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Sirena

EXHIBICIÓN. La película Sirenase exhibe actualmente en las principales salas de cine de Bolivia. Se trata de una producción de Socavón Cin

/ 10 de febrero de 2021 / 14:49

El crítico de cine Pedro Susz destaca la identidad de la propuesta de la ópera prima de Carlos Piñeiro

Conociendo el muy delgado trazo que en el cine experimental, o en el de autor, separa a la pedantería ombliguista de un verdadero tránsito por modalidades no convencionales de acercamiento a los recursos fílmicos, los tramos iniciales de Sirena, ópera prima en el largometraje de Carlos Piñeiro, alimentan sospechas, menos mal casi enseguida aventadas por un riguroso y bien dosificado relato que se aparta — tanto en materia narrativa cuanto en la puesta en imagen— de casi todos los lugares comunes usuales en el cine con pretensiones taquilleras, preocupación claramente ajena al director enfocado en el tramado de una historia colmada de connotaciones alusivas a las diversas cosmovisiones que conviven en la realidad cotidiana del país y cuyo desentrañamiento queda librado a la inmersión del espectador, obligado a desembarazarse de una actitud puramente contemplativa, en las múltiples sugerencias que la narración entrega sorteando asimismo los estentóreos subrayados que a menudo dan cuenta de la desconfianza de los realizadores hacia la inteligencia y perspicacia de los destinatarios de su labor creativa.

Los referidos momentos del arranque muestran a cuatro hombres llegando, en 1984, a una isla del lago Titicaca. Van en busca del cuerpo de un colega —al cual aluden como “el ingeniero”—finado en extrañas circunstancias, cuyo cadáver se encuentra a su vez en un pequeño pueblo cercano. Allí los moradores del lugar entienden que ese difunto es un mensaje proveniente del “lago sagrado”, merecedor por ende de un tratamiento distinto al de los rituales urbano occidentales. Porque esa es una de las líneas de indagación del film, contrastando dos concepciones disímiles acerca de la vida y la muerte — también a propósito de los referentes espacio/temporales—: la de la cultura urbana y la de las comunidades apegadas a una noción cíclica del tiempo y la existencia para la cual los ritos poseen un sentido vital traducido en su práctica cotidiana. Porque entre ambas además la barrera mayor se identifica en el imperio de la razón en la primera versus la prevalencia de lo mítico/imaginario en la otra.

Tal disparidad, que aflora asimismo en la imposibilidad lingüística de diálogo entre el aymara y el castellano, interponiendo en la relación de los protagonistas un obstáculo infranqueable, alude por su parte a las brechas identitarias vigentes en una sociedad en la que el diálogo intercultural de la diversidad continúa siendo una tarea muy a medio hacer.

Así el cuarteto protagonista central vaga en procura de las pistas sobre la causa del óbito del cuerpo perdido, tropezando a cada paso con las inferencias y temores disímiles de cada uno de sus integrantes: el ensimismado “‘Inge’ Peralta” (Daniel Aguirre), el ansioso Kunurama (Kike Gorena), el caricaturesco oficial de Policía Rilber Silva (Bryan Ramírez) y el hermético balsero/ guía Saturnino Poma (Benjamín Pari), cuatro figuras representativas de la dicha diversidad sin que lleguen a ser reducidos a puros estereotipos, puesto que en momento alguno resultan desvestidos de su dimensión humana merced al laborioso guion elaborado a cuatro manos por Juan Pablo Piñeiro, hermano del director, anteriormente coautor de los libretos de Sena Quina, la inmortalidad del cangrejo (Paolo Agazzi/2005) y Hospital Obrero (Germán Monje/2009), y el sociólogo, pintor y fotógrafo Diego Loayza.

Sin embargo, tal cual se advertía ya en los cuatro ponderables y premiados cortometrajes de Carlos Piñeiro (Martes de ch’alla/2008; Max Jutam/2010; Plato Paceño/2012; Amazonas/2015), es a la puesta en imagen a la cual destina su mayor empeño, potenciando visualmente las ideas temáticas de los libretos que le sirven de punto de partida.

Lo propio ocurre en Sirena—título alegórico, cabe anotar puesto que ninguna ninfa de aquellas resulta visible a lo largo de la película—, comenzando por la elección del blanco y negro para la fotografía, opción que en el caso responde a la necesidad de densificar la atmósfera, entre misteriosa y aterradora, en la cual se halla empaquetado el relato.

Por lo demás el tratamiento visual exhibe un muy prolijo cuidado advertible en cada una de las tomas, específicamente en el encuadre y la angulación de la cámara. Así, a diferencia de otros emprendimientos que echaron mano de los drones con propósitos mayormente exhibicionistas, Piñeiro se vale en varias tomas picadas, de tales aparejos, dejándolos estáticos,  a fin de resaltar la pequeñez de los protagonistas en medio de la inmensidad de un paisaje que, de tal suerte, cobra de igual manera un carácter protagónico, acorde con la significación metafórica que el Lago y sus alrededores poseen en las figuraciones colectivas.

No menos protagónico acaba siendo el papel de la banda sonora en el espesamiento del  clima a lo largo de la trama. El recurso a los sonidos naturales, a los prolongados momentos de silencio y a las frases entrecortadas en aymara y español, incide decisivamente en la acentuación de las imaginaciones opuestas de las cuáles son portadores los personajes frente a la situación que los convoca sin posibilidad de una lectura en definitiva común del porqué y del para qué se hallan en el lugar, de igual manera “leído” de modo contrastante por cada uno de ellos.

