domingo 18 abr 2021 | Actualizado a 17:38

El universo de libros de Álvaro García Linera

ORDEN. En los estantes yacen los miles de libros. García Linera tiene ordenada la información según la temática de cada publicación. Domingo

/ 17 de febrero de 2021 / 10:13

Mucha curiosidad despertó esta biblioteca, desde memes hasta información sobre la cantidad de libros que contiene. El exvicepresidente la abrió para Escape

El escritor argentino Jorge Luis Borges dio una de las descripciones más exactas: le decía “universo” a lo que los demás llamamos biblioteca y es que un número, que parece infinito, de libros que se ordenan en un recinto no pueden ser más que puertas que transportan al lector a otros mundos y realidades. Eso lo sabe Álvaro García Linera, exvicepresidente de Bolivia, quien tiene una biblioteca con “varios miles” de libros, como él dice, ya que no lleva la cuenta exacta de la cantidad que posee porque no los colecciona, ni son un adorno; son objetos utilitarios que lee y usa para su constante formación política y para su trabajo intelectual como profesor de universidades internacionales en las que enseña.

“Los libros son mi aire y mi alimento. Mi madre cuidaba a cuatro hijos, trabajaba, nos alimentaba y nos mandaba al colegio. Ella no poseía ninguna propiedad y éramos una familia con carencias económicas, pero siempre sacaba al final de mes unos 20 o 30 pesos, de no sé dónde, que había ahorrado, para darme un libro. Me incentivó a la lectura”, rememora.

El adolescente de 14 años de aquel entonces acudía con ese dinero a comprar ejemplares para saciar su basta curiosidad. En esos trajines, le llegó Espartaco, del escritor Howard Fast. En esa historia, el gladiador encabezó una rebelión de esclavos y puso en jaque al poder de la República romana, lo que lo consolidó como un héroe de la lucha contra la opresión e injusticias. Ese relato fue el puente que lo llevó a buscar lecturas más profundas sobre marxismo, comunismo y filosofía, ya que previo a ello leía historietas, como la gran mayoría de los jóvenes de su edad.

Foto: Rodwy Cazón

“Estábamos en dictadura de Hugo Banzer, pero ya había un despertar social, se estaban reactivando los sindicatos y las movilizaciones. Entonces los jóvenes mayores que yo atravesaban un proceso de radicalización. Los partidos PS1, MIR, ELN, PCML y POR ya hacían su trabajo en las universidades y permeaba el debate de izquierda. Nosotros éramos muy jóvenes. Recuerdo que en mi casa siempre había un policopiado o algún texto de izquierda porque el mayor de mis hermanos aparecía con estos folletos, con música de protesta y lo absorbí. Me politicé con la politización de mi generación mayor”, recuerda el académico marxista.

Además, su madre conversaba con él y sus otros hijos sobre las lecturas que hizo de filósofos como Jean Paúl Sartre, Immanuel Kant y Montesquieu. “Eso iba influyendo en mis elecciones. Así iba a la Universidad (San Simón) a buscarlos. Como estábamos en dictadura, los libros de marxismo los traían a la Universidad porque era un tiempo inestable y no se podía conseguir en las librerías a menos que uno se haga amigo del dueño. Me hice amigo de don Werner Guttentag, de Los Amigos del Libro en Cochabamba, como ya me conocía, me metía a un cuartito donde estaban escondidos los libro de izquierda”. Los tres tomos de El Capital, de Karl Marx, fue una de las primeras lecturas que se propuso completar durante sus vacaciones escolares. “Tenía 15 años y evidentemente no entendí el 95% de lo que estaba allí, pero significó una disciplina porque cada tomo tenía 800, 600 y 1.000 páginas, respectivamente. Allí comencé a hacer anotaciones. Tras volver a clases expuse esa lectura en el colegio a mis amigotes y si yo no había entendido mucho leyéndolos, ellos menos”.

LECTURAS. Tres textos que el político recomienda a los jóvenes para detonar el pensamiento crítico. Foto: Rodwy Cazón

Tras esa experiencia se dio cuenta de que le faltaba más bagaje y fue el detonante para seguir leyendo. “Veía a mis mayores hablar de un autor y de otro. Estaba muy de moda en esa época leer a Guillermo Lora, a (Marcos) Domic y a Marta Harnecker. Ellos a su vez citaban a Lenin, Tucker o  Hegel y como no me contentaba con tener menos información que mis mayores, acudí a sus fuentes principales y comencé a buscar las obras escogidas de Lenin, Mao y Marx”.

El ‘Qhananchiri’ y las tinieblas

“La vida es así, muy dura, los hijos tienen que dar, de vez en cuando, a sus madres grandes dolores si quieren conservar el honor y la dignidad de los hombres”, es una de las célebres frases de Antonio Gramsci, teórico marxista y sociólogo, que pasó gran parte de su vida en la cárcel. Uno de los escritos más reconocidos de este pensador italiano son los Cuadernos de la cárcel. Una colección de esta obra se alza en uno de los estantes de García Linera.

Desde sus 18 hasta sus 30 años, el marxista boliviano armó su primera biblioteca, la cual fue saqueada por policías cuando entró a la cárcel de Chonchocoro, tras haber formado parte del Ejército Guerrillero Túpac Katari (EGTK). Su nombre de lucha era Qhananchiri (“el que ilumina” en aymara) y sobre él pesaban 12 acusaciones.

