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‘CACHO’ SORIA, un secreto profundo

Óscar Cacho Soria, guionista de la cinematografía boliviana

/ 6 de junio de 2021 / 19:26

El gran guionista de nuestro cine verá pronto su obra completa editada, incluidos sus cuentos ocultos y sus cuatro novelas breves inéditas. Hablamos con su recopilador, el poeta Álvaro Díez Astete

El poeta, novelista y antropólogo Álvaro Díez Astete tiene un proyecto/sueño desde hace años: recuperar la figura e importancia de Óscar Cacho Soria para la literatura y el cine boliviano. Una institución pública cultural editará en breve las obras completas del gran guionista de nuestra cinematografía, del responsable de guiones como Ukamau y Yawar Mallku de Sanjinés; Chuquiago de Eguino; y Mi socio de Agazzi. No obstante, sus cuentos y sus novelas breves siguen siendo hasta hoy obras desconocidas. De gran sentido del humor —inteligente y crítico—, Soria Gamarra nunca se interesó en promover sus trabajos literarios. Fue un “escritor recoleto”, como dice Díez Astete. El silencio sobre su obra responde a un silencio sobre sí mismo, “estaba más cerca del pudor y la decencia que de la timidez”. La literatura de Soria es como él: comprometida, disciplinada, cauta y sobria. “No tenía un aire demoniaco creador como el de Saenz, pero su ángel interior era furioso a la hora de enfrentar las injusticias”, añade Álvaro. Leyendo los relatos del Cachoentendemos mejor a Bolivia, lo bueno y lo malo; entendemos a sus gentes y a sus “despreciables malandrines”, como dijo alguna vez el “secreto profundo” de nuestras letras.

—Conociste a Cacho Soria en 1969 a través de los amigos de Jaime Saenz, ¿qué recuerdos tienes de aquella primera vez?

—No, conocí al Cacho como parte de los amigos de Saenz, aunque éste me hablaba de él, sino en 1971, en la UMSA, donde yo era dirigente universitario y en esa época con Extensión Social organizamos una visita a las minas para proyectar las películas Ukamau y Yawar Mallku en Siglo XX y Llallagua. Fue en ese viaje que se inició y selló mi amistad con el formidable Cacho Soria.

—Tras su muerte en 1988 (por un tumor cerebral) editó junto a Antonio Eguino su libro/antología Sepan de este andar, ¿por qué no se pudo antes recopilar toda su obra completa más allá de las dificultades económicas?

—Óscar era un escritor recoleto, “secreto profundo” le decíamos con Pepe Ballón; no se interesaba en promover su obra, quién sabe por qué; él era reservado en todas las cosas de su vida, sin llegar a extremos por supuesto;  al mismo tiempo he visto al recopilar sus cuentos y tres novelas cortas (una de ellas publicada en 1957, Contado y Soñado) que no era nada ordenado con sus papeles, al menos no como alguien que los destina para una publicación. En su mayoría me los entregaron en forma dispersa en una caja, aunque todos los originales copiados a máquina de modo prolijo y con pocas correcciones, tal vez pensando calladamente en una futura edición. En el prefacio de su antología Sepan de este andar doy más referencias al respecto.

—¿Está en los planes publicar las cuatro novelas breves inéditas de Soria La señorita Beatriz, El viento en las cortinas, Tatamayu y Los días Martes y reeditar la novela corta publicada en 1957 Contado y Soñado?

—Sin mayores detalles te diré que estoy preparando un trabajo para recuperar la figura e importancia del Cacho para la literatura y el cine, publicando sus cuentos completos y tres novelas cortas, más un estudio crítico mío, todo acompañado de un conjunto de entrevistas valiosas de la gente próxima que trabajó con él.

—¿Crees que la proyección esencial de Cacho como hombre de cine opacó sus logros/trabajos literarios?

—No creo eso, o al menos lo plantearía de otro modo: que su pasión por el trabajo cinematográfico se puso por delante, aunque ambas actividades caminaban juntas.

AUTOR. El escritor y antropólogo Álvaro Díez Astete está a cargo de la antología sobre la narrativa de Óscar Soria.

—¿Es necesario un estudio profundo de la academia/crítica para valorar sus cuentos y novelas?

—No es necesario ningún estudio académico profundo para valorar sus obras, pues ellas hablan con claridad por sí solas. Nunca las han puesto bajo la lupa tal vez porque la ceguera ha sido mayor que lo que una lupa pueda corregir.

—¿Cómo afrontaba Cacho la recopilación de historias a la manera de un cronista de los de antes?

—Sí, la imagen es buena, porque el Cacho me dijo una vez que escribía así como un pintor realista pintaba un retrato o un paisaje, registrando todo lo posible para el sentido que debía tener su obra, pero en el plano de los sentimientos e ideas, no de las formas o coloridos. Además lo dejó escrito y lo pongo en el prefacio señalado.

—¿Qué rol jugaba el humor en sus textos? Incluso en los más comprometidos textos éste se cuela por la ventana. ¿Cómo era su sentido del humor?

—Tú ya has visto, al leer sus cuentos siempre te encuentras con una y muchas situaciones humorísticas, que nacen de los contrastes de la vida cotidiana, sin convertirse en chiste alguno. El Cacho tenía un gran sentido del humor, inteligente y crítico muchas veces.

—¿Alguna vez te contó sus recuerdos como cadete en la Guerra del Chaco?