También el montaje es absolutamente funcional al concepto matriz del trabajo, renunciando a cualquier tipo de lucimiento preciosista, como lo es incluso la extensión del metraje, que no llega a los 80 minutos, evitando rellenos prescindibles a fin de acomodarse a la duración estándar de los largometrajes.

Esa suerte de compresión temporal suma al espesamiento de un resultado, se dijo, retador de la complicidad del espectador, de su voluntad activa de inmersión en el conjunto de dilemas puestos sobre la mesa por el director, activando las huellas dejadas en su memoria en los años de infancia: “… que se manifestaron dentro mí —declaró— como un llamado, para plasmar un retrato de dos miradas respecto a la muerte en los Andes”. Y, explayó Piñeiro: “No existe una brecha entre la vida y la muerte, si vivo muero. La brecha se encuentra en la posibilidad de ver la muerte desde distintos puntos de vista y ese es el caso de Sirena, por un lado los unos de fiesta, percibiendo buen augurio en la muerte y por el otro lado los otros con miedo, percibiendo culpa en la muerte”.

Premisas ciertamente difíciles de plasmar mediante los códigos icónicos propios de la narración fílmica, inevitablemente cargados de una alusión referencial a lo mostrado, esto es limitado, por decir lo menos, si de construir conceptos abstractos se trata. Que Sirena demuestre haber encontrado la forma de sortear ese obstáculo da cuenta de que nos encontramos frente a un realizador habilitado para airear la producción boliviana abriendo hasta ahora, en buena medida, inexplorados senderos. Desafío ciertamente ineludible para las nuevas generaciones de directores, reinventando así el compromiso de las figuras centrales de nuestra filmografía nacional que a su tiempo supieron conciliar su impulso expresivo personal con la responsabilidad de contribuir al mejor desentrañamiento de las interrogantes que como sociedad se hallan pendientes de respuesta para avanzar en la construcción de una identidad propia.        

DIRECTOR. Carlos Piñeiro Pinelo (La Paz, 1986) dirigió los cortos Martes de ch’alla (2008), Max Jutam (2010), Plato paceño (2013) y Amazonas (2015). Fotos: Socavón Cine

FICHA TÉCNICA

Título Original: Sirena – Dirección: Carlos Piñeiro – Idea Original: Carlos Piñeiro, Juan Carlos Piñeiro – Guion: Juan Pablo Piñeiro, Diego Loayza – Fotografía: Marcelo Villegas – Montaje: Amanda Santiago – Música Original: Simeón Roncal – Intérprete: María Antonieta Pacheco – Arte: Juan Ignacio Revollo, Viviana Baltz – Decorado: Mario Andrés Piñeiro – Maquillaje: Kantay Melgarejo – Sonido Directo: Sergio Medina, Kiro Russo – Producción: Juan Pablo Piñeiro, Diego Loayza, Carlos Piñeiro, Miguel Hilari, Stif Pizarro – Intérpretes: Daniel Aguirre, Enrique Gorena, Bryan Leónidas, Benjamín Pari, Adela Calisaya, Eloy Mayta, Abraham Coaquira, Alcídes Apaza, Lesli Pizarro – BOLIVIA/2020

Agricultores del Illimani frente al cambio climático

La fotoperiodista Wara Vargas recorrió las comunidades en las faldas del nevado para conocer el uso del agua, que está bajo la amenaza del deshielo

Por Wara Vargas

/ 18 de abril de 2021 / 18:49

Las aguas producidas por el deshielo del milenario nevado han nutrido la tierra de muchas generaciones de agricultores, que viven en las faldas del Illimani. Sin embargo, las que parecen lejanas noticias del calentamiento global, para ellos son una realidad que están viviendo desde hace varios años. El retroceso de sus glaciares es cada vez más acelerado.

Hay mucho ruido por la congestión de vehículos en el centro de La Paz. Hasta hace unos años era más fácil y rápido ir de un extremo a otro. Los minibuses de transporte público ahora están en todas las calles creando congestión vehicular. Cada uno de estos autos tiene apenas tres pasajeros y la contaminación ambiental por el monóxido de carbono es alarmante.

El recorrido en auto para poder salir de la ciudad y hacer el viaje a la comunidad de Challasirca, ubicada en las faldas del nevado, es solo un ejemplo sobre cómo esta urbe está lentamente incidiendo en que el Illimani un día deje de existir.

Según un estudio de la Alcaldía Municipal de La Paz, durante 2014, el aporte mayor a la Huella de Carbono de esta ciudad está generado por el sector del transporte, que representa casi el 50% de las emisiones. Para esta fecha seguramente esta cifra es mayor, por el aumento de automóviles en el transporte público.

Bajando junto a las aguas del río Choqueyapu, que en aymara significa “chacra de oro”, viajamos cuatro horas hasta llegar a la comunidad de Tahuapalca. Ésta se encuentra en la parte más baja de uno de los pequeños ríos que están alimentados por el agua del deshielo del nevado Illimani, que con sus 6.460 metros sobre el nivel del mar sería la mayor cota de la Cordillera Real de la cual forma parte.

Ahora toca subir en dirección a la cima del Ilimani, pasando por las comunidades de Tahuapalca, Lurgeta, Cachapalla, Cebollullo, Chañurani, hasta llegar a Challasirca. Todas estas pequeñas comunidades se alimentan del mismo caudal que baja del nevado y junto a Cohoni, la población más grande de esta región, por muchos años han ido creando senderos de agua para que llegue a sus tierras productivas. Las comunidades nombradas comparten un solo caudal que baja del Illimani, existen muchos más que están alimentando con agua otras poblaciones.

