el departamento por una casita, está lindo, extenso, el 8B.

Decidí tocar con el mismo trío del anterior streaming, el de inicios de octubre del año pasado. El  Papirri y su trío Cochala suena sólido, Luis Mercado en la batería y percusión es un músico cabal, un artista que ve la batería como un instrumento de percusión y eso se agradece. Hugo de Lafuente es un excelente bajista, ambos estudiaron en la Escuela de Música Popular de Avellaneda (EMPA), una institución pionera del Gran Buenos Aires que forma a músicos populares. Sinceramente, en Bolivia no creo que haya músicos solo de música “culta”, todos hacemos música popular, sin embargo los Conservatorios no lo consideran y nos alejan de los centros de formación, en mi generación teníamos que estudiar teoría de la música cuatro años para recién hacer sonar algo, aunque sea una lata de aceite. La EMPA llena este vacío, los chicos agarraron sus maletas y se fueron para allá, su formación no es solo musical sino también de tecnología del sonido, están bien actualizados, ensayar con ellos es un gran alivio, tocar un enorme sostén pues ya los años pesan. Más aún porque —a la vejez viruela— me dieron ganas de tener una guitarra eléctrica, todo el mes de marzo estuve con esa idea adolescente, tomé contacto con un excelente guitarrista eléctrico, Juan Ernesto Saavedra, fue mi guía sobre las alternativas, precios, modelos, una búsqueda tensa que concluyó con la compra de una guitarra que estabaen remate, de media gama, una estilo Stratocaster medio chutita, pero bien nomás está.

En el primer ensayo, hace una semana, me emocionó tocar Un k’usillo en Nottingham con esa guitarra eléctrica, se me salieron unas lágrimas al cantar y pensar en mi hermano que está como la canción, el sonido de mi Tocai (así es la marca) salió pleno en esta canción, mis dedos buscaban sosiego y a la vez emoción, eso era lo mejor, hacer menor esfuerzo articular con resultados sonoros extendidos a diversos timbres debido a una palanquita que te lleva a cinco diferentes. Lo jodido es acostumbrarse a las cuerdas de metal, che, las cuerdas son rudas, las yemas se fríen en un sartén metálico, hay que acostumbrarse, sin llorar.

También me emocionó mucho ver mi cuadernito de canciones donde pongo las letras, estaba desabandonado, polvoriento, tenía anotaciones del concierto anterior, decía 10 de octubre de 2020, se notaba temor para cantar algunas canciones, los golpistas todavía estaban en el gobierno, los motoqueros fascistas podían lastimarnos. Hoy cantamos lo que el alma pida, por eso este concierto es una celebración, un agradecimiento a los poderes superiores que nos permiten aún cantar, una celebración a la vida, un disfrute democrático, el placer de cantar nuevas canciones en libertad y aún con salud. 

Hoy martes grabamos el concierto que se emitirá el sábado 10 y domingo 11 de abril, apóyennos llamando a la productora Amalia Canedo a los celus del artecito. Interesante ver al Papirri con su guitarra eléctrica, interesante ver un streaming con cuatro cámaras, con buen sonido y luces, interesante escuchar las nuevas canciones del disco 60 A, mezcladitas con varios hits, interesante apoyar a los artistas nashonales. Estamos vivos. Respiramos. Todavía cantamos. Estamos algo solos. Algo gordos. Bastante achacosos. Entonces, mientras se pueda: ¡bien le cascaremos con un Ch’utis!

(*) El Papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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