“La Policía  encargada de la Fiscalía era del partido ADN, de Hugo Banzer y Tuto Quiroga, me robaron toda mi  biblioteca”. Pero la vida y su azar no dejan de sorprender. Dos décadas después, De demonios escondidos y momentos de revolución, uno de los libros de su autoría y que le habían saqueado, volvió a sus manos, pero con una dedicatoria, que no era precisamente para él.  “Ministro, le envío uno de los muchos libros que encontramos en la casa del delincuente y terrorista Álvaro García Linera, el Qhananchiri”, reza parte de la dedicatoria firmada por un capitán que realizó el operativo en 1992.

“Es el relato y el testimonio del saqueo que viví”, señala sereno, pese a que pasó cinco años en la cárcel, fue torturado y los dos primeros meses estuvo aislado sin poder ver ni hablar con nadie.

“En la cárcel leí 900 libros durante los cinco años que estuve recluido”, recuerda, pero fue una lucha lograr que le permitieran introducirlos al penal de máxima seguridad de Chonchocoro porque en principio no permitían que ingrese ni un periódico semanal. La pelea duró meses, pero en el séptimo mes logró que ingresen los tomos. “En la cárcel es muy fácil desplomarse moralmente, más aún si no sabes si vas a estar 10 o 20 años. Entonces, tienes tres opciones: eludir el mundo con las drogas, aferrarte al trabajo o leer”.

García Linera se refugió en la lectura, pese a que sus libros eran revisados para ver si eran subversivos o no y, en principio, le permitieron meter solo uno por mes. También trabajó en un taller del recinto penitenciario, produciendo muebles de bambú, hasta que el lugar se quemó en un motín en el que los presos reclamaban un sueldo por las largas jornadas de trabajo. Los libros fueron su refugio, para muestra un botón: cuando salió de prisión sostenía una bolsita con sus pocas mudas de ropa y un gangocho, dentro estaban todos los libros que puedo guardar en su celda pese a que para que entre un nuevo libro le obligaban a devolver el anterior.

Foto: Rodwy Cazón

Epopeya indianista

“En 1997 armé mi salida de Chonchocoro una media hora antes porque pensé ‘capaz no me dejan irme’. En la litera tenía ya una colección de libros”. Aquellos ejemplares que le acompañaron durante el encierro fueron El Capital y libros de cronistas españoles que describían sus viajes y experiencias durante la conquista. Esos tomos fueron los cimientos para reconstruir su actual e imponente biblioteca, que hoy se divide en cuatro habitaciones de su casa.

Así como la biblioteca de Alejandría fue capturada por un ejército musulmán que, según cuenta la historia, habría destruido con fuego el lugar cumpliendo una orden de un califa, la posibilidad de perder este templo del conocimiento se hizo carne en noviembre de 2019. “Se iba a quemar todo si se entraban a mi casa los golpistas el 19 de noviembre. Amenazaron con ello. Gracias a 15 personas, que no sé quiénes son, y mis dos cachorras que resguardaron este lugar no se concretó el hecho”, cuenta el exvicepresidente.

Los recuerdos se arremolinan en la cabeza del docente universitario cuando mira los lomos de las publicaciones y localiza algún ejemplar que marcó algún episodio de su vida. ¿Qué lo acercó al indianismo?, se le pregunta y responde que el bloqueo de caminos de 1979 de la Federación Campesina, cuando aún era un estudiante de 17 años. “En aquel momento, la Central Obrera Boliviana (COB) era el referente político y llamó a que levanten el bloqueo, pero la federación campesina no lo hizo. En ese tiempo había solo Canal 7, en blanco y negro, y allí salía el dirigente de la COB y el representante campesino. Esa  imagen me impactó porque eran unos campesinos-indígenas que no obedecían el mando obrero, hablaban otro idioma y vivían junto a nosotros. Dijeron que bloquearían La Paz y primero bloquearon la entrada al Lago”. Una reminiscencia del cerco de Túpak Katari en la colonia.

“El tema indígena se quedó en mí por esta ruptura cognitiva en mi mente de comunismo, socialismo, marxismo obrero y ahora aparecían los aymaras. Se despertó el racismo que escondía la clase media. Comencé a buscar la historia boliviana y me encontré con textos de Fausto Reinaga como El indio y el cholaje boliviano”.

Así germinó su lectura sobre lo indianista que se entremezcla con su marxismo hasta hoy y “hasta que me muera”, enfatiza y bajo la idea que gestó a sus 17 años: “Los indios deben gobernar Bolivia”. ¿Qué pasará con su biblioteca el día que él ya no esté? Alba su única hija, hoy de tres años, es quien la heredará.

Borges en la Biblioteca de Babel da una certeza en la que sospecha que más allá de todos nosotros y del tiempo que nos devora, la  biblioteca es la que perdurará: “iluminada,  solitaria,  infinita,  perfectamente  inmóvil, armada de volúmenes preciosos, incorruptible y secreta”.

Museo de Anatomía, el otro lado de lo tétrico

Reabierto desde 2018, el museo junta piezas cadavéricas que pueden parecer lúgubres, pero que también son la inspiración para estudiantes de primer año de Medicina

AÑOS. Un cadáver diseccionado hace más de 30 años se conserva gracias a técnicas implementadas por los fundadores del museo

Por Adrián Paredes

/ 14 de abril de 2021 / 13:32

En un lugar de la ciudad de La Paz hay un cuarto lleno de huesos, algunos con más de 30 años de antigüedad. Todos están clasificados según su nombre científico y su tamaño y hasta tienen un pequeño código QR para que sea más sencillo ubicarlos.