Remigio Quispe, dirigente de Challasirca, recuerda que cuando tenía 15 años el Illimani estaba más blanco y la nieve se podía ver muy cerca de las comunidades. Ahora, a sus 55 años, cuenta que el nevado está cada vez más lejos. “Este lugar era frío antes. Ahora ya es caliente, ya ha cambiado. El clima de Cebollullo ha subido aquí, a Challasirca. En noviembre y septiembre hace ya mucho calor”, afirma Remigio.

Esta comunidad antes solo producía papa, porque su clima solo le permitía esa siembra. Ahora pueden producir choclo, cebolla, durazno, lechugas y todo tipo de hortalizas que antes solo se producían en las poblaciones más bajas, como Tahuapalca, Lurgeta y Cebollullo.

Que este mismo caudal abastezca a todas estas poblaciones es un gran reto que ellos mismos han generado con el aumento de la producción y el mayor uso de terrenos para cultivo, que antes no lo eran.

Los árboles de duraznos en medio del cerro crean la ilusión de un valle de Cochabamba, pero seguimos en Challasirca, y ahí cosechando estos frutos está Eva Limachi, nacida en la comunidad. “Ahora hay agua porque es época de lluvia también, pero desde junio hasta casi noviembre hay poca agua y no se puede abastecer para todos los cultivos”, comenta.

El mismo problema se repite en las poblaciones bajas y es algo que afecta a todos y, por lo mismo, se debe trabajar en coordinación: tienen que regar los cultivos organizándose por horas y días. Una práctica que para Néstor Callapa es ya normal porque se la está realizando desde hace varios años.

LA GRÁFICA

La acelga es un producto que ahora se puede cultivar a causa del cambio climático. Foto: Wara Vargas

Los cebollines también se cultivan . Foto: Wara Vargas

HABITANTES. Remigio Quispe, dirigente de Challasirca, posa en su terreno. Foto: Wara Vargas

La plantación de acelgas. Foto: Wara Vargas

El caudal que riega los cultivos de las comunidades. Foto: Wara Vargas

VERTIENTE. Los habitantes de diferentes comunidades aprovechan el agua de un solo caudal. Ellos han visto cómo los glaciales han retrocedido con el paso de los años.Foto: Wara Vargas

Él piensa que hay que crear una gran represa para que el agua se almacene para las épocas bajas.

“El agua se está perdiendo, se va y pocos en mi comunidad han hecho pozos para almacenarla, igual se necesita que los pozos sean más grandes. Necesitamos que el Gobierno nos ayude con algún proyecto”, reclama Néstor.

¿Cómo resolver el problema del deshielo? es una pregunta que muchos comunarios se hacen. Rosa Blanco está preocupada por el futuro de sus hijos, cuando ya no haya agua. “La gente comenta que lo que se viene es un castigo de Dios, algo estamos haciendo mal”.

El IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, por sus siglas en inglés) explica que el aumento de la temperatura atmosférica ha generado una aceleración del retroceso de los glaciares del Illimani. En los últimos 46 años, el Illimani ha perdido aproximadamente el 21,3% de su superficie a una velocidad promedio de 47 centímetros al año, según datos de 2007.

*Esta investigación fue realizada en el marco del Fondo de Apoyo Periodístico Crisis Climática 2021, que impulsan la Plataforma Boliviana Frente al Cambio Climático (PBFCC), Comunidad en Acción y la Fundación para el Periodismo.

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La selección del ‘Rey’

El Museo Nacional de Arte expone 41 obras representativas del arte boliviano del siglo XX. El ‘curador’ no es cualquiera, es el trabajador más veterano del repositorio, Reynaldo Gutiérrez Bedregal

HOMENAJE. Reynaldo Gutiérrez Bedregal es el trabajador más antiguo del Museo Nacional de Arte y es el comisario de esta exposición.

Por Ricardo Bajo H.

/ 18 de abril de 2021 / 18:32

Al trabajador más veterano del Museo Nacional de Arte le llaman simplemente “Rey”. Nadie como él conoce los tesoros ocultos del “Emeneá”, las piedras talladas, las salas y patios de lo que fuera el Palacio de Francisco Tadeo Díez de Medina, abogado del Tribunal de la Real Audiencia de Charcas y el hombre que firmó la sentencia ejecutoria contra Julián Apaza, Gregoria Apaza y Bartolina Sisa en 1781. Reynaldo Gutiérrez Bedregal (La Paz, 1960) lleva 29 años subiendo y bajando las estrechas escaleras del MNA, buceando en su depósito, contemplando en silencio desde las obras coloniales pintadas por anónimos artistas indígenas (unas 360) hasta lo mejor del arte boliviano de los últimos siglos. Tras tres décadas de trabajo incansable, el “Rey” se ha dado el lujo de montar su propia colección, de fungir de “curador” (el único laburo que le faltaba por hacer) y de presentar su lista de favoritos —a gusto y placer propio— del arte boliviano del siglo XX. Es la Selección del Reyformada por 41 obras de 29 hombres y 11 mujeres artistas nacionales.

Reynaldo Gutiérrez entró a laburar en el Museo Nacional de Arte en 1992. Nueve años antes, su madre, Rosario Bedregal, que trabajaba de bibliotecaria en el Banco del Libro, dependiente del Instituto Boliviano de Cultura (IBC), había fallecido. “Rey” tenía cinco hermanos, estudiaba Electrónica e iba a heredar el ítem de su mamá para sustentar a la familia pues su padre, Darío Gutiérrez, militar de la Fuerza Aérea, ya no estaba tampoco. En esos primeros años, aprovechó para estudiar Bibliotecología, técnico medio, y viajar por toda Bolivia visitando las 187 sucursales que tenía el añorado Banco del Libro. En el año de los Juegos Olímpicos de Barcelona, fichó para el Museo Nacional de Arte, que dependía entonces del IBC.