—No, y lamento mucho no habérselo preguntado, lo mismo pasa según sé con los pocos que quedan que lo conocieron.

—Dijo Carlos Mesa en su libro La aventura del cine boliviano (1985) que la obra de Soria era silenciosa y estaba poco reconocida, ¿cómo explicas este vacío/ausencia?

—No sé lo que dijo Mesa en ese sentido, pero por ahí va el punto. Yo pienso que el repudio que Óscar sentía por los autobombos y las apariciones públicas se traducía en un constante silencio sobre sí mismo, que estaba más cerca del pudor y la decencia que de la timidez.

—A pesar de estos silencios y desconocimientos sobre su obra, en la Cinemateca Boliviana la sala 2 se llama “Óscar Soria” e incluso tiene una estrella en su “paseo de la fama”.

—Creo que la principal razón es la trascendencia de su calidad humana indisoluble de su solvencia creadora, que involucró positivamente a todos quienes lo conocieron y que formaban parte del mundo del cine, en su época gloriosa de formación que se hizo contra viento y marea  y balas.

—¿Cómo estás afrontando la tarea de recopilación siendo su obra tan dispersa y fragmentada por su vida itinerante?

—Con resignación, por lo que se haya perdido definitivamente y con alegría por lo alcanzado.

—Se ha calificado la escritura y estilo de Óscar Soria Gamarra como riguroso. Lo conociste y trataste y ahora eres su gran lector. ¿Cómo calificas al Cacho narrador?

—Por lo que vi de él, era una persona muy disciplinada, cauta y sobria. No tenía un aire demoniaco creador como el de Saenz, pero su ángel interior era furioso a la hora de enfrentar las injusticias, sea a través del cine, sus cuentos o en la vida misma.

ESCRITURA. Óscar Soria (28 de diciembre de 1917-14 de marzo de 1988) guionizó importantes películas como Chuquiago

—Don Pepe Ballón, en el prólogo del citado libro Sentir ese andar, lo califica como “rebelde insobornable, revolucionario de verdad e hijo predilecto del pueblo”, ¿cómo fue su vida comprometida?

—El compromiso del Cacho con su pueblo ilustra lo que Jaime Saenz dijo de la poesía y el poeta: “vida y obra son una misma cosa”. No escatimaba esfuerzos y padecimientos en la lucha social que se concentraba en su obra cinematográfica, lo que significaba prolongados periodos de penurias económicas en todo sentido.

—¿Ha envejecido bien su literatura autocalificada por el mismo como “pintura social”, ora dulce y cruda, ora acre y risueña?

—Su literatura no envejece en tanto los problemas de los que trata —la miseria y pobreza campesina y urbana del pueblo indígena— aún siguen vigentes.

—En tu proceso de recopilación e investigación, ¿crees que hay todavía obra oculta o inédita de Cacho por descubrir?

—Creo que no queda nada de Óscar Soria Gamarra como obra escrita por descubrir, a juzgar porque todos sus parientes cercanos ya han muerto y no queda nadie para responder a esa pregunta.

—¿Cuál es tu cuento/relato preferido?

—Aquí me agarraste más resfriado aún de lo que estoy: es que tengo varios cuentos en los que puedo pensar y mejor leerlos todos cuando logremos sacarlos. Pero no hago el quite y el primero que se me ocurre decir es Muertos.

—Escribió todo tipo de géneros desde cuentos a novelas breves, pasando por guiones y artículos periodísticos, ¿se atrevió con la poesía al estar rodeado siempre de poetas?

—No escribió nunca poesía, me lo dijo explícitamente que no era su medio de expresión, aunque la apreciaba mucho, en particular de autores de su generación como Julio de la Vega, Luis Luksic, Jaime Saenz, Guillermo Viscarra Fabre, etc. Aparte de cuento y novela corta (la llamada “nívola” de Miguel de Unamuno) y los guiones de las películas, no escribió en otros géneros.

—Hemos hablado ya de la antología publicada en 1991, tres años después de su muerte, ¿cómo hicieron junto a Antonio Eguino para seleccionar los cuentos de Sepan de este andar?

—No hubo una selección. Cuando Antonio Eguino, como oficial mayor de Cultura, me invitó a realizar el trabajo de edición de los cuentos acepté gustoso y me puse en campaña. Entregué para su edición 35 cuentos inéditos y dos recogidos de periódicos, más los cuentos del libro publicado en 1966 Mis caminos, mis cielos, mi gente que sumaban en total 59 cuentos: este libro no fue integrado en el conjunto antológico, posiblemente por razones de presupuesto (la publicación se hizo en la UMSA donde ya se había impreso en 1966 el libro señalado). Ahora se quiere reparar esta falta.

—No nos vamos a ir sin hablar un poco de tu obra. En el último número de la revista La Mariposa Mundial se anuncia la publicación de un nuevo libro tuyo llamado Un paseo aforístico. Alégranos el día con buenas nuevas.

Un paseo aforístico podría salir en agosto, espero. Un libro de antropología filosófica espera su turno, al igual que otro de poesía. Bolivia es el paraíso de los inéditos.