Así es la osteoteca del Museo de Anatomía del Área de Ciencias Morfológicas de la Facultad de Medicina de la Universidad Mayor de San Andrés. La idea de este cuarto es que los estudiantes de las distintas facultades relacionadas a la medicina puedan prestarse una pieza ósea —tal como se prestarían un libro en una biblioteca— para estudiar con libertad.

Esta es una de las iniciativas que tiene el Museo Morfológico desde 2018, cuando los doctores Marcelino Mendoza Coronel, actual jefe del Departamento Facultativo de Ciencias Morfológicas, y Freddy Edwin Tancara Vargas, responsable del Museo de Anatomía, asumieron gestión.

El repositorio está ubicado en la misma Facultad de Medicina, sobre la avenida Saavedra #2246, en el barrio de Miraflores. Para entrar hay que ir detrás del edificio principal, virar a la derecha y encontrarse de frente con la estatua de un Atlas cargando un mundo que en su interior lleva estructuras celulares, ADN e incluso el pequeño feto de un bebé.

El Atlas es parte del cambio de atmósfera que Mendoza y Tancara trajeron con su gestión. Cansados de que se asocie a la unidad de morfología con lo tétrico, no solo trabajaron para rearmar el museo, también llenaron sus techos y pasillos de arte. Su primer acto fue poner esta escultura que representa a las cuatro cátedras de la unidad de morfológicas: Anatomía, Histología, Embriología y Biología. 

“Esto era lúgubre. Pero, a través de la escultura y las pinturas, el lugar ha cambiado un poco junto a todos los ambientes, siempre tratando de inspirar a los estudiantes”, expone Tancara a ESCAPE, durante un recorrido por el recinto.

En el segundo nivel está el museo, entrando por una puerta rodeada del mural que reproduce Lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp, la pintura de Rembrandt. También está una representación pictórica de la escultura La piedad del italiano Miguel Ángel; y un mural más con La creación de Adán, también de Miguel Ángel. “Antes era todo muy apagado, pero hemos intentado que esta sea una casa del estudiante donde todos los que vengan se sientan bien y puedan apreciar estas obras de arte”, cuenta Mendoza.

Tras la puerta, una amplia sala alberga la colección, pero en 2018, cuando Mendoza y Tancara asumieron su gestión, el lugar no era más que un depósito en el que los huesos acumulaban polvo.

La gráfica

Foto: Álvaro Valero

Foto: Álvaro Valero

Foto: Álvaro Valero

Foto: Álvaro Valero

AYUDA. El museo no sería hoy una realidad sin la ayuda de los estudiantes que pasaron por la unidad de Morfología y llegaron a quererla. Foto: Álvaro Valero

Foto: Álvaro Valero

Foto: Álvaro Valero

Foto: Álvaro Valero

Foto: Álvaro Valero

‘Inspiración en la fascinación’

Dentro de la sala esperan maquetas y modelos que ilustran el funcionamiento y la estructura de diversas partes de la anatomía humana, pero también embriones, huesos y cadáveres, conservados para que los alumnos de primer año de medicina puedan aprender cómo funciona todo.

Al entrar, tres animales diseccionados con las vísceras expuestas están al inicio de una pequeña área dedicada a las bestias. El tiempo no ha quitado flexibilidad a los órganos de sus piezas cadavéricas, pero su textura se ve algo seca: algunas partes se pintaron con fines didácticos. Detrás de ellos, esqueletos de perros, gatos, pumas reposan junto a frascos con palomas flotando en formol.

No muy lejos de ahí yace el cadáver de una persona no identificada; murió hace más de 30 años, más o menos cuando el museo fue creado por los doctores Édgar Arené y Vito Rivas, jefes de trabajos prácticos de Morfología en esa época, quienes diseccionaron esta pieza cadavérica e implementaron las técnicas de conservación que lo mantienen intacto hasta hoy.

“La gente tiene el morbo de ver lo prohibido y, en este caso, ver un cadáver sin piel, cortado en dos partes para mostrar su estructura, despierta inquietud, pero también la motivación de realmente pensar en cómo está estructurado nuestro cuerpo”, explica Tancara.

El museo representa la primera etapa de formación de los estudiantes de Medicina. Antes de entrar en prácticas de segundo año, tienen que profundizar sus conocimientos de Morfología, de tal modo que conozcan a detalle cómo funciona el interior de su futuro campo de trabajo. “Lo hacemos en cadáveres para entender bien cómo funcionan algunas estructuras, tenemos que romper, cortar y abrir. Eso no podemos hacerlo en alguien vivo, solo en un cadáver”, aclara Mendoza.

Justamente fueron estudiantes quienes ayudaron a ambos doctores a convertir ese depósito intransitable de esqueletos deteriorándose a la luz del sol en un museo dividido en áreas con importantes piezas de aprendizaje, como huesos con fracturas mal consolidadas, cráneos acromegálicos y otros sacados de ch’ullpas con trepanaciones que alteraban su forma.

“Puede ser tétrico para quien no se dedica a la medicina, pero los estudiantes de primer año encuentran inspiración en la fascinación que les causa ver estas piezas”, asevera Tancara.