Gutiérrez Bedregal tenía a cargo unos 300 libros, especializados en arte en su mayoría, pero también unos “exóticos” ejemplares de jardinería y miscelánea, entre otros. Los catalogó, los ordenó y no se quedó de brazos cruzados. Hizo de portero, de control de personal, de pintor, de plomero, de lo que hiciera falta. Y aprendió poco a poco, a base de prueba y error, los secretos del montaje de exposiciones. Los dominios del “Rey” llegaban hasta el último rincón del depósito del “Emeneá” donde más de 3.000 piezas artísticas nacionales (incluida una colección de arte latinoamericana con el paraguayo Osvaldo Salerno y  los brasileños Di Cavalcanti y Lygia Clark, entre ellos) yacían olvidadas. La  biblioteca cuenta ahora con más de 1.000 volúmenes y está siendo puesta en línea para compartir conocimiento con el Archivo Nacional de Sucre.

Con cada exposición de arte, Reynaldo fue aprendiendo algo. Un poco de museología por acá, otro de iluminación por allá. Para entonces ya formaba parte esencial de “Las Hormiguitas”, el colectivo de trabajadores del MNA capaz de hacer maravillas con casi nada. Un poco de albañilería por acá, otro de instalación de metales, madera y paredes por allá. El sobrenombre de “Las Hormiguitas” fue idea de María La Placa cuando se montaba la retrospectiva dedicada a su obra en 1996: “No sabes cómo y qué bien trabajan estos chicos, parecen hormiguitas”, le dijo a su marido mientras se ultimaban los detalles antes de la inauguración. Han pasado muchos años y la Selección del Rey tiene dos pequeños letreros que rinden homenaje a los trabajadores anónimos del Museo. “Son mejores que MacGyver”, dice Reynaldo con una sonrisa mientras posa para la foto junto a cuatro de ellos.

MUSEO. ‘Rey’ Gutiérrez en la biblioteca del MNA. Foto: Ricardo Bajo

Pero el más grande presente que atesora el “Rey” es la amistad de los artistas bolivianos, los vivos y los que ya no están entre nosotros. “Por falta de presupuesto, hasta el 2003 no había una partida formal y todo dependía de las embajadas extranjeras, no se contaba con curadores ni investigadores de las 3.000 obras, entonces yo comencé a charlar con los artistas, a preguntar y luego a leer sobre sus cuadros. Lo más lindo y reconfortante fue entablar una amistad sincera. Incluso muchos de ellos han sido padrinos para nuestros torneos de fútbol: Roberto Valcárcel nos donó los ‘shorts’; don Alfredo La Placa, las poleras; y doña Beatriz Mendieta fue nuestra madrina de medias”, cuenta Reynaldo que con los años se ha vuelto una auténtica enciclopedia andante y autodidacta sobre arte. Su método es “simple”: observa técnicas, colores y trazos, charla con las curadoras, lee libros y posee una envidiable capacidad de escuchar.

La idea de entregar —como homenaje simbólico— al trabajador más antiguo la responsabilidad de montar una muestra de arte boliviano del siglo XX fue de la curadora del MNA, Narda Fabiola Alvarado. La exposición —abierta hasta el mes de mayo— ocupa dos flamantes espacios: la sala Arturo Borda y la sala Taypi Qhatu, que forman parte de la Villa de París, actualmente en restauración con cooperación española. “De mi base de datos hice primero una preselección de 100 obras, entre arte figurativo y abstracto. La convocatoria no es la que yo hubiese querido pues tuve que dejar de lado a maestros como Borda, Guzmán de Rojas, Alandia Pantoja o Rimsa que estarán pronto en una gran muestra dedicada al indigenismo. Otras por espacio tampoco entraron, como piezas de arte cinético en movimiento. Y el director del museo, Iván Castellón, me recomendó que no repitiera más de una obra por autor. Solo hice una excepción con el maestro Alfredo La Placa”, dice Reynaldo.

El “curador” también optó por cuadros poco conocidos de autores famosos. Es la oportunidad perfecta para dar una nueva oportunidad a obras olvidadas, “para agradecer a todos los autores por igual; todos locos, todos lúcidos, cada uno y una con sus alegrías y sus tristezas”, añade Gutiérrez Bedregal.

Así en el inicio de la muestra se puede observar un espectacular óleo/tríptico sobre tela de don Lorgio Vaca, una explosión de color y coraje.  Es Manifestación popular de 1963. “Pareciera que el maestro, que es muy tímido en el cara a cara, hubiese pintado este cuadro antes de ayer, con esas mujeres marchando y luchando”, explica Reynaldo parado frente a la obra de más de tres metros de ancho. Otra pieza poco vista/conocida es Homenaje a Picasso (1973) de Ricardo Pérez Alcalá. “Lo más difícil fue sacar a la luz algunas obras muy queridas y dejar otras. Por ejemplo, a Fernando Montes no me lo puedo quitar de la cabeza. Siempre venía una vez al año al museo, nos metíamos al depósito y él personalmente retocaba sus obras; añadía algún blanco que había perdido vigor, por eso elegir solo una de las suyas ha sido difícil para mí”, dice mientras nos detenemos delante de La puerta del silencio (1992) con sus montañas queridas. “Es ‘la muela’, para nosotros los trabajadores del museo”, añade “Rey”.