A pesar de las masacres

Óscar Soria Gamarra (*)

“Largo y penoso andar el de mi pueblo. Su gente más sufrida (el campesino que mira y pide al cielo, y se agacha sobre la tierra; el ferrocarrilero que vence los distancias; el fabril que transforma los materias en cosas útiles para los otros; el caminero que obre rutas y tiende puentes, el constructor que construye casas en las que no ha de vivir; el garzón de hotel que ofrece mil viandas y no se sirve ninguna; el minero que horado la noche de la roca; el empleado que pasa toda su vida detrás de un escritorio…) la humilde gente de mi pueblo, digo, de tiempo en tiempo se cansa de andar mal pagada, mal vestido y hambriento, de no tener escuelas, de que sus hijos se le mueran, de ser engañado, de vivir poco y mal… y un día se rebela.

Amenaza, lanza gritos, hace huelgas, se echa a las calles. Y, entonces, lo matan, o quedan sus manos en muñones y sus piernas trozadas o torcidos; o se humilla y se vende; o le viene un deseo inmenso de estarse inmóvil y callado, y se hace mendigo o vago, y queda en los caminos o en las calles, muriéndose a poquitos, para siempre fuera del sistema económico y del sistema del amor.

Pero, o pesar de sus muertos, de sus lisiados, de sus heridos, de sus enfermos y de sus desviados; a pesar de la propaganda, de la calumnia, de la dádiva y de las masacres y la sangre, mi pueblo se renueva siempre. Y se levanta, y crece, y avanza. Es un difícil e interminable caminar. A veces, tropieza; otras cae y hasta retrocede. Puede ser que se desaliente, se atemorice y calle, y haya hasta quien se envilezca. Será para rehacerse, levantarse y andar, una vez más. ¡Andar, andar, para siempre!

*Este texto está incluido “a manera de prólogo” en el libro ‘Sepan de este andar-Antología de cuentos’ de Soria Gamarra, UMSA, 1991.

Fotos: Archivo La Razón, Biblioteca del Bicentenario de Bolivia y Eabolivia.Com

‘Ajayu’: historias, sanación y alquimia

Wara Vargas Lara presenta una instalación fotográfica en el Museo Nacional de Arte, en la que se conecta con la ritualidad andina

MEDICINA. Las imágenes retratan las hierbas ancestrales, una forma de cura

Por María José Richter

/ 1 de agosto de 2021 / 20:39

Amanece en el mercado y el sol caliente tiñe el cielo de azul. (…) Desde lejos, se huele el perfume del incienso y el fresco olor de las hierbas aromáticas expuestas por todas partes.

Las señoras venden sus medicinas y explican sus usos, sus propiedades, sus místicas y sus preparados mientras intercambian las plantas con los compradores. La gente busca de todo: un té de coca para la fatiga, la menta para el resfriado, una infusión de hierbas que espanta las malas energías; otros, un poco más lejos, arriesgan pedir algo para atraer el amor. Cada uno buscando sus formas de sanar, sea el cuerpo o el alma”, dice el texto de las curadoras de arte Gisela Volá y Maira Gamarra en el ingreso a la sala Diez de Medina del Museo Nacional de Arte (MNA), en la calle Socabaya de La Paz.

En el espacio se vive el resultado de lo que fue, en el proceso de su creación, un laboratorio de cianotipo, donde la alquimia fue protagonista. Se mezclaron plantas —ramas de romero, pizcas de manzanilla, ruda y tila—, se fusionaron dos químicos —ferricianuro de potasio y citrato de amonio férrico— y se entretejieron historias sobre las mujeres sanadoras vestidas con sus aguayos y dispuestas a ayudar a curar el alma y el cuerpo. Las imágenes azules que se ven al ingresar conforman la muestra Ajayu de Wara Vargas Lara, donde decenas de grandes negativos, plantas medicinales acomodadas en el ambiente y que desprenden su aroma, y un video sonoro de olas marinas ejercen de medicina y alivio.

“La fotógrafa se ha dedicado a investigar y a conocer a estas mujeres y su oficio. Ajayu es un homenaje a las sanadoras por su resistencia en mantener vivas las prácticas antiguas, por exaltar la comunión con los elementos, contemplar su esencia y los saberes naturales, reverenciar las voces de las que vinieron antes de nosotras. Es una celebración a la vida para que sus  labores reciban nuestra admiración, para que sus manos cuidadoras acepten nuestro agradecimiento y sus ojos reconozcan nuestro respeto “, continúa el texto.

La muestra, que estará disponible hasta el 9 de agosto, trata sobre la sanación “a través del retorno al verdor de plantas”, dice su autora. “Cada persona elige su proceso de sanación, lo cual es necesario en este tiempo que hay tanto luto en el país y en el mundo. Esta obra pone sobre la mesa el hecho de que todos tenemos un ritual sanador, ya sea comer chocolate, estar en cama o ver películas. En mi caso es el arte. Y, en el caso de los bolivianos durante la pandemia, ha sido el retorno a lo ancestral: hemos vuelto al acto de prevención, aquel de tomar mates y oler plantas”.

LA GRÁFICA

TÉCNICA. Vargas trabajó negativos de gran tamaño combinando materiales. Foto: Wara Vargas

MUESTRA. Se encuentra en la sala Diez de Medina del Museo Nacional de Arte (MNA). MUESTRA. Se encuentra en la sala Diez de Medina del Museo Nacional de Arte (MNA). Foto: Wara Vargas

Foto: Wara Vargas

Foto: Wara Vargas

Foto: Wara Vargas

Foto: Wara Vargas

Crónicas visuales

Técnicas de antaño y otras alternativas se utilizaron para Ajayu, un trabajo que es “resultado de una faceta más experimental”, cuenta Vargas, que inició el proceso de este proyecto en septiembre de 2020. “He creado negativos de hasta un metro por 60 centímetros, negativos de gran formato, que, previamente, hay que pintarlos en un cuarto oscuro. Cada obra es única, estuvieron expuestas al sol para que queden registradas. Empecé con seis fotografías y hoy tengo más de 80”.