Los tesoros del museo

El museo también junta otro tipo de tesoros. Entre ellos, desde Francia, un modelo antiguo de cera, de esos que artistas de ese material realizaban junto a anatomistas en 1800 y que hoy valen más de $us 20.000. Alrededor de esta importante pieza histórica están modelos creados por los estudiantes. Pulmones, corazones, corneas en maquetas realizadas en porcelana fría, plastoformo y metal, a manera de trabajos finales, mostrando el funcionamiento de las estructuras.

Para Mendoza y Tancara éstos son los tesoros, muestras del amor de los estudiantes por el museo. Por lo mismo lamentan no tener suficientes fondos para hacer de éste un museo más profesional.

A futuro desean tener solarios, más murales, cambiar la fachada e incorporar vitrinas, luces y un sistema de alarma, para así poder añadir algunas piezas valiosísimas y muy raras, como invaluables microscopios antiguos, que por ahora guardan en algún lugar secreto.

No solo los fondos no alcanzan, su gestión termina el 10 de mayo y los galenos todavía no han decidido si repostularse para otros tres años o dejar de posponer proyecciones personales y académicas.

Solo les queda seguir intentando que el Ministerio de Salud y el de Educación — o cualquiera, en realidad— otorguen fondos para dejar el museo aún mejor de lo que ya se logró, especialmente ahora que, después de cerrar por la pandemia, el 5 de abril abrió sus puertas una vez más.

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Ramón Rocha Monroy: ‘Perdí al 90% de mis amigos’

El escritor cochabambino ha publicado una nueva obra literaria (corta) tras siete (largos) años de silencio. Es un tributo a su hijo y al rock. El autor además cree que la narrativa boliviana debe retornar a lo nuestro

EDICIÓN.El escritor Ramón Rocha Monroy junto a la editora Alejandra Carranza, de Mefistofelia.

Por Ricardo Bajo H.

/ 14 de abril de 2021 / 13:17

Ramón Rocha Monroy está de vuelta. Después de siete años de “silencio”, el escritor con pseudónimo misterioso (“Ojo de Vidrio”) ha lanzado estos días su última novela —corta—, un homenaje a su hijo Ariel y su afición/devoción por el rock que lo llevó a abrir tres templos rockeros en Cochabamba: La Guadalupana, La Tirana y La Tirana y Olé. Su nombre: Pedro y María. El ganador del Premio Nacional de Novela en 2002 con Potosí 1600 ha publicado más de 30 libros en diferentes editoriales pero ahora se ha decidido por una editorial independiente/artesanal dirigida por una mujer, Alejandra Carraza Gómez-García, poeta paceña, comunicadora y filósofa que hace años estaba a cargo de la revista de literatura Cien de Cien. El libro fue presentado el pasado 2 de abril en la Llajta en la plaza Colón y cuenta con una tapa diseñada por Sergio Condori Aguilar. Pedro y María narra la vida alterada de un matrimonio joven de empleados bancarios a raíz de la llegada a su hogar de un extraño gringo de pelo largo, una verdadera enciclopedia del rock y sus excesos.

Pedro y María es una charla de rock, es una novela de misterio y fuga —“este hombre sabe más de lo que dice”—, es un homenaje para tu hijo y sus boliches rockeros. ¿Es el divertimento más extraño de tu obra?

—Es un ajuste de cuentas con un pasado signado por la política y la dictadura militar, que a algunos nos empujaba al trabajo de resistencia y a otros al hippismo, a la yerba, al rock en inglés o venido de Argentina. Pero muy por debajo latía la influencia del rock. No hay que olvidar que yo soy menor que Los Beatles, los Rolling Stones y tantos otros. Tomé un argumento anotado por Nataniel Hawthorne para ver cómo, si varías el contexto, tienes otra cosa. Es como La montaña mágica, pero sin tuberculosis, con cáncer. Me sorprendió cuánto sabe mi hijo mayor Ariel sobre rock y él me dio por primera vez el rock en español, pero venido de México: no solo de Buenos Aires.

—En la novela también se puede “observar” tu pasado rockero, tus andanzas en La Paz de pinchadiscos y cassettes, ¿hay una cierta nostalgia destilada de lo que llamas “la generación del empute”?

—Es algo en lo que insisto en mi docencia de filosofía política. La “generación del empute” se remonta a los inicios del siglo XX con el existencialismo, recrudece entre guerras y se masifica con la segunda posguerra europea, que no mundial, con los hippies, Vietnam, el rock, que tiene antepasados negros en el blues, el jazz, el rythm and blues y el rock and roll. Desde entonces hay una rebeldía innata, sobre todo en los jóvenes, que algunos la llaman contracultura y yo “generación del empute”. Y no tiene solución porque es una crisis global de Occidente, que se manifestó en París en 1968, en México el mismo año y en Tiananmén más tarde. Nadie sabía por qué había consignas tan raras: los cronopios versus el sistema.

—¿Es ahora más que nunca necesario reivindicar esa rebeldía que tuvo y ya no tiene el rock?

 —La novela es un réquiem a tres boliches que alentó mi hijo Ariel, que quebraron antes y luego de la pandemia: La Guadalupana, La Tirana y La Tirana y Olé. El rock tiene hoy poca rebeldía; es tan solo una rebeldía de Charly García, Spinetta y Lito Nebbia en Buenos Aires; de Alex García, Rockdrigo González y Cecilia Toussaint en México.