Las Hormiguitas: Oswaldo Osco, Abel Santamaría, Jacinto Nina, Richard Portugal y Reynaldo. Foto: Ricardo Bajo

Reynaldo Gutiérrez también rinde tributo y vuelve a juntar en una “expo” a su pareja predilecta: de doña Inés Córdova se puede disfrutar un collage en metal y madera llamado Andes (1989) y de don Gil Imaná, Encarcelado, un óleo de 1960; un hombre arrodillado en su celda con los brazos en los barrotes. “Estoy ahora de comisión en la que fue la casa de Inés y Gil en Sopocachi y estoy gozando con la serie erótica que tenía Imaná; son increíbles dibujos, fascinantes, que él no dejaba que se vieran y se expusieran mucho”, cuenta “Rey” mientras habla de la bondad y el amor de la pareja. Junto a ellos en la “expo”, un cuadro del hermano Jorge (Imaná), Madre soltera de 1957. Y al lado, dos gigantes de nuestro arte: Walter Solón Romero con La mina (1976), sobre madera y Miguel Alandia Pantoja con Mineros II de 1955, óleo sobre cartón prensado.

La selección del Rey sirve también para apreciar la evolución artística de nuestro arte del siglo XX. Así se puede admirar el famoso Tambo de Enrique Arnal, los Glaciares verticales de María Luisa Pacheco (una reproducción de este cuadro luce horizontal en la Galería al Aire Libre de la Alcaldía paceña en Bajo Següencoma) y Coloquio de María Esther Ballivián. Al fondo de la sala Taypi Qhatu, luce majestuoso Urdimbre para la trama (1996) de Guiomar Mesa, un impresionante óleo sobre tela de dos metros por cuatro; con dos mujeres, cuerdas/hilos, rupturas/nexos, como protagonistas. “En la época que hacíamos dos muestras monográficas, siempre les pedíamos a los autores que al final nos cedieran una al museo, como donación, Guiomar nos dejó esta obra que se ha visto muy poco y es muy conocida a la vez; es la chance de apreciarla en todo su esplendor y significado potente”.

Pero si de una cosa está orgulloso el laburante más veterano del Museo Nacional de Arte es de haber recuperado, junto a sus “Hormiguitas”, algunos cuadros santo y seña del MNA. Son tres: Soledad (1979) de Raúl Lara, la citada La puerta del silencio de Montes y Las puertas/ventanas (1979) de Fernando Rodríguez Casas. Las tres se pueden gozar ahora en la muestra de Reynaldo. “Junto a Chipayas I y II de Gastón Ugalde, del cual tenemos en la exposición uno de sus cuadros llamado Cargador de sueños (1997), los cinco cuadros estaban en el Palacio Quemado y a través de cartas y pedidos logramos su regreso pues habían sido prestados. En la época de Mesa, el presidente pidió dos “Rimsa”, dos “Borda” y un “Gil Coimbra”. En la era de Evo nos solicitaron para los despachos tres “Rimsa” y dos “Borda”. Durante el gobierno de Jeanine no llegó ninguna petición. Entonces, nuestra batalla particular fue recuperar Fiesta altiplánica del maestro lituano/boliviano Juan Rimsa. Ese cuadro es un icono para el museo y sus trabajadores, demostramos que lo usamos para mil cosas, catálogos, souvenirs, libros. Las bases que tienen un cariño y un apego muy grande por los cuadros exigieron por carta su devolución y lo logramos”, cuenta orgulloso. La Fiesta altiplánica espera ahora su turno en el depósito.

Cada cuadro de la muestra tiene una explicación de este “curador” particular. Las madrinas (1970) de Norah Beltrán fueron escogidas porque al “Rey” le recuerdan al colombiano Botero y la escultura de Gonzalo Cardozo Alcalá sirve para rendir tributo póstumo al artista orureño fallecido en enero. Tras dos horas y media de charla, llega la pregunta fatal: “Imagínate que el museo está en llamas como aquella vez la “Vice” en 2003 y solo puedes entrar para salvar un cuadro, ¿cuál sería?”. Reynaldo no lo piensa un segundo: Descanso en la huida a Egipto (1720), más conocido como La Virgen lavandera de Melchor Pérez Holguín. “Este cuadro del barroco siempre me provocó una pregunta: ¿Por qué no puede ponerse a lavar una Virgen? Nuestro recorrido termina con otra interrogación: ¿Por qué no puede el bibliotecario montar una muestra de arte con todos sus locos, lúcidos y queridos artistas? Reynaldo, que no pudo estar presente en la inauguración de la muestra en marzo por una operación de hernia, no contesta. El “Rey” simplemente sube las escaleras hacia su atalaya/torre, donde antes estaba la oficina del director.