Esta historia, la de las mujeres sanadoras siempre junto a sus plantas, es una más que se suma al lente que busca retratar la realidad boliviana. Vargas fotografió también a los integrantes de la Carpa de la Dictadura en La Paz —proyecto del que surge un libro testimonial—, participó en Hay ángeles entre nosotros, una serie de imágenes de personajes del Carnaval de Oruro capturados en su cotidianidad. Hoy trabaja sobre un retrato a una comunidad de personas ciegas en La Paz y su vida durante la pandemia del COVID-19.

Estos proyectos, como Ajayu, surgen de un afán personal: narrar la vida. “Es parte mía esta urgencia de querer contar historias, de buscar decir algo y retratarlo”. Esta inquietud se vio atendida, durante 15 años, por su profesión de fotoperiodista en medios como LA RAZÓN. “En mis proyectos he aprendido mucho sobre la historia de mi país, no porque no la sabía, sino porque conocer la realidad te hace más sensible. Si no hubiera sido fotoperiodista, no sé si sería la misma persona. Tantas cosas que uno ve de primera mano nos acercan a una realidad sin filtro y esto se refleja en las fotos: cuando de verdad se adentra en un tema, la imagen lo muestra”.

En esa búsqueda de adentrarse en las vivencias, personas y situaciones de su país, Vargas dejó hace dos años los medios periodísticos. Actualmente trabaja, en el marco de una beca de National Geographic y mientras recibe a la gente en su muestra Ajayu, en un proyecto sobre las parteras kallawayas.

Y antes de hacer cada disparo, siempre piensa en su pregunta pilar: “¿Por qué no contamos nuestras propias historias?”.

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REGALOS perfectos para el corazón

Abigail Yupanqui es una psicóloga y artesana autodidacta que escucha las historias de sus clientes para crear, a mano, estos productos personalizados

Por Adrián Paredes

/ 1 de agosto de 2021 / 20:30

En 2013 aún no había tantos emprendimientos que se apropiaran de la cultura popular para crear mercancías. Personajes como Batman o Spider-Man se veían en juguetes caros en alguna estantería especializada.

Virma Abigail Yupanqui Chávez lo notó gracias a sus sobrinos. Ellos querían decorar sus cuartos de tal manera que todo el mundo supiese que ser gamers era parte de quienes son. Y ella, de 24 años de edad en aquel entonces, pensó que siempre había sido buena con las manualidades y se animó a dedicar su tiempo libre a darles gusto con un regalo muy especial.

Mantas con sus personajes más queridos, almohadones en forma de mandos de Playstation, llaveros temáticos de sus juegos favoritos. Como tía, solo quería hacerles regalos con sus propias manos, pero pronto Yupanqui se encontró con un efecto dominó, donde todos los amiguitos de sus sobrinos, después de visitar el cuarto de éstos,  le pedían también productos inspirados en sus gustos y que reflejaran también sus identidades.

“Es un hobby. Me doy tiempo para hacerlo y no es algo que quisiera que me estrese, así que avanzo poco a poco, poniendo detalles, averiguando la historia detrás de las peticiones”, dice Yupanqui, psicóloga de profesión, quien hace cuatro años trabaja realizando apoyo psicológico y seguimiento a pacientes con cáncer.

“Se requiere mucho trabajo personal en estos casos, pero no importa el tiempo, uno nunca se acostumbra. El diagnóstico de cáncer es algo duro a nivel psicológico, social y espiritual. Incluso cuando les dan de alta, el miedo sigue. Pero no quiero hacerlo ver como algo fatal porque también es bien bonito ver cómo cada persona tiene sus propias herramientas de afrontamiento y asimilación, o sus redes de contención, de las que una persona puede sacar la fortaleza necesaria para afrontar este tipo de situaciones”.

Foto: Abigail Yupanqui

Tal vez ese trabajo influye en la forma en que Yupanqui trabaja un pedido: mientras pregunta detalles como el tamaño o los colores, la gente termina por contarle las motivaciones detrás de estas peticiones. “Hay una historia detrás de cada detalle, hay un motivo por el cual nos quedamos con ciertas características”, cuenta la creadora de Planeta Abi.

“Muchas veces me escriben personas que no saben qué regalar a su persona especial, entonces les voy preguntando qué creen que les gusta. Series, dibujos, qué los apasiona, sus gustos, sus colores… Entonces ahí se va personalizando el regalo. A lo largo de estos años he tenido pedidos para niños desde superhéroes, sus dibujos favoritos, también encargos relacionados con personas que aman su trabajo, reflejando sus profesiones, así como piezas relacionadas con el folklore”.

Con este emprendimiento, Yupanqui no solo ha creado almohadones, llaveros y portavasos personalizados con personajes de la cultura popular, también ha hecho cosas más íntimas como muñecos tejidos a mano que representan a mascotas que ya no están con la gente que las quiso, o incluso a personas, vestidas de una manera específica, como un tributo a quienes son o a un momento que alguna vez fueron y que quieren preservar.