Foto: Ricardo Bajo

—Sobre la novela navega el malditismo y el culto al exceso tatuado en el ADN del rock, con muertes, sobredosis, carretera y héroes abandonados en el camino. En el panorama boliviano hemos padecido/gozado ese universo pero a baja escala/intensidad. ¿Por qué no había hasta ahora una novela boliviana con riffs afilados de guitarra de fondo?

—Es que los de clase media somos muy modositos, y todos los escritores y lectores son de clase media. Yo he perdido al 90% de mis amigos por razones políticas, como si éstas abarcaran una vida, y no es así. Sin embargo, pago el precio porque nadie compra mis libros, las editoriales no me tiran pelota y las entiendo. Por eso, hay que cambiar de vida y conseguí una editorial artesanal, Mefistofelia, que me cobra baratísimo y vende también muy barato. No me interesa ganar dinero sino lectores. La crisis se nos viene y hay que cambiar de modo de vida.

—La novela cae en el estereotipo de la vieja estrella del rock escondida en el secretismo junto a su inevitable característica de portento sexual. ¿Es algo inevitable para la construcción del personaje?

—Eso quizá era antes. Hoy la yerba y en general la droga han caído sobre las bandas. Es imposible aguantar el ritmo de antes sin estimulantes. Pero hoy, con la pandemia y la crisis, los músicos no saben ya qué hacer. Están desocupados.

Monroy en su inseparable bicicleta

—De todos los músicos/bandas que caminan por la novela, ¿cuáles son tus favoritos?

—Los viejos. Joe Cocker, Keith Richards, Janis Joplin y Jimi Hendrix. Mick Jagger tuvo una mujer compartida con Keith, que cantaba temas de Los Beatles y era muy linda. Acabo de verla en una película, se llama Marianne Faithfull, una señora gordita, todavía guapa, que hace en el filme la paja a quienes meten el miembro por un orificio en un “sex shop” de Londres. Pero le da “codo de tenista”, es decir, tendinitis a la cual yo la llamo “codo de pajera”. La peli se llama Irina Palm(2007) de Sam Garbarski.

—¿Por qué no hay rock boliviano en la novela, por qué a veces parece que nuestro rock ni siquiera existiera para el resto del mundo?

—Yo no diría eso. Basta leer el libro de Marco Basualdo o recordar a Wara. Aquí hubo fusión de rock y folklore, pero somos un país chico y no trascendió. Cuando yo era adolescente, los artistas eran fonomímicos y así se presentaban. Mira lo que recorrimos.

—¿Cómo has trabajado la crítica/condena social que subyace en la novela contra esa pareja de bancarios, contra esa clase media cochala/boliviana que se cree “blanca” y sale como aspiración en las páginas de “sociales” de los periódicos?

—No debe haber jóvenes más domesticados que las y los bancarios, tan lindos, tan impecables, tan modositos. Pedro y María son bancarios: ganan un concurso para atender hasta sus días a un gringo de la tercera edad y las sorpresas vienen desde la recepción en el aeropuerto. Ellos esperan un gringo viejito, de corbata michi, camisa rosada y sombrero de paja y se encuentran con un calvo melenudo, de guayabera y borracho, que trastorna la recepción y va a la fiesta metiéndole mano a una chica, jalando y bebiendo Jack Daniels delante de todos. Ya digo: perdí al 90% de mis amigos por esa razón; pero todo arte es puro “cover”. Y los clasemedieros se parecen en todo el mundo. No son nada originales. En cambio, acercarse a una realidad concreta, por ejemplo, la Bolivia profunda, es siempre único, irrepetible.

—Has optado por una editorial artesanal y una distribución casera/personal, puerta a puerta. ¿Por qué has dejado los sellos editoriales de “prestigio” que antes publicaron tus novelas? ¿Cómo ves el panorama literario nacional?

—Hay unos cuantos que todavía conmueven a las grandes editoriales. Que no es mi caso. Entre nosotros hay imitadores hábiles: un poco de Borges, un tanto de Vázquez Montalbán, otro poco de Paul Auster y John Cheever y Raymond Carver. La literatura nacional no será original si no se acerca a fenómenos como el Gran Poder en La Paz o sus laderas; a la copla cochabambina liquidada por la morenada y a las bandas orureñas del Carnaval. En suma, volver a lo nuestro.

La tapa del nuevo libro del autor

—¿Dónde han quedado tus textos gastronómicos, abandonados en un cajón junto a tu querida bicicleta?

—En absoluto. Mi amigo Ingvar Ellefsen publicó Memorias de un Gastrósofo, que contiene dos textos ya agotados, Crítica de la sazón pura y Todos los cominos conducen aroma junto a un tercer libro inédito, Comer y descomer. Pero justo coincidió con la pandemia y no se lo pudo presentar. En cuanto a la bicicleta, que manejo hace 30 años, últimamente es lo único que monto.

—¿Cómo sobrevives en esta Bolivia polarizada que por un lado pide justicia por el golpe, la corrupción del gobierno de facto y las masacres y por otro lado sigue hablando de fraude y dictadura?