EXPOSICIÓN. Gutiérrez muestra algunas de las obras que se exhibiben en la muestra de arte boliviano del siglo XX. Foto: Ricardo Bajo

‘LA SELECCIÓN DEL REY’ MUESTRA OBRAS DE 40 ARTISTAS

• Miguel Alandia Pantoja

• David Angles

• Enrique Arnal

• María Esther Ballivián

• Norah Beltrán

• Gonzalo Cardozo

• Inés Córdova

• Moisés Chire Barrientos

• Alfredo Da Silva

• Gil Imaná

• Humberto Jaimes

• César Jordán

• Jorge Imaná

• Keiko González

• Alfredo La Placa

• Cecilia Lampo

• Gustavo Lara

• Raúl Lara

• Patricia Mariaca

• Beatriz Mendieta

• Guiomar Mesa

• Hortencia Montenegro

• Fernando Montes Peñaranda

• Beatriz Nogales

• María Luisa Pacheco

• Óscar Pantoja

• Herminio Pedraza

• Ricardo Pérez Alcalá

• David Pringle

• Gonzalo Ribero

• Fernando Rodríguez Casas

• Hugo Rojas

• Álvaro Ruilova

• Zenón Sansuste

• Francine Secretan

• Walter Solón Romero

• Ramón Tito

• Gastón Ugalde

• Lorgio Vaca

• Luis Zilvetti

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Delicias veganas desde Tik Tok

Paola Banegas Lordemann es una chef que conquista las redes sociales hablando de veganismo, la comunidad LGBTQI y feminismo

Por Miguel Vargas

/ 18 de abril de 2021 / 18:26

Un video que permanece 30 segundos en la pantalla del teléfono móvil le toma a Paola Banegas Lordemann cerca de dos horas de trabajo. Ella coloca la cámara, las luces, prepara el sonido y desde la intimidad de su casa o de la pastelería Lecker Brot —que está bajo su dirección— se conecta con los 35.3K seguidores que tiene en su cuenta de Tik Tok. “No son tantos en comparación con otras cuentas de éxito, pero tengo la dicha de tener seguidores de calidad que buscan en específico los contenidos que les proporciono”, explica la chef y tiktoker de 33 años.

En la cuentas @paolordemann de Tik Tok e IG @yapitavegana de Instagram los contenidos principalmente giran en torno a la vida vegana, con recetas, anécdotas y consejos, así como la defensa de los derechos de la comunidad LGBTQI y la lucha feminista. 

“Siempre me ha gustado relacionarme con el arte y la creación y creo que la gastronomía es una profesión bastante artística y noble, pues se crea una conexión especial entre la persona que cocina y el alimento que transforma, lo que se transmite en el resultado final. La gente come el cariño, la propia energía. Cocinar se hace con el alma”, explica.

Omnívora de crianza, intentó acercarse al veganismo a sus 15 años sin mucho éxito y volvió a intentar a los 21. Con mayor información sobre nutrición y con formación en cocina, el camino estaba allanado.

“A mis 28 años tenía una pareja vegana y ella me hizo concientizar más hacia el respeto por la vida de los animales. Empecé a informarme más y me di cuenta de que la explotación animal no iba con mis convicciones. Cada animal tiene sus características únicas. No me siento superior por ser humana ni superior a otros humanos por no comer animales. Respeto a los que comen carne, y quien quiere aprender otra vía, todo bien”.

Fue así que comenzó su vida de chef vegana en el restaurante Lupito, junto con Luisa “Lupita” España. Como Paola estudió cocina siendo omnívora, logró un paladar bastante educado que le permitió poder recrear platillos tradicionales bolivianos sin tener que usar carne.

“La primera receta vegana que creamos fue la de lomito de champiñones salteados, funcionó muy bien. Hicimos anticucho vegano, fricasé… vas jugando con los elementos que tienes a mano”, agrega.

Luego empezó a incursionar en las redes sociales: Facebook, Instagram… y llegó el Tik Tok, la red más vilipendiada, acusada de ser superficial. “En Tik Tok uno busca lo que encuentra, el contenido depende de lo que busques”, cuenta feliz mientras muestra una foto en que luce un cubrebocas con las palabras “come pasto”.

Y es que así como surgieron los fanáticos, también aparecieron los haters, aquellos que ingresan a las redes sociales para expresar su odio. Y a los veganos los suelen atacar bastante diciendo que no promueven una vida nutritiva, que solo comen pasto o que hacen recetas con “carnes” vegetarianas porque en realidad aman comer animales.

“Lo que muchos no entienden es que la gente no deja de comer carne porque no le haya gustado. A veces paso por la pollería y me antojo del aroma, pero más puede mi cerebro que mi placer. Esa es la razón por la que tratamos de imitar el sabor de la carne. Es lógico. Es como las personas diabéticas, que usan edulcorantes sintéticos”.

SABORES. Banegas trabaja en la pastelería Lecker Brot, en la Av. Argentina 2137 frente a la plaza San Martín. Y en calle 2 de Los Pinos 502. Foto: Alex Lens

Tras Lupito, Banegas pensó en abrir un restaurante latino vegano en Alemania, pero por infortunios familiares se quedó en La Paz y a cargo de la pastelería que dejó su mamá, su más grande inspiración, Lecker Brot. “Ahora tengo el reto de que la pastelería se adapte al veganismo. Vamos avanzando paso a paso”.

Mientras, está concentrada en hacer crecer sus páginas de Tik Tok e Instagram y convertirse en lo que considera que es una verdadera “influencer”: ofrecer alternativas que permitan un cambio positivo en las personas.

Activismo LGBTQI, veganismo y feminismo son sus pilares y por ellos también ha recibido ataques. “Una vez amenazaron con rayar las paredes de la pastelería por un contenido feminista. Así son las redes sociales, te expones a que la gente te ataque de forma personal”. Es hora de mostrar su nueva creación, el sándwich de chola vegano. Así que, solita, suelta los nervios y empieza a grabar.

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La historia del petróleo boliviano en pintura

Miguel Alandia Pantoja (1914-1975) y Walter Solón Romero (1923-1999), pintores potosinos, cuentan la historia del petróleo y de la nacionalización de YPFB a través de sus obras

Por María José Richter

/ 18 de abril de 2021 / 18:22

Sobre la calle Bueno y la avenida Camacho se encuentra uno de los inmuebles más antiguos de Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB), construido en los años 50. El edificio, en su interior, guarda la historia del compuesto orgánico y su influencia en el desarrollo de la economía nacional y el imaginario colectivo. Los murales de dos exponentes del arte político, Walter Solón Romero y Miguel Alandia Pantoja, narran visualmente estos hechos.