El peluche de un perrito de tres patas que una familia amó con todo su corazón; el muñeco de un policía boliviano en su uniforme de gala; un caporal que Yupanqui decoró con esmero; incluso un muñeco del superhéroe de Marvel Pantera Negra que ayudó a un niño a lidiar con la muerte del actor Chadwick Boseman, fallecido de cáncer en 2020. Todos esos pedidos nacieron gracias a las historias que los clientes le contaron a la propietaria de Planeta Abi para que capture ese detalle especial y simbólico que existe detrás de cada regalo.

“En estos tiempos (por la pandemia) he recibido pedidos con una connotación súper fuerte en términos emocionales. Me pidieron un muñequito de una persona que había fallecido por COVID-19 y fue duro porque era mi amigo, entonces ha sido duro ver sus fotos, pues siempre las pido para sacar detalles específicos. El pensar que esta persona podrá, a través de este muñequito, tener a su ser amado fallecido más cerca o podrá recordar a una mascota que ya no está hace que yo ponga más cariño en el trabajo, porque sé lo especial que será. Es una forma, tal vez, hasta de ayudar a la persona con su duelo”.

Foto: Abigail Yupanqui

El hecho de ser psicóloga ayuda a Yupanqui a tener mayor empatía para recibir y contener la información que le dan. “Y también en ir más allá. En un regalo hay aspectos emocionales que se quieren expresar a través del producto. Conlleva muchas emociones, pensamientos y sentimientos. Recibir esta información requiere de empatía para entenderla y que lo que sea que pidan esté dentro de lo que van a regalar”, agrega esta artesana autodidacta de 32 años.

Para Yupanqui, la psicóloga, es importante conocer a fondo a las personas, sus relaciones, sus emociones, sus gustos y más detalles mientras habla con ellas para hacer los muñecos. Es bueno saber que, de alguna forma, mientras se dispersa, los ayuda.

“Sabemos que a muchas personas les cuesta, tal vez, decir en palabras lo que sienten o no se animan”, dice Yupanqui, la artesana, siempre pensando en cómo representar en la lana, tela, tazas o llaveros, esas cosas que solo alguien que de verdad quiere a una persona, un animal o un personaje notaría: un lunar en el cuello, un ojo más grande que el otro, una prenda favorita que permanece en la memoria.

“Cuando tengo un contacto súper cercano con las personas, me escriben; muchas veces me mandan videos o fotos de cómo reciben los regalos. He visto fotos y videos de niños abrazando a su Batman, o echándose sobre sus almohadones, pues hago seguimiento de cómo recibieron, si les gustó, qué les dijeron. A veces ni siquiera porque yo les pregunté, sino porque me cuentan. Tienen esa apertura conmigo”.

Para poder contarle una historia a Abigail Yupanqui y que ella la plasme en un muñeco, en un almohadón o incluso una taza, no hay más que buscar “Planeta Abi “en Facebook, escribirle la petición y ella se pondrá en contacto con el futuro cliente para poner manos a la obra y juntos crear un regalo especial, hecho con empatía.

MANO. Un posavasos de algún videojuego o un peluche de una mascota fallecida, todo está hecho a mano por esta artesana. Foto: Abigail Yupanqui

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Gastronomía boliviana para el mundo

Historia, recetas y fotografías de platillos nacionales en diferentes épocas se pueden ver en Wikipedia gracias a un concurso

PROYECTO. Bolivianos escribieron y capturaron bebidas y platos nacionales para conocer más sobre ellos

/ 1 de agosto de 2021 / 20:24

Más de 180 páginas que datan de 1776 cuentan los cruces entre la tradición culinaria europea y americana de aquel entonces. En el Libro de cocina de doña Josepha de Escurrechea —el recetario más antiguo del territorio boliviano— se nos presentan “recetas curiosas que podrán desempeñar al más lúcido y costoso banquete”, dice su preludio. El texto fue editado por vez primera en 1995 como La gastronomía en Potosí y Charcas, siglos XVIII y XIX: en torno a la historia de la cocina boliviana.

Estas páginas “tratan de un ejemplo único de la gastronomía potosina durante las últimas décadas de la época virreinal. Escrito a finales del siglo XVIII por Josepha de Escurrechea, dama de la alta sociedad charqueña, el texto retoma una larga tradición culinaria europea y americana, donde se mezclan sabores e ingredientes de distintas latitudes, y también da cuenta de los hábitos gastronómicos de aquel entonces”, cuenta la investigadora Kurmi Soto Velasco, primer lugar en la categoría Artículos del concurso Wiki Gastronomía Boliviana de Wikipedia y Wikimedia, sobre el recetario de antaño.

Wiki Gastronomía Boliviana es un concurso de fotografía y redacción de artículos sobre la riqueza gastronómica boliviana desarrollada entre marzo y mayo de 2021 con el propósito de ampliar el contenido sobre la gastronomía del país en las mencionadas plataformas mundiales. “Nuestra riqueza gastronómica no está del todo representada en Wikipedia y sus proyectos hermanos; con este concurso, quisimos lograr que esa riqueza gane más  notoriedad y representación en la enciclopedia libre”, comenta Carla Salazar Benavides, organizadora del certamen y parte de los wikimedistas bolivianos, encargados de aumentar el contenido sobre el país.