—El triunfo del actual presidente Arce fue un balde de agua fría para los “pititas”, que quedaron mudos de asombro. Quizá era mejor pedir justicia de inmediato, pero la justicia es lenta. Tiene sus protocolos y todavía no se los ha cumplido. Entonces hay sectores urbanos que piden reconciliación, no volver los ojos atrás, mirar al futuro sin venganzas. Pero ¿y los muertos de Senkata y Sacaba y otros lugares? ¿No cuentan porque los muertos son pobres y anónimos? ¿No habrá justicia para ellos? Si no se hace justicia, ¿no habrá otros personajillos que cometan tantas barbaridades? La ley obliga a gobernantes y gobernados. Gobernar en democracia no es fácil. Pero para eso tenemos más del 55 por ciento de apoyo, el 40 por ciento del voto urbano. ¿Vamos a transigir con grupos pequeños pero ruidosos de presión? El presidente Arce lo está haciendo muy bien: ha desarmado el paro médico con la aplicación masiva de vacunas; y no hay que olvidar que el “comiteísmo” cruceño vive sus últimos días. En Santa Cruz hay mucha gente inteligente que no sé por qué guarda silencio.

—¿Qué estás leyendo y escribiendo ahora?

—Tengo siete obras inéditas, entre ellas una novela larga y varias cortas, biografías y filosofía política. Incluso la segunda parte de Pedagogía de la Liberación. Leo mucho y es inevitable escribir, aunque no publiques.

La novela ‘Pedro y María’, a 20 pesitos, se puede adquirir en la tienda de la editorial artesanal Mefistofelia en Cochabamba: calle Juan de la Reza, entre Hamiraya y Tumusla, en el WhatsApp 72217747, en la página de Facebook de la editorial y contactando al propio autor en el edificio Zafiro, calle Chuquisaca esquina Antezana, frente al restaurante Paprika. “Díganle al conserje y ya”, dice suelto de cuerpo el bonachón de don Ramón.

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URBANO: Arte para salir de la pandemia

Una exposición colectiva ofrece miradas distintas en la galería Altamira, que se ha convertido en un espacio para respirar cultura

OBRAS. En la muestra se incluyen obras de Ejti Stih,

Por Miguel Vargas

/ 14 de abril de 2021 / 13:13

Si hay una puerta para renovar el alma en tiempos tan difíciles como la pandemia, es el arte. Así lo han comprendido Ariel Mustafá y Daniela Espinoza, de la galería Altamira (calle José María Zalles #834, bloque M-4, San Miguel), que inician su calendario de exposiciones con una muestra colectiva que reúna a artistas de distintas técnicas para pensar las ciudades.

Urbanoes el nombre de esta exposición con obras de más de una decena de obras de autores bolivianos. Permanecerá abierta hasta el 27 de abril de 10.30 a 13.00 y de 15.30 a 20.00. Aunque sobra decirlo, tiene las medidas de bioseguridad para cuidarnos.

Foto: Galería Altamira

Foto: Galería Altamira

Foto: Galería Altamira

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Godzilla vs. Kong

Los dos míticos y gigantes seres se enfrentan —otra vez— en un espectáculo sin sentido de CGI y luces. El crítico de cine Pedro Susz escribe sobre la cinta

HISTORIA. El mono gigante de la Isla Calavera y el monstruo japonés tienen larga data en el celuloide

Por Pedro Susz K.

/ 14 de abril de 2021 / 13:05

El confinamiento obligatorio de los espectadores, a lo largo de un año y algo, a consecuencia de la pandemia del COVID-19, dejó a muchos de ellos ansiosos por regresar a una sala para ver cine como se debe, y la paralela premura de las productoras para poner en circulación megaproducciones de altísimo presupuesto encajonadas en proyecto, a medio hacer, o totalmente acabadas, parecieran haber abonado el terreno para que Godzilla vs. Kong  el más reciente cometido de la otra pandemia, fílmica esta última: la de las sagas plagadas de efectos especiales y sus inacabables secuelas, precuelas y otras ramificaciones, se convierta en el fenómeno de taquilla codiciado por la sociedad Warner Bros/Legendary Entertainment, propietarias de la franquicia MonsterVerse, la cual conjuntó las dos figuras míticas del cine de monstruos, que vuelven a enfrentarse por cuarta vez, en la ocasión con un presupuesto de 160 millones de dólares.

 El gigantesco simio King Kong, habitante de la Isla Calavera, había asomado por primera vez en las pantallas en 1933 en la película dirigida por Carl Denham, convirtiéndose pronto en un ícono de la cultura popular cebada por la industria del entretenimiento que le exprimió el jugo desde entonces con más de media docena de remakes, amén de algunas series para televisión, libros, comics y, por supuesto, videojuegos.

Por su parte Godzilla, es un kaiju (bestia extraña o monstruo en japonés), que cuenta también con una larga historia desde que en 1954 el director Ishiro Honda rodó la primera cinta abocada a esa suerte de enorme dinosaurio mutante cuya figura fue imaginada por el realizador como una alusión metafórica a la devastación nuclear sufrida por el país asiático sobre el final de la Segunda Guerra Mundial. De allí en más apareció en 33 películas japonesas y tres made in USA, habiendo pasado a convertirse en el referente por excelencia del imaginario colectivo de su país de origen, donde adquirió la dimensión simbólica del antihéroe indestructible que lo pone a buen resguardo del caos, la devastación y la contaminación por culturas ajenas a la nipona.

Si bien ya en 1962 los dos monstruos prehistóricos habían coincidido en King Kong vs. Godzilla, producción japonesa dirigida por el mismo Honda, ambos ejemplares se toparon de verdad por primera vez en Godzilla (Gareth Edwards/2014), se reencontraron en Kong: La Isla Calavera (Jordan Vogt/2017), más tarde en Godzilla: El Rey de los Monstruos(Michael Dougherty/2019).