“Estas obras representan la historia de YPFB, son un patrimonio cultural muy importante para todos los trabajadores petroleros de Bolivia, por ello nos sentimos orgullosos de ser custodios de estos murales. Para nosotros es muy importante su preservación, más aún cuando Pantoja y Solón son dos grandes exponentes del arte boliviano del siglo XX”, señala Wilson Zelaya, presidente de YPFB.

En la entrada se muestra el extenso mural de Solón La historia del petróleo boliviano (1958). “Esto nace como una remembranza, un encargo que se le da a Solón para rememorar la nacionalización del 52. No surge de una iniciativa únicamente personal, pero hay un matiz propio de su obra”, dice Óscar Maidana, jefe de Unidad de Imagen Corporativa y estudiante de un doctorado en Patrimonio.

El mural, en la época, ofició como un fuerte medio de expresión para llegar al pueblo. Solón supo aprovechar el espacio y los ambientes para narrar historias casi siempre referidas a su contexto o en diálogo con él. Esta obra se va montando con varias escenas, aparece entre ellas la Fundación de YPFB, donde un soldado con el torso desnudo y con la indumentaria militar de la Guerra del Chaco representa a los defensores de los recursos naturales. En marzo de 1937, el gobierno del presidente David Toro declaró caducas las concesiones de la transnacional y transfirió todos sus activos a YPFB.

LA GRÁFICA

HISTORIA. La Guerra del Chaco y el momento de la primera nacionalización de YPFB, son algunos de los principales motivos de las obras de los dos artistas bolivianos. Foto: Álvaro Valero

HISTORIA. La Guerra del Chaco y el momento de la primera nacionalización de YPFB, son algunos de los principales motivos de las obras de los dos artistas bolivianos. Foto: Álvaro Valero

HISTORIA. La Guerra del Chaco y el momento de la primera nacionalización de YPFB, son algunos de los principales motivos de las obras de los dos artistas bolivianos. Foto: Álvaro Valero

HISTORIA. La Guerra del Chaco y el momento de la primera nacionalización de YPFB, son algunos de los principales motivos de las obras de los dos artistas bolivianos. Foto: Álvaro Valero

HISTORIA. La Guerra del Chaco y el momento de la primera nacionalización de YPFB, son algunos de los principales motivos de las obras de los dos artistas bolivianos. Foto: Álvaro Valero

HISTORIA. La Guerra del Chaco y el momento de la primera nacionalización de YPFB, son algunos de los principales motivos de las obras de los dos artistas bolivianos. Foto: Álvaro Valero

Dos nacionalizaciones más marcaron la historia de Yacimientos: en 1969, durante el gobierno de Alfredo Ovando Candia, los hidrocarburos fueron entregados en concesión a través del Código del Petróleo a la compañía estadounidense Gulf Oil. En 2006, el presidente Evo Morales nacionalizó los hidrocarburos.

En medio de los escritorios y el ambiente laboral de los diferentes niveles del edificio se resguardan obras de Alandia Pantoja. “En los murales está siempre presente el indio en varias facetas. Esta forma de representación es una forma de revalorizar que su lucha ha generado todo esto. También están los ductos que significan una expansión: esto va a llegar a todos”, dice Maidana.

Una de sus pinturas, Producción, representa la industria: matiza una refinería, los perfiles de acero y las tuberías donde surge el petróleo. En Perforación, en cambio, destacan las luchas de los trabajadores petroleros y el control de los recursos.

Sobre piroxilina, mortero de cal, arena y aserrín se resumen casi 100 años de historia desde aquel momento previo a la Guerra en el que se divisaba ya la existencia de petróleo en la zona.

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Museo de Anatomía, el otro lado de lo tétrico

Reabierto desde 2018, el museo junta piezas cadavéricas que pueden parecer lúgubres, pero que también son la inspiración para estudiantes de primer año de Medicina

AÑOS. Un cadáver diseccionado hace más de 30 años se conserva gracias a técnicas implementadas por los fundadores del museo

Por Adrián Paredes

/ 14 de abril de 2021 / 13:32

En un lugar de la ciudad de La Paz hay un cuarto lleno de huesos, algunos con más de 30 años de antigüedad. Todos están clasificados según su nombre científico y su tamaño y hasta tienen un pequeño código QR para que sea más sencillo ubicarlos.

Así es la osteoteca del Museo de Anatomía del Área de Ciencias Morfológicas de la Facultad de Medicina de la Universidad Mayor de San Andrés. La idea de este cuarto es que los estudiantes de las distintas facultades relacionadas a la medicina puedan prestarse una pieza ósea —tal como se prestarían un libro en una biblioteca— para estudiar con libertad.

Esta es una de las iniciativas que tiene el Museo Morfológico desde 2018, cuando los doctores Marcelino Mendoza Coronel, actual jefe del Departamento Facultativo de Ciencias Morfológicas, y Freddy Edwin Tancara Vargas, responsable del Museo de Anatomía, asumieron gestión.

El repositorio está ubicado en la misma Facultad de Medicina, sobre la avenida Saavedra #2246, en el barrio de Miraflores. Para entrar hay que ir detrás del edificio principal, virar a la derecha y encontrarse de frente con la estatua de un Atlas cargando un mundo que en su interior lleva estructuras celulares, ADN e incluso el pequeño feto de un bebé.