El concurso recibió más de 30 artículos y alrededor de 500 fotografías de participantes de diferentes puntos del país. El trabajo sobre el recetario es un texto particular, en el que se muestra que  la historia culinaria del país es una disciplina incipiente, novedosa y sugerente. “Estos recetarios iluminan su época y nos hablan no solo de su presente, sino también de su largo pasado. El caso de doña Josepha de Escurrechea se entiende a la luz de la labor política de su esposo, Joaquín José de Otondo Álvarez Monroy Quirós y Santelices, nombrado alcalde del cabildo de Potosí. Es en ese contexto que ella comienza a escribir su libro de recetas, en las que no solo menciona las formas de preparación, sino que también proporciona reglas de buen gusto. Así, el banquete ‘lucido y costoso’ que ella describe en sus páginas también es una ventana al Potosí de los ‘últimos días coloniales’. Doña Josepha, efectivamente, muere en los albores de la Independencia”, comenta Soto.

El recetario refleja también los contrastes de sabores que en el siglo XVIII predominaban. “El eje principal de este tipo de comidas barrocas es la alternancia entre dulce y salado para potenciar los contrastes. Sin embargo, a la hora de analizar los platos, es notoria la mezcla entre carnes, condimentos y perfumantes como el almizcle. Alrededor de esta cocina, heredada del medioevo peninsular e inspirada también en la cocina francesa, se crea del mismo modo una estética que nos habla de las sensibilidades de aquel entonces”, dice Soto, quien llega al libro a través de la edición de la investigadora Beatriz Rossells publicada en la década de los años 1990.

Un ágape narrado

Historias, antecedentes —muchos de ellos remontados a elementos consumidos en el siglo XVII—, variaciones, etimologías y descripciones detalladas de recetas  actuales también aparecen entre los artículos. Tal es el caso del artículo Ch’anqa de conejo del escritor Luis Carlos Sanabria Ledezma, segundo lugar en el concurso, y que decide escribir sobre este plato “porque sus ingredientes son todos prehispánicos y, aunque no sabemos desde cuándo se consume la ch’anqa como la conocemos, y esto pasa con muchas recetas”, señala.

La ch’anqa es “uno de los platos más arraigados a la identidad valluna, pero, por alguna razón, no es un plato que tenga gran popularidad. Quiero decir, es parte del menú consagrado de los grandes restaurantes, pero no es muy consumido por jóvenes”.

“En su crónica, Ramón Rocha Monroy señala que una buena ch’anqa tiene los ingredientes fresquísimos: un conejo joven apenas sacrificado y las verduras y hierbas recién recolectadas de la huerta. Esta imagen deja ver la importancia de la comida en Cochabamba, no en el sentido de una gran y refinada experiencia gastronómica de alta cocina, sino en lo más básico de lo social: compartir el alimento”.

Manjares y memoria

Dicen que la “cultura entra por los ojos” y esa línea siguió el concurso que también recibió imágenes. Es el caso de la fotografía del Mocochinchi de Yessel Nay Martínez, primer lugar en esta categoría. El durazno deshidratado y su estética sedujeron a su autor.

“Su durazno tiene una forma cambiante entre seca y húmeda que es visualmente interesante. Encontramos este refresco, además, en nuestros hogares y también al recorrer las calles de nuestro país, pero en muchos casos no tenemos un conocimiento amplio de los platos representativos de Bolivia, este es un pasito más para adentrarnos”.

Como la ch’anqa de conejo, una de las fotografías también capturó una particularidad de la capital gastronómica. Ivana Camargo Oña obtuvo el segundo lugar con una imagen del enrollado valluno. “Es uno de los platos estrella de Cochabamba y en algo que se diferencia de muchos es que es un plato frío y se sirve en la tarde. Su consumo rescata la tradición culinaria cochabambina de Lunes de Escabeche y de Enrollado, del cual nace, en mi caso, un emprendimiento familiar”.

El thayacha, un helado andino descrito como un aperitivo popular; el puré de achakana, típico de las regiones altiplánicas, hecho con leche de papas y un acompañante de la región como la llajua; la sopa de llullucha, receta tradicional de Potosí, donde tiene variantes como el katuchupe, son otros de los artículos hoy disponibles en Wikipedia que tejen la historia gastronómica nacional, configuran el imaginario boliviano, seducen a extranjeros y provocan ponerse a cocinar y a degustar estos manjares.

Fotos: La tartería.bo, Susana Catari, Iván Mamani, Restaurante Potokos, Yessel Nay (Cc-By-Sa-4.0)

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Ingredientes locales en la nueva carta de Hotel Marriot

El restaurante Toborochi ofrece pastas caseras secas y rellenas, además de cortes de carne

Por Hotel Marriott

/ 1 de agosto de 2021 / 20:18

El Restaurante Toborochi del Hotel Marriott Santa Cruz de la Sierra ha renovado completamente su menú. El concepto apunta a la cocina mediterránea e internacional, con ingredientes y productos locales.

“Lo que predomina en la nueva carta son la variedad de pastas secas y rellenas caseras, haciendo hincapié en que son elaboradas artesanalmente dentro de nuestra cocina. Predominan a su vez, arroces tales como risottos de diferentes opciones y acompañamientos con pato, con prosciutto, con mariscos y osobuco”, destaca Diego Soto, Executive Chef del hotel.