La tesis transversal de MonsterVerse es que hace millones de años especies gigantes, anteriores a la de los dinosaurios, poblaron la superficie terráquea alimentándose de la radiación sobrante del Big Bang y cuando ésta comenzó a escasear se refugiaron a hibernar en la Tierra Hueca, hasta que los sapiens y su voracidad depredadora los despertaron con explosiones nucleares, la minería intensiva y otros despropósitos similares. Tal supuesto se puso en circulación en la referida franquicia impregnado de un sesgo, por decir ideológico, de acuerdo al cual no es que los kaiju detesten a los humanos, a quienes por consiguiente no desean hacer daño —si bien en alguna oportunidad engullen algunos—. Son tan solo criaturas cuyo instinto los lanza a pelear por el territorio. Y si nosotros no hubiésemos devastado sin medida al globo, habrían seguido hibernando, acunados por fábulas y leyendas, sin sentirse impulsados a despedazar cuanto encuentran a su paso.

Dicho de otro modo, para recubrir de un barniz de significación a emprendimientos que no apuntan sino a sumar millones explotando a fondo las posibilidades de la animación virtual, la saga cuyo cuarto episodio nos cae ahora encima, finge estar molesta con las agresiones ambientales causantes del cambio climático y otras averías provocadas por los sapiens después de apropiarse de un planeta que pertenecía a los titanes.

En la ocasión, tal estrategia de encubrimiento de sus reales objetivos pasa por desparramar a lo largo de la trama livianas y fugaces alusiones a varios temas de candente actualidad, tales como el debate en torno a las alocadas tesis de la filosofía trans/poshumanista; las divagaciones fantasiosas  de varios de los heraldos de la Inteligencia Artificial; los dispositivos activados por las megacorporaciones administradoras de redes y plataformas, puntas de lanza de la mundialización del capitalismo informático, para colonizar las conciencias; y hasta las advertencias de los movimientos ecologistas a propósito de los horrores por venir, algunos ya vinieron, si la soberbia antropocéntrica continúa alimentando la idea de que los humanos poseen el derecho de seguir explotando a su gusto y sabor la tierra entera.

Sin embargo, pronto queda al descubierto que si algo sobra en Godzilla vs. Kongson los acartonados personajes humanos, algunos de ellos heredados de los eslabones previos de la cadena, otros, nuevos, metidos con fórceps dejando la impresión de que solo se trataba de agregar al listado de intérpretes algunos nombres con cierto prestigio: Millie Bobby Brown, una “estrella centennial” fabricada por las redes o Alexander Skarsgård para el caso, sin que su inclusión en el elenco actoral atienda a ninguna necesidad dramática o a la intención de densificar narrativamente la historia.

Ésta ilustra, mediante el atosigante uso de la técnica denominada Computer Generated Imaging (CGI), o imagen generada por computadora, un deslavado guion, que de acuerdo al criterio expresado en algunas opiniones acerca de la película de Adam Wingard —quien se resigna a ilustrar de modo asimismo falto de toda inspiración ese, en el mejor de los casos, boceto argumental— ameritaría que Eric Pearson y Max Borenstein sus autores fuesen de inmediato dados de baja del sindicato de guionistas.

En la Isla Calavera, habitáculo eterno de Kong, trabaja hace tiempo Ilene, una investigadora dedicada a estudiar el comportamiento del mono, mientras cría a su hija adoptiva Jia, niña sordomuda, única superviviente de los moradores originales del lugar, quien se comunica con aquél mediante el lenguaje de señas, entablando una relación supuestamente apuntada a aportar siquiera una gotas de emoción a la historia. Paralelamente en algún lugar de los Estados Unidos Madison, especialista en informática, ve aumentar día a día sus sospechas acerca de que la empresa cibernética Monarch anda en algo muy turbio, según las pistas que le proporciona su colega infiltrado, bajo el disfraz de empleado de limpieza.

Parece poco creíble que tamaña megacorporación tecnológica, capaz de construir naves habilitadas para llegar hasta el mismo centro de la tierra, no pueda detectar un audio dudoso en internet, ni identificar a su autor, pero ese ejemplo, podrían mencionarse varios otros, desnuda que la credibilidad, o la coherencia, no son algo que les hubiese importado un comino a los libretistas, ni al director. Como tampoco si el humor con el cual quieren aderezar algunas escenas funciona o resultaba pertinente. Menos todavía si las afanosas idas y venidas de los, anotamos, estereotipados personajes humanos conducen hacia algún lugar, dramáticamente digo.

A quienes les satisface la idea de que un pugilato tras otro entre los dos monumentales aspirantes a rey de los titanes en medio de un ruido ensordecedor y de un juego de luces enceguecedor, demoliendo, como mero efecto colateral, ciudades enteras y pisoteando a los miles de aterrados habitantes en su intento de huir —como ya sucedía en la versión de 1954, pero entonces con el arriba colacionado sentido alegórico, o sea con algún sentido—, constituyen suficiente motivo de entretenimiento o diversión podrá antojárseles que Godzilla vs. Kongamerita una pronta, segura, secuela. Conmigo no cuenten.