El Atlas es parte del cambio de atmósfera que Mendoza y Tancara trajeron con su gestión. Cansados de que se asocie a la unidad de morfología con lo tétrico, no solo trabajaron para rearmar el museo, también llenaron sus techos y pasillos de arte. Su primer acto fue poner esta escultura que representa a las cuatro cátedras de la unidad de morfológicas: Anatomía, Histología, Embriología y Biología. 

“Esto era lúgubre. Pero, a través de la escultura y las pinturas, el lugar ha cambiado un poco junto a todos los ambientes, siempre tratando de inspirar a los estudiantes”, expone Tancara a ESCAPE, durante un recorrido por el recinto.

En el segundo nivel está el museo, entrando por una puerta rodeada del mural que reproduce Lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp, la pintura de Rembrandt. También está una representación pictórica de la escultura La piedad del italiano Miguel Ángel; y un mural más con La creación de Adán, también de Miguel Ángel. “Antes era todo muy apagado, pero hemos intentado que esta sea una casa del estudiante donde todos los que vengan se sientan bien y puedan apreciar estas obras de arte”, cuenta Mendoza.

Tras la puerta, una amplia sala alberga la colección, pero en 2018, cuando Mendoza y Tancara asumieron su gestión, el lugar no era más que un depósito en el que los huesos acumulaban polvo.

La gráfica

Foto: Álvaro Valero

Foto: Álvaro Valero

Foto: Álvaro Valero

Foto: Álvaro Valero

AYUDA. El museo no sería hoy una realidad sin la ayuda de los estudiantes que pasaron por la unidad de Morfología y llegaron a quererla. Foto: Álvaro Valero

Foto: Álvaro Valero

Foto: Álvaro Valero

Foto: Álvaro Valero

Foto: Álvaro Valero

‘Inspiración en la fascinación’

Dentro de la sala esperan maquetas y modelos que ilustran el funcionamiento y la estructura de diversas partes de la anatomía humana, pero también embriones, huesos y cadáveres, conservados para que los alumnos de primer año de medicina puedan aprender cómo funciona todo.

Al entrar, tres animales diseccionados con las vísceras expuestas están al inicio de una pequeña área dedicada a las bestias. El tiempo no ha quitado flexibilidad a los órganos de sus piezas cadavéricas, pero su textura se ve algo seca: algunas partes se pintaron con fines didácticos. Detrás de ellos, esqueletos de perros, gatos, pumas reposan junto a frascos con palomas flotando en formol.

No muy lejos de ahí yace el cadáver de una persona no identificada; murió hace más de 30 años, más o menos cuando el museo fue creado por los doctores Édgar Arené y Vito Rivas, jefes de trabajos prácticos de Morfología en esa época, quienes diseccionaron esta pieza cadavérica e implementaron las técnicas de conservación que lo mantienen intacto hasta hoy.

“La gente tiene el morbo de ver lo prohibido y, en este caso, ver un cadáver sin piel, cortado en dos partes para mostrar su estructura, despierta inquietud, pero también la motivación de realmente pensar en cómo está estructurado nuestro cuerpo”, explica Tancara.

El museo representa la primera etapa de formación de los estudiantes de Medicina. Antes de entrar en prácticas de segundo año, tienen que profundizar sus conocimientos de Morfología, de tal modo que conozcan a detalle cómo funciona el interior de su futuro campo de trabajo. “Lo hacemos en cadáveres para entender bien cómo funcionan algunas estructuras, tenemos que romper, cortar y abrir. Eso no podemos hacerlo en alguien vivo, solo en un cadáver”, aclara Mendoza.

Justamente fueron estudiantes quienes ayudaron a ambos doctores a convertir ese depósito intransitable de esqueletos deteriorándose a la luz del sol en un museo dividido en áreas con importantes piezas de aprendizaje, como huesos con fracturas mal consolidadas, cráneos acromegálicos y otros sacados de ch’ullpas con trepanaciones que alteraban su forma.

“Puede ser tétrico para quien no se dedica a la medicina, pero los estudiantes de primer año encuentran inspiración en la fascinación que les causa ver estas piezas”, asevera Tancara.

Los tesoros del museo

El museo también junta otro tipo de tesoros. Entre ellos, desde Francia, un modelo antiguo de cera, de esos que artistas de ese material realizaban junto a anatomistas en 1800 y que hoy valen más de $us 20.000. Alrededor de esta importante pieza histórica están modelos creados por los estudiantes. Pulmones, corazones, corneas en maquetas realizadas en porcelana fría, plastoformo y metal, a manera de trabajos finales, mostrando el funcionamiento de las estructuras.

Para Mendoza y Tancara éstos son los tesoros, muestras del amor de los estudiantes por el museo. Por lo mismo lamentan no tener suficientes fondos para hacer de éste un museo más profesional.

A futuro desean tener solarios, más murales, cambiar la fachada e incorporar vitrinas, luces y un sistema de alarma, para así poder añadir algunas piezas valiosísimas y muy raras, como invaluables microscopios antiguos, que por ahora guardan en algún lugar secreto.

No solo los fondos no alcanzan, su gestión termina el 10 de mayo y los galenos todavía no han decidido si repostularse para otros tres años o dejar de posponer proyecciones personales y académicas.

Solo les queda seguir intentando que el Ministerio de Salud y el de Educación — o cualquiera, en realidad— otorguen fondos para dejar el museo aún mejor de lo que ya se logró, especialmente ahora que, después de cerrar por la pandemia, el 5 de abril abrió sus puertas una vez más.

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