Foto: Hotel Marriott

Soto tiene una amplia trayectoria. Trabajó en prestigiosos hoteles como el Sheraton de Buenos Aires y atendió a personalidades como el expresidente de Estados Unidos Donald Trump y artistas como Luis Miguel.

Entre los entrantes destacan: langostinos crocantes, papines y cebolla confitada, chutney de piña y locoto, o una burrata cremosa, prosciutto, cebollas al vino tinto, tomates secos y pesto de albahaca con menta. Las ensaladas son salmón ahumado, hojas verdes, palmitos grillados, tomates cherries, maíz cancha y aderezo de queso alimonado con oliva.

Entre las pastas están: sorrentinos de salmón rosado y puerro; malfati de ricota y espinaca; raviolones de muzarella y albahaca y canelones de pollo y vegetales.

Foto: Hotel Marriott

Los platos especiales son el ojo de bife braseado, polenta cremosa con queso reggio, cebollas doradas, puerro frito y reducción de sus jugos y el salmón rosado con risotto nero de quinua, espinaca fresca, manteca de hierbas y queso agrio. En los cortes de carnes figuran: bife de chorizo, lomo, trucha, medio pollo marinado, matambre, salmón rosado y pechuga.

Finalmente, para el postre se ofrece el clásico chocotorta, crema montada y texturas de chocolate; mousse de queso alimonado con frutos rojos; crépes flambeados con licor de naranja y helado de crema americana y la créme brûlée de coco.

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Ellas eligieron convertirse al Islam

Las mujeres musulmanas bolivianas decidieron seguir esta fe tras conocer esta comunidad que tiene más de 2.500 adeptos en el país

Por Claudia Fernández

/ 1 de agosto de 2021 / 20:13

Carolina recuerda que llegó a la mezquita, a metros del mercado Sopocachi, con ropa limpia que cubría desde los tobillos hasta los hombros, y un hiyab que dejaba ver solo el rostro, en ese momento su familia no sabía que ella había decidido abrazar el Islam. Segura del giro que estaba realizando, esperó a que finalice el Salat, oración de los musulmanes, y levantó el dedo índice de la mano derecha y pronunció en voz alta: “No hay dios más que Allah, Muhammad es el Mensajero de Allah”. Desde ese día empezó a usar el velo islámico, al principio solo en las oraciones, y después de seis años de su conversión definió utilizarlo de forma permanente.

En Bolivia todavía resulta llamativo ver a las musulmanas; algunas veces son vistas como símbolos de opresión, otras veces la curiosidad reina para adivinar qué hay detrás del velo y en algunos casos son confundidas con árabes, pero en nuestro país cerca del 100% de las musulmanas son mujeres que decidieron convertirse al Islam, la segunda religión monoteísta más extendida en el mundo. Se estima que hay 1.700 millones de creyentes en total, mientras que la comunidad musulmana en Bolivia llega a 2.500 sunitas —una de las dos ramas del Islam que surgieron desde la muerte de Muhammad o Mahoma en el año 632 para decidir quién tenía el derecho legítimo a liderar a los musulmanes— y los chiitas son un grupo aún más reducido, 50 personas.

“Jamás encontré algo que me ha llenado como el Islam y desde ese día mi vida ha cambiado”, expone Carolina, quien comenzó a leer sobre la religión en su celular una de esas largas tardes de trabajo. Ese interés desencadenó en la decisión de cumplir con la Shahada o testimonio de fe, en una América Latina que tiene uno de los más bajos índices de crecimiento de la fe islámica. En el caso de Nora, cambió de religión cuando tenía 50 años: “Tras la muerte de mi hijo no encontraba consuelo en nada, hasta que llegué a la mezquita”. 

“En La Paz tenemos mensualmente cuatro a cinco personas que se convierten al Islam y durante el Ramadán —mes sagrado y de ayuno durante el día— llegan a 10 las personas que abrazan la religión”, informa Ayman Altaramsi, presidente de la Asociación Islámica de Bolivia, desde la mezquita As-Salam, fundada hace 16 años en La Paz, la segunda en antigüedad. La primera fue fundada en Santa Cruz hace 30 años mientras que en Cochabamba, Sucre y Oruro habilitan espacios pequeños como lugares de oración colectiva.

MUSULMANAS. Las mujeres llevan el hiyab, que cubre cabellos, orejas y parte del cuello. Foto: MEZQUITA AS-SALAM

El velo islámico

Una de las costumbres musulmanas que no resulta fácil de integrar en la esfera social de países europeos y países latinoamericanos es el uso del velo islámico. En Bolivia no hay musulmanas que usan burka o niqab, prendas que cubren todo el rostro. Ellas eligen el hiyab que cubre los cabellos, orejas y parte del cuello.

“Aún hay algunos tabúes, muchas veces viéndonos con el velo piensan que somos personas oprimidas, que nuestros derechos están subordinados al esposo, al hermano o al padre, pero la verdad no es así. Por ejemplo, la religión nos permite trabajar y estudiar, lo importante es darle el tiempo adecuado a la familia. A diferencia de alguna cultura árabe que no permite que las mujeres sigan aprendiendo”, aclara Escarlet León, fisioterapeuta y madre de tres niñas. Ella eligió el Islam cuando estaba en la universidad, conoció sobre los cinco pilares de la fe islámica a través de un grupo de amigos palestinos.