FICHA TÉCNICA

Título original: Godzilla vs. Kong

Dirección: Adam Wingard

Guion: Eric Pearson,  Max Borenstein – Historia:Terry Rossio, Michael Dougherty,  Zach Shields

Fotografía: Ben Seresin

Montaje: Josh Schaeffer

Diseño: Tom Hammock, Owen Paterson

Arte: Bill Booth, Dawn Swiderski, Mitch Cass, Andres Cubillan

Música: Junkie XL (Tom Holkenborg)

Efectos: Chris Apeles, Shane Bailey, Chris Brenczewski, Adam Avery, Katie Barker

Producción: Jay Ashenfelter, Yoshimitsu Banno, Shauna Bryan, Chen On Chu, Jennifer Conroy

Intérpretes: Alexander Skarsgård, Millie Bobby Brown, Rebecca Hall, Brian Tyree Henry, Shun Oguri, Eiza González, Julian Dennison, Lance Reddick, Kyle Chandler, Demián Bichir, Kaylee Hottle, Hakeem– EEUU/2021

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CH’ALLA DEL CD 60 A

Nos hemos inventado esta ch’alla de mi último disco 60A porque es triste vivir sin dar conciertos, sin el afán de las tocadas; es triste estar sin el contacto con la gente

Por El Papirri

/ 14 de abril de 2021 / 13:02

CH’ENKO TOTAL

Nos hemos inventado esta ch’alla de mi último disco 60A porque es triste vivir sin dar conciertos, sin el afán de las tocadas; es triste estar sin el contacto con la gente, sin el murmullo de la butaca; es triste estar sin música en los dedos, sin letras dando vueltas la cabeza; es triste sacar todo un disco con 13 canciones y sentir que no vuelan, que creaste canciones sin alas. Nos inventamos esta ch’alla gracias a los jóvenes gestores culturales de 8B Departamento Cultural de Cochabamba. El 8B se debe a la generosidad del cantautor y guitarrista Mauricio Canedo y de su esposa, la artista audiovisual Gabriela Olivera, quienes decidieron abrir las puertas de su casa a los artistas, entonces el living y comedor hacen de pequeño teatro algunas veces, otras de set de fotos y sesiones de video, en el fondo de la casa hay pequeñas aulas; es departamento porque al inicio, hace tres años, todo transcurría en un departamento, sin embargo la pareja se animó a cambiar el departamento por una casita, está lindo, extenso, el 8B.

Decidí tocar con el mismo trío del anterior streaming, el de inicios de octubre del año pasado. El  Papirri y su trío Cochala suena sólido, Luis Mercado en la batería y percusión es un músico cabal, un artista que ve la batería como un instrumento de percusión y eso se agradece. Hugo de Lafuente es un excelente bajista, ambos estudiaron en la Escuela de Música Popular de Avellaneda (EMPA), una institución pionera del Gran Buenos Aires que forma a músicos populares. Sinceramente, en Bolivia no creo que haya músicos solo de música “culta”, todos hacemos música popular, sin embargo los Conservatorios no lo consideran y nos alejan de los centros de formación, en mi generación teníamos que estudiar teoría de la música cuatro años para recién hacer sonar algo, aunque sea una lata de aceite. La EMPA llena este vacío, los chicos agarraron sus maletas y se fueron para allá, su formación no es solo musical sino también de tecnología del sonido, están bien actualizados, ensayar con ellos es un gran alivio, tocar un enorme sostén pues ya los años pesan. Más aún porque —a la vejez viruela— me dieron ganas de tener una guitarra eléctrica, todo el mes de marzo estuve con esa idea adolescente, tomé contacto con un excelente guitarrista eléctrico, Juan Ernesto Saavedra, fue mi guía sobre las alternativas, precios, modelos, una búsqueda tensa que concluyó con la compra de una guitarra que estabaen remate, de media gama, una estilo Stratocaster medio chutita, pero bien nomás está.

En el primer ensayo, hace una semana, me emocionó tocar Un k’usillo en Nottingham con esa guitarra eléctrica, se me salieron unas lágrimas al cantar y pensar en mi hermano que está como la canción, el sonido de mi Tocai (así es la marca) salió pleno en esta canción, mis dedos buscaban sosiego y a la vez emoción, eso era lo mejor, hacer menor esfuerzo articular con resultados sonoros extendidos a diversos timbres debido a una palanquita que te lleva a cinco diferentes. Lo jodido es acostumbrarse a las cuerdas de metal, che, las cuerdas son rudas, las yemas se fríen en un sartén metálico, hay que acostumbrarse, sin llorar.

También me emocionó mucho ver mi cuadernito de canciones donde pongo las letras, estaba desabandonado, polvoriento, tenía anotaciones del concierto anterior, decía 10 de octubre de 2020, se notaba temor para cantar algunas canciones, los golpistas todavía estaban en el gobierno, los motoqueros fascistas podían lastimarnos. Hoy cantamos lo que el alma pida, por eso este concierto es una celebración, un agradecimiento a los poderes superiores que nos permiten aún cantar, una celebración a la vida, un disfrute democrático, el placer de cantar nuevas canciones en libertad y aún con salud. 

Hoy martes grabamos el concierto que se emitirá el sábado 10 y domingo 11 de abril, apóyennos llamando a la productora Amalia Canedo a los celus del artecito. Interesante ver al Papirri con su guitarra eléctrica, interesante ver un streaming con cuatro cámaras, con buen sonido y luces, interesante escuchar las nuevas canciones del disco 60 A, mezcladitas con varios hits, interesante apoyar a los artistas nashonales. Estamos vivos. Respiramos. Todavía cantamos. Estamos algo solos. Algo gordos. Bastante achacosos. Entonces, mientras se pueda: ¡bien le cascaremos con un Ch’utis!

(*) El Papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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