“Además de la fe, llevar un velo necesita un grado de madurez en la sociedad donde vivimos. Hay hermanas que solo lo utilizan para las oraciones, pero su comportamiento ha hecho que den a conocer a otras personas que son musulmanas”, dice Escarlet.

Desde 2013 y tras una solicitud de la Asociación Islámica de Bolivia al Servicio de Identificación Personal (Segip), las musulmanas pueden salir con el velo en las fotografías de sus cédulas de identidad y pasaportes, esta aprobación mejoró el trato hacia las mujeres aunque no eliminó por completo los problemas por el uso del velo.

“Alguna vez en el banco te quieren obligar a sacarte el hijab y tenemos que mostrar la cédula y hablar con el encargado para que nos permitan hacer el trámite”, comenta Dana, quien se convirtió al Islam hace nueve años. La decisión la asumió después de ver el apoyo de la comunidad a una compañera enferma.

Que traten de quitarles el velo o les insulten en las calles son excepciones que viven las musulmanas en Bolivia, un país que reconoce la libertad de culto desde 2009.

SEDE. La mezquita As-Salam se encuentra en la calle Fernando Guachalla, en Sopocachi. Foto: MEZQUITA AS-SALAM

Las primeras de la familia

La mayoría de las creyentes del Islam vienen de familias que practican otras religiones. “Nunca les avisé nada, directamente me vieron con el velo. Al principio había un poco de rechazo por el desconocimiento hacia la religión, algunas amistades se me fueron y las verdaderas se quedaron; aquellas que sí realmente me aprecian, nos aprecian tal como…”, dice Dana, lingüista de profesión y antes de que termine la frase empieza a sonar un ritmo árabe en uno de los celulares. Es el muecín, que está llamando a la oración del mediodía. La entrevista hace una pausa mientras las musulmanas agachan la cabeza y cierran los ojos.

Cumplen así otro de los pilares de la fe islámica, el Salah: orar cinco veces al día, en dirección a La Meca, ciudad ubicada en Arabia Saudita y lugar donde nació el profeta Mahoma. Se puede rezar en cualquier lugar y cuando se quiere realizar la oración colectivamente se visita los viernes la mezquita. Además de las oraciones, hay otros pilares: el Zakat, dar limosna legal, los musulmanes eligen a quien ayudar; Sawn: cumplir el mes de Ramadán; Hajj: peregrinar a La Meca al menos una vez en la vida. Los principios de la fe islámica están en el Corán, libro sagrado que explica las vivencias y conocimientos del profeta Mahoma.

Finaliza la oración y continúa: “Algunos te dicen ‘cómo vas a ir a ese grupo, si son terroristas, si te van a agarrar y te van a encerrar’, pero eso no es el Islam”, menciona Dana. Esta división también la marca la Agencia de la Organización de las Naciones Unidas para los Refugiados ACNUR; establece que el Islam se refiere a la religión monoteísta practicada por los musulmanes. No es lo mismo islamista que en su acepción generalizada, es la ideología que subyace al fundamentalismo islámico. Suele hablarse de “islamismo radical” cuando se trata de la tendencia ideológica que apoya la guerra santa y el uso de prácticas radicales como el terrorismo.

Una diferencia importante que se debe remarcar es que islamista no significa practicante del Islam.

ORACIÓN. Todos los viernes, los fieles se reúnen en la mezquita de La Paz para la oración. Foto: MEZQUITA AS-SALAM

Las cuatro esposas

Los musulmanes pueden tener hasta cuatro esposas al mismo tiempo bajo la jurisprudencia matrimonial del Corán; mientras que la práctica de que una mujer tenga más de un marido es un pecado en el Islam. “Al principio pensaba: ‘Si me caso, cómo voy a compartir a mi esposo con otras mujeres’, pero Dios es sabio y lo que dice el Corán es que el hombre cuando tiene dos mujeres tiene que darles todo por igual. Incluso tiene que ser equivalente en el amor”, reflexiona Carolina.

En Bolivia no se permiten los casos de poligamia y la mezquita celebra los matrimonios bajo las normas bolivianas. Es decir que primero se casan ante el Estado boliviano, que permite una sola unión a la vez. “Les llama la atención a los hombres eso de las cuatro esposas, pero el Islam dice ‘si tú no vas a ser justo económicamente y sentimentalmente con una o dos mujeres, no lo hagas, porque eso te va a llevar al infierno’. Y un creyente de Dios no va a querer nunca ir al abismo”, explica Escarlet.

En eso interrumpe un comentario con tono burlesco de una de las mujeres que están ahí: “Además,  a ver si aguantan también cuatro suegras”.

Luego de las risas y con un tono sereno, Carolina menciona que “el Islam pone en un pedestal a la mujer, si el hombre va por delante no es porque las mujeres tenemos que estar por detrás, es porque él las cuida, simplemente por eso”.

Se podrían escribir líneas y líneas sobre el rol de los musulmanes, sobre los pilares fundamentales del Islam y el rol de la mujer, se podría entrar en intensas discusiones, pero hay palabras que las musulmanas mencionan en varias oportunidades; respeto y falta de información sobre el Islam.

“Cuando nos ven piensan que nosotras estamos retrocediendo los derechos, no es así, porque nosotras respetamos su ideología. También pienso que tendrían que respetar nuestros principios y la forma en la que nosotros vivimos”, finaliza Escarlet.

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